Peronismo, menemismo y clase obrera


Federico Engels sostenía  que cuando una cosa o fenómeno social deja de ser lo que era, es el momento en que se ponen a prueba las nociones y conceptos que intentaron describirlo y explicarlo.  Esto es así porque, de las tendencias contradictorias que lo cruzaban, queda perfectamente claro cuál era la principal -y finalmente triunfante- y qué aspectos secundarios adoptaban formas de apariencia que velaban la esencia de los fenómenos sociales generando mitos y falsas imágenes. La Biblia lo dice de un modo directo y simple: “Por el fruto lo conoceréis” indicando que la continuidad o los herederos, explican el hecho u objeto analizado de un modo certero.

Ahora que del peronismo original sólo perduran algunos signos y símbolos exteriores que fueron funcionales al periodo fundacional y de plenitud (la marcha, la liturgia de las movilizaciones obreras y populares, etc.), que poco y nada tienen que ver con las políticas y doctrinas que hoy defiende el movimiento político que es su continuador y heredero, el menemismo; es bueno reabrir un debate sobre qué era en sus orígenes y que rol jugó en el desarrollo de la conciencia obrera y de las luchas de clase en la Argentina.   Y, sobre todo, en que medida esta transformación posmodernista y neoliberal  modifica el escenario y las estrategias de acumulación revolucionaria en dirección a cumplir la tarea histórica de aportar a transformar el sujeto social en un actor político revolucionario.

El menemismo es ruptura y continuidad de los rasgos fundamentales  constitutivos del peronismo como movimiento  y como identidad política hegemónica en la clase obrera y el movimiento popular desde hace más de 50 años.  Trataremos de demostrar que sus elementos de continuidad tienen que ver con que siempre soportó una hegemonía de clase burguesa (que se mantiene y potencia) y que sus elementos de ruptura tienen que ver con la derrota que el movimiento revolucionario y la izquierda (incluida en buena medida la propia izquierda peronista) sufrieran a manos de una burguesía concentrada y fuertemente integrada al gran capital internacional, la que al mismo tiempo subordinó y destruyó a las capas de burguesía nacional interesadas en el desarrollo industrial y el mercado interno.  Si la continuidad tiene que ver con la hegemonía burguesa en el peronismo, la ruptura tiene que ver con el cambio de modelo de desarrollo capitalista que la burguesía impulsó entonces (1946) y con el que se identifica hoy.

El informe aprobado por el Comité Central del  Partido Comunista (29 y 30 de noviembre de 1996), analiza entre los problemas históricos para la inserción de la cultura socialista y revolucionaria entre los trabajadores y los sectores populares el hecho de que “en el ‘45, el grado de acumulación fue destruido por un proyecto burgués populista que logró triunfar aprovechándose de nuestras debilidades y errores, pero también como parte de un fenómeno más amplio, latinoamericano y mundial de despliegue del Estado de Bienestar como barrera de contención al comunismo” marcando elementos de análisis que -por lo menos para iniciar el debate- nos son muy útiles.

/       Se afirma que la aparición del peronismo, como fenómeno político, destruyó niveles de acumulación de cultura revolucionaria y socialista pre/existentes fruto de la labor de los comunistas y de otras corrientes revolucionarias como la de los anarquistas, los socialistas revolucionarios, los “sindicalistas” y otros grupos y corrientes que se originaron de los dos primeros troncos de cultura revolucionaria: los socialistas y los anarquistas.

/       Que en tal proceso de destrucción hubo responsabilidades propias: “logró triunfar aprovechándose  de nuestras debilidades y errores” que tienen que ver con las dificultades de los fundadores en aprehender un marxismo creador superando las influencias liberales y positivistas que agobiaron y limitaron a personalidades tan trascendentes como Juan B. Justo, José Ingenieros o el mismo Aníbal Ponce; y que luego se fundieron (y potenciaron) con la influencia del “marxismo oficial” dogmatizado y esclerótico que introdujo el stalinismo en el movimiento comunista internacional, por vía de la Internacional Comunista post/leninista.[1]

No se trata aquí de escribir la historia del marxismo y el movimiento obrero argentino, solamente se trata de resaltar las particularidades históricas del capitalismo argentino que lo llevaron, en el proceso de formación del mercado y el Estado nacional, al doble proceso de genocidio indígena (para completar la ocupación territorial) y de promoción masiva de la inmigración europea en busca de mano de obra calificada y barata para los primeros emprendimientos industriales (el ferrocarril, los frigoríficos, los puertos) relacionados lógicamente con el transporte, almacenamiento y comercialización internacional de los cereales y las carnes que hicieron de éste, el “granero del mundo”, y del modelo de desarrollo capitalista agro/exportador un modelo eficiente y productivo. Solamente la provincia de Santa Fe (destino principal de la inmigración junto con Buenos Aires , Córdoba y Entre Ríos) pasa entre 1896 y 1914 de 90.000 a 900.000 pobladores y de los 16.000 obreros que había en dicha provincia en 1900, 10.000 eran inmigrantes europeos.

Roca por un lado y las compañías colonizadoras por el otro, son los principales protagonistas de este momento de acumulación originaria del capital. Los inmigrantes son atraídos, en los países empobrecidos de Europa: Italia, Rusia, Polonia, España, etc. con la ilusión de tierras baratas y créditos fáciles, pero pronto son abandonados a su suerte, que en realidad es la suerte de quienes pueden contratar a bajo costo mano de obra relativamente calificada.  De sus terribles condiciones de vida y trabajo han quedado innumerables obras artísticas y el ilevantable Informe de Bialet Masse, encargado por el propio Roca para conocer como vivían los pobres de entonces.

Una parte de los inmigrantes eran veteranos de las luchas obreras europeas de 1848, de la Comuna de París de 1871, de los intentos organizativos socialistas de Alemania y Rusia, etc.  Traen consigo ideas anarquistas y socialistas.  Fundan los primeros sindicatos (la Unión Tipográfica ya en 1878) y comparten con los criollos las primeras batallas de clase: la Patagonia Rebelde, la Semana Trágica, la lucha contra la Forestal al tiempo que fundan el Partido Socialista en 1896.  Su aporte es innegable pero no se puede dejar de señalar que sus conocimientos teóricos son harto limitados.  Los socialistas y marxistas son minoría.  Y aún ellos tienen una formación rudimentaria.  Además, la adhesión al Partido Socialista de una serie de prestigiosos intelectuales como Ingenieros no resuelve sino agrava el problema por la carga liberal y positivista que la intelectualidad de la generación del Centenario  tiene.  No se puede subestimar tampoco el peso de la psicología del inmigrante que siempre está soñando con volver a sus orígenes.

Como se dice, lo que en teoría revolucionaria son diferencias milimetricas, en la práctica política son errores de peso.  Así es que tuvimos dificultades serias para comprender la cuestión nacional en un país capitalista dependiente como el nuestro y de desplegar una política independiente de las necesidades estatales de la Unión Soviética y así, la justa política de gestar frentes antifascistas en cada país y de aportar a la victoria soviética en la segunda guerra mundial, se transformó en la Unión Democrática.

En esta etapa (finales de la II Guerra Mundial y período previo al lanzamiento de la Guerra Fría) tuvo particular incidencia negativa el pensamiento y la acción política de un dirigente comunista norteamericano, Earl Browder, que había pertenecido desde 1924 a los organismos dirigentes de la Internacional Comunista (titular del Comité Ejecutivo y suplente del presidium del ejecutivo desde el VII Congreso de 1935) y  que predicaba para la posguerra una sociedad de convergencia e integración entre el capitalismo y el socialismo y la transformación de la política de Unidad de los Estados Aliados Antifascistas (una política justa de unidad de acción contra el enemigo principal, pero que era obviamente una iniciativa táctica, y por ello temporal) en una estrategia de carácter permanente.

