Pichetto, la esperanza blanca de los genocidas


El blanco no es un color, el blanco es el modo en que los europeos lanzados de conquistas coloniales se autodefinieron frente al “otro” definido como negro, como indio, como amarillo, siempre el blanco como mejor y superior frente a las “razas inferiores”.

El blanco no es un color, el blanco es el modo en que la realeza, la burguesía y el clero ruso se autopercibían frente a la revolución bolchevique, la revolución de los obreros y campesinos que para lograr paz, pan y  trabajo tuvieron que voltear un zar y enfrentar una intervención militar extranjera de catorce países, antes de sostener una cruenta guerra civil.  Fue al terror de los blancos que emergió el terror rojo.  Al revés de que casi todos cuentan.

En la Argentina, la esperanza blanca casi siempre estuvo puesta en los militares, los policías, esos hábiles artesanos de la picana y el gatillo; solo cuando la memoria, la verdad y la justicia desgastaron el Poder Militar Tradicional, la esperanza blanca se trasladó a los políticos de derecha, derecha que en la Argentina del siglo XX nunca construyó un partido propio porque no lo necesitaba.  La derecha casi siempre fue hegemónica en el radicalismo (por lo menos desde Alvear e incluso con Alfonsín –felices pascuas, la casa está en orden-plan primavera-) y en el peronismo donde más veces vino a salvar el capitalismo que a enfrentarlo (Isabel Rodrigo López Rega la Triple A-Menem-Duhalde por lo menos).

La novedosa experiencia macrista, un gobierno colonial civil y gorila, heredero del proyecto de la dictadura militar, exponente del proyecto Imperialista que encarnan Trump, Piñera, Duque y Bolsonnaro, se enfrenta a sus propios límites y ante el peligro real de perder las elecciones, da una voltereta en el aire, se sacude su gorilismo y se abraza a la derecha peronista en su expresión más pura: Pichetto, un profesional de la política dispuesto a todo en pro de mantener su lugar en el mundo, pragmático al límite de lo increíble y por eso más peligroso que ninguno.

Pichetto tiene a su favor, frente a Macri, Peña o los radicales que se presenta en nombre de una tradición política que está identificada con la defensa (y la conquista, como no) de derechos populares, en el pasado económico social, en el último periodo, también humanistas, civilizatorios, individuales.  Recuerden que el propio Pichetto ha sido una de las espadas de la causa de la despenalización del aborto, como antes dirigió la labor parlamentaria en nombre de Néstor y Cristina Kirchner.  Cuando Pichetto dice que “le preocupa que la Argentina vuelva al pasado” y reclama entender el cambio que se produjo en el mundo con el ascenso de los Trump, puede convencer que lo hace desde la reflexión de nuestra propia práctica, y no desde el mandato imperial de arrasar con nuestros derechos para apoderarse hasta la última gota de nuestra riqueza.  En ese punto, Pichetto intenta ser un nuevo Menem, convocando desde la historia a cambiar la historia. Y recuerden que Menem volvió a ganar la primer vuelta de las elecciones después del diciembre del 2001 y que solo en el ballotage se impuso Néstor Kirchner.  Son datos de la realidad, aunque no nos gusten. En este punto la falta de rigor en el análisis de la identidad peronista, las absurdas pretensiones de considerarlo un “movimiento de liberación nacional” en el que todas sus partes, aun las más fascistas y terroristas como las conocidas Juventud Sindical Peronista, Alianza Anticomunista Argentina, eran parte del “peronismo” juegan ahora a favor de Pichetto que pretende ser visto como “otro” peronista más, con una opción diferente en lo electoral.  De hecho, hay peronistas en las tres fórmulas principales, Urtubey con Lavagna; Pichetto con Macri y la de Alberto y Cristina Fernández.

