Otro 24 de marzo: ¿ya vencimos la derrota?. El mito de Jano para entender la situación de los DD.HH. en la Argentina


floreal-jose.jpg“cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la bronca
cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota”
Mario Benedetti

En la noche trágica de aquel 24 de marzo, intentando escapar de la persecución represora, una pregunta me atormentaba la conciencia: ¿Cómo saldríamos del pozo donde nos veníamos hundiendo desde hacía meses gracias a la Triple A y la grosera impunidad habilitante? ¿Y cómo habíamos caído en el cuando parecía que avanzábamos hacia la Patria Socialista?

Muchos años después, bastante más de lo deseado, pudimos entender algunas cosas de aquel momento con lo que quisiera comenzar la reflexión. En pocas palabras, el Golpe del 24 de marzo era parte de una Operación Continental de Contrainsurgencia, en el marco de la Guerra Fría pero en la región que los EE.UU. consideran desde Monroe a Obama su patio trasero lo que aumenta su tradicional brutalidad asesina; en segundo lugar, en la Argentina, el Golpe tuvo un carácter preventivo, digamos una Contra/revolución preventiva dado que el proceso de acumulación de fuerzas desplegado entre el golpe gorila del 55 y el comienzo del Terrorismo de Estado a finales del 74 (aproximadamente claro, desde diciembre de 1973 ya actuaba la Triple A) era suficiente para desafiar al Poder, asustarlo, “enojarlo” mucho, pero todavía no tenía capacidades suficientes para confrontarlo en regla y derrotarlo, se adelantaron a la construcción de la alternativa política unitaria capaz de lograr esas capacidades; y lo hicieron en procura de rescatar el capitalismo argentino de su crisis, la crisis que las luchas le habían puesto al modelo distributivo, de Estado Benefactor o como quieran llamarlo pero que había llegado a entregar el 50% de la renta nacional a los que cobraban salarios y jubilaciones; ese modelo no funcionaba, estaba en crisis y “su” solución fue la modificación abrupta de todas las variables económicas empezando por los salarios, las leyes laborales, las empresas estatales y las regulaciones de cualquier tipo.

Fue un genocidio en regla: la destrucción de un “grupo nacional” para reorganizar radicalmente la sociedad. Y lo lograron. Por su fuerza histórica como Estado Nacional nacido como Estado Represor, por el apoyo estratégico de los EE.UU., por la complicidad de un amplio campo de fuerzas sociales y políticas que prefirieron entregarse a los militares al riesgo del triunfo revolucionario. Era el fin del supuesto carácter progresista de la burguesía nacional, en vez de aliarse a los trabajadores se sumaban al discurso de la “guerrilla fabril” del demócrata Balbín. Y todo facilitado por la ausencia de una fuerza política que represente los sueños de libertad y socialismo.

En estos 39 años cada uno de estos ítems ha sido objeto de manipulaciones desde la fracción que está en el gobierno. “Gesta patriótica” para los genocidas, “desvío irracional” para los radicales de Alfonsín que se amarraron al Nunca Más como el horizonte conquistado, reedición de la vieja historia de unitarios contra federales,” gorilas contra peronistas” para la corriente conocida como nac & pop. En estos últimos años se fue pasando de caracterizar el gobierno surgido del 24 de marzo de “dictadura militar” a “dictadura cívico militar” y ahora se abre paso una ampliación del foco hacia el poder empresarial.

Pero la idea que el golpe fue contra “la democracia” y por eso debe ser una “fiesta cívica”, con feriado nacional turístico incluido revela la intención de ocultar la razón profunda de la derrota y la falta de voluntad de construir fuerza política suficiente para llevar las banderas de los treintamil a la victoria La derrota y la victoria son algo más relativas de lo que parece. El papelón histórico que acaba de protagonizar el hijo de Raúl Sendic, que se atrevió a dudar de la veracidad de las denuncias de Maduro contra el golpismo imperial yanqui, recién llegado al gobierno uruguayo gracias a la portación de apellido, grafica eso de que se puede salir de estar encerrado años en un pozo (como le ocurrió a Raúl) con la cabeza en alto, victorioso, o se puede llegar a la Casa de Gobierno, dispuesto a satisfacer cualquier pedido del imperio, el mismo que encerró y torturó a su padre. Quiero decir que no todo se puede medir con cifras y fotos.

