Presentación del libro sobre Tito Martín


El 16 de marzo de 1996, en una hermoza fiesta popular presentamos el libro sobre Tito Martín, el villazo y la verdadera historia de Acindar en un club de Villa Constitución fundado por el mismo Tito, el Club Riveras del Paraná.  Hubo un panel de presentación y luego una ternera asada deshuezada de la que comieron cientos de personas.  En esa ocasión pronuncié más o menos estas palabras

Hay una dignidad que el vencedor no puede alcanzar.

Jorge Luis Borges

 

Si alguien me preguntara qué clase de libro es éste, me sería difícil contestarle.  A primera vista parece una biografía, y es cierto que contiene historias de vida, y no solo de Tito Martín, también de Angel Porcu, de Alberto Piccinini, de Carlos Sosa y de varios centenares de compañeros que pelearon  y vivieron en Villa Constitución en los ‘70.  Pero no es solo una biografía.

Como trae abundante material sobre la historia del movimiento obrero de Villa (y no solo del periodo preparatorio del Villazo, por ejemplo se cuenta la lucha de los maestros desocupados de Villa en 1936 y el proceso de organización de los maestros desocupados) incluidos documentos del Cte. de Lucha, de Agustín Tosco y de Angel Porcu, alguno lo podría tomar como un tratado de historia del movimiento obrero.  Pero no es solo eso.

El libro trae también una replica a la versión “oficial” de historia de Acindar escrita por Felix Luna, la “verdadera historia de Acindar”. Pero tampoco es un libro de historia económica.

En realidad he querido con el libro entregar al lector tres relatos/símbolos para que este los despliegue y así poder llegar a entender lo que nos pasó, por que tanto odio y perversidad en la represión, e incluso algunas claves para que los combates futuros sean más efectivos y acerquen la victoria.  Es decir, la felicidad del pueblo.

El primer relato/símbolo es sobre el propio Tito Martín, un militante de 78 años que desde los 16 años ha luchado incansablemente por los suyos y su ciudad.  Ha fundado clubes y vecinales.  Ha viajado en un velero hasta Foz Iguazú y regresado por el Paraná. Dirigió un Cine Club y fundó una escuela secundaria donde estudiaron algunos de los principales dirigentes metalúrgicos del Villazo. Y ha protagonizado todo tipo de luchas: sindicales, como maestro desocupado, como maquinista ferroviario y como dirigente de la C.G.T. de Villa Constitución de la que fue su secretario durante los escasos 60 días que existió en el ‘75 hasta que el Operativo del 20 de Marzo la disolvió.  Tito Martín representa a esos imprescindibles de que hablaba Bertol Brecht en su poema.  Tito, sin exageración, se acerca a eso que quería el Comandante Guevara cuando reclamaba un “hombre nuevo” para construir el socialismo.  Uno que está siempre dispuesto a hacer algo más que los hombres  “normales” están dispuestos a hacer.  Y no para provecho personal, sino para que la gente tenga agua potable, cobre un salario adeudado o triunfe en el Villazo.  La historia de vida de Tito se va desplegando en contraposición con la de los Acevedo, los dueños de Acindar y Villa Constitución.

Por ello el segundo relato/símbolo es acerca de la propia Acindar, una de las empresas más poderosas de la provincia, y aún de la Argentina que representa de un modo cabal, verdaderamente paradigmatico el  carácter de las relaciones entre el poder económico y el poder político.  Una historia de prebendas y subsidios desde el primer día de su fundación en 1942 hasta llegar al paroxismo de colocar al presidente de directorio como Ministro de Economía de Videla y de conseguir un crédito externo para construir su Planta Integrada (para lo cual previamente necesitaron derogar con Frondizi la ley “Savio” de monopolio estatal del proceso de producción de acero desde el mineral de hierro en un circuito integrado) con avales del Estado.    Créditos que -como se sabe- nunca pagaron, que Cavallo estatizó en 1981 desde su puesto en el Banco Central y Alfonsín asumió el compromiso de su pago en 1984 completando uno de los fraudes al estado más fabulosos.  Eran 260 millones de dólares “de los de antes”.  El libro también muestra/demuestra como la enorme riqueza de los Acevedo (los padres fundadores), los Martínez de Hoz, los López Aufranc (el general que reprimió el Cordobazo y presidió la empresa entre el ‘76 y el ‘93) tiene como contrapartida la pobreza de sus trabajadores (casi 9.000 de ellos perdieron su puesto de trabajo en el conglomerado Acindar desde 1981 a la fecha).  También que Acindar siempre ha jugado un rol de vanguardia entre la gran burguesía argentina.  Fue de las primeras en entender la necesidad de la actualización tecnológica permanente, de abrir mercados internacionales, y sobre todo fue de las primeras en comprender y luchar por la “flexibilización laboral” entendida como liquidación de conquistas e imposición del obrero polifuncional y las nuevas formas de organización del trabajo inspiradas no ya en el “taylorismo” o el “fordismo” de épocas anteriores, sino más bien en los métodos del “toyotismo” y otras novedades de fin de siglo.  Acaso la culminación operativa del Operativo represivo del 20 de marzo del ‘75 fuera la liquidación completa del Convenio Colectivo y la flexibilización laboral conquistada por la empresa en 1990.  Como ellos mismos dicen, en los cinco años posteriores la productividad por obrero creció de unos 57/58 mil dólares de facturación anual por trabajador a unos 125/128 mil dólares en 1995 y estiman que llegará a un cuarto de millón de dólares por trabajador en 1998 con una retribución anual de no mucho más de 10 mil dólares.  Pero no fue siempre fue así.

