• Jornada de Reflexión en la Manzana de las Luces

    Organizada por el Instituto Espacio para la Memoria, se llevó a cabo el pasado lunes 5 de octubre en la Manzana de las Luces, un Seminario sobre “Terrorismo de Estado y Universidad”. La actividad que contó con una nutrida presencia de militantes de organismos de DDHH, estudiantes, personalidades de la cultura y la política y público en general sirvió como excusa para discutir las visiones oficiales y oficiosas que intentan arbitrariamente situar en el golpe del 24 de marzo del 76 el inicio del terrorismo de Estado, negando u ocultando la experiencia represiva en tiempos de gobierno “democrático” y la trama de complicidades y acciones desde el poder que derivaron en la dictadura genocida.

    Las palabras iniciales estuvieron a cargo de la periodista y escritora Stella Calloni –miembro del Consejo Directivo del IEM- quien como es su costumbre y atento a su especial conocimiento de la política internacional situó la cuestión y la época –comienzo de la experiencia genocida pinochetista- en esos términos explicando la real intervención de la embajada yanqui y otros centros de poder imperial como fuerza de presión y organización a través de las derechas locales de la reacción contra todo intento de propuesta liberadora. En ese sentido, llamó a prestar atención a los sucesos que vive Honduras hoy en día o las siete bases militares norteamericanas en Colombia como situaciones de particular similitud con la Latinoamérica que se vivía previo a la instalación de dictaduras militares en casi todo el continente.

    En el comienzo hubo también, un homenaje a la cantante popular Mercedes Sosa, fallecida el día anterior señalándose que ella también había sido víctima de los grupos fascistas de la derecha en tiempos de la Triple A por su compromiso político y social con las luchas populares.

    El primero de los paneles tras la apertura, fue coordinado por Taty Almeyda, de Madres de Plaza de Mayo (LF) y en él participaron Valentín Mastrángelo y Fernando Aguinaga, abogado y periodista respectivamente, ambos estudiantes de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora en tiempos de la “Misión Ivanisevich”, etapa en la que a través del ministro de Educación de Isabel Perón se sentaron las bases para la intromisión de los sectores de derecha y el catolicismo ultramontano que irrespetando la autonomía universitaria arrasaron con ámbitos de educación pública, debate y participación estudiantil en la antesala al golpe. Los dos, protagonistas de la toma del rectorado en 1974, comentaron como estudiantes como Hugo Hansen fuera asesinado por los sicarios del matonismo sindical y la burocracia amparados por las políticas educativas y universitarias de entonces.

    La ocasión permitió a Taty rendirle homenaje a su hijo Alejandro –militante del PRT-ERP- desaparecido desde diciembre de 1975 “porque existen desaparecidos desde antes del golpe” dijo y dio lugar a las emotivas palabras de Mónica Amoz prima de los Hermanos Juan Ramón “Chilo” y Néstor Omar “Neco” Zaragoza mártires populares de la ciudad entrerriana de Concepción del Uruguay asesinados por las fuerzas represivas del poder.

    Los hermanos Zaragoza, militantes de la Fede fueron ambos destacados dirigentes del movimiento estudiantil en La Plata. Chilo fue asesinado por la Triple A en Junio de 1975 y su hermano Neco secuestrado y desaparecido por la dictadura militar dos años después. Mónica contó de las luchas encabezadas por Chilo en la Universidad de La Plata en la que la pelea de los estudiantes logró impedir la modificación de los programas de estudio y el cierre de la Carrera de Bioquímica y la transformación en solo química impulsada por las autoridades universitarias de entonces. Valoró así su experiencia como parte de una generación dispuesta a la lucha y el combate en defensa de los intereses del pueblo y la utopía que reclamó como tan necesaria en estos tiempos.

    El cierre del primer panel quedó a cargo del periodista y ex dirigente del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) Carlos Petroni, querellante en la causa iniciada por ante el Juzgado de Oyarbide por los crímenes de Triple A quien se refirió a la actual vigencia y “reciclamiento” de personajes vinculados con los crímenes parapoliciales impulsados desde el Estado en los 70. Mencionó entre ellos a Hugo Moyano –titular de la CGT- y su ladero Juan Manuel Palacios, histórico dirigente de la UTA y otros no tan conocidos pero que hicieron carrera política dentro del partido Justicialista desde la salida de la dictadura. Llamó a pensar la etapa previa al golpe y al juego del poder represivo, no como algo del pasado únicamente sino a utilizar el análisis crítico como herramienta para ver el presente.

    Precisamente, similar fue el eje que rondó el segundo panel de la tarde en el que coordinados por José Schulman de la LADH, hablaron Inés Izaguirre socióloga e investigadora de la UBA, Pablo Perel, abogado y autor del libro “Universidad y Dictadura”, Edgardo Fernández Stacco, profesor que brindó su testimonio sobre el asesinato del militante comunista David “Watu” Cilleruelo en Bahia Blanca en abril de 1975 y el ex rector de la UNLZ y diputado de la ciudad electo, Julio Raffo.

    Izaguirre señaló lo concreto del plan de la derecha de adueñarse a sangre y fuego de la Universidad como espacio de formación y dijo “no es casual que se hable de la “Misión” Ivanisevich, cuando en cualquier otro caso se hablaría de la “gestión” del ministro” para recordar al igual que Fernández Stacco los “exorcismos” protagonizados por los profesores católicos preconciliares para expurgar al “demonio marxista” de las aulas. El docente bahiense la complementó con datos específicos sobre los resultados del accionar de Ivanisevich y sus cómplices, fueran Ottalagano –aquél del “soy nazi y qué?”- o el rumano Remus Tetu en la Universidad Nacional del Sur, quien dejó cesante a cientos de docentes y no docentes pero hizo una “extraordinaria” inversión en personal de “seguridad”, que a la postre resultaría la banda que asesinó impunemente al Watu Cilleruelo en el edificio universitario en Bahía.

    A los abogados Perel y Raffo les tocó hablar si se quiere, de la contrapartida: de las luchas populares universitarias que poblaron el proceso abierto a la salida de la dictadura de la autodenominada “revolución argentina” y de los niveles altísimos de participación estudiantil en esos tiempos. “Se trataba de pensar en otro tipo de profesional, al servicio de la liberación” remarcó Perel mientras que Raffo incorporó la influencia de todas las luchas que surcaban el mundo en aquellos años, la influencia de la revolución cubana, el combate contra el imperialismo yanqui que a la postre resultaría victorioso en Vietnam e incluso otros procesos como el que encabezara Allende en Chile. El legislador electo eligió la figura de estudiantes de la UNLZ, como Ramón Lucio “Moncho” Pérez –militante comunista desaparecido durante la dictadura- u otros integrantes del peronismo revolucionario como ejemplos de esa lucha por una universidad que realmente esté al servicio del pueblo y sus intereses.

    A la hora de hacer una mesa de análisis sobre la importancia de lo dicho y escuchado, José Schulman como co coordinador de las jornadas, puso de relieve siguiendo a Walter Benjamin “la memoria no es algo congelado o propio del pasado, sino que eso que restalla en el momento de peligro” y advirtió sobre los peligros actuales del accionar de las derechas, del imperialismo yanki y de la necesidad de debatir sobre las causas y consecuencias de la impunidad como herramienta para enfrentar a esta última. María Rosa Gómez del IEM y en idénticas funciones en el seminario siguió esta línea al señalar a la “Misión Ivanisevich” dentro de los planes propios de la “Doctrina de la Seguridad Nacional” hemisférica y el papel jugado por el imperio en la dominación de los pueblos.

    Las jornadas concluyeron con una mesa final en la que se refirieron a la etapa analizada la pedagoga Adriana Puiggrós, presidenta de la comisión de educación de la Cámara de Diputados de la Nación  y el sociólogo Lucas Rubinich, director de la carrera de Sociología de la UBA bajo la coordinación de Ana María Careaga, directora del I.E.M


  • Publicado en Rosario 12 como columna de opinión el 29 de setiembre de 2009

    El juicio oral que se lleva adelante en Santa Fe, como todos, tiene su especificidad distintiva. En principio destaca la presencia de un ex Juez Federal, pero no en el lugar habitual del Tribunal, sino en el del banquillo de acusados por perpetrar un genocidio. Víctor Hermes Brusa, funcionario judicial del Dr. Mántaras, Juez Federal en Santa Fe bajo la dictadura, articulaba su accionar con el grupo de tareas que torturaba en la Cuarta (Bv. Zavalla y Tucumán) y fue promovido a Juez por Carlos Reutemann por medio de sus senadores Gurdulich de Correa y Rubeo. La infamia se cometió bajo el menemato en 1992.

    Pero su presencia es un emergente: el de la subordinación del Poder Judicial al Terrorismo de Estado como confirmó ya la CONADEP en los 80 y ahora parece olvidarse: negaban los habeas corpus, ignoraban toda denuncia de tortura o asesinato, legitimaban los actos de un poder surgido ilegalmente, y por ende, nulos de toda nulidad. Todos sus actos: la deuda externa, los fallos judiciales, las adjudicaciones de ondas radiales…

    A decir verdad la tragedia del liberalismo había comenzado en 1930 cuando la Corte Suprema de entonces legitimó el primer gobierno surgido de un Golpe de Estado abriendo paso a la «continuidad jurídica» que aún sufrimos.

    Pero no es esa, la de Brusa, la única presencia. También están los compañeros sobrevivientes, «mandatados» para horrorizar por la tortura sufrida en cuerpo y alma, y que ellos dan vuelta para convertir su testimonio en una acusación contra los represores y el modelo de país que impusieron. He ahí su derrota, pensaron que nos habían quebrado y los vencimos. Vencidos vencimos. Y también están los desaparecidos con nosotros, y ellos lo saben. Todos lo saben. Los desaparecidos están desaparecidos había dicho Videla pero también en eso fue derrotado. Aquí están, y no sólo en las fotos que portamos al declarar, sino en nuestros corazones y se sabe que quien vive en el corazón del pueblo, vive para siempre.

