De cómo una sucia camisa de ferroviario resultó el mejor regalo para una madre


A la Perra Juan Carlos

aunque nunca le perdoné

que él pasara al partido

antes que nosotros

Aunque los jueces y abogadosrepresores de los represores no lo creen, la historia de lo que nos pasó hace treinta y pico de años la estamos escribiendo en estos días.

El Oscarcito, ferroviario de Paiva, declaró en el juicio contra Brusa y Cía. y fue entonces que yo escribí un cuento al que llamé La Conexión entre Larquin y María Eva en el que traté de mostrar lo que significaba ser ferroviario para un joven comunista de los 70.

Y recién ahí, después de que el Oscarcito cayera preso en el 76 y saliera en el 78, después de treinta años sin hablar del tema y después que el Oscarcito testimoniara en el Juicio Oral y de que se publicara el cuento fue que la Perra le contó cómo supieron donde estaba secuestrado y así pudieron hacer la denuncia pública que lo pasó al Oscarcito del lado de los sobrevivientes, aunque tardaría un tiempo en salir de aquel infierno.

Y tal como la Perra se lo contó al Oscarcito yo se los cuento  a Uds.

Después que se lo llevaron de su casa, toda la familia se puso en movimiento.

El Racha, a quien su hermano Oscarcito le pidió en voz muy baja que mantuviera la Fede en funcionamiento al momento de abrazarlo para despedirse antes que se lo llevara el grupo de tareas, esperó despierto toda la noche que se hicieran las cinco para encontrar a la Perra en el portón de entrada de los talleres ferroviarios de Paiva, una para advertirle que tuviera cuidado y para que la Perra, que ya estaba en el partido y seguro que sabía donde dormían el Gomitolo y los otros compas de la dirección pudiera avisarles y además porque estaba seguro que la Perra no se iba a quedar quieto con la noticia de la detención del Oscarcito.

Y así fue.

La Perra que ya dormía en otra casa que la propia, no se había enterado de la detención del Oscarcito así que decidió no entrar al taller y juntos se fueron caminando haciendo rodeos y vueltas y vueltas hasta llegar a la casa de un dentista que tenía auto y se lo pidieron.

Con el auto salieron del pueblo, cruzaron los frigoríficos de Nelson y le avisaron al Gomitolo que lo habían encanado al Oscarcito y se sentaron a hacer planes.

Bueno, muchos planes no hicieron, decidieron que el Gomitolo avisara al resto de los compañeros de la dirección y trataran de esconderse por unos días y el Racha con la Perra se fueron con el auto a Santa Fe a practicar un método de investigación casi suicida.

Entraron por el Cementerio y fueron a parar directo a la Cuarta, donde estaba yo y no el Oscarcito pero ellos no sabían ni de mi ni de él, y se presentaron en la puerta de entrada diciendo que los mandaba el comisario de Laguna Paiva porque al Oscarcito lo  habían llevado sin pullover y la mamá decía que estaba resfriado.

El cana los miró como diciendo que pardepelotudos pero por alguna extraña casualidad en vez de hacerlos pasar para meterlos en el circuito que terminaba en Coronda, simplemente les dijo tómensela de aquí manga de boludos antes que los meta presos y la Perra lo manoteó al Racha que quería discutir, caminó para atrás, dieron vuelta por Bv. Zavalla, caminaron hasta Rioja y allí se subieron al auto del dentista para seguir haciendo lo que ellos creían una búsqueda “inteligente”.

Agarraron por Avda. Freyre hasta la rotonda de la cancha de Unión, doblaron por Pellegrini y se bajaron a tomar algo el desayuno en el bar de San Martín y Pellegrini.

Allí se les unió el Mario y los tres se fueron caminando hasta la esquina de Obispo Gelabert y San Martín para volver a repetir el mismo discurso: mire, le dijo el Mario, que nos manda el Comisario de Paiva y que el chico se puede resfriar sin el pullover pero sin lugar a dudas ese era su día de suerte porque el guardia de la Side, donde si estaba el Oscarcito al que en ese exacto momento lo estaban moliendo a piñas en la pieza de arriba, algo les creyó, que eran de Paiva y pensó que no sabían en que andaba el ferroviariosubversivo así que les dijo con cierta pena muchachos tómensela de aquí y no aparezcan por ningún otro lado, y menos con ese cuento tan boludo.

