La captura…a 37 años de mi primer encuentro con la patota….


Me metieron en un Ford Falcon, en el baúl trasero, con las manos esposadas a la espalda y la cabeza entre las piernas.

Era la madrugada del 12 de octubre de 1976.

Habían tardado doscientos dos días, y sus noches, en encon­trarme.

Había permanecido doscientos dos días, y sus noches, clan­destino; o semiclandestino.

Había estado doscientos dos días, y sus noches, esperando que los tipos llegaran.

De noche se escuchaban los tiroteos y las explosiones; y yo me quedaba despierto, calculando si se acercaban o se alejaban. Si venían a buscarme o buscaban a otro.

Esa noche me habían sorprendido. Yo esperaba que me de­tuvieran derecho viejo. Que me pararan en la calle o asaltaran la casa donde habitaba. Y punto. Que tocaran el timbre y me metieran preso.

Pero no, todo era más perverso.

Tocaron la puerta, abrí la ventanilla y por ahí apareció el caño de una Itaka. Pero para mi sorpresa no me detuvieron. Unos desconocidos de civil pidieron permiso para pasar al fondo de la casa y allanar a la gente que vivía al fondo de la mía. Retrocedí y los dejé pasar. Parecía que no me daban mucha bola y empecé a aumentar la ilusión de que podría salvarme de nuevo.

Como en aquella madrugada del 24 de marzo.

A lo mejor no se daban cuenta de quién era yo, y entonces podría volver a zafar.

La escena que ofrecíamos era más que familiar y correcta: la mesa estaba tendida con mantel y todo, una joven pareja recién casada recibía a un amigo de Rosario que se había quedado a cenar, la comida estaba en el horno y todo olía a festejo. Más que alusio­nes a lo rico que se sentía la comida, no había otros comentarios. Un grupito se había quedado en la casa mientras el grueso de la patota, todos de civil, todos jóvenes y con armas largas, habían saltado la pared del fondo y entrado en la casa vecina.

Al rato volvieron, y parecía que todo el operativo estaba ter­minando cuando, como al pasar, uno de los milicos me preguntó el apellido y me pidió los documentos, cuando los agarró pegó el grito y ahí volvió la jauría con gestos de locura.

Ya no era el trato civilizado sino los golpes, los empujones, las manos contra la pared, tirarnos al suelo, hasta que alguien entró a la casita y les dijo que me levantaran. Me di vuelta desde el suelo y volví a ver al oficial Rebechi, de riguroso saco y corbata, prolijito como un empleado bancario de los años 50.

La banda empezó a revisar toda la casa. A embolsar cada papelito, cada libro, cada objeto de valor. Después se sentaron a comer.

A Graciela y a Hernán los llevaron enseguida. A mí me dejaron en la casa, y empezaron el interrogatorio.

Me estaban pegando puñetazos en la barriga cuando uno de los de la patota gritó enloquecido de dolor que la verja estaba electrizada.

Se volvieron más histéricos que antes: gritaban, amenazaban con las armas, me llevaron hasta la vereda –para que desarmara la trampa y tardó un rato largo para que se convencieran que, sim­plemente, la casa vieja, húmeda, tenía perdidas de electricidad y que algunas paredes –y especialmente la verja de entrada–, daban pequeñas sacudidas si se las tocaba con la piel desnuda. Ellos, que eran especialistas en pasar 220 voltios por el cuerpo de los prisio­neros, estaban aterrorizados por una suave caricia eléctrica.

Después se la agarraron con el fondo. Resulta que había una costumbre en la zona que era enterrar la basura en la tierra y cuando puntearon un poco, buscando armas encontraron el pozo de basura.

Y otra vez la locura.

Me tuvieron cavando por todo el fondo, desenterrando basura que revisaban como con una lupa. Creo que habremos estado como tres horas.

Una extraña tranquilidad me había agarrado después del pri­mer susto.

Esos primeros minutos del interrogatorio feroz de Rebechi que me tiraba todos los datos que tenía sobre la Fede tratando de convencerme que él sabía todo, y que era al divino pedo que cobrara por no decir lo que él ya sabía.

Yo primero vacilé, dije alguna mentira verdadera o alguna verdad mentirosa, pero después me ordené el bocho y empecé a funcionar como tantas veces había imaginado que debía actuar en una situación así.

Había estudiado de memoria el Reportaje al pie del patíbulo de Fucik y sabía que no se podía decir nada, porque una vez que se empieza no hay forma de parar. Que hay que callar o repetir siempre lo mismo y saber que una vez que se estaba en sus manos no había forma de salvarse. O mejor dicho, que no había forma de no “cobrar”.

Pero que había un solo modo de salvarse: era aferrarse a lo que uno era, y saber que lo único que quedaba en mis manos era esa decisión personal.

Que pasara lo que pasara, quien decidía seguir siendo uno mismo, o dejar de serlo, era uno mismo. Y que eso no te lo podía arrebatar nadie.

José Ernesto Schulman, casado, estudiante de Matemáticas, hincha de Colón y militante de la Fede desde 1967, cuando tenía poco menos de 15 años, podía seguir siéndolo si él quería. Sólo él podía resolver si seguía siendo el mismo de siempre, o aceptaba dejar de serlo.

Una piña más fuerte que las demás me aturdió, recién reaccioné en el Falcon y me acordé de Fucik. Yo también atravesaba la ciudad de noche, solitaria, hermosa. Igual que él pensaba que podía ser la última vez en que la atravesaba velozmente en un coche.

Pero a Fucik, que lo llevan del centro de torturas al Palacio Real de Praga ocupado por la Gestapo, con el objetivo de sobornarlo; le permiten que vaya mirando por la ventanilla. Para que sufra por lo que va a perder si no acepta el trato. Viene de meses de torturas y sabe rigurosamente que no tiene salvación.

Que ya lo han delatado; y que un miembro del Comité Cen­tral de un Partido como el Partido Comunista Checoslovaco que practica la resistencia armada al ejército invasor alemán, no tiene salvación.

Por eso su mirada es de una serena tristeza, de una alegría triste, de una tristeza alegre.

Sabe exactamente lo que va a pasar, y está totalmente seguro de lo que él va a hacer.

Mi viaje es el comienzo del calvario, con la cabeza entre las piernas intento adivinar adonde voy pero no puedo; y eso me asusta más todavía…

Antes de salir de la casa me han puesto como capucha un suéter en la cabeza.

Así que no veo nada. Dan vueltas y vueltas, hasta que de re­pente el Falcon se detiene; abren un portón y entramos en alguna parte. Me bajan a empujones, me quitan la capucha y me llevan a una celda.

El Mono me recibe y me anima un poco.

Le pregunte dónde estamos y me dice que no sabe.

del libro “Los laberintos de la memoria”, primera edición del 2002, cuya tercera edición se puede bajar del blog Crónicas del Nuevo Siglo

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