    Pero el juicio también es simbólico por las ausencias: la de los tres militares que por razones biológicas (uno falleció y los otros dos tienen cáncer terminal) lograron el sueño de ser Pinochet: morirán acusados pero no condenados. Y no es el cáncer el culpable, sino la impunidad. En 1983 estaban sanos, también en el 2003, su impunidad no es un problema sanitario sino político: es una decisión estatal que sólo haya pocos juicios por pocos represores, y así pasarán a la historia los sucesivos gobiernos constitucionales, como quienes desaprovecharon el respaldo social existente para castigar el Genocidio.

    Y hay todavía una ausencia más dolorosa. En el juicio se confirma que no sólo eran perversos torturadores, sino vulgares ladrones de libros y licuadoras; pero el robo verdadero lo hicieron los grandes grupos económicos como Acindar (no olvidar, Martínez de Hoz, antes de ser ministro de Videla fue presidente de la empresa de acero) que gastaron a cuenta de la deuda externa que luego Cavallo estatizó y todavía seguimos pagando.

    Pero de todas las ausencias y presencias me quedó con una de las que no estaban dentro de la pequeña sala de audiencias, en la calle, un jovencito con ojos grandes y remera del Che, el día del inicio me abrazó y me dijo: «Esta la ganamos, compañero», y como lo dijo con tanta convicción, yo le creí. Esta la ganamos, compañeros

  • Crónica del testimonio de José Schulman en el juicio oral de 2009 publicado en Propuesta y escrito por Matias Bustelo

    José Schulman, responsable de Derechos Humanos del PCA, secretario de la Liga Argentina por los Derechos de Hombre, brindó testimonio de terrores sufridos en carne propia ante un estrado judicial santafesino, en un juicio por crímenes de lesa humanidad cuyos fundamentos nos duelen a todos.

    José Schulman dejó al alcance de su mano el trípode metálico que acompaña y ayuda sus pasos y se sentó ante los jueces. Como no tiene fe religiosa, juró su verdad sobre la memoria de los 30000 compañeros desaparecidos. Atrás de su banca, la de un sicólogo vigiló que no quebrara mal, tan denso es el combo que debe repetir Schulman. Llevaba colgada al cuello una foto de Alicia López, desaparecida. El hombre hizo su comienzo fácil a los jueces: ratificó las denuncias del expediente (las de apremios ilegales y torturas, efectuadas en 1977 y las del testimonio ante el Consejo de la Magistratura, en 1999).

    Pero el Juzgado exigió pormenores y, entonces, Schulman, confeso ateo, confesó que en 1975 salvó dos veces la vida “por milagro” (Él en esa época era pecador de tres pecados era joven, militaba y tenía libros en casa). Una, cuando una patota sindical de la UOM, lo arrinconó en un pasillo para gatillarle una 45 en la cabeza. Otra, cuando el 5 de diciembre de 1975, después de festejar el egreso universitario de la entonces compañera suya, una bomba estalló en su casa. En este punto recordó que al salir a la calle reconoció al oficial de la policía provincial Carlos Rebechi, jefe de una banda de inteligencia dedicada a secuestrar militantes sociales, quien ya lo había detenido en 1973. “Lo más difícil de describir es la sensación al estar en una casa en la que estalló una bomba; uno se despierta en una nube de polvo sin entender qué pasa, si está en este mundo o en otro”, memoró Schulman, rasgando la nube. “Yo seguí militando igual”, agregó el tozudo secretario de la Liga para luego agregar reflexivo: “dimos el cuerpo por una democracia que no nos defendía, que no era nuestra”.

    Se salvó esa vez, pero a pocas horas del golpe militar del año siguiente, una patrulla llegó a su casa y se llevó todos los libros de su padre, obrero ilustrado. También a su hermano Pablo, quien permaneció preso hasta abril de 1976.

    Como clandestino, se salvó. “Santa Fe era tiros y tiros entonces. Y bombas y patrulleros y la sensación de que llegarían por mí en cualquier momento”, nos dice de esa época injusta que lo buscaba. La noche del 11 de octubre (o en la madrugada del 12, contradicción que no importa, porque los represores, pobrecitos, no se toman los feriados) Schulman había organizado en su casa clandestina una reunión de las Juventudes Políticas. Golpearon la puerta. Por la mirilla corrediza se asomó la punta letal de una carabina. Pidieron los visitantes el documento de todos los presentes. Vieron que Schulman se llamaba Schulman. Entró el conocido Rebechi y se llevaron al resto de los importunados. Quedaron Schulman y los uniformes. “Empezó un interrogatorio feroz, con golpes y patadas. Yo tenía 24 años”, dijo el hombre a los jueces del estrado. Bajó la cabeza.

    Pero las normas de la Justicia obligaron a enumerar que lo encapucharon y que lo llevaron a lo que después supo era la Comisaría Cuarta de la ciudad de Santa Fe: celda infecta de la que vale destacar que a la madrugada de haber llegado Schulman internaron a una mujer en la “tumba” vecina, quien traía consigo un bebé. “Traté de ayudarla emocionalmente como pude; el bebé se pasaba de una celda a otra por entre las rejas y yo jugaba con él”. Después se la llevaron con su hijo, escuché llantos y gritos y, cuando la devolvieron a la “tumba”, el bebé no estaba con ella. Después desapareció Alicia López, otra compañera de cárcel (la flor colgando del cuello del testigo) de la que aún no se ha vuelto a saber.
    Cerca de la Comisaría Cuarta de Santa Fe, vivía un bandoneonista, que aún vive allí. Regalaba acordes, como lejanos, a los torturados de la cuadra.

    Después lo llevaron a Coronda, en un grotesco operativo en el que una docena de hombres desarmados fue cortejado por tanquetas, helicópteros y camiones de soldados en una autopista a la que anularon ambas calzadas. Dijo de esta prisión Schulman: “Coronda era una máquina de destruir subjetividades. Nos dejaron vivos, justamente porque pensaron que habíamos perdido la voluntad, sin embargo, a tres años de la desaparición de Julio López, no hay un testigo que se haya acobardado”. Citó a Borges: “hay una dignidad que el vencedor no conoce”. Cuando se fue de Coronda, lo despidió el coronel Juan Rolón, quien le dijo ese día: “a vos en Chile te habrían fusilado, pero si seguís gritando en el Partido Comunista te voy a fusilar yo”.

    Schulman quedó libre en abril de 1977, sin embargo, el 22 de noviembre de ese mismo año, reconoció en un bar a un grupo de inteligencia policial capitaneado por Eduardo Ramos. Huyó. Los represores lo siguieron en un Fiat, cuando lo interceptaron, Ramos le colocó su pistola en la nuca, profiriendo al momento una afrenta verbal. Lo encapucharon, lo metieron en el asiento trasero del automóvil y lo llevaron a un sitio no identificado en el que lo desnudaron y le golpearon salvaje y reiteradamente el abdomen. También le colocaron una madera con clavos atrás de la pierna y lo obligaron a hacer flexiones.

    Después lo llevaron a su simulacro de fusilamiento, en el que sintió una ráfaga cerca de su rostro y luego la voz de Ramos quien, después de increpar a sus compañeros por su “falta de puntería”, pareció efectuar un disparo, que tampoco acertó. Lo tiraron en una celda y lo sacaron a la mañana. Le quisieron hacer firmar una confesión en la que se adjudicaba la autoría de un atentado con artefacto explosivo en la plaza España de la ciudad de Santa Fe. Se negó a firmarla argumentando que para la época en que se le adjudicaba el hecho, él estaba preso en Coronda. Quien le exigió esa firma era Víctor Brusa, luego juez Federal…

    Todos los presentes en el juicio esperaron que Schulman condenara las vejaciones sufridas a su cuenta, pero el hombre, en cambio, prefirió denunciar que “el robo grande en Santa Fe lo hizo Acindar, no lo perejiles de la picana, que te robaban los libros y la licuadora”. Y sin temor de caer en el discurso (porque ya no teme), agregó: “es mentira que los torturadores eran locos o enfermos. No: son seres humanos”. Y, para que la última reflexión no desconcertara, explicó: “la estructura misma del terrorismo de Estado generó un aparato de burócratas del terror, que no necesitaban órdenes para tomar decisiones autónomas”.

    Sus últimas palabras fueron dichas sin sentido declamatorio, pero invitamos a leerlas de pie: “es imposible considerar este juicio como un juicio cualquiera. ¿Qué cosa es un juicio? ¿Qué cosa la reparación? ¿Quién nos va a devolver a Alicia López? Yo tenía 24 años cuando me metieron preso. ¿Quién me devuelve la juventud? El golpe no apareció en un instante sino que se construyó largamente. Hubo que organizar un ejército que primero se entrenó matando indios en el desierto. Un ejército que dio un golpe de Estado en 1930, otro en 1943, otro en 1955, otro en 1962 y otro en 1966. Este juicio permite restablecer la verdad de que la dictadura fue cívico militar con los fines de reorganizar el país en función de los grandes grupos económicos, que aún son sus dueños. En nombre de mi generación, me siento con el derecho de exigir que nos devuelvan la tierra y los salarios de los trabajadores. En este juicio están mis compañeros, porque los compañeros que están en el corazón de sus compañeros no mueren nunca. Hay tres militares acusados que hoy están ausentes, por ejemplo Rolón, que tiene cáncer. Y nosotros decimos que podemos pelear contra la impunidad, pero no contra el cáncer. Nosotros no somos como ellos. Es más, les deseo larga vida a todos los genocidas. Algunos quieren que estos juicios sirvan para aterrorizar a la gente, pero si sólo se habla del horror de la tortura, el secuestro o la muerte, nunca habrá un juicio para Martínez de Hoz, cuyo legado es una patria de miseria inhumana”.

