• Uno.

    En febrero de 1902, un joven exiliado político ruso publicaba un libro consagrado a la crítica del ala derecha, no ya en las corrientes literarias, sino en la organización socialdemócrata”[1].  Era su aporte a la batalla entre revolución y reforma que se daba en el seno de la II Internacional.  Aunque unos años mas tarde[2], el propio autor limitaría sus alcances a los debates de época, el Qué Hacer fue convertido en justificación de la fosilización stalinista de la teoría del partido, provocando una reacción espejo en quienes le adjudicaban la máxima responsabilidad de las desviaciones sufridas por el partido de los bolcheviques y sus trágicas consecuencias para el proceso revolucionario ruso. A más de treinta años de la desarticulación del estado soviético, la polémica se mantiene en gran medida en esos términos, aunque las posiciones se han invertido: los que lo denigran adjudican a su recto cumplimiento el fracaso del experimento revolucionario, los que lo defienden piensan que la recuperación no vendrá del regreso irrestricto a las fuentes sino de su re-creación en las nuevas circunstancias mundiales y nacionales. Es por ello que a ciento un años de su publicación, el Qué Hacer de Vladimir Ilich Ulianov, más conocido por su nombre clandestino: Lenin, sigue provocando debates encendidos.

    ¿Qué significado concreto puede tener la discusión de la vigencia de Qué Hacer en el siglo XXI en una América Latina conmocionada por la creciente resistencia al dominio imperialista yanqui, donde las experiencias de autonomía, democracia directa o construcción de cultura alternativa son centrales (y estoy pensando en los Sin Tierra del Brasil, los movimientos campesinos y de pueblos originarios de Ecuador, Bolivia y México, las propias FARC de Colombia y -en primer lugar- en el proceso revolucionario cubano)?. ¿Acaso la aplicación lisa y llana de sus enfoques y propuestas?. En una autobiografía mas que sugerente[3], el filosofo francés Lois Althusser, descalifica a una de sus discípulas más famosas argumentando que “la prueba de su incomprensión es que repite lo que yo digo”. No será así, repitiendo para otro tiempo y lugar los conceptos leninistas, que se podrá encontrar la vigencia del  Qué Hacer sino contextualizándolo en su época histórica concreta, en el momento exacto de la lucha de clases en Rusia y en el modo que esa lucha se expresaba en el terreno de la cultura y la política.

    Nadie escribe por escribir. Nadie escribe para los tiempos futuros o la eternidad sino como parte de un proyecto político concreto que, para desplegarse, debe confrontar con el del enemigo de clase y disputar con otros proyectos de izquierda que pugnan por direccionar la lucha obrera y popular. Y además, nadie nace sabiendo, por lo que es absolutamente comprensible que el pensamiento de los grandes líderes revolucionarios se critique a sí mismo, se modifique en relación a los debates y la práctica de la lucha de clases real. Es más, posiblemente  sea ese uno de los rasgos que caracteriza a los grandes: la capacidad de superarse por el camino de la autocrítica.

    Dos

    En el pensamiento de Lenin sobre los temas tratados en el Qué Hacer hay un antes y un después del proceso de luchas obreras de 1895/1896; hay un antes y un después de la Revolución Rusa de 1905 (el gran ensayo general sin el cual no habría habido victoria en el ´17), y aún –especialmente sobre los temas de la democracia interna en el partido y sobre el protagonismo popular en la revolución- hay un antes y un después del triunfo sobre los intervencionistas extranjeros y los contrarrevolucionarios en las condiciones de aislamiento político, bloqueo económico y hostilidad militar a que se ve sometida la Revolución de Octubre.  Seguir todos los recorridos, con sus afirmaciones y negaciones, parciales o fundamentales, equivaldría casi a un tratado sobre el pensamiento leninista, cuestión que obviamente nos excede en espacio y capacidad.

    Pero al menos, como muestra de la necesaria actitud crítica -que pretendo para mi y reclamo para todos- ante la obra de Lenin, permítanme citar su pensamiento  de 1895[4]: “¿De qué modo pueden los obreros adquirir comprensión de todo esto (de su conciencia de clase, Nota del autor)?. La adquieren extrayéndola constantemente de la misma lucha que ya han iniciado contra los fabricantes y que se desarrolla cada vez más…” en una exaltación de la lucha económica como generadora de auto conciencia de clase que lo acercaba a los “economicistas” y “espontaneistas” que luego tanto criticaría.  El hecho fue que los acontecimientos desmintieron la afirmación precedente (las huelgas obtuvieron pobres resultados, que los trabajadores aceptaron con cierta resignación y poca conciencia política) y llevaron a Lenin a reflexionar sobre los procesos por los cuales los trabajadores ascienden a la conciencia de clase.  Sus estudios van a culminar en 1902 en el Qué Hacer con una afirmación tajante –de la que luego, en 1907, también se autocriticaría parcialmente- : “La lucha económica contra el gobierno constituye una política sindical que todavía se encuentra muy lejos de la política revolucionaria” y por ello “toda sumisión de la política social demócrata al nivel de la política sindical se resume exactamente en preparar el terreno para hacer del movimiento obrero un instrumento de la democracia burguesa”. Insisto, Lenin no repite a tontas las verdades aprendidas sino que examina la realidad de la lucha de clases y va sacando conclusiones que requieren, para su valoración, del conocimiento exacto de las condiciones en que dicha lucha de clases se desenvuelve.

    En 1907 será el mismo quien realice esa labor de contextualización e inscripción del texto en un proyecto político: “El error principal de los que hoy polemizan con ¿Qué hacer? consiste en que desligan por completo esta obra de una situación histórica determinada….Hablar hoy de que Iskra[5] (¡en 1901 y 1902!) exageraba la idea de la organización de revolucionarios profesionales, es lo mismo que si después de la guerra ruso-japonesa se reprochase a los japoneses haber exagerado la fuerza militar de los rusos….los japoneses si querían lograr la victoria tenían que reunir todas las fuerzas contra el máximo posible de fuerzas rusas…” “Ahora, la idea de la organización de revolucionarios profesionales ha alcanzado ya una victoria completa; pero tal victoria hubiese sido imposible si en su tiempo no se hubiese presentado esta idea en primer plano y no se hubiese expuesto “exageradamente” a quienes impedían ponerla en práctica… En 1898, se celebró el 1º Congreso de los socialdemócratas y se fundó el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia….pero los organismos centrales del partido fueron destrozados por la policía y no pudieron ser restablecidos… El apasionamiento por el movimiento huelguístico y por la lucha económica engendró entonces una forma especial de oportunismo socialdemócrata, el llamado economicismo…” por ello, concluirá, la obra… “está consagrada a la crítica del ala derecha, no ya en las corrientes literarias, sino en la organización socialdemócrata”[6].  Préstese atención que Lenin no resalta las cuestiones gnoseológicas (la clase obrera por sus propias fuerzas solo puede llegar a una conciencia sindical y por eso la conciencia política de clase solo podría ser introducida por intelectuales provenientes de la burguesía que asimilen la ciencia socialista) ni las organizativas (el partido se debe apoyar en revolucionarios profesionales que constituirán el esqueleto de una organización centralizada y conspirativa) sino las políticas: “crítica al ala derecha del partido” que so pretexto de las dificultades gigantescas que el zarismo imponía a los revolucionarios proponían suplantar la política de construcción de una fuerza popular capaz de derrotar el zar y abrir curso a una revolución por la construcción de micro espacios de poder sindical que cambien la vida sin tomar el poder[7].

    Y son estos aspectos, los gnoseológicos y los organizativos, los más polémicos de la obra, los que Lenin relativizará en el citado “Prologo…” de 1907, llegando a decir que nunca pensó en darle a las opiniones de 1902 carácter de “principios organizativos” o “propuestas congresales[8], todo lo contrario a lo que hizo el stalinismo para Rusia y buena parte del movimiento comunista internacional logrando que también los opositores teóricos discutieran los mismos temas, perdiendo de vista el sentido político de la obra, aquello que por tener valor metodológico constituye lo perenne. Como decía el húngaro Luckas ya en 1922: “Así pues, marxismo ortodoxo no significa reconocimiento acrítico de los resultados de las investigaciones marxianas, ni “fe” en tal o cual tesis, ni interpretación de una escritura “sagrada”.  En cuestiones de marxismo la ortodoxia se refiere exclusivamente al método[9]”.

    ¿Y qué es lo metodológico en el Qué Hacer?. Que para llegar al socialismo hay que producir una ruptura revolucionaria y que ese salto social requiere de un alto nivel de conciencia política de las masas, únicas protagonistas de la historia, conciencia política que no brotará espontáneamente de la lucha sino de una batalla cultural, anclada en la lucha de clases real, que requiere de una fuerza organizada para tal fin.  El partido debe ser ese un instrumento de las masas para acumular fuerzas hacia  la revolución socialista,  no un fin en sí mismo o al servicio de políticas reproductivas del sistema tales como el sindicalismo, el mutualismo o cualquier otra forma de movimientismo. La fuerza capaza de desplegar un proyecto político revolucionario, deberá estar dotada de una cultura política antagónica a la de dominación, ser capaz de desplegar su actividad en cualquier condición de la lucha de clases y sus caracteristicas organizativas estarán condicionadas por las necesidades que el proceso de construcción del proyecto impongan, pero se basará –ineludiblemente- en la creación y el esfuerzo de los militantes revolucionarios. Un partido de nuevo tipo, antagónico a los de la burguesía y distinto a los que modeló el reformismo hegemónico, a fines del siglo XIX,  en la II Internacional. Un partido para la revolución.

    Tres

    En 1973, a pocos días del triunfo electoral de la formula Cámpora / Solano Lima, momento más que contradictorio en la lucha de clases argentina, se publicaron cuatro textos que refieren a los debates de Qué Hacer. Dos de ellos con una relación explícita y directa: el folleto de Oscar Arévalo, entonces secretario de propaganda y virtual ideólogo oficial del Partido Comunista, “Organización e ideología revolucionaria” y un articulo, “El Partido revolucionario en Lenin” de Antonio Carlo, publicado en ’’Pasado y Presente” numero 2/3  del IV año de la revista donde actuaban Juan Carlos Portantiero, José Nún y Pancho Aricó, entre otros intelectuales marxistas de la nueva izquierda y dos trabajos que pretendían fundamentar una estrategia para la situación planteada con la derrota de la dictadura y el avance popular en curso, y que por ello mismo no pueden dejar de considerar los debates aquí analizados: “Poder burgués y poder revolucionario” de Mario Roberto Santucho, dirigente máximo del Partido Revolucionario de los Trabajadores y un libro de Ernesto Giudice, “Carta a mis camaradas” en el que éste fundamenta su renuncia al Partido Comunista, del que fue dirigente nacional por décadas.

    Santucho y Arévalo, aunque parezcan defender posiciones antagónicas, coinciden en un mismo enfoque:  los hechos que suceden ante su vista son la confirmación de las afirmaciones y previsiones realizadas; y es el fortalecimiento de “su” partido, la garantía del transito revolucionario, ya que ellos son la vanguardia revolucionaria.

    Las dos cuestiones centrales del Qué Hacer para el stalinismo: la externalidad del partido a las masas, desde la ideología científica a la que las masas jamás podrán acceder por sí y una estructura organizativa centralizada donde la pirámide está invertida (es el centro el que decide y no el que ejecuta las decisiones democráticamente construidas por el conjunto de la militancia) aparecen influenciando de un modo decisivo el pensamiento de ambos dirigentes, aunque la autoproclamación de vanguardia, la subestimación de los procesos populares autónomos y el centralismo no democrático estaban integrados a proyectos políticos y posicionamientos tácticos distintos, casi opuestos.

    En Oscar Arévalo y el Partido Comunista Argentino, funcionaba como un reaseguro de la estrategia de frente democrático nacional y saturación del estado burgués por infiltración pensadas como modo de realizar las reformas democráticas que nos deberían llevar a completar el desarrollo capitalista de un modo “natural” y no “deformado por el peso del latifundio y la dependencia del imperialismo”[10].  Para justificar la alianza con la llamada “burguesía nacional”, y sus expresiones políticas y sociales: radicales, peronistas, burócratas de la C.G.T., etc. había que autoproclamarse “el Partido”, y esa operación se legitimaba –supuestamente- en la ideología.  La ausencia de democracia, era imprescindible para mantener a raya a aquellos que rompieran con el sofisticado control ideológico, tal como acababa de ocurrir con el propio Ernesto Giudice.

    Escribía Oscar Arévalo “Está en pie, y se desarrolla, contra viento y marea a pesar de los años de clandestinidad, el Partido que en Argentina, presente con su programa, con su línea y con su organización en los cuatro puntos cardinales del país, representando los auténticos intereses del pueblo y de la Nación, se esfuerza por llevar a la vida la inagotable enseñanza del leninismo.  Aquí, como en todas partes, los comunistas enfrentamos una campaña minuciosamente orquestada por el imperialismo y la reacción, a los que sirven los oportunistas de derecha y los vociferantes de la “ultra” pequeño burguesa, que en última instancia apunta contra el papel del Partido en la lucha de clase del proletariado y las luchas populares contra el imperialismo, por el progreso nacional… Se ha llegado a un punto en que la reacción, en el afán de reconquistar posiciones ayuda a nacer a grupos que se titulan marxistas, socialistas, etc. para ver si así puede captar alguna influencia y desviar.  Así hay que entender el planteo que ahora algunos políticos agitan mucho sobre “socialismo nacional” aunque dando a esa expresión contenidos muy variados y –en algunos casos- abiertamente reaccionarios”[11]

    Está claro ¿no?: Oscar Arévalo pretendía que el Partido Comunista era la vanguardia revolucionaria por la recta aplicación del leninismo, y que todos los que pretendían disputarle ese lugar de vanguardia, no serían otra cosa que grupos creados por la reacción. De allí la intolerancia hacia la izquierda y la infinita “paciencia y comprensión” con el “progresismo” radical o peronista que caracterizaba al Partido Comunista previo el viraje del XVI Congreso.

    En Santucho, la autoproclamación de vanguardia era utilizada para legitimar una propuesta de “lucha armada para tomar el poder” por parte de una organización revolucionaria que acertaba en la centralidad de la cuestión, pero confundía voluntad con realidad y erraba en colocar la forma de lucha por encima del proceso de construcción de la fuerza capaz de ejercerla; si acaso fuera necesario, y posible.

    En el “Curso de formación político ideológica del P.R.T.”[12] se definen tres caracteristicas del partido.  Dicen “en primer lugar, se trata de un partido clandestino, destinado a conquistar el poder obrero, no por las elecciones sino por la violencia. Naturalmente que el partido deberá saber aprovechar todas las formas legales o semi clandestinas de lucha…Pero en lo esencial “todas las cuestiones importantes de nuestro tiempo se resolverán con las armas en la mano como dijo León Trosky…en segundo lugar un organismo de revolucionarios profesionales. Es decir de gente que haga de la revolución la causa fundamental de su vida, que entregue todos sus esfuerzos, todas las horas de su vida y su vida misma a la causa proletaria….en tercer lugar, una organización férreamente disciplinada…centralismo democrático…”. Y se afirma que “Estos conceptos centrales de la teoría del partido…fueron elaborados por Lenin en el folleto Qué Hacer de 1902”[13].  Se adjudica a Lenin un modelo organizativo “de principios” y atemporal, cuestión que él había refutado en 1907, convalidando el erróneo prejuicio de que eran cuestiones organizativas las tratadas en el texto de 1902.

    Y será en Poder burgués y poder revolucionario que Santucho afirmará tajantemente que es el suyo el partido de vanguardia. Refiriéndose al rol del Partido de los Trabajadores (Comunista) del Vietnam dirá: “Los argentinos contamos también con el núcleo fundamental de un partido similar, del partido proletario de combate que llevará al triunfo de nuestra revolución antiimperialista y socialista.  Es el PRT, forjado en nueve años de dura lucha clandestina, antidictatorial, antiimperialista y anticapitalista, que cuenta hoy día con sólida estructura nacional, varios miles de miembros activos, varios centenares de cuadros sólidos, tradición y experiencia de combate, correcta línea política estratégica y táctica, marcadas caracteristicas y moral proletaria y una profunda determinación de vencer afrontando todos los sacrificios necesarios”[14]

    Aquí no solo se proclama vanguardia, sino que pretende desprender la decisión de poner la forma de lucha armada por encima de toda otra cuestión política de la propia obra leninista de 1902: “en primer lugar, se trata de un partido clandestino, destinado a conquistar el poder obrero, no por las elecciones sino por la violencia” y que para ello se utiliza la analogía entre Vietnam y Argentina, enfoque metodológico que no  por repetido deja de ser errado y estéril, como se volvió a demostrar con las analogías realizadas sobre las luchas de Diciembre de 2001 y la revolución de 1905 o el Febrero de 1917 en Rusia como analizaremos más adelante.

    Por el lado de Antonio Carlo y el grupo de Pasado y Presente se hace el centro en la cuestión “gnoseológica” (cómo se genera la conciencia de clase: desde la práctica propia y autónoma –en el sentido de autosuficiente- o desde una vanguardia externa a la lucha de clases real asistida por intelectuales provenientes de la burguesía) en una reflexión que hoy se puede leer como anticipación de la negación de las vanguardias y la organización revolucionaria en nombre de la supuesta auto organización y procesos de autoconciencia que hoy hace John Holloway y sus seguidores locales[15].

    “En general se sostiene que las tesis definitivas de Lenin sobre el problema (el de la relación vanguardia masa, Nota del autor) se expresan en el celebre ¿Qué hacer?, obra bastante discutida, como se sabe: para algunos el ¿Qué hacer? sigue siendo en todos los casos la única respuesta científica dada al problema del paso de “clase en sí” a “clase para si” no suficientemente desarrollado por Marx y Engels: sin embargo para otros este trabajo impregnado de intelectualismo y de idealismo convertido en clásico por la era staliniana está en la raíz de todas las desviaciones burocráticas de la experiencia soviética..  En nuestra opinión el ¿Qué Hacer? es una obra negativa….[16]

    Lo paradójico es que se ataca la necesidad de un partido que enfrente la dominación ideológica y luche por elevar la conciencia política de los trabajadores en nombre de una supuesta autonomía que no es otra cosa que la idealización de las masas y la ignorancia de lo que Gramsci llamaba el “sentido común”, el conjunto de ideas y sensaciones que no solo sirven para manejarse en la cotidianeidad más simple, sino que expresan la hegemonía cultural profunda y todo esto desde un colectivo intelectual que quedaría en la historia de las izquierdas como aquel que más hizo para difundir a Gramsci no solo en la Argentina sino en la región[17].

