• Terminar con la impunidad ya, que es la causa principal de inseguridad

    para los militantes y la población en general;

    no habrá democracia verdadera sin erradicar de las fuerzas “de seguridad”

    a quienes sostuvieron el Terrorismo de Estado o asumen su cultura represora.

    Y Julio López?

    Y Luciano Arruga?

    Y el Nunca Más?

    Fue en Rafaela, pero pudo haber sido en cualquier sitio del país donde se están llevando adelante los juicios contra los crímenes de lesa humanidad, un verdadero genocidio en nuestra opinión, que sufrimos en el periodo 1974/1983.

    Silvia Suppo, ex detenida desaparecida por su militancia política contra la dictadura, torturada y violada por el Grupo de Tareas que actuaba en Santa Fe entre la Cuarta y la GIR, aparecida por la lucha popular, denunciante del horror por más de treinta años que sostuvo su testimonio, veraz, valiente, incontrastable, en el Juicio Oral contra Brusa, Ramos, Facino, Aebis y demás, fue asesinada en la mañana de ayer en circunstancias que aún no fueron esclarecidas.

    Sean cuales estas hayan sido, inclinamos nuestras banderas en su honor, en homenaje a una luchadora inclaudicable por la verdad, por la memoria y la Justicia, por la democracia y contra la derecha.

    Por compañeras como Silvia es que hoy Brusa, Facino, Ramos y demás miserables torturadores de Santa Fe y todo el país están siendo juzgados y algunos condenados; es por mujeres como ellas  que una porción creciente de la sociedad se posiciona contra el Terrorismo de Estado y por el Juicio y Castigo a los Genocidas.

    Honor a Silvia Suppo por su coherencia y valentía!

    Esperaremos el resultado de las actuales investigaciones e impulsaremos otras, independientes de la Policía y la Justicia Provincial, si su familia, los organismos de derechos humanos y el movimiento popular rafaelino y santafecino así lo considera pertinente.

    No es el momento de especulaciones ni operaciones políticas oportunistas de los que hace tiempo que se han olvidado de Julio López o Luciano Arruga, es un tiempo de serenidad, de firmeza y de reflexión.

    Una vez más insistimos en que el Estado, y para ser explícitos hablamos del Gobierno nacional y provincial, del Congreso nacional y la Legislatura, del Poder Judicial nacional y provincial, está en deuda con los luchadores por la Justicia en dotar a esta lucha de una estrategia estatal unificada contra la impunidad que se proponga acelerar los juicios, unificando causas, abriendo nuevos tribunales, impidiendo las maniobras jurídicas de empantanamiento de las causas y que contemple un plan nacional unificado de acompañamiento a los testigos y de prevención de los delitos por medio de una fuerte acción de investigación sobre los represores y sus cómplices, no aceptando la farsa de transformar la impunidad (que este Estado impuso contra derecho) en una “presunción de inocencia” que les permita operar desfachatadamente como lo hacen Astiz y el Tigre Acosta desde el propio estrado judicial.

    Si se asume que el Golpe de Estado se consumó a favor de un bloque social/político/intelectual que hoy es el Poder real en la Argentina, no caben ingenuidades en la decisión de enjuiciar la impunidad, que termina siendo siempre al Poder.

    Duhalde, en nombre de esa derecha que mejor representa al Poder Real, exige el fin de los juicios, en una clara actitud amenazante; contra esa provocación se movilizaron cientos de miles el 24 de marzo exigiendo Juicio y Castigo.

    El Estado Argentino debe satisfacer esa exigencia como no hizo en el momento de la desaparición de Julio López y de Luciano Arruga.

    Con claudicaciones de ese tipo se abre paso la derecha, ¡que nadie se haga el distraído con la muerte de Silvia Suppo!

    Liga Argentina por los Derechos del Hombre



  • A Marina

    que tiene la pasión del Negrito

    en sus ojos

    Desafiado a imaginar las fotos que pudo haber visto el Negrito Floreal Avellaneda en sus últimos minutos de vida, me atreví a decir que debió haber visto la foto del triunfo popular, la de millones de obreros y estudiantes, unidos y adelante, asaltando la Casa Rosada para tomar el poder, esa foto con que soñaba la generación del Cordobazo y nunca ocurrió; también que debió haber visto la de sus padres y familiares, la de sus compañeros de la Fede y la Jotape, la de aquella niña que suspiraba por él y la del asesino Aneto, el miserable que lo arrancó de su casa y lo mató con sus propias manos no se sabe bien si en la comisaría de Villa Martelli o El Campìto en Campo de Mayo.

    Puesto en tal desafío , dije también que podía imaginar las que él no pudo haber imaginado: la foto de la condena  a los generales Riveros y Verplaetsen, y algunos de sus cómplices y la foto de los globos volando al cielo de los desaparecidos llevando las cartitas de los chicos que participaron en el programa de memoria impulsado por el Suteba de Vicente López en ocasión de la colocación de una placa en el aula donde él terminó sus estudios primarios en la Escuela Pública Número 10.

    Pero, como siempre, la realidad superó toda ficción. Si el Negrito difícil que hubiera imaginado la foto de su reivindicación por los niños de “su” escuela; yo no pude imaginar la foto de los niños que pedían a Iris que firmara el ejemplar del libro que les había tocado.  Cómo si fuera Susana o la capitana de las campeonas de hockey.  El caso es que el Suteba y la C.T.A. de Vicente López impulsaron un programa de memoria sobre el Negrito para lo cual editaron un libro sobre su vida, el juicio, la memoria y algunas cosas más; y lo presentaron el 23 de marzo.  Justo un día antes del fatídico aniversario.

    Cómo un sorbo de luz antes de mirar la oscuridad.  Cómo un vaso de buen vino antes de un largo ayuno.

    La cosa fue en otra escuela, más grande aún que la del Negrito, la Pública Número Dos, donde se reunieron una cantidad impresionante de alumnos, maestros y maestras, militantes sociales, políticos y de derechos humanos, funcionarios del Ministerio de Educación y de la Comisión Provincial de la Memoria; y algunos secretarios generales: Hugo Yasky, de la Central de Trabajadores de la Argentina; Patricio Echegaray, del Partido Comunista; Roberto Baradel, del Suteba y la presidenta de la Liga, Graciela Rosenblum para nombrar sólo a los compañeros que actúan a nivel nacional.

    Digámoslo de entrada: no todo se puede contar. Un acto cómo éste sólo se puede sentir, vivir intensamente, con las lagrimas a flor de piel y esa extraña convicción que exteriorizó el compañero Victorio: ni en nuestros sueños más osados de presos políticos, jamás imaginamos algo como esto.

    Hay muchas cosas para resaltar del acto: la formidable coincidencia en todos los discursos que la reivindicación de un joven militante es un duro golpe a la impunidad, a los planes de la derecha por revertir lo conquistado; el acontecimiento cultural, verdadera innovación en la cultura política de la izquierda y el movimiento popular que se homenajeara a un militante de la Fede sin que se dejara de homenajear a todos los compañeros de todas las culturas y organizaciones populares, y que lo hicieran algunos que eran de la Fede y muchos que no habían sido nunca; y que a nadie le preocupara un corno quién era qué cosa ni cuando.

    Por fin, la noble y elemental idea de que si el enemigo nos encerró y victimizó juntos, que no había cárceles ni lugares separados para cada fuerza política, todos debemos reivindicar todos los compañeros, todas las culturas, porque para que el cielo de los desaparecidos sea un arco iris tendrán que estar todos los colores, cada uno representando a una cultura y una organización.

    Por eso dijimos  que sólo los globos rojos llevan las cartitas de Floreal al cielo de los desaparecidos; no porque sea el único color sino porque si no están todos los colores, no es el cielo de los desaparecidos. El acto mostró la generosidad política de muchos y la evidencia de un cambio cultural imprescindible para superar los límites del campo popular y poner la Argentina en sintonía con la revolución cultural que protagonizan la Bolivia de Evo, la Venezuela de Chávez, el Ecuador de Correa y la invencible Cuba de Fidel.

