• Patricio ha vuelto a subir la montaña colombiana para entrevistar al jefe de las FARC, Manuel “Tiro Fijo” Marulanda.  Un relato sobre el viaje y la iniciativa política de los revolucionarios colombianos para alcanzar la paz, ha sido publicada por Clarín el domingo 6 de setiembre y -en versión completa- por Propuesta.

    Rodolfo Nadra, ex corresponsal  en Moscú de la prensa partidaria, hijo del conocido dirigente comunista Fernando Nadra, trabaja para la secretaría de prensa de la Presidencia y estaría preparando el texto de una carta de campaña de Menem contra los radicales.  La información se destaca en el comentario político de Clarín del 30 de agosto.

    Dos noticias, dos conductas y la oportunidad de volver a reflexionar sobre el tema de la identidad comunista y el XVI Congreso, cuestión que ha conmocionado y aún  perturba a muchos compañeros.

    El Partido Comunista de la Argentina había conseguido construir una identidad política bien definida y mejor asumida por sus integrantes.  La «chapa» del pece era tan clara y su peso tan importante, que en el movimiento popular solo se decía «el partido» para referirse a él. ¿Pero qué cosa es la identidad de un partido político?    Es aquello que los militantes construyen como su imagen colectiva y que se expresa en simbolos, ceremonias, gestos, imagenes, personalidades, mitos, etc.; y  que tiene por lo menos tres afluentes constitutivos: la historia de la organización, el modo en que llevan a la practica los proyectos políticos encaminados a lograr los objetivos estrategicos y un componente internacional: aquellos procesos que materializan las propuestas revolucionarias de la fuerza.

    Por cierto, que como todo fenomeno de la subjetividad, la identidad de una fuerza política es algo en movimiento y con elementos contradictorios.  Nuestra identidad no podía ser menos.  Por ejemplo, en los años de la 2º Guerra Mundial la identidad comunista era sinomino de antifascismo, de la lucha de la vida contra la barbarie, simbolizaba para muchos el avance heroíco del Ejercito Rojo liberando Europa.   Un poco antes, en la decada del ‘30 la identidad comunista tenía mucho que ver con la lucha de los obreros del petroleo, de la construcción, de la madera, etc. y del papel dirigente de los comunistas en ella.  Pero eso fue cambiando con el triunfo del peronismo, el XX Congreso del PCUS, nuestro alineamiento incondicional con una Unión Sovietica que iba matando el proyecto socialista y sofocando los intentos revolucionarios en todo el mundo.  El objetivo socialista se mezclaba con una cultura reformista, el heroísmo de sus militantes con el seguidismo hacia diversas variantes de proyectos democráticos burgueses, y así de seguido.

    Si hacia afuera, el atractivo de la identidad comunista iba menguando sin pausa, hacia adentro se mantenía merced a una visión autocomplaciente del presente y de la historia del partido que adjudicaba todos los problemas a acciones conspirativas impidiendo cualquier debate serio y expulsando a todo el que intentara cuestionarlo.

    La identidad comunista entró en una crisis profunda a la salida de la etapa dictatorial y el fracaso estrepitoso de la política de apoyo electoral al peronismo.  El debate del XVI Congreso vino a enfrentar la crisis y no a provocarla; sin embargo, acaso sin que todos tuviéramos plena conciencia de ello, al encarar en el XVI Congreso el debate autocrítico, estabamos de hecho poniendo en cuestión un modo de entender el partido y su propia identidad.  No por nada, Antonio Gramsci dice «Un partido habrá tenido mayor o menor significado y peso, justamente en la medida en que su actividad particular haya pesado más o menos en la determinación de la historia de un país.  He aquí por qué del modo de escribir la historia de un partido deriva el concepto que se tiene de lo que un partido es y debe ser.  El sectario se exaltará frente a los pequeños actos internos que tendrán para él un significado esotérico y lo llenarán de místico entusiasmo.  El historiador, aún dando a cada cosa la importancia que tiene en el cuadro general, pondrá el acento sobre todo en la eficacia real del partido, en su fuerza determinante, positiva y negativa, en haber contribuido a crear un acontecimiento y también en haber impedido que otros se produjesen«[1]

    Ocurrió que al encarar seriamente el debate sobre los errores cometidos fue surgiendo la critica a la cultura política que los ocasionaba, y al ponerla en cuestión quedó claro que era parte de un fenómeno más amplio y complejo que concernía al movimiento comunista  y revolucionario en general, incluidos los propios partidos en el poder de los países «socialistas».  Acaso uno de los errores más serios que cometimos al emprender el viraje fue subestimar la profundidad con que había penetrado el reformismo en nuestro partido y su capacidad de reproducción incluso en algunos cuadros que aparentaban “vanguardizar”el viraje.

    ¿Qué imagen de los comunistas han construído los medios en esta decada de derrota? La de la disolución, la de un grupo de oportunistas que pasan a ser “ex” y con el entusiasmo de los conversos se suman al carro de los dominantes o, por el ocntrario (aunque complementariamente) la de un pequeño grupo de nostalgicos, sin ninguna relación con la vida, que persisten como una patrulla perdida en el tiempo.  A consolidar la primera imagen apuntan las notas sobre Rodolfo Nadra o las referencias veladas al pasado de los Mosquera, Sigal o Soñe.  A romper esa imagen aportan las notas sobre Patricio y Marulanda.

    Luchar contra el peso de esa cultura, potenciada por la debacle del “campo socialista” en las condiciones de ofensiva generalizada del neoliberalismo en el mundo y la Argentina, no ha sido para nada fácil porque en primer lugar era una lucha contra nosotros mismos, contra nuestras propias debilidades y deformaciones.

    Pero en esa lucha por defender el proyecto de poder popular y el partido que lo sostiene, por mirar de frente la historia para aprender de ella, por vincularnos al proceso de renovación del pensamiento y la práctica revolucionaria que transcurre en todo el mundo, y particularmente en América Latina, fuimos modificando, recreando, introduciendo nuevos contenidos a la identidad comunista.

    Nuestra actual identidad tiene que ver con nuestro rol en la lucha –en concreto, con Rogelio en La Rioja, con el Beto en los asentamientos del gran Buenos Aires, con los cumpas de Villa Libertador Gral. San Martín o el Toto en la Correpi, por simple ejemplo-, en la recomposición del ideal; y por ello, hoy también «somos» los seminarios y la renovación del pensamiento revolucionario así como de nuestro esfuerzo por recrear el internacionalismo revolucionario y aprender de Fidel, de Marulanda y de todos los que sostienen empecinados la bandera de la revolución.

    A esta altura del articulo, el lector –si quedara alguno- podría decir (y con razón): todo esto suena muy lindo pero la realidad es que este partido tiene una identidad muy debilitada y es más, no pocos compañeros tienen una identidad más vinculada a la «antigua» identidad que a la «nueva», y el autor le daría la razón porque la identidad –fenómeno de la subjetividad si los hay- no surge automática ni espontáneamente: se construye laboriosamente con debates, gestos, símbolos y ceremonias que sean plenamente funcionales al nuevo contenido de la identidad comunista.

    Por ello hay que recuperar los piqueteos, la fiesta de la prensa, las brigadas de la fede y desplegar todas las formas de expresar nuestros sentimientos hacia la lucha por la revolución. Ahora, por ejemplo, deberíamos batallar fuerte por difundir la lucha de las FARC, el pensamiento de Marulanda y nuestra propia conducta solidaria con la única guerrilla activa de latinoamérica

    Construir la identidad del proyecto comunista de poder popular, nuevo contenido de una identidad con 80 años de historia, es parte de la batalla por dotar al partido –herramienta y portador del proyecto- de los atributos imprescindibles para abrirle paso.

    Para que cuando se diga comunista todos piensen en Patricio con Marulanda y no en Rodolfo Nadra escribiendo para Menem.

    José Ernesto Schulman.

    [1] Notas sobre Maquiavelo, pag. 47. Edición Lautaro, 1962.


  • Con la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767 cesó prácticamente toda acción pedagógica en la colonia ya que los franciscanos y los jesuitas eran los únicos en realizar alguna labor educativa.

    El abandono era tan grande “que ha obligado a juntarse a varios  jóvenes y llegar a la puerta de la sala de acuerdo pidiéndoles con lamentables ecos, enseñanzas por el amor de Dios, o maestros que las den…”[1]; así surgió el primer nombramiento en La Rioja de un maestro de la escuela pública que registra la historia: se llamaba Sebastián Sotomayor, no está claro si era licenciado o religioso y se le fijo un sueldo de 300 pesos.

    Pareciera ser que no era mucho el sueldo, porque al año renunció y fue reemplazado por Julián Espinosa quien ejerció el cargo por nueve años hasta que su casa fuera donada a los franciscanos para que abran una escuela, hecho que nunca ocurrió.

    Y así La Rioja entró al “siglo de las luces” sin un solo maestro público. Todavía en 1830 no se registra ninguna escuela, y es recién en 1840 que aparecen las primeras dos escuelas en las estadísticas generales.

    Pero la situación de La Rioja, con ser de extrema necesidad, acaso por ser la más pobre y abandonada del interior del país como la describiera el Virrey Sobremonte doscientos años después de su fundación, no era muy distinta que la del resto del país.

    El patriota Gorriti apreciaba  “Nada era más descuidado que la escuela de primeras letras; los maestros, hombres indigentes, imbeciles, sin educación, ignorantes y las más de las veces viciosos, ebrios e inmorales, apenas sabían pintar las letras del alfabeto y algunas reglas de aritmética, y esto más por rutina que por principios”[2]

    Por su parte el “Semanario de la Agricultura” expresaba por entonces: “Entregábamos los niños a maestros ignorantes, que apenas sabían más que leer y escribir y que los abatían con castigos viles e  ignominiosos”[3]

    Pero la Revolución de Mayo encaró el problema y fueron sus mejores hombres quienes más se comprometieron con la educación popular.

    Belgrano dona los 40.000 pesos ganados en las guerras de la independencia para fundar escuelas en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero que no contaban con escuela alguna a esa época.  Por cierto, pasaron más de 150 años para que la donación llegara a destino.

    Sería recién en 1868 que el gobierno nacional iría en ayuda del gobierno riojano con un importante empréstito de 25. 000 pesos (adviértase que en 1871 la provincia recaudaba por todo concepto solo unos 15.000 pesos) para impulsar la educación riojana.

    El decreto firmado por el presidente Sarmiento no tiene desperdicio. En la comunicación del ministro Nicolás Avellaneda al gobernador provisorio de La Rioja el Coronel Barrios, se desarrollan las siguientes ideas[4]:

    a) el caudillismo primero (Juan Facundo Quiroga) y la montonera luego (el Chacho Peñaloza y Felipe Varela) son la causa de los males de La Rioja;

    b) éstos, Quiroga, Peñaloza y Varela, constituyeron asimismo grave peligro para el resto del país amenazando “por dos veces hundir en la barbarie a la mejor parte de nuestro territorio” ;

    c) la ignorancia y la miseria son causas graves de perturbación que puede alcanzar a toda la república.;

    d) la educación es “el único acto eficaz” para combatir la ignorancia, miseria y perturbaciones, inclusive -º en primer lugar-  como auto defensa de los ilustrados;

    e) es el gobierno provincial el encargado de “promover de un modo permanente la educación primaria”, pero la Nación le ayudará y le auxiliará siempre, porque “la República toda se halla interesada en que la educación se difunda en la parte menos civilizada de su territorio”;

    f) esta contribución nacional es transitoria y las escuelas que se establecen serán entregadas a la provincia apenas esté asegurado su continuo funcionamiento; y

    g) el gobierno nacional está convencido que cuesta más reprimir las rebeliones con ejércitos que propagar por medio de las escuelas públicas los conocimientos que dan al hombre la aptitud del trabajo inteligente y la capacidad de los derechos que nuestras leyes le confieren”

    Aunque larga la cita es de una transparencia poca veces vista en la vinculación (tanta veces oculta tras invocaciones al bien común y esas cosas) del proyecto político de dominación y el rol asignado a la educación.

    Si repasamos el decreto vamos a encontrar todo un compendio de argumentos justificatorios del discurso oficial sobre el interior al que pretenden responsable de su propia miseria cuando en realidad se debe hablar del interior empobrecido por el doble dominio de los grandes capitalistas porteños (aliados y sirvientes del capital imperialista) y las oligarquías regionales formadas por el criminal acto de saqueo al aborigen.

    Cien años después, Alipio Eduardo Paoletti, un periodista admirable fundador del diario “El independiente”, entonces cooperativa y al servicio de las grandes causas populares y nacionales, publica en forma de separata un ensayo “Cien años de Colonia”[5] que demuele una a una las mentiras y falsedades del dúo Avellaneda/Sarmiento.  Sigamos su línea de razonamiento.

    La historia oficial afirma que La Rioja ha sido siempre una provincia pobre, cuya presunta precaria economía fue destrozada por la rebelión..

    Nada más erróneo: la rebelión montonera tiene su origen en la lucha contra la miseria, la ignorancia y la opresión.  Cuando en 1870 muere Varela, la “civilización” de la oligarquía porteña había derrumbado la economía del país interior, sometido a sus habitantes y cimentado las bases férreas para la marginación total  -social, política, económica- de las mayorías populares.

    El principal detonante de las guerras civiles argentinas fue la lucha por el mercado interno entre las economías regionales del interior -abandonadas a su suerte y sin protección- y la burguesía mercantil porteña, agente del imperialismo británico.

    Quiroga -como el Chacho, como Varela- sostenía el reparto de las rentas nacionales entre las provincias y una política proteccionista para las economías regionales.  Si en 1835, tras el asesinato de Facundo, Rosas condenó el tratado de Santiago del Estero por considerarlo preparatorio de la organización federal del país, en 1849 se opondrá a la explotación del mineral del Famatina.

    En 1863, el mismo año que las tropas porteñas del presidente Mitre, bajo el mando de Sarmiento, asesinan al Chacho, la economía riojana era capaz de producir 49 mil barriles del mejor vino y 1.000 de aguardiente, 5.000 arrobas de pasas de uva y 2.000 de higos, 25.000 fanegas  de trigo y también maíz, legumbres, frutos, azafrán, y cochinillas para tinturas.

    Según Horacio Giberti, en su “Historia económica de la ganadería argentina” la situación económica de La Rioja y Catamarca hacia 1810 era la siguiente: “ambas provincias constituían el principal centro proveedor de tejidos de lana y algodón con materia prima propia y sus vinos se distribuían por Córdoba, Tucumán y Santiago.  Poseía minas de plata, oro y cobre”.

    Un viajero francés ocupado en preparar informes para inversionistas constata que el trigo riojano es de los mejores y que en Anillaco rinde 3,5 veces más que en España o en Francia, que se produce buen vino, olivos, naranjas, higos, y que es la primera provincia minera de la Confederación.

    Es más, hace un análisis comparado entre las ganancias mineras de los Yacimientos de Famatina, de 120 a 150 mil pesos fuertes en 1857 y el presupuesto provincial: 21.570 pesos en 1858, 64 mil en 1870 y -el récord- 109 mil pesos en 1876.

    Y se pregunta Paoletti “¿Cómo se explica la angustia del erario provincial ante tanta riqueza?” y se contesta en una reflexión que mira cien años de historia, y que sigue teniendo validez casi treinta años después de realizada: “Los dueños de la tierra, de las minas, no solo mal contribuyen a la renta provincial sino que, como en el caso de Vicente Almandos Almonacid, asociado a un francés Parchappe, otro agente comercial imperialista, disponía de los fondos provinciales para su propios negocios particulares”.

    Si cambiamos algunos nombres se puede aplicar perfectamente a La Rioja y a todo el país:  el problema no es tanto el tamaño de la torta, sino el modo en que se distribuye.

    Y finalmente termina Paoletti su “Cien años de Colonia” analizando el sentido del decreto de Sarmiento/Avellaneda que otorga el subsidio educativo a la provincia, que comentáramos más arriba.

    “Aplastada la rebelión montonera, derrumbada la economía regional por el librecambio, con la minería en manos extranjeras y luego convertida en estratégica zona de reserva, la fiebre pedagógica de Sarmiento se convirtió en el arma más apropiada para quebrar el espíritu de rebeldía nacional, en el medio “científico” de reprimir: a los montoneros no había ya que asesinarlos, bastaba que se “educaran” para que durante casi un siglo  asistieran pedagógicamente al proceso secular de enajenación y opresión nacional”.

    Y cita largamente el decreto en cuestión:  “El gobierno nacional -dice Nicolás Avellaneda- se halla así pronto para auxiliar a las provincias en estos trabajos, a fin de que la acción común se aplique a cegar la fuente del mal por un camino no solamente recto sino económico, porque cuesta más reprimir las rebeliones con ejércitos, que propagar por medio de la escuelas publicas los conocimientos que dan al hombre la aptitud del trabajo inteligente, y la capacidad de los derechos que nuestras leyes le confieren”

    Y lo de “económico” tiene en el texto de Avellaneda un sentido literal: los gobiernos nacionales habían gastado en aplastar la rebelión de los caudillos riojanos la friolera de $ 5.832.436, 01 pesos fuertes, los $25.000 pesos fuertes (equivalentes al 70% del presupuesto provincial de entonces) eran efectivamente un ahorro importante.

    Así pues, que la educación -y con ella, los maestros- llegaron a La Rioja por la convergencia y el choque de dos procesos casi antagónicos.

    Por un lado se estaba dando respuesta a los reclamos populares, que venían desde lejos, de acceder “a las letras” para lograr ciertos niveles de igualdad y justicia social y concediendo el reconocimiento a los pueblos del interior que habían exigido los caudillos riojanos.

    Pero por el otro –por el lado del estado y la política oficial-, la educación aparecía como parte orgánica de un proyecto de “socialización obligada y dirigida”, de verdadera dominación interna. Como complementando la ocupación territorial de lo que sería la Argentina y la importación masiva de inmigrantes europeos pobres para configurar  -en su conjunto- el proceso fundacional del capitalismo argentino llevado adelante por la llamada generación del ‘80.

    Pero eso era algo que la mayoría de los maestros ni siquiera sospechaba.  Movidos por el amor a los niños y cultores de la tradición democrática de Mayo buena parte de ellos se hizo cargo del derecho popular a educarse y entablaron una larga lucha, a veces sorda, a veces abierta, por proporcionar a los pobres de la tierra riojana el acceso a las letras, la ciencia y la técnica. Pero iban a chocar persistentemente con la pobreza y el abandono por parte del gobierno.

    No muy lejos de La Rioja, en la ciudad de San Luis, en el temprano año de 1881 se efectivizaría la primera huelga de los docentes argentinos, y sería por falta de pago (les mal pagaban tres de cada cuatro meses trabajados): “Nos hemos resignado muchos años, con la esperanza de que esto mejorase; más viendo las nuevas dificultades que se presentan para el pago, no nos queda otro recurso que suspender las tareas escolares hasta inter que el Excmo. Gobierno tome las medidas que crea el caso, apelando por nuestra parte ante el país entero  y la ilustración y sentido justiciero del señor Superitendente D. Domingo F. Sarmiento, a quien la Nación debe la fundación de su instrucción pública”

    La historia registra [6]que fue la docente Enriqueta L. Lucero de Lallelment, directora de la Escuela Graduada y Superior de San Luis quien encabezara el reclamo al mismo Sarmiento.   El marido de Doña Enriqueta, Germán Avé Lallelment, geologo y marxista, sería uno de los principales precursores del movimiento obrero argentino y, concretamente, de la primera celebración del 1º de mayo, en 1890. Así se iban posicionando los diversos sectores ante la reivindicación popular de acceder a la educación.

    No es casualidad entonces que por los mismos años correspondiera a la Policía la principal función “educativa”: hacer cumplir el nefasto Reglamento de la Policía de La Rioja de 1885 que decía nada menos que: “El patrón es un magistrado doméstico revestido de autoridad policial para hacer guardar el orden en su casa, haciendo que sus peones, sirvientes y oficiales de taller, cumplan puntualmente con su deber”  y que “el jornalero, sirviente y oficial de taller, debe a su patrón fidelidad, obediencia y respeto, ejecutando con diligencia las labores y ordenes que le imponga conforme al contrato, no siendo contrario a la moral y las leyes” en sus artículos 172 y 173[7]

    Los verdaderos maestros tenían bastante más dificultades para cumplir su vocación de educar a los niños.

    José Ernesto Schulman

    marzo de 1998


    [1] Probst Juan, La enseñanza primaria desde los orígenes hasta 1810 en Historia de la Nación Argentina, tomo IV

     

    [2] Probst: obra citada

    [3] Probst: obra citada

    [4] Carlos A. Lanzilloto, Historia de la escuela pública, pag. 319 del Manual de Historia y geografía de La Rioja, tomo I

    [5]el texto ha sido publicado por la A.M.P. en diciembre de 1997 bajo ese título

    [6] revista de la CTERA, Canto Maestro, Nº 1, setiembre de 1990, pag.18, nota de Analf Zvik, “Gloria y honor, huelga sin par”.

    [7] citado por Miguel Bravo Tedin en un articulo “La Rioja, cuna del sindicalismo argentino” publicado en la revista Encuentro, La Rioja, 1984.


  • Durante los años 1997 a 2000 realicé innumerables

    talleres de formación de militantes obreros clasistas

    el presente material es el resultado de los mismos


    «Este escrito quiere ser un estimulo para pensar y actuar, quiere ser una invitación a los obreros, mejores y más conscientes para que reflexionen y, cada uno en la esfera de su propia competencia y su propia acción, colaboren en la solución del problema, haciendo converger sobre sus términos la atención de los compañeros y de las asociaciones.

    Solo de un trabajo común y  solidario de esclarecimiento, de persuasión y de educación recíproca, nacerá la acción  concreta de construcción”.

    Antonio Gramsci, “Democracia obrera”,  1919.

    Vigencia de la clase obrera

    El apartado siete del documento del Movimiento Político Sindical para la Liberación (MPSL) para el debate congresal de la Central de Trabajadores Argentinos (C.T.A.), noviembre de 1996,  decía que “la clase obrera sigue vigente como clase de vanguardia y su rol se materializa en la construcción de un frente de liberación nacional y social” postulado  -que creemos- ha sido ampliamente confirmado por la lucha de clases realmente existente en la Argentina.  Que la derecha defensora del privilegio y la explotación repitiera sus viejas consignas descalificatorias  de la clase, no nos llama la atención; sí vale la pena preguntarse por qué caminos algunos pensadores que “posaban” de marxistas, y aún de renovadores del pensamiento revolucionario, pudieron llegar a semejante despropósito teórico, político y cognoscitivo.  Ante el espectáculo, en verdad casi dantesco, de las fabricas abandonadas y los pobres votando a sus verdugos, la sociología y el resto de las ciencias sociales no atinó más que a declarar la desaparición de la clase y/o su absoluta incapacidad transformadora.  En su apresurado afán de búsqueda de becas y horas cátedra han caído en el más vulgar de los determinismos y mecanicismos. Pretendieron igualar los conceptos de clase obrera con el de trabajadores industriales para así, al constatar el hecho cierto de una disminución relativa de los trabajadores industriales sobre el conjunto de los trabajadores, decretar su desaparición.  Ignoran que las categorías sociales tienen sentido en un enfoque de integridad e historicidad, que deben entenderse en unidad contradictoria (burgueses y proletarios, terratenientes y campesinos siervos de la gleba, libre competencia y monopolio, consenso y coerción, etc.) y que deben ser capaces de  abarcar  la integridad del fenómeno a analizar del cual, por otra parte,  no se pueden separar a riesgo a caer en el ridículo de buscar  la clase obrera industrial en la Grecia de Hercúleas o signos de la democracia esclavista de Platón en la Cuba revolucionaria de los ‘90;  y  que además cada una de los pares de categorías está en permanente mutación.  El gran error de muchos fue pretender aplicar el método positivista de análisis de la sociedad al marxismo. De separar la economía de la cultura, las ideologías dominantes del grado de desarrollo de la ciencia y la tecnología, las formas de la representación política del nivel de las luchas de clases y así de seguido, cuando se trata de todo lo contrario.  Se trata de atender a la globalidad del fenómeno en su desarrollo histórico y sus múltiples influencias recíprocas.

    Es hora de superar el viejo método positivista característico del siglo XIX que creía encontrar en el análisis separado de las partes de un fenómeno u objeto, el camino de la verdad.  Se trata de encontrar un hilo conductor del análisis de la realidad como un todo único. «Según la concepción marxista de la historia, el elemento determinante de la historia es en última instancia la producción y la reproducción de la vida real.  Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca otra cosa que esto: por consiguiente, si alguien lo tergiversara transformándolo en la afirmación de que el elemento económico es el único determinante, lo transforma en una frase sin sentido, abstracta y absurda». [1] Y el mismo Federico Engels definía al proletariado como “la clase social que consigue sus medios de subsistencia exclusivamente de la venta de su trabajo, y no del rédito de algún capital; es la clase cuyas dichas y penas, vida y muerte y toda la existencia dependen de la demanda de trabajo, es decir de los períodos de crisis y prosperidad de los negocios, de las fluctuaciones de una competencia desenfrenada.  Dicho en pocas palabras, el proletariado, o la clase de los proletarios, es la clase trabajadora del siglo XIX” para luego definir, junto con Carlos Marx,  en el Manifiesto “Por proletarios se comprende a la clase de los trabajadores asalariados modernos, que privados de medios de producción propios se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para subsistir”

    Para entender la realidad de la clase obrera argentina hay que seguir paso a paso la historia de los últimos veinte años de apertura indiscriminada y competencia de las importaciones con dumping social, de desregulación creciente de cada uno de los aspectos de la economía nacional y de sometimiento de toda la actividad redituable a un polo de empresas altamente monopolicas que fueron absorbiendo/sometiendo toda la actividad humana de la sociedad argentina.  Lejos de cualquier simplificación, la clase obrera argentina es un complejisima mezcla de operarios super especializados que realizan procesos metal-siderúrgicos desde computadoras y cirujas que recogen cartón para reciclarlo en las fábricas de papel;  niños que realizan ventas callejeras para empresas especializadas en proveer de mercaderías a los paqueteros[2], jubilados que realizan trabajos de sereno o seguridad para complementar sus magros ingresos  -y médicos empleados en los hospitales públicos, y todos son parte de la clase obrera porque son proletarios (no son propietarios de medio de producción alguno) y viven exclusivamente de su trabajo presente o pasado.    Ahora bien, es posible entonces pensar que la clase obrera actual es idéntica al sujeto social pueblo?, o dicho de otro modo: ¿todos los agredidos por este capitalismo neoliberal y globalizado forman parte de la clase obrera ?  Creemos que no, que hay sectores populares que no “viven exclusivamente de la venta de  su trabajo” y que integran fracciones empobrecidas de la pequeña burguesía urbana o rural, sin descartar que hay sectores sociales cuya relación con los medios de producción no está aún definida y reciben de sus familiares los elementos necesarios para su supervivencia: nos referimos, obviamente, a la juventud estudiosa, la que  -entendemos- no debería integrarse conceptualmente a la clase obrera como hacemos con aquellos desocupados con pasado y experiencia laboral.  No se trata de simple búsqueda de precisión conceptual o científica.  Se trata de visualizar que junto a la clase obrera y sus formas organizativas tradicionales o no, existen una serie de sectores sociales y movimientos sociales de nuevo tipo que debe confluir, converger con la clase obrera aunque no se pueda resumir todo la organización popular en el movimiento obrero.  El capitalismo neoliberal maduro ha generado una complejización social que no puede, ni debemos, simplificarse en el movimiento obrero.

    Es cierto que la ampliación de la clase obrera con nuevos y nuevos sectores que expresan la contradicción profunda inherente al modelo de desarrollo capitalista que sufrimos ha generado una heterogeneidad nunca antes conocida.  El pleno empleo, la continúa extensión de la producción industrial con la consiguiente instalación de plantas fabriles, el elevado porcentaje de sindicalización y la extendida cobertura de las Obras Sociales y de la legislación laboral generaron un grado importante de homogeneización de la clase obrera argentina sobre la que se apoyaron tanto los burócratas sindicales para su negociación centralizada y nacional con las patronales y el Estado, como las corrientes combativas y antiburocráticas para sus propuestas de lucha y movilización.  Todo ello ha cambiado.  A la heterogeneidad tecnológica (que en el conflicto del Instituto Malbrán pudimos ver que se puede expresar hasta en un mismo establecimiento: biólogos científicos y cazadores de víboras trabajando juntos) se le suma le enorme dispersión de relaciones laborales/legales: estables de horario completo(unos 4,3 millones), sindicalizados (unos 2,5 millones de trabajadores), estables de horario incompleto (unos 1,6 millones), trabajadores en negro de tiempo completo o transitorios (unos 2,5 millones), trabajadores con contrato temporal (unos 300 mil), trabajadores tomados por agencias de empleo (30 mil), trabajadores de planes para combatir la desocupación (900 mil), trabajadores por cuenta y riesgo propio (unos 3,5 millones) etc.

    La fragmentación de la clase se fortalece con el predominio de una ideología que alienta la fragmentación cultural como forma de existencia de la globalización y de aceptación de nuestro lugar periférico, subordinado y atrasado en el mundo capitalista; es esta fragmentación la que se pretende cristalizar por parte de un sindicalismo burocrático que deja fuera de sí a dos de cada tres trabajadores por no poder cobrarle compulsivamente la cuota sindical por descuento de la planilla de sueldos.

    Y el gran tema es que el hecho de trabajar y vivir en iguales condiciones, de sufrir las mismas consecuencias del modo de organización social capitalista, no alcanza para hacer de los trabajadores una clase social.  La definición de clase debe exceder lo descriptivo, lo aprehensible en un censo, e incorporar el factor subjetivo. La clase es una identidad, un “nosotros” frente a un “ellos”, el compartir un espacio social y una cultura; y es por lo tanto una construcción histórica sujeta a los vaivenes de la lucha social y política de un país.  Por supuesto que esa identidad está asentada en el lugar en el proceso de producción, pero no se produce automáticamente, ni mucho menos, por la mera ocupación de ese lugar. De hecho existen trabajadores que no se identifican como tales, o que haciéndolo, no se perciben integrando un conjunto dotado de alguna homogeneidad. De hecho, en nuestro país, el autopercibirse como “clase media” antes que como trabajadores ha sido un fenómeno muy extendido, sobre todo entre ciertas categorías relativamente privilegiadas.

    Señalemos, a simple enunciación de temas merecedores de nuestra investigación y estudio, la complejización del proceso de asumirse como clase para aquellos trabajadores que dejan de pertenecer a un colectivo laboral ya sea por desocupación o por pasar a trabajar por su cuenta, en su domicilio o en la calle.  Si no fuera así, claro que todo sería más fácil y transparente, pero la transformación de un conjunto de hombres afectados por un sistema social y sus correspondientes políticas, el sujeto social, en un sujeto político es un proceso extremadamente complejo y dificultoso.   De hecho la supervivencia de un régimen injusto donde una ínfima minoría vive a costillas de las más amplias mayorías solo encuentra explicación en esta dificultad de comprender el verdadero sentido de las relaciones sociales.  Estamos diciendo  que la conciencia de clase no es una derivación del lugar que los hombre ocupan en el proceso productivo como cierto determinismo mecanicista predicó durante largo tiempo en nuestro país tanto en su versión “marxista”  como en su versión “peronista”.

    Hace falta una nueva forma de organización sindical que contemple la nueva realidad de la clase desde visiones absolutamente distintas a las predominantes hasta ahora.   Hace falta dejar atrás el viejo modelo sindical al que no alcanza con “limpiarlo” de burócratas y traidores.  Por ello concordamos con la propuesta de afiliación directa de los trabajadores a la C.T.A. y la constitución de nuevas formas organizativas que apunten a restituir unidad y centralización de esfuerzos para una clase tan fragmentada, como una nueva forma de agrupamiento y centralización de una clase que ha perdido la hegemonía y la concentración de otras épocas. Pero hay que tener muy en cuenta que el desafío es doble: que se trata de desarrollar formas organizativas capaces de abarcar la nueva realidad obrera, pero también de desplegar un tipo de sindicalismo, “de liberación” decimos nosotros siguiendo a Agustín Tosco, que recupere la autonomía política perdida y que se transforme en el constructor de su propia destino.

    Sujetos del cambio social

    El debate sobre la autonomía obrera viene del propio nacimiento del movimiento obrero como tal[3].  En la primera mitad del siglo XIX predominaba, en las corrientes revolucionarias del naciente movimiento (el jacobino-babouvismo[4], el blanquismo) una concepción autoritaria y sustituta de la revolución, entendida como acción de un reducido grupo, una elite revolucionaria, que se atribuye la misión de sacar al pueblo trabajador de la esclavitud y de la opresión.

    Partiendo de la premisa fundamental del materialismo metafísico del siglo XVIII -los hombres son el producto de las circunstancias, y si las circunstancias son opresivas, la masa del pueblo está condenada al oscurantismo- estas corrientes consideraban al proletariado como incapaz de asegurar su propia emancipación; por lo tanto, la liberación tendría que venirle desde afuera, desde arriba, desde la pequeña minoría que por excepción logró alcanzar las luces, y que ocupa ahora el papel que los filósofos materialistas del siglo XVIII le atribuían al déspota ilustrado: destruir desde arriba el mecanismo de relojería (circular y autoreproductivo) de las circunstancias sociales, y permitirle así a la mayoría del pueblo acceder al conocimiento, la razón, la libertad.   Al romper, en las Tesis sobre Feuerbach (1845) y la Ideología Alemana (1846) con las premisas del materialismo mecanicista, elaborando los ejes centrales de una nueva concepción del mundo, Marx lanzó también los fundamentos meteorológicos para una nueva teoría de la revolución, que se inspira al mismo tiempo en las experiencias más avanzadas de la lucha de los trabajadores en esa época (el cartismo inglés, la revuelta de los tejedores de Silesia en 1844, etc.)   Rechazando a su vez al viejo materialismo de la Filosofía de las Luces (cambiar las circunstancias para liberar al hombre) y el idealismo neohegeliano (liberar la conciencia humana para cambiar la sociedad) Marx corta el nudo gordiano de la filosofía de su época, planteando en la tercera tesis sobre Feuerbach que en la praxis revolucionaria coinciden el cambio de las circunstancias y la transformación de la conciencia del hombre.   De ahí, con rigor y coherencia lógica, su nueva teoría de la revolución (presentada por primera vez en la Ideología Alemana): sólo por su propia experiencia, en el curso de su propia praxis revolucionaria, pueden las masas explotadas y oprimidas romper a la vez con las circunstancias exteriores que las oprimen (el Capital, el Estado burgués) y con su conciencia mistificada anterior.   No hace falta mucho esfuerzo para identificar la propuesta del “hombre nuevo” del Che Guevara y su valoración de la importancia de la conciencia, del factor subjetivo en el proceso revolucionario, con ese pensamiento fundacional de los clásicos.  Dice el Che: ”Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material, hay que hacer el hombre nuevo”.  En otras palabras: no existe otra forma de emancipación autentica que la autoemancipación tal como decía Marx en el Manifiesto Inaugural de la Primera Internacional: la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos.

    Un breve panorama histórico

    Si pegamos una mirada a la historia del movimiento obrero argentino también podremos comprobar que las formas de organización no han sido inmutables, que han acompañado los cambios económicos/sociales y han estado fuertemente influidas por los diversos proyectos políticos que fueron conquistando preeminencia en la clase.

    Presentaremos una periodización del movimiento obrero que, por supuesto, es tan subjetiva y discutible como cualquier otra

    a) Etapa del predominio anarquista. La situamos desde 1878, año de la fundación de la Unión Tipográfica, primer sindicato moderno de la Argentina; hasta 1918, año en que se reúne el Xº Congreso de la Fora.  Este periodo se corresponde con una etapa muy inicial del capitalismo en el país que se desarrolla a expensas de un modelo agro/exportador y donde todavía lo predominante es el sindicato por oficio y su versión criolla: el Sindicato de Oficios Varios.

    Hay que reconocer  que ha predominado una visión muy prejuiciosa hacia las experiencias anarquistas por lo que se hace imperiosa una re-lectura de esa etapa y una revalorización de algunas de las características que el anarquismo introdujo al sindicalismo argentino, sin caer en el extremo opuesto de una idealización que vele su debilidad mayor, que estaba en su negativa a dotar de un proyecto político propio a la clase.

    Señalemos algunas de dichas características: 1) la renuncia expresa a cualquier negociación con la patronal y/o el estado, 2) la preeminencia de las acciones directas en defensa de las reivindicaciones obreras, 3) el anonimato de sus dirigentes que se negaban a cualquier cargo sindical formal, 4) la honestidad e incorruptibilidad de sus dirigentes y 5) el ejercicio de la democracia directa como alternativa a la organización sindical. Durante este periodo, y bajo su directa influencia, se producen algunas de las luchas más heroicas y sangrientas de la clase obrera argentina: la Semana Trágica, la rebelión de los obreros agrícolas de la Patagonia, las luchas de la Forestal, etc.  La burguesía los castigará severamente por sus méritos, y se aprovechara de sus errores para derrotarlo: su falta de perspectiva política para agrupar tras sí a otros sectores populares y para intervenir en la disputa de las amplias masas en el momento en que se resquebraja el viejo modelo conservador fraudulento y paternalista del caudillismo para gobernar la república y surge el radicalismo como herramienta de participación de los nuevos sectores burgueses surgidos en el periodo.

    b) Etapa de predominio reformista: socialistas sindicalistas, etc. Lo situamos desde 1922, año de la fundación de la Unión Ferroviaria, primer sindicato en adquirir forma y normas de funcionamiento institucional hasta 1935, momento en que los comunistas (que han venido acumulando fuerzas desde principios de la década infame) llegan a compartir la dirección de la C.G.T. constituida en 1930.   Es en este periodo donde ocurren simultáneamente cambios muy importantes en la estructura económica: industrialización selectiva por necesidades de la exportación (Frigoríficos, ferrocarriles y puerto) y por políticas de sustitución de importaciones por la primera guerra mundial.  Aparece el obrero fabril y hay una proletarización del criollo.

