• Publicado en Propuestas en enero de 2008
    ¿Cómo se cuenta la historia de un partido político? Cierto que de muchas maneras, y que de todas ellas –Gramsci dixit- la mejor es aquella que da cuenta de su papel en la lucha de clases. Es decir, no tanto de los debates que hubo a su interior, ni siquiera de las instancias organizativas trascendentales (los congresos, por ejemplo), sino lo que efectiva, prácticamente, sus militantes actuaron. Aquello que decían en las asambleas obreras y estudiantiles, lo que hacían en los piquetes huelguísticos o en las marchas y enfrentamientos con las fuerzas represivas. Porque si vamos a pensar en la historia de los comunistas, hay que pensar inevitablemente en una historia de confrontaciones con el Poder. Con un Poder que se constituyó a lo largo de tres genocidios (el que perpetraron los españoles contra los pueblos originarios, el que perpetró la Triple Alianza contra los Guaraníes destruyendo Paraguay y el conocido como Terrorismo de Estado de los ’70). que construyó la cultura dominante (esa que siempre es la de los que dominan en la sociedad, como nos enseñó Marx) desde una lógica descalificatoria del otro que empezó con el racismo, siguió con la xenofobia y el racismo y alcanzó el paroxismo con el anticomunismo, verdadera ideología justificatoria de todas las leyes represivas, de todas las fuerzas especiales y de todas las prácticas represivas, al menos desde que en 1902 sancionaron la Ley 4122 para expulsar extranjeros indeseables por «comunistas libertarios».

    Para decirlo de una vez, la historia de los comunistas argentinos es la historia de gente que no solo puso ideas y sentimientos, también puso (y pone) el cuerpo. La voz de Miguel Contreras en la Reforma Universitaria, el pellejo del Gallego Soto y de Albino Arguelles en la Patagonia Rebelde, las manos de Guido Fioravanti y los hermanos Iscaro en las huelgas de la construcción, la tonada cordobesa de Rufino Gómez en la huelga petrolera de Comodoro Rivadavia, los huesos de Arnedo Alvarez en el Penal de Tierra del Fuego. Y la sangre. La sangre del Negrito Avellaneda y la de Inés Ollero. La de Néstor Méndez y la de Marcelo Feito. La de Juan Ingalinella y la de Freddy Rojas.

    Sangre. Si algo hemos puesto los comunistas en la historia de la lucha de clases en la Argentina es sangre. Y no sólo la sangre de nuestros mártires, de los aquí nombramos y de los que todavía tenemos que recuperar sus nombres y sus señas. No sólo sangre de los mártires. También de los miles y miles que pasaron por la Sección Especial o por la Cárcel y que salieron y siguieron luchando sin desmayar. De los que conocieron la humillación y el terror indescriptible de la electricidad atravesando la carne y apretando las vísceras. Ahí, en ese punto exacto donde sólo están el torturador y el compañero. Allí donde los comunistas sostuvieron una conducta que llegó a mito. «Con los comunistas no se puede» protesta el torturador ante la tenacidad invencible de Iris Avellaneda. Y hasta el Comandante Guevara, en su crítica más profunda y acaso más deformada, lo reconoce: «los comunistas argentinos, que son capaces de morir sin decir palabra en la mesa de torturas, no están dispuestos a asaltar un nido de ametralladoras», que obviamente no era una crítica ética sino política, con debates entre revolucionarios sobre el lugar de la violencia en el proceso de acumulación de fuerzas y muchas cosas más. Pero no en el sentido descalificatorio, desde el punto de vista etico, que le han querido asignar.

    Y de ética es que queremos hablar en estas líneas. No hemos hecho nunca culto a la muerte ni al heroísmo individual. Más bien, todo lo contrario, educados en una tradición revolucionaria perseguida y reprimida, por años hemos disimulado los sufrimientos y persecuciones, convencidos que eso era «normal». Bien lo había dicho Louise Michel, la heroína de la Comuna Parisina de 1871, «Ya que, según parece, todo corazón que bate por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, exijo mi parte!.». Y así actuamos por años. Por noventa años, digamos.

    Sin embargo, no es esa la percepción que tiene una parte del movimiento popular. Conviene hablar de frente de estas cuestiones. Y para ser serios, conviene remontarnos al fundador de la ciencia política moderna occidental, a Nicolás Maquiavelo (1496/1527) quien al escribir su obra cumbre «El Principe» dice que lo hace porque ya es hora de separar la «ética» de la «eficacia». Separar la ética de la eficacia política, del efecto real que las acciones humanas tienen sobre los hombres era imprescindible para limitar la influencia de la Iglesia (la ética) de la política (el Príncipe). Digamos nosotros, sobre la lucha de clases, sobre la historia. Y dicha distinción sigue siendo imprescindible, en primer lugar al medir la conducta de los comunistas y todos los revolucionarios, dado que una cosa es realizar acciones de baja eficacia política o incluso cometer serios errores políticos y otra muy distinta es fallar en cuestiones de ética, de moral revolucionaria.

    Y no es un secreto para nadie que los comunistas argentinos (como el resto de la izquierda marxista y nacionalista) hemos cometido errores, muchos errores. Y algunos graves. Y los comunistas lo hemos discutido de frente, y no sólo en el XVI Congreso, antes (por ejemplo en el XI que discutió el ´45) y después (recientemente en el XXIII Congreso discutimos la frustración del 2001). Y buscamos las causas teóricas y las razones históricas de aquellos errores. Y tratamos de superarlos, y en ese proceso volvimos a cometer errores. Como es natural, aunque no fatal.

    Pero sobre esos errores y sobre nuestro debate para superarlos se ha montado una monstruosa operación política cultural que ha pretendido ponernos del lado de los represores y de los golpistas del ´55 y sobre todo de los del ´76,; lo que de ser cierto no constituiría un error de eficacia política sino de ética y eso si que sería muy grave. Pues bien, es falso de toda falsedad. Los errores que cometimos mellaron nuestra eficacia política pero no afectaron nuestra coherencia ética como fuerza. No se trata sólo de esgrimir la sangre derramada. Se trata de pensar en que condiciones, en aplicación de qué política colectivamente resuelta fueron apresados y victimizados esos compañeros.

    Nombremos sólo algunos: Alberto Cafaratti, asesinado por el III Cuerpo mientras se esforzaba por hacer funcionar la dirección clandestina del sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba tras la muerte de Tosco; Víctor Vázquez, secuestrado mientras organizaba una huelga ferroviaria; Inés Ollero, desaparecida porque le encontraron periódicos de la Fede, semiclandestinos, en un colectivo urbano; Teresa Israel, abogada de la Ladh desaparecida por defender presos políticos; Carlos Banylis, asesinado por la Triple A para destruir la Comisión Interna de la empresa del Transporte donde trabajaba; Angel Elvio Bell, desaparecido por organizar la solidaridad con los presos políticos nada menos que en Trelew…

    Es más los comunistas no aportamos ni un solo funcionario público, ni un solo diplomático a la dictadura militar, y ningún comunista se pasó de bando y reprimió compañeros. Cierto que los errores de apreciación sobre la dictadura no fueron pequeños, pero convendría reconocer que los primeros perjudicados fuimos nosotros mismos que no pudimos recoger la acumulación política que el esfuerzo y la constancia puesta permitían avizorar al final de la dictadura. Y que estamos dispuestos a discutir constructivamente con todos sobre las razones de las reiteradas frustraciones del movimiento popular argentino, no sólo sobre la del periodo 1973/1976, también sobre la frustración del ´43, sobre el golpe gorila del ´55, sobre las expectativas hacia Frondizi en el 58´, y en primer lugar sobre la frustración del 2001 que es la que hoy sufrimos cotidianamente.

    Pero no desde la lógica destructiva de buscar culpables o acusar de traiciones u otros pecados a uno u otro sector de la izquierda. Hace tiempo que planteamos como urgente la necesidad de superar el horizonte de la moral judeo cristiana, y su carga de culpa, para la izquierda argentina. Y por eso es que hablamos francamente de estos temas, para superar la culpa que han querido que carguemos los comunistas. Culpa por el ´45 y por el ´55, culpa por el golpe del ´76 y aún culpa por nuestros mártires, a los que no pocas veces se los mutila, borrándoles su identidad comunista. Que no es más que la de nadie, pero tampoco menos. Por nuestros muertos no damos explicaciones culposas, exigimos castigo, exigimos reconocimiento del campo popular y hasta hemos reclamado (con éxito diferente) el derecho de querellar ante la Justicia con un argumento que es rigurosamente cierto: cuando fueron apresados por las fuerzas estatales represivas, hicimos todo lo posible para liberarlos, y de hecho, más de cuatroscientos compañeros secuestrados fueron recuperados, luego bregamos tenazmente para que haya justicia para ellos y ahora, en las nuevas condiciones latinoamericanas y nacionales, reclamamos lo que Pablo Neruda nos enseño hace tantos años: por estos muertos, nuestros muertos, pedimos castigo!!

  • Breve historia del Partido Comunista

    Los antecedentes de la tradición revolucionaria

    Los comunistas pertenecemos a una de las culturas políticas más antiguas de la Argentina.  De hecho, desde 1850 en adelante existen periódicos y esfuerzos organizativos por parte de representantes de la población negra (El proletario, 1857) y de grupos de inmigrantes europeos con antigua tradición de lucha (Sección Francesa de la Primera Internacional en Buenos Aires,1872).  El antecedente directo más antiguo de la tradición política socialista y comunista se remonta a la Comisión Organizadora de los actos del Primero de Mayo de 1890 (en simultaneo con la celebración mundial por vez primera), que se realizaron en Buenos Aires, Rosario, Bahía Blanca y Chivilcoy, dado que esta acción constituyó el primer intento por fundir la cultura revolucionaria con el movimiento obrero realmente existente. Y eso es precisamente el comunismo como movimiento social. Desde 1857, año en que se funda la Sociedad Tipográfica Bonaerense, transcurría un proceso de tránsito desde las formas mutualistas a la de organizaciones de lucha de la clase obrera por sus derechos y que desemboca en mayo  de 1890.