    Pero lo que más impresiona del acto son los jóvenes y los niños.   Adolescentes que crearon videos sobre los desaparecidos, que investigaron honesta y concienzudamente, que se acercan al pasado sin prejuicios pero sin indiferencia.  Por el contrario, con una clara voluntad de aprender para continuar, de saber para hacerse cargo, de enterarse para que no vuelva a ocurrir la derrota.

    Y los niños.  Al final.

    Yo debí haberlo imaginado.

    El 22 de marzo, cuando Sabatella llevó a Iris y la Liga al escenario mayor de la Minga en la quinta donde funcionaba Mansión Seré, y ante siete o diez mil jóvenes, Iris les contó la historia del Negrito y todos lloraron amarrándose las manos, lo debí haber imaginado.

    O el 26 de abril, cuando los jóvenes de la Liga, de la Cta y de la Fede pasaron la noche previa al inicio del juicio en una vigilia, frente al edificio donde se haría el Juicio Oral, lo debí haber imaginado.

    Acaso el 12 de agosto, cuando cientos festejaban en la calle la condena a Riveros y algunos cientos de miles lo seguían por el Canal Siete, no debí haberlo imaginado?

    ¿Y el 30 de octubre?, cuando los niños pegaron sus cartitas a los globos y siguieron con su mirada cómo volaban al cielo del Negrito, ese era el día en que estaba todo claro y debí imaginarlo.  Porque ese día hubo algo que casi paso desapercibido pero que explica lo que pasó el martes en la Escuela Diez: ese día, al terminar el acto, los niños abanderados, y había un montón porque había de varias escuelas, saludaron a Iris como si fuera el poder, y ella los besó uno a uno.

    Pero no.

    No lo imaginé y cuando al terminar el acto una bandada de niños corrió con Iris para que les firmara el libro, me asombré. ¿Quién podía haber imaginado que esta mujer, madrecorajeargentina, que sostuvo su lucha en medio de un silencio bastante parecido a la soledad, firmara ahora autógrafos para los niños de las escuelas que la tratan como a una heroína popular o una estrella de la televisión? Seguro que casi nadie, como casi nadie podía haber imaginado la condena de Riveros y la naturalidad con que se reivindica a un niño militante haciendo del olvido un insulto que nadie acepta.

    El Negrito volvió a la escuela, y a lo mejor, la escuela puede volver al Negrito, a los desaparecidos, a la generación del Cordobazo, al sueño invencible de ser libres, para que seamos, al fin, hermanos de todos los Negritos, como soñaban el General San Martín y el Comandante Guevara.



  • “Para mis compañeros muertos no clamo venganza.

    Como sus vidas no tenían precio,

    no podrían pagarlas con las suyas

    todos los criminales juntos…

    la felicidad de ese pueblo es el único

    precio digno que puede pagarse por ella.”

    Fidel Castro

    La Historia me absolverá. 1953

    El reconocimiento oficial de su responsabilidad por los crímenes de lesa humanidad que perpetró el Estado en el periodo 74/82, que empezó con Alfonsín y tiene en el kirchnerismo una dimensión aún más alta, ha legitimado para grandes masas el repudio al golpe de Estado y su práctica más repugnante, la desaparición forzada de treinta mil compañeros que permanecen en esa situación hasta hoy.

    Como en muy pocos lugares (acaso solo comparable con el repudio “oficial” a los horrores nazis en Europa), en estos días se realizan toda clase de actos, homenajes, sesiones especiales de los ámbitos legislativos, y aún de la Presidencia y las Gobernaciones.  Para decirlo sencillo: nadie se priva de un acto de repudio al golpe y para entender de lo que hablamos recordemos las lagrimas con que Schiaretti, gobernador de Córdoba, recibía la condena de Menéndez, para trocarlas a los pocos días en la orden de reprimir salvajemente a los trabajadores de Luz y Fuerza que manifestaban por el centro de la Docta.

    La memoria del horror se ha constituido entonces en un escenario de la lucha de clases donde conviene distinguir las batallas en curso. Una, la central, contra los nostálgicos del terrorismo de Estado que pretenden impugnar los juicios en curso como actos de venganza de los vencidos en la “guerra sucia” a la que se vieron arrastradas las fuerzas armadas por la provocación de la ultraizquierda (Alfonsín dixit, decreto detención de los jefes guerrilleros).

    La defensa del accionar represivo había casi desaparecido en los primeros años del siglo: junto con el gobierno de la Alianza, cesaron los discursos defensores de la teoría de los dos demonios (funcional y previa a la plena reivindicación de los genocidas) y conviene prestar atención al modo en que se recompuso el discurso que hoy estalla en una avalancha de reclamos contra los juicios: Eduardo Duhalde, Alfonsín Jr., Lilita Carrió, Diego Guelar, etc.  En el discurso hegemónico primero se instaló la cuestión de la “inseguridad” para referirse al crecimiento de los robos, arrebatos y asesinatos sin ton ni son; luego la relacionaron con el supuesto “garantismo” excesivo del sistema judicial argentino, adjudicando tal deformación monstruosa a los “derechos humanos” (para decirlo en el lenguaje brutal de algunos actos públicos, como el de Palermo contra las retenciones agrarias) e imponer las reformas del Código Penal que exigía Blumberg, y la legitimación del “gatillo fácil” con el nombre de “mano dura” o “tolerancia cero”. Acaso fue Mariano Grondona quién sentó las bases conceptuales para la ofensiva derechista con su teoría de “la falta de equilibrio al juzgar a los represores y no a los militantes populares”, como si no supiera  que los delitos de lesa humanidad solo pueden cometerlos los Estados.

    Es este discurso de inequivalencia, espíritu de venganza, ilegitimidad de los juicios, que repiten machaconamente los represores cada vez que hablan en un juicio, y los propios defensores de oficio que reciben ordenes del Ministerio Público de Defensa, con lo cual se consuma la esquizofrenia total: el Estado por medio de la Procuración General y la Secretaría de Derechos Humanos, actúa como acusador de los genocidas y el mismo Estado, por medio de este Ministerio Público, defiende los represores con un discurso fascista.

    En el año 2009, se rompieron algunas de las maniobras judiciales que impedían el avance de los juicios (habilitados desde el 2005) pero frenados por infinitas maniobras consentidas por los tres poderes por acción u omisión.  La reasignación de los juicios que le tocaban al Tribunal Oral Federal Número Cinco de la Capital y el inicio de algunos paradigmáticos como el de Campo de Mayo en San Martín o el de Brusa y Quinta Funes en Santa Fe y Rosario así como los realizados en Córdoba y Tucumán, Formosa y Corrientes, generaron la sensación de que, al fin, comenzaban los juicios, más allá de la inacción oficialista que se negó a proponer salidas de la crisis en que la decisión de diciembre de 2008 de la Cámara de Casación los había sumido al “liberar los represores por las demoras en juzgarlos”, o sea, en nombre de las garantías procesales que reclamaban Grondona y la derecha.

    Una vez más, fue el movimiento popular el que presionando logró romper los límites imaginados por el Poder y reabrir los juicios que hoy se desarrollan: Esma, Vesubio, Olimpo, Campo de Mayo y una larga lista en el interior.

    Pero esa es solo una de las batallas en curso: hay otra, contra la banalización del horror y la apropiación de la lucha de años y aún de los compañeros. Porque como decía Benjamín,  “tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”.

    Durante años se desplegó un discurso descalificatorio de la lucha de los comunistas contra la dictadura que llegó al límite de pretendernos cómplices de la misma.  El historiador Galasso fue aún más lejos y afirmó que ni siquiera Ingalinella era un mártir popular porque no era peronista.