    Cobran fuerza las corrientes socialistas que incorporan la perspectiva política, el reclamo a los poderes constituidos y la representación electoral.  El sindicalismo va descartando la huelga salvaje y se orienta a la negociación colectiva, las leyes laborales (la primera es propuesta por el senador socialista por la Capital, Alfredo Palacios en 1912).  Si en la primera etapa el sindicato es claramente un instrumento de lucha obrera, una expresión nítida de la negatividad obrera hacia el sistema, ahora empieza a percibirse que también puede ser instrumento de adaptación a su funcionamiento.

    El cambio de sentido y contenido impacta también en la vida sindical: el representante electo en la asamblea con mandato definido comienza a ser sustituido por el representante que negocia con la patronal y el estado.  La renuncia a la violencia daba paso a la gestión benevolente ante las patronales y el Estado, a las comisiones paritarias y los tribunales de arbitraje, a la presión sobre el parlamento.  Un socialista europeo, Bernstein, lo diría con todas las letras: “El objetivo final no es nada, el movimiento lo es todo”[5]. Si el socialismo dejaba de ser la meta y se convertía en un ideal ético; si la propiedad privada contaba ahora con el acuerdo obrero, era “lógico” que los sindicatos aspiraran a humanizar el capital  exigiendo participación en las ganancias de las empresas, impulsando cooperativas o incluso organizando empresas de propiedad sindical.  De allí surgió el primer caso de delincuencia sindical: el tesorero de la primera Cámara del Trabajo se fugó con los fondos y tuvo que cerrar las puertas la empresa sindical.   Esa misma lógica adaptacionista va a llevar al secretario general de la C.G.T., Luis Cerruti a escribir a los generales golpistas del ‘30: “la C.G.T. está convencida de la obra de renovación administrativa del gobierno provisional”

    c) Etapa de la influencia comunista. Desde 1935/36, año de grandes luchas dirigidas por los comunistas y su incorporación al C.C.C. de la C.G.T.  hasta 1945, año en que surge el peronismo.  También se basa en modificaciones estructurales de la clase y la aparición de las grandes concentraciones fabriles. Entre 1941 y 1946 (período de la II Guerra Mundial) la ocupación obrera aumenta un 40,5% y el valor de la producción en un 34.5%.  Los establecimientos industriales pasaron de 51.178 a 54.670 y los obreros industriales de 677.517 a 938.387.  Para 1947 la población total era de 15.894.000 personas y la P.E.A. (población económicamente activa) era de 6.445.000 personas de los cuales 4.633.000 personas (el 73%) eran asalariados.  Surgen las grandes concentraciones fabriles.  Pero además se modifican abruptamente los índices y niveles de sindicalización: en 1936 había 369.989 obreros sindicalizados en 296 organizaciones sindicales, en 1941 son 441.412 obreros sindicalizados en 356 organizaciones sindicales y en 1945 llegan a 528.523 trabajadores  y 969 organizaciones sindicales con lo que tenemos un índice de sindicalización del 10% y  menor que el de 1941 y al de 1935. [6]

    Qué había ocurrido?  Por un lado un modelo de relación del Estado con los sindicatos basado en el desconocimiento de las organizaciones sindicales y el hostigamiento permanente.  Para los que se atreven a desafiar el poder, persecuciones, cárceles, destierro.  Así había ocurrido con las importantes luchas que durante la “década infame” libraron los trabajadores de la carne (1932), los petroleros de Comodoro Rivadavia (1932), los trabajadores de la madera (1934) y la gran huelga de la construcción (1935/36) que fueron enfrentadas a sangre y fuego por la dictadura de Justo y sus continuadores. Rufino Gómez (petrolero), José Peter (carne), Vicente Marishi (madera), Fioravanti, Chiaranti, Burgas e Iscaro (construcción) eran parte de una nueva camada de dirigentes obreros  comunistas reconocidos ampliamente por los trabajadores y temidos por el poder.[7] Los comunistas van a conquistar posiciones en aquellos sindicatos que habían sido dirigidos por los anarquistas y los van a unificar en federaciones nacionales por rama de gran poder de lucha, pero salvo excepciones no van a poder desplazar a los socialistas de sus posiciones tradicionales.  En abril de 1936, los sindicatos clasistas se incorporan a la dirección de la C.G.T. y logran inscribir en los estatutos de la C.G.T.  que sus objetivos son: “preparar su emancipación, creando un régimen social fundado en la propiedad colectiva de los medios de producción y de cambio . El General Sosa Molina, explicando las causas del golpe de 1943 conducido por una logia militar (el GOU) de la que formaba parte Perón relataba su visión del 1º de mayo de 1942: “Una enorme multitud con banderas rojas al frente, con los puños en alto y cantando La Internacional, presagiaba horas verdaderamente trágicas para la República.  Las FF.AA. no podían permanecer indiferentes.  La revolución del cuatro de junio tiende a anticiparse a los acontecimientos”.   Una oleada represiva se abatiría sobre los sindicalistas clasistas, aunque no es la causa decisiva del surgimiento del peronismo, conviene no olvidar que previo al Pacto Social y las concesiones reales, hubo cárcel y torturas para los luchadores.

    d) Etapa fundacional del peronismo. Lo situamos, obviamente, desde el 17/10/45 hasta el golpe gorila del ‘55.  Desde la perspectiva que estamos tratando el tema nos interesa resaltar solo un aspecto: el de la perdida de la autonomía para el sindicalismo argentino que va a ser colocado a la cola de un proyecto de desarrollo nacional/burgués y va a aceptar la intervención estatal en la vida sindical hasta en su más mínimo detalle.  El movimiento obrero argentino que había nacido a finales del siglo XIX, había sufrido por parte del Estado una actitud única y permanente: represión, hostigamiento y no reconocimiento como interlocutor en los conflictos sociales.  A partir del peronismo esta actitud dejo paso a un mecanismo más complejo: un conjunto de mejoras habilitó vías para incorporar a la clase obrera dentro de una coalición hegemonizada por la burguesía industrial.  En ese proceso, la clase obrera logró mejores condiciones para la venta de su fuerza de trabajo, cierto acceso al mercado de bienes y servicios,  mayor poder en las relaciones intra empresa; y sobre todo logró mayor peso en la sociedad por medio de una organización sindical de masas, que a su vez la vinculaba estrechamente al aparato estatal.   El «pacto» encarnado en el peronismo, tenía como sujeto activo a un aparato estatal autoerigido en árbitro de las relaciones entre capital y trabajo.[8] Ese Estado actúa con una acentuada autonomía relativa, que le permitía desligarse del nivel económico-corporativo de los intereses de la burguesía, para intentar una respuesta a los intereses estratégicos del conjunto de la clase. Como mediador frente a la clase obrera, se conformó una estructura sindical caracterizada por una menguada autonomía política y organizativa, a cambio de una amplia tutela económica y política por parte del estado. Desde entonces nació y creció una burocracia sindical que, con matices, conservó su rol de mediación a lo largo de las cuatro décadas siguientes. La subordinación del movimiento obrero no fue producto de la casualidad, sino de un proceso de construcción de un proyecto político, de su instalación profunda en la clase.

    Esta situación prolongada de subordinación del movimiento obrero ha generado un “sentido común” de sindicalismo cuyas características distintivas son: fuerte legalismo (confianza, esperanzas en que la justicia les de la razón en los conflictos de clase), estatismo (las soluciones se piensan por intervención del estado en la economía o frente a las injusticias), delegación de soberanía (los trabajadores confían en sus dirigentes para el reclamo, la negociación o aún la lucha) con el consiguiente caudillismo de muchos de sus dirigentes (aún de los combativos y honestos) y sobre todo la idea de que el sindicato está para negociar con la patronal y conseguir algo.  Es este sentido común, modelado en los largos años de vigencia del modelo sindical hoy en crisis, el que hoy se ve reemplazado por un nuevo sentido común, tan o más reaccionario que el anteriormente vigente, que se basa en el individualismo y el consumismo como parámetros generales para todas las acciones sociales y que es absolutamente funcional al nuevo rol gerencial de la burocracia y su propósito de convertir el sindicato en una empresa proveedora de servicios a sus asociados/clientes.   En los hechos las primeras normas de regulación de la vida sindical corresponden a este periodo: decreto 23.852/45 y la ley 12.910/45 que reconocen el derecho a organizarce, a actuar en política, a defender sus intereses profesionales y propiciaba la unidad sindical y el fortalecimiento financiero de las organizaciones reconocidas.   Claro que por un procedimiento que negaba buena parte de la historia anterior:

    *      Sería el Estado quien resolvería la legalidad de uno u otro sindicato (supuestamente tomando en cuenta el número de afiliados) en caso de disputa, y al decretar que solo los reconocidos legalmente podían participar en las negociaciones sobre cuestiones laborales, presionaba violentamente por el sindicato único. Entre 1936/40 se firmaron 46 convenios colectivos de trabajo, en 1944/45 se firman 726 y entre 1946/51 lo hacen con 1.330 sindicatos.  Estas cifras ayudan a explicar el “triunfo aplastante” del nuevo modelo sindical sobre un sindicalismo clasista que no acierta a encontrar como defender sus posiciones y que termina capitulando ante el avance de Perón disolviendo los sindicatos que dirigía en un gesto que solo contribuyó a consolidar la perdida de autonomía para los trabajadores que perdieron así una referencia clasista más allá del debilitamiento numérico que sufrían.

    *      Obliga al patrón a ser de agente de retención de la cuota sindical con lo que masifica su cobro, pero colocando los fondos de la organización bajo administración de aquellos que supuestamente se debía enfrentar.  Al aceptarse esto, se sepultaba profundamente aquello de luchar por una sociedad sin explotadores ni explotados aun cuando -contradictoriamente- el sindicalismo va a tener un crecimiento cuantitativo espectacular.

    Además, para acentuar lo contradictorio del momento, como parte de las “conquistas” se abre paso una estructura sindical que llega hasta lo profundo de las empresas dando nacimiento a lo que algunos investigadores denominan la “anomalía argentina”: el sistema de delegados por sección (uno cada 50 trabajadores o fracción) que todavía la burguesía pretende terminar de desmontar, y que fuera históricamente el objeto de sus campañas represivas dado que por estar más alejado de las direcciones burocráticas era el estamento más permeable a las inquietudes y exigencias de las bases, recíprocamente era la extensión de la burocracia al interior profundo de la clase y también un mecanismo de corrupción y clientelismo generalizado.

    Aquí si que vale lo que decíamos sobre el pensamiento de Gramsci acerca de los sindicatos[9].  En determinadas experiencias puntuales (automotrices de Córdoba o Acindar en los principios de los ‘70, la huelga ferroviaria del ´90, etc.) los cuerpos de delegados se transformaron en mecanismo de organización y poder sindical alternativo al institucional, pero también hay que decir que funcionaban como sistema de distribución preferencial de plazas de turismo, créditos inmobiliarios u otros beneficios sindicales.

    e) Etapa de disputa por la hegemonía en el movimiento obrero. La ubicamos entre 1955 y 1975, o dicho de otro modo entre la Resistencia Peronista y el inicio del genocidio producido por el terrorismo de Estado, por cierto que con plena adhesión y protagonismo de las patotas del la burocracia sindical ya que, entre otras muchas cosas, el golpe de estado del 24 de marzo vino a saldar la disputa entre la burocracia sindical y el amplio bloque de fuerzas que se le oponían.

    Desde la perspectiva de este trabajo solo vamos a resaltar algunas cuestiones.

    *      Que la burocracia sindical asimiló rápidamente y sin traumas la caída del gobierno que la había gestado y sostenido.  Con los gobiernos militares y civiles que le sucedieron se iba a repetir el tipo de relación de colaboración y pacto[10].  Incluso, va a ser un gobierno militar el que daría mayor protección legal al “negocio sindical” de la salud obrera con la sanción de la ley de Onganía sobre Obras Sociales como antes había sido un gobierno “democrático”, el de Frondizi (1958/62) el que sancionaría una Ley de Asociaciones Profesionales a medida de la burocracia sindical.  En rigor las Obras Sociales vienen de la época peronista y tuvieron legitimación con la Reforma de la Constitución de 1949 y alcanzaron una envergadura única en América Latina.  De los servicios de salud se pasó a una oferta hotelera propia, planes de vivienda, proveedurías y tiendas.  Con todo el desguace sufrido, todavía hoy el negocio de las Obras Sociales mueve cuatro mil millones de dólares anuales.

    *      Durante todo este periodo la burocracia va a jugar un juego recurrente: dividirse en “colaboracionistas” y “combativos” ante cada nueva instancia institucional, conteniendo a todo el mundo bajo la bandera de la “C.G.T. única” y la unida orgánica de la clase, consigna que lamentablemente repetía (como si fuese un asunto atemporal o fuera de la disputa de proyectos políticos) la izquierda marxista y peronista.

    *      b) que es también en este periodo que comienza a recuperarse y recrearse la autonomía obrera con las experiencias de mayor independencia de ese periodo: la C.G.T. de los Argentinos, el Cte. de Huelga de los trabajadores del Chocón, el sindicalismo combativo y clasista de Córdoba (Tosco, Salamanca y López), la UOM y la C.G.T. de Villa Constitución y por último la experiencia (fundamentalmente alrededor de 1975 y del Rodrigazo[11]) de las Coordinadoras Interfábriles por fuera de la estructura sindical “oficial” aunque no alejada de la institucionalidad de base: las comisiones internas y el cuerpo de delegados.

    Sin embargo, ninguna de las experiencias antiburocráticas del periodo llegan a proponer una nueva central obrera, por fuera de la C.G.T.; a lo sumo se proponían como un camino para su recuperación, para “expulsar los traidores”, etc.  La idea de la central única, de la llamada unidad orgánica de la clase, había penetrado profundo en la cultura obrera argentina, incluso en la cultura de izquierda, lo que fue ampliamente aprovechado por la burocracia sindical para someter a todos a una institucionalidad creada desde el estado y modelada por su accionar de años.

    La crisis

    El sindicalismo está en crisis.  El sindicalismo “oficial” de la C.G.T., el “opositor” del M.T.A., y aún, el que buscaba una central diferente y se agrupó en la C.T.A.

    El sindicalismo de la C.G.T. oficiali es acaso el más desprestigiado.  Su situación es comparable a la de los dirigentes políticos tradicionales, del radicalismo y el peronismo, dado que igual que ellos “traicionaron” el discurso histórico, hicieron todo lo contrario de lo que se supone tendrían que haber hecho: defender a los trabajadores, el empleo, los derechos laborales, las políticas que ellos mismos habían apoyado por años: empresas públicas en los sectores estratégicos, defensa de la producción nacional, etc.

    Apoyaron sin tapujos a Menem, en sus dos períodos, son cómplices de cada una de las políticas con que se destruyeron cien años de conquistas obreras en materia de legislación obrera; de cada una de las políticas que materializaron el dogma neoliberal privatizador, desregulador, precarizador del empleo y destructor de la economía nacional.

    Conciliaron con De la Rúa y ante la crisis desatada, solo atinaron al viejo recurso de pedir una Mesa de Concertación a la que apostaron con todo, fracasando también en eso.  La Mesa de la Concertación de la Iglesia y la delegación de la ONU contó con su apoyo generoso, el mismo apoyo que no dieron a las luchas populares de estos meses.

    La crisis de la burocracia sindical es una crisis profunda.  Es una crisis de función: dejaron de jugar de representantes de los trabajadores ante la mesa del pacto social, central en el capitalismo distributivo pero irrelevante en el capitalismo neoliberal.  Pero como dicha función era su proyecto político, es también –y en primer lugar- una crisis política, una crisis de proyecto político.

    Tardaron años en descubrir que ya nadie estaba interesado en sus servicios tradicionales: negociar la lucha en la mesa de negociaciones con las patronales y los gobiernos.  Cuando se dieron cuenta, optaron por salvarse girando a un sindicalismo empresarial que dejó de considerar los servicios que el sindicato daba a los trabajadores: turismo, salud, créditos, supermercados, etc. como derechos que los trabajadores conquistaron a lo largo de años de luchas y organización sindical, para pasar a considerarlos como mercancías dignas de venderse según las reglas del mercado.  Y según un mercado desregulado.  Para ello se asociaron a todo tipo de grupo económico en emprendimientos tales como Jubilaciones Privadas o empresas de riesgo laboral.

    Pero no pudieron escapar a la crisis que afecta al capitalismo argentino en su fase de reproducción ampliada del capital.  Igual que a tantos burgueses “normales” no les cierran los números y debieron apelar a ajustes de personal, redimensionamiento de los emprendimientos, disminución de la cuota de ganancia, etc.

    Lo que queremos resaltar es que, en este caso, la perdida de representatividad deriva de un modo muy directo de la perdida de la función tradicional de la burocracia sindical, función de intervención en el tramado del pacto social sobre el que descansaba el capitalismo distributivo y a la que sostenían con las patotas y el autoritarismo interno a la vida sindical.

    Lo paradójico es que la burocracia sindical fue quebrada por la misma burguesía a la que habían servido por años, y que las fuerzas clasistas y combativas dejaron de disputar con ellas los espacios de poder en los que nunca pudieron derrotarlos del todo.

    La C.G.T. de Moyano intentó por más tiempo reciclar el viejo rol de golpear para negociar en una especie de “neo vandorismo tardío”[12].  También la C.G.T. de Moyano se jugó con Rodríguez Saá, con Duhalde, con la Concertación de la Iglesia y la ONU, pero cuando vio que nada salía de ahí amenazó con un paro que levantó “por lluvia” en un gesto patético que revela la magnitud de su crisis.

    Acaso sea la corriente sindical más afectada por la crisis y la Rebelión Popular de Diciembre, cuyo nivel de definiciones le impide seguir con el juego practicado durante el gobierno de la Alianza de aparentar encabezar la oposición, aprovechándose de la tregua implícita que la C.T.A. concertó con el gobierno de la Alianza.

    La C.T.A. está próxima a cumplir diez años.  Tiempo suficiente para ensayar un balance sobre los objetivos fundacionales:  construir una Central alternativa y un nueva identidad política[13] para reemplazar a la C.G.T. y el peronismo, respectivamente. Nada menos.

    En marzo de 1992, tras el arreglo de Lorenzo Miguel con Menem (con la intervención de Somisa como moneda de canje), la C.G.T. de Ubaldini se mandó a guardar y dejó a la intemperie a los sectores que venían “acumulando” bajo su paraguas, principalmente los estatales y los docentes, quienes confluyeron con diversos sectores de la izquierda (los comunistas y quienes habían formado la Propuesta Política de los Trabajadores[14]) en un proceso de debates que desembocó en el Congreso de los Trabajadores Argentinos realizado en el Parque Norte en noviembre de 1992.

    Cuatro años más tarde, el Congreso se transformaría en la Central de los Trabajadores Argentinos en el Primer Congreso realizado en el Luna Park.  Para el Segundo, mayo de 1999 en Mar del Plata, la Central se había convertido en un centro convocante de fuerzas opositoras y de un vasto espacio de organizaciones sociales de raigambre popular.

    No pocos observadores, especialmente las delegaciones extranjeras, creyeron ver entonces el comienzo de la definitiva consolidación de la Central.  Por el contrario, el Congreso –y sobre todo los prolegómenos- marcaron el inicio de un declive continuo que culmina en la imagen del 9 de Julio: los supuestos lideres piqueteros D ´Elia y Alderete tomando mate en La Matanza y De Gennaro encabezando una movilización en … Misiones.

    En 1997, en medio de la euforia progresista por el avance electoral del Frepaso, la dirigente de la C.T.E.R.A. Marta Maffei pretendió transformar la Central en el brazo sindical del “bloque popular” (¿) en formación.  En 1998, en el Encuentro del Nuevo Pensamiento, con los ánimos más sosegados, se pensó en un Congreso que “impusiera” agenda obrera a la Alianza.  Para el ‘99 se habló de un “movimiento político” pero ante las primeras definiciones clasistas tomadas en Capital, Córdoba y La Rioja, se prefirió aprobar uno de esos documentos que gustan a todos, pero sin Plan de Lucha.

    La idea de que se puede construir una fuerza obrera sin confrontar, facilitó la labor del Mta de Moyano que, en los primeros meses del gobierno de la Alianza, se instaló como la supuesta oposición frente a una C.T.A. que inauguró el periodo gubernamental entregando la Carpa Blanca y evitando subir al Puente de Corrientes (la muerte y el puente como una letanía) y lo terminó abandonando el escenario central del enfrentamiento de Diciembre de 2001 para evitar “provocaciones”, en un lenguaje posibilista y macartista que daba buenos resultados en los primeros tiempos de Alfonsín, pero que en medio de la Rebelión Popular ha sabido a añejo y descolocado.

    Si se comparan las fotos del Congreso de Mar del Plata con las de la Marcha del 9 de Julio se podría verificar similitudes y cambios, el crecimiento del movimiento social con nuevos actores (las Asambleas Populares, nuevos movimientos piqueteros, mayor presencia juvenil, etc.) así como el cambio del centro de gravedad de la escena.  El 9 de julio no fue la C.T.A. la que convocó, sino la izquierda; y no fue un hecho casual o aislado.

    La apuesta a contactar con los nuevos sujetos sociales e inventar “un nuevo pensamiento” y un “nuevo modo de intervenir en política” han fracasado. Se ha hecho evidente que no se puede construir una Central Alternativa de los Trabajadores con gestos propios de quienes sueñan recuperar supuestos “equilibrios perdidos”.

    Julio Godio, uno de los asesores laborales del Frepaso en ascenso, decía que “la verdadera línea divisoria era entre los partidarios de un capitalismo productivo y con cierta justicia social  y los testimonialistas que siguen soñando con la supresión del capital”. Es cierto, aunque Godio difícilmente comprenda por qué razón, los constructores de un “capitalismo productivo con justicia social”, han quedado en minoría.

    ¿Qué significaría hoy en día un sindicalismo comprometido con un capitalismo distributivo?

    ¿Qué perspectivas tiene un sindicalismo que se preocupe solo por los problemas de sus asociados (los trabajadores estables, con recibo de sueldo y por ello s de sindicalización no superan el 10% de la clase obrera) y del sector de la economía al que se encuentra relacionado?

    En Francia, la antigua C.G.T. se contentó con representar a los trabajadores estables, a los que pueden estar en los sindicatos.  Terminó representando a una capa privilegiada de los trabajadores, al 10 % de los trabajadores franceses que gozan de la modernidad mientras el resto de los trabajadores sufre de todas las delicias de la globalización: precarización del empleo, flexibilización horaria, salarial y legal del trabajo.  ¿No tendrá algo que ver este abandono de la clase a su suerte con el avance de la ultra derecha nacionalista  y fascista, racista y enemiga de los trabajadores inmigrantes, que representa Le Pen y sus socios?

    Pero además, para los que piensen en esta perspectiva como valida, es bueno recordar que no vivimos en  un país capitalista central sino en uno periférico, y por lo tanto, condenado a una reducción permanente de la parte estable de los trabajadores.    ¿No habría que pensar que significará para las provincias y la educación, el ajuste que reclama el Fondo y todos prometen para despues de las elecciones?.

    ¿Cómo encarar la lucha en defensa de las fuentes de trabajo?

    ¿Al estilo de la C.G.T., buscando acuerdos con Reutemann y Duhalde, buscando congraciarse con las patronales de los grandes grupos económicos dueños de la banca?

    ¿Al estilo del M.T.A. produciendo algunas movilizaciones para después negociar con los dueños del poder?

    ¿Al estilo de la C.T.A., con un plebiscito y construyendo acuerdos con una parte del gobierno al que primero se lo califica de “progresista” como eran la Meijide, el Freddy Storani y ahora son el Juanpi Caffiero o el Juanjo Álvarez?

    ¿O habrá que pensar en cómo luchan los piqueteros, las asambleas barriales, confrontando a fondo, juntando a todo el pueblo detrás de las consignas, con democracia de base, horizontal, con mandato de las asambleas para que nadie traicione la lucha, con voluntad de insertar el reclamo sectorial en un programa de soluciones generales de la sociedad?.

    Son ustedes quienes deberán decidir como luchar.Para nosotros es una cuestión de reflexión o de polémica científica, para muchos de ustedes será la posibilidad de salvar el puesto de trabajo de ustedes y el derecho popular a la educación.   Pero sea cual sea la decisión que tomen, el modo en que decidan resistir, sabrán que pueden contar con nosotros hasta el final.


    [1] Federico Engels, carta del 22/10/1890 a Bloch en  Marx Engels. Obras Escogidas. Editorial Cartago.

    [2] vendedores ambulantes de mercaderías importadas de muy bajo precio que reciben de comercios especializados en el tema, siendo en la práctica, parte orgánica del sistema de comercialización de dichos productos importados, aunque sin capital propio, ni relación laboral  u organización sindical

    [3] en esta sección seguimos la línea argumental de Michel Lowy abordada en el articulo: “Carlos Marx, un siglo después” . pg. 34 de la revista El Rodaballo, Nº 1, noviembre de 1994

    [4] referencia a los jacobinos, corriente de la Revolución Francesa de 1789 y a Babeuf, uno de los líderes de la misma que propugnaba formas socialistas de organización

    7 . Reforma o revolución.  Rosa Luxemburgo

    [6] Julio Godio, El movimiento obrero argentino (1943/1955). Hegemonía nacionalista laboralista.  Editorial Legasa. 1990

    [7] Peronismo, menemismo y clase obrera” trabajo editado por la Com. Nac. Sindical del P. C. (1997)

    [8] A partir del régimen de «personería gremial», que combina la centralización sindical, con las fuertes facultades de aprobación e intervención por el estado de las actividades sindicales. Se instrumentó un sistema de convenciones colectivas de trabajo, limitado a las asociaciones sindicales reconocidas, y sujeto a la «homologación» del estado.

    [9] apartado c: los sindicatos como instrumento de negatividad y de asimilación

    [10] en el sentido que le da Offe: “El acuerdo representaba por parte de los trabajadores la aceptación de la lógica de la rentabilidad y del mercado como principios rectores de la asignación de recursos, el intercambio de productos y de la localización industrial.  Offe,  1982

    [11] La lucha por voltear a Celestino Rodrigo, ministro de economía de Isabelita, y precursor de Martínez de Hoz y Cavallo, dio lugar a la última gran manifestación obrera del periodo.  A pesar de que fue convocada oficialmente por la C.G.T. -y particularmente por la fracción vandorista- en el episodio jugaron un gran papel las Comisiones Internas y las Coordinadoras Interfábriles

    [12] en alusión al dirigente metalúrgico Augusto Timoteo Vandor, famoso por su pericia en encabezar planes de lucha que terminaban en la mesa de negociaciones con ventajas para los obreros, pero para la dirigencia sindical en primer lugar

    [13] En el documento de Burzaco, diciembre del ’91 se decía: ir dando forma a una herramienta de acumulación política que permita instalar en el escenario de las decisiones los distintos conflictos parciales mediante el debate y las propuestas desde una corriente sindical y hacia un movimiento político social”

    [14] entre ellos destacaba el actual diputado del ARI y dirigente de la C.T.A., Alberto Piccinini


  • Ponencia de José Schulman, en el Panel sobre “la flexibilización laboral y el rol del estado” de la Escuela de verano 1998, del ICAL.


    Se dice fácil, pero, ¿cuál es el significado más profundo y mediato del hecho de que uno de cada dos trabajadores argentinos esté desocupado, o esté subocupado o trabaje en condiciones de precariedad extrema en las que ya no existe ni legislación laboral ni intermediación sindical frente a una patronal que, por poderío o debilidad, descarga cruelmente sobre sus espaldas la responsabilidad de “bajar costos” y lograr competitividad?.

    La cultura obrera argentina, con todas sus límites y contradicciones, se forjó con un proletariado agrupado en fabricas, con bajo nivel de desocupación y un alto grado de homogeneidad lograda por la vía de los convenios colectivos de trabajo que acercaba (aunque sea por rama de la producción, es decir, por Federación Nacional de trabajadores) el nivel salarial, el grado de protección ante la prepotencia laboral y de derechos que tenían los trabajadores.

    Se ha señalado que el peronismo, a cambio de la “renuncia” de la clase obrera a la lucha revolucionaria contra el capital, proporcionó una serie de mejoras económicas a las que se las caracteriza como el proceso de “ciudadanización obrera”:  Sin desdeñar las mejoras logradas[1] no siempre se valora suficientemente el cambio en la relación al interior de las unidades productivas que quedó signada durante décadas por el amplio poder que alcanzaron las comisiones internas y los cuerpos de delegados.  Esta fue una tendencia que siempre alarmó a la burguesía, y jugó un papel importante en la forma de la lucha de clases en el nivel «celular» cuya destrucción definitiva se encaró desde el aparato estatal después del golpe de estado de 1976[2]. Gino Germani consideraba el cambio en las relaciones intraempresa como una fuente de legitimidad para el peronismo, más importante que las mejoras económicas[3].

    Y es aquí, en el interior de la empresa, donde se han dado los mayores cambios en la vida laboral no tanto por los cambios tecnológicos habidos (básicamente con la tendencia a la desaparición de la cadena de producción y su reemplazo por la fabricación altamente especializada de piezas únicas) sino sobre todo por la virtual desaparición del “obrero especializado” (cuyas obligaciones y derechos estaban meticulosamente desarrollados en el Convenio Colectivo) y su reemplazo por el obrero “polifuncional” así como por la imposición a sangre y fuego de ritmos, jornadas y formas de trabajo que rondan la superexplotación.

    Una investigación academica realizada en la Univ. Nacional de Rosario sobre “la renovación tecnológica y la flexibilización laboral en las empresas” determinó que en la inmensa mayoría de los casos ésta fue una flexibilización “a la criolla” limitada a la expulsión de mano de obra y sobrecarga de trabajo y tiempo al personal que queda con lo que resultaron simples y vulgares ejemplos de aumento de la superexplotación de los trabajadores con el correspondiente aumento de plusvalía absoluta (la que surge de producir más unidades en una jornada de trabajo alargada).

    Desde 1989, el Gobierno impulsó la flexibilización laboral, y los trabajadores perdieron casi todos los derechos adquiridos: indemnizaciones, aguinaldos, estabilidad salarial; tardaron solo siete años en demoler el complejo tramado de leyes y conquistas construidas a lo largo del siglo XX al calor del crecimiento de la clase asalariada.

    El fantasma de la definitiva exclusión del mercado laboral presiona perversamente para que se acepten condiciones del trabajo propias del siglo pasado con el argumento, precisamente, de que esa es la única forma de absorber mano de obra.  ¿Cuál es el trabajador precario? Es aquél cuyas condiciones de trabajo se modificaron con el objetivo de hacer más barato el costo laboral. Salario, indemnización, estabilidad, vacaciones, aguinaldo; todo lo que siempre fue eterno, perdió solidez desde 1989, hasta convertirse en algo dudoso, sujeto a la poca buena voluntad del capital y la escasa fuerza de los trabajadores

    Todo lo sólido se desvaneció en el aire. Esa reducción de costos supuestamente le permitiría a los empleadores contratar trabajadores sin temor a contraer gastos que excedan su capacidad. Pero no se cumplieron los pronósticos: cada nuevo paso flexibilizador aumentó la desocupación que ya “logró” 2.459.000 desocupados de tiempo completo, 1.812.000 subocupados (trabajan menos de 35 horas semanales) y unos 3.643.110 trabajadores en negro.  Lógicamente que estos cambios han incidido en una baja sustancial de los indices de sindicalización que apenas llega hoy al 25% del total de los trabajadores (unos 2.5 millones).

    La legislación laboral se construyó desde principios del siglo. En 1912 se aprobó la Ley de Accidentes de Trabajo (Ley Palacios) que fue liquidada en 1994.  Con Perón llegó casi al pleno empleo y los asalariados aumentaron su poder adquisitivo.   Hubo un importante desarrollo de las obras sociales y beneficios indirectos como la expansión de la salud y la educación públicas. La pérdida de derechos adquiridos que arrancó en 1989 tiene algunos ejemplos simbólicos demoledores, como por ejemplo, el de la eliminación de la gratuidad del “telegrama obrero”.

    El golpe a los derechos adquiridos pegó primero a los empleados del Estado y de las PYMES, que en conjunto constituyen casi el 70% de la población ocupada. La ley de flexibilización laboral para las PYMES derogó a la 11.729, que todavía en 1993 consideraba  delito “el período de prueba a un trabajador”. El nuevo régimen no sólo introduce un período de prueba por cuatro meses, sino que permite condiciones laborales propias de los albores de la Revolución Industrial: jornadas de trabajo hasta doce horas corridas, vacaciones en cualquier momento del año, aguinaldo fraccionado, entre otras delicias.

    Al primer golpe le siguieron otros como el decreto 340 de 1992 que incorpora la modalidad de las pasantías a ciertas áreas del mercado laboral, en reemplazo de mano de obra calificada. El pasante puede cobrar o no una suma de viáticos, no recibe ningún tipo de protección social y la empresa no tiene compromiso alguno con él.  El modelo “trabajo de fin de siglo” también llegó a la industria: el primer paso lo dio el SMATA, en el acuerdo con Fíat y Toyota aceptó que los operarios puedan ser transferidos de área, función u horario cuando la empresa lo disponga; que se elimine el comedor de la empresa y que las vacaciones se puedan fraccionar en dos.  En el mismo acuerdo, SMATA aceptó salarios entre un 39 y un 43% más bajo que en otras terminales.[4]

    La  seguidilla de decretos y leyes, todos avalados y consensuados por la Confederación General del Trabajo, fueron los siguientes:

    Decretos 1477 y 1478 1989 Cargas Sociales Pago de hasta un 20% del salario en vales, sin cargas sociales. Origen de los tickets que Cavallo intentó gravar y desencadenó su renuncia.
    Decretos 435 y 612 1990 Salario del Empleado Público Salario máximo para todos los empleados públicos, exista o no convenio colectivo previo, o escalas salariales ya convencionadas.
    Decreto 1894 1990 Salario Mínimo Salario Mínimo, Vital y Móvil de $ 200. No aumentó desde entonces.
    Decreto 2184 1990 Derecho de Huelga Reglamenta el derecho para los llamados “servicios esenciales” para la comunidad. El Ministerio de Trabajo puede calificar de “servicios esenciales a los que crea convenientes en cada oportunidad
    Ley  24.013- Ley Nacional de Empleo 1991 Contratos Flexibles y Temporales Elimina la exigencia de que la contratación de personal temporario -que no recibe ni indemnización, ni tiene estabilidad laboral, responda a  “causas objetivas” ni que requiera conformidad sindical.
    Decreto 1803 1992 Empresas Públicas Privatizadas Suspende los derechos adquiridos de los trabajadores de empresas públicas privatizadas. Quedan expuestos a cambios de funciones, cargo, empleo u objeto de explotación , sin derecho a reclamar indemnización.
    Decreto 470 1993 Aumento por Productividad El “módulo particular” salarial puede ser modificado, aumentado o suprimido según el ritmo de la actividad económica. Atrás queda la “ajenidad del trabajador respecto del riesgo empresario”.
    Ley 24.467- PYMES 1994 Flexibilidad Laboral Reducción de indemnizaciones, fraccionamiento de aguinaldo, movilidad horaria, imposición de hasta 12  horas de trabajo continuo sin pago de horas extras, otorgamiento de vacaciones en cualquier momento del año.
    Ley 24.028 1994 Accidentes Laborales Se reduce de 100 a 65 el índice de cálculo indemnizatorio, con lo que se pierde el 35% del valor. Se establece una indemnización máxima de 55.000 pesos.
    Decretos 770 y 771 1996 Asignaciones Familiares Supresión de este derecho para  sueldos superiores a 500 pesos. 

    Decretos  1553 ,1554 y 1555[5] 1996 Flexibilidad laboral Revocación de convenios: termina con el principio de ultra/actividad que determinaba continuidad de los Convenios Colectivos hasta la firma de uno nuevo.  Ahora al cumplirse términos, rige la Ley Contratos de Trabajo. 

    Arbitraje Min. Trabajo: establece el arbitraje automatico y obligatorio del Ministerio en caso de diferencia entre patrones y trabajadores.  Además puede revisar cualquier Convenio, aún los vigentes.

    Negociación directa de las Pymes con C.I y delegados sin autorización sindical. modifica la ley 24.447

    Es llamativo que en los acuerdos firmados con el Fondo Monetario Internacional, el gobierno se ha comprometido solemnemente a concretar la flexibilización laboral, como si ésta estuviera por empezar y el atraso en instrumentarla fuera la causa de algunas dificultades no esperadas del plan económico.

    Pues bien, esa ha sido la dinamica: avanzar en flexibilizar de hecho, chantajear con que si no se flexibliza habrá más problemas y legislar después. Despues de ocho años de sufrir este proceso creo que podemos sacar algunas conclusiones.

    Sobre los objetivos: es evidente que la búsqueda de máxima ganancia ha estado en el fondo del proceso puesto que una burguesía que tiene que pagar altas tasas de interes (sin el cual no entran capitales para sostener la convertibilidad), en un país con un drenaje monstruoso de divisas por el pago de la deuda externa y la remesa de útilidades al capital imperial extranjero, en las condiciones de un mercado interno en continuo achicamiento en su segmento bajo y medio -que constituye el consumo popular- y con una carga impositiva alta al consumo (IVA y combustibles son la base de la piramide impositiva) irremediablemente utiliza el costo laboral como variable de ajuste.

    Pero hay algo más que eso. Hay una búsqueda de mayor control y disciplinamiento de los trabajadores en la busqueda de un nuevo patrón de dominación clasista. Bien lo decía John Holloway al analizar los primeros pasos de la Thatcher contra los trabajadores ingleses: “La crisis capitalista nunca es otra cosa que esto, la ruptura de un patrón de dominación  de clase relativamente estable.   Aparece como una crisis económica que se expresa en una caída de la tasa de ganancia, pero su núcleo es el fracaso de un patrón de dominación establecido.  Desde el punto de vista del capital la crisis sólo puede ser resuelta mediante el establecimiento de nuevos patrones para imponerlos a la clase obrera.  Para el capitalismo la crisis solo puede ser resuelta a través de luchas, a través del restablecimiento de la autoridad y a través de una difícil búsqueda de nuevos patrones de dominación.”[6]

    Sobre el discurso: El argumento central ha sido que la causa de la desocupación es la rígidez del mercado laboral argentino, y que la flexibilización del mismo permitiría que crezca el empleo, como ocurre en los E.E.U.U., este discurso se apoya -a su vez- en el prejuicio de que la globalización es un fenomeno natural, por causas tecnológicas y del simple devenir económico, al que hay que adaptarse o perecer en una lógica discursiva que se puede denominar “del colonizado” ya que busca la culpa del problema en el agredido y no en el agresor.