    Será Ernesto Giudice en su “Carta a mis camaradas” quien, aparentando ser el más lejano del tema en cuestión, más se acerque a una “traducción”[18] de Qué Hacer para la época: ha surgido una nueva situación con la irrupción de una nueva generación revolucionarizada y capaz de revolucionar; a esta generación no la podrá representar ni organizar ningún partido por separado: ha llegado el momento de una unidad de las izquierdas para gestar una fuerza capaz de incorporar a la Argentina al torrente revolucionario de entonces.  El concepto novedoso en Giudice es este de fuerza[19]: vinculado a la cuestión del poder, separado del anquilosamiento de la cuestión partido o de la desarticulación irresponsable.

    Cuarto

    De paso, porque el asunto merece un articulo tan o más largo que este, digamos que en el tema de partido hay una identificación casi absoluta entre Antonio Gramsci y Vladimir Ilich Lenin como se puede intuir en los párrafos siguientes[20]: “Autoconciencia crítica significa, histórica y políticamente, la creación de una elite de intelectuales; una masa humana no se distingue  no se torna independiente per se, sin organizarse (en sentido lato), y no hay organización sin intelectuales, o sea, sin organizadores y dirigentes, es decir, sin que el aspecto teórico del nexo teoría-práctica se distinga concretamente en una capa de personas “especializadas en la elaboración conceptual y filosófica”.  Pero este proceso de creación de una elite de intelectuales es largo, difícil, lleno de contradicciones, de avances y retrocesos, desbandes y reagrupamientos, y en el la “fidelidad” de las masas (y la fidelidad y la disciplina son inicialmente la forma que asume la adhesión de la masa y su colaboración al desarrollo de todo fenómeno cultural) es puesta a dura prueba. El proceso de desarrollo está vinculado a una dialéctica intelectuales-masa; el estrato de los intelectuales se desarrolla cuantitativa y cualitativamente; pero todo salto hacia una nueva amplitud y complejidad del estrato de los intelectuales está ligado a un movimiento análogo de la masa de los simples, que se eleva hacia niveles superiores de cultura y amplía simultáneamente su esfera de influencia, entre eminencias individuales o grupos más o menos importantes en el estrato de intelectuales especializados”.

    Resalta  la indestructible relación que Gramsci establece entre el movimiento real de la lucha de clases y la construcción del partido, marcando que hay una dialéctica intelectuales-masa que es el modo de decir que el partido (los intelectuales) y el movimiento real de la lucha de clases, la masa, son dos caras de un mismo proceso de construcción de condiciones para la revolución por lo que resultan, por lo menos en el plano de la teoría, y más precisamente para los seguidores de la “filosofía de la praxis”[21] totalmente improcedente la separación, y aún el antagonismo, entre lo social y lo político o la izquierda independiente y social contra la organizada en partidos políticos.

    Y en sus notas sobre Maquiavelo dirá directamente: …para que exista un partido es preciso que coexistan tres elementos fundamentales (es decir tres grupos de elementos):   1.Un elemento indefinido de hombres comunes, medios, que ofrecen como participación su disciplina y su fidelidad, más no el espíritu creador y con alta capacidad de organización.  Sin ellos el partido no existiría, es verdad, pero es verdad también  que el partido no podría existir solamente con ellos. Constituyen una fuerza en cuanto existan hombres que los centralizan, organizan y disciplinan, pero en ausencia de esta fuerza cohesiva se dispersarían y se anularían en una hojarasca inútil…   2.El elemento de cohesión principal, centralizado en el campo nacional, que transforma en potente y eficiente a un conjunto de fuerzas que abandonadas a sí mismas contarían cero o poco más…Es verdad también que un partido no podría formado solamente por este elemento, el cual sin embargo tiene más importancia que el primero para su constitución.  Se habla de capitanes sin ejercito, pero en realidad es más fácil formar un ejercito que formar capitanes. Tan es así que un ejercito ya existente sería destruido si le llegasen a faltar los capitanes, mientras que la existencia de un grupo de capitanes, acorde entre sí, con fines comunes, no tarda en formar un ejército aún donde no existe.  3. Un elemento medio, que articula el primero y el segundo que los pone en contacto, no solo “físico” sino moral e intelectual……un partido no puede ser destruido por medios normales cuando existe necesariamente el segundo elemento, cuyo nacimiento está ligada a la existencia de condiciones materiales objetivas (y si este elemento no existe todo razonamiento es superfluo) aunque sea disperso y errante, ya que no pueden dejar de formarse los otros dos, o sea el primero que forma necesariamente el tercero, como su continuación y su medio de expresarse”.

    Como Gramsci ha estudiado en profundidad los mecanismos de dominación ideológica, y el sentido verdadero del llamado “sentido común”, distingue los momentos en el proceso de autoconciencia crítica por los que pasan los hombres, y por eso, lejos de toda “horizontalidad” o culto de las “bases”, privilegia los cuadros y la idea de que los partidos se construyen desde un proyecto, es decir desde un núcleo de cuadros.  Uno puede estar de acuerdo con Gramsci o con Holloway, lo que no se puede es pretender estar con Gramsci y con Holloway.

    Cinco

    ¿Cómo pensar las cuestiones centrales del Qué Hacer en la Argentina de nuestros días?  ¿Es decir, cuál es el eslabón de la cadena de iniciativas políticas que permitirían constituir una fuerza popular capaz de abrir paso a un proceso de construcción de poder popular?  ¿Y cuál debería ser la relación entre los partidos revolucionarios y el proceso de organización y combate popular? ¿Entre el partido y la masa?  ¿Y cómo combinar la disciplina con el protagonismo de la militancia? ¿Cómo articular la fuerza del colectivo, actuando con una política única, con la creatividad del militante en su irrepetible individualidad?

    Repasemos sumariamente cómo resuelve Lenin estos problemas en 1902 para la Rusia Zarista, reflexionando sobre las luchas habidas entre 1895/96: hay que lanzar una lucha política contra el Zar, hegemonizada por la clase obrera y las fuerzas revolucionarias, pero agrupando a los más amplios sectores populares dispuestos a confrontar; para ello hay que conformar una fuerza revolucionaria agrupando y articulando en una fuerza altamente disciplinada y centralizada –sobre todo para las cuestiones conspirativas-  que permitan burlar la Ojrana[22], que estimule, eduque, organice y conduzca la lucha obrera y popular a la victoria a los grupos dispersos por toda Rusia. Y el instrumento para la unidad de los grupos revolucionarios y para la acción educativa de masas (autoconciencia crítica diría luego Gramsci) será el periódico, el” gran educador y organizador político” de la época.

    Y una última observación al pensamiento leninista de 1902, como cualquier lector de Qué Hacer podrá comprobar.  Por la proliferación de citas y referencias, Lenin mira la lucha de clases rusa desde la única revolución popular triunfante hasta entonces: la Revolución Burguesa de 1789, con el gran  protagonismo jugado por los Jacobinos, esos revolucionarios audaces y decididos que estimulan y conducen desde el ejemplo.  No son la vanguardia del pueblo, sino sobre el pueblo.  Y esa perspectiva, junto con el deslumbramiento por Kautsky[23] harían que surjan las “exageraciones” ya criticadas.

    Y este es exactamente uno de los problemas centrales de la izquierda argentina: la idea de “portadores” de la ideología revolucionaria que debe “educar” a las masas, que solo pueden llegar a formas espontáneas de lucha y organización, por lo que hay que “dirigirlas”, sigue siendo uno de los modos centrales de pensar el rol de los revolucionarios.

    Así han actuado en relación al ciclo de luchas abierto por la Rebelión Popular de diciembre de 2001: idealizando la situación, imaginando “situación revolucionaria”, “crisis revolucionaria” y aún “revolución socialista espontánea”, en un traslado mecánico de los análisis leninistas sobre la revolución rusa de 1905 y febrero de 1917.  Y de esas miradas surgieron las conductas: si hay una masa revolucionarizada que espontáneamente tumba gobiernos y se pone en el umbral de la revolución, es la hora de las vanguardias revolucionarias auto proclamadas.

    ¿En qué sociedad habrá que construir la vanguardia revolucionaria de la que hablaba Lenin en el Qué Hacer?  ¿Cómo es la Argentina resultante del golpe de estado de 1976, de los siete años de terrorismo de estado y gobierno militar, de la claudicación alfonsinista y la imposición forzada del posibilismo más cínico y claudicante, de la etapa “triunfal” del modelo neoliberal en su versión más osada y brutal del continente: la menemista de 1989 a 1999, y del fracaso estrepitoso de una Alianza que accedió al gobierno de la mano de promesas de pos menemismo?

    Porque después de meses de leer sobre una revolución socialista espontánea en curso[24], de situación o crisis revolucionaria[25] conviene recordar que aquí si hubo un genocidio, una derrota, que veinte años de privatizaciones, cierre de empresas, precarización extrema del trabajo han terminado modificando la Argentina, acentuando sus caracteres más reaccionarios[26] y dando lugar a un verdadero “ser social neoliberal” que le da raíces profundas al modelo neoliberal[27].

    Como parte del proceso de instalación de esta nueva hegemonía cultural, repetimos desde la secuencia de genocidio, reconversión capitalista, captación de intelectuales y fuerzas sociales y políticas para el bloque de poder, se ha desarrollado en estos años una masiva y sofisticada campaña de desprestigio de las organizaciones políticas revolucionarias, el pensamiento crítico –empezando por el marxismo- y el mismo militante.

    Ninguna discusión sobre la política de izquierda y el modo de ser partido, como gustan decir los que se dedican a descalificarlos, se puede hacer desconociendo la hipocresía de una burguesía que mientras se “compraba” militantes, dirigentes y partidos políticos enteros, mientras transformaba el sistema comunicacional en un formidable instrumento de formación de opinión al servicio de su proyecto instalando una verdadera dictadura terrorista de la opinión y que mientras hacía todo esto clamaba contra los partidos de izquierda y el anquilosamiento de un pensamiento que se obstina en pararse desde el paradigma de la lucha de clases y la crítica al capitalismo.

    No viene mal repasar que no pocos esfuerzos de “renovación” de los partidos de izquierda y el pensamiento marxista, acaso por ingenuidad, acaso por espíritu “becario”[28] han terminado subsumidos por esta oleada derechista que busca transformar la crisis, irreversible por los cambios estructurales y el fracaso del Pacto de Olivos, del bipartidismo en una reconversión del sistema político al modo yanqui: sin partidos, sin programas, como meras variantes administrativas y eficaces del mismo programa neoliberal y colonizado.

    Por lo que conviene reafirmar que la vigencia del Qué Hacer comienza por rechazar todas las variantes de Tercera Vía, y sus expresiones “progresistas” locales: no es “capitalismo serio, humanizado o distribucionista” lo que necesita la Argentina, sino su supresión revolucionaria, socialista, llamada a resolver la postergada liberación nacional.

    Y para ese proceso, hace falta una vanguardia revolucionaria. Que no existe, y no podrá surgir del simple despliegue de algunas de las que hoy se reclaman vanguardia por autoproclamación porque nada de lo dicho hasta ahora pretenden evitar el debate necesario sobre los cambios necesarios en la izquierda argentina de hoy, para estar a la altura de la exigencia que la Rebelión Popular de diciembre de 2001 nos ha puesto a todos.

    Lejos de la fantasía de revolución que han cultivado muchos, Diciembre 2001[29] se va instalando como una bisagra en la larga historia de la dominación burguesa en la Argentina. Como un punto de llegada de un largo proceso de resistencia, comenzado en el momento mismo del golpe del ’76 y sostenido por pocos en los difíciles días en que caía el Muro de Berlín y Menem llegaba a la Casa Rosada con el apoyo explícito de algunos que posarían luego de ser sus principales opositores[30]; y como un nuevo punto de arranque para una institucionalidad popular nacida por fuera de la hegemonía peronista y radical; y sobre todo, de la lógica que surgía del ciclo de luchas condicionadas por el modo de desarrollo capitalista conocida como “capitalismo distributivo” o “estado de bienestar social a la criolla”: pacto social, protagonismo estatal, respaldo a la burguesía local y estímulos al mercado interno, etc.

    Los intentos por actuar al viejo modo, al modo de los ’70 para decirlo de algún modo que exprese una idea de vanguardia como la fuerza que va delante del movimiento popular marcándole el camino con la fuerza del ejemplo y la superioridad ideológica de sus cuadros, han fracasado estentórea mente.

    No se trataba de ponerle conducción a una lucha espontánea (en insospechada semejanza al sueño montonero de ponerle conducción revolucionaria al monstruo peronista) sino de jugar un nuevo tipo de rol de vanguardia estimulando la autonomía del movimiento en una dirección de confrontación y ascenso al terreno de la lucha política.

    A quince meses de la Rebelión Popular podríamos señalar dos grandes cuestiones (al menos en relación con la reflexión que venimos siguiendo): una es que la lucha y la ruptura cultural en una parte de la sociedad ha conseguido desarticular el sistema de dominación que le permitió a la burguesía salir de la dictadura del ’76 con relativa tranquilidad: el bipartidismo de radicales y peronistas, ayudado en todo momento por el “progresismo” de tinte liberal y populista, pero no ha conseguido gestar una alternativa política propia.

    Así las cosas se ha ido creando una especie de circulo vicioso: el nuevo movimiento popular no tiene las fuerzas necesarias para detener las iniciativas del bloque de poder (un ejemplo más que doloroso y molesto, pero ejemplar, son las elecciones del 27 de abril, y su resultado) ni  para ser la base desde donde se geste la alternativa política y por el otro lado, la izquierda dispersa y enfrentada por batallas hegemonistas, no alcanza a constituirse en la base de un agrupamiento de fuerzas que posibilite la constitución de una alternativa política verdadera.

    Todos los pases de magia se han hecho, todos los conjuros y las ilusiones en atajos; es hora de asumir que solo una política compleja, consecuente y de principios podrá romper este círculo vicioso que amenaza con empantanar al proceso de relativa ofensiva comenzada en diciembre de 2001.

    ¿Qué se necesita?, todos lo saben: estimular más resistencia, potenciar la construcción de una nueva institucionalidad popular que sepulte la burocracia sindical y estudiantil, articular un centro coordinador de las luchas que ocupe el espacio que alguna vez ocupo la C.G.T. y que la alianza CTA CCC no puede ya ocupar, ni tampoco quiere.

    Pero quince meses de luchas nos han enseñado que con luchas solo no alcanza, que hay que acceder al terreno de la política y que ninguna fuerza de izquierda, social, cultural o política, por sí sola puede resolverlo

    La respuesta a nuestro qué hacer es constituir una masa crítica de fuerza revolucionaria, de subjetividad crítica y creadora, por el camino de la creación de una nueva fuerza política que surja de la convergencia de todas las fuerzas de la izquierda real (obviamente que no se limita, aunque tampoco excluye a las fuerzas políticas).

    La cuestión del partido hoy no se puede resolver desde ninguno de los existentes por sí solos: solo la sinergia de todos nos puede dar la fuerza necesaria para plantar un verdadero  proceso de acumulación de fuerzas en un país un mundo y una época como la que nos toca vivir.

    Una nueva fuerza política que no podrá anular la historia de más de cien años de comunismo[31] en la Argentina con su historia de divisiones y pluralidad, de identidades que nadie podrá desconocer, que seguramente subsistirán largo tiempo pero que tendrán que dar nacimiento a una nueva, síntesis y superación de todas ellas, de carácter antimperialista, y por ello patriótica y anticapitalista.

    Una nueva fuerza política que no podrá, por su pluralidad, ser monolítica en el sentido de identidad de discursos y conductas en el movimiento real pero que tendrá que ser homogénea en el sentido de sentirse parte, respetar y potenciar la autonomía de un movimiento popular que solo accediendo al terreno de la disputa política, podrá realizar dicha autonomía.

    Una nueva fuerza política que no podrá desconocer el valor del militante y la creatividad pero que deberá encontrar formas de trabajo colectivo que reconozcan la existencia de las identidades y las organizaciones convergentes junto con militantes aislados que estén dispuestos a ser parte de un colectivo que discuta, planifique, actúe y balancee su labor como método de crecimiento de todos

    Una nueva fuerza política que no podrá abstenerse de ninguna forma de lucha de clases y que deberá darle a cada una de ellas una sólida base ideológica/cultural:  es esta una batalla de ideas, y ser una fuerza de ideas será nuestra principal arma en la lucha contra el capitalismo contemporáneo.

    Una nueva fuerza política que no podrá disciplinar administrativamente ni con autoritarismo pero que deberá construir una cultura del respeto a los acuerdos que generen una disciplina conciente y revolucionaria para poder asumir formas de organización eficaces en la lucha contra el enemigo realmente existente en la Argentina, el mismo que ha cometido un genocidio cada vez que lo ha requerido.  Como el Che quería deberemos ser duros con el enemigo y tiernos con el compañero, y no al revés como ocurre normalmente entre nosotros.

    En definitiva, la vigencia del Qué Hacer en nuestros días exige reafirmar el objetivo revolucionario, socialista de liberación nacional, de nuestra lucha; afirmar una estrategia de poder popular como camino de confrontación con el enemigo y de construcción de capacidades subjetivas para el sujeto social de la revolución, que plantea a las fuerzas que se reclaman herederas de la tradición comunista cambiar ellas mismas (en  dirección a lograr nuevas caracteristicas en su forma organizativa y en su relación con el movimiento popular) y aportar a producir el gran cambio: unidad y renovación cultural de los revolucionarios para fundar una nueva fuerza política en condiciones de aprovechar a pleno la oportunidad abierta por la crisis orgánica del capitalismo argentino y la quiebra del bipartidismo radical/peronista.