Y es que nunca la línea divisoria pasó entre peronistas y no peronistas; como no pasó entre guevaristas del PRT o comunistas del PC o del PCR y no comunistas ni guevaristas; esa trampa nos ha frustrado por cincuenta años y es hora de superarla.  La línea divisoria pasa entre los partidarios de la liberación y los defensores de la dominación colonial; es esa la gran ordenadora de la lucha de clases que hoy se expresa también en el terreno electoral con una alianza emergente de las resistencias y oposiciones, la que encabezan los Fernández y otra que hoy es hegemónica en el bloque de poder en la Argentina.  La inteligencia de la jugada de Macri es que busca desestabilizar esa imagen que se venía construyendo e instalar otra entre republicanos y populistas.  O como dice Pichetto entre el capitalismo y el socialismo.  Los comunistas hemos dado sobradas pruebas de entender la dinámica real de la lucha de clases en la Argentina, se trata ahora que otras fuerzas (el kirchnerismo , el peronismo, el progresismo) den pruebas ciertas de entender que la batalla no es entre peronismo antiperonismo sino entre dos bloque sociales que disputan el futuro del país, sin certezas de triunfo para nadie.

El empecinamiento en el error conceptual, y por ende político, ha sido fatal en la década de los 70, en el momento de ascenso de Menem y en el propio proceso kirchenerista; el hecho que Pichetto haya sido diecisiete años jefe de la bancada peronista del Senado debería actuar como el argumento definitivo para la discusión, no se trata de lograr la unidad peronista sino de construir una alianza, frente, movimiento o como sea, que exprese el proyecto de liberación nacional y social, la confrontación con el Imperio y sus lacayos, la idea de Patria Si, Colonia No, o socialismo del siglo XXI.  Como gusten.

Pero es urgente, porque Pichetto le pone voz no solo al peronismo de derecha sino a todo un sujeto social que ha crecido desde la dictadura hasta aquí.  Al que le aplastaron los sueños cultivados en las décadas de los sesenta y los setenta y lo convencieron, lo obligaron, lo indujeron a vivir con el día a día, de un modo egoísta, cagando a todos los que necesite, pensando solo en consumir lo que los medios le dicen y mirando pantallas todo el tiempo que no está trabajando.  El capitalismo real (no ese con el que sueñan los ingenuos o farsantes de la palabra) en su etapa senil, de agotamiento, de decadencia, ha culminado la deshumanización de las personas que comenzó con la separación del trabajo en la etapa temprana del capitalismo industrial.  Es de tontos decir que Pichetto no tiene votos, más bien hay que pensar que Pichetto le pone voz a los que celebraron el asesinato de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, a los que claman contra los hermanos de la Patria Grande de Perú o Bolivia, a los que piden que nos saquen las pensiones, las jubilaciones y no pagar impuestos para que el dinero no se derroche en vagos.

Cuando Pichetto le apunta a Kicillof por su supuesto pasado comunista, sabe lo que hace.  Como un “aprendiz de brujo” convoca los viejos temores que la burguesía argentina ha cultivado desde siempre.  En 1902, en la primer ley represiva, ya hablaba de combatir el comunismo; en 1910, sancionó la ley de seguridad nacional con el mismo pretexto, en 1930 creó la Sección Especial de lucha contra el comunismo y era contra “el comunismo” que combatía la Triple A y el Ejercito de Videla.  Pichetto sabe lo que hace, una parte de las fuerzas democráticas y populares (el propio Partido Comunista, el Chivo Rossi, etc.) reaccionaron con contundencia; pero el silencio de otras habla de que el viejo truco funciona y paraliza. La incomprensión de la historia reciente puede ser fatal para la Argentina; en ocasiones, las diferencias teóricas milimétricas cuando llegan a la política son diferencias kilométricas y mortales.  Aunque solo se tratara de derrotar a Macri (o sea que se renuncie a derrotar el macrismo como proyecto integral de país por razones tácticas o las que sean), no habrá triunfo electoral sin cuestionar el discurso de la dominación que no solo es discutir sobre el dólar o los salarios. Pichetto viene a colocar la pelota en nuestro campo.  Ahora  nos toca a nosotros


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