    Solamente queremos remarcar la falacia de la rigidez del mercado laboral argentino, que a su vez suman argumentos a los que pretenden la existencia de un supuesto llamado Estado de Bienestar al servicio de los trabajadores.  Sin mencionar que la propiedad de los medios de producción nunca cambió de mano y que el estado argentino siguió estado al servicio del mantenimiento de un mismo sistema de poder y explotación, concretamente queremos señalar:

    a) que los trabajadores argentinos nunca tuvieron garantía de estabilidad laboral; se permitía el despido injustificado con una indemnización insignificante en relación al capital y las ganancias de la empresa

    b) el poder disciplinario de los patrones era ilimitado; los trabajadores -en el mejor de los casos-

    podían opinar.

    c) siempre hubo posibilidad de realizar contratos temporales, a plazo fijo y eventuales

    d) siempre se fijaron turnos rotativos con el impacto negativo que tiene en la salud y la vida cotidiana de los trabajadores

    e) se podía suspender sin pago de sueldos con causa en las dificultades empresarias, que nunca permitieron ni la participación en las ganancias ni siquiera proporcionar la información verídica sobre la marcha de la empresa

    Sobre el sujeto del proceso flexibilizador: a contrapelo de la progonada “retirada del Estado de la regulación económica”; la nueva regulación de la economía, la llamada desregulación laboral, se impuso autoritariamente desde el Estado, principalmente desde su poder ejecutivo que no ahorró decreto y reglamentación.

    Esta responsabilidad principal de la fuerza política conductora de la administración estatal, el menemismo, no ahorra responsabilidades ni a la llamada “oposición parlamentaria” y mucho menos a la burocracia sindical de la C.G.T. que acompañó todo el proceso con la única preocupación de salvar sus mezquinos intereses corporativos facciosos en el negocio sindical de la salud y mejorar su participación en los nuevos negocios: participación en las empresas privatizadas, holding de empresas, turismo, etc.

    Es de consignar que la Alianza Frepaso / U.C.R. ha adelantado que no obstaculizará la aprobación de las leyes que legitimen el acuerdo gobierno C.G.T. con el que se reemplazarían los decretos de 1996 sin modificaciones esenciales

    Las dimensiones de la flexibilización: Se pueden visualizar 4 dimensiones en las que se ha desplegado el proceso de flexibilización laboral

    a) la flexibilización de las normas de contratación y despidos.

    Han buscado eliminar indenmnizaciones, la estabilidad del empleo público e institucionalizar todo tipo de contrato temporal, “trabajo basura” se le llama,  y el libre juego de agencias de empleo.Esto explica, en parte, que la mayor resistencia haya sido desde el sector de los trabajadores públicos. Los nuvos acuerdos con el F.M.I. preanuncian una nueva ronda de ajuste en las provincias, que todavía conservan una tasa de empleo público por habitante altisima, de 3 a 20 por cada cien habitante, aunque con un salario por bajo de la media del empleo nacional.

    b) la flexibilización del tiempo de trabajo.

    Han eliminado la jornada de las 8 hs. de trabajo casi de cuajo, la discusión es si se paga o no horas extras.  Ahora buscan legitimar que el patrón disponga de una caja horaria (x cantidad de horas al año) que puede disponer a su antojo decretando por sí períodos de 12 o 14 hs. diarias y periodos de paro Es una de las causas principales del aumento del desempleo, ya que cada trabajador trabaja por varios. No existe más el tiempo libre y hay que recordar que Marx pensaba que la verdadera riqueza de una sociedad se mide por el tiempo libre de sus habitantes, y esto en el sentido del grado de liberación de la alienación que el trabajo, convertido en mercancía vendida en condiciones de explotación, produce en el hombre.  El diputado comunista Floreal Gorini ha presentado un proyecto de reducción de la jornada de trabajo a 6 horas, con mantenimiento del sueldo, como una propuesta de emergencia ante la desocupación y la creciente flexibilización del trabajo.  Los niveles de proudctividad alcanzados por la economía argentina y la tasa de ganancia que exhiben impudicamente los grandes capitales favorecidos por la concentración, la centralización y la privatización estructural de la economía, así lo permiten.  Cincuenta de las empresas más grandes del país han tenido en 1995  cuatro mil millones de dólares de ganancia neta.  Cada una de estas empresas se han llevado a su bolsillo $500 dólares por mínuto mientras sumamos cada día más desocupados, trabajadores en negro o por su cuenta. Con razón, la C.T.A. ha levantado la consigna de que la desocupación es la principal ley de flexibilización laboral y que hay que concentrar allí las energías del combate por la dignidad de todos los trabajadores. Y es que si, como enseñaba Carlos Marx, “el ser social determina la conciencia social”, alguna importancia debe tener dejar de trabajar en una línea de producción de una fabrica para pasar a estar desocupado; de encuadrar su labor profesional en un Convenio y estar protegido por delegados, la Comisión Interna y el sindicato a trabajar a destajo bajo las ordenes autoritarias de un jefe de equipo que además incide  directamente en sus magros ingresos con su opinión.[7]

    3) La flexibilización del salario

    El centro del ataque ha sido la convención colectiva del trabajo y la determinación del salario por empresa, por sección, por trabajador aislado, sujetandolo a los niveles de rentabilidad de la empresa y bajando al mínimo (hoy es 200 pesos) el salario básico.

    En ese proceso han ido elimando aportes patronales que constituían el llamado Salario indirecto (jubilación, obra social, vacaciones pagas) transformando cada una de esas prestaciones en una mercadería que se vende en el mercado y para lo cual transformaron los sindicatos en holdings empresarios como es el caso de la Federación de trabajadores d e Luz y Fuerza que así lo sancionó en sus estatutos: holding empresario.

    4) La flexibilización funcional: la polifuncionalidad

    Han eliminado las categorías y funciones que establecían las convenciones colectivas de trabajo y establecido que un mismo trabajador haga diversas tareas, de diversa calificación haciendo que esté a disposición del patrón tanto para manejar un proceso automatizado de producción compleja, como para barrer o regar las plantas del patio.


    [1] acaso el dato más representativo de dichas mejoras sea el de la participación de los trabajadores en la distribución de la renta nacional (riqueza nueva creada en un año) que llegó al  50 %. Compárese con la actual que ronda el 18%. Pero además es un momento de fuerte incremento del salario indirecto: vacaciones sociales, cobertura de salud, créditos blandos para la vivienda , etc.

     

    [2] Esta peculiaridad es particularmente señalada y analizada  desde su incidencia en la lucha de clases por Gilly, Adolfo, «La anomalía argentina», en Pablo González Casanova (comp.), El Estado Latinoamericano, Teoría y Práctica,, , Siglo XXI, Méjico, 1990. citado por Daniel Campioni en “Estado, dirigencia sindical y clase obrera. Un vinculo conflictivo  1983-1994. ponencia presentada en el II Congreso Nacional de Ciencias Políticas

    [3] Estado y Sociedad en una época de transición, 1963. citado por Daniel Campioni. ídem

    [4]Como señal esperanzadora de que no todo está perdido, tanta traición sindical no ha quedado impune.  Los trabajadores cordobeses de Fíat Auto protagonizaron una experiencia de democracia de base y autonomía que les  permitió elegir una Comisión Interna que efectivamente los representó en el combate contra los planes de la patronal y el sindicato. Ahora marchan, luego del intento -frustrado por José Rodríguez de constituir una seccional Smata de Ferreyra (por fuera de la seccional Córdoba)- a organizar una filial de la U.O.M. bajo su dirección.

    [5] Al escribir estas líneas los decretos estabán cuestionados jurídicamente y se prevé su reemplazo por una legislación acordada con la C.G.T.

    [6] John Holloway. “La rosa roja de Nissan”. Cuadernos del Sur Nº 7.

    [7] en muchas empresas el salario tiene un componente móvil según la “calificación” que el jefe de al trabajador


  • CAMBIOS EN EL SER DE LA CLASE OBRERA

    Heterogénea

    Relaciones laborales: Estables, precarios y “cuentapropistas”

    Relaciones tecnológicas Modernos, tradicionales y no calificados.

    Menos obreros industriales: Apertura de la economía, producción suntuaria, crecimiento de los servicios, más exportación primaria y pobreza.

    Más dispersos:

    Geográficamente: 1975/1983:  por razones de “seguridad nacional”       Ahora: por razones de “promoción industrial”

    Menores concentraciones: por razones tecnológicas y  por efecto de la globalización económica

    Más precarizados Legalmente : destrucción de toda la legislación laboral

    De facto: se trabaja “en negro” o se respeta muy poco la legislación vigente residual

    Más desocupados Excluidos perpetuos.  Una parte de ellos son trabajadores temporales y muy precarios (cartoneros, por ej.)

    Más jubilados en proporción a los trabajadores estables Causa basal de quiebre sistema previsional amén de los robos

    CAMBIOS EN EL COMO SER DE LA CLASE OBRERA

    “Por proletarios se comprende a la clase de los trabajadores asalariados modernos, que privados de medios de producción propios se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para subsistir”.   Marx y Engels .

    La clase obrera  no solo existe, creció, pero fundamentalmente cambió en relación con la “histórica”.  El modelo sindical tradicional apenas aspira a contener a los trabajadores estables dejando fuera a más de la mitad de la clase.    Su subordinación al Estado y sus leyes, su burocratización, el carácter mercantil que impusieron a todas las relaciones sindicales, les impide romper el cerco y organizar a la clase obrera como es hoy.

    MODIFICACION DE VALORES CULTURALES

    • Efectos del genocidio, del alfonsinismo, del menemismo y del chachismo… Resignación y posibilismo como valores dominantes en amplios sectores de los trabajadores
    • Caída del muro de Berlín, del “Nuevo Orden Mundial” y triunfalismo del neoliberalismo.  Sensación de que no hay otra vida que la capitalista        

    NUEVO  “SENTIDO COMUN” REACCIONARIO

    El “sentido común” del periodo del predominio del peronismo tenía eje en la conciliación de clases como base del desarrollo nacional

    Proyecto de país y de tipo de relaciones de clase que tiene hoy la burguesía argentina está subsumido en el proyecto trasnacional de la gran burguesía mundial. País factoría. Posmodernismo: cada hombre aislado también en las relaciones laborales  Dictadura del pensamiento único: solo “ellos” podrían pensar la globalidad

    DEL PACTO SOCIAL Y EL DISTRIBUCIONISMO A LA IMPOSICION DEL AJUSTE PERPETUO

    …Cada régimen de acumulación, con los tensionamientos sociales que origina, no solo es proveedor de un “sujeto histórico” singular, sino que es también  portador de una particular intervención obrera en la sociedad, de una modalidad de lucha propia, en fin de una estructuración de alianzas también particulares, en una dinámica global que da lugar a la conformación del “ciclo de lucha obrera.

    La forma de ser de la burocracia sindical condicionaba a la forma de luchar contra ella de los sectores clasistas, con la desventaja para estos de que (sobre todo desde que aquellos impusieran su hegemonía) no consiguieron presentar una propuesta integral, sindical/política, produciendo una fractura que los empujaba al sindicalismo mientras que los burócratas siempre se movieron desde la propuesta política, no desde lo sindical, construyendo una ventaja muy difícil de descontar.  Ahora es el momento de presentar una propuesta política/sindical que sostenga el Nuevo Modelo Sindical.

    Esquema histórico del movimiento obrero

    desde la perspectiva de la Autonomía


    Periodo Ctte. Hegemonica Ctte. Secundaria Grado de Autonomía

    Observaciones

    1857/1918

    Anarquismo Socialismo Muy alto lucha directa, democracia de base,

    representantes

    1922/1935

    Socialismo Comunismo Alto. disputa institucionalización,

    primeras conquistas laborales

    1935/1945

    Comunismo Socialismo Alto . disputa concentración. sindicatos por rama.

    luchas heroicas

    1945/1955

    Peronismo Socialismo Muy baja crece organización y nivel vida.

    Pacto Social Estable

    1955/1975

    Peronismo Izquierda plural Baja. disputa acumulación de fuerzas. y desafíos.

    Córdobazo.

    1975/1982

    Peronismo

    Participacionistas

    Peronismo

    Combativo

    Bajisima ofensiva generalizada contra la clase.

    Defensiva

    1983/1994

    Peronistas

    Combativos

    Izquierda plural Baja. disputa Crisis burocracia tradicional por

    cambios capitalismo

    1994/1999

    C.G.T C.T.A Baja. en  sectores, alta C.T.A. y nuevo ciclo luchas:

    Marcha Federal. Piqueteros


  • Federico Engels sostenía  que cuando una cosa o fenómeno social deja de ser lo que era, es el momento en que se ponen a prueba las nociones y conceptos que intentaron describirlo y explicarlo.  Esto es así porque, de las tendencias contradictorias que lo cruzaban, queda perfectamente claro cuál era la principal -y finalmente triunfante- y qué aspectos secundarios adoptaban formas de apariencia que velaban la esencia de los fenómenos sociales generando mitos y falsas imágenes. La Biblia lo dice de un modo directo y simple: “Por el fruto lo conoceréis” indicando que la continuidad o los herederos, explican el hecho u objeto analizado de un modo certero.

    Ahora que del peronismo original sólo perduran algunos signos y símbolos exteriores que fueron funcionales al periodo fundacional y de plenitud (la marcha, la liturgia de las movilizaciones obreras y populares, etc.), que poco y nada tienen que ver con las políticas y doctrinas que hoy defiende el movimiento político que es su continuador y heredero, el menemismo; es bueno reabrir un debate sobre qué era en sus orígenes y que rol jugó en el desarrollo de la conciencia obrera y de las luchas de clase en la Argentina.   Y, sobre todo, en que medida esta transformación posmodernista y neoliberal  modifica el escenario y las estrategias de acumulación revolucionaria en dirección a cumplir la tarea histórica de aportar a transformar el sujeto social en un actor político revolucionario.

    El menemismo es ruptura y continuidad de los rasgos fundamentales  constitutivos del peronismo como movimiento  y como identidad política hegemónica en la clase obrera y el movimiento popular desde hace más de 50 años.  Trataremos de demostrar que sus elementos de continuidad tienen que ver con que siempre soportó una hegemonía de clase burguesa (que se mantiene y potencia) y que sus elementos de ruptura tienen que ver con la derrota que el movimiento revolucionario y la izquierda (incluida en buena medida la propia izquierda peronista) sufrieran a manos de una burguesía concentrada y fuertemente integrada al gran capital internacional, la que al mismo tiempo subordinó y destruyó a las capas de burguesía nacional interesadas en el desarrollo industrial y el mercado interno.  Si la continuidad tiene que ver con la hegemonía burguesa en el peronismo, la ruptura tiene que ver con el cambio de modelo de desarrollo capitalista que la burguesía impulsó entonces (1946) y con el que se identifica hoy.

    El informe aprobado por el Comité Central del  Partido Comunista (29 y 30 de noviembre de 1996), analiza entre los problemas históricos para la inserción de la cultura socialista y revolucionaria entre los trabajadores y los sectores populares el hecho de que “en el ‘45, el grado de acumulación fue destruido por un proyecto burgués populista que logró triunfar aprovechándose de nuestras debilidades y errores, pero también como parte de un fenómeno más amplio, latinoamericano y mundial de despliegue del Estado de Bienestar como barrera de contención al comunismo” marcando elementos de análisis que -por lo menos para iniciar el debate- nos son muy útiles.

    /       Se afirma que la aparición del peronismo, como fenómeno político, destruyó niveles de acumulación de cultura revolucionaria y socialista pre/existentes fruto de la labor de los comunistas y de otras corrientes revolucionarias como la de los anarquistas, los socialistas revolucionarios, los “sindicalistas” y otros grupos y corrientes que se originaron de los dos primeros troncos de cultura revolucionaria: los socialistas y los anarquistas.

    /       Que en tal proceso de destrucción hubo responsabilidades propias: “logró triunfar aprovechándose  de nuestras debilidades y errores” que tienen que ver con las dificultades de los fundadores en aprehender un marxismo creador superando las influencias liberales y positivistas que agobiaron y limitaron a personalidades tan trascendentes como Juan B. Justo, José Ingenieros o el mismo Aníbal Ponce; y que luego se fundieron (y potenciaron) con la influencia del “marxismo oficial” dogmatizado y esclerótico que introdujo el stalinismo en el movimiento comunista internacional, por vía de la Internacional Comunista post/leninista.[1]

    No se trata aquí de escribir la historia del marxismo y el movimiento obrero argentino, solamente se trata de resaltar las particularidades históricas del capitalismo argentino que lo llevaron, en el proceso de formación del mercado y el Estado nacional, al doble proceso de genocidio indígena (para completar la ocupación territorial) y de promoción masiva de la inmigración europea en busca de mano de obra calificada y barata para los primeros emprendimientos industriales (el ferrocarril, los frigoríficos, los puertos) relacionados lógicamente con el transporte, almacenamiento y comercialización internacional de los cereales y las carnes que hicieron de éste, el “granero del mundo”, y del modelo de desarrollo capitalista agro/exportador un modelo eficiente y productivo. Solamente la provincia de Santa Fe (destino principal de la inmigración junto con Buenos Aires , Córdoba y Entre Ríos) pasa entre 1896 y 1914 de 90.000 a 900.000 pobladores y de los 16.000 obreros que había en dicha provincia en 1900, 10.000 eran inmigrantes europeos.

    Roca por un lado y las compañías colonizadoras por el otro, son los principales protagonistas de este momento de acumulación originaria del capital. Los inmigrantes son atraídos, en los países empobrecidos de Europa: Italia, Rusia, Polonia, España, etc. con la ilusión de tierras baratas y créditos fáciles, pero pronto son abandonados a su suerte, que en realidad es la suerte de quienes pueden contratar a bajo costo mano de obra relativamente calificada.  De sus terribles condiciones de vida y trabajo han quedado innumerables obras artísticas y el ilevantable Informe de Bialet Masse, encargado por el propio Roca para conocer como vivían los pobres de entonces.

    Una parte de los inmigrantes eran veteranos de las luchas obreras europeas de 1848, de la Comuna de París de 1871, de los intentos organizativos socialistas de Alemania y Rusia, etc.  Traen consigo ideas anarquistas y socialistas.  Fundan los primeros sindicatos (la Unión Tipográfica ya en 1878) y comparten con los criollos las primeras batallas de clase: la Patagonia Rebelde, la Semana Trágica, la lucha contra la Forestal al tiempo que fundan el Partido Socialista en 1896.  Su aporte es innegable pero no se puede dejar de señalar que sus conocimientos teóricos son harto limitados.  Los socialistas y marxistas son minoría.  Y aún ellos tienen una formación rudimentaria.  Además, la adhesión al Partido Socialista de una serie de prestigiosos intelectuales como Ingenieros no resuelve sino agrava el problema por la carga liberal y positivista que la intelectualidad de la generación del Centenario  tiene.  No se puede subestimar tampoco el peso de la psicología del inmigrante que siempre está soñando con volver a sus orígenes.

    Como se dice, lo que en teoría revolucionaria son diferencias milimetricas, en la práctica política son errores de peso.  Así es que tuvimos dificultades serias para comprender la cuestión nacional en un país capitalista dependiente como el nuestro y de desplegar una política independiente de las necesidades estatales de la Unión Soviética y así, la justa política de gestar frentes antifascistas en cada país y de aportar a la victoria soviética en la segunda guerra mundial, se transformó en la Unión Democrática.

    En esta etapa (finales de la II Guerra Mundial y período previo al lanzamiento de la Guerra Fría) tuvo particular incidencia negativa el pensamiento y la acción política de un dirigente comunista norteamericano, Earl Browder, que había pertenecido desde 1924 a los organismos dirigentes de la Internacional Comunista (titular del Comité Ejecutivo y suplente del presidium del ejecutivo desde el VII Congreso de 1935) y  que predicaba para la posguerra una sociedad de convergencia e integración entre el capitalismo y el socialismo y la transformación de la política de Unidad de los Estados Aliados Antifascistas (una política justa de unidad de acción contra el enemigo principal, pero que era obviamente una iniciativa táctica, y por ello temporal) en una estrategia de carácter permanente.

    Así, para Browder los resultados de la Conferencia de Teherán implicaban que “por una parte, el sistema del bipartidismo ofrecía medios adecuados para el ejercicio de los derechos democráticos fundamentales” y en consecuencia el Partido Comunista de los EE.UU. (tal como existía) era un obstáculo para la unidad nacional y debía ser disuelto (como efectivamente ocurrió en mayo de 1944 por resolución de una Conferencia Nacional del partido que se autotransformó en la Asociación Política Comunista) y por otra parte “el capitalismo y el comunismo habían comenzado a marchar juntos hacia la colaboración pacífica del futuro”. Los historiadores coinciden en que Browder decía y ejecutaba lo que la Internacional Comunista insinuaba: “nuestra reunión de Crimea ha reafirmado nuestra determinación común de mantener y reforzar en la paz que va a venir, la unidad de visión y de acción que ha hecho posible y seguro el triunfo de las Naciones Unidas en esta guerra” decía José Stalín por entonces.

    Pocos días después del 17 de Octubre de 1945, el periódico Orientación publica una nota firmada por Victorio Codovilla en donde -palabras más, palabras menos- defiende casi textualmente dicha posición. Veamos lo que dice: “Pregunta: Según Ud., entonces, el capitalismo y el socialismo encontrarán el camino de coexistencia y de  colaboración en la postguerra?  Y esta coexistencia ¿será geográfica o de sistemas económicas clásicas?.   Respuesta: No sólo encontrarán ese camino: ya lo han encontrado.  Esto ha sido posible porque las concesiones mutuas que seguramente han tenido que hacerse los Tres Grandes a fin de crear las condiciones favorables para su colaboración durante todo un período histórico, las han hecho no en beneficio de una potencia y en detrimento de otra, en favor del régimen socialista y en perjuicio del régimen capitalista o la inversa, contra el régimen socialista y en favor del régimen capitalista, sino en beneficio de la causa de la humanidad avanzada y progresista y en contra de la reacción y el fascismo……Esto quiere decir que después de aniquilar a las hordas nazifascistas en los campos de batalla y de eliminar “las causas políticas, económicas y sociales” que permitieron al imperialismo germanofascista y nipón desencadenar la guerra actual se procederá también, gradualmente a liquidar esas mismas causas, tanto en los países satélites del fascismo como en todos los países del mundo cuya estructura económica permite el predominio incontrolado de oligarquías terratenientes y financieras y de castas militaristas y en los cuales el poder político está aún en manos de minorías reaccionarias y profascistas al servicio de los grandes terratenientes, de los grandes banqueros y de los monopolios nacionales y extranjeros que explotan en forma inhumana a los pueblos y empobrecen a las naciones enriqueciéndose ilimitadamente y que luego provocan las guerras para extender sus dominios a los pueblos libres.  Esto quiere decir que, en lugar de esos regímenes políticos y de esas estructuras económicas habrá “gobiernos del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, los cuales consolidarán y desarrollarán los regímenes democráticos, liquidarán las trabas semifeudales que impiden el desarrollo armónico de la agricultura y de la industria y se preocuparán de aumentar constantemente la producción, en función de mejorar progresivamente las condiciones de vida y de trabajo y el nivel cultural de la población laboriosa…”[2] Su incidencia en la política que nos llevó a la Unión Democrática es tan obvia que nos parece innecesario decirlo.

    Claro que tales “debilidades y errores” pudieron “aprovecharse” en una coyuntura histórica muy particular donde confluyen fenómenos internacionales (despliegue de la 2º Guerra Mundial , táctica de frente único contra el fascismo internacional) y sus repercusiones internas (interrupción del circuito agro/exportador que coherentizaba la inserción subordinada del país en el sistema capitalista mundial) que darían lugar a un proceso de acelerada industrialización a fin de sustituir las importaciones interrumpidas.

    Entre 1941 y 1946 (período de la II Guerra Mundial) la ocupación obrera aumenta un 40,5% y el valor de la producción en un 34.5%.  Los establecimientos industriales pasaron de 51.178 a 54.670 y los obreros industriales de 677.517 a 938.387.  Para 1947 la población total era de 15.894.000 personas y la P.E.A. (población económicamente activa) era de 6.445.000 personas de los cuales 4.633.000 personas (el 73%) eran asalariados.  Pero además se modifican abruptamente los índices y niveles de sindicalización: en 1936 había 369.989 obreros sindicalizados en 296 organizaciones sindicales, en 1941 son 441.412 obreros sindicalizados en 356 organizaciones sindicales y en 1945 llegan a 528.523 trabajadores  y 969 organizaciones sindicales con lo que tenemos un índice de sindicalización del 10% y  menor que el de 1941 y al de 1935. [3]

    Qué había ocurrido?  Por un lado un modelo de relación del Estado con los sindicatos basado en el desconocimiento de las organizaciones sindicales y el hostigamiento permanente.  Para los que se atreven a desafiar el poder, persecusiones, cárceles, destierro.  Así había ocurrido con las importantes luchas que durante la “década infame” libraron los trabajadores de la carne (1932), los petroleros de Comodoro Rivadavia (1932), los trabajadores de la madera (1934) y la gran huelga de la construcción (1935/36) que fueron enfrentadas a sangre y fuego por la dictadura de Justo y sus continuadores. Rufino Gómez (petrolero), José Peter (carne), Vicente Marishi (madera), Fioravanti, Chiaranti, Burgas e Iscaro (construcción) eran parte de una nueva camada de dirigentes obreros  comunistas reconocidos ampliamente por los trabajadores y temidos por el poder.  El General Sosa Molina, explicando las causas del golpe de 1943 conducido por una logia militar (el GOU) de la que formaba parte Perón relataba su visión del 1º de mayo de 1942: “Una enorme multitud con banderas rojas al frente, con los puños en alto y cantando La Internacional, presagiaba horas verdaderamente trágicas para la República.  Las FF.AA. no podían permanecer indiferentes.  La revolución del cuatro de junio tiende a anticiparse a los acontecimientos”.

    Pero eso no era todo, como diría Arnedo Alvarez en el XI Congreso del P.C. (1946) “El debilitamiento de nuestras posiciones en el campo obrero no tiene, pues, su explicación única en la persecución tenaz de la reacción fascista, sino fundamentalmente en la aplicación de un política no siempre acertada, que nos impidió  influenciar y dirigir al movimiento obrero…Nuestra desviación fundamental consistió en el debilitamiento de la lucha por reivindicaciones económicas de los obreros y los trabajadores en general, determinado por el temor de perder aliados en el campo de los sectores burgueses progresistas” [4].

    Y este es uno de los puntos en que la historia se encuentra: cambios acelerados en la clase obrera, dificultades en asimilar el marxismo como una teoría creadora y subordinación a un centro revolucionario que no pensaba en la revolución, necesidad de un nuevo proyecto de desarrollo para el capitalismo que había agotado el modelo agro/exportador, surgimiento de una personalidad como Perón que busca en los trabajadores base social para su proyecto de poder.  A lo mejor si no hubieran coincidido en el tiempo y el espacio tantos factores (y algunos otros que no nombramos o se nos escapan) la historia no hubiera cambiado de rumbo.  Pero porque todo esto ocurrió sí hubo un 17 de octubre y surgió un movimiento político que ya cumplió 50 años.

    /       Se caracteriza al peronismo triunfante en el ‘45, como un proyecto burgués populista definiendo tanto su esencia clasista como el modelo de acumulación capitalista con que la burguesía de entonces estaba comprometida. Un modelo de acumulación basado en la ampliación del mercado interno (y su defensa para la burguesía industrial y comercial nativa) a partir de un activo rol del Estado y la construcción de un Pacto Social que aseguraba a los trabajadores un conjunto de beneficios y mejoras a cambio de la renuncia  a la lucha contra el capitalismo como sistema dominante. Tratamos, con este enfoque, de superar el movimiento de péndulo que la izquierda ha realizado en su calificación del peronismo que fue de verlo como un movimiento típicamente fascista, “nazi peronismo” decíamos hasta el XI Congreso (1946), hasta llegar a calificarlo como una fuerza revolucionaria por su base social y su supuesto rol de movimiento de liberación nacional.

    A los fines de concentrarnos en lo principal dejaremos de lado las imprescindibles discusiones y adaptaciones que términos como populismo, estado de bienestar, pacto social, etc. exigen para la realidad argentina. En todo nuestro trabajo nos basaremos en el concepto de modelo de acumulación capitalista entendido como el modo en que se genera y distribuye la riqueza social, pero no solo eso; buscaremos relacionar los modos en que la burguesía realiza la plusvalía y asegura el ciclo de reproducción ampliada del capital (que no es solo reproducción ampliada de los objetos hechos mercancías, sino especialmente de las condiciones sociales que posibilitan que continúe el ciclo de producción capitalista) por lo que nos interesa destacar el modo en que la clase opresora mantiene a las clases desposeídas, explotadas y/o marginadas bajo su dominio.  Tal modalidad de dominio tiene una historia y un condicionante internacional.  Y, sobre todo, tratamos de relacionar todo los fenómenos en un enfoque integral, totalizador, que vincule, por ejemplo, el crecimiento industrial argentino de los ‘40 con los cambios en la composición de la clase obrera, pero al mismo tiempo relacionar los bajos índices de sindicalización, los debates de la Internacional Comunista y el modo en que se procesaron esos debates en la Argentina, la influencia de la doctrina militar germana en el Ejercito, el desarrollo de un pensamiento nacionalista que se bifurca en un nacionalismo reaccionario cuasifascista y otro popular, progresista, etc. etc..  Parece difícil y complejo, pero la realidad es así.

    Se trata, a las puertas del siglo XXI de superar el viejo método positivista característico del siglo XIX que creía encontrar en el análisis separado de las partes de un fenómeno u objeto, el camino de la verdad.  Se trata -para nosotros- de volver a Marx y a Engels quienes se concentraron en encontrar un hilo conductor del análisis de la realidad como un todo único: «Según la concepción marxista de la historia, el elemento determinante de la historia es en última instancia la producción y la reproducción de la vida real.  Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca otra cosa que esto: por consiguiente, si alguien lo tergiversara transformándolo en la afirmación de que el elemento económico es el único determinante, lo transforma en una frase sin sentido, abstracta y absurda». [5]

    /       Se ubica al peronismo como parte de un fenómeno más amplio, de carácter latinoamericano y aún mundial, que respondía a  la necesidad de dar respuestas a la crisis del capitalismo con un modelo de desarrollo como el propuesto entonces, que perduro casi 30 años y que produjo el periodo de expansión capitalista más prolongado e importante de su historia apoyándose tanto en la masiva destrucción de fuerzas productivas que produjo la Segunda Guerra Mundial como en el incentivo que les produjo competir con el socialismo y “ofrecer” algo a sus trabajadores para contrarrestar la imagen positiva que el socialismo como sistema real existente y como propuesta alternativa  tuvo en la posguerra.[6] Este enfoque se opone a  la tradición intelectual “nacional y popular” que exigía el reconocimiento de originalidad, y aún más, de su carácter de modelo de movimiento de liberación nacional imitado en otras partes del continente.

    El peronismo  es inconcebible  al margen de la configuración mundial a finales de la Segunda Guerra Mundial. La tercera posición en el plano internacional es fundamental en la constitución de este movimiento. Sin embargo, al fracasar la hipótesis peronista de la tercera guerra mundial  (esperaban mantener la ventajosa situación de  proveedores destacados de materias primas a los países capitalistas centrales), y al irse afirmando progresivamente la hegemonía de los capitales norteamericanos en el continente y en el país, se fueron reduciendo los modestos espacios de los proyectos burgueses nacionalistas.  Al mismo tiempo  se va produciendo una degradación de la burguesía: va pasando de ser burguesía nacional a ser una burguesía subordinada totalmente al imperialismo[7] ; proceso de deterioro que culmina con el triunfo de la contrarrevolución conservadora, el derrumbe de la URSS y el fin del mundo  bipolar en que se habían creado condiciones para su surgimiento y relativo desarrollo.

    Esta situación ha llevado al cierre de los espacios económicos para los proyectos socialdemócratas y/o socialcristianos y a que movimientos como el PRI en Méjico, los socialdemócratas en Venezuela, los socialistas y democristianos en Chile, el MNR en Bolivia, el Partido Liberal en Colombia, etc. produzcan  una ruptura programática profunda con sus orígenes y desencadenen una crisis de representación en desarrollo exponencial que pretende ser reabsorbida por la “democracia electrónica” o  la marginación de sus bases de la política..

    /       Como los dirigentes de la derecha peronista proclamaban orgullosos, se ubica al peronismo (igual que al populismo y los llamados Estados de Bienestar) como “dique de contención al comunismo” y esta afirmación de modo alguno pretende ignorar las diferencias, contradicciones y aún más, las luchas encarnizadas, que al interior del peronismo existieron entre los defensores a ultranza de su doctrina fundacional (tercera posición, conciliación de clases, comunidad organizada) y los sectores más comprometidos con la defensa de las banderas que el peronismo históricamente levantaba: justicia social, soberanía popular e independencia económica que, luego del triunfo de la Revolución Cubana (1/1/1959), y de la mano de hombres como John William Cooke, avanzaran firmemente por el camino del marxismo y de la opción socialista.

    La experiencia peronista se desarrolló siempre bajo la contradicción entre una hegemonía burguesa y una base constituida fundamentalmente por la clase obrera (agrupada en un movimiento sindical de los más desarrollados del continente) y  sectores populares; marco en el que se alimentaron diversos intentos de izquierdización y superación revolucionaria. Entre ellos, el más notable, el de las organizaciones montoneras en los años 70. Pero ninguno de ellos logró superar los límites de lo que mundialmente es conocido como el desarrollo de  movimientos nacionalistas populares revolucionarios al interior de procesos nacionalistas hegemonizados por las burguesías nacionales.

    Esta hegemonía burguesa fue criticada, estuvo cuestionada y aún más, llegó a estar disputada por las corrientes revolucionarias, pero nunca -ni aún en los períodos de auge como el de 1969/1975- pudo ser desplazada.  Y cuando esa burguesía industrialista fue derrotada en la disputa histórica entre los diferentes agrupamientos burgueses al interior del bloque dominante[8], también comenzó un proceso (cuyas primeras señales fueron el lopezreguismo con su Plan Rodrigo y más cercanamente, el proceso de Renovación Peronista encabezado por Cafiero) de desplazamiento de la burguesía industrialista de su rol hegemónico en el peronismo  y su reemplazo por los sectores más concentrados y subordinados al gran capital transnacional y el imperialismo yankee.

    El abrazo de Menem con los enemigos históricos del peronismo tradicional (Alsogaray, el almirante Rojas) y la incorporación de los personeros más notorios de la oligarquía primero al gobierno y luego al partido Justicialista son la expresión pública de este fenómeno más profundo y oculto: la conquista de la hegemonía del peronismo por parte de la burguesía más concentrada y trasnacionalizada.

    El desarrollo del peronismo estuvo siempre relacionado con la lucha por superar los límites capitalistas del modelo que él mismo encarnaba. La famosa frase, “combatiendo al capital” de la marcha peronista, nos habla de ese empeño y es sugerente para explicar la agudización de la lucha de clases en el interior del movimiento peronista, lo que determinó en buena medida, la sucesión (del `55 en adelante) de dictaduras militares cada vez más terroristas y genocidas.

    Luego de la derrota político militar sufrida por Montoneros en 1975/78, al retorno de la “democracia” hubo algunos intentos de reagrupar la militancia sobreviviente de aquella experiencia, de los campos de concentración, las cárceles o el exilio.  Algunos núcleos convergieron en el Frente del Pueblo(1985), el Fral(1987) y la formación de la Izquierda Unida(1988/89) en un proceso que sugería el abandono por parte de estos militantes de la histórica teoría del peronismo como un movimiento de liberación nacional del cual la “izquierda peronista” estaba llamada a ser la vanguardia al que la izquierda no peronista debía apoyar incondicionalmente.

    Tal pensamiento estaba en el mismo Cooke: “los comunistas somos nosotros”[9] diría en un material preparado para discutir con el Che Guevara las tareas revolucionarias en la Argentina donde además afirmaba que “el peronismo es revolucionario pero no está organizado adecuadamente para las tareas revolucionarias” lo que lo lleva a plantear la lucha contra “la burocracia reformista y pactista” como la tarea central de todos los revolucionarios desdeñando la unidad de los revolucionarios y la construcción de un verdadero frente de liberación nacional y social. Afirmaba que “no hay política nacionalista sino bajo la conducción de la clase trabajadora” pero creía poder resolverlo al interior del peronismo.  Este enfoque equivocado del problema de la hegemonía, proyectado a otra circunstancia histórica por Montoneros, contribuiría al desencuentro fatal de las fuerzas revolucionarias de los ‘70.

    Los resultados electorales de la izquierda frentista a finales de los ‘80 (mucho menos de lo por ellos esperado); y el surgimiento de la Renovación Peronista con su propuesta de “democratización del peronismo” y su demonización de “los mariscales de la derrota”[10] sugerían que, una vez más, era posible la lucha por copar al peronismo y ganarlo por dentro para un proyecto revolucionario.  No comprendían que la Renovación Peronista era la forma que asumía el movimiento de instalación de una nueva hegemonía burguesa (de los grupos más concentrados y subordinados al imperialismo y su proyecto neoliberal), proceso que se efectivizaría de un modo singular: de la mano del aparente oponente a tal proyecto, el entonces “populista” “folklórico” y “arcaico” gobernador de La Rioja, Carlos Saúl Menem.

    Tres hechos resultaron demoledores de la subjetividad revolucionaria de esos núcleos en recomposición de izquierda peronista:  uno fue la derrota de la Renovación a manos de Menem (que supuestamente encarnaba al peronismo “tradicional”: distributivo, nacionalista, tercermundista, etc.), el otro hecho fue la debacle del gobierno de Alfonsín a manos de un verdadero “golpe de Estado económico” promovido por los acreedores de la deuda externa y la Patria Contratista con su mensaje de imposibilidad de intentar siquiera caminos intermedios a las recetas del Fondo Monetario Internacional.  Y como culminación de todo esto vino la debacle del “campo socialista” y la propia Unión Soviética para afirmar el posibilismo y la ideología de la claudicación.  Una larga lista de ex Montoneros engrosaron los equipos del  menemismo.

