Crónica tardía de la detención del juez/torturador Víctor Brusa en tres pasos


cropped-jose-alicia2.jpg.

A Eduardo Rozensvaig

que en una mañana tucumana

me explicó la diferencia entre

la venganza y la vindicación

 

 

Uno.18 de marzo de 1977. 23 hs.

Se bajó con mucho cuidado de no pisar al cumpa que dormía en la cucheta de abajo. Caminó lentamente desde la cama cucheta hasta la pileta empotrada al lado de la puerta metálica, hermética, verde, con una ventanita al medio -que al abrirse parecía una bandejita donde le pasaban la comida- y una mirilla que se operaba desde afuera, para que el guardia controle. Por eso le gustaba la noche.  Porque por un rato quedaba solo y podía hacer lo que le cantaba los huevos. Bañarse como un duque, por ejemplo. Con un jarrito, el mismo que usaba para tomar el maté cocido y también la sopa o el agua coloreada con la vitamina C con gusto a naranja que le sacaba el gusto a mierda que tenía la que salía de la canilla.  Comenzó a tirarse agua encima del cuerpo. Una vez, y otra.  Y otra. Y otra.  Ya comenzaba a calmar el calor, esa pegajosa sensación de su­ciedad que le subía desde los mugrientos colchones sin sábanas y a calmar las picaduras de los mosquitos.  El decía que no le importaban los mosquitos, pero picaban los hijo ´eputa y no había con que darle.  A veces, muy pocas, tenían pedacitos de espiral y por un rato el humo verde, con ese olor tan familiar que le hacía recordar las tardes en Guadalupe de hacía un siglo cuando todos iban a la playa y se quedaban hasta la noche escuchando la radio que transmitía a Colón y tomaban mate y comían torta que llevaba la vieja y él salía a caminar con esa chica que tanto le gustaba y que daba vueltas en darle el primer beso, justo allí bajo la luna santafesina.. Un cañonazo de luz, que cruzó la celda, lo trajo de vuelta a la Cárcel de Coronda y le hizo recuperar los reflejos de preso: se quedó duro como en el juego de la mancha venenosa y se recostó lentamente contra la pared, entre la piletita y la cucheta, tratando de quedar detrás de la almohada del Moncho. Desde la muralla, los gendarmes se entretenían apuntando con los reflectores hacia las ventanas, de aburridos nomás, que nadie podría escaparse de la puta cárcel. Enfocaban el cañonazo de luz por la ventanilla y lo movían lentamente por las paredes. Iluminaron un pedazo de pared y la esquina superior de la cama, justo donde estaban colgados los pantalones y la toalla que enseguida usaría para acostarse en bolas, mojado y solo tapado con ella, pero la luz no lo rozó. Lo consideró una pequeña victoria y se decidió a continuar con lo suyo.  Se subió lentamente a la cucheta y se desparramó en la cama. Por unos minutos, estaría fresco y podría soñar.  Era tan obsesivo que programaba los sueños.  Se quedaba quietito con los ojos cerrados y se ponía a pensar hasta que lo que pensaba lo soñaba y lo que soñaba lo pensaba y no sabía si soñaba o pensaba. Ya está, hoy soñaría que estaba libre. Y no solo eso. Soñaría que todos los mal paridos que lo habían torturado en la Cuarta, el Curro Ramos Hijo ´eputa Torturador y el Víctor Brusa Secretario del Juez Aterrorizador, primeros que nadie, estaban presos. Y que sufrían como animales asustados, porque sin la picana y sin la cuarentaycinco, que el Curro Ramos Hijoeputa Torturador llevaba bajo la remera sobre la raya del culo, y sin la absoluta impunidad que le daba el Poder Judicial que pertenecía al Brusa antes secretario y ahora Juez Federal Aterrorizador, eran dos cagones de mierda que no se bancaban nada. Y no solo eso. Soñaría que la misma tarde en que los metían presos vendría a su encuentro una mujer.  Una extraña mujer que lo desearía con ansia, que lo amaría, que lo besaría con pasión y que luego se subiría para cabalgarlo hasta estallar en orgasmos increíbles…… y sí, como uds. imaginaban, se despertó justo justo cuando la mujer del sueño estaba por acabar arriba suyo. Se dio vuelta en la cama solitaria, acomodó la erección como pudo y se dijo a si mismo que estaba bien. Que no debía quejarse por la interrupción porque hasta los sue­ños deben tener límites, y ese era un sueño como que demasiado imposible.

 

Dos    3 de enero de 1977. 18 hs.