De nuevo, el que tomó la decisión fue la Perra y se volvieron para el bar, el Racha y la Perra se quedaron un rato mientras Mario se iba a buscar un contacto la Fede y fue a la tarde que pudieron reunirse con Marcos que ya sabía lo que había pasado y que para esa hora ya tenía en la cabeza que si habían caído la Gracielita, el Hernán, José, Oscarcito, los compañeros de Monte Vera y ya habían allanado la casa de otros tres ferroviarios de Santa Fe, que  por suerte no habían ido a dormir a su casa, nada era casual y había que pasar a otro tipo de actividad: juntar las madres, ayudarlas a presentar los habeas corpus y a mandar cartas a los diarios y que sean ellas las que recorrieran las comisarias a ver si en alguna se colaba algo.

Y a hacer un volante para meter en los talleres ferroviarios de Santa Fe y de Paiva para alertar que si se metían con los ferroviarios era porque los milicos estaban pensando en avanzar sobre los talleres para achicarlos o para privatizarlos.

La Perra y el Racha se volvieron a Paiva y los días empezaron a pasar vacios de noticias. En el taller el aire pesaba como una bruma fría a pesar de que octubre dejo paso al noviembre santafecino que es húmedo y caliente como un verano porteño y el petitorio que el Oscarcito había metido para pedir por los cesantes ahora circulaba por su libertad, pero nada.

Ya Don Vázquez y la mamá del Oscarcito eran los que iban a Santa Fe para que los compañeros los llevaran a recorrer las seccionales a pesar de que había pasado como un mes y como si lo hubiera tragado la tierra.  De los que cayeron en la casa de José ya se sabía donde estaban pero del Oscarcito nada.

Y ese día tampoco encontraron nada, el Mario había conseguido un Citroën viejo y después de hacer la recorrida los llevaron a la estación de tren que estaba cerca del Puente Colgante y los dejaron a los viejos.

Pero al volverse al auto se dieron cuenta que les había quedado el paquete que la madre había traído con frutas y cigarrillos negros, Particulares verdes fumaba el Oscarcito como casi toda la Fede porque los rubios eran para los chetos y no para los militantes, y decidió hacer una quijotada: agarró un papel y se lo pegó: Para Oscar Vázquez de parte de Mario Allende escribió y agarró para el lado de la cancha de Colón y enfiló para la Guardia de Infantería.

Andaba con otros dos compañeros de la zona, el Pepi y el Tati, un maestro y un obrero de Cidal, aquella primera fabrica del Camaleón que ya estaba funcionando en los sesenta, y resuelto les dijo que se quedaran en el auto mientras él iba hasta la guardia para encarar a la mujer policía con decisión, darle el paquete sin decir casi nada y quedarse a esperar la respuesta.

Para su sorpresa, la mina no dijo nada, agarró el paquete y se metió para adentro. Se lo dio a otro milico, éste miró una lista que tenía en el cajón y se fue para el pabellón de los terroristas, le dio el paquete a la María Eva y se volvió.

La María Eva llamó a otro guardia y le dijo dale esto al que trajeron ayer, yo no se cómo hacen estos bolches para enterarse tan rápido que llegan aquí, debe haber un infiltrado dijo la María Eva para miedo de todos los que la escuchaban y sabían que por encamarse con el Jefe Villalba tenía más poder que cualquiera.

Y ahí fue que el Oscar recibió el paquete que decía Para Oscar Vázquez de parte de Mario Allende y de una supo que Mario era el compa y Allende el nombre que la Fede le había puesto al barrio María Selva y ahí nomás se le ocurrió la idea: se sacó la camisa en un solo movimiento y le dijo al guardia que se la dieran al Mario Allende, que estaba sucia y que necesita que se la lavaran; el tipo le contestó que por qué no se la lavaba solo, que se creía eh, pero el Oscarcito le dijo que la laven ellos que hagan algo que están todo el día al pedo porque mi viejo es ferroviario y la vieja si no estoy yo no debe tener mucho que hacer.

Don Vázquez y señora iban en el tren como tristes cuando en el Km. 4 vieron que los mismos chicos que los habían acompañado en la recorrida estaban esperando el parador; Don Vázquez tuvo el peor de los presentimientos pero no dijo nada para no asustar más de la cuenta a su compañera y ésta cuando vio que subían con una camisa sucia en la mano se puso a llorar tanto que Don Vázquez le dijo por qué lloras sonsa si son los chicos de la Fede y ahí fue que ella le dijo, no ves que es la camisa del Oscarcito, que lo encontraron, que esta vez lo encontraron.

Y se abrazó a la camisa como si fuera su hijo.

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