Los derechos humanos y la práctica docente


Acerca de una experiencia de educación popular con los maestros de La Rioja

¿Qué relación hay entre la discriminación hacia los niños por su color de piel, el valor monetario de sus zapatillas o su nacionalidad de origen y el Genocidio perpetrado en la Argentina durante los años del terror dictatorial?

¿Los derechos humanos es aquello que traemos desde la cuna, casi como una carga genética, acaso todas las palabras que se inscriban en una ley, tratado u reglamento, o son una conquista de los pueblos, en un largo y contradictorio proceso histórico de avances y retrocesos, conquistas y derrotas, comprensiones y confusiones?

¿Y cómo enseñar los derechos humanos en el aula, acaso en una materia aparte de la historia y las ciencias sociales, como si fuera un tratado ético o cruzando toda la enseñanza desde la perspectiva de la conquista  (nadie puede defender lo que no tiene, y nuestro pueblo carece de más derechos de los que accede y goza) de todos los derechos humanos, no solo los que se identifican con las garantías individuales que la Constitución Nacional y Provincial consagran (referidas a que nadie debería ser torturado, privado ilegalmente de su libertad, impedido de ejercer sus derechos culturales, etc.) sino también de aquellos que conocemos como derechos económicos, sociales y ambientales?

Así, desde la pedagogía de la pregunta, tratando de reflexionar juntos los que dictamos el curso con los maestros, estudiantes y profesores, que en un número de ciento treinta, con una asistencia y atención muy estricta, trabajamos en Chepes durante tres encuentros desplegados entre la tarde del viernes 26 de setiembre, la mañana y la tarde del sábado 27 del mismo mes.

Desde la reflexión teórica y la experiencia adquirida en más de treinta años de lucha contra la impunidad del Terrorismo de Estado, propusimos un enfoque histórico de la lucha por los derechos humanos, como eso, como lucha contra un Estado represor que continúa sus funciones de control, dominación y castigo, más allá de los periodos dictatoriales.  La lucha por los derechos humanos no es sólo una cuestión de memoria del pasado del horror, sino una disputa cotidiana en donde la memoria debe iluminar el presente y no taparlo con el pasado.

Si no se entiende bien qué queremos decir con esto de que la memoria ilumine el presente y no lo oculte, pensemos en un ejemplo práctico de neto carácter provincial: cómo traer a los niños y adolescentes la figura del Obispo Mártir Angelelli?  ¿Se puede acaso obviar la responsabilidad de la familia Menem, y del ex gobernador y presidente en persona, en los hechos de Anillaco que dieron comienzo a la campaña de hostilidad y desprestigio que sufrió Angelelli antes del cruel asesinato?

¿Si recordamos la conducta del Obispo frente a los atropellos que sufrían las familias campesinas de Anillaco, es tan difícil imaginar cuál sería su conducta en los actuales debates sobre la minería o ante la persistencia de una mortalidad infantil que debería ofender el espíritu humanitario de cualquiera, pero sobre todo de los trabajadores de la educación?

Por eso, el curso terminó con dos evocaciones que hacen a lo central de nuestro enfoque.  Si se trata de los derechos humanos no se trata de palabras, gestos o papeles escritos (aunque sean leyes o Tratados Internacionales), sino de conductas, de coherencia, de decir siempre lo que se piensa y de actuar de acuerdo  a lo que se dice.

Por eso hablamos de Janusz Korczak[1], aquel maestro polaco que acompañó sus educandos al campo de exterminio, manteniendo hasta el minuto final la comunidad educativa organizada y con la voluntad de vivir hasta el final con alegría y fraternidad, por eso hablamos de Francisco Isauro Arancibia[2], aquel maestro tucumano que en la noche del 24 de marzo decidió volver a la sede del sindicato de maestros porque entendió que si él retrocedía, los maestros tucumanos se desmoralizarían más que con su muerte.  Porque si ellos pudieron educar para la libertad no importa las circunstancias, nosotros también podemos transformar las aulas en espacios de libertad, de tolerancia, de aprendizaje de una concepción de los derechos humanos que los haga buenos ciudadanos y personas que amen la vida.

No es fácil, pero la propia historia de la lucha de la AMP por los derechos de los trabajadores de la educación ya por más de sesenta años, muestra que es posible.  Y si es posible, debiera ser deseado por todos y todas.

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