    El origen de tal imagen, al que muchos contribuyeron sin pensar en que estaban colaborando con la reinstalación de un discurso de derecha, tiene que ver con el mito del peronismo como única cultura de la rebeldía, al menos desde los cuarenta del siglo XX, y con el aprovechamiento de nuestra propia autocrítica de los límites de la política del “frente democrático nacional”, sostenida por el Partido Comunista hasta el Viraje del XVI Congreso, confusión que creció con la crisis cultural desatada en la izquierda en los 90 con la aparición de una franja de “arrepentidos” que pasaron rápidamente a las filas del Poder y un fenómeno aún más complejo, al que Domenico Losurdo ha denominado “auto odio”, por el cual todo lo que hicimos estaba mal y merecía repudio, incluso el heroismo de la lucha contra la dictadura.

    En 1983, al reiniciarse las sesiones parlamentarias, el diputado Alberto Melón del Partido Justicialista afirmó: “La historia de casi los últimos cuarenta años dice bien a las claras, que desde el 55, cada  vez que hay un golpe en la Argentina el resto de los partidos pone las críticas, pero nosotros ponemos los presos, los torturados  y los muertos” . El propio Menem utilizaría tal interpretación histórica para justificar los indultos a los Jefes militares condenados en el Juicio a la Junta de Comandantes en Jefe de las FF.AA.: “si nosotros fuimos las victimas, si nosotros pusimos los muertos, nosotros tenemos derecho a perdonar”, era el discurso justificatorio de un momento clave en la continuidad de la dictadura por medio de la impunidad.

    Y desde el 2003, esta interpretación antojadiza de la historia se ha potenciado desde el kirchnerismo, acaso sin saber que hacen suyo el discurso de la derecha peronista, la misma que amparó el accionar de la Triple A, que apoyó el golpe del 76 y contribuyó de múltiples maneras, incluso con funcionarios en todos los niveles a la administración estatal del Genocidio. Cierto es que la identidad peronista ha sido, y posiblemente siga siendo, mayoritaria en el campo popular; pero conviene recordar que esa identidad ha tenido diversos contenidos, incluso antagónicos por lo que hay un peronismo víctima y un peronismo victimario y ahora está claro, en el discurso de Bussi y Menéndez ante el Tribunal Oral que los juzga en Tucumán se aclara, por si hacía falta, que para los represores (igual que para López Rega, Luder, Rucci, Remus Tetu o Ivanisevich) los compañeros peronistas eran reprimidos en tanto eran considerados parte del grupo nacional que ellos denominaban “marxistas leninistas” o “comunistas”, “agentes de la subversión internacional y el comunismo”.

    Lo que muestran los juicios es todo lo contrario a esta afirmación caprichosa: testimonió Floreal Avellaneda que fue el Partido Comunista quién lo protegió el periodo que vivió clandestino, tras el secuestro de su compañera Iris y el asesinato del Negrito; declaró el Dr. Rousic Tournon en el juicio contra Brusa, que presentó habeas corpus por todos los comunistas secuestrados en Santa Fe; Iris explicó que el Dr. Julio Viaggio le había enseñado que la única conducta frente al enemigo era el silencio y que así procedieron ella y el Negrito y que por eso, cansado de torturarla en vano, el represor que actuaba en El Campito reconoce que “con los comunistas no se puede”.

    Especial importancia cobra el testimonio de Ana María Careaga, sobreviviente del CCDE Atlético, secuestrada a los 16 años y embarazada, hija de Esther Ballestrino de Careaga,  una de las fundadoras de Madres,  secuestrada en la Iglesia Santa Cruz:.”…Poco después me llamó. Me volví a subir a la tarima, nos sacamos las vendas y nos miramos en diagonal por el ventiluz. Hablamos un rato sin reconocernos. Después nos dijimos los nombres y ahí supimos que nos conocíamos. Ella era Teresa Israel, la abogada judía del Partido Comunista, de la Liga, que era la que había firmado el Hábeas Corpus que había presentado la familia de mi cuñado Juan Carlos Cuevas…. Yo había acompañado a mi mamá a una cita que tuvo con Teresa en un bar, cercano a Tribunales y ahí nos habíamos conocido. Ella me dijo que hacía mucho tiempo que estaba ahí. Estaba desde marzo, la habían torturado mucho y le habían dicho que la iban a llevar a una granja de recuperación al sur y que después la iban a sacar del país. Muchos de ellos se ensañaban, particularmente por su condición de judía…”.

    Más de una vez hemos recordado aquel adagio gramsciano que un partido no es tanto lo que dice en los congresos sino lo que hace en la vida, en  la lucha de clases real, con sus contradicciones y límites, en la correlación de fuerzas concreta a la que se enfrenta.  Y eso es lo que muestran los juicios: un partido víctima y resistente, más allá de cualquier otra calificación que se pueda hacer por sus definiciones y opciones tácticas.

    Y el reconocimiento a esta verdad es lo que venimos conquistando en esta forma particular de la lucha de clases que es la jurídica: la reivindicación de nuestros compañeros y con ellos de su identidad política cultural.

    En los juicios por Floreal y contra Brusa, los tribunales reconocieron que la persecución sufrida era por la identidad comunista de nuestros compañeros, y aún más, empezando por la Cámara Federal de San Martín, siguiendo por la de Buenos Aires, uno a uno fuimos ganando el derecho del Partido Comunista a querellar contra los genocidas en las causas Primer Cuerpo, Esma, Campo de Mayo, Triple A, etc., por nuestra condición de partido/víctima, siendo el primer partido que reclama y ejercita ese derecho, por ahora en soledad.

    ¿Y para que sirve que un Tribunal reconozca que Floreal fue empalado por pertenecer a la Fede? Para que esa verdad, sostenida por treinta y cuatro años por todos nosotros, legitimada por el Derecho, se potencie y se haga más útil en la batalla de ideas. Para que el Suteba de Vicente López organice un programa de memoria con su nombre para que los alumnos de mil escuelas sepan quién era y por qué luchaba el Negrito.

    Si Foucault decía que el Derecho genera verdad, nosotros estamos aprendiendo a utilizar la verdad legitimada por los juicios para reivindicar nuestros compañeros. Para valorarlos. Para hacer más legitima una cultura de rebeldía que tiene derecho propio a ser parte de la tradición revolucionaria nacional.

    Si no somos como “ellos”, y definitivamente no lo somos; el mejor homenaje a nuestros compañeros victimizados, a todos ellos, a los torturados por la Sección Especial y a Juan que aún navega por el río, a los que dieron su vida peleando en España o El Salvador, y estamos nombrando a Marcelo, a los asesinados por la Triple A y los desaparecidos por la dictadura, no es contentarnos con las condenas a los represores (que bien merecidas las tienen) sino hacer visibles a nuestros compañeros, partícipes reales de la lucha por la construcción de una alternativa que deberá dar nacimiento a una nueva identidad, que surja de superponer todos los rostros de todos los compañeros, de todas las culturas y todos los colores.

    Nuestra tarea jurídica/política/cultural de estos años se propuso incribirlos en ese cielo.  Para que en el arco iris de los desaparecidos no falten los globos rojos de los nuestros, como esos globos rojos que los niños de la Escuela donde terminó la primaria el Negrito soltaron para que vuelen al cielo de los compañeros, para que todos sepan que si viven en nuestro corazón, siguen luchando por el socialismo.



  • Documento de la Liga Argentina por los Derechos del

    Hombre ante el 34 aniversario del golpe cívico mílitar del 76

     

    Si la memoria radica en “… adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro”, el desafío para este 24 de marzo impone superar el pensamiento rutinario que lleva a convertir las fechas en significantes vacíos, iconos de la nostalgia pero impotentes en la disputa política cultural en curso. 

    Basta repasar las declaraciones de Duhalde, Guelar o Alfonsín Jr. para no citar las de los genocidas como Menéndez o sus adláteres Pando u  Solanet (reclamo de amnistía en La Nación del 24/2) para asumir que el “peligro” que nos amenaza es el de una derecha fundamentalista de animo revanchista que se propone terminar con los juicios y modificar el sentido de la memoria histórica para reinstalar oficialmente la teoría de los dos demonios primero y la reivindicación plena del Genocidio después. 

