Historia del movimiento obrero argentino: cuestiones metodológicas


Durante los años 1997 a 2000 realicé innumerables

talleres de formación de militantes obreros clasistas

el presente material es el resultado de los mismos


“Este escrito quiere ser un estimulo para pensar y actuar, quiere ser una invitación a los obreros, mejores y más conscientes para que reflexionen y, cada uno en la esfera de su propia competencia y su propia acción, colaboren en la solución del problema, haciendo converger sobre sus términos la atención de los compañeros y de las asociaciones.

Solo de un trabajo común y  solidario de esclarecimiento, de persuasión y de educación recíproca, nacerá la acción  concreta de construcción”.

Antonio Gramsci, “Democracia obrera”,  1919.

Vigencia de la clase obrera

El apartado siete del documento del Movimiento Político Sindical para la Liberación (MPSL) para el debate congresal de la Central de Trabajadores Argentinos (C.T.A.), noviembre de 1996,  decía que “la clase obrera sigue vigente como clase de vanguardia y su rol se materializa en la construcción de un frente de liberación nacional y social” postulado  -que creemos- ha sido ampliamente confirmado por la lucha de clases realmente existente en la Argentina.  Que la derecha defensora del privilegio y la explotación repitiera sus viejas consignas descalificatorias  de la clase, no nos llama la atención; sí vale la pena preguntarse por qué caminos algunos pensadores que “posaban” de marxistas, y aún de renovadores del pensamiento revolucionario, pudieron llegar a semejante despropósito teórico, político y cognoscitivo.  Ante el espectáculo, en verdad casi dantesco, de las fabricas abandonadas y los pobres votando a sus verdugos, la sociología y el resto de las ciencias sociales no atinó más que a declarar la desaparición de la clase y/o su absoluta incapacidad transformadora.  En su apresurado afán de búsqueda de becas y horas cátedra han caído en el más vulgar de los determinismos y mecanicismos. Pretendieron igualar los conceptos de clase obrera con el de trabajadores industriales para así, al constatar el hecho cierto de una disminución relativa de los trabajadores industriales sobre el conjunto de los trabajadores, decretar su desaparición.  Ignoran que las categorías sociales tienen sentido en un enfoque de integridad e historicidad, que deben entenderse en unidad contradictoria (burgueses y proletarios, terratenientes y campesinos siervos de la gleba, libre competencia y monopolio, consenso y coerción, etc.) y que deben ser capaces de  abarcar  la integridad del fenómeno a analizar del cual, por otra parte,  no se pueden separar a riesgo a caer en el ridículo de buscar  la clase obrera industrial en la Grecia de Hercúleas o signos de la democracia esclavista de Platón en la Cuba revolucionaria de los ‘90;  y  que además cada una de los pares de categorías está en permanente mutación.  El gran error de muchos fue pretender aplicar el método positivista de análisis de la sociedad al marxismo. De separar la economía de la cultura, las ideologías dominantes del grado de desarrollo de la ciencia y la tecnología, las formas de la representación política del nivel de las luchas de clases y así de seguido, cuando se trata de todo lo contrario.  Se trata de atender a la globalidad del fenómeno en su desarrollo histórico y sus múltiples influencias recíprocas.

Es hora de superar el viejo método positivista característico del siglo XIX que creía encontrar en el análisis separado de las partes de un fenómeno u objeto, el camino de la verdad.  Se trata de encontrar un hilo conductor del análisis de la realidad como un todo único. “Según la concepción marxista de la historia, el elemento determinante de la historia es en última instancia la producción y la reproducción de la vida real.  Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca otra cosa que esto: por consiguiente, si alguien lo tergiversara transformándolo en la afirmación de que el elemento económico es el único determinante, lo transforma en una frase sin sentido, abstracta y absurda”. [1] Y el mismo Federico Engels definía al proletariado como “la clase social que consigue sus medios de subsistencia exclusivamente de la venta de su trabajo, y no del rédito de algún capital; es la clase cuyas dichas y penas, vida y muerte y toda la existencia dependen de la demanda de trabajo, es decir de los períodos de crisis y prosperidad de los negocios, de las fluctuaciones de una competencia desenfrenada.  Dicho en pocas palabras, el proletariado, o la clase de los proletarios, es la clase trabajadora del siglo XIX” para luego definir, junto con Carlos Marx,  en el Manifiesto “Por proletarios se comprende a la clase de los trabajadores asalariados modernos, que privados de medios de producción propios se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para subsistir”

Para entender la realidad de la clase obrera argentina hay que seguir paso a paso la historia de los últimos veinte años de apertura indiscriminada y competencia de las importaciones con dumping social, de desregulación creciente de cada uno de los aspectos de la economía nacional y de sometimiento de toda la actividad redituable a un polo de empresas altamente monopolicas que fueron absorbiendo/sometiendo toda la actividad humana de la sociedad argentina.  Lejos de cualquier simplificación, la clase obrera argentina es un complejisima mezcla de operarios super especializados que realizan procesos metal-siderúrgicos desde computadoras y cirujas que recogen cartón para reciclarlo en las fábricas de papel;  niños que realizan ventas callejeras para empresas especializadas en proveer de mercaderías a los paqueteros[2], jubilados que realizan trabajos de sereno o seguridad para complementar sus magros ingresos  -y médicos empleados en los hospitales públicos, y todos son parte de la clase obrera porque son proletarios (no son propietarios de medio de producción alguno) y viven exclusivamente de su trabajo presente o pasado.    Ahora bien, es posible entonces pensar que la clase obrera actual es idéntica al sujeto social pueblo?, o dicho de otro modo: ¿todos los agredidos por este capitalismo neoliberal y globalizado forman parte de la clase obrera ?  Creemos que no, que hay sectores populares que no “viven exclusivamente de la venta de  su trabajo” y que integran fracciones empobrecidas de la pequeña burguesía urbana o rural, sin descartar que hay sectores sociales cuya relación con los medios de producción no está aún definida y reciben de sus familiares los elementos necesarios para su supervivencia: nos referimos, obviamente, a la juventud estudiosa, la que  -entendemos- no debería integrarse conceptualmente a la clase obrera como hacemos con aquellos desocupados con pasado y experiencia laboral.  No se trata de simple búsqueda de precisión conceptual o científica.  Se trata de visualizar que junto a la clase obrera y sus formas organizativas tradicionales o no, existen una serie de sectores sociales y movimientos sociales de nuevo tipo que debe confluir, converger con la clase obrera aunque no se pueda resumir todo la organización popular en el movimiento obrero.  El capitalismo neoliberal maduro ha generado una complejización social que no puede, ni debemos, simplificarse en el movimiento obrero.

