Mariátegui y los comunistas argentinos


En el final de la introducción a su obra cumbre, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, José Carlos Mariategui anotó lo siguiente: Otra vez repito que no soy un crítico imparcial y objetivo.  Mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos, de mis pasiones. Tengo una declarada y enérgica ambición: la de concurrir a la creación del socialismo peruano.  Estoy lo más lejos posible de la técnica profesoral y del espíritu universitario.

Salvando las distancias, obvias y  comprensibles, yo también debo decir  que mis reflexiones sobre la vigencia del pensamiento mariateguista no son las de un profesor universitario o las de un historiador, sino las de un militante del Partido Comunista; y debo decir que el lugar desde donde pienso a Mariategui no es un lugar cómodo: se sabe que los dirigentes de nuestro partido de la época mantuvieron con Mariategui diferencias sustanciales en cuestiones de fondo, y que adoptaron el recurso de ignorarlo, como modo de callarlo.

Lo que se sabe menos, de lo que casi no se habla, es sobre la influencia decisiva que tuvo para los comunistas argentinos la recuperación del pensamiento mariateguista en el proceso de viraje, integral y rotundo, iniciado en el XVI Congreso, y que ahora nos proponemos consolidar con el 21º Congreso.

Es necesario comenzar por lo obvio, pero que demasiadas veces se deja de lado: Mariategui era un revolucionario marxista confeso que, por mero ejemplo,  escribió en la declaración de principios del Partido Socialista: La ideología que adoptamos es la del marxismo-leninismo militante y revolucionario, doctrina que aceptamos en todos sus aspectos: filosófico, político y económico.social. Los métodos que sostenemos y propugnamos son los del socialismo revolucionario y ortodoxo y que los debates que mantiene con el Secretariado Sudamericano de la Internacional Comunista, en el marco de la Conferencia de Buenos Aires de junio de 1929, a la que no puede asistir por razones de salud, es un debate entre pares: entre revolucionarios que buscan los mejores caminos para abrir paso a la revolución socialista.   ¿Qué es lo que se discutió entonces?: El carácter de la revolución en América Latina, las fuerzas que pueden abrirle paso, la cuestión indígena, el modo de organización del partido de los revolucionarios y la política de alianzas que se debe desplegar.  Mariategui presenta dos ponencias que, por la proximidad con su muerte,  pueden considerarse parte de su pensamiento más maduro y complemento armónico de los Siete Ensayos: uno es El problema de las razas en América Latina y el otro es Punto de Vista Antimperialista

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En la primera de ellas expone un balance lapidario sobre la colonización española y su supuesto “progreso” histórico: La colonización de la América Latina por la raza blanca no ha tenido en tanto, como es fácil probarlo, sino efectos retardatarios y deprimentes en la vida de las razas indígenas.  La evolución natural de éstas ha sido interrumpida por al opresión envilecedora del blanco y del mestizo para luego definir desde una visión clasista la cuestión: Llamamos problema indígena a la explotación feudal de los nativos en la gran propiedad agraria y denunciar el racismo de las clases propietarias: Los elementos feudales o burgueses, en nuestros países, sienten por los indios, como por los negros y mulatos, el mismo desprecio que los imperialistas blancos… La solidaridad de clase se suma a la solidaridad de raza o de prejuicio, para hacer de las burguesías nacionales instrumentos dóciles del imperialismo yanqui o británico. Y lejos de cualquier idealización del potencial revolucionario de los indios, aunque más lejos de la subestimación, afirma: Una conciencia revolucionaria indígena tardará quizás en formarse; pero una vez que el indio haya hecho suya la idea socialista, le servirá con una disciplina, una tenacidad y una fuerza, en la que pocos proletarios de otros medios podrán aventajarlo.

Por este enfoque sobre la cuestión indígena, y su valoración del comunismo primitivo de los incas,  va a ser acusado de romántico, en un sentido peyorativo; sin comprender que el romanticismo (la crítica anticapitalista a partir de valores pre/capitalistas) tiene una tradición revolucionaria en la que se inscriben los propios Marx y Engels en cuanto conciben el comunismo moderno como el restablecimiento –en nuevas condiciones- de ciertos rasgos de las comunidades primitivas.   Mucho se ha escrito de su anti/positivismo, que  mucho se explica por su uso como justificación –en nombre del progreso y la modernización- del sistema de dominación liberal burgués de Leguía (1919/1930) que él sufrió en carne propia durante casi toda su vida política activa, y en lucha contra el cual apeló a todas las armas disponibles incluidas algunas provistas por el idealismo de Bergson; pero conviene destacar también su perfil anti/ posibilista. Mariategui aplaude las palabras de Lenin: “peor para la realidad” en el sentido de no subordinarse a las correlaciones de fuerza impuestas por el desarrollo económico social.  Confía, para cambiarlas, en la fuerza moral de los revolucionarios; y su visión del papel del mito social es equiparable a la noción de factor subjetivo que años más tarde practicaría el Che.  Ambos valoran altamente la subjetividad como esfera de disputa del poder y como ámbito de construcción de fuerza revolucionaria.