    Seis

    Sacar el debate de la eficacia organizativa del terreno de lo interno y organizativo  para plantear que el salto de calidad está en la unidad parece un desatino mayúsculo o en el mejor de los casos una de esas utopías inalcanzables.  Pero es que solo con pasión se podrá salir del atolladero en que nos encontramos.  Solo la pasión nos puede llevar a la unidad de los que vienen de la tradición trotskista con los que hemos mantenido el Partido Comunista contra todas las presiones y el mismo peso de la historia.  Solo la pasión por el poder revolucionario nos puede llevar a poner por delante la lucha anticapitalista a la lucha de capilla por ver quién tiene más méritos para merecer un reconocimiento popular, una inserción del proyecto revolucionario en el sujeto social, que requerirá de un largo y esforzado esfuerzo por mantener y potenciar la unidad de los revolucionarios y desde allí agrupar más y más fuerzas hasta ponernos en condiciones de abrir la disputa real por el gobierno y el poder.

    Hasta ahora, el deseo y la pasión militante han estado puestos en una auto satisfacción de grupo o secta (y esto casi es comprensible en las terribles condiciones que ha vivido la izquierda, condiciones de lucha casi animales por la supervivencia), ¿seremos capaces de poner el esfuerzo en crear algo más que grande que nosotros mismos, con las  bellas palabras que Fidel utilizó al explicar la superación/continuidad de su Movimiento 26 de Julio en el nuevo, y unificado, Partido Comunista de Cuba?.

    Obviamente, que la respuesta a este interrogante histórico y dramático, no está en el Qué Hacer, está en nosotros.

    José Ernesto Schulman

    Rosario, 3 de mayo de 2003


    [1] Por entonces “socialdemócrata” era el nombre de los partidos revolucionarios, luego comunistas.  “Prologo a la  recopilación doce años” publicado en noviembre de 1907. Tomo XIII de las Obras Completas de Lenin. Edición Cartago de 1960. paginas 96/97

    [2] Idem

    [3]El horizonte es largo

    [4]Proyecto y explicación del Programa del Partido Socialdemócrata”. Obras Completas. Edición Cartago 1960. Tomo II pagina 85.

    [5] Iskra era el periódico central del recién fundado Partido Socialdemócrata (luego comunista) ruso.

    [6] Lenin. obra citada. paginas 95 y 96

    [7] Utilizo la consigna con que John Holloway titula su libro para marcar lo absurdo que significa presentar como novedoso a una de las ilusiones reformistas más antiguas y vulgares.

    [8] Del Prologo de 1907 ya citado

    [9] Del libro “Historia y conciencia de clase” de Giorgy Lukács. primera edición en 1922

    [10] caracterización de la Argentina que, con matices, se mantuvo hasta que el XVI Congreso del Partido Comunista Argentino pasó a definir el país como capitalista y a postular una revolución socialista.

    [11] Oscar Arévalo, pagina 23 del folleto citado.

    [12] Utilizamos la reedición hecha en 2003 por ediciones Estrella Roja

    [13] pagina  43 de la edición citada.

    [14] pagina 24 de la reedición hecha en julio de 2002 por  Ediciones La Comuna

    [15] sobre el libro “Como cambiar el mundo sin tomar el poder” puede leerse mi posición crítica en Cuadernos Marxistas Nº 12. pagina 21

    [16] Pasado y presente. Número 2/3. Julio/Diciembre de 1973. Pagina 303

    [17] Investigaciones sobre la historia del marxismo en america latina . Jaime Massardo.  Bravo y Allende Editores. pagina 59.

    [18] En el sentido metodológico y no literal

    [19] ver mi ponencia sobre Giudice en el panel convocado, y publicado, por Cuadernos Marxistas Nº 8

    [20]El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Crocce”editorial Lautaro. 1962.

    [21] denominación con que Gramsci nombra la filosofía marxista para eludir la censura. Ha quedado como identificación de quienes se referencian en sus ideas

    [22] Policía secreta del Zar, uno de los instrumentos estatales más sofisticados y eficaces.

    [23] A comienzo del siglo, Kautsky es el principal dirigente del principal partido socialista de la época, el alemán. Es él el autor de la famosa frase, que Lenin adopta entusiasta: “Pero no es el proletariado el portador de la ciencia, sino la intelectualidad burguesa: “es del cerebro de algunos miembros aislados de esta capa de donde ha surgido el socialismo moderno, y han sido ellos los que lo han transmitido a los proletarios destacados por su desarrollo intelectual, los cuales lo introducen luego en la lucha de clases…De modo que la conciencia socialista es algo introducido desde fuera en la lucha de clases del proletariado, y no algo que ha surgido espontáneamente de ella. Pagina 34 de Qué Hacer. edición Anteo de 1960.

    [24] Análisis de la dirección del Movimiento Socialista de Trabajadores publicado en su pagina web.

    [25] Posiciones del Partido Obrero y del Partido Comunista Revolucionario, entre otros.

    [26] Uno de los mitos de la política argentina, junto con el de Evita y los Golpes de Estado, ha sido el de una supuesta cultura de izquierda del pueblo argentino, especialmente sus sectores medios que se expresaban –supuestamente- en el progresismo radical y las corrientes más combativas del peronismo.  Desde esa visión casi la cultura progresista era mayoritaria en la sociedad, falsedad que se ha puesto brutalmente de manifiesto en el consenso al golpe genocida del 76 y a los procesos de reconversión capitalista aplicados con brutalidad extrema por los “gobiernos democráticos” sucedidos desde 1983.

    [27] Seguimos aquí el razonamiento de Raymond Williams en Marxismo y literatura donde hace referencia a la doble dominación: la ideológica, en un cierto sentido superficial, y la hegemonía cultural que afecta el sentido común, la cotidianeidad, de un modo profundo y estable

    [28] los cubanos dicen del que escribe y piensa tal como los aportantes de la beca lo requieren

    [29] en contraposición a la fantasía de revolución de la izquierda, le toca el turno a la derecha de fantasear: creen ver en el resultado electoral del 27 de abril la regresión a una situación de hegemonía política absoluta que no es tal, y  no solo por la ruptura cultural, el crecimiento de la izquierda y el nacimiento de una nueva institucionalidad popular; sino también por el descalabro del sistema de dominación vigente desde 1983: el bipartidismo, la alternancia y el cogobierno de peronistas (disciplinados por Menem) y el radicalismo (lo mismo tras Alfonsín).

    [30] El grupo hegemónico de la C.T.A. encabezado por Víctor De Gennaro votó las listas del P.J. en 1989 de las que fueron parte con los luego llamados 8 diputados disidentes entre los que estaba el mismísimo Germán Abdala, dirigente del gremio estatal.  El Partido Comunista Revolucionario, expresión política de la Corriente Clasista y Combativa, también votó esas listas por “expresar socialmente la fuerza revolucionaria de la clase obrera contenida en el peronismo.  La CTA y la CCC constituyeron en la práctica el núcleo de conducción de la oposición al menemismo, por lo menos desde la Marcha Federal de julio de 1994 hasta el Congreso Piquetero de La Matanza en noviembre de 2001

    [31] desde el 1º de mayo de 1890, convergencia de grupos socialistas y obreros, punto de partida de todas las tradiciones comunistas hoy vigentes.


  • Intervención en el Seminario Internacional

    de Cuadernos Marxistas:

    CRISIS, REVOLUCIÓN y SOCIALISMO

    Córdoba 7, 8 y 9 de Noviembre 2002

    Uno de los estigmas con el que la derecha nos ha castigado, es que la Izquierda siempre llega tarde al lugar equivocado.

    Yo quiero empezar diciendo, que este debate sobre el poder, lo hacemos en el lugar adecuado, en el momento adecuado.

    Discutir sobre el poder en Córdoba en el mes de noviembre, en el mes en que recordamos la muerte de Agustín Tosco y el triunfo de la Revolución Socialista en Rusia, es adecuado. Discutir sobre el poder aquí en Córdoba, símbolo de la rebeldía popular que generó el nivel de desafío mas alto al poder burgués de la Argentina, no solo es una discusión adecuada en el lugar adecuado, sino que es algo que nos lo hemos ganado, es un derecho conquistado.

    Este debate es, de algún modo, un reconocimiento para quienes resistimos a la Dictadura Militar, para quienes resistimos al posibilismo Alfonsinista, para quienes resistimos al triunfalismo neoliberal de Menem, para quienes resistimos a la Alianza del FREPASO y la UCR, para quienes combatimos junto al pueblo en Diciembre de 2001; porque acaso la primera y principal acumulación de la Rebelión Popular, es que en la Argentina se puede y se debe discutir seriamente la cuestión del poder no como una cuestión teórica, academica digamos, sino como un debate práctico del movimiento popular..

    Nosotros pretendemos pensar y actuar como marxistas y por eso corresponde decir que la cuestión del poder obliga a pensar una doble dimensión de la cuestión, obliga a pensar a  la cuestión del poder como una cuestión real; y eso es discutir qué fue diciembre, qué fue la rebelión popular. Eso es discutir que fue de diciembre, que ocurrió con el proceso de estos 11 meses de lucha, de debates y de construcción; y significa discutir cómo nos posicionamos ante la estrategia del enemigo de derrotar a la rebelión popular y asegurar el continuismo.

    Hay entonces una dimensión real de la cuestión del poder en la Argentina hoy, y hay una dimensión intelectual, es decir, cuáles son los debates que sobre la cuestión del poder hay en la Argentina. Para decirlo mas sencillamente que dice Otto Vargas o Jorge Altamira, que dice Luis Zamora, que dice Tony Negri, que dice John Holloway sobre la cuentón del poder en la Argentina.

    Nosotros, como marxistas, hemos hecho un gran esfuerzo de actuar como un intelectual colectivo ante el desafío de entender lo que ocurrió en la argentina y en enero del 2002 hicimos una conferencia nacional del Partido Comunista y elaboramos colectivamente un documento que expresó, a solo 12 días de los hechos, lo que entendíamos eran aquellos hechos.

    No compartimos las ideas de  “estallido espontáneo” o de “triunfo de la revolución”, tampoco que hubiera triunfado una “revolución socialista espontánea”, o que estuvieramos en medio de una “situación revolucionaria”o de una “crisis revolucionaria”.

    Tratamos de encuadrar la Rebelión Popular de Diciembre en medio de la dinámica dos fenómenos fundamentales e interrelacionados entre sí: la crisis de hegemonía, la crisis de dominación, la dificultad del bipartidismo radical y peronista para continuar gobernando con acuerdo del pueblo y los niveles de autonomía, la capacidad de actuar del movimiento popular por fuera de la lógica que el Estado y el sistema de dominación le imponía.

    Acaso desde el punto de vista teórico uno de los problemas mas graves que afronta la izquierda argentina es su enorme dificultad de acceder a un pensamiento dialéctico. Hay muchos que hablan de la crisis de dominación y hay muchos que hablan de autonomía, pero cuesta entender que no hay crisis de dominación sin un nivel de autonomía y que la autonomía si no evoluciona, y estoy citando a Gramsci casi textualmente, hacia una nueva forma de representación política, superadora de la que entró en crisis, no puede romper la crisis de dominación que terminará superando su crisis por el camino de generar un nuevo modo de contener las luchas y asimilarlas.

    Nosotros pensamos que en la Rebelión Popular de diciembre se  reflejó el sujeto real resultante de los procesos de transformación que el neoliberalismo impuso en la Argentina. Y vimos que el sujeto principal de esa rebelión eran los nuevos modos de organización social tales como las asambleas barriales o los movimientos piqueteros y las fuerzas políticas orgánicas, la izquierda política de la Argentina.

    Hemos hablado mucho de sus logros y podríamos resumirlos rápidamente en que  la rebelión popular de diciembre del 2001 es la que ha venido poniendo trabas en la rueda a la estrategia que el bloque de poder armó en la Argentina, es decir asegurar la reproducción ampliada de capital en una economía de penuria, superar  la democracia restringida de Alfonsín y Menem con una forma de dictadura civil, encontrar un nuevo rol en el mundo actuando como lo mas cipayo del imperialismo yanqui en la región y construir un nuevo discurso de justificación de la dominación que es el discurso del cinismo, de  un fatalismo pesimista sin ningún límite.

    Cada uno de estos elementos de su estrategia de recomposición del poder, como anunció Duhalde en su discurso de asunción presidencial, fueron enfrentados por el pueblo y relativizados o al menos morigerados; pero acaso el logro mas importante de nuestro movimiento popular fue que impidió que el 26 de junio, con el asesinato de los compañeros piqueteros en Avellaneda se consumara la instalación total de la dictadura civil como se lo propuso el gobierno, como el discurso de Atanasoff de aquella tarde lo puede demostrar.

    ¿Qué pasó después del 26 de junio?

    Que Duhalde, demostrando ser mucho mas político e inteligente de lo que generalmente se lo considera, movió las fichas al espacio mas débil del movimiento popular argentino, colocó el desafío nada menos  que en el espacio de la política y encontró en el espacio de la política el modo de ampliar el terreno donde ir desarrollando su estrategia de continuismo.

    Corresponde entonces, si somos rigurosos, explicar porque el enemigo pudo encontrar el modo de asegurar la continuidad de la dominación en estos meses; como fue que pudo impedir que se cumpla, hasta ahora por lo menos, la consigna principal de la Rebelión que era, y sigue siendo “que se vayan todos”.

    Así como hablamos de los puntos fuertes de la Rebelión Popular, corresponde ahora, con igual rigor, examinar sus puntos débiles.

    Si repasamos el sujeto de la rebelión podemos ver que el movimiento obrero organizado, los trabajadores estables y los estudiantes han tenido un protagonismo limitado.

    Podemos ver, también, que el movimiento popular, desaparecida la CGT como ámbito de coordinación nacional, no ha conseguido reemplazar a la burocracia con un propio centro coordinador de todas las luchas, con un plan y con un programa de lucha permanente.

    Veremos también que la debilidad de no contar con una alternativa política no es un problema de los políticos, no es un problema electoral, no es un problema que hace a las ambiciones personales de los dirigentes de izquierda sino que es la debilidad principal del pueblo argentino en su lucha, que permite que el enemigo lo golpee allí.

    Y hay por ahí una cuestión mas compleja, que en pocas palabras, tratando de aplicar el pensamiento de Raymond Williams[1] a nuestra realidad, diría que hemos sido capaces de derrotar la dominación ideológica, las teorías principales del derrame de la riqueza y de la conveniencia de confluencia entre democracia representativa y mercado para ir al Primer Mundo; pero que no alcanza porque el enemigo construyó en la Argentina una hegemonía cultural profunda, una hegemonía cultural que sabemos que no se conquistó con debates sino con sangre, que sabemos se empezó a construir con el genocidio y la tortura, pero que la han continuado las tres oleadas progresistas y posibilistas de  tercera vía que hemos sufrido en el movimiento popular argentino, empezando por el democratismo radical, siguiendo con la renovación peronista que clausuró la posibilidad de la unidad de revolucionarios marxistas y peronistas a comienzo de la década del ‘80 y terminó con la forma mas cínica y perversa  del posibilismo del progresismo argentino con el Frente Grande, el  FREPASO, la Alianza, Chacho Alvarez, Meijide y todos los que la siguieron.

    Y esa hegemonía cultural es la que tenemos que combatir y derrotar construyendo poder popular, contrahegemonía cultural, conquistando la dirección del movimiento popular para la izquierda y generalizando los nuevos modos de organización y lucha. Y tenemos claro que eso se resuelve en el terreno de la política, no en seminarios o eventos culturales.

    Ante este desafío de Duhalde de llevar la disputa al terreno de la política y al terreno electoral, conviene reconocer sin embajes que no hay construcción alguna  de poder popular si no se enfrenta todos los días en todos los terrenos la principal iniciativa de dominación del enemigo; que no hay moral revolucionaria, ni subjetividad, ni organización revolucionaria, ni organización popular verdadera refugiándose en los márgenes que el enemigo considera que nos puede dejar libres, si se asegura las continuidad política.

    Conviene decir entonces, y seguramente para el debate, que el desafío que el enemigo nos instala, corresponde asumirlo y asumirlo en el terreno que se impone en la Argentina, que es el de la lucha electoral para llevar allí el reclamo de “que se vayan todos”  y para llevar allí todos los modos de construcción de poder popular que hemos sido capaces de resolver hasta ahora.

    Ahora bien, ¿cómo se reflejan estas cuestiones reales de la cuestión del poder en la Argentina en los debates?.

    Hay una gran primera división: los que consideran que la cuestión del poder no solo que no es relevante, no solo que no es necesaria sino que consideran que es dañino que el movimiento popular se plantee la cuestión del poder.

    Y corresponde que preguntemos también, ¿como es posible que un casi ignoto marxista europeo radicado en México obtenga el impacto que Holloway ha obtenido en el movimiento popular argentino?. ¿Como es posible que construcciones teóricas tan débiles como afirmar que lo único que es necesario es caminar preguntando o afirmar que no hay que construir una organización revolucionaria ni luchar por el poder, penetre en el movimiento popular argentino como lo han hecho.

    Y hay que volver a la historia del pensamiento de  izquierda en la Argentina para recordar que Enrique Gorriaran Merlo y el Movimiento Todos por la Patria (MTP) en 1984 elaboraron la teoría de la “recomposición del tejido social” y formularon la propuesta de que los militantes vayan al movimiento social sin identidad revolucionaria, sin identidad política, porque  “el pueblo no estaba preparado para escuchar la palabra revolución”.

    Hay que recordar que desde los ámbitos mas elevados moralmente del movimiento de los Derechos Humanos, durante años, se ha castigado a la izquierda realmente existente, hasta proclamar que no existe ninguna diferencia entre la izquierda revolucionaria, la UCR y el FREPASO.

    Conviene entonces pensar de que quien escupe al cielo terminará mojado. De que quien pasa el tiempo castigando a la izquierda y proclamando el carácter absoluto de sus problemas como forma partido de existencia termina facilitando la labor de una corriente ideológica/política que abiertamente proclama la claudicación y predica, sin disimulos, el abandono de la lucha revolucionaria .