Así, para Browder los resultados de la Conferencia de Teherán implicaban que “por una parte, el sistema del bipartidismo ofrecía medios adecuados para el ejercicio de los derechos democráticos fundamentales” y en consecuencia el Partido Comunista de los EE.UU. (tal como existía) era un obstáculo para la unidad nacional y debía ser disuelto (como efectivamente ocurrió en mayo de 1944 por resolución de una Conferencia Nacional del partido que se autotransformó en la Asociación Política Comunista) y por otra parte “el capitalismo y el comunismo habían comenzado a marchar juntos hacia la colaboración pacífica del futuro”. Los historiadores coinciden en que Browder decía y ejecutaba lo que la Internacional Comunista insinuaba: “nuestra reunión de Crimea ha reafirmado nuestra determinación común de mantener y reforzar en la paz que va a venir, la unidad de visión y de acción que ha hecho posible y seguro el triunfo de las Naciones Unidas en esta guerra” decía José Stalín por entonces.

Pocos días después del 17 de Octubre de 1945, el periódico Orientación publica una nota firmada por Victorio Codovilla en donde -palabras más, palabras menos- defiende casi textualmente dicha posición. Veamos lo que dice: “Pregunta: Según Ud., entonces, el capitalismo y el socialismo encontrarán el camino de coexistencia y de  colaboración en la postguerra?  Y esta coexistencia ¿será geográfica o de sistemas económicas clásicas?.   Respuesta: No sólo encontrarán ese camino: ya lo han encontrado.  Esto ha sido posible porque las concesiones mutuas que seguramente han tenido que hacerse los Tres Grandes a fin de crear las condiciones favorables para su colaboración durante todo un período histórico, las han hecho no en beneficio de una potencia y en detrimento de otra, en favor del régimen socialista y en perjuicio del régimen capitalista o la inversa, contra el régimen socialista y en favor del régimen capitalista, sino en beneficio de la causa de la humanidad avanzada y progresista y en contra de la reacción y el fascismo……Esto quiere decir que después de aniquilar a las hordas nazifascistas en los campos de batalla y de eliminar “las causas políticas, económicas y sociales” que permitieron al imperialismo germanofascista y nipón desencadenar la guerra actual se procederá también, gradualmente a liquidar esas mismas causas, tanto en los países satélites del fascismo como en todos los países del mundo cuya estructura económica permite el predominio incontrolado de oligarquías terratenientes y financieras y de castas militaristas y en los cuales el poder político está aún en manos de minorías reaccionarias y profascistas al servicio de los grandes terratenientes, de los grandes banqueros y de los monopolios nacionales y extranjeros que explotan en forma inhumana a los pueblos y empobrecen a las naciones enriqueciéndose ilimitadamente y que luego provocan las guerras para extender sus dominios a los pueblos libres.  Esto quiere decir que, en lugar de esos regímenes políticos y de esas estructuras económicas habrá “gobiernos del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, los cuales consolidarán y desarrollarán los regímenes democráticos, liquidarán las trabas semifeudales que impiden el desarrollo armónico de la agricultura y de la industria y se preocuparán de aumentar constantemente la producción, en función de mejorar progresivamente las condiciones de vida y de trabajo y el nivel cultural de la población laboriosa…”[2] Su incidencia en la política que nos llevó a la Unión Democrática es tan obvia que nos parece innecesario decirlo.

Claro que tales “debilidades y errores” pudieron “aprovecharse” en una coyuntura histórica muy particular donde confluyen fenómenos internacionales (despliegue de la 2º Guerra Mundial , táctica de frente único contra el fascismo internacional) y sus repercusiones internas (interrupción del circuito agro/exportador que coherentizaba la inserción subordinada del país en el sistema capitalista mundial) que darían lugar a un proceso de acelerada industrialización a fin de sustituir las importaciones interrumpidas.

Entre 1941 y 1946 (período de la II Guerra Mundial) la ocupación obrera aumenta un 40,5% y el valor de la producción en un 34.5%.  Los establecimientos industriales pasaron de 51.178 a 54.670 y los obreros industriales de 677.517 a 938.387.  Para 1947 la población total era de 15.894.000 personas y la P.E.A. (población económicamente activa) era de 6.445.000 personas de los cuales 4.633.000 personas (el 73%) eran asalariados.  Pero además se modifican abruptamente los índices y niveles de sindicalización: en 1936 había 369.989 obreros sindicalizados en 296 organizaciones sindicales, en 1941 son 441.412 obreros sindicalizados en 356 organizaciones sindicales y en 1945 llegan a 528.523 trabajadores  y 969 organizaciones sindicales con lo que tenemos un índice de sindicalización del 10% y  menor que el de 1941 y al de 1935. [3]

Qué había ocurrido?  Por un lado un modelo de relación del Estado con los sindicatos basado en el desconocimiento de las organizaciones sindicales y el hostigamiento permanente.  Para los que se atreven a desafiar el poder, persecusiones, cárceles, destierro.  Así había ocurrido con las importantes luchas que durante la “década infame” libraron los trabajadores de la carne (1932), los petroleros de Comodoro Rivadavia (1932), los trabajadores de la madera (1934) y la gran huelga de la construcción (1935/36) que fueron enfrentadas a sangre y fuego por la dictadura de Justo y sus continuadores. Rufino Gómez (petrolero), José Peter (carne), Vicente Marishi (madera), Fioravanti, Chiaranti, Burgas e Iscaro (construcción) eran parte de una nueva camada de dirigentes obreros  comunistas reconocidos ampliamente por los trabajadores y temidos por el poder.  El General Sosa Molina, explicando las causas del golpe de 1943 conducido por una logia militar (el GOU) de la que formaba parte Perón relataba su visión del 1º de mayo de 1942: “Una enorme multitud con banderas rojas al frente, con los puños en alto y cantando La Internacional, presagiaba horas verdaderamente trágicas para la República.  Las FF.AA. no podían permanecer indiferentes.  La revolución del cuatro de junio tiende a anticiparse a los acontecimientos”.

Pero eso no era todo, como diría Arnedo Alvarez en el XI Congreso del P.C. (1946) “El debilitamiento de nuestras posiciones en el campo obrero no tiene, pues, su explicación única en la persecución tenaz de la reacción fascista, sino fundamentalmente en la aplicación de un política no siempre acertada, que nos impidió  influenciar y dirigir al movimiento obrero…Nuestra desviación fundamental consistió en el debilitamiento de la lucha por reivindicaciones económicas de los obreros y los trabajadores en general, determinado por el temor de perder aliados en el campo de los sectores burgueses progresistas” [4].

Y este es uno de los puntos en que la historia se encuentra: cambios acelerados en la clase obrera, dificultades en asimilar el marxismo como una teoría creadora y subordinación a un centro revolucionario que no pensaba en la revolución, necesidad de un nuevo proyecto de desarrollo para el capitalismo que había agotado el modelo agro/exportador, surgimiento de una personalidad como Perón que busca en los trabajadores base social para su proyecto de poder.  A lo mejor si no hubieran coincidido en el tiempo y el espacio tantos factores (y algunos otros que no nombramos o se nos escapan) la historia no hubiera cambiado de rumbo.  Pero porque todo esto ocurrió sí hubo un 17 de octubre y surgió un movimiento político que ya cumplió 50 años.

/       Se caracteriza al peronismo triunfante en el ‘45, como un proyecto burgués populista definiendo tanto su esencia clasista como el modelo de acumulación capitalista con que la burguesía de entonces estaba comprometida. Un modelo de acumulación basado en la ampliación del mercado interno (y su defensa para la burguesía industrial y comercial nativa) a partir de un activo rol del Estado y la construcción de un Pacto Social que aseguraba a los trabajadores un conjunto de beneficios y mejoras a cambio de la renuncia  a la lucha contra el capitalismo como sistema dominante. Tratamos, con este enfoque, de superar el movimiento de péndulo que la izquierda ha realizado en su calificación del peronismo que fue de verlo como un movimiento típicamente fascista, “nazi peronismo” decíamos hasta el XI Congreso (1946), hasta llegar a calificarlo como una fuerza revolucionaria por su base social y su supuesto rol de movimiento de liberación nacional.