Es cierto que la ampliación de la clase obrera con nuevos y nuevos sectores que expresan la contradicción profunda inherente al modelo de desarrollo capitalista que sufrimos ha generado una heterogeneidad nunca antes conocida.  El pleno empleo, la continúa extensión de la producción industrial con la consiguiente instalación de plantas fabriles, el elevado porcentaje de sindicalización y la extendida cobertura de las Obras Sociales y de la legislación laboral generaron un grado importante de homogeneización de la clase obrera argentina sobre la que se apoyaron tanto los burócratas sindicales para su negociación centralizada y nacional con las patronales y el Estado, como las corrientes combativas y antiburocráticas para sus propuestas de lucha y movilización.  Todo ello ha cambiado.  A la heterogeneidad tecnológica (que en el conflicto del Instituto Malbrán pudimos ver que se puede expresar hasta en un mismo establecimiento: biólogos científicos y cazadores de víboras trabajando juntos) se le suma le enorme dispersión de relaciones laborales/legales: estables de horario completo(unos 4,3 millones), sindicalizados (unos 2,5 millones de trabajadores), estables de horario incompleto (unos 1,6 millones), trabajadores en negro de tiempo completo o transitorios (unos 2,5 millones), trabajadores con contrato temporal (unos 300 mil), trabajadores tomados por agencias de empleo (30 mil), trabajadores de planes para combatir la desocupación (900 mil), trabajadores por cuenta y riesgo propio (unos 3,5 millones) etc.

La fragmentación de la clase se fortalece con el predominio de una ideología que alienta la fragmentación cultural como forma de existencia de la globalización y de aceptación de nuestro lugar periférico, subordinado y atrasado en el mundo capitalista; es esta fragmentación la que se pretende cristalizar por parte de un sindicalismo burocrático que deja fuera de sí a dos de cada tres trabajadores por no poder cobrarle compulsivamente la cuota sindical por descuento de la planilla de sueldos.

Y el gran tema es que el hecho de trabajar y vivir en iguales condiciones, de sufrir las mismas consecuencias del modo de organización social capitalista, no alcanza para hacer de los trabajadores una clase social.  La definición de clase debe exceder lo descriptivo, lo aprehensible en un censo, e incorporar el factor subjetivo. La clase es una identidad, un “nosotros” frente a un “ellos”, el compartir un espacio social y una cultura; y es por lo tanto una construcción histórica sujeta a los vaivenes de la lucha social y política de un país.  Por supuesto que esa identidad está asentada en el lugar en el proceso de producción, pero no se produce automáticamente, ni mucho menos, por la mera ocupación de ese lugar. De hecho existen trabajadores que no se identifican como tales, o que haciéndolo, no se perciben integrando un conjunto dotado de alguna homogeneidad. De hecho, en nuestro país, el autopercibirse como “clase media” antes que como trabajadores ha sido un fenómeno muy extendido, sobre todo entre ciertas categorías relativamente privilegiadas.

Señalemos, a simple enunciación de temas merecedores de nuestra investigación y estudio, la complejización del proceso de asumirse como clase para aquellos trabajadores que dejan de pertenecer a un colectivo laboral ya sea por desocupación o por pasar a trabajar por su cuenta, en su domicilio o en la calle.  Si no fuera así, claro que todo sería más fácil y transparente, pero la transformación de un conjunto de hombres afectados por un sistema social y sus correspondientes políticas, el sujeto social, en un sujeto político es un proceso extremadamente complejo y dificultoso.   De hecho la supervivencia de un régimen injusto donde una ínfima minoría vive a costillas de las más amplias mayorías solo encuentra explicación en esta dificultad de comprender el verdadero sentido de las relaciones sociales.  Estamos diciendo  que la conciencia de clase no es una derivación del lugar que los hombre ocupan en el proceso productivo como cierto determinismo mecanicista predicó durante largo tiempo en nuestro país tanto en su versión “marxista”  como en su versión “peronista”.

Hace falta una nueva forma de organización sindical que contemple la nueva realidad de la clase desde visiones absolutamente distintas a las predominantes hasta ahora.   Hace falta dejar atrás el viejo modelo sindical al que no alcanza con “limpiarlo” de burócratas y traidores.  Por ello concordamos con la propuesta de afiliación directa de los trabajadores a la C.T.A. y la constitución de nuevas formas organizativas que apunten a restituir unidad y centralización de esfuerzos para una clase tan fragmentada, como una nueva forma de agrupamiento y centralización de una clase que ha perdido la hegemonía y la concentración de otras épocas. Pero hay que tener muy en cuenta que el desafío es doble: que se trata de desarrollar formas organizativas capaces de abarcar la nueva realidad obrera, pero también de desplegar un tipo de sindicalismo, “de liberación” decimos nosotros siguiendo a Agustín Tosco, que recupere la autonomía política perdida y que se transforme en el constructor de su propia destino.