    Entre el campo de quienes nos proponemos la lucha por el poder hay también diferencias notorias entre una izquierda que sigue pensando en que el modelo de la revolución rusa de octubre del ´17, no es solo memorable y valorable, sino que es el único modelo de revolución posible. Y que hace elucubraciones tan insólitas como buscar la relación que hay entre el diciembre argentino del 2001 y el febrero moscovita de 1905, entre el palacio de Smolni y el Congreso Piquetero de la Matanza, entre la asambleas barriales y los soviet, y por supuesto entre Lenin y Otto Vargas o entre Trosky y Jorge Altamira, o entre Lenin y Trosky y cada uno de los jefes de la izquierda dogmática.

    Son ellos los que han pensado la rebelión popular como formas mas o menos espontáneas de lucha popular, porque el único modo de entender a lo conciente y organizado es el de la forma partido como aparato, porque no pueden entender que el movimiento popular tenga conciencia y organización sin su presencia, que tenga niveles de autonomía y siguen pensando que la revolución será resultado de un estallido espontáneo al cual se pondrán al frente y para el cual se preparan meticulosamente desde la concepción de autoproclamación de vanguardia.

    Entre el poder como una cosa, el modelo ruso de asalto al Palacio de Invierno y la autoproclamación de vanguardia hay una relación inequívoca y un vinculo perverso que esteriliza los mejores propósitos.

    Y hay por ultimo, entre los que propagamos la idea de que en el poder no es una cosa , que el poder se construye, que el poder es contrahegemonía, que el poder es romper los modos en que nos dominan, hay también una división: están los que piensan, como Víctor De Genaro, que construir poder popular es acumular fuerza en el movimiento social para hacer un nuevo Pacto Social y recomponer los equilibrios perdidos en la década del ’50, los que siguen soñando que el capitalismo argentino puede volver a ser distributivo, humanizado, serio o del modo que ellos suponen se puede reformar..

    Los que piensan que se puede construir poder popular  sin confrontar, y por eso una y otra vez apuestan a las alianzas progresistas como hicieron con la Alianza, como hicieron con Lilita y como ahora sueñan con ser un nuevo Lula

    Se debe recordar que en la Argentina “cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel” y debe ser por ello que cualquier dirigente sindical argentino sueña con ser un nuevo Lula y hacer surgir un nuevo movimiento histórico de la nada.

    Nosotros sí pensamos que hay que tener una estrategia de construcción de poder popular, que el poder se construye todos los días, en cada lucha, en cada organización, pero somos concientes de que ese proceso de acumulación tiene una direccionalidad y que esa direccionalidad es la de prepararnos para poder sustituir al poder enemigo porque llevamos muchos años  de un movimiento popular que derrota a los gobiernos, llevamos muchos años de un movimiento popular que socava los modos de dominación  pero que no tiene capacidad para sustituirlo.

    Discutir la cuestión del poder en  la Argentina hoy es discutir  de que manera ponemos en marcha un proceso de acumulación de fuerzas que debe tener hoy, en nuestras condiciones concretas, como centro de gravedad de todo el proceso de construcción de poder popular la instalación de una nueva fuerza política de masas, de izquierda, patriótica y antiimperialista  y eso solo vendrá de la  mano de la unidad de las izquierdas.

    Para que las luchas acumulen en la perspectiva de que algún día podamos torcerle el brazo a la oligarquía y al imperialismo; para  poner a la Argentina en sintonía con las luchas victorias de los pueblos de Brasil, de todos los pueblos que protagonizan esta oleada antimperialista y para ponernos en la misma dirección que marcó la revolución que encabezaron Fidel, Camilo y el Che.


    [1] Ideas desarrolladas en  “Marxismo y literatura”

     


  • En un texto memorable, «Un libro rojo para Lenin», el poeta comunista salvadoreño  Roque Dalton reflexionaba en los ’70 que habiendo varios Lenin, cada uno debía elegir aquel que más le fuera útil.  Algunos, decía el poeta, prefieren al de Dos Tácticas de la Socialdemocracia en la Revolución Democrática Burguesa y otros al del Estado y la Revolución.  Unos pensaban en un transito por etapas y otros en el asalto al Poder.  Se sabe de que lado estaban Roque y el Che.

    La cuestión es cuál de los Che elegimos nosotros: el guerrillero heroico, el médico solidario, el ministro de Industrias, el presidente del Banco Central, el miembro del comité central del Partido Comunista de Cuba, el impulsor del trabajo voluntario?  Se dirá con razón que todos son el Che y que de todos se tendrá provecho al estudiar su obra, pero nos atrevemos a afirmar que la izquierda argentina, tan afectada del dogmatismo y posibilismo, necesita con urgencia a uno de los Che más ocultos: el teórico de la revolución socialista de liberación nacional.  Un teórico de nuevo tipo, de aquellos que buscaba en la practica política la superación de los problemas que no encontraban solución en el debate dialéctico. Aventurero sí -decía- pero de los que ponen el pellejo para sostener sus verdades.

    Le tocó al Che, en la división de tareas del grupo dirigente de la Revolución Cubana, ser uno de los primeros en sistematizar la experiencia de lucha de Fidel y sus compañeros, o sea, la historia de la lucha por la Independencia comenzada por Martí en el siglo XIX y recién completada por la Revolución Socialista que sólo por el camino de superar el capitalismo pudo conquistar la liberación nacional verdadera.

    Lo primero que destaca en la práctica teórica del Che es su marcado espíritu crítico -una actitud crítica que no se detenga ante nada, ni siquiera hacia el pensamiento propio, había reclamado el joven Marx- que le permitió enfrentar todos los dogmas que afectaban el sentido común en las ciencias sociales de la época, tal como el fatalismo geográfico que dictaba imposible alzarse contra el poder imperial a solo 90 millas de Miami, tanto como el determinismo vulgar que creía tener un mapa riguroso del recorrido de la revolución en América Latina (la supuesta revolución democrático burguesa que nunca ocurrió)  o conocer el orden estricto del proceso de la acumulación de fuerzas (donde la lucha armada siempre estaba al final del camino y nunca como un puente de transito para la subjetividad o como decía Martí, la guerra es cruel y debe ser  por tanto negada en general, pero en particular, en un pueblo nuevo que está dividido en castas y está  sometido a una vida no sólo de humillación sino de explotación , bien mirada la guerra puede constituir la única forma en que encuentre  la manera de establecer la cooperación entre sus miembros y proponerse objetivos mayores a los que tendría a su alcance.  Pero alertemos que no hay modo más dogmático de pensar que repetir para el hoy las propuestas guevaristas de los ´60.  Antidogmatismo para entender las revoluciones fuera de Manual como la venezolana, la boliviana o el proceso ecuatoriana, para entender este realismo mágico de un Continente revolucionado en las narices de los yankees que creían tener todo controlado…y de pronto aparecieron Chávez, Evo, Correa y tantos otros.

    Lo segundo es la convicción guevarista de que si la Revolución americana es continental y socialista de liberación nacional (sus permanentes llamados a la lucha por la Segunda y Definitiva Independencia y su contundente Revolución Socialista o caricatura de revolución que solo el dogmatismo puede leer separados), la ideología de nuestra revolución es el ANTIMPERIALISMO con centralidad en el enfrentamiento con los yankees de quienes conocía su ferocidad y llamaba a no confiar ni un tantito así.  Claro que el Che enfrentaba un imperialismo todavía pletórico de posibilidades y recursos que sacaría a relucir luego de la derrota en Vietnam propiciando una verdadera transformación integral del capitalismo, lo que ahora conocemos como la era de la globalización neoliberal y ahora, justamente, estamos en el momento justo en que ese ciclo está terminando y lo que se avizora es el principio de la decadencia imperial en todos los sentidos.  Al menos, por ahora, es evidente que el sueño triunfalista de ser la única súper potencia global ejerciendo una hegemonía indiscutida era eso, un sueño del cual está despertando sacudido por los vientos de cambio de Latinoamérica, el empantanamiento militar en Irak y Afganistán y la perdida de respeto que sufre en todo el mundo.

    Sigue siendo un enemigo de cuidado, pérfido y sanguinario, pero como decía Fidel en el acto de Córdoba, éste será el siglo de su hundimiento como Imperio y ese debería ser un dato que alimente el factor subjetivo, tal como Guevara lo entendía: la convicción de la necesidad y de la posibilidad de triunfar en la lucha.

    Y lo tercero es su propuesta de construcción simultánea del frente antimperialista y la vanguardia revolucionaria en un mismo y único proceso, no como un requisito previo, digamos como una condición indispensable para lanzarse al combate, sino como una necesidad a resolver, justamente, desde y en medio de la lucha.  Ninguno de los procesos en curso, ni Venezuela, ni Bolivia, ni Ecuador, ni siquiera Nicaragua, tienen perfectamente configuradas las herramientas políticas lo que demuestra la validez del pensamiento guevarista de que se puede empezar sin tal grado de organización, aunque el mismo Guevara advertía una y otra vez, que sin frente antimperialista y vanguardia revolucionaria, difícilmente se tenga éxito en el cometido.

    El Che, profundo conocedor de la historia latinoamericana tenía claro que el imperialismo no es algo exterior que agrede desde afuera, sino que -de distinto modo en cada país por los diferente modos en que cada cual conformó su bloque de poder- sino que ejercía su dominación en una combinación de presiones desde fuera y acciones del conglomerado social y político que ejercían el gobierno (con su participación decisiva), igual que ahora.  Si España fue la potencia hegemónica del cual había que liberarse en el siglo XIX, si Gran Bretaña la reemplazó al momento de la formación de las Republicas con que pulverizaron el sueño bolivariano y sanmartiniano de la Patria Grande, Estados Unidos es desde finales de la segunda mitad del Siglo XX no solo la potencia imperial dominante en la Región sino un componente decisivo de cada bloque de poder a derrotar en cada país.  Por ello es que el Che vinculaba de un modo estrecho la lucha por la liberación nacional con el antimperialismo y la causa socialista, por ello es que no hay modo de ser antimperialistas sin luchar contra el capitalismo realmente existente, con su modo de dominación y explotación. Practicar un antiimperialismo genuino, que no se quede en lo reclamativo exige hoy abordar adecuadamente esa tensión entre los componentes nativos y extranjeros del Poder.  Sin practicar una oposición que ignore los planes imperialistas para la región pero sin olvidar que esa dominación la ejercen también desde quienes reproducen un capitalismo subordinado a las redes de explotación globales.

    Se sabe que un 25 de Mayo el Che lanzó una convocatoria a los argentinos a deponer las diferencias secundarias y poner por delante la unidad antimperialista. Sin animo de minimizar los problemas reales que nos afectan al momento de pensar la alternativa ¿no sería ese paso -el disponernos todos para la unidad antimperialista, y por ello de liberación nacional y anticapitalista- el mejor homenaje que se le pueda hacer al Comandante? Porque no se trata de repetir las verdades conocidas sino de enfrentar la solución de los problemas en el terreno de la práctica política, acaso uno de los legados guevaristas más transparentes y exigentes.


  • Los modos de organización e intervención política de las clases subalternas (dominadas y explotadas por el bloque de poder) no pueden analizarse al margen de la lucha de clases, de la correlación de fuerzas –históricamente constituida- y del modo en que se ejerce la dominación.

    Por ello, se puede pensar toda la historia del movimiento obrero y popular, desde la doble perspectiva del nivel de autonomía o dependencia del Estado (y sus políticas de dominación), lo que en mucho depende de las corrientes políticas que conquistaron posiciones hegemónicas en el movimiento real.

    Estamos hablando del peso del anarquismo, a principios del siglo XX, y la negativa del movimiento obrero a la integración que el Orden Conservador le proponía; de la mayor presencia del socialismo reformista con la canalización del reclamo en formas institucionales, ya con el radicalismo en el gobierno.

    Pero sobre todo, del hecho de que la instalación de la hegemonía peronista a mediados de los ‘40, amén de las contradicciones de todo tipo que generó, condicionó un largo ciclo de luchas que le dio, al movimiento popular en su conjunto, un sello estatalista[1] que perduró por decadas, aún mucho despues que la burguesía había abandonado el modelo de capitalismo distributivo, pacto social incluido, y se afirmaba, genocidio mediante, en el neoliberal, que ahora ha estallado con furia.

    En los años de esplendor del modelo distributivo, la burocracia sindical, construyo su representatividad en un rol específico: representar a los trabajadores en la mesa de concertación con los patrones y el Estado.  Se sabe que para negociar mejor, hasta estimulaban algunas formas de lucha, siempre y cuando fueran “institucionales” y bajo su control.  El MTA es acaso, una de sus últimas expresiones.

    La subordinación del movimiento sindical al proyecto peronista llegó a sancionarse en los estatutos sindicales, e incluía  la prohibición expresa del acceso de los comunistas a las comisiones directivas.

    En una correlación de fuerzas sumamente adversa, éstos se atrincheraron en exigir la separación de los sindicatos de los partidos políticos, sin poder mantener las relaciones anteriormente existentes, entre la izquierda y el movimiento social.

    Así, por las viscitudes de la lucha de clases, se naturalizó una interpretación formal o instrumental de la autonomía (distancia de los partidos políticos) que ahora, en las condiciones creadas por la Rebelión Popular, debe ser superado por uno nuevo, funcional a la construcción del poder popular: distancia del poder (de todas sus formas de dominación) empezando por la construcción de una cultura de rebeldía, pero que no puede limitarse a lo cultural y debe aspirar a superar la represión asi como de actuar en la lucha política explícita, incluida la institucional.

    Autonomía en todos los terrenos de la lucha de clases, y de todas las formas de dominación.

    Ya en los ´70, Agustín Tosco, definía al sindicalismo “de liberación”, al que no solo abordaba las cuestiones reivindicativas sino que también encaraba de lleno la lucha por las transformaciones revolucionarias; y es más, en la construcción de la unidad antimperialista capaz de imponerlas, veía el cumplimiento del rol de vanguardia de la clase.

    En la persistencia de una visión formal de la autonomía por parte del movimiento popular, debe computarse el rechazo a un modo de relacionarse con él, de algunos partidos de izquierda, que podríamos denominar “de aparato”: dando ordenes, exigiendo reconocimiento de vanguardias auto proclamadas o disolviendose en su seno para tratar de transformar un movimiento social en un partido político encubierto.

    Contra esa rémora “aparatista” de la izquierda, reaccionan algunos compañeros que insisten, como lo hizo el Pece con el peronismo en ascenso, en preservar el movimiento reclamando distancia con los partidos políticos, incluyendo los de izquierda; acaso sin advertir que esta distancia termina favoreciendo a la derecha, y por ende, debilitando la autonomía verdadera.

    En la Conferencia Nacional de Enero de 2002, los comunistas definimos de un modo nuevo el rol de vanguardia que aspiramos a jugar junto con otros: seremos vanguardia si somos capaces de estimular la autonomía del movimiento popular, si aportamos a su crecimiento desde nuestra independencia, nuestra fuerza política e ideológica y la capacidad de movilización de una fuerza propia.

    Sucede que para cumplir este rol, el Partido debe construir su propia autonomia como fuerza política que actúa en unidad y disputa con otros proyectos políticos, al interior de un movimiento popular al que procuramos aportar a que se fortalezca y desarrolle su autonomía (del  sistema de dominación) y su compromiso con la lucha y la construcción de alternativa.  Y para nuestra autonomía como fuerza, es vital la organización de celulas constituidas en el espacio mismo donde vive, trabaja, estudia y combate el sujeto social; celulas que deberán procurar autosuficiencia en la lucha política. Solo así podrá crecer la autonomía de los militantes que, lejos de significar un “hago lo que quiero o lo que las bases me piden”, exige iniciativa, sentido de la oportunidad, pensamiento crítico y audacia en aplicar una estrategia política colectivamente concertada.

    En todas las instancias, se trata de ser parte del movimiento popular, respetando sus tiempos y acuerdos democráticamente construidos, pero sin perder nuestra identidad.

    Al fin y al cabo, Carlos Marx y Federico Engels, habían definido de igual modo el rol de los revolucionarios en el Manifiesto Comunista de 1848: los comunistas –decían- no tienen diferencia alguna con el resto de los partidos obreros, salvo que buscan preservar, en la actualidad del movimiento, el futuro de la revolución.


    [1] entendemos por estatalista al movimiento que piensa la solución de los problemas que gestiona, por acción del Estado, por medio de sus instituciones o instancias.

     


  • En los años ´80, John Holloway, alcanzó cierta popularidad con sus análisis del impacto del neoliberalismo sobre el movimiento obrero británico. El texto “La rosa roja de Nissan” circuló ampliamente y la tesis de que toda crisis capitalista es, en última instancia, una crisis de dominación que  tratarán de superarla instalando nuevos modos de control laboral y social, mantiene dramática vigencia como la masacre de Avellaneda lo confirma.

    En su último libro, “Cómo cambiar el mundo sin tomar el poder”, presenta una nueva propuesta y para defenderla, realiza el siguiente recorrido: 1) todas las revoluciones del siglo XX fracasaron; 2) el fracaso se debió a la estrategia de tomar el poder para, desde allí, producir los cambios necesarios; 3) el Estado no se puede tomar porque está absolutamente integrado al capitalismo y, más allá de nuestras intenciones, su función es contribuir a optimizar las ganancias capitalistas; 4) la decisión de luchar por tomar el poder impregna a las organizaciones políticas de una lógica que las burocratiza y traslada al movimiento social una línea de acción de actuar al interior del Estado; esta adaptación de los partidos de izquierda los inhabilita para la acción revolucionaria; 5) hay una práctica de resistencia al capitalismo, fuera y lejos de los partidos de izquierda, que se debe estimular para cambiar la vida. Y sintetiza:”Entonces, no es cuestión de crear un nuevo pensamiento, sino de, como dicen los zapatistas, escuchar. Es decir, escuchar la resistencia que existe en todos los ámbitos de la vida cotidiana y de las luchas organizadas. Insisto: el énfasis no tiene que estar en la meta, sino en el cómo de la política”.

    Estas propuestas, más allá de que la paternidad sea o no reconocida, circulan ampliamente en el movimiento popular.  Por ello, porque son ideas con encarnadura social a las que Holloway les da voz y formato teórico, nos detendremos en ellas, tanto por lo que nos merezcan de crítica como por lo que nos movilice a examinar nuestra propia práctica, para cambiarla.

