El pañuelo


El pañuelo que Iris le puso al Marcelo

y que el Teniente Rodolfo le regaló al Ciego,

que se lo dejó a la Mechi,

que se lo llevó a Cuba

y que un día….

Al único que conocí fue al Ciego,  y no demasiado.

Si me apuran, diré que estar con él, lo que se dice charlar y caminar juntos y pensar y tomar vino y volver a charlar, fueron sólo dos veces: la primera fue cuando sesionaba el XVI Congreso y se apareció con la Mechi por el departamento que en San Telmo había conseguido el Raúlito y ahí me di cuenta que era él quien había estado en lo de la Chili, escapando de la Triple A en el ’75.

Había cambiado mucho, ya no montaba guardia dormido en el local de la Fede de la calle Pueyrredon, con la Cuarenta y Cinco en el puño atada a un hilito que venía de la puerta y que lo alertaba cuando alguno entraba.

Ahora era un padre de dos niños, fornido, formado, sereno y con una visión bastante integral de lo que había que hacer para construir Partido.

La segunda fue en la quinta de mi hermano en Funes donde lo ayudé  a encontrarse con su mamá, después de tanto tiempo lejos,  muy poquito antes de su muerte.

Su muerte. Idiota muerte. Maldita muerte.

Reputa muerte a la salida del Túnel, esa  mañana de lluvia en que un camión inmenso lo llevó por delante y se murió insultando a todos porque él no podía morir así, ¿me entendés?, así, es decir, sin un fusil en la mano peleando por la revolución, aquí o en cualquier lugar del mundo donde hiciera falta.

Digo, como murió Marcelo, el Teniente Rodolfo, en esa vereda salvadoreña, un poquito antes, como si se siguieran los pasos.

Cómo si compitieran en ver quien de los dos se ponía la máscara del Che, digo la máscara que Cortázar había inventado para Fidel en “Reunión”, que Marcelo había leído en la escuela, primero a disgusto por que no le gustaba nada el exilio de Cortázar y después asombrado, totalmente fascinado por aquella metáfora de Cortázar que parecía haberse escrito para ellos dos.

¿Cuántas veces se lo había contado? ¿y cuántas veces habían discutido el sentido del cuento, el más transparente y acaso por eso uno de los más polémicos, del  argentino que vivía en París pero pasaba más tiempo entre Managua y La Habana que en Europa?.

“Reunión” parecía fácil de entender: Cortázar asume el rol del Comandante y relata el desembarco en Playa Girón.  ¿Fácil?. Las pelotas fácil, el cuento estaba lleno de siginificados y  de claves.

Primero, porque describe el desembarco de un modo crudo, impiadoso, casi hiriente para el orgullo guevarista que llegó a recriminarle a Cortázar la imagen que de él se mostraba en “Reunión”.    O sea, que al Che de verdad no le había gustado un carajo la foto que Cortázar presentaba del Che histórico en su cuento.  Che decía que era un Che imaginario, y claro boludo le contestaba Cortázar, que es un cuento no una foto.

Segundo porque Cortázar juega con la muerte de Fidel pensada por el Che, y cómo le pega eso al Che.   Es decir que aquí, no en Girón, sino en el cuento, el Che de Cortázar piensa que Fidel está muerto y al dormirse lo sueña vivo, a Fidel que está muerto ¿se entiende, no?

Digo que el Che de Cortázar cree que Fidel murió en el desembarco y al dormirse, lo sueña a Fidel vivo y rodeado de todos los guerrilleros sobrevivientes, los futuros Comandantes, los únicos con derecho a llamarse Comandantes de la Revolución.

Nada menos.

Entonces Fidel se pone la mano en la cara, que no es una cara sino una mascara, y se la saca y se la ofrece al Che, que le dice que no y se la ofrece a Raúl que también le dice que no, y entonces el Che de Cortázar se despierta convencido que no hay reemplazo posible, que sólo Fidel podría encabezar la revolución.

El cuento sigue un poco más, hasta que se produce la reunión entre el Che y Fidel, pero a ellos no les interesaba esa parte, lo que los desvelaba, lo que les producía miedos y discusiones era aquella de la mascara, porque el desafío de Cortázar era claro para ellos: ahora, que el Che está muerto, ¿hay alguien que se ponga la máscara del Che?

Marcelo, a punto de viajar al Salvador y convertirse en el Teniente Rodolfo, le regaló al Ciego un pañuelo como símbolo de la amistad forjada en los duros días del entrenamiento combativo, el pañuelo que había usado en Nicaragua cuando la Brigada del Café, la San Martín, la que mandó la Fede para apoyar la Revolución y  revolucionar la Fede, de paso.

Lo que yo no sabía, hasta ayer, es que la madre del Negrito Floreal había sido la madrina de Marcelo cuando la Brigada a Nicaragua y que el viejo del Negrito, el Viejo Floreal que buscaban los milicos cuando lo secuestraron al Negrito, le había arreglado algunos fierros cuando Marcelo empezaba a caminar por la Fede.

