Relatos al borde del abismo: “El Trino del Diablo” de Daniel Moyano (1975) y “Las viudas de los jueves” de Claudia Piñeiro (2001)


“Con documentos verdaderos se escribe la historia falsa.
Solo la ficción puede contar la verdad”.
Augusto Roa Bastos. “Vigilia del Almirante”

El “Trino del Diablo” de Daniel Moyano fue escrita en 1974 (reescrita en 1988) en la ciudad donde vivía, La Rioja (había nacido en Córdoba y al morir su madre, va de tío en tío hasta llegar a La Rioja. Poco después del golpe de estado de 1976 fue detenido, tratado como uno más de los “delincuentes subversivos”. Moyano comprendió que su destino era el exilio, del cual, como él decía “no se vuelve”. Falleció en España en 1992.

Alguna vez relató Moyano a un diario “A mi hermana la mandaron a Alta Gracia con otros tíos. Cuando pude me escapé, porque quería estar cerca de mi hermana. Iba a tercer grado en el Colegio de la Torre. En los recreos jugábamos a la mancha, y el más ágil de todos se llamaba Guevara. Era asmático y tenía un tórax grande. Otro recuerdo que tengo del Che es que un día todo el grupo que jugaba a la mancha fuimos a una casa a robar duraznos, a la siesta. Estábamos robando y se asomó un viejo, que dijo: Llevaos los duraznos pero no me rompáis el árbol. Era Manuel de Falla, que vivía en Los Espinillos, en Alta Gracia. Yo le conté esto a Julio Cortázar. Me dijo, ¿Por qué no lo escribís? No puedo… es como escribir las memorias. Después se lo conté a don Ernesto, en Cuba.”

Contemporáneo de Guevara, de Manuel de Falla, de Cortázar, Moyano era un hombre de aquella generación de los 70 y cumplió con su destino. Luego de trabajar de albañil, plomero y otros oficios nobles, Moyano aprende a tocar el violín y llega a un empleo oficial como violinista en la Orquesta Sinfónica de La Rioja. Empieza a escribir y de un modo sorprendente para los que creen que el arte es una fotografía de la realidad, Moyano imagina el país que se está incubando y se desplegará con toda su fuerza con la Triple A y el gobierno cívico militar de Martínez de Hoz y Videla.

Por una serie de casualidades totalmente causales, llega a sus manos (en el libro, ¿se entiende, no?) el violín del mismo San Francisco Solano, el cura que enseñó a tocar a los indios y que intervino más de una vez para que no arrasen con el poblado de los colonialistas españoles. El arte como dominio, como herramienta de dominación, volverá luego a aparecer en las manos de un dictador ilustrado que para no escuchar los quejidos de los torturados toca la célebre “El trino del Diablo” de Tartini. En La Rioja prohíben tocar el violín y emigra a Buenos Aires donde termina en una villa miseria, que es a su vez un campo de concentración, donde viven personas que han perdido la sensibilidad en las manos para tocar por la tortura aunque ellos digan que fue la artrosis.

Así como en “El señor presidente” de Asturias, escrita entre 1924 y 1933, para denunciar el carácter perverso de los gobiernos títeres dictatoriales de América Central, se relata el secuestro de un grupo de mendigos que viven en las puertas de la Catedral, casi calcado a lo que haría Bussi en la ciudad de Tucumán en 1977 (antes de una visita de Videla secuestró a todos los mendigos de la Catedral y los abandonó en el desierto de los cerros catamarqueños; en El Trino del Diablo se anticipan los campos de concentración, la tortura masiva, el silencio cómplice de la burguesía porteña (la famosa burguesía nacional en otros relatos “verdaderos”) y el papel subversivo de la rebeldía del pensamiento. El violín como instrumento de dignidad y de resistencia al olvido y la impunidad.

Claudia Piñeiro escribió en Las viudas de los jueves los días previos a Diciembre de 2001, exactamente lo que ocurre en un country en los días de setiembre de 2001, desde el impacto de la caída de las Torres en New York hasta la muerte de un grupo de propietarios en una pileta de natación propia. En el libro se describe, con la precisión de una cirujana, una a una las miserias morales de una burguesía que apoyó desde la dictadura del 76 hasta el menemismo y todas sus “posibilidades” de especulación financiera, robos descarados en los mecanismos de la Patria Contratista que ahora pretenden fuera inventado en los gobiernos kirchneristas.

Piñeiro muestra el proceso de aislamiento de un grupo social del resto de la población, el barrio cerrado con muros, alambrados, barreras y check point igual que tiene Israel en los territorios ocupados de Palestina. Un barrio cerrado que configura lo mismo que la colonia israelí en territorio ocupado: un enclave donde se vive en otra realidad, en un mundo que está más conectado con Miami que con Corrientes o el Neuquén y donde los mecanismos de discriminación y estigmatización (incluyendo los groseros modos en que se ejerce el patriarcado por hombres y mujeres, que es una ideología de clase no de genero) adquieren dimensiones enfermizas, que terminan enfermando a mucho de sus ejecutores.

El hombre burgués en su dimensión más pura: solo importa el consumo si el consumo permite el parecer anticipa el prototipo humano que permite y construye, que construye y permite, el macrismo como modelo civilizatorio contemporáneo. El norteamericano que exige portar armas aunque todos los días esas armas se usen para matar a cualquiera, incluidos algunas y algunos de sus hijos. El brasilero que festeja el asesinato de un niño en la calle y premia a esa policía asesina con el cargo de legisladora nacional. El colombiano que vota por el no al tratado de paz. Y un largo listado de prototipos humanos que llevan el modelo burgués de existencia a su expresión más pura y extrema: dominar para tener, tener para consumir, lo demás no importa nada y la vida no es nada más que esa miseria humana: consumir hasta lo que no necesita para nada.

Las dos novelas tienen un denominador común: describen la sociedad un minuto antes de que el reloj de la historia marque un viraje: en el 75 estábamos en las vísperas de un genocidio para consumar la “miseria planificada”; en el 2001, aunque en el libro no aparece más que una referencia vaga final, las mucamas y sirvientes de aquellos burgueses implacables, están por levantarse en una pueblada que todavía les duele y les hace temer.

Cierto, y las dos novelas ayudan a entenderlo, que las clases dominantes en la Argentina son las herederas y continuadoras de aquellas personas que hace rato que perdieron toda dimensión humana y no tienen ningún reparo en matar, torturar, hambrear, violar, deshumanizar a quien sea para enriquecerse más y más porque el consumismo es como una droga; pero también es cierto que somos los herederos y continuadores de aquellos violinistas que aún en el campo de concentración, y sin violines porque ya no tienen dedos, tocan en el aire la canción más bella del mundo, la de la dignidad y la esperanza.

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