El Ingeniero Blaquier y sus llamaditas telefónicas.


20 de julio de 1976

Nunca se supo bien si aquel día de 1969, un veinte de julio, los yankees llegaron a la Luna como todos creímos o fue una ficción como se dijo después.  Veinte de julio de 1969 vendria a ser unos dos meses casi redondos desde el Cordobazo, ese tajo que partió la historia y nuestra generación.

Dicen que el tipo era odontólogo o algo así y se le ocurrió decretar que cada veinte de julio sería el día del amigo por no se que boludez del Neil Amstrong,  la Nasa y la gente empezó a reunirse en esa fecha en las pizzerías, los bares y hasta las casas donde había lugar.

El Ingeniero también le daba importancia a la fecha y en su mansión compartida con la Nelly, hija de los antiguos dueños del Ingenio Azucarero más grande de la Argentina en aquel lejano e incomprensible norte jujeño, lleno de indios y collas, solían realizar gloriosas veladas donde mostraban la colección de objetos de arte que ya comenzaban a acaparar y que sería una de las obsesiones de la Nelly por toda la vida, incluso después que se separara del Ingeniero.

A lo mejor por eso, cuando en la reunión del Directorio se decidió dar un escarmiento a los osados obreros que pretendían que se los respetara como seres humanos y se cumplieran las leyes laborales y sociales, él pensó que lo mejor sería empezar el próximo veinte de julio: tendría la ventaja de que los propios tipos se juntarían en el sindicato y en los pobres clubes de barrio para tomar un vino y entonces el operativo sería mucho más efectivo.

Para él, era muy fácil organizar todo: en Villa Libertador General San Martín todo era de la empresa. La tierra. Las casas. La policía y hasta la planta de energía eléctrica le pertenecía así que con unas llamadas pondría todo en marcha.

Organizado como era, pensó en sumar una llamadita a su amigo el Obispo para que en Guerrero, al lado de las instalaciones turísticas de la provincia, pudiera contar con la Casa del Obispo para que los muchachos del Ejercito pudieran interrogar tranquilos a los subversivos y decidir a quienes limpiaban y a quienes blanqueaban en la cárcel de Jujuy.

Primero habló con el Jefe del Destacamento Militar, después con el gerente del Ingenio para que disponga de los camiones y a la hora acordada cortara la energía eléctrica para que la oscuridad sea la señal para el asalto de los grupos de tarea y paralicen cualquier intención de escapar de los que quería atrapar y al final habló con el Obispo que se puso a total disposición, que las donaciones del Ingeniero no se hacían desear en ninguna de las colectas.

Durante siete días se repitió la secuencia: los camiones de la empresa cargados de milicos arrasando un pueblo a oscuras que despertaba al otro día sacando cuentas de los que faltaban.  Pero el único que sabía las cifras exactas era él: cuatrocientos cuatro los secuestrados y cincuenta y cinco los que no volverían más.

Fue en agosto que en Buenos Aires se encontró con su viejo amigo, el Jefe del Ejercito Don Jorge Rafael y le agradeció con delicadeza el nivel de colaboración que habían logrado. Así debemos actuar siempre dijo el valiente varón, mientras llevaba una copa de champan rosado a la boca.

 

28 de julio de 2011

En el 2012, cuando visité Villa Libertador General San Martín por primera vez y me llevaron al campito donde un año antes había ocurrido el enfrentamiento que dejo cuatro muertos (de 17, 21, 22 y 37 años respectivamente) tuve la misma sensación que veinte años antes había tenido al conocer los campos de Anillaco por los que mataron al Obispo Angelelli: asombro, congoja y bronca. Porque se veían tan poca cosa, tan miserables, tan descartables que no podía creer que por tan poca cosa hubieran matado a un Obispo en el 76 y que cuatro jóvenes perdieran la vida en el 2011. Pero es que en Villa Libertador General San Martín la dictadura no terminó y el Ingeniero sigue siendo dueño de la vida y de la tierra de todas y de todos.