Fue Marcelo quien le habló al Ciego del Negrito Floreal, de esas palabras de Iris en el Juicio a la Junta: a mi hijo lo mataron por no cantar a sus compañeros y esas otras palabras, las de los torturadores sobre la madre del Negrito Floreal: “Con los comunistas no se puede”, cansados ellos de torturarla sin arrancarle un solo dato.

El Negrito sí que se había puesto la máscara, y con eso que era tan joven que ni llegaba a quince años.

Bueno, menos aún tenía en el Xº Congreso de la Fede cuando estaba al lado de Rubén Poggioni en la esquina aquella donde hacían la pintada, y los fachos lo mataron a Rubén de un balazo.

Tirado en la esquina, sólito y sólo, quedó el Rubén y el Negrito, que ni catorce tenía, fue a avisarle al padre lo que había pasado.

Yo también estuve en el Xº Congreso pero, qué boludo, no vi a ninguno de los tres: ni al Negrito, ni a Marcelo, que sería el Teniente Rodolfo doce años después, ni al Ciego que al año siguiente se bajaría un facho en la esquina de Entre Ríos y Córdoba en Rosario, justo a la vuelta de la facultad de Filosofía, casi, casi frente a la imprenta de donde lo chuparían a Tito Messiez en el ’77, puntualmente un 22 de agosto, el mismo día de Trelew, de Sacco y Vanzetti y del renunciamiento de Evita.

No se porque se me ocurre que  acaso Marcelo pensaba más en el Negrito Floreal que en el Che cuando subía la montaña de Chalatenango. Se me ocurre nomás, acaso porque había hablado tanto con Iris y con  el Viejo Floreal que soñaba con hacer lo que el Negrito no pudo.

¿Quién sabe?

¿Quién sabe lo que pensaba el Ciego en esas tres horas en que murió lentamente atrapado en una camioneta casi al lado del Túnel?

¿No pensaría en la vez que pudo ir a pelear a Nicaragua y no lo dejaron?.  ¿Y para que mierda me preparé, protestaba, si no quieren que pelee? le decía después a la Mechi.

Por eso se había sumado al XVI Congreso con tanto entusiasmo, porque ya no se hablaba de juntar monedas para la solidaridad sino de hacerse cargo de las luchas revolucionarias como propias.

Y eso es lo que siempre había pensado que debía hacerse.

Hacerse cargo.

Como el Negrito Floreal cuando se quedó solo frente a los torturadores y tuvo que decidir si entregaba al viejo o se hacía cargo.

Y decidió hacerse cargo.

Sencillo, sin muchas palabras, sin muchos líos.

Correrse o hacerse cargo.

Ponerse la máscara del Che o dejarla en el suelo.

Para el Negrito entrar en la Fede había sido casi como un paso natural, no lo había pensado mucho, simplemente era lo que había aprendido de su vieja, de su papá,  de su abuela, la que formaba el Socorro Rojo y hacía solidaridad con los presos cuando todavía ni Perón era Coronel.

Del Cordobazo al Rodrigazo, de la ofensiva y las masas con banderas al viento al canto del cisne proletario del ’75, si en algo pensó el Negrito Floreal en sus ultimas horas debe haber sido en algo de eso, en las ganas que tenía la Fede de ser poder y no  poder ser.

Al Marcelo le preocupaba eso más que todo.

Ser y no parecer, hacerse cargo y no correrse.

Por eso en su primer laburo lo arriesgó todo y se subió a la mesa de trabajo aquel día en que había paro, haciendo equilibrio al lado del torno, y les hablo a los pelotudos que se hacían los que no sabían: que no hay que ser yunque sino martillo, que no hay que ser cantera sino masa, que no hay que …

Calentón, cabrón, capaz de putear hasta la madre en una discusión política y de hacer cosas de niño como cuando dio vuelta el cuadro de Victorio contra la pared, en penitencia, porque el XVI no arrancaba en la zona norte y él se enojaba con todos.

Bueno, con todos no, con los viejos del Negrito no se enojaba nunca, no importaba lo que dijeran, él iba a decir que tenían razón acaso por respeto acaso porque sabía que en el armario del viejo estaba la carabina que iba a ser para Floreal y no pudo ser.

Y que él soñaba que fuera para él.

¿Y si me la llevara al Salvador le preguntó al Viejo Floreal en la última visita, aunque sabía que el Ciego lo mataba si caía con otra cosa que no fueran calzoncillos y pañuelos en el bolso de viaje?

Una belleza la carabina, , hasta con mira telescópica, cada parte hecha a mano por el Viejo Floreal.  Cual un objeto de arte, como un trofeo.

Como lo que un padre haría para un hijo, para que sepa que lo quería y para marcarle el camino.

De regalo un fusil, para que no haya dudas de lo que esperaban de él; que sea valiente y revolucionario, que sea audaz y consecuente.