    Aquel movimiento que Cooke caracterizaba como el “hecho maldito para la oligarquía” había devenido en una herramienta política insuperable para instalar hasta el hueso el modelo neoliberal de ajuste al capitalismo argentino. Lo verdaderamente paradójico  es que, justamente desde la fuerza que daba tal identidad política es que se pudieron realizar semejantes transformaciones; pero al hacerlo también comenzó un proceso indetenible de separación de lo significado con lo significante hasta transformar los mitos y símbolos peronistas en mascaras vacías que les dan un aíre tan patético a su persistente continuidad en el imaginario colectivo de los más pobres.

    De qué estamos hablando?  De que el peronismo mutado en menemismo tenía (y lamentablemente aún parece tener) la perversa propiedad de inspirar confianza en los perjudicados por el modelo; justamente por haber realizado alguna vez, y por haber proclamado como justa durante otros cuarenta años, una política de ampliación del mercado interno y pacto social. Estamos diciendo que esos significantes (la política realmente ejecutada y proclamada) originaron una serie de significados (símbolos, mitos, leyendas, valores, etc.) que se han mantenido en la conciencia social de multitudes a pesar de que el soporte material que le diera origen ha ido desapareciendo. Hablamos de la diferencia que hay entre una Evita idolatarada por los humildes, y aún idealizada como guerrillera Montonera por la Juventud Peronista de los ‘70, a la imagen creada por Madonna y Alan Parker para su musical hecho película.  De lo tragicómico que resulta ver a Amalita Fortabat cantar la marchita y afirmar que ella siempre fue peronista.  O a personajes como Palito o Reutemann haciendo gala de ortodoxia peronista.  O a Duhalde y su “Chiche” formando cadenas de militantes, las “manzaneras”, para repartir comida y asegurar fidelidad electoral (que es la única que les interesa) para los destructores de todo lo que esa gente valoraba del peronismo.

    Se podría alegar que el peronismo transformado en menemismo ha seguido, hasta ahora, ganando elecciones.  Pero pocos se atreverían a afirmar que el menemismo es la continuidad directa del peronismo.   El menemismo es hoy la expresión política del bloque de poder en la Argentina, sus cuadros principales han asumido la ideología neoliberal con la misma fuerza del converso que transformó a Menem en el cuadro más decidido en Latinoamérica de la aplicación del “consenso de Washington”  El peronismo, muy seguramente, seguirá persistiendo en el imaginario colectivo de los sectores obreros y populares identificado con el proceso de “ciudadanía obrera”[11]; el menemismo va siendo identificado de más en más como el responsable del fin de todos los derechos y conquistas que tal “ciudadanía” implicaba para los trabajadores. Por ello, para muchos trabajadores y gente del pueblo resulta tan atractivo un discurso que confronte peronismo con menemismo y prometa (algo imposible, más allá de las buenas o malas intenciones) un retorno al paraíso perdido.[12]

    El resultado  es que, junto con tal proceso regresivo en lo económico/social y lo jurídico/institucional, grandes sectores de la clase obrera y del pueblo se encuentran hoy sin la organización sindical que los expresó por años y sin una representación política que defienda sus intereses y organice políticamente sus necesidades. El proceso político argentino, como en el  ‘45, se encuentra abierto a diversos caminos de desarrollo, que dependerán en mucho del modo en que se resuelva esta crisis de representación. Muchos han soñado en estos años de cambios estructurales con poner en marcha un Nuevo Movimiento Histórico símil al encabezado por Irigoyen o por Perón.

    En pleno delirio dictatorial, envalentonado por los vahos alcohólicos, el General Galtieri creyó ponerlo en marcha con su “triunfo” en Malvinas. Recuperada la democracia política, Alfonsín convocó a formar el Tercer Movimiento Histórico convencido de que el eje democracia/dictadura le daba apoyo suficiente para tal objetivo.  También lo intentó Menem en el momento en que abandonaba 40 años de “tercera posición, justicia social, soberanía nacional e independencia política” para encontrarse en un abrazo con los viejos oponentes del peronismo histórico. Creyeron que habían puesto la piedra fundamental, Chacho Alvarez, Federico Storani y José Bordón cuando en El Molino juntaron líneas transversales “de definición democrática y renovadora” de los grandes partidos argentinos. Sin embargo, todos ellos fracasaron.

    Un nuevo movimiento histórico es posible pero su surgimiento no deriva solo de proponer una nueva identidad política en un periodo de crisis y de ausencia de representación política para las grandes masas nacionales.  No comprendieron que los anteriores movimientos históricos surgieron sobre la base de proyectos capitalistas de desarrollo nacional para momentos de bifurcación de caminos en el país.   El Irigoyenismo y el Peronismo significaron sucesivos esfuerzos (frustrado el primero y triunfante el segundo) por proponer, desde la visión de la burguesía nacional, un modelo  sustituto al agro exportador  en crisis.  Y, sobre todo, no terminan de asumir que la burguesía nacional no existe más.

    El modelo de sustitución de importaciones tenía capacidad  no solo de eficientizar el capitalismo sino de incorporar vastos sectores populares al mercado y a la ciudadanía. Claro que ninguna de estas conquistas y avances fueron gratuitas.  Lo que realmente sucedió es que en torno al año 1945 se consolidó un Pacto Social que incluía el compromiso de incorporar a la clase obrera al sistema político y al mercado de consumo, es decir un verdadero mecanismo de ampliación de la ciudadanía en un sentido económico, social y político; pero que también incluía que «los asalariados consientan la organización capitalista de la sociedad” [13]

    El modelo neoliberal de acumulación puede, por cierto, eficientizar el capitalismo, lo que no puede es ofrecer un programa de desarrollo nacional para las grandes mayorías.  El país que va surgiendo de su aplicación es un edificio de dos pisos donde una partecita, que vive en la parte alta, goza de la modernidad y de la verdadera ciudadanía; el resto se va encaminando hacia la exclusión y la perdida de la ciudadanía. Y lo dramático (sobre todo para la falsa oposición parlamentaria tipo U.C.R. o el Frepaso) es que el capitalismo actual, globalizado, reconvertido, flexibilizado, subordinado a los dictamines del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Grupo de los Ocho, no admite otro modelo de desarrollo.

    La única opción para la Argentina es un proyecto de desarrollo no capitalista, independiente, con niveles crecientes de justicia social y con la perspectiva de una sociedad socialista, donde el hombre sea efectivamente el centro de la economía y de la vida.  Sobre la base de tal proyecto podrá surgir un verdadero nuevo movimiento histórico donde las grandes masas obreras y populares tantos años postergadas, se conviertan en los constructores de su propia historia y conquisten para sí una ciudadanía verdadera, concreta y cotidiana que les asegure trabajo, vivienda, salud, educación, cultura y el derecho a ser felices

    La convicción de que algo muy profundo estaba cambiando en el peronismo está en la génesis misma del Congreso de los Trabajadores (C.T.A., Central de los Trabajadores desde su primer congreso de delegados de noviembre de 1996). Así lo decía, por ejemplo, el documento de diciembre de 1991 aprobado en la reunión de Burzaco: “Ir dando forma a una herramienta de acumulación política que permita instalar en el escenario de las decisiones los distintos conflictos parciales mediante el debate y las propuestas desde una corriente sindical y hacia un movimiento político social”

    Y es que el grado de modelación del sindicalismo por parte del peronismo ha sido tan grande que su mutación en una herramienta política de vanguardia neoliberal no podía menos que impactar profundamente en el movimiento obrero.

    “El actual modelo sindical (constituido en lo esencial en el período de 1945/46) está agotado en su capacidad de representación social y política.  No le sirve a los trabajadores, ni tampoco es ya funcional a la burguesía que lo sostuvo por años.  La causa principal de este agotamiento es que sus características principales se constituyeron en función de un proyecto político que auspiciaba un modelo de desarrollo capitalista sobre la base del Estado Benefactor, el Pacto Social, el estimulo del mercado interno y se sostenía en la ideología de la conciliación de clases.  Todo esto entró en crisis terminal en los ‘60.  No poca responsabilidad tienen sobre la derrota sufrida y sobre la selectiva represión que la antecedió y precedió, la burocracia sindical enquistada en la C.G.T. y las federaciones o uniones nacionales.  Fue la culminación de una larga carrera de delaciones, matonajes y actos represivos que le dieron a la burocracia sindical argentina su particular sello. Pero esa función represiva no era la única que cumplían.  Si supervivieron tantos años en la conducción de estructuras sindicales no fue solo por su función represiva, el apoyo estatal y patronal. Era más que eso.  Juntos, burocracia sindical, patrones y Estado modelaron un sindicalismo fuertemente vertical, reglamentado hasta en sus menores detalles, penetrado por la intervención estatal hasta en su financiamiento y funcional al mecanismo del pacto social con el que la burguesía contenía la lucha dentro del sistema y la legalidad. El nuevo modelo de desarrollo capitalista impuesto a sangre y fuego por el golpe de 1976 prescinde de dicho mecanismo porque deja atrás la preocupación por el mercado interno achicado por los bajos salarios, la desocupación y la concentración financiera y comercial de un capital que se rige por la lógica de la globalización que busca en la internacionalización del proceso productivo capitalista dar salida a la crisis de valorización del capital.”[14]

    Este último concepto ayuda a entender las enormes dificultades que tiene el proyecto de una central alternativa de los trabajadores en materializarce.   El momento es muy complejo porque se cruzan muchos fenómenos y procesos cuyo desenlace está abierto:  agotamiento de la burocracia sindical; ofensiva feroz de la burguesía en el poder que busca de eficientizar su modelo por el lado de abaratar la fuerza del trabajo; cambios muy profundos en la estructura económica social y en la composición de las clase que deparan altos niveles de  heterogeneidad, precariedad, desocupación y fragmentación; búsqueda de nuevos caminos para un sindicalismo combativo y antiburocrático, etc. etc.[15]

    No solo se trata de superar una cultura de “central única” con más de 50 años de superviviencia (con el agravante particular  de que era una de las pocas consignas compartida por derecha e izquierda en el movimiento obrero; los que veían en la unidad orgánica de los trabajadores la base para el cumplimiento de objetivos tan contrapuestos como los que tenían).

    Se trata, sobre todo de enfrentar la feroz ofensiva desorganizadora y de sometimiento que lleva adelante la burguesía argentina por medio del menemismo en el poder.

    Se dice fácil, pero, ¿cuál es el significado más profundo y mediato del hecho de que uno de cada dos trabajadores argentinos o esté desocupado, o esté subocupado o trabaje en condiciones de precariedad extrema en las que ya no existe ni legislación laboral ni intermediación sindical frente a una patronal que, por poderío o debilidad, descarga cruelmente sobre sus espaldas la responsabilidad de “bajar costos” y lograr competitividad?.

    La cultura obrera argentina, con todas sus límites y contradicciones que hemos tratado de señalar, se forjó con un proletariado agrupado en fabricas, con bajo nivel de desocupación y un alto grado de homogeneidad lograda por la vía de los convenios colectivos de trabajo que acercaba (aunque sea por rama de la producción, es decir, por Federación Nacional de trabajadores) el nivel salarial, el grado de protección ante la prepotencia laboral y de derechos que tenían los trabajadores.

    Se ha señalado que el peronismo, a cambio de la “renuncia” de la clase obrera a la lucha revolucionaria contra el capital, proporcionó una serie de mejoras económicas a las que se las caracteriza como el proceso de “ciudadanización obrera”:  Sin desdeñar las mejoras logradas[16] no siempre valoramos suficientemente el cambio en la relación al interior de las unidades productivas que quedó signada durante décadas por el amplio poder que alcanzaron las comisiones internas y los cuerpos de delegados.  Esta fue una tendencia que siempre alarmó a la burguesía, y jugó un papel importante en la forma de la lucha de clases en el nivel «celular» cuya destrucción definitiva se encaró desde el aparato estatal después del golpe de estado de 1976[17]. Gino Germani considera el cambio en las relaciones intraempresa como una fuente de legitimidad para el peronismo, más importante que las mejoras económicas[18].

    Y es aquí, en el interior de la empresa, donde se han dado los mayores cambios en la vida laboral no tanto por los cambios tecnológicos habidos (básicamente con la tendencia a la desaparición de la cadena de producción y su reemplazo por la fabricación altamente especializada de piezas únicas) sino sobre todo por la virtual desaparición del “obrero especializado” (cuyas obligaciones y derechos estaban meticulosamente desarrollados en el Convenio Colectivo) y su reemplazo por el obrero “polifuncional” así como por la imposición a sangre y fuego de ritmos y formas de trabajo que rondan la superexplotación.  Una investigación académica sobre “la renovación tecnológica y la flexibilización laboral en las empresas” determinó que en la inmensa mayoría de los casos ésta fue una flexibilización “a la criolla” limitada a la expulsión de mano de obra y sobrecarga de trabajo y tiempo al personal que queda con lo que resultaron simples y vulgares ejemplos de aumento de la superexplotación de los trabajadores con el correspondiente aumento de plusvalía absoluta (la que surge de producir más unidades en una jornada de trabajo alargada).

    Desde 1989, el Gobierno impulsó la flexibilización laboral, y los trabajadores perdieron casi todos los derechos adquiridos: indemnizaciones, aguinaldos, estabilidad salarial; tardaron solo siete años en demoler el complejo tramado de leyes y conquistas construidas a lo largo del siglo XX al calor del crecimiento de la clase asalariada.

    El fantasma de la definitiva exclusión del mercado laboral presiona perversamente para que se acepten condiciones del trabajo propias del siglo pasado con el argumento, precisamente, de que esa es la única forma de absorber mano de obra.  ¿Cuál es el trabajador precario? Es aquél cuyas condiciones de trabajo se modificaron con el objetivo de hacer más barato el costo laboral. Salario, indemnización, estabilidad, vacaciones, aguinaldo; todo lo que siempre fue eterno, perdió solidez desde 1989, hasta convertirse en algo dudoso, sujeto a la poca buena voluntad del capital y la escasa fuerza de los trabajadores

    Todo lo sólido se desvaneció en el aire. Esa reducción de costos supuestamente le permitiría a los empleadores contratar trabajadores sin temor a contraer gastos que excedan su capacidad. Pero no se cumplieron los pronósticos: cada nuevo paso flexibilizador aumentó la desocupación que ya “logró” 2.459.000 desocupados de tiempo completo, 1.812.000 subocupados (trabajan menos de 35 horas semanales) y unos 3.643.110 trabajadores en negro.  Lógicamente que estos cambios han incidido en una baja sustancial de los índices de sindicalización que apenas llega hoy al 25% del total de los trabajadores (uno 2.5 millones).

    La legislación laboral se construyó desde principios del siglo. En 1912 se aprobó la Ley de Accidentes de Trabajo (Ley Palacios) que fue liquidada en 1994.  Con Perón llegó casi al pleno empleo y los asalariados aumentaron su poder adquisitivo.   Hubo un importante desarrollo de las obras sociales y beneficios indirectos como la expansión de la salud y la educación públicas. La pérdida de derechos adquiridos que arrancó en 1989 tiene algunos ejemplos simbólicos demoledores, como por ejemplo, el de la eliminación de la gratuidad del “telegrama obrero”.

    El golpe a los derechos adquiridos pegó primero a los empleados del Estado y de las PYMES, que en conjunto constituyen casi el 70% de la población ocupada. La ley de flexibilización laboral para las PYMES derogó a la 11.729, que todavía en 1993 consideraba  delito “el período de prueba a un trabajador”. El nuevo régimen no sólo introduce un período de prueba por cuatro meses, sino que permite condiciones laborales propias de los albores de la Revolución Industrial: jornadas de trabajo hasta doce horas corridas, vacaciones en cualquier momento del año, aguinaldo fraccionado, entre otras delicias.

    Al primer golpe le siguieron otros como el decreto 340 de 1992 que incorpora la modalidad de las pasantías a ciertas áreas del mercado laboral, en reemplazo de mano de obra calificada. El pasante puede cobrar o no una suma de viáticos, no recibe ningún tipo de protección social y la empresa no tiene compromiso alguno con él.  El modelo “trabajo de fin de siglo” también llegó a la industria: el primer paso lo dio el SMATA, en el acuerdo con Fíat y Toyota aceptó que los operarios puedan ser transferidos de área, función u horario cuando la empresa lo disponga; que se elimine el comedor de la empresa y que las vacaciones se puedan fraccionar en dos.  En el mismo acuerdo, SMATA aceptó salarios entre un 39 y un 43% más bajo que en otras terminales.[19]

    Decretos 1477 y 1478 1989 Cargas Sociales Pago de hasta un 20% del salario en vales, sin cargas sociales. Origen de los tickets que Cavallo intentó gravar y desencadenó su renuncia.
    Decretos 435 y 612 1990 Salario del Empleado Público Salario máximo para todos los empleados públicos, exista o no convenio colectivo previo, o escalas salariales ya convencionadas.
    Decreto 1894 1990 Salario Mínimo Salario Mínimo, Vital y Móvil de $ 200. No aumentó desde entonces.
    Decreto 2184 1990 Derecho de Huelga Reglamenta el derecho para los llamados “servicios esenciales” para la comunidad. El Ministerio de Trabajo puede calificar de “servicios esenciales a los que crea convenientes en cada oportunidad
    Ley  24.013- Ley Nacional de Empleo 1991 Contratos Flexibles y Temporales Elimina la exigencia de que la contratación de personal temporario -que no recibe ni indemnización, ni tiene estabilidad laboral, responda a  “causas objetivas” ni que requiera conformidad sindical.
    Decreto 1803 1992 Empresas Públicas Privatizadas Suspende los derechos adquiridos de los trabajadores de empresas públicas privatizadas. Quedan expuestos a cambios de funciones, cargo, empleo u objeto de explotación , sin derecho a reclamar indemnización.
    Decreto 470 1993 Aumento por Productividad El “módulo particular” salarial puede ser modificado, aumentado o suprimido según el ritmo de la actividad económica. Atrás queda la “ajenidad del trabajador respecto del riesgo empresario”.
    Ley 24.467- PYMES 1994 Flexibilidad Laboral Reducción de indemnizaciones, fraccionamiento de aguinaldo, movilidad horaria, imposición de hasta 12  horas de trabajo continuo sin pago de horas extras, otorgamiento de vacaciones en cualquier momento del año.
    Ley 24.028 1994 Accidentes Laborales Se reduce de 100 a 65 el índice de cálculo indemnizatorio, con lo que se pierde el 35% del valor. Se establece una indemnización máxima de 55.000 pesos.
    Decretos 770 y 771 1996 Asignaciones Familiares Supresión de este derecho para  sueldos superiores a 500 pesos.
    Decretos  1553 ,1554 y 1555[20] 1996 Flexibilidad laboral Revocación de convenios: termina con el principio de ultra/actividad que determinaba continuidad de los Convenios Colectivos hasta la firma de uno nuevo.  Ahora al cumplirse términos, rige la Ley Contratos de Trabajo. 

    Arbitraje Min. Trabajo: establece el arbitraje automático y obligatorio del Ministerio en caso de diferencias entre patrones y trabajadores.  Además puede revisar cualquier Convenio, aún los vigentes.

    Negociación directa de las Pymes con C.I y delegados sin autorización sindical. modifica la ley 24.447

    [21]

    Y es que si, como enseñaba Carlos Marx, “el ser social determina la conciencia social”, alguna importancia debe tener dejar de trabajar en una línea de producción de una fabrica para estar desocupado; de encuadrar su labor profesional en un Convenio y estar protegido por delegados, la Comisión Interna y el sindicato a trabajar a destajo bajo las ordenes autoritarias de un jefe de equipo que además incide  directamente en sus magros ingresos con su opinión.[22]

    Bien lo decía John Holloway al analizar los primeros pasos de la Thatcher contra los trabajadores ingleses: “La crisis capitalista nunca es otra cosa que esto, la ruptura de un patrón de dominación  de clase relativamente estable.   Aparece como una crisis económica que se expresa en una caída de la tasa de ganancia, pero su núcleo es el fracaso de un patrón de dominación establecido.  Desde el punto de vista del capital la crisis sólo puede ser resuelta mediante el establecimiento de nuevos patrones para imponerlos a la clase obrera.  Para el capitalismo la crisis solo puede ser resuelta a través de luchas, a través del restablecimiento de la autoridad y a través de una difícil búsqueda de nuevos patrones de dominación.”[23]

    Los cambios regresivos habidos en los últimos cinco años (de una magnitud y velocidad inimaginables para nadie) no solo se basaron en las condiciones generadas por la derrota estratégica del ‘76, no solo aprovecharon perversamente la debilidad física de una clase obrera achicada, dispersa, presionada por la desocupación y la precarización, etc. etc. sino que contaron a su favor (de un modo decisivo) con la legitimidad que le daba una identidad política construida con un programa antagónico a las actuales políticas y por la pasividad o la traición directa de un sindicalismo que aún, en los pocos casos, en que intentó resistir se movió con enfoques, metodologías y estrategias útiles para otra etapa de la vida nacional.

    Y hay que admitir sin tapujos que en esas luchas los trabajadores fueron derrotados; que se impusieron “nuevos patrones de dominación” y que el sindicalismo burocrático no solo contribuyó a su derrota por medio de mil traiciones sino también porque insistieron en una forma de plantear la defensa de los intereses obreros (la clásica combinación de luchas y dialogo en busca del acuerdo con la ayuda del Ministerio del Trabajo) que si en su época de apogeo podíamos calificar de “reformista”  (y ellos se defendían como “realistas” que conseguían por las buenas lo que podían), la vida fue mostrando como inútil para los nuevos tiempos.

    El drama de la clase obrera argentina no estriba solo en su debilitamiento físico, sino en que mayoritariamente sus cuadros sindicales y políticos (incluidos buena parte de la izquierda clasista y marxista) se mueven con propuestas y esquemas más propios de los ‘60 y los ‘70 que de estos tiempos globalizados.  Y obviamente no nos referimos a la defensa, inclaudicable e imprescindible, de los ideales libertarios y socialistas que animaron a la generación del Cordobazo; sino a la repetición fuera de tiempo de los métodos y formas de lucha (que incluyen las propuestas organizativas sindicales y políticas) que fueron útiles y que hoy ya no lo son.   Y el tema es que la Argentina después de 20 años de aplicación de políticas neoliberales ya no es lo que era.  No es la Argentina del ‘45, ni tampoco la del ‘69, ni siquiera la del ‘83.  No lo es en términos de estructura de propiedad y de distribución de la riqueza, tampoco en términos jurídicos o institucionales (hasta tenemos una “nueva” Constitución que es mucho más que el simple pasaporte para la reelección de Menem: es un verdadero instrumento de legalización de los cambios regresivos habidos en todos estos años).  Tampoco en términos políticos y por supuesto que ello obliga a plantear la lucha de clases de otra manera.

    Si no se trata sólo de luchar, sino de lograr mayores niveles de eficacia en la lucha; se impone un debate más profundo y extendido sobre las exigencias y posibilidades del nuevo período que tiene, como toda situación nueva, posibilidades que pueden ser aprovechadas y peligros que deben ser identificados para intentar evitar y/o superar.   Los peligros y dificultades son obvios.  Se sufren en carne propia y todos hablan de ello:  la ofensiva patronal contra toda forma de resistencia y organización obrera, la fragmentación física y la confusión ideológica de la clase, el peso abrumador de la desocupación sobre el nivel salarial y -sobre todo- como Espada de Damocles que desalienta y acobarda, la falta de un centro coordinador de todas las luchas que las respalde y les de proyección nacional a cada acto de resistencia obrera, y fundamentalmente la ausencia de una Alternativa Política Revolucionaria, etc. etc.

    Pero si la esencia de los procesos sociales se manifestara de un modo crudo y directo como la realidad que muestran Mauro Viale y Chiche Gelblung, no se necesitaría ni del marxismo ni de reflexión alguna.  Lo nuevo, que todavía no se desplegó totalmente, hay que descubrirlo con análisis científico y alentarlo con fuerza de voluntad guevarista.  Con el convencimiento de que allí está nuestra Sierra Maestra.

    Desde su fundación el Movimiento Político Sindical Liberación (marzo de 1995), ha venido convocando a unir fuerzas para aprovechar el momento de transición que se crea con el agotamiento de las funciones históricas de la burocracia sindical[24] y su debilitamiento inédito para salir de un modelo totalmente condicionado por ellos y comenzar a construir una nueva organización obrera al impulso, y como respaldo, de una Central Alternativa.  Que agrupe a la clase obrera en su actual conformación (incluyendo desocupados, precarios, subocupados, jubilados y trabajadores por su cuenta), que corte amarras con el Estado, la patronal y los partidos del sistema; y que se de una política confrontativa (en defensa inclaudicable de los intereses obreros), de coordinación (de todos los agredidos por el sistema) y de liberación.  ¿Es difícil? ¿Es contradictorio plantear superar el modelo sindical peronista (que lleva 50 años de vigencia) en el momento de mayor debilidad orgánica y política de los trabajadores?

    Hace poco más de 150 años, Carlos Marx y Federico Engels, convocados por una pequeña organización revolucionaria, “La liga de los Justos” escriben su programa, el Manifiesto Comunista.  Donde todos veían miseria y embrutecimiento, ellos veían potencialidad revolucionaria y nos enseñaron a encontrar en nuestra propia debilidad, las fuentes de nuestra fortaleza.  Lo verdaderamente paradójico del momento es que, las mismas causas que gestaron el actual drama de la clase obrera argentina, son las que han preparado las condiciones para dar batalla por superar este modelo sindical “de los patrones” para conquistar uno verdaderamente “de los trabajadores”, aquel por la que siempre se luchó aún en las más adversas condiciones.  Porque debe quedar claro que siempre existió el otro sindicalismo.

    La propuesta de crear un modelo sindical y una central de trabajadores alternativo y antagónico, de otra naturaleza que la que tiene el modelo y la central construida por la burocracia sindical apunta también a recuperar y recrear las mejores tradiciones de lucha y de autonomía obrera que han cruzado la historia del movimiento obrero desde la Patagonia Rebelde al Cordobazo; desde el gallego Soto al gringo Agustín Tosco; desde la primera huelga de docentes en San Luis conducida por la mujer de Germán Ave Lallelment (acaso el primer marxista que vivió y luchó en la Argentina a fines del siglo pasado) hasta la Marcha Blanca; desde la heroica huelga de los metalúrgicos de 1954 a la victoriosa huelga de los metalúrgicos de Villa Constitución en 1974; desde la huelga de los ferroviarios contra el Plan Larkin en 1962 a la última gran huelga obrera, la ferroviaria de 1991/1992; desde la C.G.T. de La Falda y de Huerta Grande a la C.G.T. de los Argentinos; desde el M.U.C.S. y  la Comisión Nacional Intersindical al Plenario de Base. Desde los anarquistas a los comunistas, desde los peronistas revolucionarios a los militantes sindicales troskistas o del Partido Revolucionario de los Trabajadores.

    Sin animo de agotar un listado de experiencias y esfuerzos destacables creemos sí que en estas experiencias y esfuerzos se encuentran enseñanzas y experiencias para analizar el hoy y pararnos con una propuesta que recoja sus mejores tradiciones:  democracia de base, confrontación implacable con el capital y el estado, política grande para acercar la revolución y flexibilidad táctica para juntar fuerzas en la pelea cotidiana.  Porque si el sindicalismo burocrático tiene una lógica de pacto social que la hizo funcional al modelo de dominación y persistente en el tiempo, también “el otro sindicalismo” a pesar de todas sus diferencias, tuvo su lógica: la del compromiso inclaudicable con los trabajadores.

    ¿Pero por qué pueden convivir sectores tan disimiles como el M.T.A. y los ultramenemistas en la C.G.T. dirigida por el pupilo miguelista Daer?  Porque más allá de sus diferencias coinciden en un modelo sindical y una propuesta política que esquemáticamente podríamos definir como un neoperonismo que busca encolumnarse tras Duhalde, Palito, Cafiero o Bordón.[25]

    ¿Por qué no puede toda la izquierda sindical unirse en la lucha por una Central Alternativa de los Trabajadores manteniendo cada cual su identidad y las diferencias?  ¿Qué impide que -al igual que hace el M. P. S. L- consideremos lealmente al C.T.A. como un ámbito propicio para tal tarea?    Distintas razones:  en algunos subsisten viejas concepciones de C.G.T. única e ilusiones en que el M.T.A. constituye una burocracia distinta, “menos mala” que los otros grupos; en otros el cómodo recurso de calificar a todos y soñar con una acumulación revolucionaria tirando piedras desde la bandera roja incontaminada.  Ambas políticas (de seguimiento a fracciones de la burocracia sindical y de aislamiento sectario) no son más que variantes de la ya conocida política de “vanguardia autoproclamada” a la que los trabajadores no tienen más que incorporarse y/o reconocer como su dirección.  Para quienes asumen dicha posición todo es más fácil: son ellos los portadores del marxismo y de “la misión histórica de la clase obrera”.  No es necesario ninguna recreación del marxismo y también está resuelto el tema de la acumulación de fuerzas: su propio crecimiento como fuerza lo resume y expresa.

    La concepción de vanguardia autoproclamada lleva a la política de crecer por separado, más allá de toda otra reflexión.  Y lo peor de todo es que su reiterado fracaso lejos de provocarles reflexiones autocríticas y superadoras los empecina en el mismo camino que no hace más que desprestigiar la idea misma de una vanguardia revolucionaria.

    Hay argumentos más serios y atendibles.  Se acuerda con el objetivo de la Central Alternativa pero se dice que la hegemonía que hoy tiene la C.T.A. clausura la posibilidad de crecimiento (en la dirección buscada).  Y es tonto polemizar con estas posiciones idealizando al núcleo hegemónico de la C.T.A.  Son como son, es decir, una corriente social cristiana de concepciones no clasistas y no revolucionarias.  Los documentos convocantes del propio Congreso (que fueron ampliamente superados por el debate en los congresos provinciales y las Comisiones del Congreso) lo reflejan cabalmente.

    El debate frontal en la izquierda es si es posible (en estas circunstancias) emprender solos la construcción de una Central Alternativa como la que hemos venido reclamando o si es posible coincidir con estas corrientes político/sindicales en la lucha por lograrlo.  Veamos por partes.  La alternativa de comenzar a construir una Central Alternativa desde la izquierda “garantizaría” en principio la pureza doctrinaria y nos permitiría plantar de entrada una opción clasista y comprometida con una alternativa revolucionaria.  Es una propuesta que atrae.  Pero ¿cual es su problema principal?: la propia debilidad de la izquierda obrera (tan o más débil que la izquierda política orgánica) que traería un efecto directo: serias dificultades para ser visualizado por los trabajadores organizados y no organizados como una alternativa más o menos creíble contra el gobierno y sus planes neoliberales; y un efecto indirecto: que su propia debilidad y dificultades para implantarse en la clase, estimularía la necesidad de “diferenciarse” de la dirección del C.T.A. y se profundizaría la falta de unidad y coordinación del movimiento obrero cuando más necesario y vital ésta es.  Baste recordar que la Marcha Federal o los actos del 20º Aniversario del golpe de Estado, los momentos de mayor capacidad de golpear al menemismo, están vinculados a la unidad de acción de los diversos proyectos que actúan en el movimiento popular y de la incidencia que en esos espacios amplios consigue la izquierda.

    Otro elemento a tener muy en cuenta es que -tal como hemos tratado de puntualizar en el presente trabajo- hace 50 años la cultura socialista y revolucionaria fue desalojada de la clase obrera y no ha sido posible volver a insertarla en profundidad.  Sobre esa derrota han trabajado todas las variantes de la ideología burguesa consolidando un macartismo que subió puntos con la caída de la Unión Soviética y el llamado “campo socialista”.  El clásico “ni yankees ni marxistas” era expresión de algo más profundo instalado en la conciencia popular:  los comunistas son algo extraño al ser nacional y perjudiciales a los intereses obreros.   Una central de trabajadores con clara identidad revolucionaria no creemos que sea el medio más idóneo para contactar con las amplias franjas de trabajadores no organizados y/o desencantados del sindicalismo peronista tradicional.

    Además, en estos últimos dos años de un modo u otro se ha intentado (nacionalmente desde la Corriente Clasista y Combativa y regionalmente -en Córdoba- desde la 1º de Mayo referenciar la resistencia y/o alternativizar a las centrales existentes.  Y el balance no es positivo. Unos se pierden tras las idas y vueltas del M.T.A. y los otros no consiguen ir agrupando a lo que va rompiendo con el sindicalismo burocrático que de uno u otro modo se va orientando hacia el C.T.A.

    Y esto para nada descalifica las posiciones combativas y aún revolucionarias que éstas y otras corrientes de izquierda dignamente defienden.  No es hacia ellos que queremos enfilar la polémica sino hacia nosotros mismos.   Para que seamos como el Che que decía lo que pensaba y hacía lo que decía.  Será un buen modo de entrarle al año de su 30º aniversario.

     

    Ensayo elaborado en común con Mario Alderete en enero de 1997


    [1] Patricio Echegaray, Utopías y Liberación, pag. 26.  Intervención en el Encuentro Nac. de Intelectuales

     

    [2].el fragmento  que publica el periódico comunista Orientación del 24/10/45 (pag. 4) está tomado del folleto chileno “En marcha hacia un mundo mejor”, y éste recoge un reportaje de la revista Ercilla.

    [3] Julio Godio, El movimiento obrero argentino (1943/1955). Hegemonía nacionalista laboralista.  Editorial Legasa. 1990

    [4] citado por Héctor Agosti en “Perón y la Segunda Guerra Mundial”

    [5] Federico Engels, carta del 22/10/1890 a Bloch en  Marx Engels. Obras Escogidas. Editorial Cartago.

    [6] Ver “La edad de oro”, segunda parte del libro de Eric Hobsbawm, “Historia del siglo XX”, editorial Grigalbo, 1995,

    [7] El Che hablaba del carácter genuflexo de las burguesías latinoamericanas, decía que tenían la columna vertebral “gelatinosa”.

    [8] el golpe de estado de 1976, que tuvo esencialmente un carácter de contrarrevolución preventiva, también sirvió para resolver a favor de los sectores más ligados al capital financiero transnacional la disputa que desde el ‘45 mantenían sobre el modelo de desarrollo capitalista a  aplicar.  Gelbard en el ‘73, y mucho más tenue, Grinspun en el ‘83 serían  “el canto del cisne” de una política  burguesa “independiente”  del gran capital y sus órganos de gobierno mundial: el F.M.I., el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio y las propias Naciones Unidas.

    [9] las citas están tomadas de “John William Cooke y el peronismo revolucionario” de Ernesto Goldar y  de “J.W.Cooke. El peronismo alternativo” de Richard Gillespie, autor del libro” Montoneros” uno de los trabajos más serios sobre el tema.

    [10] así se denominaba a la dirección del Partido Justicialista responsable de la derrota de 1983.  Entre ellos sobresalían Lorenzo Miguel y Herminio Iglesias, dos capos metalúrgicos, prototipos de la burocracia  sindical vandorista.

    [11] el concepto alude una aproximación de los trabajadores al usufructo real de una serie de derechos que hasta entonces solo figuraban en  la letra de la Constitución liberal de 1853. el gran avance ciudadano de los trabajadores es que por primera vez se reconocen sus derechos a actuar colectivamente, organizadamente, y se lo incorpora a distintas instancias de decisión administrativa

    [12]durante un tiempo Cafiero parecía ensayar tal propuesta.  Su capitulación ante Duhalde es una prueba más de lo inconsistente de tales ideas.  Más patético (porque es más notorio que sólo buscan defender sus prebendas corporativas) es este discurso en boca de Daer, Ubaldini o el mismo Cavalieri

    [13] Daniel Campioni, trabajos citados

    [14] del apartado uno del documento del Movimiento Político Sindical “Liberación”: “Aportes al debate congresal del C.T.A.”

    [15] sobre todos estos temas pueden consultarse los documentos del primer congreso del Movimiento Político Sindical Liberación y los artículos publicados en la revista Cuadernos Marxistas Nº 2, 5 y  6.

    [16] acaso el dato más representativo de dichas mejoras sea el de la participación de los trabajadores en la distribución de la renta nacional (riqueza nueva creada en un año) que llegó al  50 %. Compárese con la actual que ronda el 18%. Pero además es un momento de fuerte incremento del salario indirecto: vacaciones sociales, cobertura de salud, créditos blandos para la vivienda , etc.

    [17] Esta peculiaridad es particularmente señalada y analizada  desde su incidencia en la lucha de clases por Gilly, Adolfo, «La anomalía argentina», en Pablo González Casanova (comp.), El Estado Latinoamericano, Teoría y Práctica,, , Siglo XXI, Méjico, 1990. citado por Daniel Campioni en “Estado, dirigencia sindical y clase obrera. Un vinculo conflictivo  1983-1994. ponencia presentada en el II Congreso Nacional de Ciencias Políticas

    [18] Estado y Sociedad en una época de transición, 1963. citado por Daniel Campioni. ídem

    [19]Como señal esperanzadora de que no todo está perdido, tanta traición sindical no ha quedado impune.  Desde el año pasado los trabajadores cordobeses de Fíat Auto vienen realizando una experiencia de democracia de base y autonomía que les ha permitido elegir una Comisión Interna que efectivamente los representa y ahora marchan, luego del intento -frustrado por José Rodríguez de constituir una seccional Smata de Ferreyra (por fuera de la seccional Córdoba)- a organizar un sindicato de empresa.  Como lo fuera el mítico Sitrac/Sitram de Salamanca en los ‘70,

    [20] Al escribir estas líneas los decretos estaban cuestionados jurídicamente y se prevé su reemplazo por una legislación acordada con la C.G.T.

    [21] datos del trabajo inédito: “La representación política  en  nuestro  país en   el    contexto    de   la    globalización.  Crisis, alternativas y perspectivas.” de Pablo Himen

    [22] en muchas empresas el salario tiene un componente móvil según la “calificación” que el jefe de al trabajador

    [23] John Holloway. “La rosa roja de Nissan”. Cuadernos del Sur Nº 7.