No hay, literalmente, un centímetro cuadrado de tierra en el pueblo que no pertenezca al Ingeniero y él sigue mandando sobre casi todos.  Dicen que el conflicto empezó por que nadie del municipio reclamó el cumplimiento de un acuerdo por el cual ese lote se destinaba a formar un  barrio popular del que lo primero que construyeron fue la comisaria. Todo un símbolo, no?. El viejo hospital del pueblo, que Perón obligó al Ingenio que sostenga con su abultada caja, ya casi no funciona porque un oportuno llamado del Ingeniero a Videla hizo que brotara un decreto que liberaba al Ingenio de semejante carga, faltaba más dijo el General a su viejo amigo cuando este se quejó de la prepotencia estatal, no tiene remedios ni gasas y cuando un Juez le pidió que diga si Olga Aredes se murió por el efecto del bagazo de azúcar, el director del hospital dijo que no sabía pero no porque supiera que no era así sino, y es lo más trágico, porque no podía hacer prueba alguna por carecer de instrumentos y materiales específicos.

Todos los 27 de julio, desde hacía algunos años, se hacía la gran marcha por la Noche del Apagón y el pueblo se llenaba de porteños que marchaban desde Calilegua hasta la Plaza donde por años Olga había dado la vuelta sola. Y al otro día fue el enfrentamiento. Los pobladores habían armado tristes remedos de carpas y la policía había acordonado el terreno. Pero más que una piedra va y una puteada viene, las cosas no iban a mayores hasta que apareció el Coronel Ferro, jefe de seguridad del Ingenio y se puso en la propia fila de los policías.  Si miran la foto con cuidado van a ver que tiene un celular en la mano. Dicen los que estaban allí, que cuando se armó el quilombo, el tipo comenzó a hablar con alguien por el celular y que después empezó a los gritos provocando a los manifestantes hasta que uno tiró con una vieja escopeta deportiva tan mal que pasó como a cinco metros de la fila; pero fue entonces que el Coronel Ferro dio la orden y los policías comenzaron a tirar casi a quemarropa contra los pobres sin uniforme. Cuando murieron los cuatro pobres pobladores, tres sin uniforme y uno con uniforme pero los cuatro iguales por el color de la piel y lo triste de mirada, el Coronel volvió a cargar el celular y habló con su jefe, el Ingeniero, para decirle que la misión estaba cumplida.

8 de agosto de 2012

“La situación por la que atraviesa el proceso de juzgamiento de los crímenes del terrorismo de Estado cometidos en la provincia de Jujuy se traduce en trámites cuya cronicidad resulta absolutamente inadmisible. En efecto, la existencia de una única causa elevada a juicio oral, cuyo objeto es la participación de un solo imputado (Luciano Benjamín Menéndez) respecto de una sola víctima, y la escasa cantidad de procesados (10), cuando existen desde hace años requerimientos fiscales con relación a la participación de, al menos, 70 imputados (sin incluir los aproximadamente 20 que ya han fallecido) en los casos de 158 víctimas, revela claramente la irritante inacción del juzgado a cargo del juez Olivera Pastor o, lo que es más grave aún, una deliberada obstrucción al avance de los procesos, a partir de una sistemática negativa a implementar estrategias de investigación razonables y funcionales al principio básicos de celeridad procesal. Esta situación se explica claramente a partir de una continua desmembración sustancial de las causas, implementada desde el juzgado de instrucción, pese a los reiterados planteos de acumulación efectuados desde la fiscalía en consonancia con la experiencia adquirida en otras jurisdicciones con resultados contundentes”.. Procuración General de la Nación Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de las causas por violaciones a los  Derechos Humanos cometidas durante el terrorismo de Estado…Informe de abril de 2011

¿ Cuanto le costaba ese fantoche sentado en el Juzgado Federal de Jujuy?  No se acordaba, le tenía que preguntar al contador se dijo, mientras volvía a putear porque nadie le atendía en el teléfono que llamaba. Y con eso que hasta un poema le escribió a la presidenta y sus amigos le habían asegurado que nada le debía preocupar. Que hasta que no hubiera una condena seguirían los negocios y los viajes compartidos. Por eso no entendía por qué carajos habían sacado a Olivera Pastor que tan bien resolvía todos los problemas y aseguraba que nadie lo molestara a él ni a ninguno de los muchachos.  Pero después de esas marchas, el cagón se las tomó y lo dejó a él expuesto a cualquier cosa.  Por dos veces había zafado de pedo de tener que declarar en la capital de su provincia. En una pretextó que habían atacado su auto blindado, de acá lo iban a atacar si era el mismo que usaba Uribe para zafar de los guerrilleros de la Farc, esos que seguro andaban por los montes de la Quebrada con tanto Monto en el gobierno y tanto guerrillero libre hablando boludeces por los diarios. Después tuvo que inventar que estaba enfermo y que no podía viajar a Jujuy; él, que estaba más sano que cualquiera y que todavía se podía coger dos locas al mismo tiempo si se le ocurría pero así eran las cosas. Y ahí estaba, otra vez frente a un teléfono; bueno, este no era un teléfono sino un sistema de teleconferencia, pero más o menos era lo mismo. Y el nuevo Juez que preguntaba las mismas boludeces que había dicho la vieja esa, la viuda del intendente que se les quedó en la tortura, y qué culpa tenía él que el tipo fuera flojito?, ahora todo se la querían cobrar a él cuando todos habían cobrado su cheque por treinta años. Los radicales y los peronistas, los jueces y los camaristas, los abogados y los fiscales. Todos habían cobrado y ahora todos se hacían los pelotudos.