Sujetos del cambio social

El debate sobre la autonomía obrera viene del propio nacimiento del movimiento obrero como tal[3].  En la primera mitad del siglo XIX predominaba, en las corrientes revolucionarias del naciente movimiento (el jacobino-babouvismo[4], el blanquismo) una concepción autoritaria y sustituta de la revolución, entendida como acción de un reducido grupo, una elite revolucionaria, que se atribuye la misión de sacar al pueblo trabajador de la esclavitud y de la opresión.

Partiendo de la premisa fundamental del materialismo metafísico del siglo XVIII -los hombres son el producto de las circunstancias, y si las circunstancias son opresivas, la masa del pueblo está condenada al oscurantismo- estas corrientes consideraban al proletariado como incapaz de asegurar su propia emancipación; por lo tanto, la liberación tendría que venirle desde afuera, desde arriba, desde la pequeña minoría que por excepción logró alcanzar las luces, y que ocupa ahora el papel que los filósofos materialistas del siglo XVIII le atribuían al déspota ilustrado: destruir desde arriba el mecanismo de relojería (circular y autoreproductivo) de las circunstancias sociales, y permitirle así a la mayoría del pueblo acceder al conocimiento, la razón, la libertad.   Al romper, en las Tesis sobre Feuerbach (1845) y la Ideología Alemana (1846) con las premisas del materialismo mecanicista, elaborando los ejes centrales de una nueva concepción del mundo, Marx lanzó también los fundamentos meteorológicos para una nueva teoría de la revolución, que se inspira al mismo tiempo en las experiencias más avanzadas de la lucha de los trabajadores en esa época (el cartismo inglés, la revuelta de los tejedores de Silesia en 1844, etc.)   Rechazando a su vez al viejo materialismo de la Filosofía de las Luces (cambiar las circunstancias para liberar al hombre) y el idealismo neohegeliano (liberar la conciencia humana para cambiar la sociedad) Marx corta el nudo gordiano de la filosofía de su época, planteando en la tercera tesis sobre Feuerbach que en la praxis revolucionaria coinciden el cambio de las circunstancias y la transformación de la conciencia del hombre.   De ahí, con rigor y coherencia lógica, su nueva teoría de la revolución (presentada por primera vez en la Ideología Alemana): sólo por su propia experiencia, en el curso de su propia praxis revolucionaria, pueden las masas explotadas y oprimidas romper a la vez con las circunstancias exteriores que las oprimen (el Capital, el Estado burgués) y con su conciencia mistificada anterior.   No hace falta mucho esfuerzo para identificar la propuesta del “hombre nuevo” del Che Guevara y su valoración de la importancia de la conciencia, del factor subjetivo en el proceso revolucionario, con ese pensamiento fundacional de los clásicos.  Dice el Che: ”Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material, hay que hacer el hombre nuevo”.  En otras palabras: no existe otra forma de emancipación autentica que la autoemancipación tal como decía Marx en el Manifiesto Inaugural de la Primera Internacional: la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos.

Un breve panorama histórico

Si pegamos una mirada a la historia del movimiento obrero argentino también podremos comprobar que las formas de organización no han sido inmutables, que han acompañado los cambios económicos/sociales y han estado fuertemente influidas por los diversos proyectos políticos que fueron conquistando preeminencia en la clase.

Presentaremos una periodización del movimiento obrero que, por supuesto, es tan subjetiva y discutible como cualquier otra

a) Etapa del predominio anarquista. La situamos desde 1878, año de la fundación de la Unión Tipográfica, primer sindicato moderno de la Argentina; hasta 1918, año en que se reúne el Xº Congreso de la Fora.  Este periodo se corresponde con una etapa muy inicial del capitalismo en el país que se desarrolla a expensas de un modelo agro/exportador y donde todavía lo predominante es el sindicato por oficio y su versión criolla: el Sindicato de Oficios Varios.

Hay que reconocer  que ha predominado una visión muy prejuiciosa hacia las experiencias anarquistas por lo que se hace imperiosa una re-lectura de esa etapa y una revalorización de algunas de las características que el anarquismo introdujo al sindicalismo argentino, sin caer en el extremo opuesto de una idealización que vele su debilidad mayor, que estaba en su negativa a dotar de un proyecto político propio a la clase.

Señalemos algunas de dichas características: 1) la renuncia expresa a cualquier negociación con la patronal y/o el estado, 2) la preeminencia de las acciones directas en defensa de las reivindicaciones obreras, 3) el anonimato de sus dirigentes que se negaban a cualquier cargo sindical formal, 4) la honestidad e incorruptibilidad de sus dirigentes y 5) el ejercicio de la democracia directa como alternativa a la organización sindical. Durante este periodo, y bajo su directa influencia, se producen algunas de las luchas más heroicas y sangrientas de la clase obrera argentina: la Semana Trágica, la rebelión de los obreros agrícolas de la Patagonia, las luchas de la Forestal, etc.  La burguesía los castigará severamente por sus méritos, y se aprovechara de sus errores para derrotarlo: su falta de perspectiva política para agrupar tras sí a otros sectores populares y para intervenir en la disputa de las amplias masas en el momento en que se resquebraja el viejo modelo conservador fraudulento y paternalista del caudillismo para gobernar la república y surge el radicalismo como herramienta de participación de los nuevos sectores burgueses surgidos en el periodo.

b) Etapa de predominio reformista: socialistas sindicalistas, etc. Lo situamos desde 1922, año de la fundación de la Unión Ferroviaria, primer sindicato en adquirir forma y normas de funcionamiento institucional hasta 1935, momento en que los comunistas (que han venido acumulando fuerzas desde principios de la década infame) llegan a compartir la dirección de la C.G.T. constituida en 1930.   Es en este periodo donde ocurren simultáneamente cambios muy importantes en la estructura económica: industrialización selectiva por necesidades de la exportación (Frigoríficos, ferrocarriles y puerto) y por políticas de sustitución de importaciones por la primera guerra mundial.  Aparece el obrero fabril y hay una proletarización del criollo.

