Receta para cocinar una rana viva o la destrucción del estado de derecho en Argentina


Una antigua leyenda enseña los peligros de no prestar atención a los procesos y enfocarse tanto en el instante que se pierde de vista lo real.  Dicen que atraparon una rana de una laguna y la pusieron en una olla de agua fría, la rana estaba cómoda y nadaba libremente, luego calentaron lentamente el agua. Al principio, el calorcito le pareció hasta agradable, y cuando el agua levantó temperatura ya estaba tan debilitada que no pudo saltar, y murió en el agua hirviendo.

El gobierno de Macri se ubica exactamente en el cruce de dos parábolas históricas. Una es la que grafica el  fin del largo ciclo del “capitalismo democrático”, cuyo inicio, imaginariamente, ubicamos en la Toma de la Bastilla, la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre y el  Ciudadano en 1789, hasta la Caída de las Torres, el Acta Patriótica de 2001 y el ascenso al gobierno de los EE.UU. de Donald Trump, el burgués brutal y casi analfabeto que proclamó el fin de los derechos de los negros, los latinos, los musulmanes y casi todo el que no sea su par blanco, heterosexual  y ultra conservador.  En su etapa de decadencia civilizatoria el capitalismo no necesita ni aguanta siquiera la igualdad formal o el corset del derecho internacional de los derechos humanos.  La Guerra es su bandera y discurso, y no la paz y la dignidad humana.

La otra parábola simboliza el fin de un ciclo corto de existencia simultánea, y en cierto modo articulada, de gobiernos progresistas resultantes del agotamiento del ciclo neoliberal fundamentalista y feroz que sobrevino al otro ciclo de dictaduras militares como las de Videla, Pinochet, Stroessner o Bordaberry.  La era del Unasur con Chávez, Fidel, Lula, Evo, Correa y los Kirchner, ha dado paso a este ciclo de recolonización imperial a fuerza de golpes de Estado como el de Brasil, Paraguay y Honduras, y de derrotas políticas resonantes como la de Argentina.  La era de la convergencia, llena de obstáculos y contradicciones pero convergencia virtuosa al fin de cuentas, entre gobiernos y movimientos populares casi no existe, y una feroz ofensiva busca arrasar derechos y conquistas populares de larga data.

Es en esa secuencia histórica que debe pensarse la desaparición forzada de Santiago Maldonado, como un paso audaz en un camino ya recorrido de restricción de los espacios democráticos, minimización de la democracia representativa y arrasamiento del Estado de Derecho  (decretos para modificar la Corte Suprema, Protocolo de Seguridad, contracción de deuda externa ilegal, etc. etc.): pretendían naturalizar que el Estado no sólo puede desconocer derechos de los pueblos originarios, estigmatizar la militancia y reprimir como quiera sino que, nada menos, desaparecer a un joven y que la sociedad permanezca como espectadora o aún más, que aplauda.

La firmeza de la familia Maldonado, de los organismos de derechos humanos, de algunos pocos comunicadores sociales, del movimiento popular en su conjunto y pluralidad frustraron ese objetivo, y van colocando a los gobernantes, gendarmes y jueces en el banquillo de los acusados.  Es un gran logro de la memoria que debe valorarse. Una vez más la presencia contundente y cotidiana de nuestros desaparecidos fue la fuerza política principal de nuestra lucha pero no olvidemos la metáfora de la rana: el agua todavía está caliente y ellos soplan el fuego de la ilegalidad en dirección a cruzar esa delgada línea que hay entre una democracia restringida y represora y un gobierno autoritario con máscara democrática, como sucede hoy en Honduras, Perú, Paraguay, Brasil y ha ocurrido tantas veces entre nosotros.

Exijamos sin vueltas que nos devuelvan a Santiago y estemos alertas para que no nos roben los derechos y la libertad que supimos conquistar .

Un poeta riojano, Ariel Ferraro, lo decía más lindo: Luciérnagas del mundo: uníos, para que la noche ciega de los hombres tenga sólo tropiezos de ternura”

 

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