Autonomía, poder popular y partido


Los modos de organización e intervención política de las clases subalternas (dominadas y explotadas por el bloque de poder) no pueden analizarse al margen de la lucha de clases, de la correlación de fuerzas –históricamente constituida- y del modo en que se ejerce la dominación.

Por ello, se puede pensar toda la historia del movimiento obrero y popular, desde la doble perspectiva del nivel de autonomía o dependencia del Estado (y sus políticas de dominación), lo que en mucho depende de las corrientes políticas que conquistaron posiciones hegemónicas en el movimiento real.

Estamos hablando del peso del anarquismo, a principios del siglo XX, y la negativa del movimiento obrero a la integración que el Orden Conservador le proponía; de la mayor presencia del socialismo reformista con la canalización del reclamo en formas institucionales, ya con el radicalismo en el gobierno.

Pero sobre todo, del hecho de que la instalación de la hegemonía peronista a mediados de los ‘40, amén de las contradicciones de todo tipo que generó, condicionó un largo ciclo de luchas que le dio, al movimiento popular en su conjunto, un sello estatalista[1] que perduró por decadas, aún mucho despues que la burguesía había abandonado el modelo de capitalismo distributivo, pacto social incluido, y se afirmaba, genocidio mediante, en el neoliberal, que ahora ha estallado con furia.

En los años de esplendor del modelo distributivo, la burocracia sindical, construyo su representatividad en un rol específico: representar a los trabajadores en la mesa de concertación con los patrones y el Estado.  Se sabe que para negociar mejor, hasta estimulaban algunas formas de lucha, siempre y cuando fueran “institucionales” y bajo su control.  El MTA es acaso, una de sus últimas expresiones.

La subordinación del movimiento sindical al proyecto peronista llegó a sancionarse en los estatutos sindicales, e incluía  la prohibición expresa del acceso de los comunistas a las comisiones directivas.

En una correlación de fuerzas sumamente adversa, éstos se atrincheraron en exigir la separación de los sindicatos de los partidos políticos, sin poder mantener las relaciones anteriormente existentes, entre la izquierda y el movimiento social.

Así, por las viscitudes de la lucha de clases, se naturalizó una interpretación formal o instrumental de la autonomía (distancia de los partidos políticos) que ahora, en las condiciones creadas por la Rebelión Popular, debe ser superado por uno nuevo, funcional a la construcción del poder popular: distancia del poder (de todas sus formas de dominación) empezando por la construcción de una cultura de rebeldía, pero que no puede limitarse a lo cultural y debe aspirar a superar la represión asi como de actuar en la lucha política explícita, incluida la institucional.

Autonomía en todos los terrenos de la lucha de clases, y de todas las formas de dominación.

Ya en los ´70, Agustín Tosco, definía al sindicalismo “de liberación”, al que no solo abordaba las cuestiones reivindicativas sino que también encaraba de lleno la lucha por las transformaciones revolucionarias; y es más, en la construcción de la unidad antimperialista capaz de imponerlas, veía el cumplimiento del rol de vanguardia de la clase.

En la persistencia de una visión formal de la autonomía por parte del movimiento popular, debe computarse el rechazo a un modo de relacionarse con él, de algunos partidos de izquierda, que podríamos denominar “de aparato”: dando ordenes, exigiendo reconocimiento de vanguardias auto proclamadas o disolviendose en su seno para tratar de transformar un movimiento social en un partido político encubierto.

Contra esa rémora “aparatista” de la izquierda, reaccionan algunos compañeros que insisten, como lo hizo el Pece con el peronismo en ascenso, en preservar el movimiento reclamando distancia con los partidos políticos, incluyendo los de izquierda; acaso sin advertir que esta distancia termina favoreciendo a la derecha, y por ende, debilitando la autonomía verdadera.

En la Conferencia Nacional de Enero de 2002, los comunistas definimos de un modo nuevo el rol de vanguardia que aspiramos a jugar junto con otros: seremos vanguardia si somos capaces de estimular la autonomía del movimiento popular, si aportamos a su crecimiento desde nuestra independencia, nuestra fuerza política e ideológica y la capacidad de movilización de una fuerza propia.

Sucede que para cumplir este rol, el Partido debe construir su propia autonomia como fuerza política que actúa en unidad y disputa con otros proyectos políticos, al interior de un movimiento popular al que procuramos aportar a que se fortalezca y desarrolle su autonomía (del  sistema de dominación) y su compromiso con la lucha y la construcción de alternativa.  Y para nuestra autonomía como fuerza, es vital la organización de celulas constituidas en el espacio mismo donde vive, trabaja, estudia y combate el sujeto social; celulas que deberán procurar autosuficiencia en la lucha política. Solo así podrá crecer la autonomía de los militantes que, lejos de significar un “hago lo que quiero o lo que las bases me piden”, exige iniciativa, sentido de la oportunidad, pensamiento crítico y audacia en aplicar una estrategia política colectivamente concertada.

En todas las instancias, se trata de ser parte del movimiento popular, respetando sus tiempos y acuerdos democráticamente construidos, pero sin perder nuestra identidad.

Al fin y al cabo, Carlos Marx y Federico Engels, habían definido de igual modo el rol de los revolucionarios en el Manifiesto Comunista de 1848: los comunistas –decían- no tienen diferencia alguna con el resto de los partidos obreros, salvo que buscan preservar, en la actualidad del movimiento, el futuro de la revolución.


[1] entendemos por estatalista al movimiento que piensa la solución de los problemas que gestiona, por acción del Estado, por medio de sus instituciones o instancias.

 

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