    Schulman bajó una vez más la cabeza. Bebió largos sorbos de agua del vaso a su lado. Finalizó: “empecé con un juramento de verdad, pero juro ahora que seguiremos en la lucha para que haya en Argentina memoria, verdad y justicia”.


  • En la sede de Amsafé Provincial
    PRESENTACIÓN DEL LIBRO «LOS LABERINTOS DE LA MEMORIA»
    Ayer se presentó la tercera edición de “Los Laberintos de la Memoria, relatos sobre la lucha contra la dictadura y la impunidad”, de José Ernesto Schulman, querellante y secretario nacional de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre. «Este libro es un libro de un militante; de cómo se pudo resistir a pesar del dolor, cómo se pudo respetar las diferentes procedencias políticas para construir verdaderamente una resistencia ante los verdugos», señaló la titular de Amsafé Provincial, Sonia Alesso.
    03-09-2009 | 16:42 hs.
    Autor: Agenciafe · Fuente: Agenciafe

    Ayer presentaron el Libro de José Ernesto Schulman, «Los Laberintos de la Memoria, relatos sobre la lucha contra la dictadura y la impunidad» en la sede de Amsafé Provincial.

    La primera en tomar la palabra fue la anfitriona del gremio, la Secretaria General Sonia Alesso, quien comenzó contando los tiempos que viven con este juzgamiento a los genocidas santafesinos, con el inicio de los juicios orales. «Para nosotros es una victoria del campo popular la posibilidad de tener sentados en el banquillo de los acusados, tanto el 31 con el comienzo de los juicios en Rosario, como el 1° con esa hermosa marcha exigiendo el juicio y castigo a todos los responsables del genocidio en la Argentina», señaló Alesso, agregando que «para nosotros es una gran alegría y emoción estar compartiendo estos días y no podemos olvidarnos de los compañeros que hoy no están, muchos de los cuáles seguramente hubieran querido vivir este momento, viendo como se juzgaban a los genocidas».

    Luego, la Secretaria de Amsafé Provincial hizo referencia al libro que presentaban diciendo que «tengo la posibilidad de presentar este libro de José, que por supuesto leí, y que me emocioné mucho, porque José personalmente es un compañero que quiero mucho, que compatimos una etapa política y de mucho debate en su momento en el Frente Grande, y realmente quiero decir que este es un libro que se ha escrito para posibilitar la reconstrucción la memoria, de que no olvidemos de señalarnos permanentemente en el camino de la dignidad de los compañeros que adentro de la cárcel y que afuera de la cárcel y que en cada uno de los lugares siguieron resistiendo y peleando; y de todos los que hicieron posible que hoy estemos juzgando a los represores y pudiendo homenajear la memoria de nuestros 30.000 compañeros desaparecidos y de los miles y miles encarcelados o exilados; esto nos hizo sentir menos solos.

    Luego Sonia Alesso agregó que «la dictadura no solamente trató de destruir los cuerpos sino que también trató de destruir las almas, las conciencias, la posibilidad de solidaridad, creo que si hay algo que hemos aprehendido en todos estos años es la posibilidad de poder compartir y poder discutir respetando cada uno sus indentidades, cada uno de nuestros idearios políticos, para poder construir este presente que sin duda está hecho con la lucha del pueblo argentino».

    «Este libro, este aporte que José hace, es un libro de un militante, no lo que yo pensaba, es un libro de un militante comunista, orgullososamente comunista, que no reniega de su historia familiar y personal, es un libro que habla de la unión que se vivió en la Cárcel de Coronda, cómo se pudo resistir a pesar del dolor, cómo se pudo respetar las diferentes procedencias políticas para construir verdaderamente una resistencia ante los verdugos. En definitiva es un libro que nos llena de esperanza, porque nos cuenta como se resiste y como se puede seguir viviendo en la dignidad de las convicciones.

    Por su parte, el autor del libro, José Schulmann, señaló que «es un lujo estar hoy aqui con las Madres, con los compañeros de Amsafé para presentar Los Laberintos de la Memoria, relatos sobre la lucha contra la dictadura y la impunidad». Luego hizo referencia al primer día que se lleva adelante a los genocidas santafesinos diciendo que «ayer un compañero muy joven cuando salimos del Tribunal, me abrazó y me dijo: esta vez la ganamos. Y lo dijo con tanta seriedad y tanta convicción que yo le creí. Entre tantos aprendizajes yo aprendí una cosa, que cuando perdemos, perdemos, y el día que lo secuestraron a Julio López y el día que apareció un cadáver tirado a media cuadra del juzgado y la abogada de Julio, que se llama Guadalupe, y estando en nuestra oficina le agarró un ataque de nervios, ese día yo sabía que perdimos. Y ayer cuando lo vi al Curro Ramos sentado en el banquillo de los acusados, y a Brusa, y a Facino y a los demás y a la rata de Marcellini escondiéndose para no ir al juicio, tampoco tuve dudas que ganamos y ganamos porque lo hemos construído largamente y entre todos».

    Después el autor hizo la presentación del libro leyendo uno de los tantos cuentos que contienen «Los Laberintos de la Memoria, relatos sobre la lucha contra la dictadura y la impunidad» que hizo emocionar a la importante concurrencia que estuvo en la sede de Amsafé Provincial.


  • Una historia tan real que se me olvidó otra vez

    ahora son pedacitos desparramados bajo todo el país

    hojitas caídas del fervor/la esperanza/la fe

    /pedacitos que fueron alegría/

    combate/ confianza en sueños/sueños/sueños/ sueños/

    y los pedacitos rotos del sueño

    /¿se juntarán  alguna vez?

    ¿se juntarán algún día/pedacitos?

    Juan Gelman

    Una vez más pensó en su situación.

    Ya no tenía la capucha así que miró en su alrededor y repasó mentalmente lo que (no) había.

    No había cama. No había colchón, ni silla, ni un carajo.

    La celda daba al patio y a pesar de que ya casi era mitad de octubre (entonces se “festejaba” la conquista de América como el día de la raza y el feriado del 12 de octubre no extrañaba a nadie) del patio entraba un frío que hacía encogerse en sí mismo.

    Había pasado la noche en vilo.

    Esperando que lo vuelvan a buscar para interrogarlo o simplemente cagarlo a palos.

    Sabía que a los tipos de la banda los conocía pero no terminaba de acomodar las fichas en la cabeza.  El de traje era Rebechi, el mismo que lo había detenido en el 73 y había aparecido en la puerta de la casa la noche en que una bomba había destruido el trabajo de los viejos de treinta años.

    ¿Pero, el rubiecito ese quién era?

    Con su vaquero y su remera, con la cuarenta y cinco en la cintura, pero del lado del culo para que no se vea nada, parecía más un militante de la J.U.P. o de la Fede que un servicio

    Ya estaba amaneciendo cuando llegaron ellos.

    Una mujer joven y bonita con un niño en brazos.

    No podía ser.

    ¡Un bebé en la Cuarta!, que lo parió, esto no lo esperaba se dijo y trato de darle animo a la mujer cuando se fueron todos y ella quedó en la celda de al lado.

    Qué de donde somos?  De Reconquista y de la juventud guevarista le contó en una muestra de confianza que no esperaba.

    Y el bebé, preguntó él, ¿cómo se llama?, Manuel, dijo ella y él pensó en Cortazar y en que la novela no había previsto ese final que los acosaba.

    El niño se aventuraba por las rejas y se pasó a su celda.

    No sabía muy bien qué hacer con él pero trató de jugar con lo que tenía en el bolsillo, una cajita de fósforos vacía. Se la tiró como si fuera una piedrita de esas que se tiraban para arrimar y Manuel entendió el juego y se la devolvió.

    Todo parecía muy loco.

    El país ardía por los cuatro costados. El había esperado casi con fatalismo el secuestro que al menos terminara con una angustia: la de cuándo lo agarrarían, porque que lo agarrarían no tenía dudas.

    De noche se escuchaban las bombas como si fueran fuegos de artificio y por las calles abandonadas el falcón que lo trajo parecía un bólido en medio del desierto. Aunque no sabía todo lo que pasaba sabía bastante para imaginar lo que le esperaba. Ya lo habían fusilado al Alberto y los secuestros estaban a la orden del día.

    Por eso, mirarlo a Manuel le daba espanto.

    Vinieron de repente y se llevaron a la madre y a Manuel, alcanzó a escuchar que les decían que los trasladaban para que estuvieran más cómodos, pero a los dos minutos escuchó los gritos y los llantos de ella pidiendo que le dejaran al niño pero al poco tiempo volvió desolada. Contó que la patota le había arrancado el niño y no tenía sosiego. Para colmo, terminada la fajina, los milicos se habían retirado y las celdas, las tumbas y el patio estaban inmersos en un silencio aplastante.

    Y él, sin saber qué decir ni hacer. En el preciso instante en que la impotencia se hacía absoluta y lo hacía sentirse menos que una mierda.

    El Curro agarró al bebé pero no sabía ni como tenerlo así que se lo paso al Beto que ya tenía uno y esperaba otro así que se suponía que tendría experiencias con los bebés.

    La orden no era muy clara, sáquenle el bebé a la terro pero no tenía precisiones: si había que matarlo o entregarlo a algún camarada de armas que por una u otra razón no tuviera propios y deberían reeducar, convertir sería el término exacto, así que se lo llevaron para la Casita donde tenían que interrogar a un montón de tipos traídos del Norte santafesino.

    Cierto es que no había mucho lugar: una cocina sucia, un gran dormitorio donde habían amontonado a los terros y otra habitación chiquita que servía como oficina o algo así para descansar de la maquina y conversar entre ellos sobre pelotudeces.

    Al nene lo dejaron allí y al rato les surgió el problema que no tenían ni pañales ni quién se encargue del tema. El Beto se negó a cambiarlo así que hubo que mandar a llamar a una mujer policía que se haga cargo del asunto.