¿Qué si yo puse los camiones de la empresa para secuestrar a los trabajadores? Pero, por favor, si yo soy un empresario, un industrial, y un amante del arte que nunca comulgó con las atrocidades que hacían los militares y bien que eso me trajo problemas. Nunca supe de los camiones, ni del corte de la energía eléctrica ni mucho menos del destino de los que dicen que están desaparecidos. Por favor, qué voy a saber yo de toda esta historia?

20 de julio de 2013

Marina Vilte era de aquí. De Purmamarca, un pueblito de la quebrada de Humahuaca famoso por el Cerro de Siete Colores. Y esta es la plaza. La única del pueblo. Alrededor de la plaza hay decenas de puestos de venta de artesanías. Algunas reales y otras importadas de China. Pero los vendedores y las vendedoras no son chinas; son collas. Gente del pueblo, de las sierras. Gente sencilla que no se mete mucho en problemas ni en debates filosóficos complejos.

Y en los puestos hay turistas. Muchos. De Jujuy y de la Capital Federal (que aquí nadie dice Ciudad Autónoma y todo eso). Y también de Europa que la Quebrada es una de las maravillas de la humanidad según la Unesco y eso cuenta.

En la plaza hay un equipo de sonido y frente al equipo de sonido desfilan las murgas. Una de Flores y  otra de Mar del Plata. Pero también de Jujuy y hasta de Purmamarca. Decenas y decenas de muchachas y muchachos disfrazados de murgueros, con bombos e instrumentos de música que dan la vuelta a la plaza y entran por el medio. Como corresponde. Cantan a la memoria y a la lucha. Cantan. Que ya es mucho.

Primero habla la hermana de Marina y vuelve a contar la historia del 20 de julio del 76, habla de Marina y de que era coplera, agarra una caja y canta. Una copla que dice algo así que si tomamos vino nos lleva la policía y si comemos coca nos lleva la gendarmería. La gente aplaude. Toda. Los murgueros y los turistas. Los vendedores y los del pueblo.

Me piden que diga algo. Pienso. Digo que somos gente de fortuna. Que podemos ir a cualquier lado del país y a cara descubierta honrar a Marina y a todos los compañeros desaparecidos. Y que no importa lo que se piense de nosotros, nadie, en ningún lado del país permitiría que alguien se pare en una plaza a decir que admira la Ingeniero por lo bien que supo armar la Noche de Apagón. O el modo que se burló de la Justicia, y aún se burla. Que hay una dignidad que el vencedor no conoce, y que eso lo aprendí de Jorge Luis Borges.

Y que también hay una felicidad que ellos no conocen ni imaginan, que es la de estar un veinte de julio en la plaza de Purmamarca para honrar a Marina y los compañeros del pueblo, a mis hermanos de Tumbaya y a todos los desaparecidos de Jujuy, de Argentina y de nuestra América.

Hace frio. Hablo poco. Me abrazo a la hermana de Marina y pienso que le prometí a Tomás escribir un cuento sobre el Ingeniero. Y que uno de estos días me tengo que poner a escribirlo. Porque cuantos más conozcan la historia, más cerca del final estaremos.

blaquier

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. mirtha dice:

    1 de agosto de 2013, Asunción- Paraguay, marchamos por las calles del centro de esta ciudad, pidiendo libertad para los presos politicos de Curuguaty, y también siento que estuve en aquella plaza de Purmamarca para honrar a la compañera Marina y de todos y todas los desaparecidos, los nuestros!!! Gracias por la memoria, José.

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