Cobran fuerza las corrientes socialistas que incorporan la perspectiva política, el reclamo a los poderes constituidos y la representación electoral.  El sindicalismo va descartando la huelga salvaje y se orienta a la negociación colectiva, las leyes laborales (la primera es propuesta por el senador socialista por la Capital, Alfredo Palacios en 1912).  Si en la primera etapa el sindicato es claramente un instrumento de lucha obrera, una expresión nítida de la negatividad obrera hacia el sistema, ahora empieza a percibirse que también puede ser instrumento de adaptación a su funcionamiento.

El cambio de sentido y contenido impacta también en la vida sindical: el representante electo en la asamblea con mandato definido comienza a ser sustituido por el representante que negocia con la patronal y el estado.  La renuncia a la violencia daba paso a la gestión benevolente ante las patronales y el Estado, a las comisiones paritarias y los tribunales de arbitraje, a la presión sobre el parlamento.  Un socialista europeo, Bernstein, lo diría con todas las letras: “El objetivo final no es nada, el movimiento lo es todo”[5]. Si el socialismo dejaba de ser la meta y se convertía en un ideal ético; si la propiedad privada contaba ahora con el acuerdo obrero, era “lógico” que los sindicatos aspiraran a humanizar el capital  exigiendo participación en las ganancias de las empresas, impulsando cooperativas o incluso organizando empresas de propiedad sindical.  De allí surgió el primer caso de delincuencia sindical: el tesorero de la primera Cámara del Trabajo se fugó con los fondos y tuvo que cerrar las puertas la empresa sindical.   Esa misma lógica adaptacionista va a llevar al secretario general de la C.G.T., Luis Cerruti a escribir a los generales golpistas del ‘30: “la C.G.T. está convencida de la obra de renovación administrativa del gobierno provisional”

c) Etapa de la influencia comunista. Desde 1935/36, año de grandes luchas dirigidas por los comunistas y su incorporación al C.C.C. de la C.G.T.  hasta 1945, año en que surge el peronismo.  También se basa en modificaciones estructurales de la clase y la aparición de las grandes concentraciones fabriles. Entre 1941 y 1946 (período de la II Guerra Mundial) la ocupación obrera aumenta un 40,5% y el valor de la producción en un 34.5%.  Los establecimientos industriales pasaron de 51.178 a 54.670 y los obreros industriales de 677.517 a 938.387.  Para 1947 la población total era de 15.894.000 personas y la P.E.A. (población económicamente activa) era de 6.445.000 personas de los cuales 4.633.000 personas (el 73%) eran asalariados.  Surgen las grandes concentraciones fabriles.  Pero además se modifican abruptamente los índices y niveles de sindicalización: en 1936 había 369.989 obreros sindicalizados en 296 organizaciones sindicales, en 1941 son 441.412 obreros sindicalizados en 356 organizaciones sindicales y en 1945 llegan a 528.523 trabajadores  y 969 organizaciones sindicales con lo que tenemos un índice de sindicalización del 10% y  menor que el de 1941 y al de 1935. [6]

Qué había ocurrido?  Por un lado un modelo de relación del Estado con los sindicatos basado en el desconocimiento de las organizaciones sindicales y el hostigamiento permanente.  Para los que se atreven a desafiar el poder, persecuciones, cárceles, destierro.  Así había ocurrido con las importantes luchas que durante la “década infame” libraron los trabajadores de la carne (1932), los petroleros de Comodoro Rivadavia (1932), los trabajadores de la madera (1934) y la gran huelga de la construcción (1935/36) que fueron enfrentadas a sangre y fuego por la dictadura de Justo y sus continuadores. Rufino Gómez (petrolero), José Peter (carne), Vicente Marishi (madera), Fioravanti, Chiaranti, Burgas e Iscaro (construcción) eran parte de una nueva camada de dirigentes obreros  comunistas reconocidos ampliamente por los trabajadores y temidos por el poder.[7] Los comunistas van a conquistar posiciones en aquellos sindicatos que habían sido dirigidos por los anarquistas y los van a unificar en federaciones nacionales por rama de gran poder de lucha, pero salvo excepciones no van a poder desplazar a los socialistas de sus posiciones tradicionales.  En abril de 1936, los sindicatos clasistas se incorporan a la dirección de la C.G.T. y logran inscribir en los estatutos de la C.G.T.  que sus objetivos son: “preparar su emancipación, creando un régimen social fundado en la propiedad colectiva de los medios de producción y de cambio . El General Sosa Molina, explicando las causas del golpe de 1943 conducido por una logia militar (el GOU) de la que formaba parte Perón relataba su visión del 1º de mayo de 1942: “Una enorme multitud con banderas rojas al frente, con los puños en alto y cantando La Internacional, presagiaba horas verdaderamente trágicas para la República.  Las FF.AA. no podían permanecer indiferentes.  La revolución del cuatro de junio tiende a anticiparse a los acontecimientos”.   Una oleada represiva se abatiría sobre los sindicalistas clasistas, aunque no es la causa decisiva del surgimiento del peronismo, conviene no olvidar que previo al Pacto Social y las concesiones reales, hubo cárcel y torturas para los luchadores.