    De aquella Comisión Organizadora -conservamos sus nombres: José  Winiger, Nohle Schultz, August Khun y Marcelo Jacqueller-, surgió luego el intento de organizar una central obrera en la Argentina, que tuvo en el periódico El obrero de Germán Ave Lallemant su órgano de clara definición marxista.  Al fracasar la formación de la Federación Obrera Argentina, en 1892 se tomó la decisión de constituir la Agrupación Socialista.  En 1894 se funda el periódico socialista La Vanguardia, y en 1896 ya se constituye formalmente el Partido Socialista en cuya fundación participaron algunos de los más renombrados intelectuales de la época: José Ingenieros, Roberto Payró y Leopoldo Lugones entre otros.

    Desde su segundo Congreso, el Dr. Juan B. Justo se convirtió en el principal referente, llevando al Partido Socialista todas las contradicciones, virtudes y límites que hoy se pueden analizar de quien fue traductor del primer tomo de El Capital de Carlos Marx, un intelectual de nota que utilizaba indistintamente nociones del positivismo y el liberalismo, junto con ideas socialistas, con el resultado que es de imaginar.

    4.2.  La Argentina que pretendían subvertir los fundadores

    La generación del ‘80 es la que consuma la organización del Estado capitalista en la Argentina completando las tareas pendientes que la alianza de comerciantes y herederos de los conquistadores españoles no había podido resolver luego de la ruptura del dominio colonial (la Revolución de Mayo de 1810) y que recién pudo abordar al finalizar la disputa abierta entre los distintos grupos de poder regional con la oligarquía porteña (la guerra civil entre caudillos que duró casi hasta 1880).

    Para ello necesitaban  transformar la ciudad de Buenos Aires en la Capital Federal, disolver (y / o aplastar) los Ejércitos Provinciales y constituir un único Ejército Nacional;  estabilizar una relación de subordinación complementaria con el Imperio Británico que se conoció con el nombre de modelo de desarrollo capitalista agro exportador pero que requirió de endeudamiento externo (desde aquel primer empréstito de Rivadavia con la Baring Brothers) y del incentivo de la inmigración europea para poner las tierras a producir y contar con mano de obra barata, y relativamente calificada, para la industria naciente.  Para fines del siglo XIX el modo de dominación, orden conservador le llaman los historiadores profesionales, mostraba sus límites para contener a los nuevos actores sociales: los trabajadores y las capas medias urbanas y rurales.  La Rebelión del Parque de 1890, de la cual surgiría la primera Unión Cívica Radical, marcaba la presencia y reclamos de estos sectores.  La respuesta de la oligarquía sería la ley Saenz Peña de 1912, que instauraba el voto masculino obligatorio, y que buscaba la integración al sistema de los sectores subalternos.  La llegada de Irigoyen al gobierno en 1916, si bien lleva al sillón de Rivadavia a la figura no esperada, consuma la maniobra política y logra estabilizar el dominio burgués, más allá de las peleas puntuales entre distintos sectores del bloque de poder.

    4.3. El nacimiento del Partido Comunista

    El esfuerzo por integrar los reclamos y neutralizar las luchas sociales con las elecciones también tiene éxito con los socialistas; entre quienes los sucesivos avances electorales refuerzan la tendencia a suplantar el objetivo revolucionario de abolir el capitalismo y construir el socialismo, por la ilusión de reformarlo sucesivamente hasta que, sin mediar la toma del poder, se auto transforme en “socialismo democrático”.

    La tendencia al reformismo se articulaba con un corrimiento generalizado a la derecha en casi todo el movimiento socialista mundial de la época (del que se salvaban los bolcheviques rusos de Lenin, los seguidores de Rosa Luxemburgo en Alemania, y no muchos más).  El electoralismo se expresa de un modo muy agudo en los intentos de despolitizar la labor sindical y juvenil.  Y es desde esos sectores que vendrá la resistencia al reformismo. Resaltan en esos esfuerzos la constitución de la Comisión de Propaganda Gremial en 1914 y la fundación de la Federación Juvenil Socialista, en 1916.

    Con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, los debates se agudizan y las posiciones se separan: la mayoría de la dirección y la totalidad de los legisladores se deslizan  hacia un intervencionismo pro / Entente (Gran Bretaña, Francia, Rusia, EE.UU., etc.) como un modo de sacar provecho electoral de la neutralidad asumida por Irigoyen.  En abril de 1917 el Partido Socialista realiza un Congreso Extraordinario e imprevistamente el grupo de izquierda consigue aprobar un mandato prohibiendo a los legisladores socialistas convalidar medidas belicistas. En setiembre, con la excusa del ataque por los alemanes de un barco argentino, los diputados aprueban leyes de tal carácter desatando una crisis de proporciones en el Partido Socialista.  Al advertir la gravedad de la situación, los diputados apelan a una maniobra oportunista: amenazan renunciar a las bancas si no se les renueva la confianza cambiando el eje de la discusión del hecho de que ellos han violado las resoluciones congresales y llevado al Partido a una posición seguidista del imperialismo inglés.

    La maniobra se abre paso, chantajeados por la perspectiva de perder la representación parlamentaria, la mayoría de los militantes del partido se pronuncia por la dirección, y ésta  genera una dinámica para expulsar a los internacionalistas los que, estimulados por el triunfo de la Revolución Socialista en Rusia en noviembre de 1917 y la euforia revolucionaria que se expande por todo el mundo, deciden abandonar el Partido Socialista, realizar su propio Congreso y fundar un nuevo partido: el Partido Socialista Internacionalista, más tarde Partido Comunista.  Era el 6 de enero de 1918.

    El primer Comité Ejecutivo del nuevo partido estuvo encabezado por Luis Emilio Recabarren (que fuera años después fundador del partido chileno), Guido A. Cartey, Juan Ferlini, Arturo Blanco, Aldo Cantoni (más tarde, uno de los fundadores del bloquismo sanjuanino), Pedro E. Zibechi, Carlos Pascali, José Alonso, Emilio González Mellén y  Alberto Palcos (luego miembro de la  Academia Nacional de Historia).

    Difunden un Manifiesto que explica lo sucedido al pueblo: El Partido Socialista, ha expulsado de su seno, deliberada y conscientemente al socialismo. No pertenecemos más al Partido Socialista. Pero el Partido Socialista no pertenece más al socialismo. Denunciar esta verdad a los trabajadores y fundar el verdadero Partido Socialista Internacional son deberes morales imperativos a los cuales no podremos sustraernos sin traicionar cobardemente al proletariado y a nuestra conciencia socialista. Lucharemos en defensa de los intereses de los trabajadores. Pero cuando breguemos por el programa mínimo será a condición de abonarlo, de empaparlo, por decirlo así, en la levadura revolucionaria del programa máximo, consistente en la propiedad colectiva, por cuya implantación, a la mayor brevedad, lucharemos sin descanso y sin temores.

    A los pocos meses, en la primera elección del Consejo Deliberante de la Capital Federal, el nuevo partido consigue elegir un concejal, Juan Ferlini.  En la segunda elección se sumaría como Concejal, José F. Penelón, acaso el dirigente más popular  en los primeros años.  Los primeros diez años del partido son años de intensos esfuerzos por aportar a las grandes luchas obreras, estudiantiles  y populares: la Semana Trágica, la Patagonia Rebelde, la Reforma Universitaria, la huelga de los trabajadores de La Forestal en el norte santafesino, de los portuarios de Rosario y Buenos Aires, etc. logrando, en general, jugar un buen papel en cada una de ellas.  Miguel Contreras, desde la dirección de la Federación Obrera Cordobesa, va al encuentro del movimiento juvenil de la Reforma y contribuye a fundar una consigna que aún resuena: Obreros y estudiantes, unidos y adelante. Los comunistas Albino Argüelles y el gallego Soto, son de los principales organizadores y dirigentes de las huelgas de la Patagonia Rebelde, que serán aplastadas por la represión militar asentida por el gobierno radical de Irigoyen.  Argüelles fue fusilado por un oficial de apellido Anaya.  Marcos Kaner, uno de los anarquistas que más aportó a organizar los mensúes de La Forestal en el Chaco Santafesino, organizador de huelgas y rebeliones populares en todo el noreste argentino –que llegó a dirigir el copamiento de la ciudad paraguaya de Encarnación como parte de un plan para tomar el poder- se afilió más tarde al Partido Comunista que encarnaba en esos años la fuerza proletaria y revolucionaria más consecuente y atractiva no solo para obreros, también para intelectuales como Roberto Arlt o Raúl González Tuñón.

    4.4. La estrategia del frente democrático nacional

    Durante la primera década de vida del partido se suceden los congresos (ocho en diez años), las discusiones ardorosas, los cambios de dirección nacional y regional en un proceso de búsquedas que tiene algunos ejes de debate: la aceptación o no de las veintiuna condiciones exigidas por la Internacional Comunista para admitirlos como miembros; la adopción o no de un programa mínimo (una plataforma reivindicativa de emergencia diríamos hoy) y la actitud hacia las cuestiones institucionales (participación en las elecciones, etc.), la cuestión de la organización sindical, el carácter de la revolución necesaria, las fuerzas motrices y las alianzas posibles.

    Sólo la intervención de la Internacional Comunista saldará los debates y ayudará a la instalación de un grupo dirigente; es el encabezado por Victorio Codovilla, Rodolfo y Orestes Ghioldi, Paulino González Alberdi que, más allá de los cargos formales, las incorporaciones y desplazamientos o los cambios de roles, mantendrían la dirección real del partido en sus manos hasta principios de la década del ’80: más de cincuenta años.  La participación de la Internacional se materializa en dos hechos: la carta enviada en 1925, previa al VIIº Congreso, en que se toma partido contra los chispistas1 de Juan Penelón decidiendo la disputa a favor del  grupo encabezado por Victorio Codovilla; y la designación del suizo Humbert Droz al frente del secretariado latinoamericano de la Internacional Comunista en 1928. Humbert Droz impone una visión sobre la revolución latinoamericana que es una mala copia de la estrategia diseñada para las colonias europeas en Asia y el lejano Oriente: frente con las burguesías nacionales para cumplir tareas de una revolución democrática burguesa desestimando el pensamiento de los lideres latinoamericanos como el cubano José Antonio Mella, el chileno Emilio Recabarren, el mismo Victorio Codovilla y especialmente a José Carlos Mariátegui que es, entre todos ellos, quien más lejos llega en pensar la revolución americana desde un marxismo creador, y con cabeza propia.  José Carlos Mariátegui pensaba que el socialismo tenía raíces propias en las tradiciones colectivistas de los Incas, que las burguesías nacionales habían nacido cipayas del Imperio y que la revolución necesaria era una revolución socialista que requería de partidos revolucionarios capaces de constituir alianzas populares, pero bajo su hegemonía, no la de proyectos populistas o democrático burgueses.  Bajo el nombre de Tesis antimperialistas mandó esas ideas a la Conferencia Comunista de Sud América de junio del ’28, pero sus propuestas fueron derrotadas.