A los fines de concentrarnos en lo principal dejaremos de lado las imprescindibles discusiones y adaptaciones que términos como populismo, estado de bienestar, pacto social, etc. exigen para la realidad argentina. En todo nuestro trabajo nos basaremos en el concepto de modelo de acumulación capitalista entendido como el modo en que se genera y distribuye la riqueza social, pero no solo eso; buscaremos relacionar los modos en que la burguesía realiza la plusvalía y asegura el ciclo de reproducción ampliada del capital (que no es solo reproducción ampliada de los objetos hechos mercancías, sino especialmente de las condiciones sociales que posibilitan que continúe el ciclo de producción capitalista) por lo que nos interesa destacar el modo en que la clase opresora mantiene a las clases desposeídas, explotadas y/o marginadas bajo su dominio.  Tal modalidad de dominio tiene una historia y un condicionante internacional.  Y, sobre todo, tratamos de relacionar todo los fenómenos en un enfoque integral, totalizador, que vincule, por ejemplo, el crecimiento industrial argentino de los ‘40 con los cambios en la composición de la clase obrera, pero al mismo tiempo relacionar los bajos índices de sindicalización, los debates de la Internacional Comunista y el modo en que se procesaron esos debates en la Argentina, la influencia de la doctrina militar germana en el Ejercito, el desarrollo de un pensamiento nacionalista que se bifurca en un nacionalismo reaccionario cuasifascista y otro popular, progresista, etc. etc..  Parece difícil y complejo, pero la realidad es así.

Se trata, a las puertas del siglo XXI de superar el viejo método positivista característico del siglo XIX que creía encontrar en el análisis separado de las partes de un fenómeno u objeto, el camino de la verdad.  Se trata -para nosotros- de volver a Marx y a Engels quienes se concentraron en encontrar un hilo conductor del análisis de la realidad como un todo único: “Según la concepción marxista de la historia, el elemento determinante de la historia es en última instancia la producción y la reproducción de la vida real.  Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca otra cosa que esto: por consiguiente, si alguien lo tergiversara transformándolo en la afirmación de que el elemento económico es el único determinante, lo transforma en una frase sin sentido, abstracta y absurda”. [5]

/       Se ubica al peronismo como parte de un fenómeno más amplio, de carácter latinoamericano y aún mundial, que respondía a  la necesidad de dar respuestas a la crisis del capitalismo con un modelo de desarrollo como el propuesto entonces, que perduro casi 30 años y que produjo el periodo de expansión capitalista más prolongado e importante de su historia apoyándose tanto en la masiva destrucción de fuerzas productivas que produjo la Segunda Guerra Mundial como en el incentivo que les produjo competir con el socialismo y “ofrecer” algo a sus trabajadores para contrarrestar la imagen positiva que el socialismo como sistema real existente y como propuesta alternativa  tuvo en la posguerra.[6] Este enfoque se opone a  la tradición intelectual “nacional y popular” que exigía el reconocimiento de originalidad, y aún más, de su carácter de modelo de movimiento de liberación nacional imitado en otras partes del continente.

El peronismo  es inconcebible  al margen de la configuración mundial a finales de la Segunda Guerra Mundial. La tercera posición en el plano internacional es fundamental en la constitución de este movimiento. Sin embargo, al fracasar la hipótesis peronista de la tercera guerra mundial  (esperaban mantener la ventajosa situación de  proveedores destacados de materias primas a los países capitalistas centrales), y al irse afirmando progresivamente la hegemonía de los capitales norteamericanos en el continente y en el país, se fueron reduciendo los modestos espacios de los proyectos burgueses nacionalistas.  Al mismo tiempo  se va produciendo una degradación de la burguesía: va pasando de ser burguesía nacional a ser una burguesía subordinada totalmente al imperialismo[7] ; proceso de deterioro que culmina con el triunfo de la contrarrevolución conservadora, el derrumbe de la URSS y el fin del mundo  bipolar en que se habían creado condiciones para su surgimiento y relativo desarrollo.

Esta situación ha llevado al cierre de los espacios económicos para los proyectos socialdemócratas y/o socialcristianos y a que movimientos como el PRI en Méjico, los socialdemócratas en Venezuela, los socialistas y democristianos en Chile, el MNR en Bolivia, el Partido Liberal en Colombia, etc. produzcan  una ruptura programática profunda con sus orígenes y desencadenen una crisis de representación en desarrollo exponencial que pretende ser reabsorbida por la “democracia electrónica” o  la marginación de sus bases de la política..

/       Como los dirigentes de la derecha peronista proclamaban orgullosos, se ubica al peronismo (igual que al populismo y los llamados Estados de Bienestar) como “dique de contención al comunismo” y esta afirmación de modo alguno pretende ignorar las diferencias, contradicciones y aún más, las luchas encarnizadas, que al interior del peronismo existieron entre los defensores a ultranza de su doctrina fundacional (tercera posición, conciliación de clases, comunidad organizada) y los sectores más comprometidos con la defensa de las banderas que el peronismo históricamente levantaba: justicia social, soberanía popular e independencia económica que, luego del triunfo de la Revolución Cubana (1/1/1959), y de la mano de hombres como John William Cooke, avanzaran firmemente por el camino del marxismo y de la opción socialista.

La experiencia peronista se desarrolló siempre bajo la contradicción entre una hegemonía burguesa y una base constituida fundamentalmente por la clase obrera (agrupada en un movimiento sindical de los más desarrollados del continente) y  sectores populares; marco en el que se alimentaron diversos intentos de izquierdización y superación revolucionaria. Entre ellos, el más notable, el de las organizaciones montoneras en los años 70. Pero ninguno de ellos logró superar los límites de lo que mundialmente es conocido como el desarrollo de  movimientos nacionalistas populares revolucionarios al interior de procesos nacionalistas hegemonizados por las burguesías nacionales.

Esta hegemonía burguesa fue criticada, estuvo cuestionada y aún más, llegó a estar disputada por las corrientes revolucionarias, pero nunca -ni aún en los períodos de auge como el de 1969/1975- pudo ser desplazada.  Y cuando esa burguesía industrialista fue derrotada en la disputa histórica entre los diferentes agrupamientos burgueses al interior del bloque dominante[8], también comenzó un proceso (cuyas primeras señales fueron el lopezreguismo con su Plan Rodrigo y más cercanamente, el proceso de Renovación Peronista encabezado por Cafiero) de desplazamiento de la burguesía industrialista de su rol hegemónico en el peronismo  y su reemplazo por los sectores más concentrados y subordinados al gran capital transnacional y el imperialismo yankee.

El abrazo de Menem con los enemigos históricos del peronismo tradicional (Alsogaray, el almirante Rojas) y la incorporación de los personeros más notorios de la oligarquía primero al gobierno y luego al partido Justicialista son la expresión pública de este fenómeno más profundo y oculto: la conquista de la hegemonía del peronismo por parte de la burguesía más concentrada y trasnacionalizada.

El desarrollo del peronismo estuvo siempre relacionado con la lucha por superar los límites capitalistas del modelo que él mismo encarnaba. La famosa frase, “combatiendo al capital” de la marcha peronista, nos habla de ese empeño y es sugerente para explicar la agudización de la lucha de clases en el interior del movimiento peronista, lo que determinó en buena medida, la sucesión (del `55 en adelante) de dictaduras militares cada vez más terroristas y genocidas.

Luego de la derrota político militar sufrida por Montoneros en 1975/78, al retorno de la “democracia” hubo algunos intentos de reagrupar la militancia sobreviviente de aquella experiencia, de los campos de concentración, las cárceles o el exilio.  Algunos núcleos convergieron en el Frente del Pueblo(1985), el Fral(1987) y la formación de la Izquierda Unida(1988/89) en un proceso que sugería el abandono por parte de estos militantes de la histórica teoría del peronismo como un movimiento de liberación nacional del cual la “izquierda peronista” estaba llamada a ser la vanguardia al que la izquierda no peronista debía apoyar incondicionalmente.

Tal pensamiento estaba en el mismo Cooke: “los comunistas somos nosotros”[9] diría en un material preparado para discutir con el Che Guevara las tareas revolucionarias en la Argentina donde además afirmaba que “el peronismo es revolucionario pero no está organizado adecuadamente para las tareas revolucionarias” lo que lo lleva a plantear la lucha contra “la burocracia reformista y pactista” como la tarea central de todos los revolucionarios desdeñando la unidad de los revolucionarios y la construcción de un verdadero frente de liberación nacional y social. Afirmaba que “no hay política nacionalista sino bajo la conducción de la clase trabajadora” pero creía poder resolverlo al interior del peronismo.  Este enfoque equivocado del problema de la hegemonía, proyectado a otra circunstancia histórica por Montoneros, contribuiría al desencuentro fatal de las fuerzas revolucionarias de los ‘70.

