Banderas rojas y palestinas en las calles de Tel Aviv


Los otros israelies

“Mi impresión general es que, para la mayoría de los israelíes, su país resulta invisible. 

Estar en él implica una cierta ceguera o incapacidad de ver qué es

y qué ha ocurrido y lo que resulta más extraordinario, una falta de disposición

para comprender qué ha significado para otros en el mundo

y especialmente en Oriente Medio.” 

Edward SaidNuevas Crónicas Palestinas.

Pág. 148. Editorial Mondadori. 2002.

 

En 1967, cuando el ejercito israelí completó la ocupación casi total de la Palestina histórica, incluyendo toda Jerusalén, la franja de Gaza y casi toda Cisjordania, yo tenía quince años, me acababa de afiliar a la Federación Juvenil Comunista y combinaba mi militancia clandestina en el movimiento estudiantil secundario con la participación en una institución judeo progresista en la ciudad de Santa Fe, capital de la provincia del mismo nombre. Recuerdo, como si fuera hoy mismo, la realización de una gran asamblea de los asociados y el publico en general, ante el desarrollo de la guerra.

También recuerdo mi asombro ante los pocos que asumimos la causa palestina contra la barbarie sionista y el accionar genocida del Ejercito del Estado de Israel.  Educado por mis padres en el amor a la verdad y la paz, la justicia y el progreso social, nunca tuve dudas sobre de qué lado del “conflicto” estaba la verdad y la razón.

Poco tiempo después, el auge de las luchas populares me inclinó a concentrar mis inquietudes sociales en las luchas generales y fui perdiendo contacto con aquella institución, a la que tanto debo en cuanto a la formación ética y humanista, como con aquellos debates.  Luego como en una vorágine vino la primavera camporista, el regreso de Perón, la triple A y el terrorismo de estado me ubicaron en el campo de los agredidos y ya nada volvió a ser lo que pudo haber sido.

De mi larga experiencia en la lucha contra la impunidad aprendí que no hay violación a los derechos humanos, y mucho menos si son actos sistemáticos y de extrema gravedad, que no tengan un discurso de justificación y una parte de la población que asienta o acompañe tales actos terroristas de Estado.

En sus Nuevas Crónicas Palestinas dice Edward Said que es en ese terreno de la lucha cultural que el sionismo ha establecido una clara ventaja sobre el movimiento de liberación nacional palestino; por las debilidades ideológicas del movimiento palestino pero también por el eficaz modo en que el sionismo logró resignificar la historia del pueblo judío, del nazismo y el genocidio de los pueblos durante la Segunda Guerra Mundial y aún toda la historia del “conflicto” con los palestinos, al que nunca se lo llama con su nombre: ocupación militar del territorio y sometimiento a condiciones sub humanas de vida para su población.

Se dice que supieron aprovechar de manera inteligente el sentimiento de culpa de las “democracias occidentales” que, desde la traición a la Republica Española hasta la ilusión de que la Alemania Nazi destruiría la odiada Unión Soviética, permitieron la persecución a los judíos, los ghettos y los campos de exterminio, en fin, el genocidio de los judíos que el sionismo, para separar de los otros genocidios y construir el camino “exclusivo” del pueblo judío, llama holocausto o shoa, en una maniobra semántica que no tiene nada de ingenua.

Luego de estar en Palestina, cruzar el check point y penetrar al Jerusalén Occidental o viajar a Tel Aviv tiene la ventaja de sentir como viven del otro lado, como comienzan a hacerse invisibles los niños palestinos de las aldeas y cómo se borran los muros y los fusiles automáticos de los omnipresentes soldados y soldadas. Siempre es útil mirar la realidad de los dos lados.

