Nuestro mejor homenaje



“Para mis compañeros muertos no clamo venganza.

Como sus vidas no tenían precio,

no podrían pagarlas con las suyas

todos los criminales juntos…

la felicidad de ese pueblo es el único

precio digno que puede pagarse por ella.”

Fidel Castro

La Historia me absolverá. 1953

El reconocimiento oficial de su responsabilidad por los crímenes de lesa humanidad que perpetró el Estado en el periodo 74/82, que empezó con Alfonsín y tiene en el kirchnerismo una dimensión aún más alta, ha legitimado para grandes masas el repudio al golpe de Estado y su práctica más repugnante, la desaparición forzada de treinta mil compañeros que permanecen en esa situación hasta hoy.

Como en muy pocos lugares (acaso solo comparable con el repudio “oficial” a los horrores nazis en Europa), en estos días se realizan toda clase de actos, homenajes, sesiones especiales de los ámbitos legislativos, y aún de la Presidencia y las Gobernaciones.  Para decirlo sencillo: nadie se priva de un acto de repudio al golpe y para entender de lo que hablamos recordemos las lagrimas con que Schiaretti, gobernador de Córdoba, recibía la condena de Menéndez, para trocarlas a los pocos días en la orden de reprimir salvajemente a los trabajadores de Luz y Fuerza que manifestaban por el centro de la Docta.

La memoria del horror se ha constituido entonces en un escenario de la lucha de clases donde conviene distinguir las batallas en curso. Una, la central, contra los nostálgicos del terrorismo de Estado que pretenden impugnar los juicios en curso como actos de venganza de los vencidos en la “guerra sucia” a la que se vieron arrastradas las fuerzas armadas por la provocación de la ultraizquierda (Alfonsín dixit, decreto detención de los jefes guerrilleros).

La defensa del accionar represivo había casi desaparecido en los primeros años del siglo: junto con el gobierno de la Alianza, cesaron los discursos defensores de la teoría de los dos demonios (funcional y previa a la plena reivindicación de los genocidas) y conviene prestar atención al modo en que se recompuso el discurso que hoy estalla en una avalancha de reclamos contra los juicios: Eduardo Duhalde, Alfonsín Jr., Lilita Carrió, Diego Guelar, etc.  En el discurso hegemónico primero se instaló la cuestión de la “inseguridad” para referirse al crecimiento de los robos, arrebatos y asesinatos sin ton ni son; luego la relacionaron con el supuesto “garantismo” excesivo del sistema judicial argentino, adjudicando tal deformación monstruosa a los “derechos humanos” (para decirlo en el lenguaje brutal de algunos actos públicos, como el de Palermo contra las retenciones agrarias) e imponer las reformas del Código Penal que exigía Blumberg, y la legitimación del “gatillo fácil” con el nombre de “mano dura” o “tolerancia cero”. Acaso fue Mariano Grondona quién sentó las bases conceptuales para la ofensiva derechista con su teoría de “la falta de equilibrio al juzgar a los represores y no a los militantes populares”, como si no supiera  que los delitos de lesa humanidad solo pueden cometerlos los Estados.

Es este discurso de inequivalencia, espíritu de venganza, ilegitimidad de los juicios, que repiten machaconamente los represores cada vez que hablan en un juicio, y los propios defensores de oficio que reciben ordenes del Ministerio Público de Defensa, con lo cual se consuma la esquizofrenia total: el Estado por medio de la Procuración General y la Secretaría de Derechos Humanos, actúa como acusador de los genocidas y el mismo Estado, por medio de este Ministerio Público, defiende los represores con un discurso fascista.

En el año 2009, se rompieron algunas de las maniobras judiciales que impedían el avance de los juicios (habilitados desde el 2005) pero frenados por infinitas maniobras consentidas por los tres poderes por acción u omisión.  La reasignación de los juicios que le tocaban al Tribunal Oral Federal Número Cinco de la Capital y el inicio de algunos paradigmáticos como el de Campo de Mayo en San Martín o el de Brusa y Quinta Funes en Santa Fe y Rosario así como los realizados en Córdoba y Tucumán, Formosa y Corrientes, generaron la sensación de que, al fin, comenzaban los juicios, más allá de la inacción oficialista que se negó a proponer salidas de la crisis en que la decisión de diciembre de 2008 de la Cámara de Casación los había sumido al “liberar los represores por las demoras en juzgarlos”, o sea, en nombre de las garantías procesales que reclamaban Grondona y la derecha.