d) Etapa fundacional del peronismo. Lo situamos, obviamente, desde el 17/10/45 hasta el golpe gorila del ‘55.  Desde la perspectiva que estamos tratando el tema nos interesa resaltar solo un aspecto: el de la perdida de la autonomía para el sindicalismo argentino que va a ser colocado a la cola de un proyecto de desarrollo nacional/burgués y va a aceptar la intervención estatal en la vida sindical hasta en su más mínimo detalle.  El movimiento obrero argentino que había nacido a finales del siglo XIX, había sufrido por parte del Estado una actitud única y permanente: represión, hostigamiento y no reconocimiento como interlocutor en los conflictos sociales.  A partir del peronismo esta actitud dejo paso a un mecanismo más complejo: un conjunto de mejoras habilitó vías para incorporar a la clase obrera dentro de una coalición hegemonizada por la burguesía industrial.  En ese proceso, la clase obrera logró mejores condiciones para la venta de su fuerza de trabajo, cierto acceso al mercado de bienes y servicios,  mayor poder en las relaciones intra empresa; y sobre todo logró mayor peso en la sociedad por medio de una organización sindical de masas, que a su vez la vinculaba estrechamente al aparato estatal.   El “pacto” encarnado en el peronismo, tenía como sujeto activo a un aparato estatal autoerigido en árbitro de las relaciones entre capital y trabajo.[8] Ese Estado actúa con una acentuada autonomía relativa, que le permitía desligarse del nivel económico-corporativo de los intereses de la burguesía, para intentar una respuesta a los intereses estratégicos del conjunto de la clase. Como mediador frente a la clase obrera, se conformó una estructura sindical caracterizada por una menguada autonomía política y organizativa, a cambio de una amplia tutela económica y política por parte del estado. Desde entonces nació y creció una burocracia sindical que, con matices, conservó su rol de mediación a lo largo de las cuatro décadas siguientes. La subordinación del movimiento obrero no fue producto de la casualidad, sino de un proceso de construcción de un proyecto político, de su instalación profunda en la clase.

Esta situación prolongada de subordinación del movimiento obrero ha generado un “sentido común” de sindicalismo cuyas características distintivas son: fuerte legalismo (confianza, esperanzas en que la justicia les de la razón en los conflictos de clase), estatismo (las soluciones se piensan por intervención del estado en la economía o frente a las injusticias), delegación de soberanía (los trabajadores confían en sus dirigentes para el reclamo, la negociación o aún la lucha) con el consiguiente caudillismo de muchos de sus dirigentes (aún de los combativos y honestos) y sobre todo la idea de que el sindicato está para negociar con la patronal y conseguir algo.  Es este sentido común, modelado en los largos años de vigencia del modelo sindical hoy en crisis, el que hoy se ve reemplazado por un nuevo sentido común, tan o más reaccionario que el anteriormente vigente, que se basa en el individualismo y el consumismo como parámetros generales para todas las acciones sociales y que es absolutamente funcional al nuevo rol gerencial de la burocracia y su propósito de convertir el sindicato en una empresa proveedora de servicios a sus asociados/clientes.   En los hechos las primeras normas de regulación de la vida sindical corresponden a este periodo: decreto 23.852/45 y la ley 12.910/45 que reconocen el derecho a organizarce, a actuar en política, a defender sus intereses profesionales y propiciaba la unidad sindical y el fortalecimiento financiero de las organizaciones reconocidas.   Claro que por un procedimiento que negaba buena parte de la historia anterior:

*      Sería el Estado quien resolvería la legalidad de uno u otro sindicato (supuestamente tomando en cuenta el número de afiliados) en caso de disputa, y al decretar que solo los reconocidos legalmente podían participar en las negociaciones sobre cuestiones laborales, presionaba violentamente por el sindicato único. Entre 1936/40 se firmaron 46 convenios colectivos de trabajo, en 1944/45 se firman 726 y entre 1946/51 lo hacen con 1.330 sindicatos.  Estas cifras ayudan a explicar el “triunfo aplastante” del nuevo modelo sindical sobre un sindicalismo clasista que no acierta a encontrar como defender sus posiciones y que termina capitulando ante el avance de Perón disolviendo los sindicatos que dirigía en un gesto que solo contribuyó a consolidar la perdida de autonomía para los trabajadores que perdieron así una referencia clasista más allá del debilitamiento numérico que sufrían.

*      Obliga al patrón a ser de agente de retención de la cuota sindical con lo que masifica su cobro, pero colocando los fondos de la organización bajo administración de aquellos que supuestamente se debía enfrentar.  Al aceptarse esto, se sepultaba profundamente aquello de luchar por una sociedad sin explotadores ni explotados aun cuando -contradictoriamente- el sindicalismo va a tener un crecimiento cuantitativo espectacular.

Además, para acentuar lo contradictorio del momento, como parte de las “conquistas” se abre paso una estructura sindical que llega hasta lo profundo de las empresas dando nacimiento a lo que algunos investigadores denominan la “anomalía argentina”: el sistema de delegados por sección (uno cada 50 trabajadores o fracción) que todavía la burguesía pretende terminar de desmontar, y que fuera históricamente el objeto de sus campañas represivas dado que por estar más alejado de las direcciones burocráticas era el estamento más permeable a las inquietudes y exigencias de las bases, recíprocamente era la extensión de la burocracia al interior profundo de la clase y también un mecanismo de corrupción y clientelismo generalizado.