    Hay un hilo conductor entre el VIII Congreso partidario de 1928 y la  Conferencia Comunista del Cono Sur de junio de 1929: allí se afirma una concepción de la revolución por etapas, en acuerdo con la burguesía nacional, con un proceso de acumulación de fuerzas pacífico, con tareas antiimperialistas y antilatifundistas que permitan completar lo que se estimaba era un desarrollo capitalista insuficiente (por el peso del latifundio)  y deformado (por la dependencia del imperialismo).  Y lo más grave, una tendencia a que el  pensamiento dogmático se convierta en hegemónico entre nosotros, tal como venía ocurriendo en el movimiento comunista internacional a la muerte de Lenin y la instalación de una nueva dirección estratégica encabezada por Stalin en el propio partido bolchevique que había conducido la Revolución Rusa y orientado la IIIº Internacional.  Un pensamiento dogmático que limitó al marxismo como herramienta teórica, debilitó la lucha revolucionaria y se convirtió en nuestro mayor lastre.

    4.5. Los gloriosos treinta

    A pesar de estas definiciones estratégicas, en lo táctico se abrió paso un enfoque de clase contra clase impulsada en esos años por la Internacional Comunista para todo el mundo, que fortalece la tendencia a la proletarización de los cuadros y permite lo que –acaso- haya sido el momento de mayor inserción de los comunistas argentinos en la clase obrera: los nombres de Rufino Gómez, petrolero de Comodoro Rivadavia y jefe de la huelga general de 1934 a pesar de que el gobierno del Territorio Nacional era Militar; de José Peter, trabajador de la carne que desde el Swift de Campana primero, y de Berisso después, construye la Federación Obrera de la Carne que organiza las heroicas huelgas de 1932, de Vicente Marishi, organizador de la huelga de los trabajadores de la madera de 1934, y sobre todo el de los líderes de la construcción que organizan las grandes huelgas de 1935 y 1936 y que ejemplificamos en  Pedro Chiaranti, Guido Fioravanti y los hermanos Rubens y Normando Iscaro; muestran de un modo incontrastable la penetración de los comunistas en la clase y la transformación del partido en la principal fuerza de izquierda entre los trabajadores y los pobres, pero resuelta de un modo tal que no podrían luego trasladar dicha representación social al plano de una política revolucionaria.

    La cultura del frente democrático nacional era ya un corsé rígido que impedía crecer a lo revolucionario que siempre habitó nuestro partido.  Explicar el surgimiento del peronismo como proyecto político hegemónico entre los trabajadores, a expensas en buena medida de los comunistas y otros sectores de izquierda, excede largamente la pretensión de estas breves notas.

    Solo quisiéramos decir que no alcanza con señalar que el golpe de 1943 desató una feroz represión contra los comunistas o que en el seno del GOU (la logia militar a la que pertenecía Juan Domingo Perón y que ejecuta el golpe) había simpatizantes del fascismo , que Perón elabora un plan de captación del movimiento sindical desde una nueva institución estatal, la Secretaría del Trabajo que discrimina las organizaciones conducidas por la izquierda y favorece a las que se subordinan al proyecto en gestación; también hay que decir que el Perón que asume la Presidencia es muy distinto al que comienza en la Secretaría de Trabajo, que los trabajadores no son una base de operaciones pasiva a la que se lleva de aquí para allá con demagogia y sobre todo que los comunistas pierden sus posiciones dirigentes en la clase superados por un proyecto político que se hace cargo de muchas de sus banderas de ampliación de los límites del capitalismo como se puede verificar comparando el pliego reivindicativo del Acto del 1º de Mayo de 1935, acto unitario de masas antifascista convocado por la C.G.T. con presencia de estudiantes y dirigentes políticos, y las medidas económica sociales del primer gobierno de Perón.

    La historia quiso que en el momento en que los comunistas consumaban su objetivo más buscado: la construcción del frente antifascista con la constitución de la Unión Democrática, los obreros y sectores populares que siempre habían sido la base social de ese proyecto, se encolumnaran detrás de otro que les prometía alcanzar mejoras sociales desde el poder del Estado.  A la distancia histórica, queda claro que no se trataba de votar a Perón o a la Unión Democrática, sino de crear una alternativa política propia que no quedara presa de la disputa de fracciones burguesas que expresaban uno u otro camino de desarrollo capitalista..

    Así, casi de un plumazo, sesenta años de esfuerzos y acumulación de cultura revolucionaria, se desplomaron y obligaron a los comunistas a empezar casi de nuevo.

    4.6. La larga acumulación de fuerzas

    El 29 de mayo de 1969, convocados por un llamado conjunto de las dos regionales de la C.G.T. de Córdoba (una de ellas dirigida por Agustín Tosco) los trabajadores, los estudiantes, las mujeres y los habitantes de las barriadas populares salen a la calle y toman la ciudad por algunas horas en una jornada que quedó en la historia con nombre propio: el Córdobazo.  De allí en más los azos se repetirían por toda la geografía nacional, y en creciente nivel de protagonismo.   A su influjo crecerían todos los proyectos políticos transformadores: el del peronismo revolucionario referenciado en Montoneros, el de la lucha armada del P.R.T./ E.R.P. , también el del Partido Comunista y muchos más, que de uno u otro modo, soñaban con lo que en aquellos años se simbolizaba en la juventud se une por la Patria Socialista.

    Pero el Córdobazo, como cualquier acontecimiento histórico, no se puede explicar por sí mismo sino por una conjunción de procesos que lo posibilitan.  Por un lado fue el resultado de un proceso de acumulación de fuerzas de los proyectos políticos revolucionarios, cuyo punto de partida mediato se puede ubicar en la Resistencia al golpe gorila de 1955, que transcurrió por los planes de lucha de la CGT. y las movilizaciones antimperialistas de comienzos de los ’60; que creció en las primeras luchas contra el Golpe del 28 de junio de 1966, el golpe de Onganía al que el Partido Comunista denunció como al servicio de los monopolios y convocó a derrotarlo con un argentinazo mientras buscaba el famoso frente democrático nacional con los sectoresprogresistas del radicalismo y el peronismo formando el Encuentro Nacional de los Argentinos (1971) cuyo lema El pueblo unido jamás será vencido, se convirtió en bandera de combate en toda América Latina..  Un proceso que se vio estimulado por la influencia que tuvieron en toda América Latina los sucesos habidos el 1º de enero de 1959 en Cuba y que se expresó nitidamente en los contenidos del XII Congreso del Partido Comunista Argentino realizado bajo la consinga de “la acción de las masas por la conquista del Poder” que mostró un partido recompuesto en sus fuerzas, sobre todo sindicales, pero también estudiantiles e intelectuales, que sin contar con un proyecto claro de poder, al menos había vuelto a poner la cuestión en el centro de sus debates.

    La entrada victoriosa de Fidel, Camilo y el Che a la ciudad de La Habana, dando inicio a la primera revolución socialista en el hemisferio occidental, rompía con una serie de verdades indiscutibles de la política latinoamericana empezando por aquella que decía que no se podía vencer al imperialismo tan cerca de la metrópoli y siguiendo por la que establecía que no se podía enfrentar un Ejército Regular hasta el momento  definitivo de la lucha por el poder. Y por eso, el Córdobazo, y lo que luego vino, es incomprensible si no se lo piensa como parte de un movimiento latinoamericano y mundial que tuvo en el Mayo Francés de 1968 y en la propia guerrilla del Che en Bolivia puntos de referencia indispensables.  Eran los años de la victoria de Vietnam sobre el imperialismo yanqui, cuando sus mismos dirigentes pensaban que estaban perdiendo la batalla por el futuro.

    Al influjo de esta oleada revolucionaria mundial, impulsada por la ampliación del sujeto social víctima del capitalismo dependiente y las dictaduras militares, aprovechando las grietas  que dejaba una política comunista que se mantenía fiel a aquella cultura política reformista del frente democrático nacional impuesta en el ’28, fueron surgiendo nuevas fuerzas de izquierda al interior del peronismo y al interior de la cultura marxista.

    La lista de organizaciones sería interminable por lo que hemos optado por simbolizarlas en dos: Montoneros y el P.R.T./E.R.P. por su desarrollo y el impacto de sus acciones en el escenario político, sobre todo luego del Córdobazo.  Gracias a ellas, una nueva generación de revolucionarios se incorporó a la lucha y,  junto –aunque no unidos- a las antiguas organizaciones de izquierda (empezando por el Partido Comunista) estuvieron a punto de alcanzar la victoria.  A punto, pero  no lo lograron.

    4.7. La estrategia del genocidio

    Igual que había hecho en 1912 con Roque Sáenz Peña, cuando la burguesía vio el ascenso de la lucha popular (y esta vez era por cambios revolucionarios), lo primero que hizo fue apelar al viejo truco de intentar asimilarlas por el camino electoral.  Así nació el Gran Acuerdo Nacional y el operativo de retorno de Perón (exiliado en la España de Franco por  más de quince años) que desembocó en las elecciones, aunque –igual que en 1916- con un ganador no querido por el poder.  Los comunistas primero resistieron la maniobra, pero luego intentaron vencer la legislación anticomunista incorporándose a la Alianza Popular Revolucionaria que encabezaba el Partido Intransigente de Oscar Alende obteniendo dos diputados nacionales. Las elecciones las ganó el peronismo más cercano a la izquierda, pero rápidamente la derecha recuperó la iniciativa.  El 20 de junio de 1973, día del retorno de Perón, se organizó una provocación gigantesca que terminó con decenas de muertos, y un clima de terror que luego siguió creciendo.  Aunque aferrados a su política de frente democrático nacional, los comunistas aportaron a todas las iniciativas de movilización popular pero sin contribuir decididamente al agrupamiento de la izquierda, que hubiera podido disputar la dirección del movimiento de otro modo. Acaso, la excepción haya sido la formación de la Coordinadora de Juventudes Políticas Argentinas que articulaba a buena parte de esa generación revolucionarizada (a excepción del P.R.T./E.R.P.) y que generó movilizaciones gigantescas como la de repudio al golpe chileno de Pinochet contra la Unidad  Popular de Salvador Allende en setiembre de 1973.