Los resultados electorales de la izquierda frentista a finales de los ‘80 (mucho menos de lo por ellos esperado); y el surgimiento de la Renovación Peronista con su propuesta de “democratización del peronismo” y su demonización de “los mariscales de la derrota”[10] sugerían que, una vez más, era posible la lucha por copar al peronismo y ganarlo por dentro para un proyecto revolucionario.  No comprendían que la Renovación Peronista era la forma que asumía el movimiento de instalación de una nueva hegemonía burguesa (de los grupos más concentrados y subordinados al imperialismo y su proyecto neoliberal), proceso que se efectivizaría de un modo singular: de la mano del aparente oponente a tal proyecto, el entonces “populista” “folklórico” y “arcaico” gobernador de La Rioja, Carlos Saúl Menem.

Tres hechos resultaron demoledores de la subjetividad revolucionaria de esos núcleos en recomposición de izquierda peronista:  uno fue la derrota de la Renovación a manos de Menem (que supuestamente encarnaba al peronismo “tradicional”: distributivo, nacionalista, tercermundista, etc.), el otro hecho fue la debacle del gobierno de Alfonsín a manos de un verdadero “golpe de Estado económico” promovido por los acreedores de la deuda externa y la Patria Contratista con su mensaje de imposibilidad de intentar siquiera caminos intermedios a las recetas del Fondo Monetario Internacional.  Y como culminación de todo esto vino la debacle del “campo socialista” y la propia Unión Soviética para afirmar el posibilismo y la ideología de la claudicación.  Una larga lista de ex Montoneros engrosaron los equipos del  menemismo.

Aquel movimiento que Cooke caracterizaba como el “hecho maldito para la oligarquía” había devenido en una herramienta política insuperable para instalar hasta el hueso el modelo neoliberal de ajuste al capitalismo argentino. Lo verdaderamente paradójico  es que, justamente desde la fuerza que daba tal identidad política es que se pudieron realizar semejantes transformaciones; pero al hacerlo también comenzó un proceso indetenible de separación de lo significado con lo significante hasta transformar los mitos y símbolos peronistas en mascaras vacías que les dan un aíre tan patético a su persistente continuidad en el imaginario colectivo de los más pobres.

De qué estamos hablando?  De que el peronismo mutado en menemismo tenía (y lamentablemente aún parece tener) la perversa propiedad de inspirar confianza en los perjudicados por el modelo; justamente por haber realizado alguna vez, y por haber proclamado como justa durante otros cuarenta años, una política de ampliación del mercado interno y pacto social. Estamos diciendo que esos significantes (la política realmente ejecutada y proclamada) originaron una serie de significados (símbolos, mitos, leyendas, valores, etc.) que se han mantenido en la conciencia social de multitudes a pesar de que el soporte material que le diera origen ha ido desapareciendo. Hablamos de la diferencia que hay entre una Evita idolatarada por los humildes, y aún idealizada como guerrillera Montonera por la Juventud Peronista de los ‘70, a la imagen creada por Madonna y Alan Parker para su musical hecho película.  De lo tragicómico que resulta ver a Amalita Fortabat cantar la marchita y afirmar que ella siempre fue peronista.  O a personajes como Palito o Reutemann haciendo gala de ortodoxia peronista.  O a Duhalde y su “Chiche” formando cadenas de militantes, las “manzaneras”, para repartir comida y asegurar fidelidad electoral (que es la única que les interesa) para los destructores de todo lo que esa gente valoraba del peronismo.

Se podría alegar que el peronismo transformado en menemismo ha seguido, hasta ahora, ganando elecciones.  Pero pocos se atreverían a afirmar que el menemismo es la continuidad directa del peronismo.   El menemismo es hoy la expresión política del bloque de poder en la Argentina, sus cuadros principales han asumido la ideología neoliberal con la misma fuerza del converso que transformó a Menem en el cuadro más decidido en Latinoamérica de la aplicación del “consenso de Washington”  El peronismo, muy seguramente, seguirá persistiendo en el imaginario colectivo de los sectores obreros y populares identificado con el proceso de “ciudadanía obrera”[11]; el menemismo va siendo identificado de más en más como el responsable del fin de todos los derechos y conquistas que tal “ciudadanía” implicaba para los trabajadores. Por ello, para muchos trabajadores y gente del pueblo resulta tan atractivo un discurso que confronte peronismo con menemismo y prometa (algo imposible, más allá de las buenas o malas intenciones) un retorno al paraíso perdido.[12]

El resultado  es que, junto con tal proceso regresivo en lo económico/social y lo jurídico/institucional, grandes sectores de la clase obrera y del pueblo se encuentran hoy sin la organización sindical que los expresó por años y sin una representación política que defienda sus intereses y organice políticamente sus necesidades. El proceso político argentino, como en el  ‘45, se encuentra abierto a diversos caminos de desarrollo, que dependerán en mucho del modo en que se resuelva esta crisis de representación. Muchos han soñado en estos años de cambios estructurales con poner en marcha un Nuevo Movimiento Histórico símil al encabezado por Irigoyen o por Perón.

En pleno delirio dictatorial, envalentonado por los vahos alcohólicos, el General Galtieri creyó ponerlo en marcha con su “triunfo” en Malvinas. Recuperada la democracia política, Alfonsín convocó a formar el Tercer Movimiento Histórico convencido de que el eje democracia/dictadura le daba apoyo suficiente para tal objetivo.  También lo intentó Menem en el momento en que abandonaba 40 años de “tercera posición, justicia social, soberanía nacional e independencia política” para encontrarse en un abrazo con los viejos oponentes del peronismo histórico. Creyeron que habían puesto la piedra fundamental, Chacho Alvarez, Federico Storani y José Bordón cuando en El Molino juntaron líneas transversales “de definición democrática y renovadora” de los grandes partidos argentinos. Sin embargo, todos ellos fracasaron.

Un nuevo movimiento histórico es posible pero su surgimiento no deriva solo de proponer una nueva identidad política en un periodo de crisis y de ausencia de representación política para las grandes masas nacionales.  No comprendieron que los anteriores movimientos históricos surgieron sobre la base de proyectos capitalistas de desarrollo nacional para momentos de bifurcación de caminos en el país.   El Irigoyenismo y el Peronismo significaron sucesivos esfuerzos (frustrado el primero y triunfante el segundo) por proponer, desde la visión de la burguesía nacional, un modelo  sustituto al agro exportador  en crisis.  Y, sobre todo, no terminan de asumir que la burguesía nacional no existe más.

El modelo de sustitución de importaciones tenía capacidad  no solo de eficientizar el capitalismo sino de incorporar vastos sectores populares al mercado y a la ciudadanía. Claro que ninguna de estas conquistas y avances fueron gratuitas.  Lo que realmente sucedió es que en torno al año 1945 se consolidó un Pacto Social que incluía el compromiso de incorporar a la clase obrera al sistema político y al mercado de consumo, es decir un verdadero mecanismo de ampliación de la ciudadanía en un sentido económico, social y político; pero que también incluía que “los asalariados consientan la organización capitalista de la sociedad” [13]

El modelo neoliberal de acumulación puede, por cierto, eficientizar el capitalismo, lo que no puede es ofrecer un programa de desarrollo nacional para las grandes mayorías.  El país que va surgiendo de su aplicación es un edificio de dos pisos donde una partecita, que vive en la parte alta, goza de la modernidad y de la verdadera ciudadanía; el resto se va encaminando hacia la exclusión y la perdida de la ciudadanía. Y lo dramático (sobre todo para la falsa oposición parlamentaria tipo U.C.R. o el Frepaso) es que el capitalismo actual, globalizado, reconvertido, flexibilizado, subordinado a los dictamines del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Grupo de los Ocho, no admite otro modelo de desarrollo.

