Brusa, condenado varias veces a más de veinte años, en su casa. Treinta y cinco compañeros perseguidos políticos en cárcel aunque ni condena judicial tengan. ¿De qué justicia, de qué democracia me hablan?


Conocí a Víctor Brusa en la madrugada del 22 de noviembre de 1977.  En un Centro Clandestino de Detención Torturas y Exterminio situado en la esquina de Bv. Zavalla y Tucumán, al interior de la seccional cuarta de la policía provincial.  Luego de demolerme a golpes y otras formas de tortura, el entonces funcionario judicial, luego ascendido a Juez Federal por el Senado Nacional (1992)  a propuesta de Reutemann y Gurdulich de Correa, amenazaba con nuevas torturas si no firmaba un acta fraudulento sobre el interrogatorio.

Lo denunciamos en 1992 cuando ascendió, lo reiteramos en 1999 en España, lo probamos ante el Consejo de la Magistratura ese año y en 2002 comenzó el juicio que en el 2009 lo consideró culpable de muchos delitos, entre otros de los sufridos por mi persona.

Llegar al juicio no fue fácil.  Jueces, obispos, ministros y políticos santafesinos, encabezados por los medios de comunicación hegemónicos, lo defendieron con uñas y dientes.  Hubo que recurrir a un conjuez por sorteo porque ningún juez se avenía a instruir la causa,  y hubo que recurrir a extranjeros porque ningún juez santafesino quiso ser parte del Tribunal que lo juzgó.

Su primer condena fue a 23 años pero en pocos meses, el mismo Tribunal pretendió liberarlo con un cálculo matemático delirante: 4×8 = 98 o algo así por lo que pretendían liberarlo.  Fracasaron pero no dejaron de conspirar.  Fue un radical, ex ministro de De la Rúa, López Murphi, quién les dio estrategia: en agosto de 2013, en una reunión con familiares de genocidas, les confesó que no había espacio social en la Argentina para la amnistía pero si para  pedir que la condena sea en sus domicilios, o sea que se anule dadas las condiciones privilegiadas de vivienda y ausencia de control estatal sobre ellos. Y así fue.  Hoy de 1004 condenados a privación de libertad, 641 están en su casa, cómodos, servidos por empleados y gastando los millones que acumularon con años de servicio y corrupción endémica del Estado.

Ahora se fue Brusa a su casa.  Sin ninguna razón sanitaria.  Por el solo transcurrir del tiempo, por cumplir setenta años como si no hubiera estado cuarenta años en libertad inmerecida, por acción de esos mismos funcionarios judiciales que lo protegieron y protegen porque la inmensa mayoría de ellos son corporativos, elitistas, misóginos y de pensamiento colonizado y mediocre.

La misma corporación que encierra a Milagro, a Fernando, a Julio, a Amado, a Facundo y a tantas y tantos por mandato político de los mismos que lo sostienen a pesar del bochorno que producen.

Brusa deberá volver a la cárcel y lucharemos para que así sea, con mis hermanas y compañeros de la causa, con el movimiento de derechos humanos todo y con aquellas y aquellos argentinos que quieran defender las garantías constitucionales, la memoria, la verdad y la justicia.

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