    En la primera relación que establece: fracaso de las revoluciones con estatalismo, hay, creemos, un error de simplificación: las revoluciones no solo fracasaron (y hay que discutir más las causas múltiples y complejas del fracaso) también fueron derrotadas.  Es decir, cosa que no aparece claro en Holloway,  las clases y la lucha de clases existen, el imperialismo existe, la guerra fría existió, también el bloqueo a la Rusia Soviética, la Intervención extranjera, el sabotaje, la agresión cultural y el fascismo.  Y no solo existió y existe, seguirá existiendo y nadie puede proponer una revolución verdadera sin pensar como enfrentará la lucha de clases, el imperialismo y su acción en todos los terrenos:  económico, cultural, diplomático, militar…

    Pero no nos queremos quedar en la orilla de los que se sienten derrotados por el imperialismo (y con ganas de revancha) también nos sentimos fracasados porque los movimientos revolucionarios triunfantes cometieron, en relación al Estado, al menos, tres tipos de errores.

    Uno teórico, porque los revolucionarios, en tanto tales, debemos luchar por la abolición del capitalismo y por ende del Estado, imprescindible para la reproducción de las relaciones sociales capitalistas de explotación.  No se avanza hacia el comunismo con más y más Estado y menos protagonismo popular, sino con menos Estado y más protagonismo popular.  Como ocurre hoy en Cuba.

    Un error político, porque mantener e incrementar el aparato burocrático estatal, en las condiciones en que el proletariado y el Partido ruso estaban, agotados por la guerra civil(1918/21), devolvió poder a los mismos burócratas de antes, que se atrincheraron en el Estado para sabotear la Revolución.

    Y una tragedia ética, porque la lógica de más Estado = más represión, terminó en la sustitución del sujeto social de la revolución por el partido, y del partido por un aparato cada vez más parecido al estatal, que exterminó la militancia y agotó la revolución..

    Dicho todo esto, igual queda la pregunta inicial: ¿por qué se pudo abrir paso esta tendencia estatalista? ¿por qué se frustraron las revoluciones?.  Y entonces hay que volver al Che y aquello de que el Socialismo no puede ser solo un mejor modo de distribución de la riqueza, que el comunismo requiere, junto con las tareas económicas y políticas, de la construcción del hombre nuevo,  del despliegue de una cultura revolucionaria de rebeldía que motorice el rol de las masas.  La batalla se perdió en el terreno de la subjetividad y el deterioro de la cultura revolucionaria fue erosionando el socialismo hasta facilitar el desenlace gorbachoviano, provocado por la ofensiva ideológica política imperialista de los ’80.  Y otra vez Cuba nos sirve de ejemplo por lo antagónico.  ¿O no fue la fortaleza de la cultura revolucionaria, y no la economía, y no el poder estatal, y no la diplomacia bipolar, la que salvó el Socialismo en Cuba? .

    Holloway acierta en definir al Estado actual como capitalista imposible de “reformarlo”  pero erra de un modo contundente al descartar toda la teoría leninista de la transición desde al capitalismo hacia el comunismo, especialmente aquella idea de que el poder revolucionario deberá ser desde el primer día un Estado que vaya dejando de serlo. Cierto es que el proceso no fue hacia donde él imaginaba, una democracia de nuevo tipo, revolucionaria, sino hacia un sitio exactamente opuesto; pero ello no descalifica, sino que hace más exigente, el diseño de un período transicional donde superviva un cierto tipo de Estado, al cual se le deberán arrebatar una a una las funciones de administración de la cosa pública asumiéndolas un movimiento popular más y más organizado; más autónomo del Estado, justamente. Y esa autonomía del Estado se puede ir conquistando, con organización y alternativa política, desde ahora, construyendo poder popular.

    La tendencia del movimiento popular a relacionarse con el Estado de un modo subordinado, tiene en la Argentina una historia concreta. Es la historia del capitalismo argentino.  Del modelo de capitalismo distributivo que se intentó entre el ‘45 y el ‘55, y que dejó sus huellas por largo tiempo, sobre todo en el movimiento obrero y popular  adquiriendo modos de intervención política marcados por la práctica del pacto social y los apetecibles supuestos “equilibrios” de la sociedad argentina.  En la base de la tremenda crisis del sindicalismo y los partidos políticos tradicionales de la Argentina está, justamente, la desaparición de dicho escenario de concertación e integración al sistema.  Se ha creado una gran oportunidad para renovar, de raíz, el movimiento popular y de gestar nuevas formas de intervención política, opuestas a las que inspiraron radicales y peronistas durante un siglo.

    Pero ello requiere una estrategia de poder basada en la construcción de autonomía para el movimiento popular y en una enérgica lucha ideológica cultural contra los defensores del continuismo.. Y para esto hace falta un proyecto político, de partidos políticos que asuman de un modo nuevo su rol en los procesos revolucionarios.  No como vanguardias autoproclamadas que “conduzcan” masas incultas y temerosas hacia la “toma” del poder concebido instrumentalmente, sino como promotores de esta autonomía que viene creciendo en los combates de calle hacia un proceso de construcción de poder popular que acumule fuerzas para la batalla, no última pero sí decisiva, por desalojar al bloque de fuerzas que dominan desde siempre el Estado burgués e instalar al poder popular en su lugar, no para reproducir las mismas lógicas de dominación sino para luchar por su reemplazo con nuevas formas de gestión y conducción de la cosa pública.  Convenciendo, arrastrando, defendiendo con la movilización popular la revolución naciente.  En lenguaje de Antonio Gramsci, construyendo una nueva “hegemonía”, ahora de la mayoría sobre la minoría, de la nación sobre el imperialismo, de la revolución sobre la contrarrevolución..

    Aciertan Holloway y sus seguidores locales, al afirmar que la solución de este problema no es una cuestión teórica sino de efectiva incidencia política.  De acuerdo a la estrategia de poder será la política de acumulación de fuerzas, o viceversa, en la política real se puede adivinar la estrategia de poder (o de no poder) que cada uno tenga.

    Uno de los pocos dirigentes sindicales que habla de la cuestión del poder, Víctor De Gennaro, ha elaborado una particular visión sobre el tema del poder popular.  Lo concibe como una acumulación de fuerzas para el movimiento social, pero no para orientarse a la destrucción del poder burgués, sino para “recuperar los equilibrios perdidos[1]”.  De allí su eterna recaída en ilusiones políticas centristas (su compromiso con la Alianza fue más que explícito) y su política de buscar “socios” en el poder mismo, para causas justas y humanistas como el subsidio para los desocupados, que terminan dividiendo al movimiento popular y debilitando la imprescindible identificación del enemigo.  No es un problema de maldad o cobardía la ausencia de la CTA de los hechos del 19 y 20 de diciembre de 2001 o del 26 de junio de 2002, es una consecuencia lógica de una política de “construcción de poder popular” sin confrontación con el enemigo,  que por buscar “socios” en el poder, agrede una y otra vez a la izquierda realmente existente.

    Por su parte Luis Zamora se ha concentrado en la crítica a los partidos de izquierda.  El dirigente de Autodeterminación y Libertad desarrolla un agresivo discurso contra los “aparatos” de la izquierda, so pretexto de las deformaciones y límites conocidos, y como justificación de la  practica consecuente de desaliento a toda iniciativa de unidad política.  La cuestión requiere dos miradas: una sobre las críticas y otra sobre las propuestas.

    Uno puede coincidir en muchas de las críticas que se hacen a los partidos de izquierda: tendencia al dogmatismo, al electoralismo, poco espacio para el debate, etc.  Treinta años de militancia en la izquierda proporcionan material para suscribir lo de Zamora y aún más, para escribir un tratado de errores y deformaciones de varios tomos.  Pero eso es una parte de la verdad, la otra parte, oculta por Zamora, es que estos mismos partidos son los que resistieron el “posibilismo” de Alfonsín, la oleada neoliberal de Menem y el aluvión “progresista” de De la Rúa; que son los que más aportaron a la resistencia, y no solo a la lucha sindical, piquetera y popular, también a la resistencia cultural/ideológica.

    Y volvamos a Holloway: aquí también vale eso de que más “derrotados” que “fracasados”, aunque la oportunidad interpela a la izquierda a mantener sus virtudes y superar sus límites y defectos: la autoproclamación de vanguardias, el seguidismo a variantes progresistas, el sectarismo autista, la manipulación de los movimientos sociales y el utilitarismo de la militancia.  Y podríamos seguir.

    Pero, ¿es por el camino que propone Zamora que se resolverán nuestros problemas?.

    El culto a aquello de “vox populis, vox dei” ya se lo escuchamos a Chacho Alvarez; la exaltación de lo “micro” en la construcción de poder era comprensible en los periodos iniciales de la Resistencia al neoliberalismo, pero la construcción de alternativa verdadera requiere de la visualización de la integralidad de las políticas de dominación para así oponer un vasto bloque popular que confronte con todas las políticas, y en todos los terrenos; el respeto a la militancia y los debates democráticos son imprescindibles pero ello requiere de organización, métodos nítidos de toma de decisiones y responsabilidades compartidas y balanceadas con la militancia.

    Creemos que así no se renueva el pensamiento y la práctica de quienes, como Zamora, vienen del campo de un troskismo que en la Argentina ha transitado largamente los senderos de la auto proclamación de vanguardia autista.  El aislamiento de cada fuerza tras la ilusión de convertirse en vanguardia por autoproclamación, la ambición de acceder a posiciones institucionales por la mera vía electoral sin ningún compromiso con la construcción de base, la tentación de aprovechar fisuras en el campo enemigo para instalar algún referente por vías mediáticas, etc.; son todas prácticas que la izquierda ha practicado en algún momento del pasado.

    Poco después de la Revolución Nicaraguense , en un encuentro con la militancia en Rosario, un comandante Sandinista contestó de un modo contundente la pregunta acerca los caminos de su unidad.  El dijo simplemente: porque queríamos tomar el poder, porque queríamos vencer, porque nos lo pedían nuestros mártires. ¿No será que tras estas sinuosas reflexiones sobre no luchar por el poder y no unir a la izquierda se esconde justamente el deterioro de la voluntad de poder, aquella condición que Guevara consideraba la primera de todo revolucionario, y de todo humanista?.  Porque  luchando por tomar el poder se cambia la vida y se auto transforman los hombres; porque solo cambiando la vida y autotransformándose, los hombres construyen su poder hacer o poder popular, que es un modo efectivo de luchar por el poder, y de cambiar la vida.



    [1] documento de debate hacia el Congreso de la C.T.A. de 1.996.  El mismo concepto lo ha repetido infinidad de veces en sus discursos y entrevistas periodísticas.

     


  • La cruzada de Horacio Verbitsky contra la Universidad de las Madres, la insurgencia colombiana y la izquierda argentina.

    En los últimos meses la estrella del periodista Horacio Verbitsky ha ido en ascenso.

    Sus notas dominicales en Página 12 son leídas con atención por muchos de los que componen el llamado “progresismo” argentino y ha recibido diversos premios a su labor periodistica en los EE.UU..

    Desde la muerte de  Eduardo Mignone asumió la presidencia del Centro de Estudios Legales y Sociales (en el año 2000), organismo de derechos humanos  que se concentra casi exclusivamente en la dimensión jurídica de la problemática.

    Juega también un rol muy destacado en la Asociación para la defensa del Periodismo Independiente (PERIODISTAS) que agrupa desde 1995 a una destacada lista de figuras que van desde Mariano Grondona, Joaquín Morales Solá y Ricardo Kirshbaum hasta Jorge Lanata o María Seoane.

    Ocupa, de hecho, un lugar preferencial en la conducción del Frente contra la Pobreza que impulsan la C.T.A. y otras organizaciones del campo popular.

    Descartados Chacho y Graciela, sin que Lilita convenza del todo, se ha convertido en uno de los principales formadores de opinión del vapuleado progresismo argentino.

    Vale la pena preguntarse en que ha ocupado su energía el renombrado periodista en las últimas semanas, tan cargadas de señales inconfundibles de la crisis del capitalismo global –la guerra de Afganistán es una de sus consecuencias más trágicas- y sus estruendosas repercusiones en la Argentina: virtual default, crisis política y transición hacia una dictadura civil; pero también revés electoral y surgimiento de una opción electoral de izquierda que comienza a tener dimensiones de masas.

    Verbitsky ha mantenido una aguda polemica con la titular de Madres de Plaza de Mayo, so pretexto del posicionamiento de la compañera Hebe de Bonafini sobre el atentado del 11 de setiembre, pero que derivó en un verdadero ejercicio de descalificación de la política que las Madres han sostenido contra la línea de conciliación en el campo de los derechos humanos y un ataque escandaloso a la Universidad de las Madres, el tan valorable esfuerzo por construir un espacio de unidad y renovación del pensamiento crítico entre nosotros.

    Tal posición es totalmente coherente con su exagerada valoración del fallo de la Cámara Federal de Buenos Aires convalidando la derogación de las leyes de la impunidad, en una reedición de aquella teoría de la transición a la democracia según la cual ésta es como un balde que hay que llenar de agua con el esfuerzo popular.

    El fallo según el periodista no solo es un buen chorro de liquido en un balde con problemas, también relegitima la Reforma Constitucional de 1994 que consolidó la transformación neoliberal del capitalismo argentino y abrió paso justamente a la composición actual del organismo que debe convalidar tal derogación, la misma Corte Suprema de Justicia que acaba de liberar alegremente a Menem y dar una advertencia acerca de las iniciativas por enjuiciar a los administradores del poder.

    Es llamativo como al agudo observador no le haya causado ninguna curiosidad el hecho inedito de que la izquierda en sus diversas variantes haya sumado millón y medio de votos, de que el Partido Comunista –al cual dio por muerto más de una vez- integre la Izquierda Unida que prevalece en este espacio, o que la izquierda, con su 25% de los votos, podría ganar la gobernación de la Ciudad Autonoma de Buenos Aires en el 2003, si se uniera.

    ¿Será por que Horacio Verbitsky ha jugado un rol de vanguardia entre aquellos que pretenden transformar la Consulta Popular del Frente contra la Pobreza en la punta de partida de un nuevo movimiento político , no partidista, con el claro objetivo de dificultar el crecimiento de la izquierda y ocupar el espacio que dejó vacante la implosión del Frepaso tras su paso por el gobierno de la Alianza?.

    En esa línea predicó largamente la inconsistencia del planteo del No Pago de la Deuda Externo –se trata a lo máximo, como repite De Gennaro en Pagina 12[1] de “discutir en serio esta inmoralidad” (?)- en un razonamiento que el estallido de la crisis han puesto en rídiculo, aunque Verbitsky –y De Gennaro- especulen con la tradicional falta de memoria del progresismo argentino, capaz de tropezar con la misma piedra no una ni dos, sino cinco o más veces:  Alfonsín. Cafiero. Chacho. Bordón. Graciela. Lilita…

    Pero acaso la gota que colma el vaso de la infamia es la publicación, en el diario Clarín del sabado 24 de noviembre, de una solicitada con forma de anuncio publicitario suscripta por la asociación Periodistas.  En el aviso se dice: “Ud no conoce a los numerosos periodistas asesinados en Colombia. Por lo menos conozca a sus asesinos”. Y muestra la fotografía del jefe de los paramilitares de la AUC, C. Castaño;  del compañero Rodriguez, jefe del E.L.N. y del Comandante de las F.A.R.C. camarada Marulanda en una versión algo grotesca de la “teoría de los dos demonios” que el alfonsinismo utilizó como discurso justificatorio de la claudicación frente a los genocidas.

    Hace no muchas semanas, el CELS promovió el boicot a una reunión pedida por la representación diplomática de las F.A.R.C. en la Argentina en la sede de la Liga con iguales argumentos: la guerrilla es tan violadora de los derechos humanos como el gobierno..

    Vale la pena entonces preguntarse: ¿Cuáles son los hilos que articulan toda esta labor?

    En la polemica sobre la Universidad de las Madres, el periodista reconoció su relación con la Fundación Ford: «Nunca he recibido ni una lapicera de la Fundación Ford, que desde los años negros de la dictadura, cuando tantas puertas se cerraban a los perseguidos, financia algunos de los programas del Centro de Estudios Legales y Sociales. Por ello sólo le debemos gratitud, no acatamiento a directivas o vetos que nunca fijó y que nunca aceptaríamos”.

    En la pagina web del CELS  informan de un Proyecto de financiamiento institucional a cargo de la Ford Foundation (EE.UU) “que otorga financiamiento para salarios,eventos, seminarios, talleres, publicaciones, viajes y consultores”. También se precisa que “Con este aporte, se afronta parte importante de los gastos administrativos y de equipamiento de la institución” y que otro proyecto permitirá cumplir el sueño de la casa propia, ya que la Fundación les regala un inmueble, aunque sea a compartir con Poder Ciudadano.

    Y la misma información figura en la pagina de la Asociación PERIODISTAS que  también, oh casualidad, cuenta con un subsidio de la Fundación Ford.

    La Fundación Ford, existente desde 1936 y comprometida con Hitler y el fasismo durante la 2º Guerra Mundial, viró su labor radicalmente en 1968 al promover investigaciones sobre la lucha de los negros contra el racismo[2].

    A partir de allí el objetivo de la Fundación fue trabajar al interior del movimiento negro intentando canalizar institucionalmente la protesta y neutralizar a los sectores más radicalizados del movimiento de protesta. Una actitud que repetirá sin solución de continuidad hasta nuestros días.

    En el Documento Santa Fe II se dice «Para promover realmente los derechos humanos, Estados Unidos debería ayudar a fortalecer los sistemas judiciales de la región. También debería diferenciar entre los grupos de derechos humanos que apoyan al régimen democrático y los que apoyan al estatismo».

    En uno de los primeros debates sobre la acción de la Fundación, en 1968, Daniel Goldstein afirmó que «la Fundación FORD es en la actualidad un organismo paragubernamental destinado a formular la táctica de contrainsurgencia civil para las dos Américas. La Fundación Ford se ha convertido en realidad en una nueva agencia de inteligencia destinada a los problemas sociales de los pueblos neocoloniales«[3]

    ¿Puede, un periodista tan informado como  Verbitsky o quienes lo acompañan en CELS y PERIODISTAS desconocer la historia y los objetivos de la Fundación?