    Pero la mina era fea, fea como una india pensó el Beto que cuando dijeron de traer una mujer ya se imaginaba una fiestita allí, en medio de las ollas sucias y el olor a mierda de los “terros” que se cagaban encima cuando les pasaba la picana, y con eso que se decían tan valientes los guachitos.

    Para colmo, cada vez que un boludo gritaba, el bebé se agitaba y estremecía como si entendiera que “esos” eran sus “tíos”, los amigos del papá (preso desde el 75) y la mama, secuestrada en la Cuarta, que cuando venían los compañeros a la casa les decían a los vecinos que eran tíos y tías, como para disimular vio?

    Alba pasó de la Cuarta a la Guardia y de la Guardia a Devoto.  Estuvo allí seis años pero a los cinco meses, algo más que Lázaro pero casi, renació.

    Fue en una visita que le dijeron a la Chili, que le avisó a la Marta y ella a su compañera de celda que Manuel había vuelto a casa. Que había aparecido un tipo en Reconquista y se lo había entregado a su suegra y que estaba bien, bueno, que estaba entero, no le faltaba nada, pero que estaba muy alterado, como si hubiera visto algo o algo le hubiera ocurrido en esos cinco meses que estuvo desaparecido.

    ¿Pero donde estuvo, se preguntaba ella? ¿Dónde lo pudieron haber tenido estos bestias?

    ¿Se lo habrán entregado a un milico que lo devolvió porque no le gustó el niño, pero si es hermoso, pensó en silencio?

    ¿Dónde puede estar secuestrado un bebé de once meses?

    Manuel estuvo cuatro días en la Casita.  En ese lapso un compañero se quedó en la tortura y a otro lo fusilaron de un balazo en la nuca.  Otros siete fueron torturados hasta que ni los torturadores aguantaban tanto olor a quemado y a mierda.

    Nadie se imagina lo que el olor a mierda colaboró con los presos en su superviviencia. Aunque los centros clandestinos fueron planificados y organizados desde mucho antes del 24 de marzo, nadie previó ni baños ni lavatorios para los presos así que la mayoría de las veces tenían que mear y cagar en la propia celda. En un tarrito si lo hay. En una zapatilla, arriba de un pedazo de diario o en el mismo suelo.

    Olor.

    El olor es una cuestión de clase, pocas cosas tan clasista como el olor.

    Olor a rico. Olor a mujer bella y rica. A perfume rico, con sensación de limpio y puro, de placer y erotismo.

    Ohh, el olor del pelo recién lavado de la mujer amada….

    Olor a pobre. Olor a humo. Olor a mierda de los que no tienen baño instalado y se limpian con pedazos rotos de diarios viejos que dejan manchas de olor a mierda en los pantalones.

    Olor a quemado. Olor a casi muerto.

    Ese olor del que se está cortando y vos lo sabes y él no.

    Pero te das cuenta por el olor.

    ¡Viste que la muerte tiene como un olor cuando se acerca y la hace inconfundible?  Al menos la muerte por la tortura en un pozo donde los cumpas están amontonados y encapuchados, encadenados y quebrados en su alma pobrecita.

    Y el olor es como el hambre.

    ¿Viste?  A los dos o tres días que no comes no te acordás más que tenés hambre y con el olor es lo mismo. Vos no te das cuenta pero los tipos si, y les da asco y no se lo bancan.

    Mira vos, tipos que no tienen drama en robar un bebé o pasarle la picana por la boca a una mujer embarazada, les da asquito el olor a mierda de los presos y tienen que salir cada rato a respirar y a veces, hasta se los sacan de encima porque no aguantan más el olor a mierda.

    Así, me contó el Mono, que el SecretariodelJuezTorturador lo dejó de joder una noche de la Cuarta, justo justo, seis horas antes que el Curro hiciera un simulacro de fusilamiento conmigo.

    A los cuatro días llegó la orden de sacarlo al Manuel de la Casita y llevarlo a la casa de un milico.

    Un Mayor mayor.

    Digo un milico de rango Mayor y mayor de edad. Como cincuenta tendría él y como cuarenta la mujer, pero no servía.

    Bueno, no servía para parir que es el mandato divino para las mujeres, ¿no?.  Parirás con dolor dice la Biblia.  Pero ésta, a pesar de que estaba preparada para el dolor no paría y entonces se le ocurrió pedirle un bebé de regalo al marido.

    Si todos lo hacen, porqué vos no vas a poder traerme uno de esos bebés que están regalando para que los terros no los perviertan y porque, pobrecitos, los bebés son inocentes.

    Criaturas de Dios son, dijo ella al momento que le trajeron el bebé, sucio, con un olor a mierda que hacía dudar el carácter divino, pero lindo che, que lindo el bebé dijo ella con una mirada de agradecimiento que presagiaba otras gentilezas para el milico.

    A Alba se la llevaron al rato que al bebé pero enseguida cayeron otros compañeros también del Norte que le empezaron a contar de la base aeronáutica y de la brutalidad de los Pumas.

    A uno lo pusieron en la celda con él y a los otros en las tumbas del costado de las celdas grandes, las que daban al patio, así que cuando no había nadie todos hablaban entre todos como en un conventillo.

    El no conocía el Norte pero si sabía que eran los Pumas. Lo habían cagado a palazos, unos palos largos, largos como nunca había visto, el día que largó la marcha del hambre desde Villa Ocampo hasta Santa Fe y los del pece y los compas del Movimiento de Curas del Tercer Mundo intentaron un acto en la placita esa que estaba frente al Correo, justo donde había una pizzería del padre de Jorge un compañero de la escuela que a veces lo invitaba a mirar de cerca el enorme horno de ladrillos y comer pizza recién sacada, caliente y rica.

    Los recuerdos se le mezclaban pero el espíritu bolchevique pudo más y empezó a contar la historia de los pumas, de los cardenales, de La Forestal que había armado una banda armada con el permiso de Irigoyen para romper la huelga del 28 y de allí habían quedado los tipos, una especie de swat del subdesarrollo de los sesenta, sin mucha tecnología pero con unos palos capaces de parar una huelga ferroviaria sin mucho esfuerzo.

    Mira vos, dijo el Chicle, de los ingleses a la dictadura sin intermediaciones, una línea directa como si lo hubiéramos inventado nosotros para un volante de la Jotape.

    Treinta y años después el Chicle me está esperando en la Terminal de colectivos de Reconquista.

    Como han abierto causa por lo de la Base Aérea me pidió que viaje a dar una charla sobre el caso del Negrito Avellaneda. Hablamos por teléfono y en un momento le pregunté cuánto hacía que no nos veíamos y me dijo que desde Coronda, es decir, desde el 76 porque apenas llegamos nos separaron y no lo volvía  a ver.

    Enseguida cayeron el Mono, el Rubén y el Alcides.  Salvo al Mono que lo había visto el día que volteamos a Brusa, y eso fue en Buenos Aires en marzo del 2000, a ninguno de los otros había vuelto a ver desde la cárcel pero nadie parecía darse cuenta.

    Como si no hubiera pasado el tiempo, tomando mate y alrededor de una mesa empezamos a recomponer nuestra historia y otra vez encuentro cosas que había perdido en el camino.

    Dice el Mono que en la Guardia de Infantería de Santa Fe, ese cuartel que está cerca de la cancha de Colón y que funcionaba como una especie de playa de estacionamiento de los presos en marcha hacia Coronda o Devoto, una siesta me bajé de la cucheta y me clavé una lata de picadillo en el talón, que sangraba mucho, que me curó un compañero de Avellaneda (la santafesina, pegada a Reconquista) y que entre todos tuvieron que comprarme una antitetánica que nos cobraron el triple de lo normal (la “aduana” de la Guardia cuya corrupción era más poderosa que cualquier orden militar de aislamiento) y yo que no me acuerdo nada de eso.

    Pero si me acuerdo lo que hablamos en el 99, cuando estaba por empezar el jury de destitución de Brusa y le hablé al Mono para que testimoniara y me preguntó lo impensado: ¿para qué, José? Para qué queremos tumbarlo a Brusa?

    Y Juntos decidimos que lo que hiciéramos, e hicimos bastante desde entonces, sería para que los jóvenes supieran por qué habíamos luchado, no solo porque nos habían secuestrado.

    Con el Mono habíamos hablado mucho en la Guardia y en Coronda. Con él aprendí las cuatro palabras que se en guaraní y un chamame casi entero

    Pero nunca me había contado lo que ahora me cuenta

    El Chicle dirigía un grupo de la Juventud Peronista y el Rubén les cocinaba a los muchachos. Solo les cocinaba, de buenazo que era y porque le gustaba cocinar.  Y el Alcides menos. Al Alcides lo tuvieron cinco años en cana porque tenía una novia con el apellido parecido a una dirigente de las Ligas Agrarias que alcanzó a exiliarse y de rabia los milicos lo agarraron a él. Cuenta el Chicle que ya en la Base Aeronáutica lo habían reventado al Alcides. Y que además, después de tenerlo unos días en la Cuarta, conmigo y con la Alicia, los metieron en un Renault 12 y los llevaron de vuelta a la Base para volver a interrogarlos y torturarlos.

    Y el tipo se la aguantó, sin protestar ni quejarse con nosotros que sí sabíamos porque estábamos.  Y ahora está aquí sentado lo más tranquilo dispuesto a dar su aporte a la condena de los represores.

    El Chicle fue uno de los primeros que dijo que Brusa es un torturador y también que Alicia estaba en la Cuarta a finales de Octubre o sea que Alicia llegó a la Cuarta unos días después que a Alba le robaran al Manuel y la pusieron justo en la celda chiquita a la vuelta de mi celda, donde estaba Rubén que por eso lo pasaron a la mía y ahí fue que nos conocimos.

