“Por estos muertos, nuestros muertos pido castigo…”


Publicado en Propuestas en enero de 2008
¿Cómo se cuenta la historia de un partido político? Cierto que de muchas maneras, y que de todas ellas –Gramsci dixit- la mejor es aquella que da cuenta de su papel en la lucha de clases. Es decir, no tanto de los debates que hubo a su interior, ni siquiera de las instancias organizativas trascendentales (los congresos, por ejemplo), sino lo que efectiva, prácticamente, sus militantes actuaron. Aquello que decían en las asambleas obreras y estudiantiles, lo que hacían en los piquetes huelguísticos o en las marchas y enfrentamientos con las fuerzas represivas. Porque si vamos a pensar en la historia de los comunistas, hay que pensar inevitablemente en una historia de confrontaciones con el Poder. Con un Poder que se constituyó a lo largo de tres genocidios (el que perpetraron los españoles contra los pueblos originarios, el que perpetró la Triple Alianza contra los Guaraníes destruyendo Paraguay y el conocido como Terrorismo de Estado de los ’70). que construyó la cultura dominante (esa que siempre es la de los que dominan en la sociedad, como nos enseñó Marx) desde una lógica descalificatoria del otro que empezó con el racismo, siguió con la xenofobia y el racismo y alcanzó el paroxismo con el anticomunismo, verdadera ideología justificatoria de todas las leyes represivas, de todas las fuerzas especiales y de todas las prácticas represivas, al menos desde que en 1902 sancionaron la Ley 4122 para expulsar extranjeros indeseables por “comunistas libertarios”.

Para decirlo de una vez, la historia de los comunistas argentinos es la historia de gente que no solo puso ideas y sentimientos, también puso (y pone) el cuerpo. La voz de Miguel Contreras en la Reforma Universitaria, el pellejo del Gallego Soto y de Albino Arguelles en la Patagonia Rebelde, las manos de Guido Fioravanti y los hermanos Iscaro en las huelgas de la construcción, la tonada cordobesa de Rufino Gómez en la huelga petrolera de Comodoro Rivadavia, los huesos de Arnedo Alvarez en el Penal de Tierra del Fuego. Y la sangre. La sangre del Negrito Avellaneda y la de Inés Ollero. La de Néstor Méndez y la de Marcelo Feito. La de Juan Ingalinella y la de Freddy Rojas.

Sangre. Si algo hemos puesto los comunistas en la historia de la lucha de clases en la Argentina es sangre. Y no sólo la sangre de nuestros mártires, de los aquí nombramos y de los que todavía tenemos que recuperar sus nombres y sus señas. No sólo sangre de los mártires. También de los miles y miles que pasaron por la Sección Especial o por la Cárcel y que salieron y siguieron luchando sin desmayar. De los que conocieron la humillación y el terror indescriptible de la electricidad atravesando la carne y apretando las vísceras. Ahí, en ese punto exacto donde sólo están el torturador y el compañero. Allí donde los comunistas sostuvieron una conducta que llegó a mito. “Con los comunistas no se puede” protesta el torturador ante la tenacidad invencible de Iris Avellaneda. Y hasta el Comandante Guevara, en su crítica más profunda y acaso más deformada, lo reconoce: “los comunistas argentinos, que son capaces de morir sin decir palabra en la mesa de torturas, no están dispuestos a asaltar un nido de ametralladoras”, que obviamente no era una crítica ética sino política, con debates entre revolucionarios sobre el lugar de la violencia en el proceso de acumulación de fuerzas y muchas cosas más. Pero no en el sentido descalificatorio, desde el punto de vista etico, que le han querido asignar.

Y de ética es que queremos hablar en estas líneas. No hemos hecho nunca culto a la muerte ni al heroísmo individual. Más bien, todo lo contrario, educados en una tradición revolucionaria perseguida y reprimida, por años hemos disimulado los sufrimientos y persecuciones, convencidos que eso era “normal”. Bien lo había dicho Louise Michel, la heroína de la Comuna Parisina de 1871, “Ya que, según parece, todo corazón que bate por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, exijo mi parte!.”. Y así actuamos por años. Por noventa años, digamos.