Aquí si que vale lo que decíamos sobre el pensamiento de Gramsci acerca de los sindicatos[9].  En determinadas experiencias puntuales (automotrices de Córdoba o Acindar en los principios de los ‘70, la huelga ferroviaria del ´90, etc.) los cuerpos de delegados se transformaron en mecanismo de organización y poder sindical alternativo al institucional, pero también hay que decir que funcionaban como sistema de distribución preferencial de plazas de turismo, créditos inmobiliarios u otros beneficios sindicales.

e) Etapa de disputa por la hegemonía en el movimiento obrero. La ubicamos entre 1955 y 1975, o dicho de otro modo entre la Resistencia Peronista y el inicio del genocidio producido por el terrorismo de Estado, por cierto que con plena adhesión y protagonismo de las patotas del la burocracia sindical ya que, entre otras muchas cosas, el golpe de estado del 24 de marzo vino a saldar la disputa entre la burocracia sindical y el amplio bloque de fuerzas que se le oponían.

Desde la perspectiva de este trabajo solo vamos a resaltar algunas cuestiones.

*      Que la burocracia sindical asimiló rápidamente y sin traumas la caída del gobierno que la había gestado y sostenido.  Con los gobiernos militares y civiles que le sucedieron se iba a repetir el tipo de relación de colaboración y pacto[10].  Incluso, va a ser un gobierno militar el que daría mayor protección legal al “negocio sindical” de la salud obrera con la sanción de la ley de Onganía sobre Obras Sociales como antes había sido un gobierno “democrático”, el de Frondizi (1958/62) el que sancionaría una Ley de Asociaciones Profesionales a medida de la burocracia sindical.  En rigor las Obras Sociales vienen de la época peronista y tuvieron legitimación con la Reforma de la Constitución de 1949 y alcanzaron una envergadura única en América Latina.  De los servicios de salud se pasó a una oferta hotelera propia, planes de vivienda, proveedurías y tiendas.  Con todo el desguace sufrido, todavía hoy el negocio de las Obras Sociales mueve cuatro mil millones de dólares anuales.

*      Durante todo este periodo la burocracia va a jugar un juego recurrente: dividirse en “colaboracionistas” y “combativos” ante cada nueva instancia institucional, conteniendo a todo el mundo bajo la bandera de la “C.G.T. única” y la unida orgánica de la clase, consigna que lamentablemente repetía (como si fuese un asunto atemporal o fuera de la disputa de proyectos políticos) la izquierda marxista y peronista.

*      b) que es también en este periodo que comienza a recuperarse y recrearse la autonomía obrera con las experiencias de mayor independencia de ese periodo: la C.G.T. de los Argentinos, el Cte. de Huelga de los trabajadores del Chocón, el sindicalismo combativo y clasista de Córdoba (Tosco, Salamanca y López), la UOM y la C.G.T. de Villa Constitución y por último la experiencia (fundamentalmente alrededor de 1975 y del Rodrigazo[11]) de las Coordinadoras Interfábriles por fuera de la estructura sindical “oficial” aunque no alejada de la institucionalidad de base: las comisiones internas y el cuerpo de delegados.

Sin embargo, ninguna de las experiencias antiburocráticas del periodo llegan a proponer una nueva central obrera, por fuera de la C.G.T.; a lo sumo se proponían como un camino para su recuperación, para “expulsar los traidores”, etc.  La idea de la central única, de la llamada unidad orgánica de la clase, había penetrado profundo en la cultura obrera argentina, incluso en la cultura de izquierda, lo que fue ampliamente aprovechado por la burocracia sindical para someter a todos a una institucionalidad creada desde el estado y modelada por su accionar de años.

La crisis

El sindicalismo está en crisis.  El sindicalismo “oficial” de la C.G.T., el “opositor” del M.T.A., y aún, el que buscaba una central diferente y se agrupó en la C.T.A.

El sindicalismo de la C.G.T. oficiali es acaso el más desprestigiado.  Su situación es comparable a la de los dirigentes políticos tradicionales, del radicalismo y el peronismo, dado que igual que ellos “traicionaron” el discurso histórico, hicieron todo lo contrario de lo que se supone tendrían que haber hecho: defender a los trabajadores, el empleo, los derechos laborales, las políticas que ellos mismos habían apoyado por años: empresas públicas en los sectores estratégicos, defensa de la producción nacional, etc.

Apoyaron sin tapujos a Menem, en sus dos períodos, son cómplices de cada una de las políticas con que se destruyeron cien años de conquistas obreras en materia de legislación obrera; de cada una de las políticas que materializaron el dogma neoliberal privatizador, desregulador, precarizador del empleo y destructor de la economía nacional.

Conciliaron con De la Rúa y ante la crisis desatada, solo atinaron al viejo recurso de pedir una Mesa de Concertación a la que apostaron con todo, fracasando también en eso.  La Mesa de la Concertación de la Iglesia y la delegación de la ONU contó con su apoyo generoso, el mismo apoyo que no dieron a las luchas populares de estos meses.

La crisis de la burocracia sindical es una crisis profunda.  Es una crisis de función: dejaron de jugar de representantes de los trabajadores ante la mesa del pacto social, central en el capitalismo distributivo pero irrelevante en el capitalismo neoliberal.  Pero como dicha función era su proyecto político, es también –y en primer lugar- una crisis política, una crisis de proyecto político.

Tardaron años en descubrir que ya nadie estaba interesado en sus servicios tradicionales: negociar la lucha en la mesa de negociaciones con las patronales y los gobiernos.  Cuando se dieron cuenta, optaron por salvarse girando a un sindicalismo empresarial que dejó de considerar los servicios que el sindicato daba a los trabajadores: turismo, salud, créditos, supermercados, etc. como derechos que los trabajadores conquistaron a lo largo de años de luchas y organización sindical, para pasar a considerarlos como mercancías dignas de venderse según las reglas del mercado.  Y según un mercado desregulado.  Para ello se asociaron a todo tipo de grupo económico en emprendimientos tales como Jubilaciones Privadas o empresas de riesgo laboral.