    Una derecha que se percibe amenazada por el avance de los juicios contra los represores por su compromiso histórico con la gestación del Terrorismo de Estado, por sus vínculos actuales con los grupos económicos que se enriquecen gracias a la persistencia del orden social fundado por Martínez de Hoz (sostenido por el Bipartidismo) y la red fascista que viene montando los EE.UU. para derrotar la oleada liberadora que empujan Cuba, Venezuela, Bolivia y los pueblos americanos que quieren hacer del Bicentenario, la conquista de la verdadera y definitiva independencia nacional. 

    Juicios conquistados por la perseverancia e inteligencia de las fuerzas sociales y políticas que jamás aceptaron ni la impunidad ni el chantaje judicial de aceptar remedos de justicia con el cuento de es “lo que hay”.

    Nuestros setenta y dos años de lucha contra el fascismo nos enseñaron que no es conciliando con ella, ni mucho menos asumiendo su discurso o valores culturales que se impedirá su avance: por el contrario solo con ofensiva política, iniciativa jurídica e institucional y batalla cultural se podrá derrotarla. 

    Y esta ofensiva sólo puede construirse desde el movimiento popular, asumiendo la riqueza de la pluralidad del campo popular (que en los juicios orales en curso se comprueba como signo de identidad de las víctimas) y su plena autonomía para luchar contra cualquier violación de los derechos humanos de ayer y de siempre. 

    Corresponde entonces valorar el esfuerzo del Premio Nóbel Adolfo Pérez Esquivel por agrupar a un conjunto de organismos para superar las divisiones y abrir un debate sobre nuestro rol en el nuevo siglo.

    Son funcionales a la derecha, en cambio, los intentos hegemonistas de apropiación de fechas y movilizaciones populares que deben aportar a construir la fuerza popular para la segunda y verdadera independencia. .. 

    Porque somos más hijos del 24 de marzo que herederos del 25 de Mayo, y es hora de dar vuelta la ecuación: libres y soberanos para terminar con las sombras del Genocidio.

     LIGA ARGENTINA POR LOS DERECHOS DEL HOMBRE

  • Quién le teme a Alicia López?

     

    Finalmente, en febrero de 2010

    elevaron a Juicio Oral ,

    el caso de la desaparición  de Alicia López

    con quien compartí encierro en La Cuarta

    en octubre/noviembre del 76.

    Durante el Juicio Oral contra Brusa,

    porté su foto al cuello, desatando la ira

    de los represores y sus abogados

    que pidieron su expulsión de la sala inúltimente.

    El juicio terminó con la condena del único inculpado,

    Mario Facino en abril de 2010

     

    Les duele tu foto

    ¿sabes?

    no soportan tu mirada.


    Pero,

    ¿qué temen,

    Alicia,

    de tu presencia?

    Si no los miras

    siquiera.

    Si miras al suelo

    como entonces,

     

    cuando caías

    en ese sucio pasillo

    de la Cuarta.


    Miro tu foto

    y te veo entonces.

    Eres

    la pura imagen

    de la desolación,

    pero te temen.


    No es la tuya

    la foto

    de un ángel

    vengador

    ni la de una

    guerrillera

    heroica.


    Pero te temen.


    Será entonces

    que no les duele

    tu ausencia

    sino la dura

    presencia

    de tu ausencia


    Porque hay

    presencias vacías

    y hay ausencias

    que acusan

    con más fuerza

    que un grito.


    Y eso eres,

    ahora comprendo,

     

    el grito

    indómito

    de aquellos

    que creyeron borrar

    y los hicieron

    sueños


    de esos que nunca morirán.


  • José Schulman, secretario nacional de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y uno de los querellantes de la causa por la Masacre de Margarita Belén adelantó que las audiencias se realizarían recién en abril o mayo.

    El juicio por Margarita Belén no comenzará en marzo

    El juicio por la Masacre de Margarita Belén deberá esperar un tiempo más. Así lo confirmó ayer el secretario nacional de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH), José Schulman. Su organización es querellantes en varias causas donde se ventilan crímenes de lesa humanidad, entre las que se incluye a la de Margarita Belén.

    Schulman estuvo en Resistencia por un doble motivo: La presentación de Los laberintos de la memoria: relatos de la lucha contra la dictadura y la impunidad en la Feria del Libro, que culminó este domingo y el seguimiento de una de las causas de genocidio más emblemáticas del nordeste argentino.

    En diálogo con e lDIARIO de la Región, Schulman explicó que estuvo ayer por la mañana en la fiscalía Federal donde se le comunicó que el juicio no se realizará en marzo, tal como estaba anunciado, sino que se pospondrá hasta fines de abril o principios de mayo. “Marzo ya no porque se están terminando de dirimir las últimas nulidades y pedidos dilatorios de la defensa, pero ninguno de ellos tiene entidad alguna. Es la repetición de algo que en todos los juicios”, comentó el militante, quien aclaró que los pedidos se basan en recusaciones a jueces del tribunal.

    “Con toda seguridad van a ser rechazados, pero ya deberían ser rechazados in limine, como dice la ley. Pero esto es parte de la complicidad del Poder Judicial que permite que recursos que han sido hechos cientos de veces en todos el país y que fueron rechazados se sigan admitan una vez más, simplemente para demorar las causas”, se quejó Schulman. De todos modos se mostró optimista con el inicio del juicio al que consideró que es “inminente” su realización.

    En la cuestión más bien jurídica, Schulman destacó que la LADH es la única organización de derechos humanos que pedirá que se caratule a la masacre de Margarita Belén como genocidio. “Estamos convencidos que hubo un genocidio en la Argentina. Culturalmente no creo que nadie se anime a discutirlo. El genocidio es, en palabras de (Daniel) Feierstein, titular de la Cátedra de Genocidio de la UBA, el exterminio de un grupo nacional para reorganizar radicalmente un país. El genocidio es el delito de mayor rango del Código Penal, y por ende le corresponde la pena de cadena perpetua”, comentó.

    “¿Qué hecho particular dentro de lo que fue la Masacre en sí lo impresionó más?”, preguntó este medio a Schulman. “El estilo paraguayo, me impresionó. Matar a palos. Muy brutal. Sin la aplicación de ninguna sofisticación en la tortura como lo hicieron en otros centros clandestinos. Estoy convencido de que debe haber habido una fuerte relación del aparato represor paraguayo y el argentino, que de hecho se ayudaron mutuamente”, aseveró.

    EL HECHO
    El 13 de Diciembre de 1976, en proximidades de la Localidad de Margarita Belén, a un costado de la Ruta Nac. Nº 11, cerca del kilómetro 1042, fueron asesinados al menos veintidós presos políticos por fuerzas de seguridad de la dictadura. Antes de ser fusilados pasaron por la U 7, la Alcaidía, y la Brigada de Investigaciones, donde fueron torturados brutalmente, en algunos casos casi hasta la muerte. Los asesinos armaron la farsa del traslado de presos hacia la Provincia de Formosa y ataque subversivo.

    A pesar de no tener fecha, el 24 de febrero de 2009, finalmente se elevó a Juicio Oral la causa “Larrateguy, Jorge A. y Otros s/Homicidio Agravado por Alevosía y por el número de Partícipes y Desaparición Forzada de Personas”, Expte. Nº 306/01 del Juzgado Federal de Resistencia en que se investiga el hecho.

    Fuente: El Diario de la Región

    http://www.chacodiapordia.com/noticia.php?n=39584

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  • A todos los compañeros

    que al testimoniar en el

    juicio contra Brusa y Cía.

    reivindicaron su identidad política

    Finalmente, venciendo toda clase de obstáculos jurídicos, políticos y culturales han comenzado los juicios contra el Terrorismo de Estado; y más allá de sus límites y carencias (de la que hemos escrito infinidad de veces como se puede consultar en el blog www.cronicasdelnuevosiglo.wordpress.com) en el 2009 se sustanciaron una serie de juicios altamente simbólicos, donde se condenó a una lista no desdeñable de jefes militares, un juez federal y hasta la primer mujer represora.