    El imperialismo, asustado por la pujanza de esa segunda oleada revolucionaria (la primera había sido la provocada por el triunfo de la Revolución Cubana en 1959) que se afirmaba en Sud América (el Chile de la Unidad Popular de Salvador Allende, el Uruguay de los Tupamaros y el Frente Amplio, y en nuestro propio país) organiza el terrorismo de Estado en escala continental y empieza a preparar una seguidilla de golpes de estado.   La dictadura surgida del golpe del 24 de marzo de 1976  puso en marcha un complejo proceso de transformaciones que superan en mucho el aspecto represivo conocido por sus 30.000 desaparecidos y sus centenares de miles de presos, perseguidos, exiliados, cesanteados de sus trabajos, etc..  También cambió integralmente el país mediante la mayor reestructuración capitalista jamás habida entre nosotros.  La democracia restringida que sufrimos, el proceso de concentración y extranjerización de la riqueza, la transformación cultural que antes que nada implicó la coptación para el sistema de dominación de casi todas las herramientas políticas y sociales creadas en más de cien años por nuestro pueblo empezando por el peronismo, el radicalismo, la F.U.A. y la C.G.T., tienen su momento fundacional en la dictadura militar de Videla y Cía.

    4.8. El viraje iniciado en el XVI Congreso

    En noviembre de 1986, en su XVI Congreso, el Partido Comunista dio comienzo al proceso de autocrítica y reformulación de su política que se conoce como el viraje del partido: un conjunto de cambios que –en su conjunto- llevaron a un cambio de estrategia, de concepción organizativa, de actitud hacia la teoría revolucionaria y hacia el compromiso militante personal.  Un Viraje imprescindible del reformismo a la revolución para recuperar la esencia fundacional de luchar por el poder, pero sobre todo para ser más eficaces en la lucha política, que lejos de hacerse más fácil y transparente, se hizo más compleja con el retorno de las instituciones constitucionales a pesar –o mejor dicho- gracias al discurso alfonsinista del supuesto tránsito a la democracia.

    La discusión comenzó por el análisis autocrítico de los errores cometidos en la caracterización de la Dictadura de Videla, errores de sobrevaloración de supuestas diferencias internas en el modo de reprimir al movimiento revolucionario, que limitaron la capitalización política del enorme esfuerzo militante desplegado en esos años por los comunistas, incluida la cuota de presos, perseguidos, asesinados y desaparecidos que pagamos.  A esos errores se les caracterizó como fruto de una desviación oportunista de derecha y para encontrar sus raíces nos decidimos a repensar otros períodos históricos (el 17 de Octubre del ‘45 y el surgimiento del peronismo, la ofensiva popular de los ‘70 y el rol de las otras fuerzas de izquierda, etc.) y de allí al modo de practicar el marxismo que habíamos tenido.  La decisión que posibilitó el viraje fue la de abandonar la cultura del frente democrático nacional, fruto y fuente del continuo reciclamiento del reformismo, labor en la que aún estamos empeñados, estrategia que se asentaba sobre una lectura errónea del desarrollo capitalista argentino (al que se lo veía como deformado por la penetración imperialista y atrasado por las rémoras latifundistas) lo que llevaba a dificultades en la comprensión del sujeto social de los cambios y del modo de concebir su articulación política..

    En este proceso fuimos reencontrándonos con el pensamiento del Che Guevara y con todas las fuerzas revolucionarias latinoamericanas y caribeñas que por entonces estaban en plena ofensiva en Nicaragua y El Salvador.  Con estos procesos nos comprometimos hasta el sacrificio de uno de los primeros mártires del viraje, el joven comunista Marcelo Feito, muerto en combate en Chalatenango, El Salvador, el 16 de setiembre de 1987.

    Con el Che comenzamos un dialogo creador que alumbró una larga serie de Seminarios latinoamericanos que nos ayudaron a comprender los nuevos tiempos y que en mucho contribuyeron al surgimiento de un nuevo modo de articulación de las fuerzas de izquierda y de centro izquierda en América Latina (hablamos del Foro de  San Pablo, del Foro Social de Porto Alegre, etc.).

    A pesar de todos los dolores que trae una mirada tan exigente como la que dimos a nuestra historia, el viraje nos permitió construir colectivamente un balance conceptual de cien años de lucha revolucionaria en la Argentina, y éste, a la convicción de que la tarea pendiente era crear una izquierda plural revolucionaria y  de masas, con la fuerza suficiente como para instalarse como una alternativa verdadera ante el poder.

    Y que para lograrlo era imprescindible superar la división de la izquierda concebida en toda su pluralidad de origen (marxista, nacionalista y cristiana) y de formas organizativas (organizada en partidos y en grupos y redes diversos) y plantar una estrategia de construcción de poder popular que permitiera la autonomía de las organizaciones populares en todos los terrenos de la lucha de clases, empezando por el de la política y llegando al de la confrontación abierta.

    Los veinte años del viraje confirman que no alcanza con resistir si no se crea alternativa política desde una estrategia de poder popular.

    Una y otra vez volvió a ocurrir como en la lucha contra la dictadura cuando, a  pesar de ser la izquierda la que más luchó fue Alfonsín el que acumuló en política; o como con las luchas contra la claudicación radical ante los genocidas y el F.M.I. que fueron  capitalizadas por el Pejota de  Menem. Y luego ocurrió que todo el combate antimenemista terminó en la alternancia de los iguales con nueva máscara: la Alianza de radicales y progresistas del Frepaso que ni siquiera pudo cumplir las tareas de salir del menemismo, en tanto versión particular del neoliberalismo fundamentalista y terminó en el estallido de diciembre de 2001 que puede leerse como el punto de llegada de las dos crisis principales que atraviesan la sociedad argentina: la crisis del capitalismo como formación económica social y modelo de dominación, una crisis de la convertibilidad y del bipartidismo que produjo una fisura en la hegemonía cultural de considerables dimensiones y nuestra propia crisis, la crisis de alternativa popular que arrastramos desde hace tiempo y que todavía no podemos resolver.

    Durante estos veinte años los comunistas nos esforzamos por construir alternativa política desde esta mirada del viraje: así nacieron el Frente del Pueblo, la primera Izquierda Unida (que es la que realiza nada menos que la Plaza del No al proyecto neoliberal de Menem, contra la Plaza del Si organizada por Neustad), el Frente Va, el Frente Amplio de Liberación, el Frente del Sur, el Frente Grande, la segunda Izquierda Unida, el Encuentro por la Soberanía y nuevamente el FRAL.  Se podrían decir muchas cosas sobre estos procesos de unidad: a) que confirman la coherencia y perseverancia de una fuerza política,  b) que dan cuenta de la débil inserción del proyecto de unidad en el movimiento popular y c) que tras la derrota estratégica de 1976, la izquierda argentina no logra superar las dos tentaciones que la han acompañado hasta aquí: el subordinarse a un proyecto ajeno, siempre con la ilusión de acumular bajo el paraguas de otro por un lado y el de autoproclamarse y asumirse como vanguardia popular descalificando a otros compañeros y tradiciones para caer en la trampa del Poder que siempre busca aislarnos y margirnarnos de los grandes procesos políticos.

    Ahora, que con la Revolución Bolivariana de Venezuela se ha vuelto a instalar el debate sobre el Socialismo del Siglo XXI, los comunistas hacemos más falta que nunca para darle encarnadura nacional a ese debate y hacer nuestro aporte a la construcción de una fuerza comprometida con el rumbo de la Revolución Latinoamericana y la superación de los males que el capitalismo genera para nuestro pueblo.  Noventa años después, el compromiso con el dolor y el sufrimiento, la esperanza en el cambio y la vida plena para todos, siguen siendo la razón fundamental de nuestra existencia


  • ¿Qué podemos decir los comunistas del setenta aniversario de la Liga?

    En primer lugar que estamos desafiados a seguir aportando a su despliegue, como lo hicimos desde aquel lejano diciembre del ´37 y sostuvimos por setenta años a pesar de los secuestros, los allanamientos, las desapariciones y asesinatos.

    Acaso en la figura de tres mártires comunistas comprometidos con la lucha por los derechos humanos y la Liga, se pueda visualizar la dimensión de esto: Guillermo Kehoe,  abogado y acusador de los asesinos de Ingalinella, en los ’60, Teresa Israel, abogada secuestrada por la dictadura y Fredy Rojas, joven militante asesinado por los esbirros de Bussi en 1987, en «democracia».

    Pero los comunistas, que siempre hemos compartido con compañeros de otras culturas políticas y tradiciones el sostén de la Liga, tenemos un desafío complementario.

    Estamos obligados a pensar un plus en la lucha por los derechos humanos y ese plus no es  otro que el de aportar a resolver la ausencia más dolorosa y costosa en el movimiento popular: la carencia de una alternativa política que permita la acumulación política de las luchas por la aparición con vida de Julio y contra la impunidad de todos los genocidas, contra todas las formas de la represión y la discriminación (digo, los asesinatos en la Cárcel del Chaco y los campesinos paraguayos presos en Marcos Paz, la tortura en sede policial y los miles de encausados judicialmente por lucha) que ahora podrían ser potenciadas por la Ley Antiterrorista.

    Se trata de proponernos pasar a otra etapa del movimiento y la lucha por los derechos humanos para que no sólo se cuestione uno u otro modo de expresión del capitalismo sino su continuidad como sistema de vida, tan naturalizado por las secuelas del Terrorismo de Estado como por el más formidable aparato propagandístico que hoy invade cada uno de los espacios sociales.

    Se trata de hacernos cargo de una de las mejores tradiciones de la Liga, la de buscar vincular la lucha democrática con la perspectiva revolucionaria.  En 1973, en una sesión del Consejo Directivo del que formaba parte, decía Agustín Tosco: «La Liga ha sido un faro de luz en la historia de nuestro país, en los momentos más oscuros, levantando la esperanza en la elevación de los compañeros; señalando la posibilidad concreta de defender los derechos humanos, las libertades públicas y democráticas, aún en los momentos más difíciles, aún en los momentos en que podría cernirse sobre el espíritu general del pueblo, un ánimo depresivo. Es el valor de una institución que honra la lucha por el respeto de los Derechos Humanos, por la Liberación Nacional y Social no sólo de la Argentina sino de Latinoamérica».