Sin embargo, no es esa la percepción que tiene una parte del movimiento popular. Conviene hablar de frente de estas cuestiones. Y para ser serios, conviene remontarnos al fundador de la ciencia política moderna occidental, a Nicolás Maquiavelo (1496/1527) quien al escribir su obra cumbre “El Principe” dice que lo hace porque ya es hora de separar la “ética” de la “eficacia”. Separar la ética de la eficacia política, del efecto real que las acciones humanas tienen sobre los hombres era imprescindible para limitar la influencia de la Iglesia (la ética) de la política (el Príncipe). Digamos nosotros, sobre la lucha de clases, sobre la historia. Y dicha distinción sigue siendo imprescindible, en primer lugar al medir la conducta de los comunistas y todos los revolucionarios, dado que una cosa es realizar acciones de baja eficacia política o incluso cometer serios errores políticos y otra muy distinta es fallar en cuestiones de ética, de moral revolucionaria.

Y no es un secreto para nadie que los comunistas argentinos (como el resto de la izquierda marxista y nacionalista) hemos cometido errores, muchos errores. Y algunos graves. Y los comunistas lo hemos discutido de frente, y no sólo en el XVI Congreso, antes (por ejemplo en el XI que discutió el ´45) y después (recientemente en el XXIII Congreso discutimos la frustración del 2001). Y buscamos las causas teóricas y las razones históricas de aquellos errores. Y tratamos de superarlos, y en ese proceso volvimos a cometer errores. Como es natural, aunque no fatal.

Pero sobre esos errores y sobre nuestro debate para superarlos se ha montado una monstruosa operación política cultural que ha pretendido ponernos del lado de los represores y de los golpistas del ´55 y sobre todo de los del ´76,; lo que de ser cierto no constituiría un error de eficacia política sino de ética y eso si que sería muy grave. Pues bien, es falso de toda falsedad. Los errores que cometimos mellaron nuestra eficacia política pero no afectaron nuestra coherencia ética como fuerza. No se trata sólo de esgrimir la sangre derramada. Se trata de pensar en que condiciones, en aplicación de qué política colectivamente resuelta fueron apresados y victimizados esos compañeros.

Nombremos sólo algunos: Alberto Cafaratti, asesinado por el III Cuerpo mientras se esforzaba por hacer funcionar la dirección clandestina del sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba tras la muerte de Tosco; Víctor Vázquez, secuestrado mientras organizaba una huelga ferroviaria; Inés Ollero, desaparecida porque le encontraron periódicos de la Fede, semiclandestinos, en un colectivo urbano; Teresa Israel, abogada de la Ladh desaparecida por defender presos políticos; Carlos Banylis, asesinado por la Triple A para destruir la Comisión Interna de la empresa del Transporte donde trabajaba; Angel Elvio Bell, desaparecido por organizar la solidaridad con los presos políticos nada menos que en Trelew…

Es más los comunistas no aportamos ni un solo funcionario público, ni un solo diplomático a la dictadura militar, y ningún comunista se pasó de bando y reprimió compañeros. Cierto que los errores de apreciación sobre la dictadura no fueron pequeños, pero convendría reconocer que los primeros perjudicados fuimos nosotros mismos que no pudimos recoger la acumulación política que el esfuerzo y la constancia puesta permitían avizorar al final de la dictadura. Y que estamos dispuestos a discutir constructivamente con todos sobre las razones de las reiteradas frustraciones del movimiento popular argentino, no sólo sobre la del periodo 1973/1976, también sobre la frustración del ´43, sobre el golpe gorila del ´55, sobre las expectativas hacia Frondizi en el 58´, y en primer lugar sobre la frustración del 2001 que es la que hoy sufrimos cotidianamente.

Pero no desde la lógica destructiva de buscar culpables o acusar de traiciones u otros pecados a uno u otro sector de la izquierda. Hace tiempo que planteamos como urgente la necesidad de superar el horizonte de la moral judeo cristiana, y su carga de culpa, para la izquierda argentina. Y por eso es que hablamos francamente de estos temas, para superar la culpa que han querido que carguemos los comunistas. Culpa por el ´45 y por el ´55, culpa por el golpe del ´76 y aún culpa por nuestros mártires, a los que no pocas veces se los mutila, borrándoles su identidad comunista. Que no es más que la de nadie, pero tampoco menos. Por nuestros muertos no damos explicaciones culposas, exigimos castigo, exigimos reconocimiento del campo popular y hasta hemos reclamado (con éxito diferente) el derecho de querellar ante la Justicia con un argumento que es rigurosamente cierto: cuando fueron apresados por las fuerzas estatales represivas, hicimos todo lo posible para liberarlos, y de hecho, más de cuatroscientos compañeros secuestrados fueron recuperados, luego bregamos tenazmente para que haya justicia para ellos y ahora, en las nuevas condiciones latinoamericanas y nacionales, reclamamos lo que Pablo Neruda nos enseño hace tantos años: por estos muertos, nuestros muertos, pedimos castigo!!

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