    ¿Será casualidad entonces que el periodista se hayá dedicado a atacar la Universidad de las Madres y las fuerzas revolucionarias de Colombia justo cuando el imperio lanza su guerra contra el terrorismo y proclama que en América Latina son justamente las fuerzas insurreccionales colombianas su principal objetivo en esta extraña “guerra contra el terrorismo”?

    No creemos en las casualidades, tampoco en que todos son agentes encubiertos de los servicios.  Es, creemos, más complejo. No es que la Fundación Ford sea la que le dicte el modo de pensar al peridodista progresista, sino al revés: es su modo de pensar la democracia, el cambio social, la imposibilidad de abolir el capitalismo, de construir vanguardias revolucionarias, de construir subjetividad que supere los límites del posibilismo, lo que lo lleva a aceptar los subsidios de la Fundación, los premios de los EE.UU. , las relaciones con el poder – que no disimula- y su enfermiza cruzada contra la izquierda revolucionaria.

    Si el progresismo fue alguna vez, en los 40 y los 50, una enfermedad posibilista contagiada a la izquierda por una burguesía en crecimiento, ahora se ha convertido en la muestra más patetica de la extinción de los arrestos independentistas de una clase (la burguesía nacional) que aspira, a lo máximo, a compartir un lugarcito bajo el sol del poder.

    Objetivos tan modestos, generan un pensamiento tan pobre y una práctica tan falta de ética que ni falta hace defender los nombres de Hebe o Marulanda de tales ataques.


    [1] Suplemento Cash del 2 de diciembre

     

    [2] En una nota publicada en la pagina web Rebelión, “El periodista Horacio Verbitsky y la Fundación Ford”,  de la cual nos hemos documentado para este árticulo, el uruguayo Ezequiel Rodriguez Labriego, pasa revista a la historia de la fundación y las razones de su vuelco al insólito campo de los derechos humanos para una empresa que está acusada de hacer desaparecer a la Comisión Interna de su planta argentina.

    [3] Del citado artículo de Rodríguez Labriego



  • Como una señal de la inalterable consecuencia de los radicales con la impunidad, la casualidad quiso que fuera el Ministro Jaunarena, aquel que acordó con los genocidas la impunidad en 1987, el que rechazara el pedido de extradición sobre 19 terroristas de estado, entre los cuales se encontraban el ex juez Víctor Brusa y la banda santafesina de la Cuarta y el G.I.R.

    Las excusas son conocidas: como los delitos fueron cometidos en territorio argentino se niega a jueces de otros países el derecho a juzgarlos. A eso llaman “principio de territorialidad” como si no supieran que los delitos “de lesa humanidad” (torturas, desapariciones, genocidio, etc.) no admiten prescripción temporal ni exclusividad geográfica .

    Acaso De la Rúa sume otro record a los conocidos del “riesgo país” o el de los cinco millones de votos perdidos en dos años: el fin del mito de que los radicales son gente comprometida con los derechos humanos, mito que no resiste el menor análisis histórico pero que ha persistido mucho tiempo en la Argentina y ha sido clave en esterilizar el pensamiento progresista.

    El primer presidente radical, Don Hipolito Irigoyen consintió las masacres de la Patagonia Rebelde, de la Semana Trágica y de nuestra Forestal; el mismo Humberto Illia ordenó a sus fiscales que rechazarán la personería electoral de los comunistas alegando “falta de compromiso con la democracia” en marzo de 1966; su caudillo histórico Ricardo Balbín clamaba en 1975 por el aniquilamiento de la guerrilla fabril; en Córdoba cien intendentes del Chacal Menendez eran radicales; el Dr. Alfonsín  elaboró y construyó la política de impunidad en base a las leyes de Punto Final, las leyes del olvido y los acuerdos con Rico en Semana Santa.

    El gobierno de la Alianza debutó matando a los compañeros en el puente de Corrientes para luego continuar matando piqueteros en Salta, practica la judicialización del conflicto social y el gatillo fácil con tanto entusiasmo como su antecesor menemista e igual que él, defiende sin vacilaciones la impunidad de los genocidas.

    Durante la dura lucha por imponer la remoción de Brusa del cargo que tenía en el Juzgado Federal Nº 1 de Santa Fe fue otro radical, el diputado Tejerina, quien más bregó por salvar su investidura.

    No se trata pues de traiciones o inconsecuencias, sino del hecho evidente de que no se puede escindir el modelo capitalista en curso: quien sostiene el pago de la deuda, las privatizaciones y el libre juego de narcos y especuladores, adhiere en el mismo acto a las “relaciones carnales” con los yanquis y los terroristas de estado.

    La Argentina no avanza en ningún proceso de transición a la democracia más genuina, sino hacia una verdadera dictadura civil que prolongue –en las nuevas condiciones de perdida de consenso- la obra de genocidas, radicales, peronistas y aliancistas.

    Si estas son las verdaderas razones de tan inalterable consecuencia con la impunidad; la nuestra con la justicia es también poderosa.

    En 1977 denuncié a la banda de Ramos, González, Rebechi y Cabrera ante la Justicia de la ciudad de Santa Fe por apremios ilegales. Obviamente que en épocas de dictadura tal reclamo fue desconocido.

    En 1984 reclamé junto a un cojunto de víctimas y organizaciones sociales y políticas, el juicio y castigo a los culpables.

    En 1992 denuncié publicamente que Víctor Hermes Brusa, a punto de ser ascendido a Juez Federal de la Nación por el Senado, era un vil torturador.

    En 1999 declaré ante el Consejo de la Magistratura del Poder Judicial de la Nación en la causa que finalmente terminó con la destitución del Juez Víctor Brusa y también sume mi testimonio a la causa por genocidio que  instruye el Juzgado de Instrucción Número Cinco de la Audiencia Nacional de Madrid.

    Hace unos días hemos apelado a la C.I.D.H. por la notoria violación argentina de sus compromisos internacionales en la materia.

    Se podrá pensar que tantos años de denuncia han sido en vano. No compartimos tal balance.  Para nosotros el tema es la recuperación de la memoria histórica:  sin juicio y castigo a los que aniquilaron la ofensiva popular de los ’70, será dificil reinstalar en la agenda popular las banderas que animaron una generación.

    Pues ese es el sentido de la recuperación de la memoria histórica para nosotros: recordar el cielo que veíamos en los ´70, aquel que simboilzamos en lo de la Patria Socialista, pero no para caminar hacia él, sino para inventarnos uno nuevo pero igual de hermoso: con una estrellita de liberación nacional, otra de dignidad y otra más de redistribución de la riqueza.



  • El sentido de la crítica

    En la pagina web www.rebelion.org , con fecha del 25 de marzo de 2001, se ha publicado un ensayo titulado Siete tesis sobre el significado histórico del golpe militar del 24 de marzo de 1976, en Argentina” que lleva la firma del conocido pensador James Petras.

    El trabajo es corto, apenas dos carillas, y de una estructura bien simple: Petras expone una tras otra –sin demasiada fundamentación- sus siete tesis, y luego ensaya un par de párrafos de conclusiones.  Seguiremos sus pasos, citando extensamente, para que el lector que no haya accedido antes al texto citado pueda seguir sin dificultades la polémica que nos proponemos encarar, oportunidad que nos permitirá desarrollar nuestra propia concepción sobre el significado histórico del golpe del 24 de marzo de 1976.

    Antes de proseguir voy a aclarar cual es el objetivo de esta crítica y mi concepción de la misma.  Creo que la crítica entre pares debe separarse de la confrontación de posiciones antagónicas empeñadas en mutua eliminación. Mi idea de la polémica es la del debate de los mejores enfoques dentro de un campo definido por la identidad de objetivos.  El debate entre pares se debe distinguir forzosamente del realizado con los defensores del orden y el régimen de dominación/explotación por la búsqueda colectiva de la verdad, cuestión que exige dejar de lado las relaciones de poder que asignan carácter verdadero a lo dicho por el más poderoso (en este caso, el más conocido) de los ponentes.

    Los que estamos comprometidos con un camino de construcción de poder popular -entendido como despliegue creciente de la autonomía, integralmente concebida, del sujeto social de la revolución- aspiramos a un dialogo igualitario y constructivo  entre nosotros lo que no quita que cada uno de los participantes haga el máximo esfuerzo por imponer sus propias interpretaciones de lo que está en cuestión;  y como este es un tema que está cruzado por el dolor y la sangre de una generación, mi generación, no puedo dejar de lado la pasión aunque aspire a ser lo más cuidadoso y respetuoso posible.

    No estamos discutiendo del sexo de los ángeles, estamos discutiendo sobre los años más trágicos de la historia nacional, y específicamente de una camada de militantes populares que intentó asaltar el cielo y terminó sufriendo los horrores de un infierno que ni el propio Dante hubiera imaginado.

    Primera tesis de Petras

    Comienza Petras su ensayo afirmando que  El significado histórico del golpe militar del 24 de marzo de 1976 determina una transformación en la historia Argentina en diferentes aspectos relacionados entre sí.” para pasar a exponer su primer tesis del siguiente modo: “el golpe militar destruyó el tejido social de la sociedad Argentina, desarticulando las fuerzas populares en la sociedad civil. A diferencia de previos golpes que se caracterizaron por el asesinato dirigido a determinados líderes populares, el golpe del 76, asesinó sistemáticamente a miles de activistas y dirigentes populares, cuya existencia mantenía la unidad de millones de trabajadores con sus debates y su capacidad de organización. Es tan sólo ahora, veinticinco años más tarde en que, nuevamente, las organizaciones populares han resurgido emergiendo y reconstruyendo el tejido social de la Argentina. Organizaciones populares tales como piqueteros, cortando rutas, «Hijos» con sus escraches como también sectores de la CTA organizando protestas, paros,  etc. “

    Se ha discutido mucho, y con justeza, de la dificultad que tuvo la izquierda[1] en comprender el carácter de la misión que se proponían los golpistas del 24 de marzo de 1976.  De una u otra manera, casi todos vieron el golpe como “uno más” de los que se habían sufrido desde que la burguesía argentina pusiera en marcha la alternancia de civiles y militares en el gobierno[2] sin avizorar a tiempo su carácter de contrarrevolución preventiva decidida a cortar de raíz la acumulación de fuerzas de un movimiento popular que había cuestionado con éxito la tasa de ganancia (ciclo de luchas que van desde la Resistencia Peronista de 1955 al Cordobazo de 1969) y que en los últimos años se había atrevido nada menos que a desafiar la existencia misma del capitalismo en la Argentina.

    Llegado a ese punto, todas las fracciones del bloque de poder unieron fuerzas, se sacaron las máscaras democráticas y liberales[3] y cometieron un nuevo genocidio[4] en territorio argentino.  La diferencia principal, desde el punto de vista “destructivo” del golpe radicaba en que no solo se proponía debilitar a las fuerzas contestarias, sino destruirlas para siempre. Por ello los 30000 desaparecidos, los miles y miles de presos políticos, cesanteados, exiliados, perseguidos, etc.

    Reducir dicha acción de exterminio, verdadera contrarrevolución preventiva, solo a la destrucción del tejido social equivale a desconocer el modo real en que se produjo el proceso de acumulación de fuerzas que llevó a la ofensiva popular de los años 1969/1975, proceso del que formaban parte de un modo destacado las fuerzas políticas revolucionarias constituidas tanto al interior de la tradición marxista como también las que operaban desde el interior de la tradición peronista, incluyendo una vertiente de cristianos revolucionarios.

    Petras apela al recurso de intentar transpolar los actuales problemas entre la izquierda y el movimiento social (volveremos más tarde sobre esto) a los años ’60 y ’70 para dar una idea falsa de las fuerzas puestas en movimiento.  La inmensa mayoría de los militantes en los sindicatos clasistas y combativos, del movimiento territorial, campesino, estudiantil, cultural, y aún de las corrientes populares de la Iglesia tenían relaciones muy sólidas con una u otra organización política que elaboraban propuestas y enfoques que estos compañeros llevaban al seno de los movimientos sociales donde se producía el debate que daba lugar al posicionamiento colectivo.

    De un modo muy concreto he estudiado esta cuestión en mi libro “Tito Martín, el Villazo y la verdadera historia de Acindar”[5] tomando como objeto del análisis el proceso de preparación (1962/1972) y de despliegue (1973/75)  de las luchas de los obreros metalúrgicos de la localidad santafesina de Villa Constitución que van a ser aplastadas por el Operativo Rocamora del 20 de marzo de 1975 en una de las acciones premonitorias del golpe de estado de 1976.

    El secretario de la Confederación General del Trabajo, regional  Villa Constitución, era el comunista Tito Martín; en la comisión interna de Acindar –principal empresa siderúrgica privada por entonces del país- convivían militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores como Angel Porcu y compañeros de la organización Montoneros y otros grupos de la izquierda peronista; en la región desplegaban su labor militantes de numerosos grupos de la izquierda marxista y peronista, intentar analizar la dinámica de la lucha y la organización de clase de aquellos días prescindiendo de las fuerza políticas de izquierda (y también de centro y de la derecha que también jugaban en aquella dinámica) se hace imposible. Las últimas investigaciones publicadas sobre el Cordobazo y toda la bibliografía histórica de izquierda sobre los ’60 y los ’70 confirman la afirmación precedente.

    Destrucción del tejido social, sí; pero antes que nada un genocidio destinado a destruir la acumulación de factor subjetivo revolucionario existente, y eso se expresaba fundamentalmente en las fuerzas políticas revolucionarias existentes. Y una reflexión más, como sobreviviente de la represión me resulta particularmente inaceptable aceptar un discurso que niegue a aquellos militantes el derecho a su identidad política, aquello que tanto ellos amaban y por la que fueron detenidos, torturados, atormentados y  la mayoría de ellos asesinados.

    Hemos dicho genocidio y contrarrevolución preventiva, y sin embargo no hubo destrucción total, no hubo corte absoluto de la experiencia histórica; y ello en mucho por las organizaciones políticas que Petras excluye del sujeto reprimido y condena a la desaparición en la tesis seis.

    Luchas, resistencia y hasta huelgas hubo incluso hasta la dictadura.  A la gran jornada del 30 de marzo de 1982 no se llegó por casualidad o mera maniobra de la burocracia sindical.  La lucha de los organismos de derechos humanos: las Madres, la Liga Argentina por los Derechos Humanos, las comisiones de Familiares, etc. nunca estuvieron solas y ahí están como prueba los centenares de testimonios presentados en Buenos Aires por militantes de organizaciones políticas de izquierda ante la delegación de la C.I.D.H. de la O.E.A. en el terrible año de 1979.

    Petras cita como ejemplo de la recuperación del movimiento popular argentino a la organización H.I.J.O.S. y a sectores de la Central de Trabajadores Argentinos.  Bien, ¿pero de donde surgió H.I.J.O.S. sino del trabajo que las organizaciones de derechos humanos desplegaron para dar contención psicológica y autoestima a los hijos de los compañeros desaparecidos o víctimas del terrorismo del Estado?, justamente el surgimiento de H.I.J.O.S. confirma una línea de continuidad entre los duros años de la dictadura y  los de hoy.

    En el caso de la C.T.A., si bien desconocemos a qué sectores refiere Petras, ninguno de ellos viene de la nada o surgieron por autogestación: la lista Verde de Ate, de la cual provienen De Gennaro y los principales dirigentes de A.T.E. hunde sus raíces en Anusate una agrupación social cristiana que trabajó largos años al interior del peronismo; la lista Celeste de Ctera, a la que pertenecen Mary Sánchez, Marta Maffei y Hugo Yasky llegó a la dirección de la Confederación de los Maestros de la mano del Ubaldinismo y la Renovación Peronista que se desarrolló alrededor de 1985/87.

    No es el lugar para historiar las corrientes político / sindicales que hoy juegan en la espacio político de la resistencia (que de modo alguno se reducen o aún se pueden simbolizar con la dupla H.I.J.O.S. / C.T.A.), solo queremos marcar lo incorrecto de concebir al actual movimiento de la resistencia como despegado de la historia de la izquierda y sus diversas tradiciones y proyectos.

    Segunda tesis: la responsabilidad del imperialismo yanqui.

    Se afirma que: “El sentido histórico del golpe militar de 1976 es el intento de intervención político militar de Washington después de su derrota en Indochina y su victoria en Chile. La lección aprendida por Washington después de Indochina y Chile fue que el único camino para reestablecer su hegemonía era el establecimiento del terrorismo de estado. Ese camino que iniciaron en 1976, encuentra continuidad lógica y directa en el proyecto de dolarización de la economía Argentina (Plan Cavallo). Del estado de terror a la recolonización”

    Coincidimos con Petras en que el Golpe de Videla era parte de una operación estratégica más amplia destinada a cortar de raíz el ciclo de luchas iniciado en América Latina con el triunfo de la Revolución Cubana (1959), al que primero pretendieron derrotar con la Alianza para el Progreso y los proyectos desarrollistas de la Revolución en Paz de Frei en Chile o el Proyecto Desarrollista de Frondizi en la Argentina.  El Che, que había denunciado el carácter neocolonialista de la Alianza para el Progreso en aquella histórica conferencia de Punta del Este, pondría el discurso antiimperialista en el lugar que corresponde y desde su coherencia hecha acción aportaría lo suyo para que la llamita de la rebelión se transformara en la llamarada que llevaría a Allende al gobierno, que explica la aparición de gobiernos nacionalistas y antiimperialistas en Perú, Ecuador y Panamá, y sobre todo el crecimiento de movimientos populares e insurrecciónales en numerosos países de la región.

    Para entender a la generación del Cordobazo no solo hay que pensarla en una dimensión histórica (como resultado de un proceso de acumulación de fuerzas que por lo menos arranca con la Resistencia Peronista al golpe gorila de 1955), no solo hay que analizarla desde el juego de unidad y disputa de los proyectos políticos actuantes en su interior; sino que también hay que imaginarla como un destacamento nacional de un enorme movimiento latinoamericano de liberación nacional hacia el socialismo.