Una vez más, fue el movimiento popular el que presionando logró romper los límites imaginados por el Poder y reabrir los juicios que hoy se desarrollan: Esma, Vesubio, Olimpo, Campo de Mayo y una larga lista en el interior.

Pero esa es solo una de las batallas en curso: hay otra, contra la banalización del horror y la apropiación de la lucha de años y aún de los compañeros. Porque como decía Benjamín,  “tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”.

Durante años se desplegó un discurso descalificatorio de la lucha de los comunistas contra la dictadura que llegó al límite de pretendernos cómplices de la misma.  El historiador Galasso fue aún más lejos y afirmó que ni siquiera Ingalinella era un mártir popular porque no era peronista.

El origen de tal imagen, al que muchos contribuyeron sin pensar en que estaban colaborando con la reinstalación de un discurso de derecha, tiene que ver con el mito del peronismo como única cultura de la rebeldía, al menos desde los cuarenta del siglo XX, y con el aprovechamiento de nuestra propia autocrítica de los límites de la política del “frente democrático nacional”, sostenida por el Partido Comunista hasta el Viraje del XVI Congreso, confusión que creció con la crisis cultural desatada en la izquierda en los 90 con la aparición de una franja de “arrepentidos” que pasaron rápidamente a las filas del Poder y un fenómeno aún más complejo, al que Domenico Losurdo ha denominado “auto odio”, por el cual todo lo que hicimos estaba mal y merecía repudio, incluso el heroismo de la lucha contra la dictadura.

En 1983, al reiniciarse las sesiones parlamentarias, el diputado Alberto Melón del Partido Justicialista afirmó: “La historia de casi los últimos cuarenta años dice bien a las claras, que desde el 55, cada  vez que hay un golpe en la Argentina el resto de los partidos pone las críticas, pero nosotros ponemos los presos, los torturados  y los muertos” . El propio Menem utilizaría tal interpretación histórica para justificar los indultos a los Jefes militares condenados en el Juicio a la Junta de Comandantes en Jefe de las FF.AA.: “si nosotros fuimos las victimas, si nosotros pusimos los muertos, nosotros tenemos derecho a perdonar”, era el discurso justificatorio de un momento clave en la continuidad de la dictadura por medio de la impunidad.

Y desde el 2003, esta interpretación antojadiza de la historia se ha potenciado desde el kirchnerismo, acaso sin saber que hacen suyo el discurso de la derecha peronista, la misma que amparó el accionar de la Triple A, que apoyó el golpe del 76 y contribuyó de múltiples maneras, incluso con funcionarios en todos los niveles a la administración estatal del Genocidio. Cierto es que la identidad peronista ha sido, y posiblemente siga siendo, mayoritaria en el campo popular; pero conviene recordar que esa identidad ha tenido diversos contenidos, incluso antagónicos por lo que hay un peronismo víctima y un peronismo victimario y ahora está claro, en el discurso de Bussi y Menéndez ante el Tribunal Oral que los juzga en Tucumán se aclara, por si hacía falta, que para los represores (igual que para López Rega, Luder, Rucci, Remus Tetu o Ivanisevich) los compañeros peronistas eran reprimidos en tanto eran considerados parte del grupo nacional que ellos denominaban “marxistas leninistas” o “comunistas”, “agentes de la subversión internacional y el comunismo”.

Lo que muestran los juicios es todo lo contrario a esta afirmación caprichosa: testimonió Floreal Avellaneda que fue el Partido Comunista quién lo protegió el periodo que vivió clandestino, tras el secuestro de su compañera Iris y el asesinato del Negrito; declaró el Dr. Rousic Tournon en el juicio contra Brusa, que presentó habeas corpus por todos los comunistas secuestrados en Santa Fe; Iris explicó que el Dr. Julio Viaggio le había enseñado que la única conducta frente al enemigo era el silencio y que así procedieron ella y el Negrito y que por eso, cansado de torturarla en vano, el represor que actuaba en El Campito reconoce que “con los comunistas no se puede”.