Qué dice en su Punto de Vista antimperialista?: …las burguesías nacionales, que ven en la cooperación con el imperialismo la mejor fuente de provechos, se sienten lo bastante dueñas del poder político para no preocuparse seriamente de la soberanía nacional…y  por ello…no tienen ninguna predisposición a admitir la necesidad de luchar por la segunda independencia como sostenía el Apra de Haya de la Torre la Internacional Comunista y la delegación argentina encabezada por Codovilla y González Alberdi. Se niega a aceptar el tratamiento de Nuestra América con el molde de las colonias asiáticas o africanas como propone el Secretariado Sudamericano, por boca de Humbert Droz: Los países de América Latina, a pesar de su independencia política formal, son países semi-coloniales los cuales deben ser examinados del punto de vista de nuestra táctica en los países coloniales y semi-coloniales ” por lo  que el “el movimiento revolucionario en América Latina puede ser caracterizado como una revolución campesina y antiimperialista” y que en consecuencia “ entra en la categoría de lo que se ha convenido en llamar una revolución democrático burguesa .

Mariategui responde: Pretender que en esta capa social prenda un sentimiento de nacionalismo revolucionario, parecido al que en condiciones distintas representa un factor de lucha antiimperialista en los países semi-coloniales avasallados por el imperialismo en los últimos decenios en Asia, sería un grave error. Enfrenta decididamente la concepción de que hay que completar el desarrollo capitalista en América Latina: La creación de la pequeña propiedad , la expropiación de los latifundios, la liquidación de los privilegios feudales, no son contrarios  a los intereses del imperialismo, de un modo inmediato.  Por el contrario…que las viejas aristocracias se vean desplazadas por una burguesía y una pequeña burguesía más poderosa e influyente –y por lo mismo más apta para garantizar la paz social- nada de esto es contrario a los intereses del imperialismo. Y por ello, afirma “…nuestra misión es explicar y demostrar a las masas que sólo la revolución socialista opondrá al avance del imperialismo una valla definitiva y verdadera”…y concluye con una síntesis brillante …somos antimperialistas porque somos marxistas, porque somos revolucionarios, porque oponemos al capitalismo el socialismo como sistema antagónico, llamado a sucederlo, porque en la lucha contra los imperialismo extranjeros cumplimos nuestros deberes de solidaridad con las masas revolucionarias de Europa.

Ahora bien,  y creo que esto es lo fundamental, ¿cómo es que se llega a conclusiones contrapuestas por parte de gente que se supone que tiene los mismos propósitos?

Porque Mariategui llega a las conclusiones expuestas después de estudiar apasionadamente la historia del Perú y la realidad económica, social y cultural de los explotados y humillados de su tierra (cuatro millones de indios sobre cinco millones de peruanos), analiza el sistema de dominación desde una perspectiva histórica y demuestra que la República (fruto de la Independencia) va a contener rasgos de continuidad del Virreinato y éste de la Conquista de América por la España colonialista: La revolución americana, en vez del conflicto entre la nobleza terrateniente y la burguesía comerciante, produjo en muchos casos su colaboración, ya por la impregnación de ideas liberales que acusaba la aristocracia, ya porque ésta en muchos casos no veía en esa revolución sino un movimiento de emancipación de la corona de España. Para él, el marxismo es una herramienta interpretativa y una guía para la acción transformadora

Humbert Droz, y  quienes lo apoyaban, recorren el camino inverso: trasladan un esquema supuestamente valido para los países asiáticos a un continente desconocido, para ellos el marxismo es una ideología omnipotente con respuestas para todo, aún para lo no estudiado. Algo así como un talismán.

El viraje de nuestro partido comenzó como critica de un hecho puntual: el apoyo a la formula del Partido Justicialista en las elecciones de 1983, culminación de una larga serie de actos de seguidismo a fracciones civiles o militares de la burguesía. Una vez roto el mito de la infalibilidad de las direcciones el debate fue abordando todos y cada uno de los problemas acumulados:  del análisis del hecho electoral a la táctica durante la dictadura militar, luego al debate sobre el peronismo y de allí al Congreso del ’29 para comprender que no se podía discutir la política sin poner en cuestión el modo de comprender el marxismo.   En cada uno de estos debates, la lectura de Mariategui fue decisiva en la comprensión del carácter de la revolución que madura en América Latina, socialista sin duda; en la descalificación de la vulgata del concepto de burguesía nacional que encadenado a la lucha por la revolución democrática burguesa y la subordinación de cada destacamento revolucionario nacional a la táctica de salvar el socialismo real nos llevó a la tragedia de la Unión Democrática en 1946; en la valoración del carácter especifico del desarrollo histórico de América Latina al que hemos calificado como el Continente de la Esperanza en 1990 cuando tantos abandonaban el campo de la revolución para subirse al carro de los supuestos vencedores; en la comprensión de que la lucha por la revolución se hace desde el corazón y los sentimientos; y acaso más que nada en esa lección extraordinaria del Mariategui que se para frente a la realidad y la mira como un desafío a transformar, nunca como un muro imposible de derribar.

El Mariategui que nosotros vemos vigente es  aquel nos dice que No queremos, ciertamente, que el Socialismo sea en América calco y copia.  Debe ser creación heroica.  Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano.  He aquí una misión digna de una generación nueva.

 

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