Y también resultó sumamente útil conversar con las compañeras y compañeros de B ´Tselem, de Médicos para la Paz, del Partido Comunista y del Meretz, fuerzas políticas con representación parlamentaria con una particularidad: todos los que conversaron con nosotros  habían vivido en la Argentina (algunos salieron del país escapando del terrorismo de Estado, otros de las sucesivas crisis del capitalismo argentino).  Para Efraim Davidi, docente de la Universidad de Tel Aviv y dirigente comunista, en Israel se verifica un proceso de fascistización de las elites (tanto la ultra religiosa como la “liberal” en el plano religioso y la vida cotidiana, aunque tan feroz en el odio a los palestinos como la otra) que va moviendo la sociedad israelí hacia la derecha.  De algún modo uno mismo puede verificar ese corrimiento releyendo los textos y debates de los 90, sobre todo luego de los acuerdos de Oslo, en los que se puede seguir la batalla perdida por los sectores moderados del sionismo ante la ultraderecha de todo pelaje.  Ese corrimiento a la derecha le ha quitado aire a la centro izquierda y, paradójicamente o no tanto, ha abierto el espacio para la izquierda consecuente y radical: los comunistas y los partidos que se proponen representar a los israelíes no judíos también llamados los “palestinos del 48” porque son los descendientes de aquellos palestinos que quedaron encerrados en el territorio que Israel proclamó como propio y que sin portar la nacionalidad judía, conservan la ciudadanía israelí como ya hemos explicado en otra crónica. Comunistas y partidos palestinos constituyen la lista unificada que llega a trece diputados, y a su vez acuerdan con el Meretz que tiene otros cinco diputados.  La Lista Unificada  es el tercero en importancia de los bloques legislativos de los que funcionan en la Knesett (el parlamento israelí tiene 120 diputados), con derecho a interpelar ministros, siendo la oposición real en las instituciones de Israel, con todo lo que eso puede tener de valioso y de limitado, como cualquiera imaginará.

Existe también, y no necesariamente vinculado estrechamente a las izquierdas, un movimiento de derechos humanos que actúa como vocero de las víctimas de la ocupación militar.  Muchas de estas instituciones, igual que las palestinas con las que muchas veces coordinan y articulan, nacieron luego la Segunda Intifada del año 2000.  La compañera de B ´Tselem (en su pagina web http://www.btselem.org/ publican constantemente denuncias sobre las violaciones a los derechos humanos en territorio ocupado por Israel) nos contó brevemente su historia plural y un riguroso método de recolección de denuncias que incluye la capacitación y financiamiento de una red de militantes palestinos en el territorio ocupado que recogen las denuncias que luego son confirmadas, contextualizadas y sistematizadas por un importante colectivo de expertos en derechos humanos que trabajan en Jerusalén.  Igual que los organismos de derechos humanos bajo la dictadura, sufren robos de computadoras, sabotajes y provocaciones. También persecuciones judiciales que los ha llevado a anunciar que no realizarán más denuncias contra el Ejercito porque este las usa para, investigaciones fraguadas y fraudulentas mediante, pretender que cumple parámetros de respeto a los derechos humanos.  A otra organización, “Rompiendo el silencio”, de ex militares por la paz, los jueces presionan para que rompan el pacto de confidencialidad con los denunciantes y así aplastar hasta la más mínima denuncia.

La colaboración de B ´Teselem con Addameer y otros organismos palestinos de derechos humanos es fenomenal: sus denuncias constituyen un apoyo sólido a la labor de las y los compañeros palestinos.  El rigor de la recolección de las denuncias y el profesionalismo con que la analizan y procesan le han dado a la organización israelí una gran credibilidad internacional y el odio de los ultras que no pueden descalificarlos como antisemitas o “terroristas” aunque si los tratan como traidores y agentes de gobierno extranjero (hay una propuesta de que deban llevar una identificación que diga que son financiados por ONG extranjeras, cualquier semejanza con el brazalete con la estrella de David que imponía Hitler no es pura casualidad).

Con casi todos ellos estuvimos el sábado 30 de mayo poco antes de compartir un acto en la calle, en pleno centro de Tel Aviv, donde una tres mil personas, con banderas rojas, palestinas y de otros colores, marchó en repudio de la designación como Ministro de Defensa del nazi Avigdor Lieberman quien en sus discursos electorales aboga directamente por “cortar la cabeza de los árabes con un hacha” (para los estadistas israelíes no existen los palestinos, son “árabes”, el principio de negar hasta la existencia del enemigo se cumple a rajatabla).