Especial importancia cobra el testimonio de Ana María Careaga, sobreviviente del CCDE Atlético, secuestrada a los 16 años y embarazada, hija de Esther Ballestrino de Careaga,  una de las fundadoras de Madres,  secuestrada en la Iglesia Santa Cruz:.”…Poco después me llamó. Me volví a subir a la tarima, nos sacamos las vendas y nos miramos en diagonal por el ventiluz. Hablamos un rato sin reconocernos. Después nos dijimos los nombres y ahí supimos que nos conocíamos. Ella era Teresa Israel, la abogada judía del Partido Comunista, de la Liga, que era la que había firmado el Hábeas Corpus que había presentado la familia de mi cuñado Juan Carlos Cuevas…. Yo había acompañado a mi mamá a una cita que tuvo con Teresa en un bar, cercano a Tribunales y ahí nos habíamos conocido. Ella me dijo que hacía mucho tiempo que estaba ahí. Estaba desde marzo, la habían torturado mucho y le habían dicho que la iban a llevar a una granja de recuperación al sur y que después la iban a sacar del país. Muchos de ellos se ensañaban, particularmente por su condición de judía…”.

Más de una vez hemos recordado aquel adagio gramsciano que un partido no es tanto lo que dice en los congresos sino lo que hace en la vida, en  la lucha de clases real, con sus contradicciones y límites, en la correlación de fuerzas concreta a la que se enfrenta.  Y eso es lo que muestran los juicios: un partido víctima y resistente, más allá de cualquier otra calificación que se pueda hacer por sus definiciones y opciones tácticas.

Y el reconocimiento a esta verdad es lo que venimos conquistando en esta forma particular de la lucha de clases que es la jurídica: la reivindicación de nuestros compañeros y con ellos de su identidad política cultural.

En los juicios por Floreal y contra Brusa, los tribunales reconocieron que la persecución sufrida era por la identidad comunista de nuestros compañeros, y aún más, empezando por la Cámara Federal de San Martín, siguiendo por la de Buenos Aires, uno a uno fuimos ganando el derecho del Partido Comunista a querellar contra los genocidas en las causas Primer Cuerpo, Esma, Campo de Mayo, Triple A, etc., por nuestra condición de partido/víctima, siendo el primer partido que reclama y ejercita ese derecho, por ahora en soledad.

¿Y para que sirve que un Tribunal reconozca que Floreal fue empalado por pertenecer a la Fede? Para que esa verdad, sostenida por treinta y cuatro años por todos nosotros, legitimada por el Derecho, se potencie y se haga más útil en la batalla de ideas. Para que el Suteba de Vicente López organice un programa de memoria con su nombre para que los alumnos de mil escuelas sepan quién era y por qué luchaba el Negrito.

Si Foucault decía que el Derecho genera verdad, nosotros estamos aprendiendo a utilizar la verdad legitimada por los juicios para reivindicar nuestros compañeros. Para valorarlos. Para hacer más legitima una cultura de rebeldía que tiene derecho propio a ser parte de la tradición revolucionaria nacional.

Si no somos como “ellos”, y definitivamente no lo somos; el mejor homenaje a nuestros compañeros victimizados, a todos ellos, a los torturados por la Sección Especial y a Juan que aún navega por el río, a los que dieron su vida peleando en España o El Salvador, y estamos nombrando a Marcelo, a los asesinados por la Triple A y los desaparecidos por la dictadura, no es contentarnos con las condenas a los represores (que bien merecidas las tienen) sino hacer visibles a nuestros compañeros, partícipes reales de la lucha por la construcción de una alternativa que deberá dar nacimiento a una nueva identidad, que surja de superponer todos los rostros de todos los compañeros, de todas las culturas y todos los colores.

Nuestra tarea jurídica/política/cultural de estos años se propuso incribirlos en ese cielo.  Para que en el arco iris de los desaparecidos no falten los globos rojos de los nuestros, como esos globos rojos que los niños de la Escuela donde terminó la primaria el Negrito soltaron para que vuelen al cielo de los compañeros, para que todos sepan que si viven en nuestro corazón, siguen luchando por el socialismo.


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