No era fácil sobrevivir en Coronda. Bueno, sobrevivir física­mente si. Casi no pegaban, casi no torturaban, al menos físicamente, di­gamos la tortura que casi todos habían sufrido en el recorrido desde la detención a la Cuarta, desde la Cuarta a la Casita o a la Guardia de Infantería.  Aclaremos, cierto es que no te pasaban la picana por los testí­culos, ni te hundían la cabeza en un balde de mierda ni te molían a piñas, pero no era fácil. Coronda era una cárcel “modelo”.  Modelo de cárcel yanqui, de esas en que los presos trabajan y se recuperan mediante el trabajo. ¿Cómo era eso de que “el trabajo libera”? No, no era de los yanquis, era de Hitler y ahora me acuerdo que estaba escrito en letras de hierro en un arco a la entrada de Auschwitz. Como los presos comunes trabajaban, estaban todo el día fuera de la celda y entonces éstas eran de cuatro por uno, con una piletita y baño, para que pudieran mear y hacer sus necesidades de noche y lavarse la cara a la mañana.  Pero no era el caso.  A nosotros no nos dejaban trabajar, ni leer, ni estudiar, ni hacer gimnasia, ni siquiera masturbarte en paz.  Todo, absolutamente todo estaba prohibido. Es difícil imaginar­se el absoluto en cualquier cosa, y más difícil es pensar que te lo prohíban todo. Pero a ver, probemos, pensá en algo que te gustaría hacer si estuvieras preso y veamos. ¿Ver televisión?, no.  ¿Leer libros de historia, o novelas?, no.  ¿Escribir o recibir cartas?, no.  ¿Hacer manualidades, tipo tejer o bordar o dibujar o pintar?; bueno nada de eso. ¿Hacer gimnasia o caminar en la celda? Tampoco. Los tipos te metían 23 horas por día en esa tumba con ventana a la muralla, una hora estaba reservada a los recreos y te prohibían hacer cualquier cosa que a vos se te ocurra.  Así que lo único que quedaba era el cerebro, pero el cerebro tenia una contra: ¿cuánta información estaba disponible?  A ver hagamos otra prueba, agarrá un papel y anota todos los te­mas que sin ninguna ayuda, pero ninguna eh, de los cuales vos podrías hablar y conversar, informar y transmitir conocimientos a otros. Parecen muchos, pero ahora pensá que con eso tenés que arre­glarte tres meses, o seis meses, o cincuenta y seis meses o ciento ochenta y nueve meses o quien sabe cuántos porque justamente uno de los pilares del proceso destructivo es que vos no supieras nunca cuánto faltaba para irte.  Pareciera mejor no tener ni causa ni condena: no tenés plazo de cárcel; pero tampoco tenés fecha de salida. Esa que te permita des­contar de uno por uno los días pasados y achicar la cuenta.  Y si nada es seguro, todo es probable; y cuando estás en poder del enemigo, lo probable es temible. Así que, nada de trabajo y la única opción era estar sólo u acom­pañado; pero en ese caso tendrías que pensar que con ese compañero, que no dejaba de ser un desconocido (al menos cuando se juntaran en la celda el primer día), compartirías hasta la ultima de tus intimidades dado que no te sacarían ni al baño y hasta tendrías que cagar delante de él y verlo cagar a él, obvio. La historia de cada uno es lo que te tenía que salvar, lo que eras, lo que sabias, en lo que creías y lo que amabas. Y ahí estaba una de mis problemas. Yo tenía historia y sabía porque estaba allí. Eso estaba bien, y te daba mucha tranquilidad, más que por entonces todavía practicaba ese optimismo histórico, que luego se mostró erróneo, ingenuo, casi ridículo, pero que entonces era el más pode­roso soporte. ¿Vos sabes lo que es hablar de la Revolución Rusa en una tarde de domingo en Coronda, por la radio de la cárcel, es decir por el sistema de reproducción de las voces que los presos practicaban en la ventana repitiendo casi en susurros lo que escuchaban del vecino y así hasta dar vuelta al pabellón? ¿O lo que se siente cuando un compañero de otra organización te pide que le des un curso de filosofía marxista, o cuando se celebra el aniversario de la revolución cubana, el 1º de enero de 1977, y uno pensaba en la Isla de Pinos, ahora la Isla de la Juventud donde Fidel estuvo después de la derrota del Moncada, ¿y si también Coronda se convierte en una escuela para los niños pobres de la zona, para esos que recolectaban frutilla desde muy chiquitos? Pero no todas eran buenas, el macartismo estaba siempre dando vueltas, apenas rascabas un poquito la piel aparecía y volvían los debates: si la Unión Democrática del 45, si la ayuda al Che en Bo­livia…Y además, la angustia por la compañera presa, la propia, aquella con quien me había casado en junio del 76 y ya en octubre habíamos caído en cana y con esa angustia había llegado a Coronda.  Con el temor de que jamás saldría y jamás podría amarla como corresponde; con el temor de la violen y que la hagan mierda física o psíquicamente, o que me maten en algún traslado o me desaparezcan al dejarme en libertad.  Digo que empezó a aparecer un problema personal entre los represores y yo, ya no sólo una cuestión de clase, de política, de justicia social y solidaridad. También un problema estrictamente personal, de mis derechos a la alegría y la felicidad, al placer y el gozo. Algo que habían se­pultado con la primera patada en la puerta de la calle Güemes y con la primera piña bien puesta en los riñones, como para que no haya dudas de lo que me esperaba. Fue entonces que empecé a soñar con mujeres apasionadas que me amaban, que me deseaban y me satisfacían en todos mis deseos.  Sueños de preso, se entiende.