Detengamosno un minuto en el Ministro para ilustrar de que hablamos cuando hablamos de fascistización de Israel. Avigdor Lieberman  habita en Nokdim, una colonia israelí (colonia  es toda construcción no militar en territorio ocupado y por ello ilegal sin más)  ubicado en Cisjordania. Habla de bombardear Irán, como también Beirut. Propulsor del llamado Plan Transfer que consiste en trasladar a Jordania u otros países árabes a todo habitantes árabes que vivan en Israel y los territorios ocupados. Un Lieberman con opiniones tales como “Sería mejor ahogar a los palestinos en el Mar Muerto, si fuera posible, puesto que es el punto más bajo del mundo”. Ideas y prácticas similares a las expresadas por los partidarios del nacionalsocialismo hitleriano, que implementó una política de exterminio del pueblo judío, tal como el sionismo lo  concreta con el pueblo palestino. Una paradoja cruel que asimila el nacional/socialismo con el nacional/sionismo.

Y en esa sociedad, en ese clima social de claudicación ética de masas un grupo de jóvenes, muchos jóvenes, mujeres y hombres de todas las edades, levanta su bandera roja, hace flamear la insignia palestina y avanza cantando en hebreo la Internacional, dando gritos contra la ocupación militar y el racismo.

Se dirá que es lo mínimo que pueden hacer por su humanidad. Y es cierto.

Pero se acordará que hay que tener una valentía ética y una dignidad envidiable para atreverse a tanto en un espacio tan intolerante y agresivo.

Con esas banderas rojas y palestinas flameando al viento de Tel Aviv prefiero cerrar estas crónicas palestinas. Porque no hay salida de la tragedia palestina si una parte de la sociedad israelí no despierta del sueño imperial que hoy la droga y embrutece.

Como mi marcha no es muy firme, en el acto busqué una silla a un costado y me senté. Frente a mi se fue poblando de banderas y banderas hasta hacerme confundir.  Ya no estaba en el centro de la ciudad más moderna y poderosa de Israel. Volvía a aquellos actos de homenaje a los combatientes del ghetto de Varsovia en la Santa Fe de los 60 del siglo pasado. Cuando la idea del origen judío se vinculaba a los viejos obreros que contribuyeron a fundar el movimiento obrero y socialista de la Argentina.  Y el ejemplo de mi papá, antiguo obrero maderero, autodidacta y convencido comunista que una y otra vez fracasó como comerciante porque su ética estaba por encima de todo enriquecimiento.

De esos judíos me siento heredero, porque son de la misma estirpe que los niños palestinos que disparan piedras contra el ocupante. Sueño con que pronto, otros niños, judíos, se le unan en el sueño eterno de ser libres, porque no hay pueblo libre si esclaviza a otro y también el pueblo judío será reivindicado si se finaliza la ocupación militar y se camina hacia el reconocimiento pleno y efectivo de todos los derechos para todos los palestinos.  Para los que quedaron dentro de Israel, para los que habitan en Cisjordania, Jerusalén y la Franja de Gaza.  Para los que están desparramados por casi todo Medio Oriente. Para todos los que guardaron la llave de la casa de la que los expulsaron, para todos los que con Mahmud Darwish contestan así sobre la identidad palestina

Escribe
que soy árabe;
que robaste las viñas de mi abuelo
y una tierra que araba,
yo, con todos mis hijos.

Que sólo nos dejaste
estas rocas…

¿No va a quitármelas tu gobierno también,
como se dice?

Escribe, pues…

Escribe
en el comienzo de la primera página
que no aborrezco a nadie,
ni a nadie robo nada.
Más, que si tengo hambre,
devoraré la carne de quien a mí me robe

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Carlos E. Martinez dice:

    Que así sea!

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