El caramelo subversivo


caramelo subversivo (1)   Al padre Antonio Puijané

 Ejemplo de vida para todos

Esta historia ocurrió en Anillaco, en la costa del Velasco, en la provincia de La Rioja.

Pero antes.

Digo antes que le tiraran piedras al Obispo Angelelli, antes que Carlos Menem asumiera de gobernador bajo un cartel de la Juventud Peronista de las Regionales y jurara ser como el mayor de los caudillos riojanos y mucho antes, se entiende, de la decadencia de la ramera chilena contratada para la recontrareelección que se dio el gusto de poner su nombre a un establecimiento lácteo instalado a la entrada del pueblo, un poco delante de la pista de aterrizaje y de la Rosadita.

Pero a lo mejor se puede entender mucho de lo que pasó después, conociendo esta breve historia de un cura que le dio un caramelo a una niña, justo allí, en el Anillaco premenemista.

Carmen nació en el pueblo pero de chiquita se la pasaba viajando con la familia porque el padre consiguió trabajo en la construcción e iban todos detrás de cada nueva obra, en un camión que también llevaba los tablones para el andamio y algunas bolsas de cemento, cal y arena.

Pero volvían.

Siempre volvían porque en el pueblo habían quedado los abuelos y Carmen, sus siete hermanos, la mamá y el papá volvían continuamente a la casa materna de gruesas paredes de adobe y piso de piedra.

Sencilla, no pobre.

Sencilla como toda la arquitectura de los llanos riojanos, donde casi no hay humedad y llueve muy poco y hay mucha piedra y muchos cactus que adornan la entrada de las casas.

Sería como el 71 o el 72, ya había ocurrido el Cordobazo ahí cerquita, en la Córdoba docta donde iban a estudiar casi todos los riojanos, que entonces no había universidad si casi ni escuelas había, pero en Anillaco pocos se habían enterado de que “obreros y estudiantes unidos y adelante” habían ocupado la vieja ciudad cambiando el rumbo de la historia no solo para el mediterráneo argentino sino para todo el país y hasta me animo a decir para buena parte de la región.

El Padre Antonio si se había enterado.

Y también de los Concilios de Medellín y Puebla y del llamamiento de los Curas del Tercer Mundo que hablaban de la opción por los pobres y del derecho de los pueblos a rebelarse contra las dictaduras y contra la violencia de arriba, que desde San Agustín, la Iglesia podía optar por el Poder o por los de abajo.

Y el no dudó un instante.

Y cómo optó por el pueblo, el Obispo de Morón le llamó y le dijo que eso no se podía hacer tan cerca de la Capital, que es donde habita el Poder y que “o la cortaba o lo tendría que echar del mundo conocido” o sea que lo iba a destinar a la Capillita de Anillaco, que no le importaba que el Padre Antonio ni supiera donde estaba ese paraje.

Antes, no mucho, pero antes, Enrique, que ya era Obispo, había llegado de Córdoba y había empezado a poner el otro oído en el pueblo que ya sabia que si sólo lo ponía en la Biblia nunca escucharía al Jesús verdadero, ese que organizó la resistencia al Imperio Romano y prefirió morir por la causa que traicionarla.

Del otro de la cordillera, ya había ganado Allende y ya habían empezado a conspirar los Pinochet y El Mercurio que desde el 65 jodían con que toda la zona montañosa era territorio guerrillero, y más después que el grupo de la CIA capturara al Comandante y lo asesinara de un tiro cobarde y lo dejaran para la foto en la escuelita de La Higuera.

Ahora, digo, después del golpe chileno y de Videla, después de que mataran a Víctor Jara y a Rodolfo Walsh, después de que los desaparecidos y los asesinados sobrevivieran a tanta muerte y volvieran con los compañeros que los protegieron en su memoria todos estos años; ahora, digo ahora, hasta El Independiente habla de derechos humanos como si no hubieran sido ellos mismos los que le robaron a Alipio Paoletti el diario cuando el gordo se tuvo que escapar de los llanos para que no lo maten como al Obispo Mártir, el compañero Angelelli.