 

Tres  2 de Abril de 2005

Hacía como quince días que no veía a la flaca. La deseaba como nunca. La había visto el domingo pero no se concretó nada; es que era la Marcha de la Resistencia y no hubo forma de salirse ni de hacer nada. Además él estaba con sus hijos, y eso no ocurría tan seguido. Se acordó de “Angelito”, esa obra de teatro del Tito Cossa donde el protagonista cuenta al público que conoció a la mujer más hermosa de su vida en una marcha y que hizo el amor con ella en medio de la calle. En “Angelito”, la mujer estaba vestida de rojo y la escena de amor coincidía con el asalto al Palacio de Invierno porteño, es decir a la Casa Rosada. El se conformaba con algo menos, con tenerla allí en medio de la marcha contra la desocupación y la miseria que aplasta todo, ese bombardeocontinuo y tardío de la dictadura que había fingido retirarse y sin embargo… Se imaginó la escena. Levantarla en sus brazos, despojarla de todo y amarla ahí en medio de la dignidad que se levanta contra el espanto de la impunidad y la indiferencia disfrazada de neutralidad.  Pero resistió la tentación, siguió caminando hasta el final o mejor dicho hasta llegar a la Plaza de Mayo y de allí se fue a comer con sus hijos.  Tuvo que esperar tres días hasta encontrarla.  Antes había pasado por el ritual de devolver los hijos a la madre y comerse los reproches de siempre y los reclamos silenciosos de los que no se resignaban a esa familia por minutos.  Parecía un sueño: toda vestida de celeste, desde las zapatillas hasta la remera pasando por un jean lavado pegado al cuerpo que lo excitó apenas la vio. Como siempre, no podían esperar a nada y con el primer beso desaparecía todo lo que no fuera ella misma.  El recordó que así fue la primera vez, cuando estaba tan asusta­do que ni se animó a decirle que la quería y ella lo condujo como a un niño de la mano hasta que al despedirse él se animo a besarla y pareció que era la primera vez para los dos.  Esta vez fue igual. Ella se recostó sobre él, se sacó la remera y el corpiño. El se pegó a la piel, parecía que el fuego estallaba en su piel y ….sonó el teléfono. Puteó pero ella le dijo que atienda. Saltó como pudo por encima de la mujer, y levantó el tubo.  Era de Santa Fe, de LT0, la radio universitaria que una tarde de setiembre del 73, todavía se acordaba, había anunciado que una co­lumna oficialista marchaba sobre la Santiago capturada por Pinochet y él se había puesto a llorar de alegría en la puerta del Paraninfo de la Universidad pegando puñetazos al aire creyendo que la historia seguía siendo de ellos y no de los fachos. Esa misma radio, otra voz seguro porque aquella locutora moro­cha y hermosa ahora era una Madre de la Plaza sin micrófono desde hacía 30 años, así que la voz femenina que le habla no podía ser esa, era otra la que le preguntaba que opinaba sobre la detención del Curro Ramos y del ex Juez Federal Brusa y él que no puede creerlo y le dice no joda, no se jode con eso, que cómo van a estar presos Brusa y el Curro, que los sueños no existen. Y repitió no jodan, che!  Y de nuevo se puso a llorar, como si siguiera en la tumba con ventana a la muralla y sobre la cama no hubiera otra cosa que la humedad de su propio cuerpo, bañado a jarrito a hurtadillas de los gendarmes y su rayo de luz, soñando que estaba libre, al lado de una mujer deseada y que los torturadores estaban presos, derrumbados en su miserable cobardía sin saber si pensaba en lo soñado o soñaba lo que pensaba.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s