    [24] repárese en que hablamos de “agotamiento de las funciones históricas” no de desaparición física.  De hecho ya una parte de la burocracia sindical (de Luz y Fuerza, Petroleros, Teléfonos, etc.) se ha reciclado en una “burocracia gerencial” que pretende involucrar en sus negocios privatistas a los trabajadores que mantuvieron su trabajo y recibieron acciones de las nuevas empresas.  El bajo nivel de luchas en estas empresas privatizadas es una realidad amarga, pero incontrastable.

    [25] un intento muy sistemático de dar doctrina a esto es el libro de Antonio Cafiero “El peronismo que viene”. Grupo Editor Latinoamericano. 1996


  • Monografía elaborada para el curso de la Escuela Nacional de Gobierno de 1996/97

    La cuestión del programa ha sido uno de los ejes del debate de principios en el movimiento revolucionario mundial desde que Marx y Engels le dieran nacimiento formal escribiendo hace casi 150 años el Manifiesto Comunista como documento programático de una pequeña organización obrera revolucionaria que se convertiría con los años en la más poderosa fuerza política de la historia.

    Siempre el debate programático fue polémico y condensaba visiones y prácticas más amplias: así lo hicieron Marx  y Engels en la “Critica al programa de Gotha” contra Lasalle y su tendencia a la integración al régimen y luego contra el oportunismo de Bernstein y Cía., contra los que decían preferir un paso práctico al mejor de los programas para justificar su oportunismo reformista.

    Fue el estilo de Lenín discutiendo a principios de siglo con los “populistas” que creían ver el futuro en el pasado agrario ruso, o al estallar la primera guerra mundial, indicando la posibilidad de tomar el poder en un país por separado contra los que seguían esperando la maduración completa de las condiciones necesarias en los países capitalistas centrales para realizar la revolución mundial.

    En América Latina el debate sobre el programa fue y es el debate sobre la caracterización de la región, sobre la cuestión nacional, sobre la burguesía nativa, sobre las vías de conquista del poder.  En definitiva sobre si el capitalismo tenía (tiene) capacidad de dar respuestas o no a las necesidades de los pueblos latinoamericanos.

    El programa que históricamente tuvo el partido Comunista de la Argentina, se aprobó en 1928 en el VIII Congreso bajo una fuerte influencia de la Internacional Comunista (de la cual el partido era una sección fuertemente condicionada por las decisiones de sus órganos directivos) que empezaba a estar conducida por el grupo stalinista y sobrevivió con pequeñas modificaciones hasta el XVI Congreso de 1986 cuando fue dejado sin efecto.

    En las visiones dogmáticas de la dirección de la Internacional Comunista,   América Latina era un bloque homogéneo casi idéntico a la África colonial, y por ende, desde sus enfoques del “desarrollo” dominadas por el determinismo económico y el etapismo, debía pasar por la etapa de desarrollo capitalista comoletando las tareas inconclusas de las revoluciones anticolonialistas de pirncipios del siglo XIX, ahora bajo la conducción de un frente democrático nacional que incluyera a las fracciones nativas de la burguesía.

    Esta estrategia se potenció, y aún más, se degradó con las visiones broweristas[1] de fin de la segunda guerra mundial que propiciaban abiertamente la integración al capitalismo y la transformación de la alianza antifascista (obviamente una iniciativa táctica) en una estrategia de construcción permanente.

    No se puede dejar de señalar que ésta no era la única visión sobre el problema, y que en la misma conferencia latinoamericana de partidos comunistas de 1928 (Montevideo) que daría fuerza de “doctrina oficial” a la estrategia de las “revoluciones democráticas burguesas” para la región, el peruano José Carlos Mariátegui presentó sus tesis de revolución socialista sustentadas en el carácter latinoamericano del mismo basandose en las tradiciones del comunismo incaíco, en un esfuerzo casi solitario por utilizar el marxismo como herramienta teorica de interpretación y transformación de la realidad latinoamericana en vez de creer en él como un talisman o peor aún como en una teoría del destino manifiesto.

    No se necesita ser demasiado perspicaz para vincular estas cuestiones “programáticas” a cuestiones políticas tan contundentes como la Unión Democrática (1946) o la perdida de vocación de poder que sufrió el partido Comunista  durante los ‘60 y los ‘70, periodo de auge de lucha de masas, de contradicciones fuertes al interior del bloque dominante y posibilidades reales de cambios revolucionarios en la Argentina en los que el partido Comunista defendió posiciones reformistas que pusieron su cuota a las dificultades que tuvieron las fuerzas progresistas y revolucionarias para unirse y consolidar la ofensiva popular.

    El XVI Congreso de noviembre de 1986 puso en marcha un proceso de autocríticas, de viraje, de renovación del pensamiento y las conductas politicas, de intentos de superación de los límites teóricos y políticos que dejó de lado el programa histórico y desarrolló un programa implícito en su práctica política y en sus documentos congresales (especialmente en el XIX de noviembre de 1995) que ahora, despues de diez años,  es necesario transformarlo en un programa explícito, útil para el debate y la difusión popular de las propuestas comunistas entre los militantes populares comprometidos con el cambio verdadero.

    Lo primero a discutir sobre el tema del programa alternativo, es responder a la pregunta de alternativo a qué? Hay que conocer profundamente la naturaleza del sistema capitalista contemporaneo, sus rasgos peculiares.

    En este punto se han realizado avances significativos, sobre la base de las experiencias de lucha de nuestros pueblos y el debate colectivo, que han ido dejando claro que el neoliberalismo no es un mero plan económico, aunque tiene un modelo económico, sino que es un enfoque integral -por parte del sector hegemónico de los capitalistas- que abarca y penetra en todos los terrenos de la vida social.

    El neoliberalismo tiene un centro de gravedad en su iniciativa  ideológica/cultural y política para materializar el proceso de preservación, ampliación y reproducción del capitalismo bajo la hegemonía y beneficio de los grupos más concentrados, poderosos y reaccionarios.

    Este concepto, superador de la limitación economicista y dogmática que tanto afectó al marxismo y hoy campea por todas las ciencias sociales, nos permite comprender mejor el funcionamiento de este capitalismo surgido por un lado de la tercera ola, de la revolución científica basada en la informática, la biogenetica y la automatización de los procesos productivos; así como de las características actuales de la lucha de clases condicionada por dichos cambios en la esfera de la producción material de la sociedad pero sobre todo de la correlación de fuerzas resultante de la caída del Muro, del mundo unipolar con su globalización neoliberal no solo de la economía sino de la cultura, la información y la política.

    El capitalismo argentino de estos días tan concentrado y centralizado, tan explotador y excluyente, tan inhumano y tan destructor del medio ambiente pero también -hay que decirlo-  con un grado de “legitimación natural” que pocas veces tuvo en sus 150 años de historia es el resultado de un proceso -extremadamente violento- de 20 años en que la burguesía más concentrada y poderosa buscó resolver el doble problema de un modelo de desarrollo capitasita agotado y fuera de las exigencias de los centros imperiales por un lado y del cuestionamiento creciente que las luchas obreras y populares le formularon desde 1969 a 1975.

    El genocidio cometido es el resultado de esa voluntad política burguesa de aniquilar preventivamente el peligro revolucionario y de resolver el conflicto interburgues que dificultaba el cambio de modelo de desarrollo capitalista.

    Lo que queremos decir, es que la fase actual del capitalismo argentino no se puede entender sin visualizar la conquista del poder por parte de las fracciones burguesas más reaccionarias y decididas a colocar todo un país a su servicio.  Cueste lo que cueste.  Y que el tema a resolver primero, en la perspectiva de una Argentina distinta, más justa, más libre y más solidaria, socialista; es justamente la cuestión del poder.

    De estar en condiciones de  aplicar las medidas que enfrenten la lógica de la reproducción del sistema capitalista (visto integralmente, no solo económicamente) y abran paso a una nueva lógica de desarrollo, no capitalista, antimperialista, patriota, que aproxime el socialismo y el comunismo.

    Por todo ello el programa de los comunistas debería ser una propuesta de construcción de poder popular, de cuestionamiento creciente del mismo al poder vigente hasta la lucha abierta por su derrota y reemplazo por el  popular.

    Argentina lleva más de un siglo de desarrollo predominantemente capitalista, desde una integración periférica al mercado mundial que abrió perspectivas de un crecimiento económico espectacular, que duró varias décadas y logró hegemonizar un modelo agroexportador con un grado importante de diversificación de la economía y un grado interesante de urbanización.

    Este modelo de acumulación dio como resultado la conformación de una burguesía que,  a partir de la posesión de la tierra, se diversificó al plano comercial, financiero e industrial, compartiendo su predominio económico en estas últimas áreas con el capital británico, volcado a las finanzas, los ferrocarriles y el frigorífico, y construyendo una eficaz hegemonía, expresada en una visión del mundo construida y propagada en extensos aparatos educativo-culturales.

    Ese modelo de crecimiento dependiente, de eficaz funcionamiento desde la perspectiva de la clase dominante, era también un modelo de explotación y exclusión económica, social y cultural.  Los trabajadores urbanos, en su mayoría con bajos salarios, y en condiciones de superexplotación, fueron víctimas del modelo, y a la vez encarnaron tempranamente expresiones del poder del trabajo.

    El indio, los pequeños productores rurales explotados por terratenientes y comercializadores,  sufrieron junto con ellos la postergación en una Argentina de espectacular crecimiento económico.

    Nuestro país nunca se repuso totalmente del colapso del modelo de integración inicial al mercado mundial y no consiguió regresar a las condiciones hegemónicas iniciales.  La sustitución de importaciones, y la instalación bastante amplia de mecanismos de estado benefactor no consiguieron nunca regenerar nunca las condiciones de hegemonía y desarrollo del “orden conservador”.

    Hoy asistimos a las consecuencias del desmantelamiento final del modelo sustitutivo de importaciones asentado en el estado benefactor y en el pacto social entre trabajadores, capitalistas y estado.

    Vivimos el período de la trasnacionalización, de la crisis de los arreglos entre capital y trabajo de la posguerra, de la consolidación de un mundo diferente.  El neoliberalismo o neoconservadorismo, ha sido la bandera ideológica de estos cambios, y todavía sigue hegemónico y a la ofensiva.

    Hay fisuras enormes del sistema imperante, pese a todo.  La «lucha contra el comunismo» ya no puede encubrir las atrocidades e injusticias que contribuyó a tapar durante toda una época.  El gran capital, y los estados nacionales del capitalismo cargan hoy con toda la responsabilidad.

    El capitalismo de hoy excluye, margina, empobrece, expulsa, en mucho mayores proporciones.  El riesgo de quedar desamparado, desempleado, es cada vez más fuerte.  Nuestra lucha como latinoamericanos, es junto a los «pobres» de todo el mundo, también los de los países capitalistas desarrollados, dar la lucha contra el capitalismo salvaje.  Lo que significa, inevitablementa, dar la lucha contra el propio capitalismo como sistema.

    No hay utopía posible sin lucha revolucionaria contra esos enemigos.  El espíritu revolucionario incluye la disposición a construir una sociedad nueva también contra quienes se oponen a ella no por legítimo desacuerdo, ni por desconocimiento, ni por diferencias de intereses susceptibles de superarse, sino por ser los dueños del poder en esta sociedad, por apostar conscientemente a seguir siendo los ganadores en la competencia despiadada, en el individualismo como norma de vida, en el «confort» físico y mental proporcionado por el manejo de los bienes propios y el dominio de las conductas y aun de las conciencias ajenas.

    Reivindicamos la noción de un estado que empiece a no ser más estado, a perder todo elemento de dictadura, de imposición por la fuerza institucionalizada.    Eso implica  plantear la revolución, en la vida cotidiana, en todas las dimensiones del poder, las institucionales y las menos tradicionales.  Cuando se produzca un cambio de poder, el estado empezará a dejar de ser tal, la democracia dejará de ser parlamentaria, los partidos políticos perderán su carácter de “maquinarias electorales”

    Las reivindicaciones, las necesidades de la gente, es algo que se define desde «abajo» y no desde «arriba», desde el conjunto de la sociedad, y no desde ninguna vanguardia.  Necesidades que hay que tratar, con todos los esfuerzos, de satisfacer hoy mismo, en la medida de lo posible, como anticipación de una sociedad distinta:   Vivienda, comida, afecto, posibilidad de educarse y , sobre todo, de formar conciencia crítica.

    Estas reivindicaciones cobran otro sentido si se articulan en la aspiración de una sociedad distinta:  Una sociedad de hombres libres, el reino de la libertad, del amor y la solidaridad, frente al actual imperio del dinero y del poder (entendido como capacidad de explotar, de excluir, de disciplinar y manipular).   La sociedad diferente se empieza a construir en la cotidianeidad, pero sólo se arriba a ella mediante un cambio en el poder, lo que conlleva el derrocamiento de los poderosos.

    Nuestra misión es tomar contacto, recibir y dar impulso,  de y a todos los movimientos cuestionadores.  De clase y no de clase, organizados o no, tradicionales o nuevos.  Muchas resistencias se dan en la vida cotidiana, sin una expresión sistemática y racional, entre los entresijos del sistema.  Nuestro papel es alentarlas, contribuir a desarrollarlas sin hegemonismos.  Todo  descontento,l rechazo a la represión, la defensa de la libertad, nos deben tener siempre a su lado, como partícipes importantes.

    Debemos superar cierta tradición de «reduccionismo» de izquierda, de oponerse al sistema sólo en lo político y lo económico, y adherir al mismo en lo cultural en la problemática cotidiana, en la ética familiar.

    En la vida cotidiana, «privada», nos corresponde en primer lugar la defensa de la libertad de todos y cada uno.  Y de la posibilidad de conseguir la felicidad, de «vivir bien» en el más amplio sentido del término, de la manera que se elija.

    Luchar por la legalización del aborto, impulsar el debate sobre la penalización de las drogas, impulsar la libertad en la organización familiar y en la vida sexual.  Alentar las disconformidades, no sólo las «prolijas y racionales», también las  no claramente expresadas y aun confusas, las que contienen contradicciones que puedan no gustarnos. Todas esas son actividades y tareas que nos corresponden.

    Debemos entrar en todos los terrenos de discusión en torno a la vida cotidiana.  Ninguno es demasiado pequeño, todos son actual o potencialmente «políticos».  Hoy en torno a la tierra, o más especificamente del espacio físico, se da una batalla enorme.  La vivienda, los espacios verdes, el acceso al esparcimiento gratuito.  La gente de a pie contra la cultura del auto privado, el espacio para ser caminado y vivido, en lugar de para ser consumido.   También hay infinidad de conflictos solapados en torno al tipo de relaciones sociales, a la forma de comer, de consumir, de divertirse.  Debemos defender todos los espacios que escapan a los grandes grupos económicos:  la feria y el mercado frente al shopping, el bar y el restaurante tradicionales frente al fast food y los negocios de cadena.  Todas las formas de sociabilidad espontáneas y cotidianas, donde la gente toma la iniciativa, se expresa de alguna manera, desde el «picado» en la plaza o el potrero, hasta los grupos solidarios de cualquier tipo.

    En suma, queremos defender y desarrollar todas las expresiones populares. Defender y facilitar todo lo que sea el ataque a las reglas establecidas, el no conformismo, el no hacer «lo mismo que todo el mundo».  Se trata de construir  juntos la «verdad» de las clases populares, frente a la falsedad de las clases dominantes.

    Hay en esto una idea central:  Los comunistas aspiramos a ser partícipes y abanderados, de las luchas de los desposeídos, de los explotados, a todo lo largo y ancho de la historia y del mundo.  Antes y durante el capitalismo, y aun en regímenes real o supuestamente «socialistas».  Hay que predicarlo, con las ideas, y sobre todo con el ejemplo.

    Donde haya injusticia, explotación, represión, alienación y manipulación, tiene que haber comunistas:  Denunciándolo, impidiéndolo si se puede, construyendo espacios libres de explotación y alienación cuando estén dadas las condiciones.

    Queremos el desarrollo de un estilo de vida popular, de una cultura de la libertad y la libre iniciativa, no impuesta sino autogenerada.  Una cultura autónoma no significa purismo, sino muchas veces hibridación creadora.

    Queremos superar el sentido común conformista.  En la vida diaria, hay que atacar al «espíritu burgués» en sus manifestaciones de «sentido común», de conformismo.  Atacar la cultura del confort y la seguridad como valores supremos, del consumo conspicuo.  Frente a ello una cultura de la audacia, de la alegría, de la «vida peligrosa», de la imaginación.  Los lemas de Mayo del 68, como «la imaginación al poder» o «prohibido prohibir» tienen que ser incorporados a la tradición de la izquierda, a la impugnación total del capitalismo.

    Somos comunistas.  Eso significa estar a favor de las libertades más amplias y completas.  En contra de todo estado y de todo poder.  De la supresión de todas las coerciones, materiales y morales, de toda alienación a la voluntad y al pensamiento de los otros.  El comunismo es el reino de la libertad, la justicia, la solidaridad.  La abolición de toda propiedad privada que sirva para explotar, o para excluir del disfrute.

    Hay que desarrollar una verdadera revolución de la vida cotidiana.  Propiciar el inconformismo, la solidaridad, la construcción de sentido crítico sobre la vida diaria, el consumo, los mensajes que provienen del poder.  Oponer la fuerza, la voluntad, la experiencia, el saber populares a los que desarrollan las clases dominantes.  Pensar el mundo para transformarlo, es cambiar el día a día, la felicidad cotidiana de la gente.

    Reforzar el factor subjetivo es desarrollar conciencia de oposición, de disidencia global con lo imperante.  No es llevar una «conciencia» universal, preexistente, sino desarrollar la subjetividad peculiar de nuestro pueblo,con su tiempo, espacio y circunstancias propias.

    4. UN NUEVO ESTADO Y UN NUEVO PODER:

    Vivimos la época de la decadencia del Estado de Bienestar y las políticas keynesianas, y el avance de un nuevo modelo de estado neoliberal, que se aleja de las responsabilidades sobre la reproducción de la fuerza de trabajo y los servicios a la población, para entregar nuevos espacios a la acumulación capitalista,  y concentrarse en la respuesta a los intereses del gran capital, tanto en el plano interno como internacional.  El Estado pierde algo de su carácter “nacional” para entrar en un complejo entramado de organizaciones internacionales, públicas y privadas, formales e informales.

    No nos interesa la vuelta a ese Estado de Bienestar, sino el ataque frente al Estado actual, ligado a una concentración y centralización del capital cada vez mayor, y a una ofensiva contra los trabajadores, su capacidad de lucha y de organización.

    Paralelamente, se ha dado el derrumbe de la concepción «estatalista» del socialismo, con el comunismo relegado a un lejanísimo futuro, mientras el Estado crecía en aparato burocrático, en poder represivo, en distanciamiento de los trabajadores, supuestos depositarios del poder.  El partido quedaba reducido a un aparato de dirección de los organismos estatales, sin real carnadura popular, dirigido por burócratas ajenos, es más contrarios, a todo espíritu de lucha, de cuestionamiento, de interrogación intelectual renovadora.   Hoy nos urge rescatar la tendencia antiestatal, genuinamente comunista, que confía en la sociedad civil, plural y multiforme, y no en burocracias gigantescas.  Para desarrollarla se necesita:

    1) La lucha constante contra el Estado actual:  En su lógica de ataque constante a las condiciones de vida y de trabajo de la gente, el Estado tiende a ofrecer brechas poco a poco más amplias para la acción popular.  Recurre a la violencia con frecuencia, agota sus discursos porque estos no tienen bases materiales de efectividad y se vuelven pura manipulación.   Necesita apostar cada vez más a la paralisis de la sociedad, al consentimiento pasivo y resignado, en lugar de construir una hegemonía auténtica.  Tenemos que denunciar este Estado por ser el Estado de los ricos, el de una pequeña minoría, porque no protege a la gente sino que la agrede, porque pierde su carácter nacional y resigna autonomía frente al gran capital local e internacional.  Enfrentar al nuevo modelo de Estado exige nuevas organizaciones sociales y sindicales, nuevas formas de lucha política, de propaganda, de organización de la gente.

    2) La construcción de un Estado de otro tipo, popular y efectivamente democrático es un objetivo de la transición al socialismo.  Este no puede surgir de un triunfo electoral, ni de un “asalto al poder” exitoso, sino del combate sistemático contra el poder capitalista, en todas sus manifestaciones y en los más variados lugares, apuntando a fortalecer a las multiples organizaciones populares, a hacerlas converger en un proyecto social y político único, que se plantee convertirse en poder popular, encarando la destrucción del orden capitalista y su estado.

    3) Un nuevo orden político y el Frente de Liberación: La fundación de un nuevo orden político tiene que ser producto de un proceso social, necesariamente prolongado, que tenga al conjunto del pueblo como protagonista.  En el transcurso de ese proceso, será deseable que logre articularse un Frente, que sea expresión política del movimiento social, y articulador en lo político, ideológico y organizativo del descontento, y sobre todo de las propuestas, de los trabajadores, y de los más variados sectores populares que tienen aspiraciones a un orden social más justo.  La tarea de formación de ese Frente no es un acuerdo político, ni ningún tipo de coalición entre fuerzas partidarias, sino el resultado de las luchas y la construcción social, la encarnación material indispensable de las ideas revolucionarias, la expresión en embrión de una hegemonía nueva, de carácter popular,que se plantee llegar al poder, y convertirse en estado para abrir una perspectiva de transformación no capitalista.

    Esos postulados pueden encarnar en acciones concretas, a desarrollarse desde hoy mismo:

    :

    1º.Impulsar todas las manifestaciones de libertad y autonomía de la clase obrera y los sectores populares, todos los desafíos al orden establecido, todos los espacios de descontento y resistencia, en activo o en potencia. .

    2º.  La toma activa de partido en todas las causas populares.  Formar parte de ellas, las grandes y las pequeñas, las que ponen en crisis a todo el sistema, y las que todavía no alcanzan ese punto.

    3º.  Los excluidos y explotados por el capitalismo salvaje, en todas sus formas y maneras, deben ser interlocutores privilegiados de nuestra militancia:  los trabajadores, los desocupados, las minorías de todo tipo.

    4º.   Debemos ser revolucionarios y cotidianos a la vez.  Mejor aun, hacer de la vida cotidiana otro escenario de la lucha revolucionaria.  Lo doméstico, lo familiar, lo barrial, son nuestras bases de acción.  No para  «mejorar» lo existente, sino para cambiar las formas de vivir y de pensar, para alentar el cuestionamiento a las poco favorables condiciones en que se desenvuelve la vida de las masas.

    5º.  Luchar por el comunismo es socavar el orden capitalista, pero también es construir organización y poder popular, día por día.  Espacios de lucha, y también espacios de construcción, que puedan enfrentar las pérdidas que nos producen los abusos del capitalismo.  Allí donde la gente se reúne, se organiza, discute, comparte alegrías y tristezas, por sí misma, con sus propias modalidades, tomando decisiones autónomas, allí se está aportando, desde hoy, a la revolución social.

    6º.  La lucha contra el estado y el orden social imperantes es disputa efectiva de poder.  La sociedad no puede democratizarse ni socializarse efectivamente, sino hay cambio de poder, destrucción del estado imperante.  Los movimientos populares deben pensar en términos de contribución constante a la transformación revolucionaria de la sociedad.  La organización popular especificamente política, tanto la de Frente unificador, como la de partido, tiene esa responsabilidad a desempeñar.

    7º.  Si se llevan a cabo consecuentemente; la crítica sistemática del modelo social actual, el rol activo en todas las formas de lucha y resistencia, la construcción cotidiana de espacios embrionarios de poder popular, y el trabajo intelectual que en todos los niveles, contribuya a desarrollar nuevas formas de conciencia, la formación de un gran Frente social, político e ideológico-cultural, nucleado en torno a los trabajadores, será un resultado consciente y buscado, pero que a la vez fluya de modo «natural» no forzado ni apresurado, desde el movimiento social real y no desde acuerdos de cúpulas.

    5. NUESTRO CONCEPTO DE DEMOCRACIA

    A partir de 1983 tenemos una democracia cada vez más desmovilizadora, con el debate recluido en los medios de comunicación.  Sin prisa pero sin pausa, los partidos políticos se convierten en maquinarias electorales, uniformadas en la común aceptación del capitalismo monopólico y del ajuste permanente.  La representación política es puesta en crisis por «representantes» que incumplen totalmente sus programas, y toman sus decisiones sin ningún tipo de control.  Mientras tanto, la política como debate entre proyectos distintos, como confrontación real por el poder, se derrumba sepultada bajo la hojarasca de la «elección permanente», de las encuestas interminables, del vaciamiento de las propuestas en beneficio de la «imagen» mediática, de la tendencia a anular la militancia voluntaria y por convicciones en el “funcionariado” pago y prebendario.  Se constituye una elite política gradualmente más cerrada frente al hombre común, y más «abierta» frente al poder económico.  La actividad política se convierte en un «negocio» descarado sin responsabilidades ni políticas ni jurídicas, donde se trata de producir un acostumbramiento de la sociedad a la corrupción y al abuso de poder.  De cualquier modo el sistema subsiste y se reproduce, entre otras cosas porque encaja, hasta el momento, dentro de un modelo de «democracia controlada», en el que la propiedad capitalista y la integración en el mercado mundial no sólo quedan resguardados, sino que se les favorece y desarrolla, pese al cuadro de degradación del sistema político.

    Frente a este cuadro, se impone no levantar el «perfeccionamiento» de la democracia liberal, sino, por el contrario, la superación de esa democracia, con base en los valores positivos que contiene (principio de la soberanía popular, aceptación de la pluralidad, libertades públicas, justicia independiente, etc.):

    1º).  La democracia parlamentaria no es ningún punto de llegada, ni nos resulta una institucionalidad política aceptable definitivamente.  La democracia no es real si en los lugares de trabajo, de estudio, de vivienda, poderes ajenos y superiores se imponen a la voluntad de la gente.  El voto como única o principal participación en las decisiones políticas termina siendo una forma de «apaciguar» los reclamos populares, no de hacerlos realidad.  El gobierno democrático del proceso productivo, del de producción de conocimientos, de las organizaciones de trabajo, es el horizonte democrático a alcanzar.  No somos “progresistas”  dentro del sistema, sino revolucionarios para terminar con él.  En la apreciación y crítica cotidiana de las instituciones políticas se juega parte de esta característica.  En ese concepto, el sufragio universal, la vigencia de las libertades públicas, el pluralismo político, social y cultural, son logros irrenunciables, conquistas a enriquecer, nunca a suprimir ni distorsionar.  De lo que se trata es de construir un concepto de democracia alternativa, que no descanse en la representación parlamentaria, sino en la toma efectiva de decisiones por la gente.  Esto último tampoco se agota en el concepto de “participación”, sino en el más amplio y profundo de autonomía, de capacidad efectiva de decisión sin tutelajes.

    2º)  Eso lleva a una lucha por una institucionalidad distinta, que valorice la decisión directa, y dé un sentido diferente a la representación.  (Referéndum vinculante y obligatorio, iniciativa popular amplia, mandato imperativo, revocatoria amplia de los representantes). Nos oponemos a toda forma de elección indirecta, y propendemos a hacer elegibles a las organizaciones o cuerpos no electos.  La justicia, las delegaciones municipales, hasta la policía local (si se cambiara el concepto de policía) pueden ser electivos.  También hay que oponerse a la idea del Senado, tanto a nivel nacional como local, por su carga conservadora y mediatizante de la voluntad popular.

    3ª) Propendemos a que todos los votos valgan realmente lo mismo, sin sobre ni subrepresentaciones, y estamos contra los reaseguros del sistema (Listas sábana, sobrerrepresentación de las mayorías, leyes de lemas, etc. etc.) que mediatizan y distorsionan la voluntad popular.   Sistemas electorales mixtos, que combinen la circunscripción uninominal con la representación proporcional, son quizás la mejor solución.  Hay que impugnar los mecanismos manipulatorios asociados al fenómeno electoral (Encuestas tendenciadas, campañas millonarias y vaciadas de contenido, construcción de «imagen» como reemplazo de las propuestas), y estimular el planteo de alternativas, de irrupciones en la lógica adormecedora de las campañas vacías.

    4º)       Nuestra forma de hacer política debe ser  otra.  A partir de la política entendida como lucha, como impugnación global al orden establecido, como empeño en disputar el poder para construir una sociedad distinta.  Esa es verdaderamente una “nueva forma de hacer política”, frente a quiénes quieren reducirla a la consecución de votos, para una vez obtenidas las posiciones en el aparato del estado, dedicarse a administrar los intereses del gran capital.  Lo nuestro no es la administración del orden, de las políticas de ajuste, de la desocupación.  Lo nuestro es dar vuelta el mundo, ser sanamente subversivos

    5º) Las instituciones judiciales y penales deben ser sometidas a crítica y propuesta:  Juicio por jurados, elegibilidad de las instancias judiciales locales, instauración de tribunales barriales son parte de una democratización de la justicia.  También debemos hacer la crítica radical del sistema carcelario y policial, y de sus reformistas «del detalle» que no atacan sus bases.  El encarcelamiento es un sistema de por sí repudiable, la idea de “corrección” de los presos no es un mejoramiento de las políticas carcelarias, sino su consumación.

    Un tema fundamental a intervenir es el de las drogas.  Desde el poder, se organiza el «show antidrogas», tratando de implantar toda una cultura conservadora, timorata.  Se distorsiona y se magnifica el problema, y luego se proponen respuestas represivas.  La droga (como el alcohol) es alienación, pero también es rebeldía.  Hay que entrar en el debate de la despenalización.

    6º) El sistema de salud:  La «defensa del hospital público» es una consigna saludable pero limitada.  En primer lugar, hay que proponer la autoorganización y las redes de solidaridad también en materia médica, multiplicar los centros de consulta gratuita no estatales.  Hay que promover criterios preventivos y solidarios en materia de salud.  El manejo de la cuestión del SIDA es en nuestro país un desastre, aun con los parámetros del Estado capitalista.  Denunciar el manejo de la propaganda anti-SIDA como manipulación a favor del conformismo sexual y la fidelidad absoluta, la sospecha contra la «promiscuidad juvenil». La libertad sexual es también una conquista contra el sistema

    7º)  El sistema educativo:  Defensa de la calidad de la educación, de recuperación de la gratuidad y la igualdad, pero también impugnación a la educación disciplinaria, a los contenidos conformistas de la misma, a su puesta al servicio directo de las exigencias empresariales.  La defensa de la educación pública no puede confundirse con una adhesión complaciente al sistema anterior, el de la ley 1420 (producto del estado oligárquico) y los colegios nacionales (Idem).

    8º) Política militar:  Nuestro ideal es la no existencia de Fuerzas Armadas, no división de la sociedad entre civiles y militares.  En cuánto entrenamiento para la muerte en la guerra entre naciones o en la represión al propio pueblo, somos profundamente antimilitaristas.  Levantar el antimilitarismo no significa pacifismo, sino rechazo al «brazo armado» del estado capitalista.  No se puede pedir «depuración» de las Fuerzas Armadas y de seguridad, sino su disolución.

    9ª) Federalismo y equilbrio regional:  Se trata de desarrollar una idea popular y tendencialmente socialista del federalismo, como coordinación amplia de los organismos populares de todo el país.  El federalismo no es el Senado, no son las administraciones provinciales que escudan en el federalismo sus privilegios favorecidos por el aislamiento y el atraso relativo de las sociedades provinciales.  Debemos aplicarlo a nuestros propios movimientos, que tengan estructuras federales, que den cabida a las provincias pequeñas, a los pueblos apartados, al medio rural.  Impulsar la instalación en un lugar central de los problemas de las regiones pobres:  El noroeste, el Chaco.  Tenemos allí tradiciones importantes:  Las luchas indígenas, las Ligas Agrarias

    10º.  Plantear estos cambios implica instalar un nuevo «poder constituyente», que cambie la organización básica del Estado, que modifique no sólo la Constitución formal, sino la efectiva, la dada por la correlación de fuerzas entre los factores de poder. La instauración de un poder constituyente nuevo, es algo distinto y superior a una reforma constitucional, aunque seguramente la contenga.  Es la construcción del poder necesario para imponer una «constitución» política y social realmente nueva, sobre la base de la capacidad constituyente del pueblo, que gobierne no sólo «a través de sus representantes».

    6.  LAS ALTERNATIVAS EN EL PLANO DE LA ECONOMÍA.

    La gran cuestión es terminar con la economía manejada por el capital financiero, en la que los grandes monopolios, con base en su poder económico, extienden su decisiva influencia a todos los planos de la vida social.  Frente a la economia de la concentración y centralización del capital, de búsqueda del sometimiento y explotación de los trabajadores, hay que crear la economía de la decisión popular, de la planificación democrática, de la incidencia decisiva de los trabajadores en la dirección de las empresas en las que trabajan. No hay espacio para eso, sin romper con el modelo capitalista:.

    1). La necesidad de planificación y de coordinación operativa de las unidades económicas, no llevan a la centralización autoritaria.    La planificación es indispensable, pero debe construirse de abajo hacia arriba.

    La «federación» de unidades productivas, comerciales, científico-tecnológicas, financieras, etc. es el órgano de conducción de la vida económica en una sociedad que aspira a transitar el camino del comunismo. El desafío es avance tecnológico sin desequilibrios, producción elevada sin explotación.  Planificación sin asfixia burocrática, establecimiento de prioridades sin absolutizarlas.

    2) . Socialismo no es igual a propiedad estatal.  La verdadera propiedad social es el concepto primario, no la propiedad del estado.

    Esto implica: a)Planificación combinada con mercado.  La empresa unipersonal y familiar, los servicios, las reparaciones, la producción artesanal, el pequeño comercio, pueden ser  iniciativas privadas o cooperativas.  Lo mismo la pequeña producción agraria.   La producción regional, para los pequeños mercados, no con un criterio «folklórico» o turístico, sino como elemento dinamizador de las economías locales, es un horizonte a desarrollar.  Y que puede aspirar a salir del pequeño círculo, para extenderse al mercado nacional, y aun a la exportación.  Las fuentes energéticas de bajo costo, el transporte poco desgastante del medio ambiente, también deben ser preocupaciones centrales.  Hay producción económica que es a la vez afirmación cultural, al cimentar tradiciones comunitarias y solidarias.

    b) Empresa pública o social, significa poder de decisión de los trabajadores, de los consumidores de sus productos, de la comunidad en que la empresa está insertada.  Instancias de coordinación popular de las necesidades de producción.  La «propiedad de todos» abstracta, se encarna jurídicamente en el Estado todopoderoso, y en la práctica cotidiana, en la «sabiduría» de los burócratas que las dirigen, libres de elecciones, consenso de los productores o de los consumidores. El gran mal de los intentos socialistas, ha sido siempre la imparable burocratización.  Una consecuente democracia en el manejo de las empresas y de la economía en general, es la base para evitar las tendencias a la burocratización.

    c) La participación de empresas de capital privado tiene su límite en la disputa de la hegemonía sobre la vida económica.  La contradicción no es simplemente estatal o privado, sino economía dirigida por el pueblo frente a economía orientada a la ganancia.  El avance de la primera sobre la segunda, es un objetivo estratégico, en cuánto permite discernir sobre los bienes a producir, el modo de hacerlo, las modalidades de trabajo en las empresas con independencia de lógicas de ganancia capitalista.  Pero en el corto plazo, y aun en el mediano, puede haber avances y retrocesos entre el sector socializado y el capitalista.  La cuestión es cualitativa:  Los sectores decisivos son la prioridad uno para ingresar al sector socializado, pero esa «decisividad» no siempre puede ser determinada con parámetros «objetivos», cuantificables.  Criterios políticos, de relación de fuerzas, de grado de conflicto que acarrea la socialización, de estado de ánimo y organización de los trabajadores del área respectiva, deben no sólo influir en, sino «construir» esas decisiones.

    c) Un renglón fundamental de la planificación, es el de la fijación de prioridades para la economía.  No con un criterio «desarrollista» burgués, sino con la vista puesta en los trabajadores.  Los bienes de consumo popular, el mejoramiento de su calidad y variedad, tiene que estar en la punta de nuestros propósitos.  Hay que combatir la industria militar, los emprendimientos faraónicos e improductivos, las industrias de lujo.

    Privilegiar lo que dé trabajo, lo que utilice tecnologías adecuadas y accesibles, no necesariamente «de punta».

    3.  Hay que replantear desde la base los conceptos de crecimiento o desarrollo económico, rechazando los componentes procapitalistas en ellos.  La tecnología de avanzada debe ser incorporada, sin deslumbramiento ante ella, pero sin estériles rechazos.  Lo mismo ocurre con la producción en amplia escala, destinada all mercado internacional.      En el sector externo, no somo «aperturistas» ni «proteccionistas» por principios.  El acceso a bienes extranjeros, cuando no es de pequeña elite, puede mejorar el nivel de vida de las masas.  El problema de la protección a las industrias locales es un tema complejo y plagado de contradicciones como pocos.  Hay que analizar caso por caso.  No hay por qué someter a la población a bienes caros, producidos por empresas trasnacionales o monopolios locales.  No se debe apañar la no inversión, el atraso tecnológico deliberado, la falta de calidad de la producción.  Menos todavía la importación de baratijas inútiles para el mercado masivo, o de bienes más que suntuarios para una pequeña elite.  Sí de bienes de producción o de consumo que sean más baratos o de mejor calidad que los propios, en el ritmo y con las prioridades que no produzcan efectos devastadores.

    4.  La producción es la base del proceso económico, pero el comercio y los servicios deben recibir el mismo grado de atención, sobre todo por su incidencia decisiva en la calidad de vida de las personas.  Un mal circuito de comercialización, o servicios ineficientes, esterilizan los logros productivos.  En la provisión de bienes de consumo, el modelo no puede ser el del shopping elitista, pero tampoco el de la penuria en la provisión, la falta de calidad, la despreocupación por las necesidades reales de la gente, el diseño monótono cuando no desagradable.  La prioridad de la producción de punta o pesada es mentirosa, sobre todo si se pretende absolutizarla.  Hay que luchar para que el pueblo consiga buenos alimentos, buena ropa, buenos útiles escolares y juguetes para los chicos, alta calidad y variedad de  artefactos para el hogar.  Hay que diferenciar esas legítimas aspiraciones del consumismo desenfrenado, de la obsesión por el confort que posterga otros valores y consideraciones.