    ¿Y qué podría significar hoy ese «lucha por el respeto a los Derechos Humanos, por la Liberación Nacional y Social, no sólo de la Argentina sino de Latinoamérica?» En primer lugar un punto de vista distinto al tradicional en el movimiento: no se trata de pensar en la proyección política de cada una de las luchas puntuales, sino de pensar desde la política cada una de las luchas contra la impunidad y la violación de los derechos, se trata de una mirada que parta de la correlación de fuerzas real a nivel latinoamericano y nacional para aportar a transformarla desde la lucha misma por la vigencia de los derechos humanos.

    Se trata, creo, de distinguir correctamente el enemigo a enfrentar y sus estrategias de dominación para enfrentarlas, dificultarlas y derrotarlas en la medida de que la acumulación de fuerzas lo permita.

    Para los comunistas no está en discusión, de hecho no  lo estuvo jamás en nuestros casi noventa años de existencia como fuerza política, el compromiso con cada lucha contra todas las formas de represión y/o discriminación, sino el modo de practicar dicha conducta de modo tal que de cada lucha salga fortalecido el campo de los partidarios del cambio a dimensión latinoamericana y nacional, de que se vaya constituyendo una alternativa política que permita dar perspectiva de victoria a las luchas e impida que nuestra lucha sea aprovechada por el bloque de dominación (como viene ocurriendo desde la frustración del 2001 hasta las últimas elecciones presidenciales).

    Claro que no pensamos en soluciones autoreferenciales basadas en la descalificación de buena parte del espacio real disponible para la construcción de la alternativa, sino todo lo contrario del difícil trabajo de unidad, diferenciación y disputa con el vasto espacio que hoy se mueve en el terreno de los Derechos Humanos, cruzado por el impacto de las políticas gestuales de Memoria realizadas por el gobierno y las acciones de sumatoria al campo oficialista o cuasi oficialista.

    Se trata de trabajar con todos sin bajar ninguna bandera ni quedar enredado en las redes de la coptación, se trata de sostener cada lucha evitando el peligro de la auto marginación planteando correctamente las líneas de división poniendo de un lado a los genocidas y violadores de los derechos humanos y del otro a las víctimas de ayer y de hoy, a los que luchan por la Memoria la Verdad y la Justicia más allá de las distintas opiniones y aún del grado de penetración del discurso oficial entre ellos.

    Para ser claros: si cada lucha por los derechos humanos la planteamos como una lucha de oposición frontal y aún final contra el gobierno la correlación de fuerzas es una y muy desfavorable pero si en cada lucha nos proponemos diferenciar claramente entre los partidarios de los crimenes, la impunidad y el olvido y los que buscan la memoria y la justicia, la situación cambia a nuestro favor aunque aumenten las exigencias en el debate y en la disputa.

    Es una cuestión de fuerzas y es ahí donde volvemos al principio de toda política: la clave está en la fuerza que tenga la propuesta política que sostenemos junto con otros compañeros o para decirlo más claro: a los setenta años, la Liga hace falta, y hace falta contribuir a hacerla más fuerte, más nacional, más autonoma, dotada de más equipos de trabajo y con más trabajo de base, para sostener la disputa en un espacio que es mucho más amplio y más exigente.

    De las muchas maneras de homenajear su trayectoria y a quienes la sostuvieron en toda circunstancia, fortalecerla y dotarla de más iniciativa política es acaso la que nos  parece más coherente con sus perfiles más altos, aquellos que hacen innecesario aclarar de quien hablamos cuando decimos la Liga.


  • La muerte del prefecto Febres ha vuelto de poner de relieve el Poder de la Impunidad y la necesidad urgente de un debate nacional sobre los caminos para derrotarla.
    No hace falta insistir en que la falta de castigo no calma a las bestias sino que las anima y fortalece.  Allí está la desaparición forzada de Julio López como prueba incontrastable de adonde nos lleva la impunidad.
    Cómo se dijera en el fallo contra Echecolatz, recordando a su vez un fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, se trata de investigar en serio, para esclarecer los hechos, castigar los culpables y crear condiciones sociales para impedir su continuidad, no de una ficción de investigación y mucho menos de una ficción de Justicia que no logra condenar los culpables.  Ni siquiera al último eslabón de una cadena de complicidades que –conviene recordarlo en estos días- llega hasta el mismo Departamento de Estado de los Estados Unidos de América, inspirador, articulador y sostén del Plan Estratégico Continental que perpetró el Genocidio contra el pueblo de Nuestra América, tal como se ha logrado establecer en las investigaciones de la causa del Plan Cóndor.
    Las medidas a tomar se han ido consensuando: cárcel común para los genocidas, unificación de las causas por Centro Clandestino u Area Militar, medidas para proteger a los testigos e impedir su revictimización, presupuesto y personal idóneo y comprometido con la lucha contra la impunidad para que la investigación no dependa exclusivamente de los sobrevivientes y los organismos de derechos humanos, encuadre jurídico adecuado que de cuenta del Genocidio perpetrado y genere condiciones para juzgar a toda la cadena de responsabilidades, etc.  Con matices y debates, el camino a recorrer está más o menos claro, lo que no existe es la voluntad política de ejecutarlo.
    El gobierno nacional, que ha vuelto a proclamar su compromiso con la Justicia, tiene la responsabilidad de impulsar las medidas legislativas y administrativas para avanzar contra las redes que sostienen la Impunidad; y el movimiento social, las fuerzas políticas, la intelectualidad y centros académicos, los legisladores, etc. tienen el deber de construir un DEBATE NACIONAL que genere las condiciones sociales para que dicha voluntad política se haga realidad.
    Los organismos de derechos humanos deberíamos buscar la manera de golpear unidos contra la Impunidad e impulsar este debate social para que nadie quede exento de pronunciarse.


  • Setenta Años de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (L.A.D.H.) 20 de diciembre de 1937/20 de diciembre de 2007


    El gran ensayista argentino Ezequiel Martínez Estrada[1]reflexionando sobre su ingreso a la Liga en 1955, poco después del Golpe Gorila, escribió “Yo ingresé en la Liga en La Plata, una tarde, en una asamblea a la que concurrieron madres con sus hijos, ex presos torturados y vejados en las cárceles, abandonada la cría como si fuera de perros a la caridad de los vecinos. Yo ignoraba que ocurrieran esas cosas terribles en mi país. Éramos trescientos adultos llorando de vergüenza y de indignación por lo que hacían con nuestros hermanos pobres nuestros hermanos poderosos.  Entonces me levanté y dije que si había argentinos perseguidos y torturados, no necesitábamos averiguar más porque yo no era argentino como éstos sino argentinos como aquellos, no como los dueños de la Patria sino como los que fueron desterrados de ella. Y por eso estoy con el pueblo y no con los verdugos del pueblo”

    “Y por eso estoy con el pueblo y no con los verdugos del pueblo”

    Nacida el 20 de diciembre de 1937 en el salón de actos del mítico diario Crítica, heredera de una tradición de lucha democrática a la plebeya que se remonta a la Guerra por la Independencia y la gesta americanista de San Martín, Moreno, Monteagudo y Castelli, la Liga surge como continuidad directa de las luchas obreras y populares que desde 1902, fecha de la sanción de la nefasta ley de Residencia, la 4144, la ley represiva de mayor duración en la historia argentina (se prolongó hasta 1957, expulsando del país a cientos de luchadores que habían venido a nuestra tierra llamados por las agencias de inmigración) habían resistido con paros y acciones solidarias las persecuciones y castigos sufridos por todos los que no apoyaban el Orden impuesto desde Roca, a sangre y fuego.

    Conviene decir dos palabras sobre el contexto histórico en que nace la Liga: ya se había producido el golpe de estado del seis de setiembre de 1930, ya se había organizado la Sección Especial de Lucha contra el Comunismo en la Policía Federal, ya el hijo de Leopoldo Lugones había “inventado” la picana eléctrica y miles de obreros habían sido represaliados por las policías bravas y el propio Ejercito, ya habían nacido grupos parapoliciales con la Alianza Patriótica que actuó en la Semana Trágica de 1917 cuando en 1936 el diputado nacional Matías Sánchez Sorondo presenta un proyecto de Ley de Represión al Comunismo que fue resistido valiente y brillantemente por Don Lisandro de la Torre, fundador de la Democracia Progresista.

    Fue entonces que se agrupan los abogados que actúan en los juicios anti obreros y que se forma la Comisión Pro Amnistía Presos Políticos y Exiliados de América, antecedente directa de la reunión del 20 de diciembre de 1937 realizada en el Salón de Actos de Crítica que funda la Liga e inscribe en su acta de nacimiento nombres tales como el de Arturo Frondizi, Lisandro de la Torre, Deodoro Roca, Alcira de la Peña, Mario Bravo o Emilio Troise, todas personalidades que descollarían en el escenario de la política y la cultura nacional, no importa que alguno de ellos borrara con el codo lo que habían afirmado en su paso por la Liga.

    20 de diciembre de 1937, España republicana estaba librando su batalla contra el falangismo español y el fascismo internacional, la Liga nacería a la vida no solo defendiendo presos políticos, sindicales y sociales, sino organizando la solidaridad con la República, mientras combate, y con los refugiados y presos políticos, cuando Madrid cae y Franco se apodera del Poder.  Muchos años después, el gran poeta español Felipe Alberti, refugiado entre nosotros escribe un poema dedicado a la solidaridad de la Liga que hoy se puede leer en la pagina de inicio de la web de la liga: www.liga.org.ar

    Es desde esa perspectiva que en agosto de 1938, en los salones del viejo Consejo Deliberante, se realiza un Congreso contra el Racismo y el Antisemitismo, presidido por el Dr. Emilio Troise, evento fundamental si se trata de rastrear los orígenes de la lucha democrática y antifascista en la Argentina.  Solidaridad y antifascismo, dos características de la Liga que se pueden rastrear en toda su historia: solidaridad con la España Republicana, solidaridad con los pueblos sojuzgados por el fascismo y los que luchan contra él, solidaridad con el pueblo paraguayo que llegó a tener presos políticos por más de veinte años (nos referimos a Maidana y Rojas presos por más de veinte años, liberados para ser secuestrados y desaparecidos en Buenos Aires), con el pueblo de Puerto Rico y sus tres presos históricos: Pedro Albizu Campos, 20 años, Lolita Lebrón e Irving Flores, 36 años presos en Norteamérica; con Vietnam; con Uruguay y hasta con la Cuba de los 40 y los 50 (hay documentos solidarios con los presos del Moncada del 53).  En los últimos años esa conducta se tradujo en la defensa de todos los compañeros extranjeros amenazados de extradición por sus ideas políticas: Sergio Apablaza de Chile, Bertulazzi de Italia, el vasco Laríz Iriondo o los peruanos Mera Collazos y Silvia Díaz.