Eso tratamos de mostrar en el tercer relato/símbolo sobre el propio Villazo.  La gran movilización obrera y popular del 16 de marzo del ‘74 con que se celebró el triunfo obtenido sobre Lorenzo Miguel y la U.O.M., sobre Martínez de Hoz y Acindar (todavía era su presidente) y sobre el Ministerio del Trabajo y la derecha peronista arrancando un cronograma de normalización democrática del sindicato metalúrgico intervenido por largos años.  Y este es un símbolo particularmente caro para el autor.  Cada uno elige los símbolos con que más se siente identificado.  Hay quienes, religiosamente, recuerdan anualmente el 20 de marzo, la fecha de la derrota, de la muerte, de la derrota.  Y está bien recordar esas fechas, para que nunca se olvide lo que sufrimos, lo que es capaz la burguesía en defensa de sus beneficios.  Pero también es bueno acordarse de las victorias, de que la generación del ‘70 no solo tenía ética y razón histórica, también era inteligente, valiente, audaz, capaz de lograr la victoria.  Que no fracasó, que fue aplastada por uno de los genocidios más feroces de la historia contemporánea.  Contamos el Villazo para que todos sepan que no solo hubo derrotas y muerte.  Que también hubo victorias y festejos.  Que un día el pueblo tuvo tanta fuerza como para derrotar a Lorenzo Miguel y la U.O.M., a Martínez de Hoz y Acindar, a López Rega y los secuaces que desde el gobierno trabajaban para los enemigos.  Y que es posible volver a tenerla.

El Villazo, como el Cordobazo(‘69) o el Rodrigazo (‘75) no surgieron de la nada ni casualmente. Tienen su historia de acumulación de fuerzas y de despliegue.  Hemos recogido tres testimonios sobre el Villazo.  El propio de Tito; el de Angel Porcu que fuera entonces uno de los principales (es decir, de los más activos) miembros de la Comisión Interna de Acindar que gestó el Villazo; y el del Comité de Lucha del ‘74 tratando no de “interpretar” desde la comodidad de saber como terminó la película y con las herramientas teóricas adquiridas en estos años, sino de suministrar al lector un valioso material documental que incluye las reflexiones y orientaciones que Agustín Tosco hiciera sobre Villa.

En última instancia, el libro tiene ese sentido: contribuir a recuperar la memoria histórica en el convencimiento de que ella es un factor imprescindible en la batalla cultural contra el neoliberalismo y su cultura consumista del egoísmo y el sálvese quien pueda.

Por ello el libro, trae dos símbolo accesorios, y estos muy nítidos.  Uno es la lista de los compañeros asesinados por esos años en Villa de los que hemos tratado de recopilar algunos datos más que su fecha de desaparición en una tarea que recién comienza y nos compromete a todos.  La otra lista es la de los represores, y no solo incluye a los grandes responsables como López Rega y Martínez de Hoz, también a los “pequeños” delatores como el cura Samuel que repicaba las campanas de júbilo ante la muerte de nuestros compañeros.

Hace 12 años, un ocho de octubre de 1984, un comando robó de los Tribunales Rosarinos los documentos recolectados por la Co.Na.Dep. sobre la represión en Villa y la responsabilidad de Acindar.  Era su modo de decir que exigían impunidad y desmemoria.  Con el libro, serena pero firmemente les decimos que seguiremos luchando por Juicio y Castigo a los culpables, por la  Verdad y la Memoria.

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