    5.  La organización del proceso de trabajo en las empresas es una base fundamental de la organización no capitalista de la economía.  Es fundamental la integración de la especialización técnica sin aplastar la iniciativa de la base de trabajadores, a través de la dilución de la división entre profesionales, técnicos,  y obreros.  Y ampliando el campo de decisión de los trabajadores de base a todo lo que no sea estrictamente técnico.

    Hablar de tecnología en las empresas, significa hablar también de modalidades de organización, de división interna del trabajo.  La conformación de equipos de promoción de la calidad de los productos, de mejor aprovechamiento del tiempo y  de las capacidades y aptitudes de los colectivos de trabajadores, es una necesidad permanente, si se los encara como mecanismos de perfeccionamiento y democratización, y no de encubrimiento de la explotación y de consenso envuelto de modo engañoso a la dirección de la empresa.

    Asambleas de empresa, sindicatos autónomos de trabajadores, organismos de coordinación de rama o zona geográfica, deben convivir en la realidad económica diaria, en medio de contradicciones a resolverse en la discusión democrática, y, en ocasiones en el conflicto más o menos abierto y aceptado.  Cuando mayor libertad de crítica y propuesta haya, son mas altas las posibilidades de ejercer una prospectiva correcta, y de subsanar errores sobre la marcha.

    6. El concepto de satisfacción de necesidades humanas no puede ser estrecho, basado en lo cuantitativo, sino cualitativo, teniendo en cuenta las necesidades anímicas, el aspecto estético de los bienes, el diseño, la actualización tecnológica de los mismos, la rapidez y facilidad con que se pueda conseguirlos.    En la vida de la gente, la ropa es más importante que el acero, y el aspecto de la vestimenta tan importante como su duración.  El legítimo rechazo al lujo y la ostentación burguesas no implica ascetismo, ni siquiera austeridad extrema, mucho menos si aquél y ésta son impuestas y no conscientemente adoptadas.  En última instancia, necesario es lo que la gente experimenta como apto para satisfacer sus requerimientos, reales o simbólicos.  Se puede dar orientación, debate, pero en última instancia son los hombres concretos los que deciden, los que desean o no un determinado bien, un servicio, realizar una determinada actividad o no.

    7. Nuestro ideal y orientación es el de una sociedad profundamente igualitaria, pero con un concepto de «diversidad» aliado y compatibilizado a la igualdad.  Posibilidades amplias de trabajar y estudiar en lo que se quiera y se tenga aptitudes, de elegir el camino de las organizaciones públicas o el de la empresa privada.  Posibilidades amplias de desarrollar formas de vida alternativas (comunidades, trabajo al margen del mercado, formas de sociedad indígena o tradicional, etc.)  Libertad de cambiar de trabajo, de iniciarse en nuevos oficios o profesiones en distintas etapas de la vida.  La existencia de distintos modos de organización económica, de distintos regímenes de propiedad, facilita y amplía la coexistencia del avance hacia el socialismo y la libertad de elección.  Nuestro ideal de sociedad no puede tener nada de «hormiguero humano», sino de reino de la solidaridad en libertad, donde no haya esclavitud hacia el oficio o el lugar de trabajo.  La incorporación de un concepto solidarista que solucione riesgos y desventajas, pero que no proponga la pasividad y el conformismo, es una de las bases de una sociedad dirigida por  trabajadores.

    7. DERECHOS HUMANOS.

    Se requiere un criterio integral, de cobertura de todos los aspectos, sin limitarlo o subordinarlo a la lucha contra la represión y los abusos de poder.  De todos modos, en las condiciones de nuestro país, estos aspectos siguen en el centro de la cuestión.   Este problema se irá, casi seguramente, agudizando.  Formar en la lucha contra la represión.  Dar prioridad a los «blancos» principales de la misma:  En primer lugar, los jóvenes.

    Rechazo de la represión es aspiración a construir ámbitos de libertad.  Que burlen a la represión, que restrinjan sus espacios de avance.  Gente en la calle, cultura de la solidaridad, oposición de principios a todo orden represivo.  Todo eso aporta a una lucha integral contra la represión, no reducida al enfrentamiento directo o a la impugnación jurídica, ambos planos necesarios, pero no excluyentes.

    No se trata sólo de defender derechos establecidos conculcados, sino de avanzar hacia otros nuevos, con imaginación y espíritu solidario, buscando lo posible hoy, sin remitir todo al futuro lejano.

    Se puede incorporar actividades de “construcción” de nuevos derechos, que se desarrollen en la práctica cotidiana.   La vivienda, el espacio público, las formas tradicionales de cultura, esión, que restrinjan sus espacios de avance.  Gente en la calle, cultura de la solidaridad, oposición de principios a todo orden represivo.  Todo eso aporta a una lucha integral contra la represión, no reducida al enfrentamiento directo o a la impugnación jurídica, ambos planos necesarios, pero no excluyentes.

    La defensa de la posiblidad de optar en todos los campos de la vida es inexcusable.  La libertad sexual es un avance de la libertad humana, una conquista de las últimas décadas.  Libertad para hombres y mujeres, homosexual o heterosexual.  El matrimonio tradicional es una institución burguesa cuya superación hay también que plantearse. Y todo eso necesita articularse con los deseos y necesidades colectivas, como asuntos comunitarios y no exclusivamente individuales o privados.

    La liberación integral de la mujer es otro horizonte para los derechos humanos.  Defender desde hoy (y no desde el difuso “día después” a la instauración de un nuevo orden social) la libertad de desarrollo profesional, el cambio de los roles en la vida familiar y en la organización económica doméstica, el ingreso de las mujeres a todas las actividades.  El gran desafío es dar un sesgo efectivamente popular al feminismo, de defensa irrestricta de la mujer trabajadora, un feminismo que inscriba la problemática de clase en su “agenda” sin subordinarse ni reducirse a la misma,

    8. IDENTIDAD CULTURAL.  NUEVOS VALORES

    La lucha cultural e ideológica es un plano central de la confrontación de clases en las sociedades modernas.  No se puede aspirar seriamente a un cambio de poder, sino se comienza por disputarlo en este plano decisivo. Ello implica sque por esquematismo o comodidad mental,se opone iere,

    Queremos el mayor espacio para la libertad de decisión de todos, derrumbar las trabas que prohiben a los pobres lo que los ricos pueden hacer.        La cultura popular no es para nosotros un proyecto a encarar desde el Poder Estatal, sino para impulsar desde abajo, coprotagonizarlo, en suma vivirlo.

    Cultura popular no significa “nacionalismo” o “folklorismo” excluyente.  El rock o la salsa, nuestros personajes de historieta, el teatro “under”, son tan nacionales y populares como el tango, la zamba o la poesía gauchesca.  Es fundamental alentar las manifestaciones de los sectores sumergidos, de los pobres, de los trabajadores.  No con productos culturales que los tengan como tema, sino con procesos creativos que les asignen protagonismo.

    La educación oficial se deteriora, la educación privada, de formato empresarial, avanza.  Defender la educacion pública con decisión, promover la autogestión educativa, impulsar el involucramiento comunitario en la educación, es el requerimiento de la hora.

    Junto con la defensa (y perspectiva transformadora) de la educación pública, debemos alentar las más variadas formas de educación popular, de todos los niveles, al margen y en contra de las propuestas del sistema educativo oficial.  Cada chico o joven que se socializa en canales no oficiales, o que lo hace en éstos sin perder capacidad cuestionadora, sin aceptar los valores establecidos, es un éxito de la cultura popular.

    Las entidades vecinales y barriales tienen un papel que jugar en la lucha por el conocimiento, la información y el entretenimiento masivos.  Desde las murgas barriales, hasta las FM de baja potencia, los cables zonales, los grupos de teatro, las redes solidarias que utilizan las herramientas de la informática, todo puede aportar al mantenimiento de una cultura autónoma de la corriente principal que circula por los grandes medios informativos, nacionales e internacionales, y por los circuitos oficiales de cultura.   Cada pintada, hasta los graffitis de los baños que protestan contra la injusticia, o se burlan eficazmente de ella, son caminos de avance, de ruptura.

    El problema étnico, racial, es importante en Argentina, es un modo de lucha por la identidad.  Nos hemos criado en la leyenda del «país de inmigrantes» y el «crisol de razas», construida y difundida por la burguesía desde los tiempos de la «generación del ochenta».  Hoy se nos plantea defender los derechos deos inmigrantes más recientes, de nuestros países hermanos, fundamentalmente paraguayos y boliviano, a los indios, a los negros, a los gitanos, a todos los «ninguneados» que no bajaron de los barcos.  Levantar el mestizaje de buena parte de nuestra gente, frente a la idea hegemonista de que somos todos blancos, y de preferencia europeos.

    Tenemos puntos de convergencia con quienes impugnan la modernidad y posmodernidad capitalista, desde la tradición y la fe, pero entendidas en un sentido cuestionador, que tiende a superar el presente desde una recuperación matizada del pasado.  Esto nos acerca a los cristianos y a los grupos religiosos que aspiran a modificar este mundo, a luchar contra la pobreza y la marginación.    Nuestro pueblo es mayoritariamente católico, aunque no confie en la iglesia oficial.  Todas las formas de religiosidad popular nos interesan en cuánto tienen de creación espontánea y autónoma de los pobres.  Las luchas contra los desalojos, por los asentamientos, la desocupación,  pueden hermanar a la cultura católica popular con una nueva cultura de izquierda y comunista.  No debemos guardar prejuicios «ilustrados» de un «progresismo» clasemediero frente a esas manifestaciones populares.  La religión sólo es el opio de los pueblos cuando se la manipula al servicio del orden social establecido, sino puede ser una magnífica herramienta liberadora.

    La transformación de las conciencias exige el desarrollo de nuevos valores culturales.  Debemos desarrollar la cultura de la dignidad, de la solidaridad, de la rebeldía.  Esos valores tienen que entroncar con nuestra historia, con el rescate de la memoria de las luchas y los héroes grandes y pequeños de nuestro pueblo.  Sin una lectura propia de la historia, que supere a la «historia oficial» no se puede construir una cultura popular autónoma.

    E

    l debate programático en la Argentina ha tenido muchos ejes divisorios de aguas.  Uno de ellos ha sido la contraposición entre programas tan completos (que parecían verdaderos planes de gobierno) pero que prescindían del “detalle” de la cuestión de cómo aplicarlos, de la cuestión de la construcción de la capacidad de construir poder popular, eran como “recetas” que creíamos tan racionales y correctas que los gobiernos burgueses democráticos terminarían por aplicarlo; con programas “light”, adaptables al humor del electorado y a las señales del stablishment, que sacrifican todo en aras a llegar al gobierno (municipal o provincial) o a porciones de poder legislativo.

    Si la primera carácteristica ha sido patrimonio del partido Comunista, la segunda ha carácterizdo a todas las corrientes (originalmente de izquierda) que adoptaron el posibilismo como consigna: el alfonsinismo en 1983/85, los renovadores peronistas asumidos como menemistas en 1988/90 y finalmente la fracción que se quedó con el  Frente Grande en 1994/95.

    Es necesario superar dialecticamente tales debates con una propuesta programática de construir poder popular con la mira puesta en soluciones anticapitalistas a la crisis nacional

    Si la construcción de poder popular es basicamente desplegar factor subjetivo desde el sujeto social de la revolución y si ello es en buena medida la comprensión del carácter de la crisis y del tipo de soluciones en beneficio del pueblo necesarias y posibles; no es factible desplegar poder popular de otro modo que no sea bajo las banderas del cambio revolucionario verdadero, democrático y popular, anticapitalista y socialista.

    Estos avances en el desarrollo de la teoría nos crean la posibilidad de poder sortear las paradojas que hoy nos acechan:

    / la paradoja de que se crean aceleradamente condiciones objetivas para la lucha revolucionaria, que los cambios son cada vez más urgentes; y al mismo tiempo la subjetividad popular está muy lejos de la revolución.

    El capitalismo de hoy agrava todos los problemas y todas las contradicciones, que ha adquirido rasgos salvajes, monstruosos.  Están allí como dedo acusador las guerras sin fín, el hambre de centenares de millones, la extrema diferencia en la distribución de la riqueza sintetizada en que 285 familias acumulán más riquezas que 2.500 millones de hombres como lo señalan las propias Naciones Unidas y el mismo Papa Juan Pablo II.

    El desarrollo de la productividad humana permitiría hoy no solo resolver la alimentación de todos -con la productividad agropercuaria actual, no menos de 10.000 millones de seres humanos podrían alimentarse- , sino que el actual nivel de desarrollo de las fuerzas productivas han creado, por primera vez en la historia, las condiciones materiales para la realización de la utopía de Marx: una sociedad de productores libres asociados en que cada cual aporte según sus posibilidades y reciba según sus necesidades[2].  Y sin embargo, la cantidad de hombres, mujeres y niños que viven con mucho menos que la basura que se tira en el primer mundo, son cientos de millones

    / la segunda paradoja es que esta revolución científico técnica está produciendo horrores éticos y morales que la humanidad creía superados hace decenas y aún cientos de años, como es el caso de la esclavitud humana, una variante de la cual se impulsa por la via de la flexibilizacíon laboral menemista

    La violencia hoy no es solo física o económica, hay todo un proceso de degradación moral que interpela a TODOS, incluso a quienes no sufrimos hambre.  Tenemos derecho a preguntar y a interperlar a todos:  ¿es esto lo máximo posible a que la sociedad humana puede aspirar ?

    Este mayor y mejor conocimiento del capitalismo real nos permite encarar mejor la tarea de superar la falta de norte en que la derrota del socialismo estatalista sumió a buena parte de la izquierda en la Argentina y el mundo entero.

    La construcción de la alternativa política popular empieza entonces por saber primero alternativa a qué? y a renglón seguido poner firmemente un rumbo claro, un norte, un objetivo estratégico que no puede ser otro que superar el capitalismo, dejarlo atrás, negarlo, avanzar en un camino no capitalista, anticapitalista, el camino al socialismo y el comunismo.

    Asumimos la idea del socialismo como aproximación al comunismo, no como un proyecto cerrado, ya escrito y previsto en sus mínimios detalles sino todo lo contrario, como un norte, como una esperanza.

    Un socialismo que sea  “creación heroica de los pueblos” -como gustaba decir el peruano José Carlos Mariategui- y que tiene que dejar atrás las frustradas experiencias estatistas, burocratizadas del socialismo europeo del este que fue incapaz de gestar una cultura revolucionaria capaz de enfrentar la cultura burguesa y las deformaciones monstruosas que el stalinismo le impuso.

    Reformular la idea de la construcción de una sociedad de hombres libres, de la fundación del reino de la libertad, de un mundo donde ya no se impongan el dinero y el Poder sobre las necesidades humanas.  Recuperar un concepto integral de la libertad, sin Estado, sin ejércitos ni guerras, sin clases sociales.

    Ello implica un proceso de socialización de la riqueza, de la cultura, del poder, entendida esta socialización como medio, como instrumento, para alcanzar un verdadero autogobierno de las masas, una sociedad de gobierno popular en el más amplio sentido del término y esto para asegurar el despliegue sin límites de las potencialidades que anidan en cada ser humano, para terminar definitivamente con el tiempo horrendo en que el hombre es el lobo del hombre para alcanzar un momento del desarrollo humano caracterizado más que nada porque el hombre sea hermano del hombre dejando atrás la prehistoria humana y de comienzo a la verdadera historia de la civilización[3].

    Socialización no es, no puede ser estatización. Construir otro tipo de sociedad es construir poder popular, no poder estatal.  El ideal comunista de la supresión del Estado no puede lograrse mediante el fortalecimiento del estado.

    La concepción de construcción de poder popular, de transformación intelectual y moral de la sociedad y de sus clases populares, adquiere sentido más pleno si se la extiende a una perspectiva de mejoramiento material, de desarrollo de las fuerzas productivas.  La instauración del reino de la libertad, implica disminuir progresivamente el reinado de la necesidad, desarrollar las fuerzas productivas, generar más y mejores bienes y servicios.  Atender a las necesidades de los hombres y mujeres concretos, propender activamente al mayor grado posible de felicidad colectiva e individual, es la finalidad última de todo esfuerzo político tendencialmente revolucionario.

    El discutir y persuadir no ya la deseabilidad, sino la posibilidad real de una sociedad no capitalista, realmente más libre e igualitaria, es ya de por  sí un desafío cultural enorme en el mundo del presente.  Tenemos frente a nosotros un orden social que promete consumo, posibilidad de ascenso social a los más ambiciosos, a los más hábiles, a los que más hagan por educarse y capacitarse.

    Y ofrece una apariencia de libre elección de la propia opción vital, de libertad para escoger entre infinitas opciones de profesiones, de modos de vida y de pensar. Las enormes trampas que se esconden detrás de la apariencia libre y plural del capitalismo no son fáciles de ver, y una vez percibidas, no es fácil llegar a la convicción sobre la necesidad de terminar con ellas, y si se asume esa necesidad, todavía resulta dificultoso el construir la idea de que es posible, además de deseable, terminar con ellas.

    Pero no podemos plantearnos menos que  eso: La reforma intelectual y moral de la sociedad capitalista actual, el presentar activamente la posibilidad de construcción de un orden social sin explotación, sin discriminaciones, donde se pueda elegir realmente qué vida vivir, no desde el aislamiento individualista, sino desde la voluntad de integración en colectivos sociales que aspiren a desplazar y destruir a los centros de poder basados en la coerción, la manipulación y la acumulación económica.

    El tema del socialismo como modelo de sociedad poscapitalista es muy importante, ya que uno de los logros mayores del neoliberalismo como proyecto ideológico/cultural ha sido el de lograr instalar como un valor cultural aceptado, como algo que se integra al sentido común, que no admite ni necesita discusión es que no hay alternativa a esto, que no hay otro camino.

    Que se pueden discutir muchas cosas pero no la supervivencia del capitalismo.  Y el tema es que la primera cuestión a resolver en el proceso de construcción de altenativa es lograr romper esta hegemonía ideológica sobre el propio movimiento popular y diversas fuerzas políticas de izquierda que impide pensar por fuera de sus límites, de su lógica.

    En la Argentina conocemos dolorosamente lo que el posibilismo causa: hemos sufrido ya tres variantes de este posibilismo, y cada una de ellas aportó una frustración más al movimiento popular y destruyó niveles concretos de alternativa popular.     Sería bueno, que cuando se habla de los problemas de la alternativa popular, no solo se hable de los problemas y límites de la izquierda -que reconocemos y asumimos- sino también de los efectos terribles que sobre la construcción de alternativa popular ha tenido primero la asunción del proyecto alfonsinista por parte de sectores de izquierda marxista; del proyecto renovador peronista por parte de los sobrevivientes del proyecto de la izquierda peronista de los ‘70 luego devenida en menemista y recientemente del proyecto de derechización del frente grande por parte de militantes provenientes de casi todas las experiencias de los ‘70 y los ‘80.

    El descarte de otro camino es una herramienta ideológica/cultural fundamental para el sistema.   Hace ya muchos años, el entonces asesor presidencial Brzenzinsky  decía que “el desgaste de la esperanza es una necesidad del sistema”[4]

    No se puede construir alternativa sin saber contra quién, sin tener claro lo que queremos construir.   Conocemos bastante las consecuencias de más de 100 años de capitalismo en la Argentina agravados por 20 años de políticas basadas en el llamado “consenso de Washington”[5].

    El país cuya oligarquía soñaba con figurar a la cabeza del lote de los que abrían paso a la civilización, que atraía millones de europeos hambrientos a “hacer la América”, que llegó a ser conocida como el “granero del mundo” hoy se ha convertido en el paraíso de la desocupación y la precarización del trabajo por un lado y de una fantastica concentración de riqueza en manos de los ricos y de pobreza en el lado de los humildes y excluidos de la brillante “posmodernidad” de los shopings y la realidad virtual.

    E

    l país todo ha aprendido dolorosamente el significado profundo del pago de la deuda, de las privatizaciones, de la apertura indiscriminada de la economía, de la llamada “reforma del estado” que resultó ser la huida del Estado de sus responsabilidades sociales en aras de acrecentar la acumulación capitalista en manos de los grupos más concentrados, de la desregulación de la economía.   Pero también conocemos más sobre los mecanismos políticos de esta modalidad de dominación y control social

    / su capacidad de mutación y variación:  las variantes de neoliberalismo puro o de shock (Cavallo, Roque Fernández); la variante de neoliberalismo con asistencia social focalizada (Duhalde, Ortega) o de un neoliberalismo con política sociales como reclaman el Banco Mundial, Bordón, los radicales y el frepaso

    / el enfoque de conflicto de baja intensidad (elaborado por los estrategas yankees despues del ciclo de luchas de los ‘70: Mayo Frances, Córdobazo, Allende en Chile, Vietnam, Nicaragua, etc.) y su iniciativa de democracias restringidas con su análisis diferenciado de los poderes permanentes (que no se someten a debate ni electividad): la economía, las fuerzas represivas, la justicia, los medios de comunicación, etc. y los poderes temporales, electivos y sujetos a cambios controlados por los poderes permanentes y la presió imperial.

    El poder real solo admite discutir los poderes temporales, y si es necesario ellos mismo impulsan la alternancia de diversas fuerzas políticas en el gobierno.

    / el uso generalizado y sofisticado del  CHANTAJE como instrumentos de dominación y estabilización del sistema.

    P Hemos sufrido el terrorismo de estado y las amenazas recurrentes de volver a utilizarlo. Hay continuidad de la doctrina militar de “seguridad nacional”,  hoy enmascarada en la lucha contra los traficantes de drogas, y los mandos del aparato represivo y de inteligencia

    P De “defender la democracia como sea para profundizarla” con que Alfonsín descalificaba la lucha y las propuestas revolucionarias

    P De no cuestionar el modelo porque vuelve la hiperinflación

    P De que el culpable de la crisis son los privilegios obreros y populares, las funciones sociales del estado

    P Las variadas formas del chantaje de “no hacer nada que haga enojar al amo”  imperial como impudicamente pregona el canciller Di Tella

    Hemos también aprendido bastante sobre la “democracia restringida”. Hemos superado los tiempos en que la caída del socialismo burocratizado generó entre los revolucionarios todo tipo de complejos y allanó el camino para visiones vulgares sobre la democracia que llegaron a hablar de la democracia como valor universal,  sin aditamento, sin definir su carácter de clase.

    En la Argentina: la impunidad, el indulto a los genocidas, el gatillo fácil, la represión social y la política, el asesinato de Víctor Choque y la persistencia de presos políticos, nos dicen algo de esto que llamamos democracia restringida y su modulación por los “poderes permanentes”

    Por eso no hemos aceptado el chantaje de los que pretenden limitar la política a la lucha electoral, y mucho menos cuando se entra en una dinámica de hacer cualquier cosa para ganar votos.

    Si se acepta el “sentido común” imperante como la voluntad popular inapelable ocurren episodios tan pateticos como el del arrepentimiento del Chacho Alvarez por no haber votado la convertibilidad justo cuando el paquete de medidas económicas empieza a mostrar su verdadero rostro recesivo e inhumano.  Y los cambios de humor de la llamada “opinión pública” lo llevarían a los ya rídiculos “arrepentimientos del arrepentimiento” o su rol de portavoz de Cavallo en sus luchas internas por el poder.

    Una política de poder popular requiere una política de construcción y acumulación política integral, compleja, que abarque todas las esferas de la vida social, incluida la institucional y la electoral.  Pero en todas las esferas, en todas las formas de la lucha política se debe subordinar todo a una estrategia y a una táctica de acumulación que genere poder popular entendido como la autonomía de este del estado y los partidos del sistema junto a una clara definición programática alternativa de protagonismo popular y redistribución de la riqueza

    Hay que decir claramente que lo electoral no solo brinda oportunidades y espacios de acumulación, también funciona como grave peligro de que las fuerzas revolucionarias unilateralicen su accionar y se vayan adaptando a ser contenidas por el sistema que las va incorporando a la gobernabilidad del mismo. Hemos visto ya no la cooptación de uno que otro revolucionario arrepentido y corrupto, no, hemos visto la cooptación de organizaciones y proyectos políticos enteros.

    Estos peligros no se pueden sortear  sin tener una estrategia y claro está que esto no puede tomarse como si la estrategia fuera una autopista que nos lleva rectamente al objetivo. La estrategia debe abrirse paso en cada instante con iniciativas y decisiones tácticas que permitan una acumulación de fuerzas en la perspectiva revolucionaria de acumular poder para el pueblo.

    Esta misma relación debe existir entre la propuesta socialista y los programas reivindicativos de cada día.  La aceptación y asunción  del programa socialista por el pueblo  se debe ir abriendo paso en la comprensión popular a través de exigencias reivindicativas que contengan la lógica anticapitalista de la democratización verdadera y de la redistribución de la riqueza a favor de los que la producen o están excluidos del mercado laboral (y de casi todo mercado: de la educación, de la salud, de la vivienda, del consumo, etc.).

    La adopción de objetivos transformadores por sectores populares amplios, no puede ser el resultado de una prédica global, de un “esclarecimiento” de tono evangelizador, sino resultado de la experiencia integral de vida, de organización, de lucha que se vaya realizando. Es un proceso prolongado, acumulativo, lleno de avances y retrocesos, que se efectúa en función de condiciones generales de la sociedad, pero que a la vez las modifica dialécticamente, pudiendo hacer que en poco tiempo se vuelva factible lo que parecía una imposibilidad completa.

    El campo popular y las fuerzas revolucionarias de izquierda no pueden hacer propuestas programáticas coyunturales basadas en la lógica y el sistema de valores impuesto por el neoliberalismo.  Los supuestos avances serán pasajeros puesto que se habrán logrado a costa de fortalecer la base del dominio del gran capital: la cultura del mercado, el egoismo y la barbarie.

    C

    ontra las vulgarizaciones de las posiciones marxistas contemporaneas, podríamos formular nuestras propuestas programáticas más generales como de democratización de todas las esferas de la vida social incluido el mercado, puesto que si este no es otra cosa que una relación social por las cuales se intercambían determinadas mercancías por otras (obviamente que el dinero es una clase de mercancía), la lucha por la democratización del mercado es  la lucha por cambiar las relaciones de fuerzas que allí se expresan.

    La lógica de la reproducción capitalista argentina de hoy tiene tres ejes que es necesario enfrentar, golpear  y destruir para lograr instalar sus opuestos:

    / el de la concentración de la riqueza,

    /  el de la toma de decisiones por y para los sectores más poderosos en detrimento de la democracía verdadera y

    / el del fortalecimiento de un sistema de valores culturales y morales que justifican o claudican ante el modelo.

    El central es el eje de la constante y creciente redistribución regresiva de la riqueza hasta el límite de ya no solo funcionar como mecanismo de explotación del trabajo humano ajeno sino de incorporar estructuralmente como permanente la exclusión de millones de hombres del mundo del trabajo con sus terribles consecuencias alienantes para él, muchas veces mayores que las que genera el propio trabajo en las condiciones de explotación capitalista con su separación del proceso creativo, transformador de los bienes, del uso y usufructo del producto final del trabajo.

    0Este proceso en el plano de la economía es único e integral por lo que no se puede modificar una sola de sus partes sin modificar el mecanismo de concentración de riquezas y con ello afectar y enfrentar a los sectores más concentrados y poderosos dueños de las empresas privatizadas e insertos en la oligarquía financiera trasnacional acreedora de nuestra deuda externa.

    No es tan difícil decir como reactivar la economía, lo mágico que se le pide a la izquierda revolucionaria es que presente propuestas  que traigan soluciones reales pero que no afecten los intereses de la gran burguesía concentrada. Pero el tema es que no hay propuesta económica ingenua o neutral: se afectan los intereses de los ricos o de los pobres:  y para hacerlo hay que tener el poder.

    El enganche programático que proponemos entre el hoy y la estrategia de revolución socialista es que cada propuesta táctica se apoye en la lógica de la redistribución de la riqueza a favor de los más y en perjuicio de los menos, de los expropiadores de la riqueza nacional y el trabajo de millones de argentinos.

    El segundo eje constitutivo del modelo es el de la democracia formal, tutelada, de seguridad, o simplemente las “democraduras” como genialmente las bautizo Eduardo Galeano.  Un sistema político en que “todo parece que”, pero es todo lo contrario.

    Parece que se eligen las autoridades ejecutivas y legislativas, pero se opta entre los que aceptan aplicar -de uno u otro modo- diversos modelos de desarrollo capitalista.

    Parece que hay una justicia independiente pero son los mismos jueces que avalaron el genocidio ya sea por pertenecer al gobierno militar o convivir con la “juridicidad” del indulto.

    Parece que hay libertad de prensa y más oportunidades de pluralismo con tanto Internet y sistemas de cables pero el monopolio de opinion adquiere carácteristicas ineditas.  Existe la realidad que modelan en los medios, por lo que no existe lo que no pasa el filtro de los “comunicadores sociales”.

    Por lo que toda propuesta táctica nuestra debería incluir claramente mecanismos democratizadores reales donde el hombre deje de ser visto como un “hombre-urna”, un “voto-cuota” o simplemente un excluido o marginado de todo, al que se le compra el consenso pasivo a sus tormentos con un puñado de monedas.

    El tercero de los ejes es el sustantivo, el ideológico/cultural de afirmación de una cosmovisión conservadora e inhumana que es necesario enfrentar implacablemente porque ha adquirido un carácter tan natural que ha penetrado profundamente no solo en el sujeto social sino incluso entre los propios militantes de izquierda que de un modo u otro absorven las ideas individualistas, eficientistas, egoistas, etc.

    Puesto el norte a conquistar, el socialismo, y afirmadas algunas líneas conceptuales de construcción, el programa de la revolución democrática y popular argentina surgirá del propio movimiento popular y de las instancias de alternativa política popular que vayan surgiendo.

    E

    n función del cuadro de situación y los objetivos transformadores y revolucionarios que hemos expuesto anteriormente, consideramos que es válido, como base para un debate amplio centrado en la búsqueda de convergencias que puedan ir configurando una guía para la acción inmediata,  bosquejar un proyecto alternativo a las dominantes; que se plantee líneas transformadoras realizables en el corto y mediano plazo.

    Estas pautas de transformación no pueden definirse de una vez, sino que, creemos, deberán ser el resultado de luchas, de discusiones, de intervención de diferentes sectores en su elaboración práctica. Por todo eso, y enfatizando su condición de posibles bases para un debate, bosquejamos la siguiente propuesta, sintetizada en torno a cinco puntos básicos que solo pretende señalar los temas a discutir desde la perspectiva que hemos tratado de fundamentar: la patria necesita una transformación verdadera y profunda para conquistar la verdadera democracia por medio del protagonismo popular y en defensa de sus intereses.

    La primera idea que proponemos para el debate es el de la globalidad de las propuestas alternativas ya que la integralidad del modelo en aplicación impide corregirlo de a partecitas, por ello nuestro punto uno es el de constituir un plan global alternativo; la segunda cuestión enfila directamente a crear condiciones para la conquista de una democracia verdadera por lo que hay que realizar el acto democrático revolucionario que Alfonsín y sus acompañantes se negaron a ejecutar en 1983: la ruptura de la continuidad jurídica de la dictadura al que ahora deben adicionarse los actos jurídicos realizados desde dicha lógica: el indulto a los genocidas y la adaptación de la economía y la sociedad a las exigencias de los acreedores internacionales lo que exige, como acto fundante de una democracia verdadera, declarar la nulidad de todo acto antinacional y antipopular cometido por la dictadura y el continuismo democratico; en tercer lugar se trata de atacar de frente la corrupción que ha inundado todos los poros sociales pero atacando el problema desde donde se inicia para lo que es imprescindible teminar con el control del estado y de la economía por los grandes grupos ecónomicos transfiriendo al area social los resortes principales de la economia y democratizando desde abajo toda gestión estatal nacional, provincial muncipal y barrial par poner fin a toda forma de corrupcion y manipulacion de la economia por parte de los grupos economicos; en el sustrato de todo el programa está  la defensa de la cultura y la identidad nacional enfrentando el monopolio de los medios gráficos y eléctronicos de comunicación másiva desde el cual se ejerce el monopolio, aún más terrible y virulento, de una ideología totalitarista como es el la del “fin de las ideologías”, y por último, aunque como requisito para el logro de todos los anteriores objetivos, el despliegue de un  protagonismo popular de tal intensidad que permita la conquista de una democracia verdadera y cotidiana que asegure la verdadera electividad de todos los cargos ejecutivos, legislativos, judiciales y administrativos, pero que aún vaya mucha más allá haciendo que la soberanía popular sea mucho más que un rito períodico en una urna para convertirse en la base de las decisiones que regulan la vida cotidiana de nuestro pueblo.

    1. PLAN GLOBAL ALTERNATIVO

    1.1.  Por un PLAN GLOBAL ALTERNATIVO que detenga el saqueo al pueblo y la destrucción del patrimonio nacional llevado adelante por el actual gobierno con la complacencia de los llamados » partidos de oposición».

    1.2. Tal PLAN GLOBAL ALTERNATIVO deberá  invertir la lógica irracional del consumo voraz de una minoría privilegiada que por un lado se apropia de casi la totalidad del resultado del trabajo de todo un pueblo, el que es así condenado al subconsumo en todos los niveles: alimentos, vivienda, salud, educación, transporte, etc., y por el otro destruye el aire, el agua y el suelo de un planeta que no soporta ilimitadamente la agresión humana y el consumismo irracional y voraz.

    1.3.  Con equidad y solidaridad en el reparto de la riqueza nacional mediante una radical redistribución del ingreso, afirmamos que TODOS podemos lograr una supervivencia digna, aun con el actual nivel de producción a condición de liquidar la expoliación imperialista y las feroces desigualdades en el reparto de la riqueza nacional.  Los ritmos de crecimiento de la economía deberán considerarse a partir del respeto a los más elementales derechos humanos (a la vida, vivienda, alimentación, salud, educación, etc.) y al mantenimiento del equilibrio ecológico.

    1.4.  Consideramos que tal PLAN GLOBAL ALTERNATIVO debe surgir del debate creativo del movimiento popular al servicio del cual (y de la lucha por hacerlo realidad) ponemos la presente PLATAFORMA DE LUCHA.

    1.5.  Estamos convencidos que un programa de este tipo solo podría  aplicarlo consecuentemente un gobierno popular, democrático, patriota, latinoamericanista y antiimperialista que se asiente en un sólido PODER POPULAR fruto del protagonismo de los de abajo y aporte a una solidaridad latinoamericana que haga realidad los mejores sueños de Bolívar, San Martín, Artigas, Martí, Sandino, Allende y el Che Guevara.

    2.  NULIDAD DE TODO ACTO ANTINACIONAL Y ANTIPOPULAR COMETIDO POR LA DICTADURA Y EL CONTINUISMO DEMOCRATICO

    2.1.  Por la revisión y anulación de todo decreto y/o ley que consagre la IMPUNIDAD para los genocidas; entregue el patrimonio nacional; deteriore la legislación laboral, social, provisional, educacional, etc. fruto de décadas de luchas populares.

    2.2. Explícita  recuperación de las empresas estatales para su verdadera racionalización, democratización y logro de eficiencia (desde una concepción social) por parte de mecanismos administrativos con protagonismo de los trabajadores y los usuarios.  Estas empresas deberán ser la base del sector social de la economía que convivirá con un sector cooperativo y uno privado por un largo período de transición hacia el socialismo y el comunismo.

    2.3. Recuperación del sistema previsional basado en la solidaridad social con devolución del Estado de los montos expropiados y derivación al sistema de parte de los fondos recuperados según incisos 2.2 y 2.4.  Administración democrática del mismo por parte de los beneficiarios que serán los que decidirán de que modo ir distribuyendo los fondos del sistema.

    2.4.  Anulación de todo pacto económico  que no parta de la ilegitimidad de la deuda externa y del carácter deudor del imperialismo hacia nuestro pueblo y el conjunto de América‚rica Latina por el saqueo permanente que nos efectúa.  NO pago de la deuda.  Inmediata recuperación de los montos mal-habidos o expropiación de las empresas que en su momento transfirieron su deuda al estado nacional.

    2.5.  Fin de la subordinación a los dictámenes del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otros organismos similares; autores intelectuales del ajuste perpetuo que sufrimos en toda América‚rica Latina.  Iniciar acciones judiciales, diplomáticas y políticas para obtener la devolución del dinero llevado de nuestros países en concepto de intereses usurarios por parte de dichas entidades.

    2.6.  Subordinación de todo proceso de integración económica regional, por caso el Mercosur al respeto de los derechos laborales, al mantenimiento y crecimiento del aparato productivo nacional y al cumplimiento de los objetivos de elevación del nivel de vida de la población del PLAN GLOBAL ALTERNATIVO. Impulso a la integración popular desde los movimientos sociales y las fuerzas políticas nucleadas en el Foro de San Pablo tanto para imponer la democratización de los acuerdos vigentes como por la lucha por otro tipo de integración al servicio de la causa de la Segunda y definitiva independencia de América Látina.

    3)  FIN DE TODA FORMA DE CORRUPCION Y MANIPULACION DE LA ECONOMIA POR PARTE DE LOS GRUPOS ECONOMICOS.

    3.1. Investigación real de todos los casos de CORRUPCION y castigo a sus culpables con devolución al estado de lo robado por empresas o individuos.

    3.2.  Recuperación del sistema judicial de manos de los jueces cómplices de las dictaduras Militares y del festín menemista de la corrupción.  Introducción del concepto de electividad por parte del pueblo y sus organizaciones de los componentes del sistema.

    3.3. Terminar con el control absoluto de la economía por parte de los grandes grupos económicos (que se quedaron con las ex-empresas estatales) y las multinacionales, que históricamente han puesto los Ministros de Economía y elaborado todos los planes de ajuste y son los verdaderos responsables del desastre social que sufrimos.  Su incorporación al area social de la economía no puede confundirse con las antiguas empresas estatales  subordinadas a la lógica de concentración y reproducción capitalista por parte de las conducciones burocráticas y corruptas.