    Los juicios orales y las sentencias habilitan toda clase de debates jurídicos y políticos pero también las audiencias pueden leerse en clave cultural: como momento de confrontación de discursos, es decir de palabras, gestos, conductas y hechos prácticos.

    Y eso es lo que intentaremos en estas notas.

    El escenario visual sigue siendo el que crearan los antiguos:  “Una mesa; detrás de ella, que distancia a los dos litigantes, los intermediarios que son los jueces; su posición indica primeramente que son neutros el uno en relación al otro; en segundo lugar implica que su juicio no está determinado de antemano, que va a establecerse después del interrogatorio, después de haber oído a las dos partes, en función de una determinada norma de verdad y de un cierto número de ideas sobre las dos partes, que pueden juzgarlas en función de ideas de justicia que son absolutamente válidas y que sus decisiones deben ser ejecutadas”[1].

    Pero en estos juicios, todo adquiere cierta transparencia que bien le hubiera gustado, creo, al mismo Foucalt: de un lado, la fiscalía, los abogados de las querellas que representan al movimiento de derechos humanos y las víctimas, y los propios querellantes que no son otros que los detenidos desaparecidos por razones políticas, sometidos a las más brutales torturas y maltratos físicos y psíquicos que sobrevivieron y decidieron negar el “mandato” de sus victimarios de callar y ocultar lo ocurrido, habiendo hecho todo lo contrario por más de treinta años; del otro los defensores oficiales junto (que en este caso quiere decir integrados, hermanados en una causa infame) a los represores abogados de los represores y en algunos pocos momentos, los mismos represores.

    Pocas veces la escena puede ser más transparente: de un lado la dignidad y la ética, la valentía y el coraje de una generación que decidió luchar por cambios profundos y verdaderos cueste lo que cueste y fue aniquilada como generación por eso y del otro los ejecutores de un plan de exterminio que no reparó en medios ni en límites morales de algún tipo en su decisión de salvar el orden existente, o sea, el capitalismo realmente existente, que para seguir funcionando necesitaba un nuevo modo de reproducción y valoración, impuesto a sangre y fuego, que ahora llamamos “neoliberal” pero que entonces era conocido como “el modo de vida occidental y cristiano”.

    Los juicios en debate

    No desconocemos que los juicios contra el Terrorismo de Estado son hoy interpelados en la sociedad argentina.

    Desde la derecha, una escalada de exigencias de clausura se han escuchado en estos meses: Susana Giménez fue una de las primeras que se animó a “que la terminen con los derechos humanos” que era su modo de solidarizarse con los asesinos, pero luego siguieron políticos más respetados, algunos de los cuales hasta fueron víctimas de la represión u otros tuvieron algún compromiso con la causa de los derechos humanos: el diputado Diego Guelar, del equipo de Macri, la Dra. Lilita Carrió de la Coalición Cívica, el mismísimo Raúl Alfonsín Junior y finalmente, por el peso de su palabra, el ex presidente Eduardo Duhalde quienes intentan instalar como un valor necesario el de la reconciliación entre los argentinos, para lo cual debiera terminarse con la persecución a los militares y el espíritu de venganza que se trasunta de ellos.

    El viejo truco de apelar a la unidad nacional para asegurar la dominación, nada nuevo bajo el sol aunque hoy este intento de roll back se inserta en una estrategia continental de contrainsurgencia sostenida por los mismos que en su momento impulsaron el Terrorismo de Estado, las dictaduras cívico militares y la Operación Cóndor: el gobierno de los EE.UU., sus agencias de inteligencia y fuerzas armadas y los grupos trasnacionales que se hicieron hegemónicos en la economía nacional desde la dictadura para aquí mediante la deuda externa, las privatizaciones, la flexibilización laboral y la desregulación de la economía.

    Pero los juicios también son interpelados desde el campo popular, por razones opuestas que cuestionan sus límites y carencias.

    Algunos compañeros nos preguntan: ¿para qué sirven juicios que llegan tan tarde y sólo alcanzan a una parte mínima de los ejecutores del Plan de Exterminio?

    Juicios que no se televisan y que quedan, las más de las veces, encerrados entre las paredes de los recintos que la Justicia ha dispuesto para ello, silenciados por los medios hegemónicos de comunicación (que así confirman su complicidad con el Genocidio y su interés en la impunidad que defendieron más de treinta años con todo tipo de discurso “culto”); y  que incluso, en algunos casos producen absoluciones asombrosas como la que dictó el Tribunal que trató la Masacre de Calamita y que dio por ciertas las explicaciones de dos Jefes Policiales (la fuerza que perpetró la masacre) que “no podían ser ellos los asesinos por estar de vacaciones” y dieron por verdadero un certificado que encontraron quién sabe donde.

    “Que no murió, le mataron”

    Pero a veces los juicios adquieren sentido para todos, iluminan la escena con alguna revelación notable, no por desconocida para nosotros, sino por ser admitida o asumida orgullosamente por los protagonistas verdaderos que no son otros que las víctimas sobrevivientes, sus familiares, los luchadores por los derechos humanos de un lado y los represores y sus abogados por el otro.

    Que hubo en la Argentina delitos de lesa humanidad, treinta mil desaparecidos, cientos de miles de presos políticos y exiliados, millones privados de sus derechos individuales fundamentales, perseguidos, echados de sus trabajos y privados de ejercer sus profesiones o habilidades laborales, está fuera de discusión.

    A lo máximo, se discute el número, si treinta mil o menos; pero más allá de lo perverso que algunas personalidades que alguna vez formaron parte del movimiento de derechos humanos, como Graciela Fernández Meijide, sostengan ese juego, aquí queremos hacer notar que ya nadie se atreve –al menos públicamente- a negar los desaparecidos y con ello, el Plan de Exterminio, las ordenes secretas y el mismo Genocidio.

    Gabriel Celaya, el gran poeta español, escribió clandestinamente (en la España de Franco) un poema dedicado a Federico García Lorca que comienza con una aseveración contundente y necesaria entonces: “Que no murió, le mataron”; y si todavía en la vieja España, en el culto Viejo Continente Europeo, se sigue discutiendo si murieron o los mataron, nosotros podemos contar como uno de los grandes logros del movimiento popular que aquí la mayoría sabe o acepta que “Que no murió, le mataron”.

    Así pues el debate se traslada al terreno de las razones: ¿hubo una guerra o un plan de exterminio, hubo una masacre indiscriminada, propia de locos asesinos o el intento de exterminar un grupo nacional definido por el Estado Argentino; y más en concreto: ¿el Golpe y la represión fue sólo contra los peronistas, sólo contra los que sostenían la lucha armada y si hubo algún otra víctima fue por contacto o equivocación o el sujeto victimizado era plural, fruto de más de cien años de cultura de rebeldía, tradiciones políticas anticapitalistas y prácticas que anticipaban la resistencia al modelo de país que la dictadura cívico militar planeaba imponer?

    Las palabras de los genocidas

    En las primeras audiencias del segundo juicio que se lleva adelante en Tucumán, los Generales Bussi y Menéndez, que ocuparon lugares de privilegio en la conducción del proceso terrorista no solo reivindicaron todas y cada una de sus acciones sino que explicaron el sentido, que para la Junta Militar, tenían dichas acciones.

    Bussi afirmó «Fue una guerra declarada por un gobierno constitucional, en pleno ejercicio de sus facultades para eliminar al marxismo-leninismo y Menéndez, por su parte leyó «No quiero prestarme al juego de los terroristas que ayer ponían bombas y asesinaban a traición para transformar el país en comunista y hoy pretenden ser y haber sido pacíficos ciudadanos democráticos. Quieren usurpar el poder para cambiar nuestro estilo de vida».