    Eso me cuenta él y yo le creo

    La que no le cree al marido es la mina que quería el bebé, pero pensaba que era un huerfanito, porque ella es muy católica y se piensa casi como la Madre Teresa salvando almas en la India.

    Al bebé lo limpiaron bien y lo llevaron a un medico para ver si estaba sanito, que nada de discapacitados o tontitos.  La pieza la tenían preparada desde hace tiempo. Con cortinitas en la ventana y dibujos de ositos en la pared. Un avioncito colgando de la lámpara y una alfombra verde, gruesa, de lana buena, tejida por ella misma, en el centro de la pieza.

    La primera discusión fue por los papeles, porque el milico no le quería mostrar los papeles del bebé y ella quería todo en orden.

    La mina empezó a vacilar y le preguntó al confesor que debía hacer, recibiendo la respuesta de que las cosas están difíciles y que piense en que por alguna razón Dios habrá querido que ella salve a esa criatura de la muerte segura que tendría con la madre terrorista y todo eso. Por unas semanas se conformó, pero al tiempo le volvieron las dudas. ¿Y si se enteraban que el bebé era robado a una guerrillera, cómo quedaba ella ante sus amigas?

    Pero cuando Manuel, ella no sabía que se llamaba Manuel y le había puesto Alejandro, le sonría le pasaban todos los miedos. Por fin tenía su hijo y nadie se lo iba a quitar. Que se joda la guerrillera por meterse en esos líos, ella se lo buscó.

    La mujer del Mono también estaba embarazada cuando él cayó preso, y tuvo el hijo a los pocos meses.

    Fue al Hospital del pueblo y todo salió bien.

    Fue sola, porque después que detuvieron a su compañero, una noche cayeron los de la Base Aérea le pegaron y se llevaron a su hermana que estuvo dos días sin volver, pero cuando lo hizo, ay Díos mío dijo y no hizo falta que diga nada más.  Fueron a la salita para que la curen y para saber si los bestias la habían dejado embarazada pero por suerte no, pero ya no quiso salir más.

    Así que con su bolsito pequeño, esperó hasta último momento para ir y antes de la hora ya había nacido José y ella lo tuvo en su pecho un rato hasta que se durmió.

    La despertó el medico que le dijo que le diera el pecho a la criatura, pero, que raro, el doctor se equivocó y no le dijo Luisa si no otro nombre, Cecilia le dijo.  Ella se acuerda bien, el medico le dijo Sra. Cecilia Góngora de Secretín, por favor de de mamar a su hijo, miró al nene y se fue.

    Fue como a las dos horas, que volvió la enfermera y le dijo que tenía que llevar a José a un control y se lo llevó.

    Ella no lo imaginaba, pero para volver a verlo tendría que esperar treinta y tres años casi exactos.

    En la cárcel no había mucho para hacer, así que él cantaba. No es que cantara bien, no, todo lo contrario, no tenía mucha entonación pero lo hacía con ánimo.  Cantaba pedacitos de las canciones que se sabía de antes, sobre todo folklore y “de compromiso” como se decía entonces. Pero también le gustaba aprender canciones nuevas y prestaba mucha atención a lo que cantaban los compañeros, así había aprendido el chamame y ahora practicaba una de rock nacional que le gustaba mucho.

    Te estoy  esperando, no demores mucho, que hay tantas cosas que hacer en el mundo.  Despierta mi niña, despierta mi sol, despierta pedazo de mi corazón, asómate al mundo y comenzá a correr que ya no hay mucho tiempo que perder.  Despierta mi niña, despierta mi sol, despierta pedazo de corazón.

    La letra decía mi niño pero a él le salía mi niña y es que por las noches soñaba con una niña con la melena de oro que corría hacia él y se despertaba. Por eso, unos años después, después que salieran en libertad con Graciela, unos años después que lo volvieran a secuestrar y se volviera a salvar de pedo, unos años después que se escapara de Santa Fe y anduviera clandestino en Rosario; cuando nació Mariana, él ya la conocía.

    Pero el Mono no.  No la conocía a Mariana, ni a Javier ni al Erny, los hijos  de él, sino que tampoco conocía a su hijo. Al que le robaron a su compañera cuando él estaba preso, y estuvo preso muchos años.

    Tampoco sabía que le habían robado un hijo, ni que a su cuñada la habían violado en la Base Aérea.  Luisa tampoco sabía nada de él y cuando le dijeron de la Policía que tenía que ir a buscar la ropa de su marido porque había muerto, espantada y aterrada fue allí, la metieron en una piecita y sin muchas preguntas, la desnudaron y la violaron entre tres policías, uno de ellos del mismo barrio que ella y que debía saber que estaba sola porque a su hermana la habían vuelto a detener y estuvo 45 días en la Base, pero dígame, decía ella, por qué estoy aquí? mientras los tipos le seguían pegando con una correa y la tenían atada a una especie de carretilla que había quedado al lado de un avión.  Brillante el avión. Limpito. Pero los tipos que los manejaban, no.  Que mierda que eran los porteños esos que hasta asco de tocarla tenían y se limpiaban las manos a cada rato después de pegarle o de toquetearla.

    A veces las palabras lo dicen todo aunque los que dominan la palabra pueden disimularlo.  Por ejemplo: Terrorismo de Estado es un concepto transparente. Que el Estado organiza el Terrorismo. No un grupo de locos o trastornados, ni siquiera sólo algunos militares o la Fuerza en su conjunto. Con el golpe del 24 de marzo, todo el Estado se puso a disposición del Terrorismo, en base a un plan y con mucho orden.  Todo registrado aunque ahora digan que no hay papeles sobre los desaparecidos ni sobre los desaparecedores.  El organigrama era claro: todo el país divido en zonas y cada zona a cargo de una fuerza, y cada partecita de la zona a cargo de una unidad militar (naval, aérea o del ejercito). A veces repartían el juego y había jefes de área militar e interventores militares del gobierno y los ministerios.

    Pero Reconquista era una pequeña ciudad del norte santafecino, que aunque parezca mentira no es el norte de Santa Fe sino el sur del Chaco, digo que después que la Forestal destruyó los bosques de quebracho colorado a principios del siglo XX, y en esa época las ciudades del norte santafesino eran como el centro de Inglaterra, con agua corriente, electricidad y esa ropa de las señoras inglesas tan coquetas, el norte santafesino quedó bajo un manto de pobreza.

    Con la cabeza de los cuarenta, con la idea de que el enemigo era el Brasil, los milicos dispersaron unidades militares por todo el noreste y pusieron una Base Aérea en Reconquista, para estar a tiro de la frontera y de Porto Alegre. Con un avión supersónico, unos minutos.  Era en 1949 y la Base se asemejaba a esos fortines que los españoles habían construido hace siglos como avanzada de la civilización en territorio extraño que recién dominarían en los 70 del siglo XIX en una extensión de la Campaña del Desierto bien oculta..

    Desierto. Exploradores. Conquistadores. Dominadores. Fortines. La Forestal. Los Cardenales. La Base Aeronáutica y el Terrorismo de Estado todo entra en una línea histórica que ahora hay que romper dice el Chicle y  yo acuerdo.

    Por eso casi no había aviadores de Reconquista. No había morochitos manejando los Pucará sino todos rubiecitos o al menos bien blanquitos, sobre todo de la cabeza. Bien racistas, y machistas.  Bien fachos los tipos aunque parecieran menos porque eran menos brutos que los del Ejercito porque para manejar un avión hay que saber matemáticas y física, y electrónica y un montón de cosas más. Pero igual seguían siendo fachos los hijo de putas.

    El jefe de la Base, era al mismo tiempo el Intendente de Reconquista y el interventor militar de la Uocra y sin serlo formalmente también el Jefe del Registro Civil, el director del Hospital y el Jefe de los inspectores de tránsito. Todo.  Ese fue el que le dijo a la hermana de la Luisa que no se hiciera ilusiones con ser tía, que su hermana había regalado el bebé porque no tenía sentimientos humanos, porque era una terrorista como el padre del bebé regalado, dijo el milico ese, le dijo la hermana a la Luisa.  Ellas no sabían que el milico ese tenía nombre, Capitán Sambuelli y era el verdadero autor intelectual del robo de José.

    La mina que se quedó con el Manuel estaba cada vez más en crisis.  Tenía un lío en la cabeza que no se lo resolvía ni el confesor.  Ella había estudiado en la Adoratrices y se le confundían las enseñanzas religiosas con sus convicciones actuales.

    Cuando el marido se dio cuenta que ella empezaba a dudar, le dijo que no se hiciera más rollo que la terro había muerto en un enfrentamiento así que ya no había posibilidad de dar marcha atrás, y por un tiempo ella se conformó. Pero como al quinto mes, le volvió la duda y un día que el Mayor estaba de comisión fuera de Santa Fe, ella se metió en su escritorio con llave (se la había sacado hace un tiempo y había hecho una copia) y buscó los papeles del niño.

    Sabía que no se llamaba Alejandro pero no se imaginaba el apellido ese: judío debía ser con ese apellido…y no se lo bancó. Ella pensaba que la pudrición esa del comunismo no se transmitía con la leche materna y que al final, había estado solo unos meses con la madre, pero judío eso era de nacimiento y no iba a cambiar ni con la mentira ni nada.

    El entusiasmo se le fue pasando y un día, ella misma le dijo al marido que se lo lleve, que no lo quería más, que al final no era muy lindo y que ella prefería conseguir alguno que supiera bien quien era la madre y no ese que vaya a saber si no tenía alguna enfermedad ocultar y que se yo. El Mayor mayor intentó convencerla que ya que habían conseguido ese….No y no le contestó ella al borde de la histeria, no lo quiero más, llévatelo, le dijo.

    Y el tipo agarró a Alejandro, lo metió en un bolso y lo tiraron en Reconquista para que vuelva a ser Manuel

    José siempre supo que su mamá no era su mamá biológica, pero creció treinta y tres años con una historia falsa.