    Inspirada en la tradición de defensa de los principios constitucionales, la Liga tiene una larga lista de aportes jurídicos que se remontan a los realizados por Carlos Sánchez Viamonte y su lucha por el Habeas Corpus, pasan por el aporte de Eduardo Barcesat, Julio Viaggio, Alberto Pedroncini, Atilio Librandi Beinuz Szmukler David Baigún y Carlos Zamorano (entre los más destacados, y solo de Buenos Aires) a desmontar el aparato jurídico de la impunidad creado por la dictadura y llegan al accionar de nuestra compañera Guadalupe Godoy en el juicio a Echecolatz donde fue una de las profesionales que alegó por que se dictamine que los crímenes de lesa humanidad cometidos, lo fueron “en el marco de un genocidio”; esa conducta de nuestros abogados, “por eso estoy con el pueblo y no con sus verdugos” diría Ezequiel Martínez Estrada, sería duramente castigada por el Poder:   el Dr. Guillermo Kehoe, querellante en la causa Ingalinella, asesinado en su Rosario, el Dr. Néstor Martíns, el primer abogado desaparecido en 1970, los Dres. Baldomero Valera y Teresa Israel detenidos/desaparecidos bajo la dictadura del ´76 y el joven Freddy Rojas, militante de la Liga de Monteros (Tucumán),  asesinado en 1986 por los guardaespaldas del General Bussi, al comienzo de la carrera política del genocida dos veces gobernador, la primera bajo la dictadura militar y la segunda en “democracia” gracias a la impunidad  ininterrumpida.

    Si hay una tradición consecuente en la Liga es el de defender los presos políticos no importa el color de su camiseta, el tipo de proyecto político o de las acciones que pretenden ser castigadas por el Poder: miles y miles de militantes comunistas, peronistas, socialistas, anarquistas, troskistas, independientes han conocido de esta postura jurídica/política que es un verdadero principio ético, valgan dos ejemplos entre tantos: la defensa de los compañeros detenidos por la Gendarmería en Salta, sobrevivientes del destacamento guerrillero que pretendía organizar Jorge Masseti en Salta en 1964 o la de los compañeros del Movimiento Todos por la Patria detenidos luego del copamiento del Cuartel de La Tablada en enero de 1989.

    La historia de la Liga también se podría resumir en la historia de sus locales, el primero, sito en la calle Rodríguez Peña 69 e inaugurado en 1945 cuando todavía quedaban centenares de presos de los diez mil que pasaron por las cárceles de la dictadura militar instaurada en 1943, sufrió los siguientes atentados y ataques:  un atentado con explosivos en 1947, el allanamiento, robo de los archivos en 1949, la clausura en 1950 –que duraría hasta 1955-, en setiembre del 55 vuelven a destruir los archivos y sufriría nueva clausura en 1958 –bajo la presidencia del “liguista” Arturo Frondizi-; reabierta en 1963 es nuevamente clausurada en 1964.

    Dificil hablar de la historia de la Liga sin nombrar a quien fue su presidente por treinta años (nada menos que desde 1952 a 1982), Don Antonio Sofía, un hombre de principios y una valentía personal casi  temeraria, famoso por resistir los allanamientos de la Liga y varias veces preso político: la primera vez en 1930, por negarse a reconocer el Golpe Militar siendo oficial telegrafista en una comisaria y la última a los 76 años, al confiscar la dictadura el periodico de la Liga que él dirigía.

    Bajo la dictadura de Onganía-Levingston-Lanusse (1966/73) la Liga Argentina por los Derechos del Hombre impulsa dos acciones de unidad popular programática, de impulso a la creación de alternativa popular a la dictadura que resultarían trascendentes: la primera es el Tribunal Etico contra el Macartismo, realizado en Paraná en 1968 en respuesta a la sanción de la Ley 17.411 “de represión al comunismo” que criminalizaba el pensamiento crítico y la segunda es la constitución del Encuentro Nacional de los Argentinos, movimiento político plural que contó entre sus filas a muchos de los que por entonces lo hacían en la Liga: Agustín Tosco, Avelino Porto, etc.  Acaso la defensa del líder sindical cordobés, de la cual la Liga fue parte junto a otros sectores, simboliza el compromiso con las luchas populares de la época, que desembocarían en la retirada de la dictadura militar en el ’73.

    En 1973 se abre el local de la calle Esmeralda 77 de donde se incautarían la edición completa del periódico liguista en varias oportunidades bajo la dictadura y el robo de los archivos previo a la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (C.I.D.H.) en 1979.  En un folleto de reciente edición[2], “La lucha que reivindica la lucha” dedicado a los treinta años de la creación de la Comisión de Familiares y Detenidos por razones políticas se dice textualmente: Desde marzo de 1976, los familiares que nos conocíamos por nuestras gestiones ante los organismos oficiales, empezamos a reunirnos en el local de la LIGA ARGENTINA POR LOS DERECHOS DEL HOMBRE (L.A.D.H.) en Esmeralda 77…en setiembre de 1976 se constituye como organismo Familiares, en Capital Federal, al contar con un lugar de reunión permanente ofrecido por la LADH dentro del local que funcionaba…..

    Podría agregarse que igual función de verdadera promotora de nuevos organismos se cumple con la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, creada en 1975 con participación de importantes dirigentes de la Liga y el propio Movimiento Ecuménico por los Derechos del Hombre que también supo del aliento solidario de la Liga. Pretender resumir la actividad de la Liga en los años de la dictadura sería imposible en pocas páginas: cientos y miles de Habeas corpus presentados por sus abogados, miles y miles de pesos recolectados para la solidaridad con los familiares de las víctimas, un representante de la Liga en Madrid para sumarse a la labor de denuncia internacional contra la dictadura y reclamo de solidaridad con nuestro pueblo.

    En un cálculo provisorio, el Dr. Eduardo Barcesat, ex co presidente de la Liga, Profesor Titular Consulto de Teoría General y Filosofía del Derecho de la  U.B.A., cuenta en cerca de cinco mil los recursos de Habeas Corpus interpuestos por el equipo jurídico de la Liga en esos años, ya sea por un compañero a la vez o por un número grande de desaparecidos, los Habeas Corpus colectivos, de los cuales la Liga fue una de las precursoras como lo fue en la llamada “doctrina Zamorano” sobre los Habeas Corpus o en la impugnación de los fueros policiales (caso Ingalinella, 1955) o fueros militares (caso Floreal Avellaneda, 1984), o en el primer caso de una desaparecida (Inés Olleros) cuyo caso llegó a la O.E.A  Por entonces, a pesar de las consecuencias que se podían temer al regreso, los abogados y dirigentes de la Liga participan en innumerables seminarios y congresos en el extranjero denunciando los atropellos y planteando la solidaridad con la lucha realizada en el interior del país.

    Desde 1983 en adelante, la Liga fue una de las más firmes promotoras de la búsqueda de juicio y castigo a los culpables del genocidio y de lucha contra todas las formas de la impunidad, contra todas las impunidades y todas las violaciones de los derechos humanos, contra todas las formas de la discriminación y persecución a los diferentes y los que luchan por sus derechos.  Desde 1996 participamos activamente en el espacio Memoria, Verdad y Justicia, amplio espacio de unidad y articulación de los más diversos sectores que se ha encargado de organizar año a año, con autonomía del Estado y con un programa consensuado entre sus participantes, los actos de repudio al aniversario del golpe de estado de 1976.  El hecho que un abogado histórico de la Liga, el compañero Carlos Zamorano sea el autor directo del proyecto de Ley de anulación de las leyes de Olvido y Punto Final, promovido por el bloque nacional de Izquierda Unida y acompañado por un numeroso conjunto de diputados de toda extracción política no es una casualidad, es el resultado de una trayectoria consecuente que siempre buscó unir la militancia y la movilización social con la elaboración doctrinaria y la disputa jurídica.

    La realización del Seminario Nacional “Las sombras largas del genocidio” en la Manzana de las Luces, en octubre del presente año, da cuenta de un institución que no solo tiene historia y presente, que también promete ser parte del futuro que hoy construyen los pueblos de Nuestra América haciendo realidad los sueños libertarios de los fundadores de la Patria y los sueños revolucionarios de los treinta mil compañeros desaparecidos.

    Y también los de Julio López.


    [1]Su carrera literaria se inició entre 1918 y 1929, con la publicación de sus primeros seis libros de poemas. Luego en 1933 pasa al ensayo cuando publica «Radiografía de la Pampa».Fue profesor de literatura en el Colegio Nacional de la Universidad de La Plata (1924-1946), profesor en la Universidad Nacional del Sud y presidente de la Sociedad Argentina de Escritores por dos períodos (1942-1943 y 1944-1945). Le pertenecen los poemas Oro y piedra y Humoresca, las colecciones de cuentos La inundación; Tres cuentos sin amor; María Riquelme y Juan Florido, las piezas teatrales Títeres de pies ligeros y Tres dramas. Lo más profundo y permanente de su obra son los ensayos biográficos sobre Sarmiento y Balzac y sus personales interpretaciones de la realidad histórica y social argentina, que son muestra de la amplitud de sus conocimientos y de su interés por lo nacional: Radiografía de la pampa; La cabeza de Goliat, microscopía de Buenos Aires; Muerte y transfiguración del Martín Fierro y ¿Qué es esto?

    Su obra es insoslayable en el panorama literario argentino y Obtuvo en el país casi todos los premios que se le otorgan a los escritores de su talla.  Estrada es sin duda.. el más importante de los ensayistas argentinos del siglo XX.