La única opción para la Argentina es un proyecto de desarrollo no capitalista, independiente, con niveles crecientes de justicia social y con la perspectiva de una sociedad socialista, donde el hombre sea efectivamente el centro de la economía y de la vida.  Sobre la base de tal proyecto podrá surgir un verdadero nuevo movimiento histórico donde las grandes masas obreras y populares tantos años postergadas, se conviertan en los constructores de su propia historia y conquisten para sí una ciudadanía verdadera, concreta y cotidiana que les asegure trabajo, vivienda, salud, educación, cultura y el derecho a ser felices

La convicción de que algo muy profundo estaba cambiando en el peronismo está en la génesis misma del Congreso de los Trabajadores (C.T.A., Central de los Trabajadores desde su primer congreso de delegados de noviembre de 1996). Así lo decía, por ejemplo, el documento de diciembre de 1991 aprobado en la reunión de Burzaco: “Ir dando forma a una herramienta de acumulación política que permita instalar en el escenario de las decisiones los distintos conflictos parciales mediante el debate y las propuestas desde una corriente sindical y hacia un movimiento político social”

Y es que el grado de modelación del sindicalismo por parte del peronismo ha sido tan grande que su mutación en una herramienta política de vanguardia neoliberal no podía menos que impactar profundamente en el movimiento obrero.

“El actual modelo sindical (constituido en lo esencial en el período de 1945/46) está agotado en su capacidad de representación social y política.  No le sirve a los trabajadores, ni tampoco es ya funcional a la burguesía que lo sostuvo por años.  La causa principal de este agotamiento es que sus características principales se constituyeron en función de un proyecto político que auspiciaba un modelo de desarrollo capitalista sobre la base del Estado Benefactor, el Pacto Social, el estimulo del mercado interno y se sostenía en la ideología de la conciliación de clases.  Todo esto entró en crisis terminal en los ‘60.  No poca responsabilidad tienen sobre la derrota sufrida y sobre la selectiva represión que la antecedió y precedió, la burocracia sindical enquistada en la C.G.T. y las federaciones o uniones nacionales.  Fue la culminación de una larga carrera de delaciones, matonajes y actos represivos que le dieron a la burocracia sindical argentina su particular sello. Pero esa función represiva no era la única que cumplían.  Si supervivieron tantos años en la conducción de estructuras sindicales no fue solo por su función represiva, el apoyo estatal y patronal. Era más que eso.  Juntos, burocracia sindical, patrones y Estado modelaron un sindicalismo fuertemente vertical, reglamentado hasta en sus menores detalles, penetrado por la intervención estatal hasta en su financiamiento y funcional al mecanismo del pacto social con el que la burguesía contenía la lucha dentro del sistema y la legalidad. El nuevo modelo de desarrollo capitalista impuesto a sangre y fuego por el golpe de 1976 prescinde de dicho mecanismo porque deja atrás la preocupación por el mercado interno achicado por los bajos salarios, la desocupación y la concentración financiera y comercial de un capital que se rige por la lógica de la globalización que busca en la internacionalización del proceso productivo capitalista dar salida a la crisis de valorización del capital.”[14]

Este último concepto ayuda a entender las enormes dificultades que tiene el proyecto de una central alternativa de los trabajadores en materializarce.   El momento es muy complejo porque se cruzan muchos fenómenos y procesos cuyo desenlace está abierto:  agotamiento de la burocracia sindical; ofensiva feroz de la burguesía en el poder que busca de eficientizar su modelo por el lado de abaratar la fuerza del trabajo; cambios muy profundos en la estructura económica social y en la composición de las clase que deparan altos niveles de  heterogeneidad, precariedad, desocupación y fragmentación; búsqueda de nuevos caminos para un sindicalismo combativo y antiburocrático, etc. etc.[15]

No solo se trata de superar una cultura de “central única” con más de 50 años de superviviencia (con el agravante particular  de que era una de las pocas consignas compartida por derecha e izquierda en el movimiento obrero; los que veían en la unidad orgánica de los trabajadores la base para el cumplimiento de objetivos tan contrapuestos como los que tenían).

Se trata, sobre todo de enfrentar la feroz ofensiva desorganizadora y de sometimiento que lleva adelante la burguesía argentina por medio del menemismo en el poder.

Se dice fácil, pero, ¿cuál es el significado más profundo y mediato del hecho de que uno de cada dos trabajadores argentinos o esté desocupado, o esté subocupado o trabaje en condiciones de precariedad extrema en las que ya no existe ni legislación laboral ni intermediación sindical frente a una patronal que, por poderío o debilidad, descarga cruelmente sobre sus espaldas la responsabilidad de “bajar costos” y lograr competitividad?.

La cultura obrera argentina, con todas sus límites y contradicciones que hemos tratado de señalar, se forjó con un proletariado agrupado en fabricas, con bajo nivel de desocupación y un alto grado de homogeneidad lograda por la vía de los convenios colectivos de trabajo que acercaba (aunque sea por rama de la producción, es decir, por Federación Nacional de trabajadores) el nivel salarial, el grado de protección ante la prepotencia laboral y de derechos que tenían los trabajadores.

Se ha señalado que el peronismo, a cambio de la “renuncia” de la clase obrera a la lucha revolucionaria contra el capital, proporcionó una serie de mejoras económicas a las que se las caracteriza como el proceso de “ciudadanización obrera”:  Sin desdeñar las mejoras logradas[16] no siempre valoramos suficientemente el cambio en la relación al interior de las unidades productivas que quedó signada durante décadas por el amplio poder que alcanzaron las comisiones internas y los cuerpos de delegados.  Esta fue una tendencia que siempre alarmó a la burguesía, y jugó un papel importante en la forma de la lucha de clases en el nivel “celular” cuya destrucción definitiva se encaró desde el aparato estatal después del golpe de estado de 1976[17]. Gino Germani considera el cambio en las relaciones intraempresa como una fuente de legitimidad para el peronismo, más importante que las mejoras económicas[18].

Y es aquí, en el interior de la empresa, donde se han dado los mayores cambios en la vida laboral no tanto por los cambios tecnológicos habidos (básicamente con la tendencia a la desaparición de la cadena de producción y su reemplazo por la fabricación altamente especializada de piezas únicas) sino sobre todo por la virtual desaparición del “obrero especializado” (cuyas obligaciones y derechos estaban meticulosamente desarrollados en el Convenio Colectivo) y su reemplazo por el obrero “polifuncional” así como por la imposición a sangre y fuego de ritmos y formas de trabajo que rondan la superexplotación.  Una investigación académica sobre “la renovación tecnológica y la flexibilización laboral en las empresas” determinó que en la inmensa mayoría de los casos ésta fue una flexibilización “a la criolla” limitada a la expulsión de mano de obra y sobrecarga de trabajo y tiempo al personal que queda con lo que resultaron simples y vulgares ejemplos de aumento de la superexplotación de los trabajadores con el correspondiente aumento de plusvalía absoluta (la que surge de producir más unidades en una jornada de trabajo alargada).

Desde 1989, el Gobierno impulsó la flexibilización laboral, y los trabajadores perdieron casi todos los derechos adquiridos: indemnizaciones, aguinaldos, estabilidad salarial; tardaron solo siete años en demoler el complejo tramado de leyes y conquistas construidas a lo largo del siglo XX al calor del crecimiento de la clase asalariada.

El fantasma de la definitiva exclusión del mercado laboral presiona perversamente para que se acepten condiciones del trabajo propias del siglo pasado con el argumento, precisamente, de que esa es la única forma de absorber mano de obra.  ¿Cuál es el trabajador precario? Es aquél cuyas condiciones de trabajo se modificaron con el objetivo de hacer más barato el costo laboral. Salario, indemnización, estabilidad, vacaciones, aguinaldo; todo lo que siempre fue eterno, perdió solidez desde 1989, hasta convertirse en algo dudoso, sujeto a la poca buena voluntad del capital y la escasa fuerza de los trabajadores

Todo lo sólido se desvaneció en el aire. Esa reducción de costos supuestamente le permitiría a los empleadores contratar trabajadores sin temor a contraer gastos que excedan su capacidad. Pero no se cumplieron los pronósticos: cada nuevo paso flexibilizador aumentó la desocupación que ya “logró” 2.459.000 desocupados de tiempo completo, 1.812.000 subocupados (trabajan menos de 35 horas semanales) y unos 3.643.110 trabajadores en negro.  Lógicamente que estos cambios han incidido en una baja sustancial de los índices de sindicalización que apenas llega hoy al 25% del total de los trabajadores (uno 2.5 millones).