En la Argentina hemos conquistado un proceso histórico, ejemplar regionalmente y de valor universal, de enjuiciamiento a una parte de los represores que rompió la impunidad dura, aquella que aseguró la tranquilidad de los militares y policías que asesinaron y torturaron desde la Guerra de la Triple Alianza en 1870 hasta el fin de la ultima dictadura militar. Son 554 condenados en 21 juicios orales finalizados donde se absolvió a 59 de ellos. En total son 1064 los “privados de la libertad” por condena o detención preventiva, pero de ellos, el 40.5% están en su casa por decisión judicial y solo el 16% de las sentencias está confirmada por la Corte Suprema. En este universo casi no hay empresarios, curas, intelectuales, funcionarios; el foco de la Justicia se cerró en la escena de la tortura, solo ven a las victimas y los torturadores y nada del contexto. Del Plan de Exterminio reconocido desde el Juicio a la Junta y de la Operación Continental de Contrainsurgencia que se viene probando en el Juicio por el Plan Cóndor. De uno u otro modo, hay causas judiciales donde se trata lo ocurrido por algo más de 11 mil compañeros (entre sobrevivientes, asesinados y desaparecidos), lo cual es una cifra importante, proporcionalmente mucho mayor que los apenas mil represores investigados, ni siquiera dos por centro clandestino (habría unos 570, ya reconocidos judicialmente).

Las reiteradas promesas de Lorenzetti de garantizar la continuidad de los juicios (así como se procesan, con sus obvios límites y fortalezas) expresan el grado de instalación social de la necesidad de castigar aquellos crímenes, pero vistos como algo del pasado. No es la misma fuerza social la que reclama la Cárcel para Milani o para los responsables de los centenares de crímenes cotidianos como el que sufrió Luciano Arruga.

Como Jano , la situación de los derechos humanos en la Argentina, tiene dos caras muy definidas: la que mira al pasado, es fuerte y digna; la que mira el presente y el futuro, está cargada de las marcas del genocidio y sufre de las mismas carencias populares que resonaron en aquel 24 de marzo, y sigue restallando: la ausencia de una fuerza popular democrática antiimperialista y revolucionaria capaz de derrotar la continuidad del país fundado por la picana y abrir paso a los cambios que ya soñaban los treintamil y siguen esperando.

Ya hemos dicho de la cara que mira al pasado (podríamos sumarle la conquista de un proceso de memoria que excede largamente lo institucional y que se extiende por todo el país, vindicando a cientos de militantes dignos de ser legado y bandera de las nuevas generaciones y que ha llegado a una parte de los niños y adolescentes en un proceso casi inédito en el país y la región, no lo subestimamos para nada, nuestro Negrito Avellaneda y la Teresa Israel son parte de esa mitología popular en formación, como tantos otras y otros) pero digamos algo de la otra cara, esa que se podría graficar con la foto de Milani al frente del Ejercito, Berni en la secretaría de seguridad o Granados en el Ministerio de la Pcia de Buenos Aires avalando la tortura y el armado de causas por las fuerzas estatales que portan armas (no solo las Policías, también la Gendarmería, la Prefectura y el Servicio Penitenciario) que son las nuevas Fuerzas Armadas en reemplazo del viejo Ejercito Nacional, achicado por Menem para “profesionarlo” y ponerlo en las misiones de la ONU. Son ellos los que torturan en sede policial y penitenciaria, los que arman causas y realizan ejecuciones extrajudiciales (“gatillo fácil”); los que espían y controlan al movimiento popular y crecientemente arman provocaciones y directamente reprimen en las calles como desde hace tiempo se practica en Formosa o las localidades de Malvinas o San Miguel en el Gran Buenos Aires de donde emergió la estrella sciolista de la seguridad, el Ministro Granados.
No hace mucho Capitanich explicó que son 400 mil hombres armados y bien preparados para la lucha de calles y agregamos que si superponemos el mapa de la pobreza y el mapa de los recursos naturales estratégicos con el mapa de la dispersión geográfica de los hombres del estado con armas encontraremos una superposición más que evidente.