    Sus padres/apropiadores eran gente de trabajo pero su abuelo era militar y también sus tíos y su madre/apropiadora tenía plena conciencia que eran parte, cierto que en el rango de parientes pobres que nadie llevaría a una fiesta en el Colegio Militar, de los que mandaban en la Argentina. Y no sólo entre el 76 y el 83. También después.

    La mamá verdadera de José quiso en los ’80 presentar una demanda, ella se enteró y movió sus influencias para que el Juez de Vera le rechazara el pedido por prescripto, como si el robo de la identidad de un niño pudiera dejar de tener sentido social, que así dicen los juristas que se explica la prescripción.

    Pero para José conocer la historia de sus padres biológicos siempre fue algo atractivo que los apropiadores no satisfacían y sólo alimentaban más el interés en sus ancestros verdaderos.  Una vez, por la tele, vio un programa sobre los bebés robados por la dictadura, pero no le dio demasiada importancia.

    En Reconquista casi ni se sabía que había habido represión y no pudo vincular, entonces, la Base Aeronáutica con el borrón en que se convertía su historia familiar cada vez que la madre/apropiadora daba vagas explicaciones poco creíbles.

    Cuando al fin, en el 2005 se abrió una causa judicial en Reconquista (por la denuncia del Chicle y como rebote de la causa Brusa en Santa Fe) lentamente los habitantes de la ciudad, y José entre ellos, comenzaron a darse cuenta que había entre ellos represores y represoras, que la Base había sido un centro de detención y torturas y que había gestado una perversa y corrupta red de cómplices, buchones, colaboradores y aprovechadores. Como sus apropiadores.  Pero todavía no sabía tanto, sólo fue creciendo su atención a la posibilidad que él también fuera un bebe apropiado como se decía en la tele, y ahora sí el prestaba más atención a esos programas.

    Así que cuando escuchó por la radio la historia, su historia aunque todavía no lo supiera, empezó a dudar y pensó en llamar al teléfono que dieron en la radio.  De hecho, así lo hizo un montón de veces pero al escuchar esa voz de mujer desconocida, se asustaba y colgaba. Se asustaba porque la voz le despertaba sentimientos impensados, peligrosamente cercanos a la convicción que esa sí era la que buscaba.

    Hasta que un día se animo y cuándo Luisa preguntó: quién habla?, José le dijo, tu hijo.  Mamá, tu hijo dijo y empezó a llorar sin escuchar el silencio del otro lado.

    ¿Y qué hacemos entonces?, preguntó el Mono, aquella noche de 1999.

    Y ahora la pregunta la hago yo  ¿Qué hacemos, vamos al juicio, entonces? les preguntó a los cuatro que están tomando mate conmigo como si no hubiéramos dejado de vernos un solo día en estos treinta años y es el Chicle que dice que si, que vamos al juicio pero no por nosotros.

    Por Alicia, que era de aquí, me dice, y yo escarbo en mis laberintos de la memoria lo que hablamos en aquellos días de la Cuarta, pared de por medio, cuidando que los guardias no nos atrapen pero decididos a abrazarnos en el aire, con aquellas medias palabras que no logró capturar ahora.

    Por nosotros, digo yo, que ya es hora de sacarnos la capucha del alma y dejar de hablar de la Cuarta y la puta picana. Pero no se puede, dice el Mono, que si volvieron Manuel y José, es que todavía podemos encontrar a los otros que nos robaron; es que esta historia no terminó dice y sigue cebando mate en esta siesta que parece irreal.

    A lo mejor dentro de veinte años, escribiendo un cuento para poder dormir sin el fantasma de Alicia cayéndose en el pasillo de la Cuarta cuando iba al baño, me acuerde bien de qué hablamos y cómo era esa historia de Manuel y José.

    Y la pueda contar bien.

    José Ernesto Schulman

    A la madrugada del 30 de Agosto de 2009

    a los cuatro meses del regreso del Negrito Avellaneda

    y a quince días de la condena de sus asesinos.


  • Discurso en el acto conjunto de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, la familia Avellaneda y el Partido Comunista de celebración de la condena a los asesinos del Negrito Avellaneda

    Un compañero, al que estimamos y respetamos mucho nos preguntó qué celebramos en el juicio Avellaneda, dadas las carencias de la sentencia, el modo en que fueron revictimizados los testigos durante el juicio y lo mucho que queda de la impunidad en general y en lo concerniente al Centro Clandestino de Campo de Mayo, en particular.

    Así pues, pensando en él, es que ensayamos estas líneas para ser leídas en este acto.

    En primer lugar celebramos la credibilidad de la familia Avellaneda, de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y del Partido Comunista.  Así, unidos los tres, como unidos sufrimos los golpes de la dictadura y resistimos como pudimos y como supimos, el secuestro de Iris y la muerte de Floreal.  Y es que la credibilidad no se gana en un segundo.

    Cuando uno mantiene la palabra y actúa en correspondencia a ella, es visualizado como alguien coherente, pero cuando mantiene esa coherencia por treinta y tres años, construye credibilidad.

    Y nosotros nos ganamos el derecho a ser creíbles, al menos en el caso Avellaneda, porque sostuvimos la denuncia en todas las circunstancias políticas nacionales e internacionales, en todos los momentos del debate de los organismos de los derechos humanos y de las fuerzas políticas de izquierda.

    Siempre dijimos que a Floreal lo secuestró un grupo de tareas, que pasó por la comisaría de Villa Martelli y por el Centro Clandestino de Campo de Mayo, que un policía de nombre Aneto y apodo Rolo participó en los hechos y que la orden de todo la había dado el General Riveros.

    Y todo eso fue dado por cierto por el Tribunal Oral en su fallo, más allá de las calificaciones penales sobre los responsables que no cubren nuestras expectativas y en muchos casos son contradictorias con la propia lógica del fallo, pero eso es harina de otro costal.  La Justicia ha fallado que Iris tenía razón y como dice Foucault “el derecho genera verdad” al menos en lo que Gramsci llamaba el sentido común que es el más extendido de los saberes. O dicho de otro modo, ahora somos tan coherentes y creíbles como siempre pero hay una parte mayor de la sociedad  que nos cree.  Esta es una batalla ganada contra quienes querían mantener el Juicio por Floreal entre cuatro paredes y sólo para los especialistas del derecho.  Por nuestra testaruedez y convicciones, por la decisión de algunos comunicadores, y ahora quiero nombrar a Adriana Meyer de Pagina 12 y a Paloma García del Canal Público, el juicio rompió los límites del Tribunal Oral de San Martín y llegó a miles y miles de argentinos que supieron del Negrito, de Riveros y de nosotros.  Y tengan seguro que nuestra credibilidad estará al servicio de la lucha contra todas las impunidades de ayer y de hoy.

    En segundo lugar celebramos el crecimiento de nuestra fuerza en esta larga lucha.  Crecimos porque una noche de domingo, en la vigilia previa al inicio del Juicio, el Negrito decidió volverse con nosotros y volver a caminar con su familia y con la FEDE a la que él tanto amaba.  Y con el Negrito han venido cientos de jóvenes que se sintieron convocados a luchar por las mismas banderas y sueños que el Negrito, en otro tiempo histórico no menos convocante que los 70. Crecimos porque no solo podemos mostrar coherencia y credibilidad, consecuencia y trayectoria, sino porque una nueva camada de militantes se hace cargo de la larga lucha contra la impunidad.  Una camada de abogados no mayores de treinta años, menores de cuarenta en todo caso, viene ocupando el lugar que antes ocuparon Julio Viaggio y Adolfo Trumper, Atilio Librandi, Beinusz Smuzcler, Alberto Pedroncini o Carlos Zamorano.  Guadalupe en La Plata, Sabrina, Oli y Pedro en la Capital, Jessica, Daniela y Leticia en Rosario, Ataliva en el Chaco, son la avanzada de una  joven generación de militantes con matricula que en los próximos años constituirá uno de los mejores equipos jurídicos para la lucha por los derechos humanos, sobre todo porque seguirán con ellos Jorge, Gerardo,  Carlos, Claudio, Hector, Liliana y tantos que han sostenido la lucha jurídica de la Liga en estos años.

    Y en tercer lugar celebramos que todos hayan sido condenados y condenados a pasar su condena en cárcel común.  ¿Quién hubiera pensado en esa noche terrible de abril del 76, en que Iris oía los gritos desgarradores de Floreal, que treinta y tres años después un General de la Nación, mejor dicho, dos Generales de la Nación, que llegaron a ser Señores de la Vida y de la Muerte, Jefes del Terrorismo de Estado aquí y en América Latina, estuvieran sentados en el banquillo de acusados y condenados por el crimen de un joven militante de la FEDE de apenas quince años y casi desconocido por casi todos en aquellos años?.  No somos ingenuos ni desconocemos las carencias del fallo, que estudiaremos y apelaremos si así se considera pertinente, pero tampoco estamos tan locos para no saber cuando ganamos y cuando perdemos.  El día que nos desaparecieron a Julio López no tuvimos dudas en que nos habían pegado duro y donde nos duele.  Y el día que le dieron perpetua a Riveros, levantamos el puño y gritamos con alegría.  Como nos enseñó el Che: sentimos como propia cada derrota que nos propina el imperialismo, donde sea que fuera y celebramos como  propia cada victoria contra la derecha, los genocidas, el Imperio y todos sus cómplices, incluso aquellas victorias de las que somos protagonistas.

    Por eso termino con algo de Benedetti que dice todo esto mejor que yo

    Usted preguntará porque cantamos.

    Cantamos porque el río esta sonando

    y cuando suena el río suena el río

    cantamos porque el cruel no tiene nombre

    y en cambio tiene nombre su destino

    Cantamos porque el niño y porque todo

    y porque algún futuro y porque el pueblo

    cantamos porque los sobrevivientes

    y nuestros muertos quieren que cantemos.