    [2] Diciembre de 2006, editado por el Instituto Espacio para la Memoria. PAGINA 1


  • Entre actos electorales, más o menos truchos, y toda clase de discursos, museos y programas televisivos sobre las víctimas de la dictadura militar, la desaparición de Julio pareciera que cruza un límite imaginario pero no menos consistente  (el del año de ausencia forzada): Julio López es ya el desaparecido 30001 o el primero en la etapa de las democracias restringidas, las «democraduras» de las que hablaba Galeano en los `80 en polémica con el discursos «progre» del supuesto «transito a la democracia» en que nos encontraríamos. En su momento, con la pluma del «héroe moral» argentino Ernesto Sábato, redactor de su famoso prologo, el Nunca Más se instaló como una divisoria de aguas imbatible: hubo desaparecidos, torturas y niños robados, ya no los hay.  No importarían los torturados en sede policial ni siquiera las víctimas del gatillo fácil, ni los ejecutados en medio de movilizaciones sociales, ni los nuevos presos políticos. Para los medios, buena parte de la sociedad y un sector de los organismos de derechos humanos se trataba de excesos o hechos excepcionales que no cuestionaban el NuncaMás transformado en icono de los nuevos tiempos democráticos.  Si uno acercara el foco al periodo histórico en análisis vería un movimiento ondulatorio: la ilusión en la fortaleza del NuncaMás se acrecienta con el triunfo de los políticos progresistas, léase Alfonsín, De La Rúa y Kirchner, tanto como se debilita al final de sus mandatos pero nunca la ilusión en la vigencia de los derechos humanos y la vuelta de página de la «historia de violencia» había sido tan grande como en el actual gobierno que fogoneó (y/o se aupó) en la anulación de las leyes de impunidad, el cambio de la Corte Suprema, el desalojo de la Marina de la Esma, la reapertura –cierto que modesta- de los juicios contra los genocidas y un cierto reconocimiento público hacia las víctimas del terrorismo de Estado.  Por eso el secuestro de López golpeó tan fuerte y amplió la brecha que separa a los militantes de derechos humanos, aún dentro de las mismas organizaciones, entre quienes asumen que el secuestro de López, tanto como luego fue el asesinato de Fuentealba, revelan la persistencia de un aparato represivo que actúa en los dos bordes de la institucionalidad, protegido por los núcleos duros del Poder y amparado en una cultura represiva y macartista, hoy «antiterrorista», que les genera un amplio espacio de acción, todo lo cual pone en cuestión el NuncaMás y quienes se aferran patéticamente a la identificación entre dictadura y violación de derechos humanos (tal como hacen entre menemismo y neoliberalismo) para fingir que López y Fuentealba son hechos «excepcionales» producto de grupos minoritarios o gobernadores de tierras lejanas.  Si el NuncaMás de Sábato y Alfonsín pretendía trazar una línea divisoria, lo hacía a partir de una operación ideológica previa: la mutilación del concepto de derechos humanos de su  perspectiva económica/social/cultural; es decir, desde un reducccionismo netamente liberal que solo acepta como derechos a los individuales.  En la versión kirchnerista, que produjo un nuevo prologo al NuncaMás de la mano del Dr. Eduardo Luis Duhalde, la operación consiste en trazar una raya entre el pasado y el presente creyendo (?) que las palabras y los gestos espantarían los espectros del Terror.  Pero éstos han resistido todos los conjuros y rogativas y siguen aquí, están entre nosotros tanto como los represores impunes, los policías golpeadores, la Ley Antiterrorista, los jueces que avalan la tortura y la estrategia de los genocidas de morir sin condena alargando al infinito los tiempos de la Justicia. Y si todo esto es así deberíamos recordar aquella advertencia Sandinista de los ’80: «quien quiera democracia en América Latina, debe luchar contra la dependencia y el imperialismo»  que hoy se podría traducir como que es incompatible el pago de la deuda externa y las superganancias de las trasnacionales con el discurso pseudo setentista de Néstor y Cristina. Y todavía deberíamos decir algo sobre la banalización del NuncaMás y la izquierda. ¿De qué modo afecta a nuestro discurso la desaparición de López?. Porque nos afecta, aunque algunos crean que todo puede seguir igual. A modo de apuntes para un debate en forma (que no pretendo hacer en estas líneas) aporto las siguientes ideas: a) las democracias representativas no garantizan el NuncaMás ni son democracias verdaderas; b) al interior del bloque de poder existen diversos proyectos y estrategias, una de las cuales sueña con el retorno a las dictaduras y el Terror explícito, más allá de las bondades del sistema vigente desde el ´83, contra ellos corresponde sumar todas las fuerzas posibles; c)  la lucha política no puede privarse de la disputa electoral, en tanto es hoy el escenario impuesto por el Poder y aceptado por la sociedad, pero no  puede limitarse a él, sin construcción de Poder Popular concebido como autonomía (distancia del Poder, capacidad de auto organización y de confrontación, combate a la cultura represora y dominante) la democracia seguirá siendo una ficción, pero una ficción que será visualizada como real por lo más y d) la lucha por los derechos humanos para ser tal deberá ser por el Juicio y Castigo y la memoria histórica tanto como contra las violaciones cotidianas, y sobre todo deberá dejar de ser patrimonio de especialistas, personalidades u organismos especializados y deberá ser patrimonio del conjunto del movimiento popular, tal como ahora debiera ser la lucha por la aparición con vida de Julio López.


  • El crimen fue en Tucumán.

    En Tafí Viejo puntualmente y la historia merecería que todos los que proclaman su compromiso con la democracia (cualesquiera fuera la concepción que tengan de ella) rindan en estos días el homenaje que se merece aquel joven tucumano asesinado por los esbirros de Bussi en los inicios de su campaña política, aprovechándose de la impunidad regalada por Alfonsín y el Pejota, que lo llevaría a la segunda gobernación de la provincia (la primera había sido con mandato militar y en pleno apogeo del baño de sangre dictatorial) y al momento de mayor bochorno para la “democracia” argentina: la legitimación de un genocida como gobernante “democrático”.

    Hace un tiempo, y en Tucumán, su amigo Juanjo, me contó detalles de la historia.  Fredy era un militante de la Juventud Radical y se había relacionado con la Fede por la común participación en la Coordinadora de Juventudes Políticas.  Por entonces Juanjo era de la Fede y lograron un acuerdo conceptual sobre el tema de la deuda externa que Fredy se comprometió a llevar a debate al seno de su organización, cosa que hizo en la primera oportunidad que tuvo con la sorpresa de recibir la justificación típica de la “izquierda radical”: es justo lo que dices, pero no se puede dejar de pagar la deuda porque….Allí Fredy conoció en carne propia donde podía llevar el posibilismo alfonsinista, entonces la “máxima creación intelectual” de los que decían entender los cambios habidos en la Argentina y el mundo.

    Pero no lo convencieron, no lo quebraron, no lo corrompieron.  Fredy decidió que la lucha debía continuar en otro espacio y aceptó la invitación de incorporarse primero a la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y luego a la Federación Juvenil Comunista.  Y fue entonces, casi justo en esos mismos días, que llegó la noticia a Tafí Viejo de que Bussi llegaría con su campaña electoral hasta la ciudad ferroviaria por excelencia, donde estaban los talleres y donde la tradición de izquierda venía de lejos.

    Y fue él,  precisamente él quien se rebeló contra el posibilismo de los que decían que no se puede impedir que el fascista General actúe en política y quien más huevo puso en organizar la marcha de las Juventudes Políticas de repudio al fascismo. Y allí fueron los jóvenes comunistas, los de la Liga, los de la Coordinadora, y con ellos Fredy.

    Cuentan que el padre de Fredy, asustado por los peligros de la confrontación previsible, se acercó a la marcha y le pidió que salga de la columna a lo que Fredy respondió que nunca había estado en el lugar tan adecuado y que no saldría de allí.  El resto de la historia es conocida: la columna se acercó adonde se montaba la escena para el General, confrontó como pudo y en un momento los matones dispararon contra ella, hiriendo a  tres compañeros.

    Dos se salvaron, pero Fredy agonizó en un sanatorio tucumano hasta noviembre. Como parte de la acción solidaria y de la lucha por enjuiciar los asesinos, la Liga Argentina por los Derechos Humanos encomendó al Dr. Carlos Zamorano, tucumano, ex preso político y radicado en Buenos Aires, que viajara a Tucumán a colaborar con las acciones judiciales y políticas, misión que Zamorano cumplió, como era de esperar.  Fue al sálir de visitar a Fredy en el Sanatorio que el comentario fue inesperado: que hermoso joven, fue lo único que pudo decir. Hermoso por sus facciones tan armónicas, hermoso por lo valiente, hermoso por lo heroico en el sentido que Julius Fucick le daba al término en su “Reportaje al pie del patíbulo”: héroes son los que hacen lo que hay que hacer, en beneficio de la humanidad, no importa la situación ni los peligros.

    Hacer lo que hay que hacer.  ¿Y por qué cayó sobre los hombros de un joven comunista el hacer lo que se debía, es decir, salir a enfrentar al fascismo?

    Porque los que tenían los medios para hacerlo sin peligro, los que contaban con la mayoría en el Congreso Nacional y la Legislatura Provincial, los que ejercían la Presidencia de la Nación y la Gobernación de la Provincia no lo hicieron. Conciliaron con el fascismo como habían hecho en 1975 cuando aparecieron los de la Triple A y ellos ordenaron el Operativo Independencia (cuando firmaron los decretos de “aniquilamiento de la subversión”), como hicieron el 24 de marzo y cada vez que se tuvieron que enfrentar de verdad con el núcleo duro del Poder y su referencia imperial. Ahora, que el bussismo parece terminado, reemplazado casi totalmente por una variante del kirchnerismo, la de Alperovich, conviene recordar que los que ahora lo heredan fueron cómplices de su ascenso, como la rigurosa impunidad que protege a los asesinos de Fredy lo confirma.

    Si la claudicación de Semana Santa pareciera ser el símbolo más contundentes de la defección democrática del progresismo, la muerte de Fredy en combate contra el fascismo en proceso de legitimación democrática debiera ser uno de los signos más poderosos de una identidad que ha hecho de la defensa de la democracia uno de sus valores fundantes.

    Una democracia que se despliegue en las calles y se haga realidad en el protagonismo popular lejos de la miseria del clientelismo y las componendas con el Poder maquilladas mediaticamente.

    Exactamente cómo lo soñaba Fredy aquel día de agosto tucumano, hace ya veinte años


  • Murió impune Nicolás Correa,un represor que actuóen La Cuarta y el circuito santafesino.