    Al finalizar la Segunda Guerra Mundial y conocerse mejor la magnitud y calidad del genocidio nazi, Walter Benjamín, contradiciendo a los que calificaban el Holocausto como un acto de barbarie, propio de salvajes, demostró que era un fruto de la cultura alemana, la más fina y más compleja de la Europa de principios del Siglo XX.

    Fue entonces que escribió cada documento de la cultura es al mismo tiempo un documento de barbarie” o lo que es lo mismo, pienso yo, que cada documento de barbarie es al mismo tiempo de cultura

    O sea, que los actos de barbarie tienen una construcción cultural por detrás.

    Y es que si todo Genocidio, y todo acto represivo en general, requiere de un discurso justificatorio, una fuerza material apta para ejecutarlo y un orden jurídico que lo disponga, digamos de entrada que el Genocidio de los 70 del siglo XX tuvo en el anticomunismo el discurso justificatorio, en las Fuerzas Armadas su brazo ejecutor y se apoyó en un cuerpo jurídico represor de larga data, que activó y actualizó con la anuencia de la Corte Suprema y el Poder Judicial.

    Por eso hablamos de Terrorismo de Estado, o sea que el  Estado organizó el Terrorismo, tal como lo había hecho antes.

    Digo antes que existiera el Estado Nación, y fuera el Estado Español, unificado tras la expulsión de los Moros de Granada y de los Judíos de toda España[2], quien invadiera el territorio habitado por los pueblos originarios que aniquiló, aludiendo al Rey de España y al Dios de los Europeos, con un discurso racista eurocentrista que dejaría su marca en la cultura nacional como veremos poco más abajo.

    Y se sabe que esa invasión contó con una Bula Papal que la legitimara y todo un orden jurídico, las Leyes de Indias, que diera la ficción de legalidad que todo acto de conquista y dominación requiere.

    La idea que los españoles, y sus descendientes, eran superiores a los pueblos originarios sería el discurso justificatorio del segundo genocidio, la Campaña del Desierto y la Guerra de la Triple Alianza, que podríamos simbolizar en la carta que Domingo Faustino Sarmiento, que había subtitulado “Civilización y Barbarie” su obra cumbre Facundo, le enviara al General Mitre en setiembre de 1861 “No trate de economizar sangre de gauchos… La sangre de esta chusma criolla incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos». Y si repasamos el papel central que tendría el mismo Sarmiento en la organización de la educación pública, obligatoria, estatal y laica, no hace falta mucha imaginación para descubrir de qué modo se diseminó el discurso racista y eurocentrista por la nación argentina, constituida sobre la base de dos genocidios y una oleada de inmigración europea.

    Paradójicamente, constituido el Estado nacional, una de las primeras leyes represoras, la 4144 constituirá simbólicamente un nuevo “otro” como encarnación del mal a erradicar para asegurar la “grandeza nacional”

    Ya no van a ser los pueblos originarios (exterminados, esclavizados y “asimilados” forzadamente en su inmensa mayoría o sometidos a condiciones de degradación física, psíquica y cultural) sino los inmigrantes pobres que querían dejar de ser pobres[3]; es que el sueño de Alberdi de “poblar el desierto” con europeos cultos y ricos trocó en la realidad de una inmigración de otro tipo: campesinos sin tierra, obreros perseguidos por las monarquías y las democracias europeas, anarquistas y socialistas en busca de un espacio para difundir sus ideas, etc.

    De allí en adelante, el proceso se irá entrelazando y potenciando con cada Golpe de Estado: 1930, 1943,1955, 1962, 1966 hasta llegar al de 1976 en que el Estado, heredero del estado español conquistador, ha mutado en un Estado Nación que ha construido largamente todos sus atributos y que en los 60 ha destacado una parte de si mismo como Estado paralelo, sustrayéndolo del cumplimiento del propio orden jurídico que el Estado proclama como base de la convivencia, y al que ha infectado sobradamente de leyes represoras; pero que para encarar la obra final de su larga marcha represora, necesita despojarse de cualquier límite jurídico o cultural.

    El Estado paralelo

    La investigadora norteamericana Patrice Mc Sherry ha reflexionado sobre el impacto de las guerras sobre la configuración del Estado y dice[4]esta forma de guerra (la de contrainsurgencia. Nota del Autor) ha transformado la naturaleza del Estado y la sociedad de la misma manera en que la guerra convencional, “la guerra industrializada”, lo había hecho a principios del siglo XX.  Omar Bartov define la “muerte de manera industrializada” que surgió por primera vez en la Primera Guerra Mundial como “la sostenida destrucción masiva de seres humanos, por medios mecánicos y de manera impersonal, que es organizada y sostenida por los Estados……La guerra contrainsurgente que se lleva a cabo a la sombra y utilizando fuerzas paramilitares y ejércitos secretos que operan fuera de las acciones legales del Estado, profundizó grandemente esta penetración y el control de la Sociedad, mediante la selección explícita de la población civil como blanco de ataque, más que para dirigirse a un ejercito opositor”.

    Y culmina formulando hipótesis, la segunda de ellas es la siguiente: “vinculadas de manera intrínseca a la remodelación que la contrainsurgencia hizo del sistema de gobierno, estaban el establecimiento y la movilización de aparatos del Estado paralelos o en la sombra que se estructuraron para aplicar y ampliar el poder represivo del Estado con respecto a la sociedad.  Se creo este aparato paralelo para poner en práctica políticas encubiertas o secretas, para evitar limitaciones legales y para sortear cualquier modalidad de rendimiento de cuentas; y la cuarta es que …”los militares de América Latina, que actuaron normalmente con el apoyo del gobierno de los EE.UU., derrocaron a gobiernos civiles y destruyeron otros centros de poder democrático (…) precisamente cuando la orientación de clase del Estado se encontraba a punto de cambiar o se encontraba en el proceso de cambios…Evitar tales transformaciones del Estado era  uno de los objetivos clave de las élites de América Latina y los funcionarios de los Estados Unidos también lo consideraban como un interés de vital de la seguridad nacional”

    Contra la pretensión dictatorial, ni las acciones represoras ni las medidas económicas sociales implementadas tendrían algo de nacional: eran parte de una vasta operación doble: de aplastamiento de la oleada liberadora iniciada por la victoria de la Revolución Cubana en 1959 y que todavía a mediados de los setenta mantenía la llama de la esperanza prendida y por otro lado, de reformulación profunda del sistema capitalista mundial para superar la crisis energética de 1973 (que entre otros resultados colaterales liberó una masa de capitales sobre los que se montó la deuda externa del Tercer Mundo) y el desafío de los pueblos que por entonces transitaban por caminos de superación del capitalismo.

    Comunistas: todos los que luchan contra el capitalismo

    Y toda esa vasta obra, como ahora reconocen los Generales Bussi y Menéndez tenía un único discurso justificatorio: aplastar el marxismo leninismo, impedir que el comunismo se apodere del país, defender el ser nacional, etc. etc. lo que los llevaba a considerar marxistas leninistas y comunistas a todos los que no encajaran en sus planes militares y proyectos económicos no importa que militaran en el peronismo o en la izquierda guevarista, que fueran obreros, sacerdotes, maestras o escritores, comunistas, trotskistas, socialistas, radicales o independientes.

    Para la dictadura, y en eso paradójicamente se acercaban más a Carlos Marx y Federico Engels de lo que ellos jamás imaginaron, comunistas eran todos los que se oponían al capitalismo, del modo que sea.

    Y hasta lo escribieron detalladamente:  si uno revisa el “Plan del Ejercito (contribuyente al Plan de seguridad nacional)” firmado por Videla en febrero de 1976, precisamente en el anexo 2 de Inteligencia, se describe al grupo a eliminar según su identidad política y forma de organización social haciendo una caracterización minuciosa de la “determinación del oponente” y de la “caracterización del oponente” conformando un larguísimo listado totalmente heterodoxo de casi todas las organizaciones sociales, sindicales, culturales, religiosas y políticas del campo popular que anticipan la identidad de los treinta mil compañeros.