La legislación laboral se construyó desde principios del siglo. En 1912 se aprobó la Ley de Accidentes de Trabajo (Ley Palacios) que fue liquidada en 1994.  Con Perón llegó casi al pleno empleo y los asalariados aumentaron su poder adquisitivo.   Hubo un importante desarrollo de las obras sociales y beneficios indirectos como la expansión de la salud y la educación públicas. La pérdida de derechos adquiridos que arrancó en 1989 tiene algunos ejemplos simbólicos demoledores, como por ejemplo, el de la eliminación de la gratuidad del “telegrama obrero”.

El golpe a los derechos adquiridos pegó primero a los empleados del Estado y de las PYMES, que en conjunto constituyen casi el 70% de la población ocupada. La ley de flexibilización laboral para las PYMES derogó a la 11.729, que todavía en 1993 consideraba  delito “el período de prueba a un trabajador”. El nuevo régimen no sólo introduce un período de prueba por cuatro meses, sino que permite condiciones laborales propias de los albores de la Revolución Industrial: jornadas de trabajo hasta doce horas corridas, vacaciones en cualquier momento del año, aguinaldo fraccionado, entre otras delicias.

Al primer golpe le siguieron otros como el decreto 340 de 1992 que incorpora la modalidad de las pasantías a ciertas áreas del mercado laboral, en reemplazo de mano de obra calificada. El pasante puede cobrar o no una suma de viáticos, no recibe ningún tipo de protección social y la empresa no tiene compromiso alguno con él.  El modelo “trabajo de fin de siglo” también llegó a la industria: el primer paso lo dio el SMATA, en el acuerdo con Fíat y Toyota aceptó que los operarios puedan ser transferidos de área, función u horario cuando la empresa lo disponga; que se elimine el comedor de la empresa y que las vacaciones se puedan fraccionar en dos.  En el mismo acuerdo, SMATA aceptó salarios entre un 39 y un 43% más bajo que en otras terminales.[19]

Decretos 1477 y 1478 1989 Cargas Sociales Pago de hasta un 20% del salario en vales, sin cargas sociales. Origen de los tickets que Cavallo intentó gravar y desencadenó su renuncia.
Decretos 435 y 612 1990 Salario del Empleado Público Salario máximo para todos los empleados públicos, exista o no convenio colectivo previo, o escalas salariales ya convencionadas.
Decreto 1894 1990 Salario Mínimo Salario Mínimo, Vital y Móvil de $ 200. No aumentó desde entonces.
Decreto 2184 1990 Derecho de Huelga Reglamenta el derecho para los llamados “servicios esenciales” para la comunidad. El Ministerio de Trabajo puede calificar de “servicios esenciales a los que crea convenientes en cada oportunidad
Ley  24.013- Ley Nacional de Empleo 1991 Contratos Flexibles y Temporales Elimina la exigencia de que la contratación de personal temporario -que no recibe ni indemnización, ni tiene estabilidad laboral, responda a  “causas objetivas” ni que requiera conformidad sindical.
Decreto 1803 1992 Empresas Públicas Privatizadas Suspende los derechos adquiridos de los trabajadores de empresas públicas privatizadas. Quedan expuestos a cambios de funciones, cargo, empleo u objeto de explotación , sin derecho a reclamar indemnización.
Decreto 470 1993 Aumento por Productividad El “módulo particular” salarial puede ser modificado, aumentado o suprimido según el ritmo de la actividad económica. Atrás queda la “ajenidad del trabajador respecto del riesgo empresario”.
Ley 24.467- PYMES 1994 Flexibilidad Laboral Reducción de indemnizaciones, fraccionamiento de aguinaldo, movilidad horaria, imposición de hasta 12  horas de trabajo continuo sin pago de horas extras, otorgamiento de vacaciones en cualquier momento del año.
Ley 24.028 1994 Accidentes Laborales Se reduce de 100 a 65 el índice de cálculo indemnizatorio, con lo que se pierde el 35% del valor. Se establece una indemnización máxima de 55.000 pesos.
Decretos 770 y 771 1996 Asignaciones Familiares Supresión de este derecho para  sueldos superiores a 500 pesos.
Decretos  1553 ,1554 y 1555[20] 1996 Flexibilidad laboral Revocación de convenios: termina con el principio de ultra/actividad que determinaba continuidad de los Convenios Colectivos hasta la firma de uno nuevo.  Ahora al cumplirse términos, rige la Ley Contratos de Trabajo. 

Arbitraje Min. Trabajo: establece el arbitraje automático y obligatorio del Ministerio en caso de diferencias entre patrones y trabajadores.  Además puede revisar cualquier Convenio, aún los vigentes.

Negociación directa de las Pymes con C.I y delegados sin autorización sindical. modifica la ley 24.447

[21]

Y es que si, como enseñaba Carlos Marx, “el ser social determina la conciencia social”, alguna importancia debe tener dejar de trabajar en una línea de producción de una fabrica para estar desocupado; de encuadrar su labor profesional en un Convenio y estar protegido por delegados, la Comisión Interna y el sindicato a trabajar a destajo bajo las ordenes autoritarias de un jefe de equipo que además incide  directamente en sus magros ingresos con su opinión.[22]

Bien lo decía John Holloway al analizar los primeros pasos de la Thatcher contra los trabajadores ingleses: “La crisis capitalista nunca es otra cosa que esto, la ruptura de un patrón de dominación  de clase relativamente estable.   Aparece como una crisis económica que se expresa en una caída de la tasa de ganancia, pero su núcleo es el fracaso de un patrón de dominación establecido.  Desde el punto de vista del capital la crisis sólo puede ser resuelta mediante el establecimiento de nuevos patrones para imponerlos a la clase obrera.  Para el capitalismo la crisis solo puede ser resuelta a través de luchas, a través del restablecimiento de la autoridad y a través de una difícil búsqueda de nuevos patrones de dominación.”[23]

Los cambios regresivos habidos en los últimos cinco años (de una magnitud y velocidad inimaginables para nadie) no solo se basaron en las condiciones generadas por la derrota estratégica del ‘76, no solo aprovecharon perversamente la debilidad física de una clase obrera achicada, dispersa, presionada por la desocupación y la precarización, etc. etc. sino que contaron a su favor (de un modo decisivo) con la legitimidad que le daba una identidad política construida con un programa antagónico a las actuales políticas y por la pasividad o la traición directa de un sindicalismo que aún, en los pocos casos, en que intentó resistir se movió con enfoques, metodologías y estrategias útiles para otra etapa de la vida nacional.

Y hay que admitir sin tapujos que en esas luchas los trabajadores fueron derrotados; que se impusieron “nuevos patrones de dominación” y que el sindicalismo burocrático no solo contribuyó a su derrota por medio de mil traiciones sino también porque insistieron en una forma de plantear la defensa de los intereses obreros (la clásica combinación de luchas y dialogo en busca del acuerdo con la ayuda del Ministerio del Trabajo) que si en su época de apogeo podíamos calificar de “reformista”  (y ellos se defendían como “realistas” que conseguían por las buenas lo que podían), la vida fue mostrando como inútil para los nuevos tiempos.

El drama de la clase obrera argentina no estriba solo en su debilitamiento físico, sino en que mayoritariamente sus cuadros sindicales y políticos (incluidos buena parte de la izquierda clasista y marxista) se mueven con propuestas y esquemas más propios de los ‘60 y los ‘70 que de estos tiempos globalizados.  Y obviamente no nos referimos a la defensa, inclaudicable e imprescindible, de los ideales libertarios y socialistas que animaron a la generación del Cordobazo; sino a la repetición fuera de tiempo de los métodos y formas de lucha (que incluyen las propuestas organizativas sindicales y políticas) que fueron útiles y que hoy ya no lo son.   Y el tema es que la Argentina después de 20 años de aplicación de políticas neoliberales ya no es lo que era.  No es la Argentina del ‘45, ni tampoco la del ‘69, ni siquiera la del ‘83.  No lo es en términos de estructura de propiedad y de distribución de la riqueza, tampoco en términos jurídicos o institucionales (hasta tenemos una “nueva” Constitución que es mucho más que el simple pasaporte para la reelección de Menem: es un verdadero instrumento de legalización de los cambios regresivos habidos en todos estos años).  Tampoco en términos políticos y por supuesto que ello obliga a plantear la lucha de clases de otra manera.