    Cantamos, agrego yo, porque cuando nadie se acuerde del nombre de los Generales genocidas y mucho menos de los policías torturadores,
    cuando no quede ni polvo del polvo de los huesos de los asesinos todavía el Negrito será barco y será calle, será plaza y será escuela.

    Y un niño, es nuestro sueño, correrá con los pies descalzos por las calles de una Argentina liberada con una remera sucia y gastada que tenga en su pecho el nombre del Negrito para que todos sepan que el sueño eterno de ser libres es invencible, como invencible fue la verdad que sostuvimos en este juicio.


  • Con la condena (diferenciada y en algunos casos injustificadamente mínima) de los Generales Santiago Omar Riveros y Fernando Verplaetsen, los militares Osvaldo García, César  Fragni y  Raúl Harsich y el policía Alberto Aneto, el número de represores llevados a juicio y condenados se aproxima al medio centenar. Pocos, si se piensa en el número de hombres y mujeres que participaron del Plan de Exterminio perpetrado desde bastante antes del 24 de marzo del 76 y cuyos consecuencias penales, culturales, económicas y socio/políticas, lejos están de ser superadas.  Muchos, si se piensa en la experiencia latinoamericana y mundial, si se considera la persistencia del mismo PODER que domina la Argentina desde finales del siglo XIX y la férrea voluntad del amo imperial en defender sus cipayos.

    Por ello, proponemos superar el paradigma liberal y la posición, a veces, autocomplaciente de mirar la lucha de clases desde el lugar de “eternas víctimas” y pensar la cuestión de la impunidad y de los logros en la lucha por la justicia, la verdad y la memoria (así, en ese orden, pues sin Justicia, no hay Verdad y sin Verdad no hay Memoria) desde la perspectiva de la lucha de clases, la correlación de fuerzas y los proyectos políticos actuantes.

    Cómo se mostró (una vez más), demostró y hasta se aceptó en la sentencia, el secuestro de Iris y Floreal Avellaneda cumplió todas las condiciones exigidas por el Mando Militar: secreto, clandestinidad, engaño, crueldad y perversión sin límites.  Todo ello al servicio de un objetivo: eliminar un grupo nacional compuesto por todos aquellos que resistieran o pudieran resistir la imposición de un modelo capitalista (más tarde llamado neoliberal y que desplegaría todos sus “detalles” en los 90).

    En el “Plan del Ejercito (contribuyente al Plan de seguridad nacional)” firmado por Videla en febrero de 1976, precisamente en el anexo 2 de Inteligencia, se describe detalladamente al grupo a eliminar según su identidad política y forma de organización social haciendo una caracterización detallada de la “determinación del oponente” y de la “caracterización del oponente”; allí se caracteriza al Partido Comunista y la Liga Argentina por los Derechos del Hombre como entidades a vigilar y castigar dentro de un largísimo listado. Cada lucha se da en condiciones concretas y la lucha contra la represión bajo la dictadura se hizo en las más duras de la larga historia de la lucha contra la represión nacional (recuérdese que ya en 1902 se sanciona la ley 4144 y comienza la persecución legal a los oponentes al capitalismo argentino), sólo así se explica que aquello más preciado por los militantes de los 70, su identidad política, debiera ser simulado y/o ocultado bajo el peligro cierto de la victimización de aquellos que la reivindicaran o señalaran.

    Pero lo que bajo la dictadura se justificaba por necesidad se transformó luego en un mecanismo de ocultamiento de la identidad política de los desaparecidos, consumando uno de los objetivos de la dictadura: que se aceptara dividir las víctimas en “inocentes” y “culpables” o como dice Andrea Huyssen, analizando los modos de relacionamiento entre el olvido y la memoria: “para que la sociedad argentina aceptara que hubo un Genocidio y treinta mil desaparecidos hubo que borrar la identidad política de éstos”.  En el caso de los comunistas desaparecidos y/o asesinados por la Triple A y la dictadura, la maniobra fue más perversa: se les borraba la identidad a los compañeros mientras se demonizaba la identidad adjudicándole complicidades y claudicaciones inexistentes.

    Tal cómo lo anunciaba el Plan del Ejercito de febrero del 76, los comunistas fuimos víctimas de la dictadura; y no solo eso: también fuimos una de las fuerzas políticas que contribuyeron a la resistencia dentro y fuera del país, por todos los medios de lucha (incluso los legales) como quedo ampliamente demostrado en este juicio por Iris y Floreal: es el comité barrial primero y regional después el que protege a Floreal padre en la clandestinidad, es el abogado comunista Julio Viaggio  (y todos los compañeros que lo acompañaban en su estudio jurídico y la Liga de la zona norte) quién diseña la estrategia que las comunistas Arsinoe y Azucena, protegidas por otros comunistas y militantes de la Liga, van a ejecutar visitando comisarías, despachos militares y gubernamentales, inscribiendo el nombre del Negrito en todas las solicitadas y listas que se presentaran aquí y en el exterior. La presentación del Habeas Corpus y el reclamo de la identificación de los restos en Uruguay revelan una organización que actúa en los límites de la legalidad/clandestinidad y por eso cuando Julio Viaggio concurre a Campo de Mayo, citado por Riveros ante sus reclamos, va acompañado por todo el Colegio de Abogados de San Isidro pero lleva puesto un sobretodo (en verano)  para decirle al General que está preparado para ir a las cárceles del Sur si ese es el precio por reclamar por Floreal y todos los desaparecidos.

    Nuestra decisión de reclamar el rol de querellante para el Partido y la Federación Juvenil Comunista, no solo se basaba en la convicción de que si no pudimos evitar su muerte, estábamos obligados a bregar por la condena de sus victimarios; también apuntaba a señalar lo ausente (o poco resaltado) en los juicios por el Terrorismo de Estado: entre los desaparecidos no había inocentes, todos eran parte de la lucha por una Patria Socialista y cada uno de ellos lo hacía desde una organización política o social y con una identidad bien definida. Por eso el compañero Ernesto de Marco, convencido que lo liberan o lo fusilan, escribe DE MARCO PC, en el sótano de la Esma, como Marcos Osatinsky hubiera grabado Montoneros o el Roby Santucho la estrella de cinco puntas de su Ejercito Revolucionario del Pueblo.

    Cuándo nos preparábamos para afrontar la batalla jurídica política, que presumíamos dura pero nunca tan dura como resultó, afirmamos que  ademàs de bregar por la condena judicial nosotros, los comunistas, íbamos al juicio por la reivindicación del Negrito Avellaneda; es decir, por el esclarecimiento del crimen pero sobre todo por el esclarecimiento de las razones (porque aún el crimen más monstruoso es obra de la razón, como bien lo dijo el General Auel en el juicio: la racionalidad estaba dada por la “funcionalidad” y puso cómo límite que nunca le pidieran torturar a su madre) de su muerte y sobre todo de las razones que llevaron a una generación a confrontar con un enemigo tan perverso y poderoso como el que enfrentamos.

    Este fue un juicio peculiar, acaso en el que los testigos fueran como nunca revictimizados o donde los represores y sus “defensores” (nunca tan bien empleado el término para los profesionales que decidieron comprometerse con los genocidas) fueran tan lejos en la reivindicación del Terrorismo de Estado y la Tortura, pero también fue el primero en que el partido político al que pertenecían y pertenecen las víctimas reivindicó una cultura revolucionaria, no para afirmar su unicidad o primacía sobre otras sino para que no falte ninguna al momento de pensar la pluralidad de la cultura revolucionaria y su imprescindible unidad.

    Porque como lo dice Juan Gelman en su poema sobre Rodolfo Walsh los compañeros “ahora son pedacitos desparramados bajo todo el país hojitas caídas del fervor/la esperanza/la fe/ pedacitos que fueron alegría/combate/ confianza en sueños/sueños/sueños/ sueños/ y los pedacitos rotos del sueño/¿se juntarán  alguna vez? ¿se juntarán algún día/pedacitos? ¿están diciendo que los enganchemos al tejido del sueño general? ¿están diciendo que soñemos mejor?”. Y así fue, más allá de cualquier otra consideración jurídica o política, el juicio sirvió para juntar los pedacitos de los compañeros desparramados y para que más compañeros sueñen, y sueñen mejor. Y tengo la más intima convicción que eso es lo que más quería el Negrito.


  • Después de treinta y tres años de los delitos cometidos en el Centro Clandestino que funcionaba en la Cuarta, Bv. Zavalla y Tucumán, ciudad de Santa Fe, un grupo de represores será juzgado por el Tribunal Oral Federal Número Uno de Santa Fe a partir del primero de Setiembre.  La causa se inició en el 2002, a nuestro pedido y tras la negativa de De la Rúa a cumplir con el Pacto de Extradición que el país tiene con el reino de España.  Entre los que serán juzgados se encuentra el ex Juez Federal Víctor Brusa y su condena será la primera que se dicte contra un funcionario judicial, y muy posiblemente, una de las pocas contra los civiles que fueron parte del plan de exterminio.

    Brusa entró al Poder Judicial de la mano de su tío, un Juez Federal nombrado por el golpe gorila del 55 de apellido Wade y se asoció al equipo de otro Juez Federal, Mántaras, un fascista declarado que presidía Faeda (un organismo ultramontano de los 60, la Federación Argentina de entidades Anticomunistas).  Junto con Víctor Monti, el otro secretario del Juzgado, colaboraban con la tortura y eran considerados por la SIDE (según documento secreto de 1981 que obra en nuestro poder) “colaboradores en la lucha contra la subversión y amigos de la Fuerza”.  Desde su nombramiento en 1992, por iniciativa de los senadores santafesinos Luis Rubeo y la Gurdulich de Correa, por parte del Senado Nacional, denunciamos su pasado torturador y así logramos en el 2000 que se abriera un Jury de destitución a partir de una antigua denuncia del diputado Bravo, activada en el momento de la puesta en funciones del Consejo de la Magistratura.