    Juntar los pedacitos rotos del sueño

    La guerra contrainsurgente generó todo tipo de contradicciones al interior mismo del ejercito y el estado represor: entre una ideología nacionalista extrema y la necesidad de articular con los gobiernos dictatoriales vecinos de Chile y Brasil, “enemigos” históricos de las FF.AA.; entre una proclamada identidad católica y la práctica de las más aberrantes formas de tortura y degradación humana o el robo de bebes previo al asesinato de sus madres; entre el neoliberalismo proclamado y la expansión del Estado a todo tipo de espacios económicos y sociales –recordar el Mundial de Futbol organizado por el Estado a cargo de las FF.AA., etc.

    Y muchas otras contradicciones, que sumadas a la resistencia antidictatorial terminaron enredándola en sus desvaríos como fue el caso de la guerra de Malvinas (opuesta a la subordinación estratégica a los EE.UU.); pero a veces subestimamos las que se generaron en el campo popular y que todavía se verifican al momento de construir la memoria de la resistencia a la dictadura y la impunidad.

    Al reiniciarse las sesiones parlamentarias tras la última dictadura militar, el diputado Alberto Melón del Partido Justicialista afirmó lo siguiente: “La historia de casi los últimos cuarenta años dice bien a las claras, que desde el 55, cada  vez que hay un golpe en la Argentina el resto de los partidos pone las críticas, pero nosotros ponemos los presos, los torturados  y los muertos”[5].

    El mismísimo Menem utilizaría tal interpretación histórica para justificar los indultos a los Jefes militares condenados en el Juicio a la Junta de Comandantes en Jefe de las FF.AA.: “si nosotros fuimos las victimas, si nosotros pusimos los muertos, nosotros tenemos derecho a perdonar” era el discurso justificatorio de un momento clave en la continuidad de la dictadura por medio de la impunidad.

    Y desde el 2003, esta interpretación antojadiza de la historia ha regresado en el discurso de algunos compañeros que, acaso sin saberlo, hacen suyo un discurso de la derecha peronista, la misma derecha peronista que amparó el accionar de la Triple A contra la izquierda peronista y no peronista, que apoyó el golpe del 76 y contribuyó de múltiples maneras, incluso con funcionarios en todos los niveles a la administración estatal del Genocidio.

    Cierto es que la identidad peronista ha sido, y posiblemente siga siendo, mayoritaria en el campo popular; pero conviene recordar que esa identidad ha tenido diversos contenidos, incluso antagónicos por lo que hay un peronismo víctima y un peronismo victimario y ahora está claro, en el discurso de Bussi y Menéndez se aclara por si hacía falta, que para los represores (igual que para la derecha peronista, para López Rega, Luder, Rucci, Remus Tetu, Ivanisevich, etc.)  eran reprimidos en tanto eran considerados parte del grupo nacional que ellos denominaban “marxistas leninistas” o “comunistas”, “agentes de la subversión internacional y el comunismo”.

    Aunque algunos parecieran haberlo olvidado, tal cuestión era clara para compañeros como John William Cooke, que en debate con el mismo Che Guevara sobre la estrategia de la revolución en la Argentina, se permitía afirmar “los comunistas somos nosotros” disputando el lugar de la vanguardia revolucionaria con otras formaciones políticas, entre las que se encontraban el Partido Comunista, pero también otras fuerzas surgidas de su diáspora mucho antes del golpe del 76.

    En el recien terminado juicio contra los represores que actuaban en el Centro Clandestino La Cuarta de la ciudad de Santa Fe se pudo ver esta contradicción en toda su extensión: de un lado de la sala, del lado de los querellantes, un conjunto de compañeras y compañeros que habían militado en la Jotape, en la Jup y en la Organización Política Militar Montoneros; y del otro, del lado de los represores el ex Jefe del Centro Clandestino, el comisario Mario Facino, que llegó a ser jefe comunal de Rincón por el Partido Justicialista, tanto como el Oficial de Inteligencia de la Policía Provincial y activo torturador, el Curro Eduardo Ramos, que armó una lista interna del Partido Justicialista y compitió por un lugar en las listas sin que el Partido Justicialista accediera nunca al reclamo de las compañeras peronistas a darle de baja de su padrón de afiliados. Es que la identidad es demasiado ambigua y permite la aparente contradicción de que sean peronistas todos: victimas y genocidas.

    Hay un viejo adagio que indica del enemigo el consejo.

    ¿No será hora de comprender que si para el enemigo siempre fuimos parte de un único y mismo grupo nacional, es que efectivamente podemos serlo, podemos trascender las viejas identidades y –sin negarlas- fundar una nueva, capaz de contener a todas las tradiciones y culturas, con un rostro que funda en uno los rostros de todos y de todas las que han luchado por dejar atrás la prehistoria de la Argentina, esa que por siglos la escribieron los conquistadores y dominadores aprovechándose de nuestra división.

    Si unidos resistimos la impunidad y conquistamos los juicios; si unidos enfrentamos otra vez a los represores en los Juicios, cara a cara con nuestros torturadores que libres e inocentes han estado por más de treinta años; si unidos golpeamos esa impunidad y otra vez hacemos que el Poder nos tenga miedo, tenga miedo de que los juicios lleguen hasta ellos y empiecen a desfilar por el banquillo de los acusados los dueños de Acindar y de la Ford, los de Mercedes Benz y la Banca Morgan, los miembros de la Comisión Directiva de la Sociedad Rural y los intelectuales que escribieron la proclama del golpe del 66 y los que escribían en Clarín, La Nación y Gente que los “argentinos somos derechos humanos”[6]

    Demasiadas veces nos lamemos en nuestras heridas y prestamos atención a nuestras debilidades, lo que es bueno, pero de tanto hacerlo podemos perder de vista que hemos construido algo más grande que nosotros mismos, que hemos empezado a reivindicar los compañeros y que podríamos hacer algo mucho más importante si fuéramos, como nos pedía el Che en aquel mayo del 65, capaces de unirnos.


    [1] Foucault, Michel:  «Sur la justice populaire. Debat ayee les maos»,  Les Tetnps Modernes, n° 310 bis, 1972. Págs. 335-366.

    [2] los dos hechos en 1492, mismo año de la invasión a Nuestra América.

    [3] como dice Eduardo Rosenzvaig en “Menos que un recuerdo”, editorial Cartago 2009, sobre el centro clandestino La Escuelita en Tucumán, a las ordenes del “valiente” General Bussi

    [4] Los estados depredadores: La Operación Cóndor y la guerra encubierta en América Latina.  Patrice Mc Sherry. Ediciones de la Banda Oriental 2009. pgs. 38 y 39

    [5] citado por Carlos Zamorano en su conferencia del 2 de marzo de 1984 Los comunistas y los derechos humanos editada en folleto por las comisiones de libertades y derechos humanos y de propaganda del Comité Capital del Partido Comunista

    [6] “Cuando empezamos a desentrañar la trama de grupos mediáticos como “Clarín” o no mediáticos como el grupo Macri aparecen las vinculaciones con negocios provenientes de la última dictadura, personajes clave de las mafias policiales, etc. En esos círculos dominantes la marea creciente de procesos judiciales contra ex represores pudo ser vista tal vez en su comienzo hacia mediados de la década pasada como una concesión necesaria al clima izquierdizante heredado de los acontecimientos de 2001-2002 y que mantenida dentro de límites modestos no afectaría la buena marcha de sus negocios. Pero esa marea creció y creció hasta transformarse en una presión insoportable para esas elites”.  Jorge Beinstein.  El pantano argentino.  El irresistible desarrollo de la crisis de gobernabilidad. 2010


  • En «Bitácora del Almirante», Augusto Roa Bastos dice que si con documentos verdaderos se escribe la historia falsa, sólo la ficción puede contar la historia verdadera; aseveración que comparto para la historia en general y me parece imprescindible tener en cuenta al momento de dar cuenta de la lucha contra la dictadura y la impunidad.    Ochenta años antes, un preso político del fascismo italiano, el genial Antonio Gramsci, escribía en sus Cuadernos de la Cárcel que sólo la pasión aproxima a la verdad y desde esa pasión es que escribo lo que a veces parecen ensayos, poemas o relatos pero que son siempre intentos de dar cuenta de lo que ocurrió y está ocurriendo con la misma urgencia con que intento aportar a la lucha para que este siglo, que amenazaba ser el del dominio omnímodo del Imperio Yankee, pase a la historia como el del comienzo de la vida verdadera, sin guerras ni torturas, sin hambre ni analfabetos, con el pleno acceso de todos a todos los derechos humanos, que debería ser el nombre del socialismo del Siglo XXI.