Si no se trata sólo de luchar, sino de lograr mayores niveles de eficacia en la lucha; se impone un debate más profundo y extendido sobre las exigencias y posibilidades del nuevo período que tiene, como toda situación nueva, posibilidades que pueden ser aprovechadas y peligros que deben ser identificados para intentar evitar y/o superar.   Los peligros y dificultades son obvios.  Se sufren en carne propia y todos hablan de ello:  la ofensiva patronal contra toda forma de resistencia y organización obrera, la fragmentación física y la confusión ideológica de la clase, el peso abrumador de la desocupación sobre el nivel salarial y -sobre todo- como Espada de Damocles que desalienta y acobarda, la falta de un centro coordinador de todas las luchas que las respalde y les de proyección nacional a cada acto de resistencia obrera, y fundamentalmente la ausencia de una Alternativa Política Revolucionaria, etc. etc.

Pero si la esencia de los procesos sociales se manifestara de un modo crudo y directo como la realidad que muestran Mauro Viale y Chiche Gelblung, no se necesitaría ni del marxismo ni de reflexión alguna.  Lo nuevo, que todavía no se desplegó totalmente, hay que descubrirlo con análisis científico y alentarlo con fuerza de voluntad guevarista.  Con el convencimiento de que allí está nuestra Sierra Maestra.

Desde su fundación el Movimiento Político Sindical Liberación (marzo de 1995), ha venido convocando a unir fuerzas para aprovechar el momento de transición que se crea con el agotamiento de las funciones históricas de la burocracia sindical[24] y su debilitamiento inédito para salir de un modelo totalmente condicionado por ellos y comenzar a construir una nueva organización obrera al impulso, y como respaldo, de una Central Alternativa.  Que agrupe a la clase obrera en su actual conformación (incluyendo desocupados, precarios, subocupados, jubilados y trabajadores por su cuenta), que corte amarras con el Estado, la patronal y los partidos del sistema; y que se de una política confrontativa (en defensa inclaudicable de los intereses obreros), de coordinación (de todos los agredidos por el sistema) y de liberación.  ¿Es difícil? ¿Es contradictorio plantear superar el modelo sindical peronista (que lleva 50 años de vigencia) en el momento de mayor debilidad orgánica y política de los trabajadores?

Hace poco más de 150 años, Carlos Marx y Federico Engels, convocados por una pequeña organización revolucionaria, “La liga de los Justos” escriben su programa, el Manifiesto Comunista.  Donde todos veían miseria y embrutecimiento, ellos veían potencialidad revolucionaria y nos enseñaron a encontrar en nuestra propia debilidad, las fuentes de nuestra fortaleza.  Lo verdaderamente paradójico del momento es que, las mismas causas que gestaron el actual drama de la clase obrera argentina, son las que han preparado las condiciones para dar batalla por superar este modelo sindical “de los patrones” para conquistar uno verdaderamente “de los trabajadores”, aquel por la que siempre se luchó aún en las más adversas condiciones.  Porque debe quedar claro que siempre existió el otro sindicalismo.

La propuesta de crear un modelo sindical y una central de trabajadores alternativo y antagónico, de otra naturaleza que la que tiene el modelo y la central construida por la burocracia sindical apunta también a recuperar y recrear las mejores tradiciones de lucha y de autonomía obrera que han cruzado la historia del movimiento obrero desde la Patagonia Rebelde al Cordobazo; desde el gallego Soto al gringo Agustín Tosco; desde la primera huelga de docentes en San Luis conducida por la mujer de Germán Ave Lallelment (acaso el primer marxista que vivió y luchó en la Argentina a fines del siglo pasado) hasta la Marcha Blanca; desde la heroica huelga de los metalúrgicos de 1954 a la victoriosa huelga de los metalúrgicos de Villa Constitución en 1974; desde la huelga de los ferroviarios contra el Plan Larkin en 1962 a la última gran huelga obrera, la ferroviaria de 1991/1992; desde la C.G.T. de La Falda y de Huerta Grande a la C.G.T. de los Argentinos; desde el M.U.C.S. y  la Comisión Nacional Intersindical al Plenario de Base. Desde los anarquistas a los comunistas, desde los peronistas revolucionarios a los militantes sindicales troskistas o del Partido Revolucionario de los Trabajadores.

Sin animo de agotar un listado de experiencias y esfuerzos destacables creemos sí que en estas experiencias y esfuerzos se encuentran enseñanzas y experiencias para analizar el hoy y pararnos con una propuesta que recoja sus mejores tradiciones:  democracia de base, confrontación implacable con el capital y el estado, política grande para acercar la revolución y flexibilidad táctica para juntar fuerzas en la pelea cotidiana.  Porque si el sindicalismo burocrático tiene una lógica de pacto social que la hizo funcional al modelo de dominación y persistente en el tiempo, también “el otro sindicalismo” a pesar de todas sus diferencias, tuvo su lógica: la del compromiso inclaudicable con los trabajadores.

¿Pero por qué pueden convivir sectores tan disimiles como el M.T.A. y los ultramenemistas en la C.G.T. dirigida por el pupilo miguelista Daer?  Porque más allá de sus diferencias coinciden en un modelo sindical y una propuesta política que esquemáticamente podríamos definir como un neoperonismo que busca encolumnarse tras Duhalde, Palito, Cafiero o Bordón.[25]

¿Por qué no puede toda la izquierda sindical unirse en la lucha por una Central Alternativa de los Trabajadores manteniendo cada cual su identidad y las diferencias?  ¿Qué impide que -al igual que hace el M. P. S. L- consideremos lealmente al C.T.A. como un ámbito propicio para tal tarea?    Distintas razones:  en algunos subsisten viejas concepciones de C.G.T. única e ilusiones en que el M.T.A. constituye una burocracia distinta, “menos mala” que los otros grupos; en otros el cómodo recurso de calificar a todos y soñar con una acumulación revolucionaria tirando piedras desde la bandera roja incontaminada.  Ambas políticas (de seguimiento a fracciones de la burocracia sindical y de aislamiento sectario) no son más que variantes de la ya conocida política de “vanguardia autoproclamada” a la que los trabajadores no tienen más que incorporarse y/o reconocer como su dirección.  Para quienes asumen dicha posición todo es más fácil: son ellos los portadores del marxismo y de “la misión histórica de la clase obrera”.  No es necesario ninguna recreación del marxismo y también está resuelto el tema de la acumulación de fuerzas: su propio crecimiento como fuerza lo resume y expresa.

La concepción de vanguardia autoproclamada lleva a la política de crecer por separado, más allá de toda otra reflexión.  Y lo peor de todo es que su reiterado fracaso lejos de provocarles reflexiones autocríticas y superadoras los empecina en el mismo camino que no hace más que desprestigiar la idea misma de una vanguardia revolucionaria.

Hay argumentos más serios y atendibles.  Se acuerda con el objetivo de la Central Alternativa pero se dice que la hegemonía que hoy tiene la C.T.A. clausura la posibilidad de crecimiento (en la dirección buscada).  Y es tonto polemizar con estas posiciones idealizando al núcleo hegemónico de la C.T.A.  Son como son, es decir, una corriente social cristiana de concepciones no clasistas y no revolucionarias.  Los documentos convocantes del propio Congreso (que fueron ampliamente superados por el debate en los congresos provinciales y las Comisiones del Congreso) lo reflejan cabalmente.