    Este había sido creado por la Reforma Constitucional de 1994, uno de los “regalos” que recibió Alfonsín a cambio de su aval a la reelección de Menem consagrado en el Pacto de Olivos, diciembre de 1993, pero hasta entonces no había sido implementado.  Desde antaño la labor de juzgamiento y destitución de los Jueces Federales recaía en el Poder Legislativo, o lo que es lo mismo decir, en la mayoría parlamentaria del momento.  Se trataba, se decía, de recortar el poder del gobierno de turno y de “democratizar” la justicia.  La composición del Consejo siempre fue corporativa: una cuota de consejeros para los colegios de abogados, otra para los jueces, otra para los legisladores y otra para la misma Corte Suprema.  El jurado de destitución era presidido por el miembro de la Corte. En el jury contra Brusa le tocó al vice de la Corte, Moliné O ´Connor, un menemista que sería luego destituido por corrupto.  Brusa tenía dos acusaciones: violar los derechos humanos y abandonar a un nadador por él atropellado en la laguna Setubal.  Así avanzó el Jury, con testimonios sobre los dos casos que se fueron probando de manera indiscutible.  No era fácil.  Brusa era todavía el único Juez Federal de la ciudad de Santa Fe y el obispo violador Storni, la familia judicial y la derecha de todo pelaje salió a bancarlo mediante una solicitada en la que consta hasta la firma de quien luego fuera ministro de Justicia de Kirchner, Iribarne. Pero la movilización popular se impuso y se llegó al momento del fallo con las acusaciones probadas largamente.  Catorce sobrevivientes de la Cuarta se presentaron a declarar y abundaron sobre el modus operandi de la Cuarta: tortura, intimación judicial y nueva tortura si no se firmaba la ficción de interrogatorio judicial que los Brusa o Monti presentaban.  Y ahí intervino Moliné O Connor: en una reunión del tribunal add hoc constituido para el Jury, planteó brutalmente que el único modo de destituir a Brusa era borrar los temas de derechos humanos y la mayoría aceptó el “canje” con la excusa posibilista de lograr “algo”.  El Dr. Nanno, en una postura ética que lo honra, presentó un voto en minoría en la que demuestró, no solo, el compromiso de Brusa con la tortura sino de todo el poder judicial con la dictadura.

    Presidida por la Corte Suprema, el Consejo de los primeros años fue una pieza más del sostenimiento de la impunidad. El kirchnerismo se propuso cambiar algo pero no se animó a ir hasta el final: a cuestionar la “familia Judicial” con la que intentó acuerdos y negocios donde se mezclaba todo: algún intento de limpiar el poder judicial de los más retrógrados pero también el deseo de contar con “sus” jueces para tapar los negociados y corruptelas de sus cuadros.  Luego del 28 de junio, una ofensiva de tres patas se ha lanzado contra la composición actual del Consejo:  la familia Judicial que quiere recuperar la presidencia para la Corte, para volver a salvarlo a Brusa, es decir para garantizar el status quo reaccionario que hoy preside la justicia; la derecha política que se monta en el reclamo de la “familia” para golpear el gobierno desde los derechos humanos y los radicales que hacen su juego buscando cambiar la composición del Consejo para lograr su propia mayoría, pensando en un próximo gobierno propio o al menos consolidar “la Justicia” como territorio propio.

    La composición actual del Consejo merece ser modificada pero no en la dirección que proponen la Corte, la derecha o los radicales, sino en una dirección contraria: hay que democratizar el Consejo metiendo pueblo en sus debates, dándole lugar a los organismos de derechos humanos, a los trabajadores judiciales y las centrales obreras, cambiando una lógica conservadora por una innovadora que se proponga un cambio de raíz en un Poder que desde 1930 en adelante fue funcional a todos los Golpes de Estado y que hoy es, sin duda, la principal traba al logro de la verdad y el castigo que buscamos para los genocidas de ayer y de hoy.

    Si Brusa es el símbolo del compromiso de la Justicia con la dictadura, Moliné O Connor expresa la voluntad de impunidad que los anima.  En este tema, como en casi todos, o se avanza en una radicalización democrática o vendrá la restauración conservadora, y mucho antes que las elecciones del 2011.


  • Artículo preparado para una serie publicada por Pagina12 sobre el tema, pero que no fuera publicado nunca

    Detrás del debate acerca la publicidad de los juicios contra los genocidas argentinos –que si se permite la difusión de los testimonios o no- se esconde otro debate, creemos, más de fondo: ¿qué fenómeno es el que se está juzgando y quién puede probar la perpretación del Genocidio?

    La Corte Suprema, en su acordada de diciembre último, autoriza que los Tribunales Orales –según su criterio- permitan la difusión gráfica y por medios audiovisuales de la acusación, los alegatos y la condena, pero prohibe que se televisen los testimonios de quienes sufrieron en el cuerpo el accionar del Estado Terrorista.  O dicho de otra manera, el mismo Estado que un día organizó un dispositivo para asesinar, torturar, encarcelar, robar bebés y desaparecer miles de compañeros; el mismo Estado que frustró de una y mil maneras el juzgamiento de los autores materiales e intelectuales de dichos actos de Terror, y lo sigue haciendo hasta hoy, ahora pretende silenciar la voz de los que pasaron por el infierno de los centros y campos clandestinos y que son los únicos que pueden hablar por los que no pueden hablar. Por los desaparecidos y asesinados por la dictadura y la impunidad.

    A esto se suman las opiniones «autorizadas» como, por ejemplo, la de León Arslanán, acusando a las víctimas de «sobreactuar para las Camaras» [1] y más grave aún, la de algunos defensores de los derechos humanos que avalan dicho discurso y práctica represora [2] desde dos perspectivas convergentes: la “seguridad” de los compañeros y el resguardo de los derechos procesales de los genocidas.

    Comencemos diciendo lo obvio: los que declaran en los juicios lo han hecho por años, muchos de ellos fueron objeto de la represión y su testimonio será escuchado por los propios represores, sus abogados y colaboradores que son justamente los primeros interesados en amedrentar a los testigos o aún más.

    Como se comprobó en las investigaciones del secuestro de Julio López, desde la propia Cárcel de Marcos Paz se movían los hilos de la intriga. Es la impunidad la que genera la sombra de Julio López sobre los juicios, acabar con ella es lo mejor que se puede hacer para garantizar los procesos judiciales en curso y los espacios democráticos que nos quedan.

    Además, años de lucha por los derechos humanos nos han enseñado que la mejor protección para los luchadores por la Verdad, la Memoria y la Justicia es rodearse socialmente, hacer de la denuncia personal una causa colectiva de modo tal que los potenciales agresores se tengan que enfrentar con un pueblo organizado y no con un individuo aislado.  Y digámoslo de paso, nada mejor que la publicidad de los testimonios para construir una voluntad colectiva en pro de la justicia.

    Pero concentremos la atención en las llamadas cuestiones procesales.

    Es asombroso que no se parta de la incongruencia entre el Objeto a investigar y juzgar y el Instrumento Jurídico con que se pretende hacerlo.  La insistencia en tratar estos crímenes de lesa humanidad, cometidos desde el Estado de modo tal que su encubrimiento precedía al acto represor en sí, como si fueran delitos corrientes, digamos el robo de un bicicleta en un barrio porteño, es la razón fundamental de la incomprensiòn del valor fundamental que tiene la difusión pública de los juicios y del propio atraso de los juicios, en definitiva.

    ¿Qué secreto del testimonio buscan preservar los Cortesanos y sus acólitos?  Las víctimas  y testigos hace treinta y tres años que hacen denuncias públicas, participan en actividades públicas y han reconstruido la verdad por un camino colectivo que permitió juntar los  pedacitos de memoria que cada uno conservó dolorosamente hasta armar las imágenes del horror que hoy son la principal, y a veces única prueba de los crimenes cometidos.

    Mantenerlos separados en el momento del juicio oral es una muestra del rídiculo en que se puede caer por el camino del dogmatismo jurídico, pretender silenciarlos es algo más grave, es volver a victimizarlos.  El último episodio de Tucumán, donde un testigo estuvo ausente por algunas horas, al menos profundamente conmocionado por las presiones que dar testimonio implican para él y su familia, no hacen otra cosa que confirmar que no se pueden tratar estos cosas desde la «normalidad» procesal encubridora de la «excepcionalidad» intervención estatal para garantizar la impunidad por más de treinta años.

    Encapuchados los tuvieron los milicos, silenciados los mantuvo la democracia por mucho tiempo, parte del resarcimiento que merecen tiene que ver con que la sociedad -esta vez-  los escuche y no vuelva a decir “por algo será”, que preste atención a sus denuncias, trate de comprender lo sufrido y reflexione sobre las razones que pudieron llevar a un grupo social en el Poder a cometer tales actos de barbarie.

    En la disposición de los Cortesanos de decidir por los testigos, cual si fueran niños o inacapaces mentales, acerca de su palabra revela la soberbia de algunos y la incomprensión profunda del camino recorrido por los sobrevivientes, los familiares de los desaparecidos y el conjunto del movimiento de lucha contra la impunidad: nunca se ha considerado lo sufrido como cuestiones personales o tragedias individuales sino como procesos sociales que afectaron al conjunto del pueblo argentino.

    El Genocidio no es una colección gigantesca de crímenes individuales sino la destrucción de un grupo nacional para reorganizar radicalmente la sociedad en beneficio de un bloque social de Poder. Los juicios pueden y deben aportar a identificar los responsables del Terrorismo de Estado, su Obra y significado actual.  Y no solo para los pocos que pueden estar presentes en las salas de audiencia oral, sino para miles, cientos de miles, millones de argentinos que informados adecuadamente sobre lo ocurrido pueden mejorar su compromiso democrático que implica la conquista de la Verdad y la Justicia para los crímenes del pasado y la superación de las consecuencias económicas, culturales, sociales, políticas que aún sufrimos.