  • Un  oficial montonero de logística

    Al Negro lo conocí en junio de 1999, cuando logramos arrinconarlo al entonces Juez Federal de la Nación Víctor Hermes Brusa en un jury de destitución que había empezado por nuestras denuncias de torturas en la Cuarta pero terminó echándolo de la sagrada Justicia Argentina por su “inapropiada” conducta de navegante que dejó abandonado a su suerte, y tuvo mucha para salvarse, a un nadador que había antes atropellado con su lancha.

    Pero de cómo la denuncia por torturas trocó en problemas de navegación amerita otra historia que contaremos en otra ocasión.

    Lo que primero me impactó del Negro no fue su estampa, grandote, sólido, seguro de sí mismo, ya canoso, sino que en la Audiencia asumió con orgullo su condición militante de la Juventud Peronista y la Organización Política Militar Montoneros.

    Bueno, no recuerdo bien si lo dijo así, Organización Política Militar Montoneros, pero si que dijo la palabra Montoneros que por entonces era tan maldita y casi prohibida como Ejército Revolucionario del Pueblo o lucha armada.

    Yo no se si fue la primera vez, pero seguro que una de las primeras en que en una audiencia de testimonios de ex presos políticos desaparecidos luego detenidos clandestinamente, torturados las más de las veces, y luego aparecidos en ese circuito santafecino infame que empezaba con el Curro y el grupo de tareas secuestrándote para llevarte a la Cuarta, a lo mejor a la Casita, seguro que después a la Guardia y finalmente Coronda para los masculinos y Devoto para las femeninas, cada uno asumió orgullosamente su historia, las chicas dijeron que eran la Jotape, yo de la Fede, el Negro de Montoneros y el Mono del Erp.

    Aunque al Negro no lo levantaron en Santa Fe sino en la escuela rural que había fundado luego de dejar de militar en la Organización Política Militar, por el centro de la provincia, más cerca de Rafaela que de Santa Fe.

    Cuándo testimonió en el juicio oral, volvió a sentir la angustia de que los milicos golpearan a los chicos que dormían en el colegio como internados la noche que cayó la patota y se lo llevaron.

    Fue el único momento en que lagrimeó o eso me pareció a mi.


    El humanismo revolucionario, decía Aníbal Ponce es infinitamente superior al mejor del mejor de los humanismos burgueses, pero qué humanismo burgués ni ocho cuartos, si esta banda de asesinos había eliminado sistemática y rigurosamente hasta la más mínima partícula de lo que ellos llamaban debilidad femenina,  inaceptable en un guerrero contrainsurgente.

    Algo así también dijo el Rubén de Reconquista, sentado frente al tribunal como si fuera un personaje importante, justo él que hace rato no consigue trabajo ni comida buena ni mala ni casi nada; lo miraba al Presidente del Tribunal y Brusa lo miraba a él con una cara de asombro que ni la condena podría superar: el día que la Alicia cumplió años, contó él, se lo festejamos con el Mono, el Alcides y el José, cantando despacito para que no nos escuchen los guardias, porque fíjese Ud. que esta gente no tiene nada de humanismo, dijo el Rubén venciendo la dificultad para hablar que le dejó aquel ataque de presión que casi se lo lleva puesto, en una lección de humanismo proletario que bien podría haber considerado Ponce para ese libro que el Comandante Guevara llevaba en su morral de guerrillero heroico asesinado en la quebrada del Yuro aquel maldito día de octubre del 67 poquito antes que toda esta historia estuviera por comenzar.

    El Negro pasó por La Perla.

    Bueno, más que pasó estuvo y vaya si estuvo.

    Dijo el Negro que comparada con La Perla, la Cuarta era un centro clandestino de cuarta, o sea que La Perla era una de las perlas del sistema del Terrorismo de Estado, uno de los lugares donde se juntaba la perversión con la sofisticación, la tecnología con la brutalidad más absoluta, el odio ideológico con el cumplimiento rigoroso de los manuales de tortura que los milicos argentinos habían copiado de los yanquis de Vietnam, de los Franceses de Argelia y hasta de los Españoles de la Inquisición.

    El Negro estaba relatando minuciosamente todo eso cuándo uno de los represores abogados de los represores le volvió a preguntar a qué organización pertenecía y fue entonces y no antes, ahora me acuerdo bien, que él le dijo que pertenecía a la Organización Montoneros, y me acuerdo bien que le dijo que pertenecía en tiempo presente y no que había pertenecido en tiempo pasado con lo que se iluminaron los ojitos del represor abogado  de los represores y amagó repreguntar.

    El fiscal se asustó y quiso oponerse a la pregunta porque el juicio era contra Brusa y no contra el Negro, dijo, o sea que no estaba en discusión qué era el Negro sino lo que habían hecho el Juez Torturador y sus amigos del grupo de Tareas, de la Cuarta, de la Guardia y el Área Militar, pero el Negro hizo un gesto de dejen que pregunte y entonces comenzó el interrogatorio.

    ¿Qué función tenía Ud. en Montoneros?

    Y la protesta de nuevo del fiscal y la respuesta tranquila del Negro Oficial, Oficial Montonero, señor abogado.

    ¿Y qué tareas tenía asignada como Oficial Montonero?

    Repreguntó exultante el represor abogado de los represores, el mismo que el primer día del juicio se volvió loco con la foto de Alicia que metimos en la sala y se cagó de bronca cuando le ganamos esa primer batalla que si no jurídica, y la Alicia se quedó todo el juicio con nosotros; así que cuándo el Rubén contó su cumpleaños, ella pareció asentir.

    Oficial de Logística dijo el Negro y la escena parecía a contramano, como si todo al revés: los fiscales y algunos de los querellantes miraban espantados y los represores abogados de los represores  y los mismos represores alentaban la esperanza que no se sabe que secretos morbosos se revelarían en esa sesión que hicieran parecer menos graves sus propios delitos.

    ¿Y qué hace un oficial montonero de logística?

    Insistió casi en un susurro, de la emoción,   el represor  abogado de los represores.

    Y el Negro contestó imperturbable que las tareas de la logística hacen a las condiciones en que una fuerza libra la batalla señalada y que cómo el confiaba en la fuerza popular sus tareas logísticas habían sido fundar la escuela de donde lo secuestraron, una cooperativa agraria que todavía funciona y siguió enumerando todas las tareas de organización popular que había cumplido antes, durante y después de su paso por la estructura de la Organización Política Militar.

    A esa lista debería sumarle su testimonio ya que su lección de poder popular podría figurar en los manuales de educación política de las nuevas generaciones militantes para espanto del pobre represor abogado de los represores que pensaba atrapar -otra vez- al Oficial Montonero como en aquel secuestro del Grupo de Tareas sin percibir que con su pobre pensamiento represor jamás podrá comprender las razones de una generación de luchar por la vida, no importa qué, en procura de algo tan intangible para él como un sueño de esos a los que él nunca podrá asomarse.

    Y se sabe que a un sueño no se lo puede matar ni desaparecer, como hicieron con Alicia y los otros treinta mil porque es de una materia inasible para la picana y los grilletes.

    Que de sueños se hizo el lazo que armaron los sobrevivientes de la Cuarta para atrapar algunos de los represores y sentarlos frente a una historia que los condena y se inscribe en otra historia, la historia grande que está por comenzar, doscientos años vista de lo anunciado en aquel Mayo insurgente.