    Puede ser que haya sido uno de los destacamentos que menos cerca estuvo de la conquista del poder, pero al pensar la respuesta  que sufrió (como contrarrevolución preventiva con forma de genocidio) conviene no perder de vista que el Imperialismo Yanqui pensaba a la región como su patio trasero y retaguardia segura para el enfrentamiento global con el campo de los entonces llamados Estados del Socialismo Real.

    En la decisión de sembrar de dictaduras la América Nuestra pesó muchísimo la lógica de la guerra fría hecha “doctrina de la seguridad nacional”, pero esa visión “destructiva” no agota las funciones del golpe de estado de 1976.  Si se trata de establecer relaciones de continuidad entre Videla,  Alfonsín,  Menem, De la Rúa y la Alianza de radicales y frepasistas que lo sostiene, tendremos que hablar de las labores “constructivas” del golpe, aquellas que transformaron profundamente el país, e integralmente.  Y en especial en todas las esferas de la cultura y la vida espiritual.

    Tercera tesis de Petras: la transformación de la burguesía

    Petras afirma que: “El tercer significado histórico del golpe ha sido la transformación de la burguesía Argentina que se ha convertido en «multinacional». La idea de conciliación de clases sociales; alianzas populares y nacionalistas se declaró extinguida. La burguesía se convirtió en aliada de los Estados Unidos en la sistemática destrucción de las bases populares y del poder de los trabajadores para la construcción del nuevo edificio: la economía neoliberal.

    Y presentada así la cuestión no se ayuda a entender que en el bloque de poder hubo una disputa por años, que esa disputa era por el modelo de desarrollo capitalista, y que el golpe de 1976 fue la acción “extraeconómica” que resolvió la disputa al interior de la burguesía.

    Más que hablar de que la burguesía argentina “se ha convertido en multinacional”, creo que hay que hablar de que se ha modificado la correlación de fuerzas a favor del sector más concentrado, más subordinado al gran capital internacional, más volcado a los negocios financieros y también más volcado a los negocios “ilegales” tales como la venta de armas, de drogas, la trata de blancas y todas las formas de corrupción que hoy se destacan.

    Y que sí, que la burguesía nacional se ha subordinado a la fracción más poderosa y ha abandonado todo vestigio del discurso nacional e independiente que alguna vez la llevó a sostener proyectos populistas o de formas relativas de distribucionismo o intervensionismo estatal

    Hemos dicho antes que a la izquierda le costó comprender lo peculiar del costado “destructivo” del golpe del ’76, sin embargo creo que más le costó comprender el costado “constructivo”: el conjunto de acciones económicas, políticas, sociales, culturales, ideológicas, represivas, jurídicas, etc. que no solo dieron lugar al edificio económico liberal que cita Petras, sino a una sociedad modificada integralmente.

    El movimiento golpista escondía otros secretos que el genocidio en preparación, entre ellos la decisión del sector hegemónico de la burguesía nativa aliada al imperialismo yanqui de reemplazar el modelo de desarrollo capitalista[6] vigente (entre tironeos y disputas de todo tipo) basado en la ampliación del mercado interno, la sustitución compleja de importaciones, la subvención generalizada por parte del Estado a los negocios y una forma muy criolla del “Estado de bienestar” por uno nuevo basado en las privatizaciones, la libre entrada de mercancías importadas, la “reforma del estado” y las privatizaciones, el achicamiento del gasto público hasta su mínima expresión, la flexibilización laboral y el subsidio a los acreedores externos, los dueños de las empresas privatizadas, etc..

    Cualquier semejanza con las políticas de Alfonsín, Menem y De la Rúa no son casualidades sino la prueba contundente del continuismo que hay desde aquel 24 de marzo de 1976 y el del 2001.  Las pruebas son tan contundentes que –entre nosotros- podemos obviar la demostración de lo afirmado para concentrarnos en la otra pregunta: ¿por qué estos gobiernos “democráticos” continúan la labor de los militares que los sacaron de sus sillones tantas veces?.

    Cuarta tesis: la transformación del peronismo en un partido neoliberal

    Para Petras la cuestión pasa por que “El cuarto aspecto del golpe estuvo representado por la transformación del Peronismo de movimiento nacional y popular a su constitución como un nuevo partido neoliberal. Con el giro a la derecha de la burguesía, después del 76, el peronismo tenía dos posibles caminos. Tanto la construcción de un partido de trabajadores democrático social o bien aliarse con la burguesía. La presidencia de Menem fue la confirmación de esa segunda hipótesis.”

    Pero de este modo se está dando solo la mitad de la respuesta, y a lo mejor ni siquiera eso.  Desde 1989, el capitalismo recuperó un nivel de consenso a su proyecto de sociedad que no contaba desde hacía muchísimos años (acaso desde que voltearon a Perón por primera vez en 1955) y ello es así porque la dictadura no solo desarticuló el movimiento obrero, también afectó seriamente a la burguesía estimulando (y no siempre por medios económicos) el proceso de concentración y subordinación al gran capital internacional hasta borrar todo vestigio de aquellos arrebatos “nacionalistas” que están en la base del Irigoyenismo y el primer Peronismo.

    Estos cambios en la base social de la burguesía, puestos en escena por el espíritu claudicante y la mentalidad cipaya (que explican tanto  su adhesión al golpe del ’76 como su voluntad de encabezar el regreso a una “democracia restringida”, pautada con los verdaderos jefes de los militares argentinos, el Gobierno de los Estados Unidos quienes abandonaban a las dictaduras que ellos habían colocado en los ’70 espantados por el triunfo Sandinistas en Nicaragua, 1979, y las enseñanzas de su propia derrota en Viet Nam, 1975) van a explicar el triunfo cultural más significativo de la dictadura: la aceptación –y puesta en práctica con la vehemencia de los conversos-  por parte del peronismo y el radicalismo primero, y el frepaso después, del programa del 24 de marzo del ’76: relanzar sobre nuevas bases al capitalismo argentino, más funcional y subordinado al imperialismo, más injusto y excluyente que nunca.

    Así, desde 1983 el mecanismo principal de estabilidad con que cuenta la burguesía es la alternancia, que también es cogobierno, entre peronistas y radicales –ahora Aliancistas- puestos a conducir políticamente el sistema de dominación/explotación que conocemos como capitalismo.

    Si uno practicara el mecanismo descalificatorio del profesor Petras, podría insinuar que la no vinculación del gobierno De la Rúa al proyecto estratégico inaugurado por Videla, responde a alguna razón más perversa que la ostensible incomprensión del profesor del proceso político argentino de los últimos veinticinco años, ese que explica el agotamiento del centrismo y el posibilismo como caminos alternativos al neoliberalismo, y la necesidad de un pensamiento crítico anticapitalista consecuente, ese que practican las organizaciones políticas de izquierda que el profesor se esmera en descalificar.

    Qué raro ¿no?, tanta tolerancia con el centrismo y tanto rigor con la izquierda marxista suenan demasiado parecido al posmarxismo que tantas veces ha proclamado combatir el profesor Petras..

    La quinta tesis: la domesticación de los intelectuales

    Acordamos casi totalmente con Petras en que: “El quinto aspecto fue la domesticación general de los intelectuales y las clases dirigentes. La dictadura impuso parámetros inamovibles en el proceso electoral. Aspectos vinculados con la propiedad privada, el mercado financiero, los recursos, la desigualdad y el permanente estado de las instituciones cada vez más alejadas de la transformación política y el debate. La transición fue -en consecuencia- estrictamente controlada y el proceso electoral y el debate intelectual relegado a un segundo plano. Los intelectuales aceptaron las reglas de juego y siguieron los dictados de Estados Unidos y las fundaciones europeas comprometidos con el oscurantismo imperial. Sólo veinticinco años más tarde, en medio de una severa crisis, emerge una nueva generación de intelectuales para combatir al neoliberalismo” solo nos parece necesario destacar la responsabilidad del pensamiento posibilista en este proceso de aceptación del capitalismo como la única realidad posible.

    Durante los primeros años del proceso de transición una extensa camada de intelectuales que se habían destacado por su pensamiento crítico y su compromiso con las luchas liberadoras asumió el discurso posibilista y se constituyeron en el sostén cultural de Alfonsín.

    Unos años más tarde, cuando se produjo el desmoronamiento del llamado “socialismo real”, estos sectores realizaron un recorrido hacia la derecha buscando un imposible punto intermedio entre el posibilismo y el neoliberalismo.  La consecuencia práctica fue la búsqueda de una crítica liberal / republicana al menemismo que pretendía separar las cuestiones morales (menos corrupción) y jurídicas (independencia del poder judicial y respeto a la división de poderes) de las sistémicas capitalistas.

    Ese discurso presidió la derechización del Frente Grande y la búsqueda de acuerdos transversales a todos los partidos políticos (se acuerdan de la reunión entre el Chacho Alvarez, el Freddy Storani y el Pilo Bordón), y penetró profundamente en el propio movimiento obrero, estudiantil y popular.  Bajo la bandera del “Chau Menem” se debilitó la oleada de luchas que sacudió el país entre 1996 y 1997, y se abrió camino a la Alianza que ha llevado la democracia representativa, restringida, formal, mínima, del ajuste o como se prefiera llamar a su máxima expresión con la cesión de poderes y la instalación de una verdadera dictadura civil.

    Conviene no olvidar que buena parte del discurso inicial del chachismo[7] levantaba la consigna de “un nuevo modo de hacer política” dado que los partidos de izquierda estaban agotados y superados por su incapacidad por entender los cambios habidos en el país.

    Algo bastante parecido a lo que dice el profesor.  ¡Dime con quien andas…!

    Sexta tesis: la muerte del marxismo en la Argentina

    La verdad que Petras nos sorprende con la sexta tesis.  Asiduo visitante del país, de fluido contacto con numerosos dirigentes e intelectuales comunistas, socialistas y trotskistas se despacha con queEl sexto aspecto esta representado por el fin de los partidos tradicionales (comunista, trotskista, socialista) como importantes referentes políticos durante el período pos-militar. El partido comunista perdió para siempre su credibilidad después de su respaldo a Videla en 1976. La incapacidad de los grupos de izquierda en construir una resistencia posible durante la dictadura o durante el período de transición los convirtió en sectas marginales”.

    Vayamos por partes, supongo que la traducción le ha hecho un flaco favor al profesor y obvió agregar “de izquierda” al párrafo en que se habla de los partidos tradicionales dado que hasta los niños identifican en la Argentina como “partidos tradicionales” al radicalismo  y al peronismo, jamás al comunismo, el socialismo o el trotskismo.

    Los comunistas argentinos hemos examinado autocríticamente la política desplegada durante los años de la dictadura militar,  y no solo en ese periodo.  Pero no desde la perspectiva de culpa y castigo que pretende el profesor, sino desde la perspectiva revolucionaria de comprender las razones que impidieron el triunfo en los años de ofensiva popular que transcurrieron desde 1969 a 1975.

    Desde nuestro XVI Congreso realizado en noviembre de 1985 emprendimos un durísimo proceso de viraje que nos llevó  desde el análisis de los errores puntuales (en el caso de la dictadura, la incomprensión del carácter peculiar del golpe en su doble función represiva y constructiva de un nuevo modelo de desarrollo capitalista, muy en paralelo con la ilusión de corrientes nacionalistas, industrialistas, profesionalistas, etc. en el seno de las fuerzas armadas que nos llevó a pensar que había una corriente aún más reaccionaria que la hegemónica sobre la que se abrigaron ilusiones) al cuestionamiento de la estrategia de la revolución democrática burguesa y la cultura del frente democrático nacional.

    Sin medias tintas hemos caracterizado aquellos errores como desviaciones oportunistas de derecha en un ejercicio de la autocrítica casi solitaria en la izquierda argentina que nos permitió ubicar dichas definiciones de la dirección partidaria de entonces como la culminación de una estrategia erronea: la de la revolución democrática burguesa, y la manifestación extrema de una cultura política: la del frente democrático nacional, que decidimos –desde el viraje iniciado con el XVI Congreso- debían estar en el cajón de los objetos inútiles para la revolución.

    Pero con Antonio Gramsci creemos que un partido es lo que es en la lucha de clases y que eso requiere estudiar algo más que las declaraciones del Comité Central de un partido.  Exige conocer la práctica cotidiana de su militancia en las fábricas, escuelas y barriadas populares; en los movimientos de derechos humanos; en la batalla por mantener vivo al partido en las peores condiciones, etc.

    Y es aquí  donde el profesor se equivoca, seguramente por desconocimiento de los modos reales de existencia que tuvo la resistencia a la dictadura, y del papel que en ella jugaron las fuerzas de izquierda, incluidos los troskistas, los socialistas y el Partido Comunista.

    Es evidente que desconoce la historia real de la lucha por los derechos humanos en aquellos años o los movimientos huelguistas de los trabajadores que –a pesar de todo- no dejaron un minuto de luchar o la propia batalla por mantener en pie a las organizaciones perseguidas por la dictadura.

    Los más de cien desaparecidos que sufrimos los comunistas durante la última dictadura militar desaparecieron en medio de batallas muy precisas: la abogada Teresa Israel defendiendo presos políticos de otras organizaciones políticas, el ferroviario Víctor Vázquez en procura de desplegar la resistencia obrera, el periodista Román Mentaberri en su puesto de lucha desde la redacción de un periódico comunista semi clandestino, el cordobés Alberto Cafaratti mientras buscaba fortalecer la dirección clandestina del sindicato de Luz y Fuerza, el rosarino Tito Messiez en la puerta de una imprenta en la que se editaba un boletín de los obreros del frigorífico Swift, el Watu Silleruelo asesinado en los pasillos de la Universidad de Bahía Blanca, María Inés Olleros mientras trasladaba un paquete de revistas de la Fede en un colectivo porteño, y así podríamos seguir uno a uno con todos los compañeros.

    Y aún más, convendría recordar que los comunistas venimos sufriendo represión desde la propia fundación de nuestro partido en 1918 y que durante el gobierno de Alfonsín sufrimos el asesinato de cinco camaradas, que aportamos nuestra parte a los 1.500 detenidos por la aplicación del Estado de Sitio en la ciudad de Rosario en 1989 en represalia por la sublevación de hambre que protagonizó el pueblo o que el compañero Gatti de Comodoro Rivadavía –junto al dirigente gremial Natera- fue de los primeros enjuiciados por participar en un corte de rutas en 1997.

    ¿Es qué acaso en sus frecuentes viajes, el profesor jamás oyó hablar del viraje del Partido Comunista?  ¿No supo nunca del acto de homenaje al Che de octubre de 1984, y de la ida de la Plaza de Mayo cuando Alfonsín lanzó su Plan de ajuste bajo el paraguas democrático de la lucha antigolpista?, ¿tampoco oyó hablar del Frente del Pueblo, de Izquierda Unida, de la Plaza del No a Menem y Neustad?, ¿ni siquiera se enteró que la trotskista Vilma Ripoll y el comunista Patricio Echegaray entraron a la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires en las elecciones de mayo de 2000 de la mano de Izquierda Unida, principal fuerza electoral de la izquierda?

    O es que en realidad la descalificación de los partidos de izquierda le es imprescindible para hacer pasar la segunda parte de su tesis: “Los nuevos movimientos populares surgen desvinculados de la izquierda tradicional. Sus líderes y combatientes están enfrentando directamente al liberalismo y la desintegración de la sociedad. El proceso de transformación del movimiento revolucionario, sin los partidos de la izquierda tradicional es el más importante desafío dentro de la izquierda argentina”.

    Podríamos nombrar cientos de militantes populares que provienen de la izquierda tradicional, y seguramente quedarían miles que no tienen vinculo alguno con los partidos de izquierda.

    Esa pluralidad organizativa es una de las características de la izquierda argentina, pero la mayoría de nosotros está preocupado por encontrar un nuevo modo de relacionamiento que supere los límites del viejo estilo aparatista  de ordeno y mando, tanto como los riesgos de un movimiento popular que por no contar con una alternativa política propia siga siendo víctima una y otra vez de las maniobras de aprovechamiento o directamente coptación por parte del sistema.

    Pero el profesor  prefiere apostar a la fractura permanente con la ilusión de que del propio movimiento surgirá la vanguardia revolucionaria.  La izquierda argentina ha sufrido mucho por confundir las estancias de nuestras  pampas con el Palacio de Invierno de San Petersburgo o la Avenida Nueve de Julio con los Campos Eliseos de París, ¿no será que el profesor está confundiendo los bosques de Palermo con la Selva Chiapaneca y cree ver al Sub Comandante Marcos en la dirección de la C.T.A.?

    Séptima tesis: la Argentina también es Latinoamérica

    “El séptimo y último significado histórico del golpe militar de 1976 fue demoler el mito de una Argentina potencia, excepcional europea y no latinoamericana. El golpe militar demostró que Argentina era aún una oligarquía neocolonial con características más similares a Paraguay y Bolivia que a Suecia y Dinamarca. Desde el golpe, la desnacionalización de la economía, el crecimiento del 35% de la pobreza en áreas urbanas, en ciudades, el 20 % en la tasa de desocupación, el crecimiento geométrico de subempleados, la llamada «economía informal», la proletarización de la clase media y la tutela directa de Washington inscribe claramente a la Argentina como parte de latinoamérica , del tercer mundo”

    La Argentina ha dejado de ser el “mejor alumno del grado”, el ejemplo de que el modelo neoliberal podía ser exitoso en un país de economía periférica.  Lejos han quedado los días de la euforia bursátil y los negociados multimillonarios que se mostraban con fruición en la revista “Caras”.  El gobierno se encuentra prisionero de un esquema económico que no le deja margen de maniobras y lo conduce de fracaso en fracaso.

    Cuando Petras escribió sus tesis todavía estaba en el Ministerio de Economía el ultraliberal López Murphy, recibido como un salvador por el stablishment y despedido sin más trámites en una secuencia difícilmente casual de anuncios catastrofistas, resistencia popular y remoción del “malo” para recibir, con igual euforia al padre de la convertibilidad, Domingo Felipe Cavallo quien tampoco parece poder repetir la “magia” de una década atrás, cuando los más perjudicados por sus medidas lo aplaudían y votaban a los políticos que ejecutaban las recetas del “Consenso de Washington”.