    En una tarde de finales de noviembre de 1976, un grupo de tareas secuestró a una maestra, originaria del norte santafesino, del Centro Clandestino de Detención que funcionaba en la seccional Cuarta de la Policía Provincial, en la esquina de Bv. Zavalla y Tucumán de la capital santafesina. La compañera continúa desaparecida.    Yo estaba allí desde el 12 de octubre y había tratado, junto al resto de los compañeros detenidos, de socorrerla cada vez que se desmayaba por el efecto del hambre en una persona con diabetes, pero no sabía entonces ni su nombre ni el del jefe del grupo de tareas que periódicamente penetraba en las celdas del CCD y se llevaba compañeros para la tortura en el mismo centro o en La Casita.

    Fue luego de la detención del ex Juez Brusa (Víctor Brusa llegó a ser Juez Federal de Santa Fe a pesar de haber sido denunciado por su compromiso con el Terrorismo de Estado, al menos desde 1984), el Curro Ramos y el «Tío» Nicolás Correa que pude identificar a la compañera desaparecida como Alicia López Rodriguez de Garraham y al represor como el nombrado Correa que fuera acusado por muchos sobrevivientes, acusaciones que fueran dada por probadas en primera instancia tanto en el Auto de Procesamiento emitido por el Juez Rodriguez (hoy apartado de la causa)   el 17 de febrero de 2005 como por la Cámara Federal de Rosario (más conocida como la maquina de salvar represores) el 29 de diciembre de 2005.

    A pesar de haber denunciado la desaparición de Alicia en todas las instancias posibles: la Audiencia Nacional Número Cinco de Madrid, el Consejo de la Magistratura que destituyó a Brusa y en la propia Causa Penal donde se denunció y encarceló a Correa, jamás logramos que se diera identidad al secuestro de Alicia, siendo las acusaciones judiciales sólo de   privación ilegitima de libertad agravada, vejaciones, apremios ilegales coacción y tormentos.  La acusación de asociación ilícita fue desestimada por razones formales, razones que terminaron apartando al Juez Rodríguez de la Causa.   Correa fue acusado de torturar al menos a Anatilde Bugna, Ana María Cámara, Stella Maris Vallejo, Jorge Pedraza, Orlando Barquin, Eduardo Almada y Mariano Millán, pero no de la desaparición forzada de Alicia..

    Pues bien, Nicolás Correa, militar, miembro primero del Servicio de Inteligencia del Ejercito y luego, ya retirado, de la SIDE, acaba de fallecer sin condena.   Como se lo propuso al adoptar, junto al resto de los represores y con la ayuda del Poder Judicial, la estrategia de estirar y estirar los tiempos judiciales para obtener el mismo resultado que logró Pinochet en Chile y tantos otros en la Argentina: ya que no se puede evitar que se inicien los Juicios, que no haya ni juicio ni castigo.

    Correa secuestró a Alicia en noviembre de 1976, fue acusado formalmente de graves delitos de lesa humanidad en febrero de 2005 por medio de un auto de procesamiento que fue ratificado (al menos en la parte sustancial que tocaba a Correa) en diciembre de dicho año y murió sin juicio ni condena en agosto de 2007.

    ¿Se entiende entonces de que hablamos cuando pedimos aceleración de los juicios con una doctrina adecuada que no trate ni a los represores ni a los delitos como actos individuales, sino como lo que fueron, acciones componentes de un Plan Sistemático de Exterminio, que determinó un Genocidio, y que sigue impune como la muerte del miserable Nicolás Correa lo confirma.? ¿Se podrá entender la extraña sensación de genuina alegría por la muerte de una rata junto con la sana preocupación por el futuro de la causa y para que no muera un solo represor más sin juicio ni castigo?

    Por mi parte solo puedo pensar en Alicia, en la imagen de su cuerpo cayendo desmayado en el pasillo que iba de la «tumba» al baño, ese que estaba al lado de la cocina, frente al patio de la Cuarta, justo en el lugar donde en una celda pelada, comenzaba mi recorrido por el circuito de la Cuarta, La Guardia, Coronda: recorrido que no olvidamos ni perdonamos y ni la muerte de una rata nos hará ceder en la demanda de justicia para Alicia y para todos.


  • Publicado en Propuesta en julio de 2007

    “Considerando: 1º Que la presente causa se ha iniciado por la presentación efectuada en forma conjunta por Sara de Castiñeiras, Iris Pereyra de Avellaneda, Floreal Avellaneda, Juan Manuel Castiñeiras y Ana María Astudillo, juntamente con sus representantes letrados y Alicia Palmero, en representación de la Liga Argentina por los Derechos Humanos1, quienes solicitaron la declaración de la inconstitucionalidad del decreto 1002/89, mediante el cual el Poder Ejecutivo Nacional indultó entre otros, a Santiago Omar Riveros, por los hechos a él imputados en la ex causa 85 de la Cámara Federal de Apelaciones de San Martín (fs. 1/6)….” Así comienza el fallo con el que la Corte Suprema de Justicia anuló el indulto presidencial a uno de los máximos responsables del Genocio cometido en la Argentina, el General Omar Riveros, quien estuvo al frente de Institutos Militares y por ello de Campo Mayo, asiento de uno de los mayores centros de exterminio bajo la dictadura.  Llamativamente, ¿o no?, ningún medio gráfico, ninguno de los numerosos análisis realizados en estas horas, han destacado el parrafo precedente que da cuenta de algo que se pretende ocultar: el fallo es una conquista del movimiento de derechos humanos, del movimiento popular en general y de las organizaciones que puntualmente lo promovieron, la Asociación de Ex Detenidos y Desaparecidos por razones políticas y la Liga Argentina por los Derechos del Hombre.  Es uno de los resultados de una larga lucha caracterizada por la consecuencia y la perseverencia; una lucha construida desde definiciones teóricas y filosoficas contudentes que hoy día pueden parecer cuasi normales pero que en su momento (no casualmente los indultos se dictaron en el fatídico año de 1989, en las visperas de la larga decada de los ’90) eran objeto de burlas e ironías como las que se proporcionan a los desvariados y los que no pueden reconocer la realidad en nombre de un posibilismo y un realismo que hoy pretende adueñarse de nuestra lucha para consolidar nuevos mitos posibilistas.

    Empecemos por el principio, los indultos de Menem fueron la culminación de una estrategia de impunidad iniciada en el momento mismo del acto represivo, y por eso los falcon sin chapa, y  por eso las capuchas, y por eso los centros clandestinos, y por eso la negación de Justicia que realizaban todos los que rechazaban Habeas Corpus, y por eso los desaparecidos, y por eso……  Cuando los milicos comprendieron que el tiempo infinito prometido se acababa aceleradamente después de Malvinas, se autoamnistiaron y procuraron hacer desaparecer la mayor parte de la prueba sobre los desaparecidos. Luego vino Alfonsín con su ficción de justicia (sólo los Jefes y por algunos casos) y su traición desembozada cuando la marea de la lucha popular amenazaba romper los límites acordados con los represores y el Poder real. Es en esa perspectiva de continuidad cívico militar de impunidad: desaparecidos, autoamnistía, Felices Pascuas, Indultos, que se ubican los decretos hoy anulados.  Y otra línea de continuidad: resistencia en los centros de tortura y detención, organización de la lucha por la aparición con vida y la Libertad, los habeas corpus, las solicitadas, las Madres en la Plaza, las marchas contra la impunidad, la negativa a la resignación, la búsqueda de caminos políticos, legislativos y jurídicos con toda creatividad y audacia, es la que debe considerarse al analizarse el resultado de hoy, incluido por supuesto el Diciembre Popular de 2001 y el descalabro en que entró el ideario neoliberal y su sistema de dominación que provocó en su rearticulación una nueva composición de la Corte Suprema y un cambio notorio en el lenguaje y la doctrina jurídica aceptada como “normal” que sostiene la anulación: no hay razón jurídica alguna que justifique la violación de los Pactos y los Tratados Internacionales que condenan los crimenes de lesa humanidad cuyo castigo deberá priviligiarse por encima de otros valores. Celebramos el fallo, celebramos la lógica que se aplica y “sólo” pedimos que se aplique rigurosamente y de una manera universal, para todos los genocidas, para todas las violaciones de los derechos humanos.

    Con una audacia intelectual que bien podría utilizar para reformar las FF.AA. la ministra Nilda Garré ha afirmado que con este acto se terminó con el último resquicio de la impunidad en la Argentina; por su parte una caterva de dolidos derechistas que van de Menem hasta López Murphy claman por la seguridad jurídica amenazada por la modificación de una anterior proclama de la Corte legitimando los indultos.  Entre estas dos posiciones deberemos construir nuestro discurso y nuestra práctica de lucha contra todas las formas vigentes de la impunidad (el 99% de los genocidas libres, como para comenzar;  el hambre de los chicos en el país de las vacas, como para bajar a tierra los discursos) afirmados en una convicción que surge de esta larga batalla ganada: no hay política más exitosa que la de la ética y la coherencia, si la mantenemos con dignidad y humildad por el tiempo necesario, si sabemos juntar tras un objetivo a todo lo que se puede unir en pro de una lucha. Se podrá decir, en disenso con mis enfoques, que sólo se trata de un represor que ni siquiera estaba condenado y al cual dificilmente se lo encierre alguna vez en cárcel común; puede ser pero es que no estamos hablando de Riveros, ni siquiera de Videla y los otros.  Estamos hablando de símbolos y de gestos. Del valor que tiene para las grandes masas el Derecho (que crea verdad con sus fallos, dice Foucault) y así lo perciben los revolucionarios de América que han celebrado el fallo como victoria propia y así lo lamenta la derecha de todo pelaje que sabe que una victoria prepara la siguiente, aunque entre una y otra pasen años y años.  Es que ellos, por mero ejemplo, conocen bien a una de las personas que pidió la anulación del Indulto, ellos saben bien que no pudieron quebrar a Iris Avellaneda ni con la tortura de su hijo, que la sufrieron en el Juicio a la Junta y la vieron caminar por más de treinta años junto a Floreal y todos los otros. Ellos saben que gente como Iris no se sentarán a leer el fallo al lado del camino, sino que seguirán hasta el final. Hasta que vayan todos presos y el sueño de los nuestros se haga tan real como la anulación del indulto.