El debate frontal en la izquierda es si es posible (en estas circunstancias) emprender solos la construcción de una Central Alternativa como la que hemos venido reclamando o si es posible coincidir con estas corrientes político/sindicales en la lucha por lograrlo.  Veamos por partes.  La alternativa de comenzar a construir una Central Alternativa desde la izquierda “garantizaría” en principio la pureza doctrinaria y nos permitiría plantar de entrada una opción clasista y comprometida con una alternativa revolucionaria.  Es una propuesta que atrae.  Pero ¿cual es su problema principal?: la propia debilidad de la izquierda obrera (tan o más débil que la izquierda política orgánica) que traería un efecto directo: serias dificultades para ser visualizado por los trabajadores organizados y no organizados como una alternativa más o menos creíble contra el gobierno y sus planes neoliberales; y un efecto indirecto: que su propia debilidad y dificultades para implantarse en la clase, estimularía la necesidad de “diferenciarse” de la dirección del C.T.A. y se profundizaría la falta de unidad y coordinación del movimiento obrero cuando más necesario y vital ésta es.  Baste recordar que la Marcha Federal o los actos del 20º Aniversario del golpe de Estado, los momentos de mayor capacidad de golpear al menemismo, están vinculados a la unidad de acción de los diversos proyectos que actúan en el movimiento popular y de la incidencia que en esos espacios amplios consigue la izquierda.

Otro elemento a tener muy en cuenta es que -tal como hemos tratado de puntualizar en el presente trabajo- hace 50 años la cultura socialista y revolucionaria fue desalojada de la clase obrera y no ha sido posible volver a insertarla en profundidad.  Sobre esa derrota han trabajado todas las variantes de la ideología burguesa consolidando un macartismo que subió puntos con la caída de la Unión Soviética y el llamado “campo socialista”.  El clásico “ni yankees ni marxistas” era expresión de algo más profundo instalado en la conciencia popular:  los comunistas son algo extraño al ser nacional y perjudiciales a los intereses obreros.   Una central de trabajadores con clara identidad revolucionaria no creemos que sea el medio más idóneo para contactar con las amplias franjas de trabajadores no organizados y/o desencantados del sindicalismo peronista tradicional.

Además, en estos últimos dos años de un modo u otro se ha intentado (nacionalmente desde la Corriente Clasista y Combativa y regionalmente -en Córdoba- desde la 1º de Mayo referenciar la resistencia y/o alternativizar a las centrales existentes.  Y el balance no es positivo. Unos se pierden tras las idas y vueltas del M.T.A. y los otros no consiguen ir agrupando a lo que va rompiendo con el sindicalismo burocrático que de uno u otro modo se va orientando hacia el C.T.A.

Y esto para nada descalifica las posiciones combativas y aún revolucionarias que éstas y otras corrientes de izquierda dignamente defienden.  No es hacia ellos que queremos enfilar la polémica sino hacia nosotros mismos.   Para que seamos como el Che que decía lo que pensaba y hacía lo que decía.  Será un buen modo de entrarle al año de su 30º aniversario.

 

Ensayo elaborado en común con Mario Alderete en enero de 1997


[1] Patricio Echegaray, Utopías y Liberación, pag. 26.  Intervención en el Encuentro Nac. de Intelectuales

 

[2].el fragmento  que publica el periódico comunista Orientación del 24/10/45 (pag. 4) está tomado del folleto chileno “En marcha hacia un mundo mejor”, y éste recoge un reportaje de la revista Ercilla.

[3] Julio Godio, El movimiento obrero argentino (1943/1955). Hegemonía nacionalista laboralista.  Editorial Legasa. 1990

[4] citado por Héctor Agosti en “Perón y la Segunda Guerra Mundial”

[5] Federico Engels, carta del 22/10/1890 a Bloch en  Marx Engels. Obras Escogidas. Editorial Cartago.

[6] Ver “La edad de oro”, segunda parte del libro de Eric Hobsbawm, “Historia del siglo XX”, editorial Grigalbo, 1995,

[7] El Che hablaba del carácter genuflexo de las burguesías latinoamericanas, decía que tenían la columna vertebral “gelatinosa”.

[8] el golpe de estado de 1976, que tuvo esencialmente un carácter de contrarrevolución preventiva, también sirvió para resolver a favor de los sectores más ligados al capital financiero transnacional la disputa que desde el ‘45 mantenían sobre el modelo de desarrollo capitalista a  aplicar.  Gelbard en el ‘73, y mucho más tenue, Grinspun en el ‘83 serían  “el canto del cisne” de una política  burguesa “independiente”  del gran capital y sus órganos de gobierno mundial: el F.M.I., el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio y las propias Naciones Unidas.

[9] las citas están tomadas de “John William Cooke y el peronismo revolucionario” de Ernesto Goldar y  de “J.W.Cooke. El peronismo alternativo” de Richard Gillespie, autor del libro” Montoneros” uno de los trabajos más serios sobre el tema.

[10] así se denominaba a la dirección del Partido Justicialista responsable de la derrota de 1983.  Entre ellos sobresalían Lorenzo Miguel y Herminio Iglesias, dos capos metalúrgicos, prototipos de la burocracia  sindical vandorista.

[11] el concepto alude una aproximación de los trabajadores al usufructo real de una serie de derechos que hasta entonces solo figuraban en  la letra de la Constitución liberal de 1853. el gran avance ciudadano de los trabajadores es que por primera vez se reconocen sus derechos a actuar colectivamente, organizadamente, y se lo incorpora a distintas instancias de decisión administrativa

[12]durante un tiempo Cafiero parecía ensayar tal propuesta.  Su capitulación ante Duhalde es una prueba más de lo inconsistente de tales ideas.  Más patético (porque es más notorio que sólo buscan defender sus prebendas corporativas) es este discurso en boca de Daer, Ubaldini o el mismo Cavalieri

[13] Daniel Campioni, trabajos citados

[14] del apartado uno del documento del Movimiento Político Sindical “Liberación”: “Aportes al debate congresal del C.T.A.”

[15] sobre todos estos temas pueden consultarse los documentos del primer congreso del Movimiento Político Sindical Liberación y los artículos publicados en la revista Cuadernos Marxistas Nº 2, 5 y  6.

[16] acaso el dato más representativo de dichas mejoras sea el de la participación de los trabajadores en la distribución de la renta nacional (riqueza nueva creada en un año) que llegó al  50 %. Compárese con la actual que ronda el 18%. Pero además es un momento de fuerte incremento del salario indirecto: vacaciones sociales, cobertura de salud, créditos blandos para la vivienda , etc.

[17] Esta peculiaridad es particularmente señalada y analizada  desde su incidencia en la lucha de clases por Gilly, Adolfo, “La anomalía argentina”, en Pablo González Casanova (comp.), El Estado Latinoamericano, Teoría y Práctica,, , Siglo XXI, Méjico, 1990. citado por Daniel Campioni en “Estado, dirigencia sindical y clase obrera. Un vinculo conflictivo  1983-1994. ponencia presentada en el II Congreso Nacional de Ciencias Políticas

[18] Estado y Sociedad en una época de transición, 1963. citado por Daniel Campioni. ídem

[19]Como señal esperanzadora de que no todo está perdido, tanta traición sindical no ha quedado impune.  Desde el año pasado los trabajadores cordobeses de Fíat Auto vienen realizando una experiencia de democracia de base y autonomía que les ha permitido elegir una Comisión Interna que efectivamente los representa y ahora marchan, luego del intento -frustrado por José Rodríguez de constituir una seccional Smata de Ferreyra (por fuera de la seccional Córdoba)- a organizar un sindicato de empresa.  Como lo fuera el mítico Sitrac/Sitram de Salamanca en los ‘70,

[20] Al escribir estas líneas los decretos estaban cuestionados jurídicamente y se prevé su reemplazo por una legislación acordada con la C.G.T.

[21] datos del trabajo inédito: “La representación política  en  nuestro  país en   el    contexto    de   la    globalización.  Crisis, alternativas y perspectivas.” de Pablo Himen

[22] en muchas empresas el salario tiene un componente móvil según la “calificación” que el jefe de al trabajador

[23] John Holloway. “La rosa roja de Nissan”. Cuadernos del Sur Nº 7.

[24] repárese en que hablamos de “agotamiento de las funciones históricas” no de desaparición física.  De hecho ya una parte de la burocracia sindical (de Luz y Fuerza, Petroleros, Teléfonos, etc.) se ha reciclado en una “burocracia gerencial” que pretende involucrar en sus negocios privatistas a los trabajadores que mantuvieron su trabajo y recibieron acciones de las nuevas empresas.  El bajo nivel de luchas en estas empresas privatizadas es una realidad amarga, pero incontrastable.

[25] un intento muy sistemático de dar doctrina a esto es el libro de Antonio Cafiero “El peronismo que viene”. Grupo Editor Latinoamericano. 1996

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