Si el exterminio planificado de los militantes de los 70 se fundaba en la ideología de la seguridad nacional y el combate al comunismo internacional, ¿cuál es la razón para esta matanza silenciosa y cotidiana contra jóvenes pobres habitantes de barriadas populares con poco o ningún grado de organización previa?. La razón está en la continuidad del capitalismo y su necesidad extrema de control social, de imponer respeto y miedo a los pobres y los que se animan a resistir las dinámicas de enriquecimiento. Y por que saben que alguna vez pueden volver a necesitar un Videla. Por eso ninguno de los gobiernos electos por el voto popular desde el 83 en adelante disolvió los Servicios de Inteligencia o la Policía Federal sabiendo como saben que son imposibles de reformar. Miles de charlas de derechos humanos. Cursos y seminarios. Palabras y medallas no han servido para cambiar la cultura represora que se renueva y fortalece con la impunidad que el Poder Judicial (casi en bloque, salvo honrosas y dignas excepciones) les garantiza a los asesinos de Fuentealba o los secuestradores de Julio López. Esa cultura represora es, sin lugar a dudas, el mayor de los peligros que amenaza la vigencia de los derechos humanos dado que es la lucha popular el camino para hacerlos visibles, deseables, reconocidos y aceptados en la ley, así como es la lucha la que puede lograr su acceso pleno y universal. Y de eso se trata, que de leyes y Convenios Internacionales que no se cumplen estamos llenos y hartos. Los derechos humanos son aquellos que se ejercen sin limitaciones, y por todas y todos.

A pocos meses de finalizar el ciclo kirchnerista en el gobierno, el balance no es fácil y no queremos pecar de unilaterales (solo ver la cara que mira la memoria o solo ver la cara que acepta la tortura cotidiana) ni de componedores: un poco bien y un poco mal….

Es más complejo, la fracción en el gobierno trató y trata de que la Memoria tape la violación cotidiana y a futuro de los derechos humanos pero no le fue ni le será fácil; nosotros, y hablo de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y los organismos que no renunciamos ni a la autonomía ni al antimperialismo ni al compromiso con la liberación verdadera, nos hemos esforzado para que la Memoria ilumine el presente de modo tal que la comprensión del pasado reciente refuerce la voluntad de luchar contra toda forma de represión y violencia institucional, contra toda limitación de los derechos económicos, culturales, sociales y ambientales de nuestro pueblo. Y en parte, aunque sea pequeña, lo hemos logrado.

Por ello tenemos una mirada optimista para el futuro, no porque creamos que la Justicia trajo el Nunca Más; sino porque aprendimos que “el Derecho genera verdad” y hay una porción mayor que antes de la sociedad que sabe lo que pasó, y por qué paso. Con ellos nos disponemos a construir los movimientos y acuerdos que consigan la fuerza necesaria para terminar con la represión y la violencia institucional contra los pobres. Porque es hora de construir lo que nunca tuvimos, la fuerza popular capaz de derrotar la derrota y avanzar hacia la patria libre, hermanada con todos los pueblos que quieren dignidad y libertad.
Y tenemos derechos a soñar: no nos ganó la noche del 24 de marzo del 76 ni tantos años de frustraciones y traiciones. Solo se trata de aprender de cada derrota y construir algo más grande que nosotros mismos.

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