El hubiera sido como el Che, decía el Marcelo cuando escuchaba al Viejo Floreal elogiarlo al Negrito y en eso pensaba el Marcelo cuando el Ciego lo hacía subir a los árboles y bajar, y agarrar la AK47 rusa y tirar y tirar y tirar hasta que el ruido no te asuste, hasta que la mano no te tiemble, hasta que la mente no registre que el blanco también respira y tose, y tiene frío y capaz que ama a una mujer y hasta capaz que tiene hijos y todo eso que hace más difícil a los revoclucionarios tirar  a matar porque están programados para amar, no para matar, y hay que darle mucho taller al bocho para meterle dentro que a veces hay que matar para amar hasta el final.

O como decía el Che, que el amor consecuente hacia los humillados se transforme en el odio hacia los dominadores.

Y por eso se quejaba de los comunistas argentinos, porque él decía que les costaba odiar y matar.

El Ciego era uno de esos que desmentían al Che, era uno de esos que en vez de resistir la tortura hicieron cagar a un facho y eso lo hacía un héroe para el Marcelo que lo miraba y lo miraba mientras caminaban en el monte, cargados hasta los huevos con la mochila y la AK47 y  todo lo que el culeao del Ciego les hacía llevar arriba y abajo para que se acostumbren.

Si supieran que al Ciego más que el deber lo impulsó el amor…

Es que el rubiecito ese de la CNU había sacado el arma y apuntaba justo para el lado que estaba la Mechi y la Mechi era todo para él.

No era la primera pero seguro que era la que más quería y cuando sacó, en ese instante eterno en que el dedo aprieta el gatillo, más que banderas rojas él pensó en las sabanas de la casa de Rosario, esa cerca del Monumento donde la mugre tapaba todo, todo menos el póster del Che.

Hace dos noches le escribí a la Mechi y le conté, asombrado, que acababa de enterarme que la madre del Negrito Floreal había sido la madrina del Marcelo cuando la brigada del Café, mirá que casualidad que no se puede creer le dije, y fue ahí cuando la Mechi me contó que el pañuelo que la mamá del Negrito le dio al Marcelo éste se lo dejó al Ciego y que cuando el Marcelo murió en El Salvador el Ciego se lo dejó a ella de custodia y que cuando el Ciego se murió en el Túnel ella se dijo que tendría que devolvérselo a la Iris, pero se le olvidó y que cuando se volvió a Cuba se lo llevó de vuelta y que ahora no sabía que hacer, si traerlo a Buenos Aires o qué.

Y me  preguntó qué pensaba.

Así  que yo agarré el teléfono y marque los ochocientos números que hay que marcar para hablar a La Habana y le dije a la Mechi: negra, creo que lo que corresponde es que lleves el pañuelo a Santa Clara.  Y allí, en la tumba que construyen para el Che habría que dejarlo atado al vallado. Mirá bien, mirá bien porque casi seguro que ya andan por ahí los tres. Vos sabés como son y no se van a perder la oportunidad de verlo al Che.

Así  que dejalés el pañuelo en algún lado, a ver si por no tenerlo, no los dejan desfilar cuando llegué el Comandante.

Vos sabes lo estricto que son los de seguridad, a veces…

.

Posdata aclaratoria sobre el Ciego, el Marcelo y el Negrito Floreal

Floreal Avellaneda, el Negrito, fue detenido por el Ejercito Argentino el 14 de abril de 1976, torturado y asesinado por empalamiento, su cadáver fue tirado al Río de la Plata y apareció en la ensenada de Montevideo casi cuando cumplía los 16  años.  A pesar de ser identificado, su cadáver fue robado por el Ejercito uruguayo y continúa desaparecido

Marcelo Feito, el teniente Rodolfo, murió en combate en Chalatenango, El Salvador, el 16 de setiembre de 1987, cumpliendo misiones internacionalistas de su organización, la Federación Juvenil Comunista.  Su cuerpo permanece allí y ha sido honrado reiteradas veces por el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional

El Ciego, militante de la Fede rosarina, ajustició a un integrante de la Triple A en el centro de Rosario en  mayo de 1975, justo en el mismo día que el Negrito fetejaba su útlimo cumpleaños. Estudió en Cuba y murió en un accidente de transito en el Túnel Subfluvial que une Santa Fe con Paraná una mañana de 1988.   Por extrañas pero comprensibles razones para el lector, todavía su nombre espera nuestro homenaje público.  Pero ya llegará la hora en que se transforme en plaza o en barco.

Recién ahora descubro que un pañuelo había unido sus vidas y su muerte

José  Ernesto Schulman,

terminó  de escribir este relato,

a la madrugada del 26 de junio de 2007,

a los cinco años que mataron al Maxi y al Darío

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. ALFREDo CARLOS VIÑA dice:

    es bueno q sigas con relatos de la fede, no olvidemos nunca q no fue una escuela de cuadros…. fue una universidad, no solo en la formacion politica sino en el humanismo q la fede inculco a sus militantes. de las decenas de miles q pasaron por la fede, muchos militan en otros partidos, pero tienen su corazon , sus sentimientos en su etapa de la gloriosa fede, y sigue valorando, amado al tidopar. VAMOS GLORIOSA FEDE CARAJO ALFREDO /HILDA

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