Pero no pudieron escapar a la crisis que afecta al capitalismo argentino en su fase de reproducción ampliada del capital.  Igual que a tantos burgueses “normales” no les cierran los números y debieron apelar a ajustes de personal, redimensionamiento de los emprendimientos, disminución de la cuota de ganancia, etc.

Lo que queremos resaltar es que, en este caso, la perdida de representatividad deriva de un modo muy directo de la perdida de la función tradicional de la burocracia sindical, función de intervención en el tramado del pacto social sobre el que descansaba el capitalismo distributivo y a la que sostenían con las patotas y el autoritarismo interno a la vida sindical.

Lo paradójico es que la burocracia sindical fue quebrada por la misma burguesía a la que habían servido por años, y que las fuerzas clasistas y combativas dejaron de disputar con ellas los espacios de poder en los que nunca pudieron derrotarlos del todo.

La C.G.T. de Moyano intentó por más tiempo reciclar el viejo rol de golpear para negociar en una especie de “neo vandorismo tardío”[12].  También la C.G.T. de Moyano se jugó con Rodríguez Saá, con Duhalde, con la Concertación de la Iglesia y la ONU, pero cuando vio que nada salía de ahí amenazó con un paro que levantó “por lluvia” en un gesto patético que revela la magnitud de su crisis.

Acaso sea la corriente sindical más afectada por la crisis y la Rebelión Popular de Diciembre, cuyo nivel de definiciones le impide seguir con el juego practicado durante el gobierno de la Alianza de aparentar encabezar la oposición, aprovechándose de la tregua implícita que la C.T.A. concertó con el gobierno de la Alianza.

La C.T.A. está próxima a cumplir diez años.  Tiempo suficiente para ensayar un balance sobre los objetivos fundacionales:  construir una Central alternativa y un nueva identidad política[13] para reemplazar a la C.G.T. y el peronismo, respectivamente. Nada menos.

En marzo de 1992, tras el arreglo de Lorenzo Miguel con Menem (con la intervención de Somisa como moneda de canje), la C.G.T. de Ubaldini se mandó a guardar y dejó a la intemperie a los sectores que venían “acumulando” bajo su paraguas, principalmente los estatales y los docentes, quienes confluyeron con diversos sectores de la izquierda (los comunistas y quienes habían formado la Propuesta Política de los Trabajadores[14]) en un proceso de debates que desembocó en el Congreso de los Trabajadores Argentinos realizado en el Parque Norte en noviembre de 1992.

Cuatro años más tarde, el Congreso se transformaría en la Central de los Trabajadores Argentinos en el Primer Congreso realizado en el Luna Park.  Para el Segundo, mayo de 1999 en Mar del Plata, la Central se había convertido en un centro convocante de fuerzas opositoras y de un vasto espacio de organizaciones sociales de raigambre popular.

No pocos observadores, especialmente las delegaciones extranjeras, creyeron ver entonces el comienzo de la definitiva consolidación de la Central.  Por el contrario, el Congreso –y sobre todo los prolegómenos- marcaron el inicio de un declive continuo que culmina en la imagen del 9 de Julio: los supuestos lideres piqueteros D ´Elia y Alderete tomando mate en La Matanza y De Gennaro encabezando una movilización en … Misiones.

En 1997, en medio de la euforia progresista por el avance electoral del Frepaso, la dirigente de la C.T.E.R.A. Marta Maffei pretendió transformar la Central en el brazo sindical del “bloque popular” (¿) en formación.  En 1998, en el Encuentro del Nuevo Pensamiento, con los ánimos más sosegados, se pensó en un Congreso que “impusiera” agenda obrera a la Alianza.  Para el ‘99 se habló de un “movimiento político” pero ante las primeras definiciones clasistas tomadas en Capital, Córdoba y La Rioja, se prefirió aprobar uno de esos documentos que gustan a todos, pero sin Plan de Lucha.

La idea de que se puede construir una fuerza obrera sin confrontar, facilitó la labor del Mta de Moyano que, en los primeros meses del gobierno de la Alianza, se instaló como la supuesta oposición frente a una C.T.A. que inauguró el periodo gubernamental entregando la Carpa Blanca y evitando subir al Puente de Corrientes (la muerte y el puente como una letanía) y lo terminó abandonando el escenario central del enfrentamiento de Diciembre de 2001 para evitar “provocaciones”, en un lenguaje posibilista y macartista que daba buenos resultados en los primeros tiempos de Alfonsín, pero que en medio de la Rebelión Popular ha sabido a añejo y descolocado.

Si se comparan las fotos del Congreso de Mar del Plata con las de la Marcha del 9 de Julio se podría verificar similitudes y cambios, el crecimiento del movimiento social con nuevos actores (las Asambleas Populares, nuevos movimientos piqueteros, mayor presencia juvenil, etc.) así como el cambio del centro de gravedad de la escena.  El 9 de julio no fue la C.T.A. la que convocó, sino la izquierda; y no fue un hecho casual o aislado.

La apuesta a contactar con los nuevos sujetos sociales e inventar “un nuevo pensamiento” y un “nuevo modo de intervenir en política” han fracasado. Se ha hecho evidente que no se puede construir una Central Alternativa de los Trabajadores con gestos propios de quienes sueñan recuperar supuestos “equilibrios perdidos”.