    3.4.  Por un CONTROL POPULAR de la economía.  Tal control se realizar  desde cada una de las organizaciones obreras y populares, los Ministerios del gobierno popular,  las empresas re-nacionalizadas y puestas al servicio de un PLAN GLOBAL ALTERNATIVO desde el area social de la economía, las organizaciones cooperativas y/o gremiales del empresariado pequeño y mediano.

    3.5.  Un control de tal tipo debe asegurar a todos: TRABAJO, ALIMENTO, VIVIENDA, SALUD Y EDUCACION.  Para que todos accedan a lo mínimo se deber  terminar con el consumismo del derroche  (responsable del hambre de los más y de la destrucción del ecosistema) así como con la mercantilización de los servicios esenciales como la salud o la educación.  En cuanto a la responsabilidad del Estado en la cobertura de tales derechos sociales, los organismos o empresas comprometidos con tal fin deberían guiarse por tres principios básicos:

    P Financiación de los mismos por parte de los sectores económicos extranjeros y/o nacionales enriquecidos en tantos años de dominio capitalista dependiente (los acreedores de la deuda externa, los favorecidos por los subsidios y tarifas especiales, los actuales propietarios de las ex/empresas estatales obtenidas por centavos, los dueños de la tierra, los insumos agrícolas y los canales de comercialización, etc. ;

    P Democratización de los organismos de conducción de los mismos mediante la incorporación con capacidad decisoria del pueblo organizado social, sindical y/o políticamente y

    P Eficiencia de su gestión mediante la eliminación de los elementos comprometidos con los grupos económicos que saquean el país y la incorporación de las m s racionales t‚técnicas de gestión en tanto respeten la dignidad y los derechos laborales.

    3.6.  Por el aumento de los ingresos directos e directos a todos los trabajadores activos, jubilados o desocupados mediante dos procedimientos  básicos:

    Þ  aumento de los salarios o remuneraciones de todo tipo y

    Þ  redistribución de los egresos del Presupuesto Nacional para sostener la imprescindible labor de educación, salud, construcción de viviendas, promoción social, asistencia crediticia a la producción, etc.

    3.7. Por una REFORMA IMPOSITIVA que invierta la pirámide de ingresos (que hoy grava al consumo y por ende a la mayoría de la población) gravando la riqueza y las ganancias de los m s poderosos, recuperando de esta manera parte de lo por ellos apropiado en tantos años de saqueo.

    4)  DEFENSA DE LA CULTURA Y LA IDENTIDAD NACIONAL

    4.1. Por la defensa activa de la identidad cultural nacional amenazada por el CONTROL AUTORITARIO de los medios de comunicación social (diarios, radios, T.V.) y de toda la industria cultural sometida a las grandes cadenas de multimedios que como la C.N.N. nos cuentan desde el Norte nuestra realidad as¡ como por los contenidos del sistema educativo institucional.

    4.2. Por la implantación efectiva del derecho a opinión de todos los sectores populares  a quienes‚ el Estado proveer  de los medios técnicos (diarios, emisoras de radio, T.V., etc.) a tal fin.

    4.3  Reforma del sistema educativo desde el pre-escolar al nivel universitario a fin de garantizar su gratuitidad y su real reconversión pedagógica, doctrinaria y tecnológica en procura de la formación de una juventud patriótica, solidaria, con dominio de la moderna técnica y conocimientos científicos adaptados a las necesidades de un país en proceso de liberación nacional y conquista de la justicia social.

    4.4. Por el desarrollo de una conciencia latinoamericana y tercermundista en defensa de los pueblos del mundo hambreados por el capitalismo salvaje y unipolar.  Solidaridad activa con la CUBA revolucionaria, barrera mundial de la dignidad y el coraje de la humanidad en este fin de siglo.

    5) DEMOCRACIA VERDADERA Y COTIDIANA

    5.1. Por una democracia verdadera, de abajo hacia arriba, que limpie de burócratas defensores del privilegio el conjunto de la vida social:  desde el Parlamento hasta el movimiento obrero. Reforma Constitucional para garantizar los derechos populares implícitos en un PLAN GLOBAL ALTERNATIVO.  Revocabilidad de los mandatos (en todos los niveles y tipo de organización, empezando por los cargos legislativos y gubernamentales incluyendo el sistema judicial) a quienes no cumplan con la voluntad popular expresada en el momento de su elección y por los múltiples mecanismos de expresión que se crearan.  Creación de la Cámara Legislativa única y del sistema parlamentario de gobierno con la supresión de la figura del presidente y la creación de la del primer ministro.

    5.2. Juicio y castigo a los culpables de todas las violaciones a los derechos humanos en el periodo dictatorial y de las democracias de Alfonsín y de Menem.  Desmantelamiento del aparato represivo.

    5.3. Por el respeto pleno a la autonomía absoluta del movimiento popular para organizarse, pronunciarse y bregar por sus objetivos como garantía del proceso de liberación nacional y social que propugnamos como parte de la gran batalla latinoamericana por la SEGUNDA Y DEFINITIVA INDEPENDENCIA.

    5.4. Para que la democracia no sea un rito periódico de  optar por el menos malo y sea PODER POPULAR COTIDIANO se introducirá  como criterio general en la reorganización de la labor gubernamental en todos los planos (pero especialmente en el de Educación, Salud, Seguridad Social, Administración de empresas nacionalizadas, etc.) la participación plena del movimiento popular en los organismos de CONDUCCION con capacidad de decisión.

    E

    ntre las muchas críticas que seguramente recibirá esta propuesta programática, no faltará la que afirme el carácter utopico de las mismas o aún el calificativo de irreal de las mismas ya que corresponderían a otras épocas y a movimientos políticos ya derrotados en el mundo y en la Argentina.

    Toda crítica es valida pero habría que recordar que también la Revolución Francesa tuvo su periodo de Restauración para luego resurgir con más fuerza; que San Martín tuvo su Cancha Rayada antes de derrotar a los colonialistas españoles en Chile y Perú o que Fidel Castro fue derrotado en toda la línea al intentar tomar el Cuartel Moncada para luego subir la Sierra Maestra y bajar triunfante sobre La Habana.

    Igual que la nuestra, sus banderas fueron convertidas en girones y objeto de toda clase de burlas y humillaciones, pero fueron defendidas por los revolucionarios verdaderos en los períodos de derrota y pesimismo con la pasión con que luego se las llevaría al combate.

    Y sería bueno para todos recordar que con los girones de esas banderas escribieron en el cielo la palabra victoria.


    [1] Browder fue dirigente del P. C. de E.E.U.U. y quién más lejos llegó en la propuesta de confluencia socialista/capitalista después de la Segunda Guerra Mundial.  Disolvió el P. C. de los E.E.U.U. y tuvo gran influencia en casi todos los partidos de América Latina.

    [2] Crítica al Programa de Gotha, Carlos Marx.  pag. 421, tomo 5 de las Obras Escogidas de Marx y Engels de Editorial Cártago, Buenos Aires, 1975

    [3] Carlos Marx, en el Manifiesto Comunista, pag. 104 del tomo 4 de las Obras Escogidas de Marx y Engels, editorial Cártago, Buenos Aires, 1975.

    [4] citado por Xavier Gorostiaga en el árticulo “La ideología del mercado” publicado en la revista nicaraguense “Envio” de noviembre de 1992.

    [5] conjunto de políticas privatistas y de ajuste antipopular acordadas entre los técnicos del F.M.I., el Banco Mundial y los de diversos países latinoamericanos en reuniones realizadas entre 1988 y 1989.


  • Agosto de 1996

    INTRODUCCION

    Durante los últimos 60 años, el desempleo no representó un problema especialmente grave para las trabajadores argentinos.  No es que no existiera, pero el mismo tenía características fricciónales y rondaba entre el 4%, el 6% o el 8% de la población económica activa (en adelante P.E.A.).

    Es justamente ahora, cuando el gobierno y el equipo económico pueden mostrar un crecimiento del producto bruto interno (en adelante P.B.I.) después de más de quince años de estancamiento del mismo, en que la desocupación pega un salto cualitativo y supera la barrera del 30% entre  desocupados y subocupados.

    Pero no es todo.  La Argentina es uno de los pocos países del mundo  en que ha crecido la desocupación total al igual que los países desarrollados (aunque sin los recaudos de protección social que allí tienen) y también ha crecido la precarización del trabajo expresada de diversas formas: trabajo en negro que llega al 35% de los trabajadores ocupados, subocupación parcial (menos de 35 horas de trabajo semanal) que alcanzó la suma de 1.529.285 trabajadores y una suma de trabajadores por su cuenta que ronda el 20%, al igual que en el resto de América Latina y el Tercer Mundo.

    Creemos que son falaces los argumentos que pretenden explicar esta situación por la incidencia de la renovación tecnológica del aparato productivo, o por la entrada masiva de inmigrantes de países limítrofes atraídos por la bonanza nacional, ni mucho menos porque los altos salarios de los trabajadores argentinos hayan decidido a buscar trabajo a quienes antes prescindían de él.

    Las causas de la desocupación, de la subocupación, del trabajo en negro, del trabajo por cuenta y riesgo del trabajador y de la precarización general del mundo laboral son las mismas: devienen de la implementación de un nuevo modelo de acumulación de plusvalía en la Argentina, proceso que deviene de la crisis del anterior, basado en el Estado de Bienestar, el Pacto Social y con eje de acumulación de plusvalía en el mercado interno.

    Pero la desocupación no es solo un problema económico social.  El Obispo Novak ha dicho que «los desaparecidos de hoy son los de desocupados» llamando la atención no solo sobre el virtual estado de «muertos civiles» de los que han perdido su trabajo, sino advirtiendo sobre el uso del miedo a la desocupación (como antes era el miedo a la represión estatal o paraestatal) en un renovado mecanismo de control social y construcción de consenso pasivo al modelo.

    Pocas zonas como la del Gran Rosario son útiles para analizar estas cuestiones.  Una región que supo cobijar a poderosas empresas industriales volcadas a la producción de todo tipo de máquinas, herramientas y bienes de consumo durables vinculadas al mercado interno; que supo de épocas en que miles de trabajadores de otras provincias emigraban a la zona en busca de empleo en dichas grandes empresas.

    Una ciudad que fue conocida en los ’50 y los ’60 como la capital del peronismo y que hoy  tiene el triste privilegio de aparecer en los diarios por sus índices de desempleo y pobreza o las acciones casi desesperadas de los mismos en busca de atención y respuestas: ayer fueron los estallidos de hambre en el ’89 con los ataques a los supermercados y hoy son las fotos de los que -nada menos que en Rosario, el puerto del «Granero del mundo»-  se ven obligados a comer gatos para sobrevivir.

    El hecho de que el peronismo perdió todas las elecciones para Intendente desde 1983 nos obliga a pensar en como ha incidido todo esto en los mecanismos de representación social y política. En el agotamiento de un modelo de organización sindical y de representación política que fue componente orgánico del modelo de desarrollo capitalista con eje en el mercado interno.

    En todo nuestro trabajo nos basaremos en el concepto de modelo de acumulación capitalista[1] entendida como el modo en que se genera y distribuye la riqueza social, pero no solo eso. El concepto implica también, y básicamente, formas determinadas (aunque no estáticas) de relaciones sociales, un conjunto de alianzas y enfrentamientos entre grupos marcados por ciertas relaciones de fuerza.  Y a las que les corresponde formas específicas de realizar, organizar y legitimar lo político y lo social.

    Tratamos así de superar todo tipo de reduccionismo, que tan comúnmente han afectado a las ciencias sociales (incluido el marxismo) limitando su capacidad de interpretación de los fenómenos sociales.

    Si la tradición marxista ha sufrido en demasía del reduccionismo económico, no es menos cierto que hoy en día sobreabundan los análisis que se empecinan en subestimar la incidencia de los fenómenos económicos en el desarrollo social ya sea sobrestimando el papel de la política o la importancia del cambio tecnológico y cayendo en diferentes formas de unilaterilación de los análisis.

    El concepto teórico que yo utilizo encuentra similitudes con el de régimen social de acumulación acuñado por José Nun[2] o con el de matriz política utilizado por C. H. Acuña[3] aunque se diferencia en la centralidad que le otorga a los modos de realizar la plusvalía.

    Se trata, a las puertas del siglo XXI de superar el viejo método positivista característico del siglo XIX que creía encontrar en el análisis separado de las partes de un fenómeno u objeto, el camino de la verdad.

    Se trata -para nosotros- de volver a Marx y a Engels quienes se concentraron en encontrar un hilo conductor del análisis de la realidad como un todo único: «Según la concepción marxista de la historia, el elemento determinante de la historia es en última instancia la producción y la reproducción de la vida real.  Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca otra cosa que esto: por consiguiente, si alguien lo tergiversara transformándolo en la afirmación de que el elemento económico es el único determinante, lo transforma en una frase sin sentido, abstracta y absurda«. [4] La cita, aunque extensa, es lo suficientemente poderosa para desmentir la interminable lista de autores que pretenden descalificar el marxismo por el camino de achacarle simplismo en el determinismo económico del desarrollo social.

    No casualmente, muchas veces, son los mismos que se niegan a vincular el análisis sobre la desocupación y la pobreza al tema de la democracia evitando recordar la subversiva cita de Abraham Lincoln de que ella es: «el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo»[5]

    LA LOGICA DE LA EXCLUSION:     EL EFECTO RETARDADO DEL NUEVO MODELO DE ACUMULACION CAPITALISTA.

    Paradójicamente, durante los terribles años que transcurrieron entre 1975 y 1990, a pesar de todos los pesares y problemas que sufrieron los trabajadores, la desocupación no fue un problema principal.

    Desde 1975 a 1990 el producto bruto interno (en adelante P.B.I.) estuvo prácticamente estancado después de haber tenido un crecimiento de un 4% anual y de un 6% si consideramos el componente industrial del mismo, desde 1930 a 1975 . Ahora bien, si consideramos el producto bruto interno per capita, éste descendió un 32,5% y el industrial lo hizo un 42,5%, durante el mismo periodo.[6]

    La causa principal de que en un periodo de estancamiento formal (y retroceso económico real) la desocupación no haya crecido en demasía, lo encontramos en el comportamiento de la tasa de actividad económica (que mide la relación entre la P.E.A. y la población total). Los números de la tasa bruta de actividad por año son los siguientes, tomados entre 1947 y 1991.  [7]

    AÑO                                                                     TASA BRUTA DE ACTIVIDAD (%)

    1947

    40,5

    1960 38,1
    1970 38,1
    1980 36,0
    1991 40,5

    Entre 1947 y 1975, la P.E.A. estuvo comprimida por la confluencia de dos procesos:

    a) una masa juvenil retenida por el sistema educativo en hogares que conseguían con el trabajo del jefe de familia obtener los recursos para, por lo menos, acercarse a cubrir la canasta familiar estricta y

    b) una masa de trabajadores adultos que pugnaban por jubilarse ante la perspectiva de una retribución digna y un reconocimiento social a su trayectoría laboral.

    Esta situación cambia bruscamente con el proceso de transferencia de ingresos desde el sector laboral al patronal iniciado con el Rodrigazo[8] y profundizado por Martínez de Hoz y el golpe genocida de Videla y Cía.

    Como resultado de dichos procesos, la participación de los trabajadores en la distribución de la Renta Nacional (la parte que le toca de la riqueza producida por su trabajo) cayo de un 45% que recibía en 1974 a un 25% !!, al finalizar el primer año de la dictadura.

    Dicha participación crecería a un 38% para 1981, y volvería a caer a un 26% con el descalabro de la guerra de las Malvinas.  Así fue como la P.E.A. comenzó un proceso de ensanchamiento a consecuencia, en primer lugar, de la inversión de las dos tendencias descritas anteriormente.  Es decir que:

    • a) el sistema educativo, paulatinamente, dejo de ser un elemento contenedor de la adolescencia y de la juventud, que comenzó a buscar el sustento por sus propios medios
    • b) la caída, y posterior quiebra virtual del sistema previsional, como resultado tanto de las continuas exacciones en beneficio de las cuentas generales de la administración central así como de la modificación de la relación entre trabajadores activos cotizantes al sistema previsional y trabajadores jubilados (lógicamente a favor de los trabajadores jubilados que cada día son más en relación a los activos aportantes) dejó de estimular el abandono de la situación de trabajadores activos.  Es más una parte inmensa de los ya jubilados empezó a buscar un trabajo que le complemente los magros ingresos.

    Además en la medida que avanzaba el proceso de precarización del empleo, con su consecuencia fundamental de caída del salario real por tiempo trabajado, y de desempleo absoluto del jefe de familia, nuevos y nuevos sectores se incorporaban a la población económica activa en condición de búsqueda de trabajo no efectivizada.  Es decir de desocupado.

    Se podrá alegar, en defensa del plan económico en curso que la desocupación tardó casi tres años en aparecer, y algo más en convertirse en la tragedia de estos días.  El poder no reconoció su existencia hasta el índice de octubre de 1995 (casualmente retenido de circulación hasta después de las elecciones nacionales presidenciales).   Y es verdad.  El efecto del nuevo modelo de acumulación capitalista (iniciado por Martínez de Hoz, continuado por Sourrile y perfeccionado por Cavallo) tuvo un resultado retardado sobre el desempleo.

    Por un lado, los despidos por reforma del estado y privatizaciones (dos de las herramientas de la nueva política económica que más «aportaron» al nivel actual de desempleo) fueron tapados por una masa de indemnizaciones que empujo a miles y miles de despedidos de la administración pública y de las empresas del estado a emprender diversos tipos de empresa: kioscos, remises, taxis, pools, fútbol 5, pequeños bares y restaurantes, etc. que lograron sobrevivir los primeros años a caballo de la ola consumista que trajo el crédito fácil de la primera etapa del modelo.

    No por casualidad, los índices de desocupación pegan un salto justamente cuando esa ola consumista se frena a causa  del efecto «tequila» en enero de 1995.  Buena parte de los desocupados actuales, han recorrido este ciclo: trabajadores de empresas estatales o de la administración pública indemnizados y devenidos en «trabajadores por su cuenta» posteriormente quebrados por el ahogo financiero y el achicamiento extremo del mercado interno.

    Las estadísticas[9] dicen que el crecimiento operado en la P.E.A. durante 1975/1990 tuvo una participación de empleo no asalariado (básicamente de trabajadores por su cuenta o pequeños patrones) del 65%.  Es decir que solo un 35% de los nuevos integrantes de la P.E.A. en dicho periodo lo hacían en condiciones de asalariado.  Para 1991, la proporción de no asalariados en la P.E.A. ya era de un 35% mientras que para 1980, dicho índice no superaba el 28% del total.

    El otro elemento que incidió en el efecto retardado del nuevo modelo de acumulación sobre el desempleo fue el hecho de que una parte de las empresas industriales afectadas por la entrada de mercaderías extranjeras a menor precio (muchas de ellas con dumping), se transformaron en empresas mixtas que incorporaban la comercialización de productos importados y retenían al menos una parte del personal.

    EL CONSENSO DE WASHINGTON Y EL PROGRAMA DE DOMINGO CAVALLO

    Preocupados por la llamada «década perdida» de los ’80, durante 1989 se realizaron múltiples reuniones en Washington auspiciadas por el Fondo Monetario Internacional (F.M.I.) y el Banco Mundial (B.M.); los que habían promovido y financiado desde 1987 centenares de estudios e investigaciones.

    Fieles al concepto de modelo de desarrollo capitalista al que adherimos[10]deseamos insistir en la necesidad de vincular los procesos económicos (básicamente de dificultades de valorización del capital) con los procesos políticos y estratégicos (básicamente de dificultades para mantener el consenso al modelo de desarrollo adoptado y de confrontación con los procesos liberadores y revolucionarios).

    Así, la estrategia desarrollista de la Alianza para el Progreso (1962) es imposible de separar del impacto de la triunfante revolución cubana (1959) sobre el subcontinente latinoamericano; la masiva contratación de deuda externa por parte de los gobiernos latinoamericanos durante los años finales de la década del ‘70 no es independiente de la red de dictaduras militares creadas bajo la inspiración de la “Doctrina de la Seguridad Nacional” con que Washington enfrentó la oleada liberadora que a finales de los ‘60 recorrió América Latina desde la experiencia del gobierno socialista de Salvador Allende a los gobiernos nacionalistas militares de Perú, Ecuador y Panamá pasando por el avance popular de Argentina (1969/1975) y Uruguay.

    La dictadura militar argentina, al igual que las otras similares, puso en practica un programa integral de reformulación del sistema de dominación para reemplazar al de industrialización sustitutiva pero, más allá del éxito estratégico obtenido en desarticular el movimiento político y social de insurgencia[11]tuvo serias dificultades para garantizar la reproducción ampliada del capital en un modelo que intentaba salir del sustitutivo de importaciones.  Cuando a estas dificultades económicas se les sumaron las causadas por el incremento de la resistencia popular, sobrevino la tentación de invadir Malvinas para salir del paso, y el desbarranque conocido.

    El triunfo de la insurgencia sandinista en Nicaragua (1979) en un marco de desprestigio y deslegetimación generalizada de las dictaduras militares presionó para que se reemplace la doctrina de seguridad nacional por la de conflictos de baja intensidad y de las democracias restringidas.

    A la nueva etapa de dominio político correspondía encontrar nuevas recetas económicas.  Sorprendentemente para algunos, las “nuevas democracias” estarían dispuestas a producir cambios para los cuales, ni las propias dictaduras genocidas habían acordado en tiempo y profundidad por temor a la respuesta popular y política (de los que justamente se convertirían en los disciplinados aplicadores)

    Una vasta y tecnificada burocracia internacional al servicio de los organismos financieros internacionales y de los países del área trabajó intensamente durante esos años.  El resultado de sus debates y acuerdos se conoció como el «Consenso de Washington»: un conjunto de políticas que sirvieron de base para el acuerdo político entre los organismos financieros y los países afectados por la crisis de la deuda externa.

    De acuerdo a este «consenso» las causas de la crisis latinoamericana son básicamente dos:

    • el excesivo crecimiento del estado, traducido en proteccionismo (el modelo de sustitución de importaciones) exceso de regulación y empresas estatales  ineficientes y excesivamente numerosas; y
    • el populismo económico, definido por la incapacidad de controlar el déficit público y de mantener bajo control las demandas salariales tanto en el sector privado como en el sector publico; y las soluciones propuestas son las siguientes:

    Þ   1) Disciplina fiscal, disminución drástica del déficit presupuestario con el consiguiente control y disminución  del gasto público.

    Þ   2)  Mejora de la recaudación impositiva basada en una tributación de amplia base

    Þ   3)  Liberalización del sistema financiero y de las tasas

    Þ   4)  Tipo de cambio estable

    Þ   5)  Apertura absoluta de las economías, quita de barreras aduaneras

    Þ   6)  Amplias facilidades para las inversiones extranjeras

    Þ   7)  Enérgica política de privatizaciones

    Þ   8)  Reforma del Estado y desregulación general

    Este doble proceso de privatizaciones y reforma del estado expulsó miles y miles de trabajadores.  Simplemente pensamos que en los ‘70 había doscientos mil trabajadores ferroviarios de los cuales no quedan más que algunos miles.  Esto se complementa con una verdadera “reforma impositiva regresiva” por medio de la cual cada vez más los gastos del Estado (en los cuales sobresalen los servicios de la deuda externa, nada menos que diez mil dólares anuales que irán creciendo en virtud de los acuerdos del Plan Brady) son sostenidos por los sectores de menores recursos  por la vía de la ampliación del I.V.A.

    ¨    Favorecer un proceso de concentración económica fenomenal, estimulado y subvencionado por el estado por medio de las cuatro herramientas económicas precedentemente descriptas.  La concentración es un proceso de dos manos, por un lado se concentra la riqueza y por el otro se amplía la pobreza con el consiguiente achicamiento del mercado interno y quiebra de los sectores empresariales pequeños y medios que no resisten el juego de tijeras de un mercado cada vez más chicos y su subordinación financiera, tecnológica y comercial de los grandes grupos económicos que han ido copando todos los resortes de la economía.

    En realidad, todo lleva a la precarización y la desocupación.  En una economía abierta a la competencia externa donde no se pueden tocar las tasas financieras (para no afectar la convertibilidad), donde no se puede modificar el precio de los servicios (porque están privatizados), ni bajar los impuestos (porque hay que juntar plata para pagar la deuda externa), lo único que queda para maximizar los beneficios es bajar el llamado “costo laboral”: pagar menos salarios en peores condiciones de trabajo a menos trabajadores más explotados.

    La desocupación, la subocupación, la precarización global del mundo del trabajo no es pues, una consecuencia no deseada o un resultado pasajero del modelo capitalista adoptado; por el contrario está en la base de la búsqueda de valorización del capital que se persigue, por ello solo puede ser enfrentada y erradicada con la sustitución del modelo y del sistema que le da origen.

    EL GRAN ROSARIO:      HISTORIA DE UN DESARROLLO FRUSTRADO

    El efecto del plan de ajuste sobre el empleo admite análisis diferenciados en -por lo menos- tres tipos de conglomerados urbanos[12]:

    ¨    aglomeraciones vinculadas con economías regionales en crisis y donde claramente el desempleo es un problema estructural. La ciudad de San Miguel de Tucumán es un caso típico

    ¨    aglomeraciones con fuerte proporción de empleo público y con reducida actividad industrial donde el estado provincial y municipal actuó como compensador de la falta de oportunidades.  El caso de Río Gallegos es ilustrativo

    ¨    aglomeraciones con base industrial heredada del proceso de sustitución de importaciones y con poco empleo público. Caso paradígmatico es el del gran Rosario

    La zona que nos ocupa, y la provincia de Santa Fe en general, no fue objeto de la mayor atención por parte de los colonizadores españoles.

    Ellos, en la primera etapa de la conquista están interesados en la obtención rápida y fácil de metales preciosos y veían en las costas del Atlántico Sur un vasto desierto cubierto de pajonales y poblado por tribus aborígenes recolectoras y/o cazadoras, nómades con un nivel de desarrollo bastante alejado de los incas o los mayas.

    Sin embargo, la búsqueda de un paso al Pacífico incentiva las expediciones y la fundación de las primeras ciudades: Buenos Aires, Asunción, Santiago del Estero y Santa Fe, todas pensadas en relación a lo que era principal en la época que es el Alto Perú y sus minas de oro, plata y cobre.

    El actual territorio de la provincia de Santa Fe estaba ocupado poblacionalmente por blancos en los corredores que van de Santa Fe a Buenos Aires, de Santa Fe a Santiago del Estero y en el de Rosario a Córdoba. Para 1810 la población no indígena apenas llega a 12.600 pobladores[13].

    Tres siglos de dominio colonial no habían podido superar una situación de estancamiento que se expresaba en un nivel harto exiguo de las fuerzas productivas: crianza de mulas para el transito al Alto Perú, algunas artesanías textiles, cría de ovejas y de vacunos para aprovechar los cueros, un saladero cerca de Rosario y algunas quintas alrededor de los dos centros urbanos existentes: Santa Fe y Rosario, era casi todo lo que había.

    Si por la existencia de reducciones indígenas, sometidas a un virtual régimen de servidumbre, podríamos pensar en una economía casi feudal; por la importancia de la actividad comercial en los puertos se podría suponer alguna forma de proto capitalismo aunque tampoco se podría dejar de considerar la existencia de esclavos fundamentalmente dedicados a labores domesticas, todo lo cual hace muy difícil pretender encasillar a ese grado de desarrollo dentro de alguno de los modos de producción clásicos: esclavismo, feudalismo o capitalismo.

    Nos inclinamos a pensar en un modo sui generis de producción, incapaz de evolucionar por sí solo hacia un nivel superior de producción y organización social.

    La Gran Bretaña, que mantendría relaciones económicas con la región desde mucho antes de las invasiones inglesas (1806/1807) sufriría por esos años un acelerado proceso de desarrollo industrial capitalista que la transformaría en la primera potencia económica mundial.  Necesitada de materias primas para sus industrias textiles y de alimentos para los obreros de sus fabricas, vería en la Argentina una economía absolutamente complementaria para su desarrollo imperial.

    La incorporación de nuestro país al mercado mundial se dio al ritmo y con las características impuestas por su incorporación como exportadora de productos primarios de algunas de sus regiones; la particular forma que tomó esta incorporación, la estancia, con su carácter trabajo/extensiva, llevó a que el control del principal recurso productivo (la tierra) quedara en manos de la burguesía rural local, que fue ocupando la rica región pampeana desde la independencia hasta bien entrada la década de 1880. [14]

    En la provincia de Santa Fe, el proceso se vincula con el conflicto federal que operó entre 1831 (pacto federal) y 1853 (constituyente en Santa Fe).

    Para 1850, la provincia seguía postergada en su crecimiento. Solo existían Santa Fe, Rosario, algunos pobladores en Coronda y otros pobladores sueltos a la orilla del río Paraná.  El censo de 1857/60 (el primero en realizarce en el país) daría una exigua población de 43.000 santafesinos[15]

    El avance del ejercito de la Confederación al mando de Urquiza traería para Rosario la oportunidad de colocarse como el principal puerto internacional de uno de los bandos en que quedó dividida la nación.  Por esos años se ensamblarían cuatro procesos muy importantes:

    ¨    el de la inmigración europea a la Argentina, de la cual Santa Fe sería una de las provincias más favorecidas. Los datos de los posteriores censos son muy significativos

    Año         Población   Colonias agric.  KM. VIAS    Has. Sembr.

    1857           43.000                         1
    1861                                               3                                                 8.437
    1866           89.117                     144
    1871         135.000                       32                                               66.538
    1876         190.000                       51                                             232.307
    1881         210.000                       90                   555
    1886         220.332                     190                 2.729
    1891                                                                  3.299                    857.035
    1895         397.195                                                                       1.661.291
    1904                                                                                                  3.065.519
    1914         899.640                      360                5.143

    siendo la proporción de extranjeros sobre la población total la siguiente: 1869:14% ;1895:41% ;1914:34% ;1947:12%; 1960:8% ; 1970: 6% y 1980:3%.

    ¨    Este proceso de incorporación masiva de inmigrantes se vincula tanto con el desarrollo de la industria (punto c) como con el de la ocupación de los territorios dominados por los aborígenes con la Conquista del Chaco en 1890 y el reparto de las tierras públicas (entre 1855 y 1900).  El destino de las tierras recuperadas y de las puestas en venta es el siguiente:

    • una parte queda en poder de la burguesía rural porteña (sobre todo en el sur de la provincia),
    • una parte es apropiada por la burguesía comercial rosarina enriquecida por el crecimiento de las actividades portuarias,
    • otra parte queda en manos de la vieja oligarquía del centro y norte santafesino
    • casi todo el norte santafesino se entrega a la Forestal (una empresa inglesa dedicada a la producción del tanino, insumo crítico para el tratamiento de los cueros) la que recibe nada menos que un millón de hectáreas en pago por un crédito ingles al gobierno santafesino en un anticipo de lo que contemporáneamente sería la privatización de empresas públicas como forma de cancelación de deuda externa.

    Para 1900, todo el territorio provincial había pasado por las escribanías y tenía dueño con nombre y apellido.

    ¨    Para fin de siglo la provincia tiene un interesante desarrollo industrial básicamente asentado en algunas agro industrias y la metalurgia liviana.      Hay 72 molinos harineros (sobre 249 en el país), dos ingenios azucareros en el norte santafesino, aceiteras industriales.  En total suman 2.678 establecimientos industriales que ocupan a 16.333 obreros industriales, de los cuales 10.000 son inmigrantes.

    ¨    También para esa época se produce la entrada de capitales extranjeros que se van a asentar en las ramas más dinámicas y estratégicas: carnes/frigoríficos, granos/comercialización, servicios: puertos, ferrocarriles y teléfonos, y en general todo lo referente a la exportación de materias primas.

    La provincia de Santa Fe, y Rosario en particular, ocupan un lugar muy importante en el modelo de desarrollo capitalista agro/exportador consolidado por la generación del 80.  Lo significativo es que tras su crisis, y posterior reemplazo por el modelo de sustitución de importaciones, este también tendría importante expresión en la provincia.

    Con la crisis mundial del capitalismo de los años ’30 se abre paso un nuevo modelo de intervención estatal, abandonando un rol contemplativo de la economía para intervenir enérgicamente en su regulación.  El proceso de estímulos y subsidios de todo tipo a la actividad industrial daría impulso en provincia a las industrias lácteas, de maquinarias y herramientas agrícolas, de aceites, metalurgia liviana y comestibles.

    Por esos años aparecen algunas empresas que harían historia y llegarían a constituirse en verdaderos monopolios industriales como son Acindar (aceros), Sancor y Cotar (lácteos), Meiners (cueros), Lerithier (alimentos), Vasalli (maquinaria agrícola), Algodonera (textiles), Celulosa (papel) y los talleres ferroviarios de Laguna Paiva (cerca de Santa Fe) y de Pérez (cerca de Rosario).

    Es llamativo como el proceso de asentamiento industrial respeta el viejo asentamiento poblacional colonial del corredor Rosario/Santa Fe, ahora extendido para el sur hasta Villa Constitución y para el norte hacia Laguna Paiva. Ese perfil industrial se mantendría hasta finales de los ’80 definiendo por su concentración poblacional y económica el perfil social y las peculiaridades políticas de la provincia.

    Para 1985 todavía entre cinco departamentos del sur y centro de la provincia concentraban el 63% de la población, el 60% de la producción industrial, el 61% del empleo industrial y el 70% de la producción mientras que los siete departamentos del norte apenas llegaban al 13% de la población, el 12% de los establecimientos industriales y el 7% del personal ocupado.

    Pero el modelo de sustitución de importaciones empieza a hacer agua ya para mediados de los ’50 y va a recibir dos intentos de relanzamiento y salvataje: el de Frondizi con sus proyectos desarrollistas de sustitución compleja de las importaciones (1958/62) y el de Onganía (1966/70) de una industrialización con perfil exportador, ambos con base de apoyo en el capital extranjero[16] fracasados más por razones políticas (crisis de hegemonía política e imposibilidad de generar consenso hacia el modelo desde el golpe de 1955) que por cuestiones técnico/económicas.

    En la provincia el proyecto frondizista se expresaría en la creación de parques industriales: en el de Sauce Viejo (cercano a Santa Fe) se instalaría la fabrica alemana de autos D.K.W. que hacia 1965 compraría la Fíat italiana; en el de Granadero Baigorria (gran Rosario) la fabricas de tractores John Deere; en el de San Lorenzo, el polo petroquímico; en Firmat, la fabrica de alimentos Nestle completando de algún modo el perfil industrial de una provincia, y especialmente de una zona: el gran Rosario.

    Este perfil explicaría su papel protagonico en la vida política nacional durante 30 años: desde el surgimiento del peronismo en 1945 hasta el fin de la etapa de ofensiva obrera y popular iniciada en el ’69 (primer y segundo rosariazo) y aplastada por la fuerza criminal del terrorismo estatal y paraestatal desplegado sobre la ciudad de Villa Constitución el 20 de marzo de 1975 en un operativo represivo, el «Operativo Rocamora» verdadero anticipo del genocidio en preparación.

    Si hay una empresa que pueda simbolizar este proceso de sustitución de importaciones y el contenido de clase de la política del Estado de Bienestar, esa empresa es Acindar cuyo solo listado de presidentes de directorio es harto elocuente de su privilegiada relación con el poder.

    Su primer presidente y fundador fue el Ing. Arturo Acevedo que fuera miembro de la Comisión encargada de fundar Somiza en épocas del primer gobierno de Perón  y que luego fuera Ministro de Obras Públicas de Frondizi y encargado de aplicar uno de los primeros planes de privatización ferroviaria (el Plan Larkin, en 1967). Poco antes de morir, coloca a Antonio Carreras como subsecretario de Hacienda de Krieger Vasena y Ongania.

    El sucesor de Acevedo, fue su yerno, el Dr. Alfredo Martínez de Hoz quien accedería al Ministro de Economía del gobierno genocida de Videla, cargo desde el cual otorgaría beneficios fabulosos a su “ex” empresa.  Intentemos un resumen de los mecanismo económicos estatales en beneficio de Acindar:[17]

    • Utilización del crédito internacional con avales del estado.   Asunción por  parte del mismo de dicha deuda  mediante el mecanismo del seguro de cambio.  Monto de la deuda externa: 652.193.000 dólares, subsidio del 64.8 %.  Cavallo la estatizó en 1981 cuando estaba al frente del Banco Central y Alfonsín lo consideró “cosa juzgada” en 1984 asumiendo prácticamente el pago de la misma.      Dicho de otro modo, la PLANTA INTEGRADA y subsiguientes mejoras fueron construidas con dineros públicos.  NO solo consiguió quebrar el monopolio estatal que el Gral. Savio había soñado para la producción de acero, sino que consiguió que el mismo Estado (el suyo, ¿no?) se lo pague.
    • Beneficios de los regímenes de promoción industrial.  Recibió exenciones impositivas por la construcción de la Planta Integrada (monto 251 millones de dólares, aprobado en enero del 75’); por la ampliación de la planta de hierro redondo y alambrón (monto 40,4 millones de dólares, aprobado en enero de 1983);  por la instalación de 12 empresas en la provincia de San Luis las cuales, por 16 años, gozan del beneficio de no pagar I.V.A. ni por las compras ni por las ventas.  Lo más cómico del asunto es que durante años había exigido subsidios para integrar su producción y concentrarla  geográficamente.  Con el traslado a San Luis de parte de sus instalaciones industriales los recibe  para desintegrar y desconcentrar la producción.
    • Gozó de créditos del BANADE debía 231 millones de dólares a fines de 1987 que pasaron a menos de 118 millones de dólares en 1988 sin haber pagado casi nada; y de créditos con avales del Tesoro Nacional por 148, 256 millones de dólares recibidos del siguiente modo: el 9/1/76: 81.103 mill. dólares; el 9/1/78: 27.695 mill. dólares y el 5/6/78: 39.728 mill. dólares. Con esos dineros, por esos años hacía importantes diferencias en la “bicicleta financiera” tal como lo muestra el balance de la empresa de 1985 que revela una ganancia (expresada en pesos de entonces) de 4.446,40 millones, de los cuales 867, 5 millones corresponden a “actividades productivas  (es decir al trabajo no retribuido de los trabajadores los cuales producían en una hora el equivalente a su salario mensual y continuaban trabajando a ganancia de la empresa el resto del tiempo) y, nada menos que 3.378,8 millones a “utilidad no operativa” eufemismo técnico que esconde la vulgar “bicicleta” o especulación financiera típica de la burguesía argentina en aquellos tiempos.
    • Recibió durante años la palanquilla a precio subsidiado por parte de Somiza. Se calcula que entre 1970 y 1975 Acindar pagó 100 millones de dólares (de los de esa época) de menos por la palanquilla recibida en el período a precio por abajo del vigente en el mercado
    • Tuvo protección arancelaria para instaurar precios monopolicos sin competencia externa.
    • Recibió tarifas de subsidio del gas y la energía eléctrica como cliente mayorista .  Consumía más gas que la ciudad de Rosario y más energía que la provincia de Entre Ríos

    El tema es, que a pesar de la desvastación del periodo dictatorial, la provincia conservaba para 1985 un perfil industrial interesante, un nivel de exportaciones importantes y un lugar de “provincia rica” en el concierto de la República Argentina.