Pero en aquel 71 o 72, no me puedo acordar bien que año era que cagada mi memoria que siempre se pierde en algún recodo de mis laberintos, los diarios de Chile y casi todos los de Argentina, capaz que El Independiente del gordo Paoletti y los muchachos de la cooperativa era uno de los pocos que no se sumaba, agitaban el fantasma de los guerrilleros que amenazaban el mundo occidental y cristiano que viene a ser nuestra identidad nacional que la familia de Carmen creía a pies puntillas como creía en Dios y en el ciclo del sol y la luna, pero no en el cura nuevo que éste también es comunista decían en el pueblo.

Cuando volvieron aquel año, ¿el 71 o el 72?, con sus nueve años llevados de un lado a otro en el camión de la empresa del padre, Carmen veía pasar aviones que podían bombardear a los que tuvieran la luz prendida y por eso la abuela cuando los acostó ni la vela prendió y a pesar del calor dejó la cortina cerrada para que los aviones no puedan ver ni una pizca de luz y la niña se acostó debajo de la cama para estar más segura y cerró los ojos muy fuerte para ni escuchar el paso de los aviones que buscaban a los guerrillero que usaban barba y que hasta se habían infiltrado en la Iglesia y por eso no debía ir a escuchar misa hasta que no echen a ese comunista que vino de Morón que está al lado de Buenos Aires pero no es lo mismo y ni hablar de hablarlo o escucharlo, que podían verla desde los aviones y entonces aunque tuvieran la luz apagada los aviones vendrían y tirarían una bomba que los borraría del mapa como hicieron con el Che, que todos vieron la foto que publicó la revista Así, que no era Jesús sino un guerrillero aunque mirara desde la muerte y sus ojos parecían vivos como el del Padre Santo que está en la Iglesia que ahora ocupan esos guerrilleros disfrazados de curas.

Casi no durmió esa noche del susto pero a la mañana igual se levantó temprano para recorrer el pueblo que hacía como tres meses que no volvía y con uno de sus hermanos se fue de caminata con tanta mala suerte que justo en la puerta de la Iglesia se encontró con el cura guerrillero y ella, que nunca desobedecía a su abuela y menos a su mamá, quedó fascinada con la capucha de monje capuchino y las sandalias misioneras de aquel curita joven y bonito que la miraba con dulzura y les dijo buenos días niños y los invitó a acercarse.

Ella dudó pero cuando lo miraba veía detrás de su cara el campanario de la Iglesia donde había recibido la confirmación y le pareció que tan cerca de la casa de Dios nada malo podría pasarles asì que tomó de la mano a su hermano menor y se acercó y entonces fue que el Padre Antonio hizo algo que ella no esperaba y que si lo veían desde el avión seguro que le tiraban una de esas bombas grandes que llevaban cuando cruzaban de noche en lo oscuro porque el desgraciado, fíjense que perverso, en vez de entregarle el Manifiesto Comunista o al menos la Biblia Latinoamericana que ya sabían bien ellos que era diabólica, le regaló un caramelo.

Un caramelo.

Dice Carmen, ahora, que pasaron como cuarenta años, que el caramelo era de miel, de esos envueltos en papel transparente y que hasta tienen un poquito de miel en el centro para que cuando lo muerdas te parezca que estás comiendo miel de verdad y no un simple producto industrial hecho en Avellaneda con vaya a saber que sustancia química y mucha azúcar refinada, y que ella pensó que si el cura le daba un caramelo de miel no podía ser guerrillero ni comunista, o a lo mejor los guerrilleros no eran tan malos como pensaba la abuela.

Y se lo comió con ganas

Anillaco, costa del Velasco,

Enero de 2010

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. flavia dice:

    esta bueno! cuanto acto heróico, como ese de aceptar el caramelo, pasa desapercibido en nuestra america. aguante los chicos que tienen mucho para enseñarnos. me hizo reir tu cuento!

  2. Silvana dice:

    ¡¡MUCHAS GRACIAS POR ÉSTO!! Una manera dulce y entretenida de recordar la historia y revalorizar la figura de tantos luchadores.

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