    Y es que la recesión dura ya más de dos años y todo indica que se irá profundizando en los próximos meses más allá de los sucesivos anticipos oficiales de reactivación que ya parecen un remedo del clásico cartelito de los pequeños almacenes de barrio: hoy no se fía, mañana si.  Y es que nunca llega el mañana.[8]

    Los acontecimientos de la última década fueron encadenándose para llegar al desastre actual.  Un hecho mayor fue la expansión de la deuda externa publica y privada a la que Cavallo solía señalar como expresión de fortaleza, de “confianza” de los mercados hacia el país.   A pesar del ingreso masivo de divisas por las privatizaciones, desde 1993 la deuda comenzó a crecer a un promedio de unos 8/10 mil millones de dólares llegando a finales del 2000 a unos 200 mil millones de dólares, cifra equivalente al verdadero P.B.I.[9] generando un circulo vicioso en que los prestamos conseguidos para cancelar los vencimientos la aumentan inexorablemente en un camino que puede terminar en el crack.

    La deuda crece por el persistente déficit comercial producto de la apertura indiscriminada que impusieron hace años.  El otro afluente de la deuda es el déficit fiscal que se mantiene a pesar del ajuste perpetuo que sufrimos desde hace 30 años so pretexto de extirpar el Estado de Bienestar heredado del peronismo, pero ocultando que la raíz verdadera está un sistema impositivo que beneficia generosamente a los poderosos y consiente la evasión de los grandes mientras persigue al consumidor y la pequeña empresa.  Todo ello agravado por el conjunto de reducción de aportes laborales y previsionales, subsidios a las empresas privatizadas que encabezaron un único proceso de desnacionalización y super concentración de la economía hasta conformar una realidad que bien podría ser calificada como “colonial”, y para colmo regida por una lógica de búsqueda de la máxima ganancia monopolista a corto plazo.  La combinación de déficit fiscal, deuda externa y recesión es el producto inevitable de un proceso de saqueo incesante protagonizado por la usura global  y los grupos trasnacionales instalados en el país.  Cualquier intento de superar la crisis en los marcos del capitalismo neoliberal vigente, están condenados al fracaso.  El socialismo se ha vuelto más necesario y deseable que hace 30 años.

    Pero la descripción de la crisis argentina no sería completa si no habláramos de la crisis de alternativa.  O dicho de otro modo de la poca fuerza que tienen los partidarios de una solución no capitalista de la crisis, en primer lugar los partidos políticos de la izquierda.  Las apelaciones del profesor a un “proceso de transformación del movimiento revolucionario, sin los partidos de la izquierda tradicional” suenan como un grito de ¡Viva ¡ al paso de un cortejo fúnebre.

    El posibilismo ha causado demasiados problemas a los luchadores sociales en la Argentina desde la claudicación alfonsinista de Semana Santa hasta el arrepentimiento del Chachismo en no apoyar antes el modelo.

    Vale la pena recordar que la Señora Graciela Fernández Meijide era un referente implacable en las contiendas electorales hace un par de años y que su perfil, al igual que el de Farinello, contrastaba con el de los políticos tradicionales en general, y con las fuerzas de izquierda en particular. Pero hasta el mismo Gardiner, el célebre personaje de Desde el Jardín, a pesar de su poder de seducción política basado en la simplicidad, en la bondad y en la ingenuidad, no dejaba de ser un instrumento del sistema[10].

    Es hora ya  de practicar la más realista de las conductas: criticar, combatir y juntar fuerzas para romper con la causa real del sufrimiento popular para construir un poder popular que resista, confronte y derrote al bloque de poder que nos domina y explota.

    Las conclusiones:  ¿continuismo del poder militar?

    Al llegar al momento de las conclusiones el profesor Petras afirma que: “La herencia que dejó el golpe del 24 de marzo de 1976 está representado aún en la Argentina de hoy. Las fuerzas de derechos humanos y fuerzas políticas que continúan luchando para anular las leyes de impunidad son un claro ejemplo de ello. Los viejos políticos del PJ y UCR continúan defendiendo privilegios y prerrogativas de los militares mientras que la nueva mayoría Argentina está clamando por justicia. El plan económico-social instrumentado por Martínez de Hoz perdura aún en el super liberal ministro López Murphy. Sólo hoy, nuevas fuerzas han surgido dentro de la oposición tales como la organización de trabajadores, grupos de protesta social en el interior del país y en los suburbios pobres del gran Buenos Aires.  El golpe de estado de 1976 no fue sólo militar sino también un golpe de clases. Un enfrentamiento brutal de una clase sobre la otra. Veinticinco años después, el enfrentamiento continúa. Los militares y sus políticas sociales han ganado decisivamente la batalla por imponer su programa reaccionario, pero no la guerra. El aislamiento , descrédito y corrupción dentro de esta elite ha ido en aumento y producido gran resistencia: La lucha continúa.”

    Para ser consecuente con las siete tesis precedentes, las conclusiones del profesor confirman su enorme incomprensión del proceso político argentino.  Nos vamos a detener solo en el párrafo final: “Los militares y sus políticas sociales han ganado decisivamente la batalla por imponer su programa reaccionario, pero no la guerra. El aislamiento, descrédito y corrupción dentro de esta elite han ido en aumento y producido gran resistencia. La lucha continúa”

    Asignar a los militares un rol central en el sistema de dominación vigente en la Argentina evidencian que el profesor no consigue superar el modo de pensar tradicional: civiles y militares, democráticos y autoritarios, constitucionalistas y golpistas, movimientos sociales y partidos políticos, etc. depositando en cada uno de los primeros elementos de cada par toda la virtud y bondad, para demonizar a los segundos con toda la malicia y deshonor posibles.  Pero ese modo de pensar no sirve para entender la Argentina, y creo que ningún país del mundo.

    El golpe de estado fue planificado, decidido, organizado y ejecutado por un bloque de poder constituido históricamente en más de cien años de capitalismo.  Desde siempre se basó en una alianza cercana, en un “maridaje” entre las clases dominantes argentinas y las fuerzas imperialistas del mundo.  Y ese bloque de poder, que siempre –igual que hoy- estuvo cruzado por contradicciones secundarias aunque no menos sanguinarias y violentas, fue construyendo diversos modelos de dominación/explotación.

    Aterrados por el crecimiento de las fuerzas sociales y políticas que desafiaban su poder, en 1976 ejecutaron un golpe de estado que modificó integral y profundamente todos y cada uno de los aspectos de la sociedad argentina.  La resistencia a su cometido no cesó ni un minuto, así sea en la decisión de los que decidieron llevar sus secretos a la tumba antes que colaborar con los torturadores.

    Esa decisión no solo tenía en cuenta la correlación de fuerza nacional, sino toda latinoamérica y aún el escenario mundial.  Cuando se produjo un brusco y trascendente cambio regresivo en la correlación de fuerzas mundial (con la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista de Europa), apretaron el acelerador y avanzaron en profundidad con su plan.  Y en la medida que lo ejecutaban e iba cambiando la Argentina, fue surgiendo un nuevo sujeto social, un sujeto social neoliberal sobre el que se asienta una verdadera cultura neoliberal: individualista, egoísta, racista, discriminatoria, anticomunista.

    Ante la nueva realidad ha habido varias actitudes.  Hubo quienes prefirieron ignorarla y una y otra vez creyeron encontrar el atajo mágico que los llevaría a una Argentina soñada (que casi siempre se inspira en un pasado de supuestos equilibrios y virtuosas intervenciones del Estado)

    Nosotros hemos preferido mirar la realidad de frente, tal cual es reconociendo  su fortaleza: un sistema de dominación que se apoya en el cogobierno y la alternancia bipartidista de la Alianza y el Partido Justicialista; y se aprovecha de la ausencia de una alternativa política popular; pero tratando de descubrir sus puntos débiles, allí donde se le pueda pegar.

    ¿Cuales son esos puntos débiles de los que  gobiernan en beneficio del bloque de poder?

    • que agreden a la inmensa mayoría de la sociedad con sus políticas de explotación y exclusión y que se ha debilitado la esperanza en que los sacrificios actuales sirvan para un futuro bienestar.  Como hemos demostrado más arriba, la crisis les ha estallado en las manos y no pueden superarla fácilmente.
    • que han ignorado las expectativas que sobre ellos depositaron sectores progresistas y de izquierda confiados en que el desplazamiento del menemismo sea algo más que un cambio de equipo estableciendo una línea de continuidad que hoy es un verdadero salto de calidad reaccionario con la llegada de Cavallo y la instalación de una verdadera dictadura civil apoyada en la cesión de los poderes públicos que ha hecho el Congreso a favor de un super ministro
    • que atados a una política de gobernabilidad continuamente se muestran en maridaje con los militares genocidas, lo peor de la burocracia sindical, la dirigencia peronista a la que antes criticaron o decían combatir y los máximos referentes del imperialismo que los utilizan como ariete contra Cuba, el Mercosur y la insurgencia colombiana.

    Si nos afirmamos en un enfoque integral de los fenómenos sociales podremos valorar mejor que la peculiaridad argentina no es ni la crisis (que el modelo capitalista neoliberal impone a toda América Latina), ni la resistencia (que por suerte va saliendo del prolongado interrupto electoral), ni la corrupción, el descrédito de la política como acción destinada a resolver los problemas populares, la crisis del modelo sindical tradicional basado en el trabajador estable y el pacto social, etc. etc. sino que la crisis del capitalismo se  combina con una prolongada y persistente crisis de alternativa.

    Una alternativa que entendemos como la conjunción de un movimiento social autónomo y una nueva fuerza política alternativa resultante a su vez de la convergencia de todas las  formas de existencia de la izquierda: organizada o no en partidos políticos, corrientes, grupos, periódicos, cátedras, etc. con la capacidad suficiente como para confrontar en serio con el poder; un bloque popular –social y político- capaz no solo de resistir y hacer retroceder las políticas de derecha, sino de ir imponiendo algunas soluciones populares a la crisis y de ir gestando un proyecto de país que le de horizonte político a las luchas parciales y renueve el ideal popular con sentido antiimperialista y anticapitalista, patriota y socialista.

    Para ello hay que abandonar definitivamente el sectarismo, la autoproclamación de vanguardias desde algunas organizaciones políticas y sociales, cultivar la pluralidad como un factor de fuerza y ser como quería el Che, duros con el enemigo y tiernos con los compañeros.

    José Ernesto Schulman

    Secretario de formación del Movimiento Político Sindical Liberación,                                    integrante de la Central de Trabajadores Argentinos

    Director de la Escuela Nacional de Cuadros del Partido Comunista Argentino, “Alberto Cafaratti”

    Ex preso político, primer testigo ante el Consejo de la Magistratura  que pidió, y logró, la remoción de su cargo                    del Juez Federal de Santa Fe, Víctor Brusa por parte del Jury de Enjuiciamiento en marzo de 2000.

    Testigo en la Causa sobre Genocidio en la Argentina que tramita la Audiencia Nacional Nº 5 de Madrid


    [1] en todas sus expresiones políticas y aún en la llamada “independiente”

    [2] hubo golpes de estado triunfantes en setiembre de 1930, junio de 1943, setiembre de 1955, marzo de 1962, junio de 1966 y marzo de 1976

    [3] “hay que exterminar la guerrilla fabril” clamaba el radical Balbín, anticipándose al decreto del Gobierno peronista que exigía la aniquilación de la subversión a las FF.AA.

    [4] no olvidar que el colonialismo español para conquistar América cometió un genocidio, y que la generación del ’80 para completar la organización capitalista de la nación argentina cometió el segundo por medio de la Conquista del Desierto, eufemismo que alude a la ocupación del territorio habitado por los primeros habitantes de estas tierras y su exterminio.  Solo en la campaña del Sur (hubo otra en la región del  Chaco argentino) mataron doscientos mil aborígenes

    [5] publicado por Dirpple en 1996

    [6] el modo en que se genera y distribuye la riqueza social, pero no solo eso. El concepto implica también, y básicamente, formas determinadas (aunque no estáticas) de relaciones sociales, un conjunto de alianzas y enfrentamientos entre grupos marcados por ciertas relaciones de fuerza.  Y a las que les corresponde formas específicas de realizar, organizar y legitimar lo político y lo social.

    [7] refiere a Carlos Chacho Alvarez, jefe político del Frente Grande, vicepresidente renunciante de la Alianza.

    [8] en esta sección sigo al economista Jorge Beinstein y su articulo “Argentina al garete, la decadencia del país burgués” publicado en Pagina 12 (Buenos Aires), 20 de octubre de 2000

    [9] distorsionado por la incorporación de un porcentaje estimado de economía informal en tiempos de Menem/Cavallo

    [10] del artículo de Miguel Mazzeo, “La sotana mágica” a publicar en la revista Retruco


  • Hay fechas que parecerían haber sido concebidas para un fin muy definido, y en ella se superponen acontecimientos caros a las dos tradiciones políticas argentinas que intentaron gestar una alternativa revolucionaria en su historia: la marxista y la peronista combativa.

    Una de ellas es el 26 de Julio en que toda América Latina recuerda el asalto al Cuartel Moncada en 1953 por parte de un grupo de revolucionarios cubanos encabezados por Fidel Castro y en la que los sectores más combativos y de izquierda del peronismo hacían lo suyo con el nacimiento de Evita en 1919, símbolo mayor en la mitología peronista montonera.

    Otra es el 8 de octubre, día en que nació Juan Domingo Perón en 1893, y que cayó en combate nuestro Comandante, Ernesto Che Guevara.

    Y todavía hay una más simbólica, si es posible ello, y es la del 22 de agosto, día que parece predestinado para el dolor: un 22 de agosto de 1927 fueron ejecutados por el Estado Norteamericano dos obreros anarquistas acusados falsamente de un asalto agravado por asesinato, Nicolás Sacco y Bartolomeo Vanzetti eran sus nombres y fueron convertidos desde entonces en uno de los símbolos mayores de la persecución contra los revolucionarios en el mundo entero; en otro 22 de agosto, pero de 1951, Evita renuncia a la candidatura a Vicepresidente que le había hecho la C.G.T., que había despertado el temor de la oligarquía y que su propio marido desalentó y, se sabe, que el 22 de agosto de 1972 pasó a la historia argentina como el día de la Masacre de la Trelew porque en esta fecha asesinaron a 16 de los 19 presos políticos que no habían podido completar la fuga del penal realizada días atrás en conjunto por militantes del E.R.P., Far y Montoneros encabezados por Roberto Santucho, Roberto Quieto y Fernando Vaca Narvaja respectivamente.

    Y un 22 de agosto de 1972, en el centro de Rosario, mientras cumplía misiones partidarias, fue secuestrado para siempre el comunista Tito Messiez, uno de los responsables del aparato clandestino de propaganda del partido, que no sufrió por su detención  el menor deterioro de su seguridad.  Como él concebía la militancia, un privilegio que honraba la vida, Tito había callado en la mesa de torturas porque le convenía.  Por que le convenía no acepto canjear su vida por la delación, porque le convenía murió como había vivido, sin traicionarse un minuto, comprometido con la lucha hasta su última gota de sangre, con una sonrisa en los labios.

    En otro aniversario de Tito, su amigo Ariel Bignami me ha contado en detalle aquellas discusiones de los ’60 en que harto de los que vivían la militancia como un sacrificio insoportable que sería redimido por el socialismo, casi como los malos católicos pasan por la vida sufriendo para llegar al cielo, Tito Messiez los provocaba diciendo que él militaba porque le convenía, porque luchando la vida tenía más sentido y era más hermosa vivirla.

    Concentrémonos en el 22 de agosto.  1927. 1951. 1972.1977.  Casi se puede escribir la historia política contemporánea con solo reflexionar un poco sobre estos cuatro 22 de agosto.

    El primero, el del 1927, marca un momento de auge del movimiento obrero argentino, todavía con fuerte hegemonía del anarquismo, pero con una creciente presencia comunista que iría a desplegarse casi hasta la hegemonía en los primeros años de la “década infame”.

    El asesinato de Sacco y Vanzetti es como la punta de un iceberg bien oculto: en los EE.UU. hubo una época en que el movimiento obrero y revolucionario era muy poderoso y para doblegarlo no solo acudieron al soborno y la corrupción de sus dirigentes, haciendo nacer la más terrible y fuerte burocracia sindical del mundo, sino que tuvieron que hacer uso de la policía, de un ejercito de espías, jueces, abogados, periodistas, asesinos a sueldo y otros “defensores” del capitalismo.

    El periodista inglés A. C. Gardiner pinta esta semblanza de aquellos años: “Nadie que estuviese en Estados Unidos  –como yo lo estuve en el otoño de 1919- olvidará la febril mentalidad publica de ese tiempo.  Era prisionera del espectro del bolcheviquismo, envuelta en una pesadilla preñada de mil fantasmas destructivos.  Los propietarios padecían psicosis de terror y el horrendo nombre de radical[1] era sinónimo de bestia diabólica”. Solo algunos datos sueltos: 1913. dos militantes condenados a 99 años, masacre en las minas de Ludlow: 45 obreros muertos; 1916, cinco muertos, cuarenta y cinco heridos, 74 procesados en Everett y 116 dirigentes sindicales condenados a diversas penas; 1919, “redadas rojas” masivas y extradición de centenares de obreros rusos; 1920, otros 20 muertos en Montana. La lucha contra la condena se extiende a todo el mundo.  En la Argentina el 15 de julio, 5, 6, 10, 22 y 23 de agosto se realizan paros generales, aunque parciales, convocadas por la USA, la COA y la FORA.  Los estudiantes secundarios en número de 20.000 llenaron la Plaza de los dos Congresos y los obreros la Plaza Miserere. No imaginaba que solo cuatro años más tarde, tres anarquistas de Bragado, De Diago, Vuotto y Mainini, recibirían trato similar por parte del capitalismo argentino aunque salvaron la vida por haberse derogado la pena de muerte, cuestión que facilitó la mayor movilización de nuestra historia por la libertad de algún preso político.  De Diago se afilió al Partido Comunista, donde militó hasta su muerte


    [1] la cita esta tomada del libro de Gregorio Selser “Luchas sindicales históricas de los obreros de los Estados Unidos”. Ed. Univ. Obrera de México 1991. pagina 137.  El termino radical refiere a los revolucionarios, no a los partidarios de Alfonsín y De la Rúa, obviamente.