    Intentaremos un análisis comparado de los censos económicos de 1985 y de 1995, que miden el estado económico de 1984 y de 1994, respectivamente que nos van a mostrar:

    • un fabuloso proceso de desindustrialización,
    • una modificación de la composición de las exportaciones que muestra un proceso de reprimarización y
    • una profunda modificación del cuadro social de la provincia y de la región.

    Comencemos diciendo que para 1985 la provincia participaba con el 11% del Producto Bruto Interno de la nación y su perfil productivo era similar, y aún más industrial, que el de la Nación[18]

    AÑO NACION SANTA FE
    Agricultura 13.3 20.7
    Minas/canteras 2.7
    Ind. Manufacturera 24.2 35.1
    Electr., gas, agua 4.4 2.6
    Construcción 3.2 1
    Com. Hotel y Rest. 14.7 16.4
    Transp. Comun. Alm. 11.5 11.1
    Finanz, seguros 7.5 4
    Servicios 11.5 8.2
    Total sect. Product. 61.3 71.4

    Esta base productiva provincial se apoyaba en el desarrollo de las agro industrias, de las máquinas e implementos agrícolas (se llegó a producir el 40% de la producción nacional), de los tractores (estaban tres de las cuatro fábricas que había en el país: Massey Ferguson y John Deere en el gran Rosario, la Fíat en Sauce Viejo) y la industria petroquímica (instalada en la zona de San Lorenzo desde 1944)

    Más precisamente en la zona del Gran Rosario el eje de la base productiva era la industria manufacturera, especialmente las ramas metalmecanicas destinadas a la producción de bienes finales para el mercado interno las que fueron especialmente afectadas por dos de los pilares del plan de ajuste que sufrimos: la apertura indiscriminada de la economía con el ingreso de mercancías competitivas con las de producción regional (no pocas veces con dumping incluidas) y el elevado costo financiero para las P.Y.M.E..S, cuestiones que combinadas tuvieron un efecto desvastador sobre la economía regional.

    Vale la pena recordar que Rosario no es la capital política de la provincia, por lo que no tiene un elevado número de empleados públicos.

    Digamos que en 10 años desaparecieron 3000 establecimientos industriales y 34.000 puestos de trabajo industrial, lo que significa nada menos que una disminución del 25% de la mano de obra ocupada en la provincia.  Según Rofman[19] si en el país se perdieron 500.000 puestos de trabajo entre 1991/1995, en el área del gran Rosario se perdieron 40.000 puestos de trabajo entre fines de 1992 y octubre del ‘95.

    Veamos las cifras referidas a la producción industrial en la provincial y en los departamentos del sur, tradicionalmente más industrializados

    PRODUCCION INDUSTRIAL EN LA PROVINCIA DE SANTA FE

    1985             1995
    Provincia Establec. 13.667 10.897
    Personal 136.483 102.197 – 25%
    Rosario Establec. 5.036 3.839
    Personal 53.560 36.456 -34%
    San Lorenz Establec. 634 584
    Personal 13.497 6.719 -50%
    Villa Const Establec. 389 308
    Personal 6.875 4.957 -28%

    Con lo que llegamos a una proporción del 22/23% de asalariados industriales sobre el total de trabajadores activos en 1994, mientras que en 1974 (en vísperas del comienzo del proceso de instalación del nuevo modelo de desarrollo capitalista) la cifra era del 40.5%  por lo que nos atrevemos a calificar a dicho proceso (por lo menos en la provincia de Santa Fe, y especialmente en la zona del gran Rosario) como un proceso profundamente regresivo, destructor de fuerzas productivas, de tecnología, de mano de obra calificada.

    Demos un último dato, pero aleccionador: entre 1980 y 1994 Acindar despidió 10.000 obreros metal/siderúrgicos y los Ferrocariles a otros 10.000 trabajadores calificados que tenían asiento en la zona de Rosario (talleres Pérez y talleres Rosario, personal administrativo y maquinistas).

    Veamos como este proceso de desindustrialización se reflejó en las exportaciones, de las que Santa Fe participa con el 20% del total nacional (3.288 millones de dólares) con un monto superior al de Uruguay y Paraguay sumados.

    EXPORTACIONES SANTAFESINAS EN MILLONES DE DÓLARES[20]

    Producto                                     1990                                    1994                   Variación %

    Producc Primaria 477.6 664.8 + 39.19
    M.O.A.[21] 1.635,7 2.388,9 + 44.45
    M.O.I.[22] 284.5 215 –  24.4
    Combust./Energía 44.4 20 –  55
    TOTAL 2.242,2 3.288,7

    Y veamos aún, un cuadro más, que nos será muy útil para pensar porque, la aplicación de un mismo plan económico en el país, trae resultados distintos según las regiones del país, como señalábamos al comienzo del apartado

    EXPORTACIONES DE M.O.I. POR PROVINCIA EN MILLONES DE DÓLARES

    Provincia 1990 1992 1993 1994
    Bs. As. 1660 1810 2274 2807
    Córdoba 179 294 425 538
    Santa Fe 285 183 180 215

    Esta caída de la producción industrial tiene importancia excepcional en el crecimiento de la desocupación en el Gran Rosario por encima del promedio y los ritmos nacionales:  por qué ?  Porque la producción industrial tiene un mayor componente de mano de obra, o dicho de otro modo se puede producir (y exportar inclusive) por un valor similar o aún mayor con menos trabajadores.  El cambio del perfil productivo (la reprimarización de la economía) es un potenciador de los efectos del plan de ajuste en la zona.

    Las investigadoras  Inés Guerrero y Olga Faruggia, de la U.N.R., han comparado diversas industrias (de similar volumen de facturación) y su capacidad de absorción de mano de obra.  Los datos son de 1992[23]

    Grupo Económico Actividad Pcpal. Facturación Empleo
    Oleag. Moreno Aceites vegetales 420.500 510
    Grupo Urquiza Aceites vegetales 327.649 485
    Alpargatas Calzado/textiles 428.706 14.500
    Bridas Petróleo 345.100 3.100
    Fortabat Cemento/agro/serv. 420.275 2.237
    Gatic Calzado 316.011 7.458
    Pescarmona Construcción/serv. 300.000 5.500
    Sancor Lácteos 407.050 6.500

    Ahí creemos que está la causa principal de la situación particularmente mala de la zona del Gran Rosario: en la desarticulación de la industria manufacturera creada durante el período de sustitución de importaciones, con un componente importante de P.Y.M.E.S., que tenían una alta capacidad de creación de empleo y su reemplazo por el estimulo a la producción agro/industrial (especialmente aceites) con un bajisimo nivel de ocupación de mano de obra.

    No es cierto, como difunden los comunicadores del modelo, que la causa esté la entrada masiva de inmigrantes de países vecinos, el I.N.D.E.C. ha calculado que si expulsaran todos los inmigrantes de países limítrofes, el índice de desocupación descendería en un 0,2 %; tampoco se puede aceptar el argumento del atractivo que los altos sueldos tienen sobre la población cuando el promedio de más del 50% de los trabajadores ocupados en el Gran Rosario no supera los 500 $ o el remanido tema del cambio tecnológico.  Una investigación de la Universidad de Rosario sobre la renovación tecnológica y la flexibilización laboral en las empresas rosarinas concluye que en la inmensa mayoría de los casos ésta fue una flexibilización “a la criolla” limitada a la expulsión de mano de obra y sobre carga de trabajo y tiempo al personal que queda.

    Si hay que decir que este proceso tuvo un estimulo extra en la labor del Banco Provincial de Santa Fe (hoy privatizado) que financió, por ejemplo, al grupo aventurero Koner/Salgado en su labor de compra de las tradicionales empresas santafesinas dedicadas a la maquinaria agrícola como Vasalli y Migra.  La empresa inglesas Perkins absorbió por su parte a Gema y Bernardín.  Así se terminó con una industria centenaria en la provincia.

    La privatización de los puertos (hay diez entre Puerto San Martín y Gral. Lagos, al norte y sur de la ciudad de Rosario) ha estado al servicio de esta política de estimulo a las exportaciones agro/industriales especialmente del polo aceitero que para 1990 concentraba el 55% de las exportaciones del rubro y el 87% del procesamiento de la soja a nivel nacional

    Walter Klein, entonces secretario de Industrias de la dictadura militar, decía que era lo mismo producir caramelos que acero.  Ahora, los defensores del modelo defienden las “ventajas comparativas” de la Argentina estimulando la reprimarización de la economía en una búsqueda -inútil- de la vuelta a la situación de país agro/exportador que teníamos entre 1890 y 1930.

    Tendrían que decir, sin eufemismos, que ese proceso  nos lleva indefectiblemente hacia una sociedad con porciones crecientes de excluidos del trabajo, y por ende del mercado con lo que eso significa para el sistema de valores adoptado: si el hombre ya no es un productor, ni tampoco es un consumidor, directamente no cuenta para la sociedad actual.  O sí, por ahora, solo cuenta como un hombre/voto, último y casi exclusivo rasgo ciudadano que conserva.

    LA PARABOLA DEL FIN DE LA CIUDADANIA OBRERA.  DEL PERONISMO AL MENEMISMO

    El gran interrogante de los cientistas sociales ha sido estos años intentar responder a por qué en la Argentina, y en buena parte de América Latina, los partidos políticos que cargan con el peso de ser los aplicadores de un plan de ajuste estructural diseñado por el «consenso de Washington» y sus tremendos costos sociales siguen ganando elecciones. Las explicaciones son varias.

    Atilio Borón [24] acude a la metáfora de Carlos Marx sobre el triunfo de Luis Bonaparte en la Francia post/revolucionaria: «Marx escribió en El dieciocho brumario que el campesinado parcelario había elegido a Luis Bonaparte porque en el veía la reencarnación de los sueños imperiales de su tío, capitalizando políticamente en su favor la verdadera «idea fija» que Napoleón I había instalado en la conciencia campesina francesa.  Del mismo modo podríamos afirmar que Carlos S. Menem triunfó en las elecciones de 1989 porque se presentó y fue percibido por amplios sectores populares como el heredero de los sueños «justicialistas» del fundador del peronismo».

    Marco Aurelio, secretario de relaciones internacionales del P.T. de Brasil dice: «En Argentina y en Bolivia, los candidatos elegidos a pesar de estar identificados con políticas conservadoras tenían en su pasado marcas de movimientos populares -el justicialismo y el M.N.R.- que les daban simbólicamente legitimidad, además de los canales clientelísticos que consiguieron mantener con sectores de las clases populares»[25]

    Y podríamos seguir con distintas visiones que giran -de distinta manera- alrededor del tema de que el peronismo significó algo más que un partido político para buena parte de los trabajadores argentinos.  El peronismo está ligado en la memoria colectiva con el tema de la ciudadanía obrera, es decir con una aproximación de los trabajadores al usufructo real de una serie de derechos que hasta entonces solo figuraban en  la letra de la Constitución liberal de 1853.

    De que estamos hablando cuando hablamos de la ciudadanización de la clase obrera en el primer periodo peronista ? [26]

    1) de una extensión del sufragio, y no solo por el hecho importantisimo de la incorporación del voto femenino, sino por el hecho real de que la Argentina había vivido dos etapas de su vida «democrática»: la primera de 1890 a 1930 caracterizada por el uso fraudulento del sufragio, y esto a pesar de la reforma Saenz Peña, y la segunda de 1930 a 1943 signada por la intervención militar y el fraude desfachatado, el «fraude patriótico».  Es a partir del peronismo en que los trabajadores pueden hacer uso del sufragio como un arma política de importancia.

    2) esto se vincula con la aparición de un partido obrero de masas, el Partido Laborista, aunque luego absorbido por el Partido Justicialista, contribuyó a esta incorporación de los trabajadores a la política institucional

    3) pero el gran avance ciudadano de los trabajadores es que por primera vez se reconocen sus derechos a actuar colectivamente, organizadamente, y se lo incorpora a distintas instancias de decisión administrativa

    4) se produce un cambio severo al interior de las empresas donde aparece la comisión interna.  Gino Germani considera el cambio en las relaciones intraempresa como una fuente de legitimidad para el peronismo más importante que las mejoras económicas[27]

    Pero ninguna de estas conquistas y avances fueron gratuitas.  Lo real es que en torno al año 1945 se consolida un Pacto Social que incluía el compromiso de incorporar a la clase obrera al sistema político y al mercado de consumo, es decir un verdadero mecanismo de ampliación de la ciudadanía en un sentido económico, social y político; pero también para que «los asalariados consientan la organización capitalista de la sociedad»[28]

    El movimiento obrero argentino que había nacido a finales del siglo XIX, había sufrido por parte del Estado una actitud única y permanente: represión, hostigamiento y no reconocimiento como interlocutor en los conflictos sociales.  A partir del peronismo esta actitud dejo paso a un mecanismo más complejo: un conjunto de mejoras habilitó vías para incorporar a la clase obrera dentro de una coalición hegemonizada por la burguesía industrial .

    En ese proceso, la clase obrera logró mejores condiciones para la venta de su fuerza de trabajo, cierto acceso al mercado de bienes y servicios,  mayor poder en las relaciones intra empresa; y sobre todo logró mayor peso en la sociedad por medio de una organización sindical de masas, que a su vez la vinculaba estrechamente al aparato estatal.

    El «pacto» encarnado en el peronismo, tenía como sujeto activo a un aparato estatal autoerigido en árbitro de las relaciones entre capital y trabajo.[29] Ese Estado actúa con una acentuada autonomía relativa, que le permitía desligarse del nivel económico-corporativo de los intereses de la burguesía, para intentar una respuesta a los intereses estratégicos del conjunto de la clase.

    Como mediador frente a la clase obrera, se conformó una estructura sindical caracterizada por una menguada autonomía política y organizativa, a cambio de una amplia tutela económica y política por parte del estado. Desde entonces nació y creció una burocracia sindical que, con matices, conservó su rol de mediación a lo largo de las cuatro décadas siguientes.

    Es cierto que la idea más corriente sobre la burocracia sindical tiene que ver con su rol represivo, con el autoritarismo intolerante ante la izquierda del movimiento obrero.  Una  de las funciones históricas de la burocracia sindical que le valió más reconocimiento por parte de los dueños del poder ha sido su función represiva, delatora y agresiva.

    Alguna vez se habló de la Santa Trinidad aludiendo a la alianza entre patrones, estado y burócratas sindicales para enfrentar las corrientes clasistas.  Hay que decir que sin ese papel de la burocracia sindical no hubiera sido posible el grado de calificación y selección que tuvo la política de secuestros y desaparición de personas.  Pero esa no fue la función principal.  La burocracia sindical no es tanto un método sino una política, y esta política tenía que ver con llevar los reclamos y las luchas a la mesa de negociaciones y asegurar la vigencia del pacto social.

    La «ciudadanización» de la clase obrera tenía entonces como  contrapartida la aceptación de la legitimidad del sistema en su conjunto.  Las relaciones de producción capitalistas se vuelven no cuestionables, y el Estado burgués es reconocido como organizador y gestor central del proceso social.[30]

    La organización sindical es asumida como un instrumento de integración y negociación, enfrentado por definición a toda pretensión de transformación revolucionaria de la sociedad.[31] Ese conjunto de «aceptaciones» por parte de la clase obrera, más allá de cuestionamientos parciales y rupturas temporarias, se constituyeron en las bases de la «comunidad organizada», el modelo peronista de colaboración de clases.

    Con esas bases se produjo el ingreso de la clase obrera a la vida política, en condiciones de legalidad plena e incorporación en la vida institucional. El desplazamiento del peronismo del gobierno en 1955,y treinta años de lucha de clases, modificaron este modelo sólo parcialmente, sin cuestionar sus basamentos.

    Fueron los cambios ocurridos en el conjunto de la economía mundial, y sus  repercusiones sobre el modelo de acumulación capitalista en el país, los que marcarían el fin del mismo, y con él, el fin de las modalidades conocidas de organización sindical y representación política.

    Ya en la segunda mitad de la  década del 50 y agudizado en las siguientes, se evidenció un desfasaje entre los cambios recorridos por la economía y una gestión estatal poco capacitada para afrontarlos y encauzarlos. Una de las consecuencias de ello fue el acentuado deterioro de la posibilidad de generación de consenso por la clase dominante. A fines de los 60, es que el movimiento obrero dio señales de recobrar su autonomía y su capacidad de constituirse en epicentro de los movimientos de oposición al sistema que caracterizaron esa fase.

    Más allá de su posterior derrota, desde entonces quedó planteada una situación de crisis orgánica. Desde entonces también  el poder económico y político pone en marcha un proceso (que llega a su plenitud con Menem) de modificación integral del modelo hasta terminar definitivamente con el de sustitución de importaciones sostenido por un Estado de Bienestar que privilegia el mercado interno y se apoya en el Pacto Social para su despliegue.

    Conclusiones

    Veinte años de ajuste del ajuste, han traído los cambios estructurales que hemos tratado de describir en el presente trabajo los que podríamos resumir, desde el punto de vista de la situación de la clase obrera en que ésta ha sufrido procesos objetivos de achicamiento de su sector industrial, de dispersión geográfica y de aumento de su heterogeneidad ya que ahora reconoce sectores que trabajan en condiciones reguladas por la legislación laboral (la que queda después de la desvastación jurídica sufrida) y “en negro”, fuera de toda protección legal o sindical.

    Solamente por esta cuestión, el modelo sindical tradicional está agotado en su capacidad de representación histórica: sobre casi 10 millones de trabajadores, solo de 2 a 2,5 millones de trabajadores está sindicalizado y el resto está desocupado, trabaja por su cuenta o lo hace “en negro”.

    Pero la perdida de representatividad del aparato sindical excede la disminución física de sus representados.  Lo fundamental es que ha perdido funcionalidad con la desaparición del modelo de desarrollo que adjudicaba a la mesa de negociaciones, al Pacto Social, preeminencia en el sistema de relaciones de clases y en el mecanismo de control social y creación de consenso al sistema de explotación capitalista.

    La burguesía argentina, que gusta hablar de “relaciones carnales” con los EE.UU. y que en sus versiones más “progresistas” se identifica con el modelo renano de capitalismo, en realidad avanza con todas sus fuerzas por el camino asiático de liquidación de legislación laboral y organización sindical con la mira puesta en destruir todo tipo de organización entre su fuerza y el trabajador aislado para así llegar a su sueño de “negociar” con cada trabajador por separado.

    En su avance destructivo del viejo modelo de desarrollo capitalista, y de todas las conquistas y derechos obreros, la burguesía argentina no ha reparado en que también ha ido destruyendo la base de sustentación de una burocracia sindical que le fue absolutamente funcional durante más de cuarenta años.

    Es cierto que la burocracia como capa no ha desaparecido y, es más, que ha asumido roles económicos (manejo de fondos de participación de las empresas privatizadas, de las A..F.J.P., de las A.R.T., de las vinculaciones de las Obras Sociales con las Prepagas, etc.) que la incorporan orgánicamente al bloque de poder en ejercicio; pero también es cierto que el más poderoso de los burócratas sindicales reciclados en burocracia gerencial tiene menos prestigio y poder político que un simple secretario de seccional metalúrgico de los años ‘60.

    Pero la burocracia sindical no solo tenía funciones represiva y económicas, también tenía funciones políticas ideológicas: de incorporar a la clase obrera a un proyecto de desarrollo burgués industrialista con base en el mercado interno y el Estado de Bienestar.

    Lo paradójico del proceso argentino es que, justamente desde la fuerza política que daba tal proyecto es que se pudieron realizar semejantes transformaciones pero al hacerlo también comenzó un proceso indetenible de separación de los significantes con lo significado hasta transformar los mitos y símbolos peronistas en mascaras vacías que van siendo abandonadas por quienes creyeron en ellos por décadas.

    Se podría alegar que el peronismo transformado en menemismo ha seguido, hasta ahora, ganando elecciones.  Pero pocos se atreverían a afirmar que el menemismo es la continuidad directa del peronismo.

    El menemismo es hoy la expresión política del bloque de poder en la Argentina, sus cuadros principales han asumido la ideología neoliberal con la misma fuerza del converso que transformó a Menem en el cuadro más decidido en Latinoamérica de la aplicación del “consenso de Washington”

    La clave de los cambios ocurridos pasa por la mutación de un consenso activo que se basaba en el protagonismo y la movilización obrera y popular a este consenso pasivo edificado sobre el terror y la ideología del “no se puede” .

    El peronismo seguirá persistiendo en el imaginario colectivo de los sectores obreros y populares identificado con el proceso de “ciudadanía obrera”, el menemismo va siendo identificado de más en más como el responsable del fin de todos los derechos y conquistas que tal “ciudadanía” implicaba para los trabajadores.

    El resultado  es que, junto con tal proceso regresivo en lo económico/social y lo jurídico/institucional, grandes sectores de la clase obrera y del pueblo se encuentran hoy sin la organización sindical que los expresó por años y sin una representación política que defienda sus intereses y organice políticamente sus necesidades.

    El proceso político argentino, como en el  ‘45 se encuentra abierto a diversos caminos de desarrollo, que dependerán en mucho del modo en que se resuelva esta crisis de representación.

    Muchos han soñado en estos años de cambios estructurales con poner en marcha un Nuevo Movimiento Histórico[32] símil al encabezado por Irigoyen o por Perón.   En pleno delirio dictatorial, envalentonado por los vahos alcohólicos, el General Galtieri creyó ponerlo en marcha con su “triunfo” en Malvinas.  Recuperada la democracia política, Alfonsín convocó a formar el Tercer Movimiento Histórico convencido de que el eje democracia/dictadura le daba apoyo suficiente para tal objetivo.  También lo intentó Menem en el momento en que abandona 40 años de “tercera posición, justicia social, soberanía nacional e independencia política” para encontrarse en un abrazo con los viejos oponentes del peronismo histórico.  Creyeron que habían puesto la piedra fundamental, Chacho Alvarez, Federico Storani y José Bordón cuando en El Molino juntaron líneas transversales de definición democrática y renovadora de los grandes partidos argentinos.

    Sin embargo, todos ellos fracasaron.  Un nuevo movimiento histórico es posible pero su surgimiento no deriva solo de proponer una nueva identidad política en un periodo de crisis y de ausencia de representación política para las grandes masas nacionales.

    No comprendieron que los anteriores movimientos históricos surgieron sobre la base de proyectos de desarrollo nacional para momentos de bifurcación de caminos para el país.   El Irigoyenismo y el Peronismo significaron sucesivos esfuerzos (frustrado el primero y triunfante el segundo) por proponer un modelo sustituto al agro exportador en crisis.  El modelo de sustitución de importaciones tenía capacidad  no solo de eficientizar el capitalismo sino de incorporar vastos sectores populares al mercado y a la ciudadanía.

    El modelo neoliberal de acumulación puede, por cierto, eficientizar el capitalismo, lo que no puede es ofrecer un programa de desarrollo nacional para las grandes mayorías.  El país que va surgiendo de su puesta en aplicación es un edificio de varios pisos donde una partecita que vive en la parte alta goza de la modernidad y de la verdadera ciudadanía, el resto se va encaminando hacia la exclusión y la perdida de la ciudadanía.  Y lo dramático para todos estos esfuerzos es que el capitalismo actual, globalizado, reconvertido, flexibilizado, subordinado a los dictamines del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Grupo de los Ocho, no admite otro modelo de desarrollo.  La opción para la Argentina es un proyecto de desarrollo no capitalista, independiente, con niveles crecientes de justicia social y con la perspectiva de una sociedad socialista, donde el hombre sea efectivamente el centro de la economía y de la vida.

    Sobre la base de tal proyecto podrá surgir un verdadero Nuevo Movimiento Histórico donde las grandes masas obreras y populares tantos años postergadas, se conviertan en los constructores de su propia historia y conquisten para sí una ciudadanía verdadera, concreta y cotidiana.

    Bibliografia utilizada

    • Palomino Héctor y Schvarzer Jorge, Entre la informalidad y el desempleo. Una perspectiva de largo plazo.  publicado en Revista Realidad Económica Nº 139. página 17.
    • Oscar Martínez, La sociedad que desaparece, revista Margen Izquierdo Nº 6
    • Richard G. Lipsey. Monetaristas vs. neokeynesianos. página 165.
    • Juan Manuel Abal Medina, Capitalismo, sindicalismo y democracia. página 89. en Las nuevas democracias del Cono Sur: cambios y continuidades. Julio Pinto, compilador.  Ediciones de la U.B.A.
    • Ricardo Rojas, En torno al perfil productivo de la provincia de Santa Fe.  fotocopias del original
    • Jaskel Shapiro, ¿Existe una política demográfica en el país? ediciones en mimeógrafo.

    ……………………¿Desempleo y marginación en el Gran Rosario. fotocopias del original inedito.

    • Claudio Lozano, Ocupémonos de la desocupación. revista Deuda Externa Nº 25
    • José Schulman, Tito Martín, el villazo y la verdadera historia de Acindar. Editorial Dialéctica. Buenos Aires. 1996
    • Alejandro Dorfman, La crisis en los centros urbanos. Revista de la U.B.A.  junio de 1996
    • Atilio Borón, El experimento neoliberal de Carlos Saúl Menem. Peronismo y menemismo. Ediciones El cielo por asalto. 1995
    • José Nun, Populismo, representación y menemismo. Peronismo y menemismo. Ediciones El cielo por asalto. 1995
    • Ricardo Sidicaro, Poder político, liberalismo económico y sectores populares. Peronismo y menemismo. El cielo por asalto. 1995

    Daniel Campioni, Estado y sindicalismo, fotocopias del original, inedito.


    [1] Oscar Martínez, La sociedad que desaparece

    [2] José Nun. Menemismo y peronismo

    [3] citado por Juan Manuel Abal Medina

    [4] Federico Éngels, carta del 22/10/1890 a Bloch

    [5] citado por Atilio Borón, El experimento neoliberal de Carlos S. Menem.

    [6] Atilio Borón, obra citada

    [7] Palomino/Schaverzer. Entre la informalidad y el desempleo. Una perspectiva de largo plazo

    [8] política de ajuste impulsada por Celestino Rodriguez, ministro de economía de Isabel Perón en 1975

    [9] Palomino/Schaverzer. obra citada

    [10] ver introducción de la monografía

    [11] Juan Alemann, en un reportaje de 1982 reivindicó como él mayor avance en la reforma del estado y el programa de privatizaciones levantado por Martínez de Hoz, la desarticulación del movimiento obrero y de la oposición.

    [12] Alejandro Rofman. obra citada

    [13] La información histórica está tomada básicamente del trabajo de  Ricardo Rojas: En torno al perfil productivo futuro de la provincia de Santa Fe. Análisis de su estructura económica social

    [14] Juan Manuel Abal Medina. Capitalismo, sindicalismo y democracia

    [15] Jaskel Shapiro. Existe una política demográfica en el país ?  El censo de 1980 en la provincia de Santa Fe

    [16] Daniel Campioni. Estado y sindicato. 1983/1995

    [17] José Schulman Tito Martín, el villazo y la verdadera historia de Acindar.,

    [18] Jaskel Shapiro,  Desempleo en Rosario,

    [19] Alejandro Rofman,  La crisis en los centros urbanos,

    [20] Jaskel Shapiro, Desempleo en Rosario.

    [21] Manufacturas de origen agropecuario

    [22] Manufacturas de origen industrial

    [23] citado por Jaskel Shapiro en obra citada

    [24] Atilio Borón. obra citada

    [25] Marco Aurelio, intervención en el Foro de San Pablo reunido en Montevideo.

    [26] Daniel Campioni. obra citada

    [27] Gino Germani.  Estado y sociedad en una época de transición

    [28] Przeworski.  Capitalismo y socialdemocracia , citado por Daniel Campioni en la obra citada

    [29] A partir del régimen de «personería gremial», que combina la centralización sindical, con las fuertes facultades de aprobación e intervención por el estado de las actividades sindicales. Se instrumentó un sistema de convenciones colectivas de trabajo, limitado a las asociaciones sindicales reconocidas, y sujeto a la «homologación» del estado.

    [30] El acuerdo representaba por parte de los trabajadores la aceptación de la lógica de la rentabilidad y del mercado como principios rectores de la asignación de recursos, del intercambio de los productos y  de la localización industrial.

    [31] Nos referimos al fuerte componente de anticomunismo (o mejor, antiizquierdismo de cualquier signo), que acompañaba y servía de corolario a la doctrina de la colaboración de clases en la ideología del sindicalismo peronista.

    [32] utilizo el termino en el sentido que le da el discurso político vigente en la Argentina que considera que solo han existido dos grandes movimientos políticos verdaderamente masivos y representativos de un proyecto nacional


  • El 16 de marzo de 1996, en una hermoza fiesta popular presentamos el libro sobre Tito Martín, el villazo y la verdadera historia de Acindar en un club de Villa Constitución fundado por el mismo Tito, el Club Riveras del Paraná.  Hubo un panel de presentación y luego una ternera asada deshuezada de la que comieron cientos de personas.  En esa ocasión pronuncié más o menos estas palabras

    Hay una dignidad que el vencedor no puede alcanzar.

    Jorge Luis Borges

     

    Si alguien me preguntara qué clase de libro es éste, me sería difícil contestarle.  A primera vista parece una biografía, y es cierto que contiene historias de vida, y no solo de Tito Martín, también de Angel Porcu, de Alberto Piccinini, de Carlos Sosa y de varios centenares de compañeros que pelearon  y vivieron en Villa Constitución en los ‘70.  Pero no es solo una biografía.

    Como trae abundante material sobre la historia del movimiento obrero de Villa (y no solo del periodo preparatorio del Villazo, por ejemplo se cuenta la lucha de los maestros desocupados de Villa en 1936 y el proceso de organización de los maestros desocupados) incluidos documentos del Cte. de Lucha, de Agustín Tosco y de Angel Porcu, alguno lo podría tomar como un tratado de historia del movimiento obrero.  Pero no es solo eso.

    El libro trae también una replica a la versión “oficial” de historia de Acindar escrita por Felix Luna, la “verdadera historia de Acindar”. Pero tampoco es un libro de historia económica.

    En realidad he querido con el libro entregar al lector tres relatos/símbolos para que este los despliegue y así poder llegar a entender lo que nos pasó, por que tanto odio y perversidad en la represión, e incluso algunas claves para que los combates futuros sean más efectivos y acerquen la victoria.  Es decir, la felicidad del pueblo.

    El primer relato/símbolo es sobre el propio Tito Martín, un militante de 78 años que desde los 16 años ha luchado incansablemente por los suyos y su ciudad.  Ha fundado clubes y vecinales.  Ha viajado en un velero hasta Foz Iguazú y regresado por el Paraná. Dirigió un Cine Club y fundó una escuela secundaria donde estudiaron algunos de los principales dirigentes metalúrgicos del Villazo. Y ha protagonizado todo tipo de luchas: sindicales, como maestro desocupado, como maquinista ferroviario y como dirigente de la C.G.T. de Villa Constitución de la que fue su secretario durante los escasos 60 días que existió en el ‘75 hasta que el Operativo del 20 de Marzo la disolvió.  Tito Martín representa a esos imprescindibles de que hablaba Bertol Brecht en su poema.  Tito, sin exageración, se acerca a eso que quería el Comandante Guevara cuando reclamaba un “hombre nuevo” para construir el socialismo.  Uno que está siempre dispuesto a hacer algo más que los hombres  “normales” están dispuestos a hacer.  Y no para provecho personal, sino para que la gente tenga agua potable, cobre un salario adeudado o triunfe en el Villazo.  La historia de vida de Tito se va desplegando en contraposición con la de los Acevedo, los dueños de Acindar y Villa Constitución.

    Por ello el segundo relato/símbolo es acerca de la propia Acindar, una de las empresas más poderosas de la provincia, y aún de la Argentina que representa de un modo cabal, verdaderamente paradigmatico el  carácter de las relaciones entre el poder económico y el poder político.  Una historia de prebendas y subsidios desde el primer día de su fundación en 1942 hasta llegar al paroxismo de colocar al presidente de directorio como Ministro de Economía de Videla y de conseguir un crédito externo para construir su Planta Integrada (para lo cual previamente necesitaron derogar con Frondizi la ley “Savio” de monopolio estatal del proceso de producción de acero desde el mineral de hierro en un circuito integrado) con avales del Estado.    Créditos que -como se sabe- nunca pagaron, que Cavallo estatizó en 1981 desde su puesto en el Banco Central y Alfonsín asumió el compromiso de su pago en 1984 completando uno de los fraudes al estado más fabulosos.  Eran 260 millones de dólares “de los de antes”.  El libro también muestra/demuestra como la enorme riqueza de los Acevedo (los padres fundadores), los Martínez de Hoz, los López Aufranc (el general que reprimió el Cordobazo y presidió la empresa entre el ‘76 y el ‘93) tiene como contrapartida la pobreza de sus trabajadores (casi 9.000 de ellos perdieron su puesto de trabajo en el conglomerado Acindar desde 1981 a la fecha).  También que Acindar siempre ha jugado un rol de vanguardia entre la gran burguesía argentina.  Fue de las primeras en entender la necesidad de la actualización tecnológica permanente, de abrir mercados internacionales, y sobre todo fue de las primeras en comprender y luchar por la “flexibilización laboral” entendida como liquidación de conquistas e imposición del obrero polifuncional y las nuevas formas de organización del trabajo inspiradas no ya en el “taylorismo” o el “fordismo” de épocas anteriores, sino más bien en los métodos del “toyotismo” y otras novedades de fin de siglo.  Acaso la culminación operativa del Operativo represivo del 20 de marzo del ‘75 fuera la liquidación completa del Convenio Colectivo y la flexibilización laboral conquistada por la empresa en 1990.  Como ellos mismos dicen, en los cinco años posteriores la productividad por obrero creció de unos 57/58 mil dólares de facturación anual por trabajador a unos 125/128 mil dólares en 1995 y estiman que llegará a un cuarto de millón de dólares por trabajador en 1998 con una retribución anual de no mucho más de 10 mil dólares.  Pero no fue siempre fue así.

    Eso tratamos de mostrar en el tercer relato/símbolo sobre el propio Villazo.  La gran movilización obrera y popular del 16 de marzo del ‘74 con que se celebró el triunfo obtenido sobre Lorenzo Miguel y la U.O.M., sobre Martínez de Hoz y Acindar (todavía era su presidente) y sobre el Ministerio del Trabajo y la derecha peronista arrancando un cronograma de normalización democrática del sindicato metalúrgico intervenido por largos años.  Y este es un símbolo particularmente caro para el autor.  Cada uno elige los símbolos con que más se siente identificado.  Hay quienes, religiosamente, recuerdan anualmente el 20 de marzo, la fecha de la derrota, de la muerte, de la derrota.  Y está bien recordar esas fechas, para que nunca se olvide lo que sufrimos, lo que es capaz la burguesía en defensa de sus beneficios.  Pero también es bueno acordarse de las victorias, de que la generación del ‘70 no solo tenía ética y razón histórica, también era inteligente, valiente, audaz, capaz de lograr la victoria.  Que no fracasó, que fue aplastada por uno de los genocidios más feroces de la historia contemporánea.  Contamos el Villazo para que todos sepan que no solo hubo derrotas y muerte.  Que también hubo victorias y festejos.  Que un día el pueblo tuvo tanta fuerza como para derrotar a Lorenzo Miguel y la U.O.M., a Martínez de Hoz y Acindar, a López Rega y los secuaces que desde el gobierno trabajaban para los enemigos.  Y que es posible volver a tenerla.

    El Villazo, como el Cordobazo(‘69) o el Rodrigazo (‘75) no surgieron de la nada ni casualmente. Tienen su historia de acumulación de fuerzas y de despliegue.  Hemos recogido tres testimonios sobre el Villazo.  El propio de Tito; el de Angel Porcu que fuera entonces uno de los principales (es decir, de los más activos) miembros de la Comisión Interna de Acindar que gestó el Villazo; y el del Comité de Lucha del ‘74 tratando no de “interpretar” desde la comodidad de saber como terminó la película y con las herramientas teóricas adquiridas en estos años, sino de suministrar al lector un valioso material documental que incluye las reflexiones y orientaciones que Agustín Tosco hiciera sobre Villa.

    En última instancia, el libro tiene ese sentido: contribuir a recuperar la memoria histórica en el convencimiento de que ella es un factor imprescindible en la batalla cultural contra el neoliberalismo y su cultura consumista del egoísmo y el sálvese quien pueda.

    Por ello el libro, trae dos símbolo accesorios, y estos muy nítidos.  Uno es la lista de los compañeros asesinados por esos años en Villa de los que hemos tratado de recopilar algunos datos más que su fecha de desaparición en una tarea que recién comienza y nos compromete a todos.  La otra lista es la de los represores, y no solo incluye a los grandes responsables como López Rega y Martínez de Hoz, también a los “pequeños” delatores como el cura Samuel que repicaba las campanas de júbilo ante la muerte de nuestros compañeros.

    Hace 12 años, un ocho de octubre de 1984, un comando robó de los Tribunales Rosarinos los documentos recolectados por la Co.Na.Dep. sobre la represión en Villa y la responsabilidad de Acindar.  Era su modo de decir que exigían impunidad y desmemoria.  Con el libro, serena pero firmemente les decimos que seguiremos luchando por Juicio y Castigo a los culpables, por la  Verdad y la Memoria.