Julio Godio, uno de los asesores laborales del Frepaso en ascenso, decía que “la verdadera línea divisoria era entre los partidarios de un capitalismo productivo y con cierta justicia social  y los testimonialistas que siguen soñando con la supresión del capital”. Es cierto, aunque Godio difícilmente comprenda por qué razón, los constructores de un “capitalismo productivo con justicia social”, han quedado en minoría.

¿Qué significaría hoy en día un sindicalismo comprometido con un capitalismo distributivo?

¿Qué perspectivas tiene un sindicalismo que se preocupe solo por los problemas de sus asociados (los trabajadores estables, con recibo de sueldo y por ello s de sindicalización no superan el 10% de la clase obrera) y del sector de la economía al que se encuentra relacionado?

En Francia, la antigua C.G.T. se contentó con representar a los trabajadores estables, a los que pueden estar en los sindicatos.  Terminó representando a una capa privilegiada de los trabajadores, al 10 % de los trabajadores franceses que gozan de la modernidad mientras el resto de los trabajadores sufre de todas las delicias de la globalización: precarización del empleo, flexibilización horaria, salarial y legal del trabajo.  ¿No tendrá algo que ver este abandono de la clase a su suerte con el avance de la ultra derecha nacionalista  y fascista, racista y enemiga de los trabajadores inmigrantes, que representa Le Pen y sus socios?

Pero además, para los que piensen en esta perspectiva como valida, es bueno recordar que no vivimos en  un país capitalista central sino en uno periférico, y por lo tanto, condenado a una reducción permanente de la parte estable de los trabajadores.    ¿No habría que pensar que significará para las provincias y la educación, el ajuste que reclama el Fondo y todos prometen para despues de las elecciones?.

¿Cómo encarar la lucha en defensa de las fuentes de trabajo?

¿Al estilo de la C.G.T., buscando acuerdos con Reutemann y Duhalde, buscando congraciarse con las patronales de los grandes grupos económicos dueños de la banca?

¿Al estilo del M.T.A. produciendo algunas movilizaciones para después negociar con los dueños del poder?

¿Al estilo de la C.T.A., con un plebiscito y construyendo acuerdos con una parte del gobierno al que primero se lo califica de “progresista” como eran la Meijide, el Freddy Storani y ahora son el Juanpi Caffiero o el Juanjo Álvarez?

¿O habrá que pensar en cómo luchan los piqueteros, las asambleas barriales, confrontando a fondo, juntando a todo el pueblo detrás de las consignas, con democracia de base, horizontal, con mandato de las asambleas para que nadie traicione la lucha, con voluntad de insertar el reclamo sectorial en un programa de soluciones generales de la sociedad?.

Son ustedes quienes deberán decidir como luchar.Para nosotros es una cuestión de reflexión o de polémica científica, para muchos de ustedes será la posibilidad de salvar el puesto de trabajo de ustedes y el derecho popular a la educación.   Pero sea cual sea la decisión que tomen, el modo en que decidan resistir, sabrán que pueden contar con nosotros hasta el final.


[1] Federico Engels, carta del 22/10/1890 a Bloch en  Marx Engels. Obras Escogidas. Editorial Cartago.

[2] vendedores ambulantes de mercaderías importadas de muy bajo precio que reciben de comercios especializados en el tema, siendo en la práctica, parte orgánica del sistema de comercialización de dichos productos importados, aunque sin capital propio, ni relación laboral  u organización sindical

[3] en esta sección seguimos la línea argumental de Michel Lowy abordada en el articulo: “Carlos Marx, un siglo después” . pg. 34 de la revista El Rodaballo, Nº 1, noviembre de 1994

[4] referencia a los jacobinos, corriente de la Revolución Francesa de 1789 y a Babeuf, uno de los líderes de la misma que propugnaba formas socialistas de organización

7 . Reforma o revolución.  Rosa Luxemburgo

[6] Julio Godio, El movimiento obrero argentino (1943/1955). Hegemonía nacionalista laboralista.  Editorial Legasa. 1990

[7] Peronismo, menemismo y clase obrera” trabajo editado por la Com. Nac. Sindical del P. C. (1997)

[8] A partir del régimen de “personería gremial”, que combina la centralización sindical, con las fuertes facultades de aprobación e intervención por el estado de las actividades sindicales. Se instrumentó un sistema de convenciones colectivas de trabajo, limitado a las asociaciones sindicales reconocidas, y sujeto a la “homologación” del estado.

[9] apartado c: los sindicatos como instrumento de negatividad y de asimilación

[10] en el sentido que le da Offe: “El acuerdo representaba por parte de los trabajadores la aceptación de la lógica de la rentabilidad y del mercado como principios rectores de la asignación de recursos, el intercambio de productos y de la localización industrial.  Offe,  1982

[11] La lucha por voltear a Celestino Rodrigo, ministro de economía de Isabelita, y precursor de Martínez de Hoz y Cavallo, dio lugar a la última gran manifestación obrera del periodo.  A pesar de que fue convocada oficialmente por la C.G.T. -y particularmente por la fracción vandorista- en el episodio jugaron un gran papel las Comisiones Internas y las Coordinadoras Interfábriles

[12] en alusión al dirigente metalúrgico Augusto Timoteo Vandor, famoso por su pericia en encabezar planes de lucha que terminaban en la mesa de negociaciones con ventajas para los obreros, pero para la dirigencia sindical en primer lugar

[13] En el documento de Burzaco, diciembre del ’91 se decía: ir dando forma a una herramienta de acumulación política que permita instalar en el escenario de las decisiones los distintos conflictos parciales mediante el debate y las propuestas desde una corriente sindical y hacia un movimiento político social”

[14] entre ellos destacaba el actual diputado del ARI y dirigente de la C.T.A., Alberto Piccinini

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