Los herederos de Martínez de Hoz y de Videla


Acerca de las derivaciones a largo plazo del 24demarzo

Hemos dicho más de una vez que la negativa de un sector mayoritario del Poder Judicial y de poderosos formadores de opinión a calificar de Genocidio lo ocurrido en los años del Terrorismo de Estado, excedía largamente la dimensión jurídica del debate y constituía sin dudas el centro de la resignificación de la historia reciente: interrupción del orden constitucional o reorganización violenta y cruel del capitalismo
De la respuesta que se obtenga será el diagnóstico sobre el gobierno de Macri.
El periodista Horacio Vervitsky, en dialogo con María Seone, analizaba la marcha por Nisman de febrero del 2015 como “la emergencia de un sector social que tiene una representación política importante”. Y concluyó, en tono laudatorio, que se trata de una nueva derecha política argentina, representada en el PRO, que es, a su juicio, “una derecha moderna, sometida a las reglas de la democracia y con capacidad electoral”. El análisis de Verbitsky, expresado en declaraciones a Radio Del Plata, se enfoca en que el fenómeno de esa nueva derecha, con capacidad de movilización, es algo que no se veía en la Argentina desde 1916. “Es importante, porque tiende a soldar una fractura histórica de la sociedad. que se abrió en 1916 y que podría cerrarse exactamente un siglo después. por el surgimiento de una derecha moderna, sometida a las reglas de la democracia y con capacidad electoral”.
Seguramente que los hechos ocurridos en estos catorce meses habrán hecho cambiar de opinión a Verbitsky pero creo que grafican, en la pluma de uno de los más brillantes exponentes de un pensamiento que ha tenido apoyo estatal y amplia difusión en esta década, una mirada “formal” sobre el golpe del 24 de Marzo y sobre la democracia argentina.

Tenemos otra mirada.
En primer lugar, el Golpe del 24 de marzo no fue para nada un episodio “nacional”, era parte de una Operación Continental de Contrainsurgencia en el marco de la Guerra Fría, en la región que los EE.UU. consideran, desde Monroe hasta Obama, su patio trasero. En segundo lugar, en la Argentina, el Golpe tuvo un carácter anticipatorio, “preventivo” digamos, casi una Contra/revolución/preventiva dado que el proceso de acumulación de fuerzas desplegado entre el golpe gorila del 55 y el comienzo del Terrorismo de Estado, a finales del 74 (aproximadamente claro, porque desde diciembre de 1973 ya actuaba la Triple A), era suficiente para desafiar al Poder, pero todavía no tenía capacidades suficientes para confrontarlo en regla y derrotarlo.

Se adelantaron a la construcción de la alternativa política capaz de lograr esas capacidades; y lo hicieron en procura de rescatar el capitalismo argentino de su crisis. La crisis que las luchas le habían puesto al modelo distributivo, de Estado Benefactor pero que había llegado a conceder el 50% de la renta nacional a los que cobraban salarios y jubilaciones; ese modelo capitalista no funcionaba a pleno, estaba en crisis y “su” solución fue la modificación abrupta de todas las variables económicas empezando por la reducción drástica de los salarios (en pocos meses bajó a cerca del 30% de la renta nacional), la suspensión, modificación o derogación lisa y llana de las leyes laborales conquistadas en lucha desde la primera de 1912 (propuesta por el socialista Alfredo Palacios), y las regulaciones de cualquier tipo que protegieran al trabajador y el pueblo.

En segundo lugar, el Golpe tuvo funciones “constructivas” de un nuevo modo de reproducción ampliada del capital, eliminando todas las conquistas obreras y populares que funcionaban como limites reales al dominio imperial y la voracidad empresarial. Cierto es que las necesidades políticas de la dictadura dificultaron que despliegue el modelo neoliberal a pleno pero cuando Menem “realizó” todas sus perversas potencialidades Roberto Alemann explicó a un periodista que ellos habían eliminado la subversión, disciplinado el movimiento obrero y extirpado el marxismo de la educación por lo que privatizar, flexibilizar y desregular era solo problema de tiempo y oportunidad.

Fue un genocidio en regla: la destrucción de un “grupo nacional” para reorganizar radicalmente la sociedad. Y lo lograron por su fuerza histórica como Estado Nacional nacido como Estado Represor desde la disolución del Ejercito Libertador de San Martín y su transformación en el Ejercito asesino de paraguayos en la llamada Guerra de la Triple Alianza o la Campaña del Desierto y los obreros de la Patagonia Rebelde o la Semana Trágica y así todo el siglo XX pasando por los golpes de 1930/1943/1955/1962/1966 hasta llegar al de 1976

Pero no hay que olvidar que lo lograron por el apoyo estratégico de los EE.UU., que iba mucho más allá de la Escuela de las Américas o la Operación Cóndor y por la complicidad de un amplio campo de fuerzas sociales y políticas que prefirieron “entregarse” a los militares a correr el riesgo del triunfo revolucionario. Si Isabel firmaba decretos de exterminio de la subversión, el jefe opositor Ricardo Balbín, del radicalismo, hacía discursos contra la “guerrilla fabril”.

Aunque muchos no lo pudieron entender (y por eso el kirchnerismo más progresista, ya en el siglo XXI, soñaba con una burguesía nacional que construyera un capitalismo “humanizado”) era el final histórico e inapelable de la supuesta “burguesía nacional”.

Entre otras consecuencias que aún perduran, el Terrorismo de Estado, fragmentó violentamente la clase obrera disolviendo su relativa homogeneidad dando paso a una porción de desocupados permanente, a otra de trabajadores precarizados y temporales y solo una parte minoritaria, estable y con derechos. Pero también modificó a la burguesía local que se hizo más sumisa al Imperio, más mafiosa y corrupta, más voraz y cruel. Más burguesa.

Pero el golpe tuvo otros efectos, ocultos al progresismo: el terror alimentó una forma de pensar las reformas y los cambios que se ha clasificado como “posibilista” o “realista” dado que nunca osa desafiar la correlación de fuerzas y el Poder Real, ese que se nombra poco pero se respeta mucho. En 1927, conmemorando los quinientos años de “El Príncipe” de Maquiavelo, Antonio Gramsci, desde la mazmorra del fascismo decía: “El realismo político “excesivo” (y por consiguiente superficial y mecánico) conduce frecuentemente a afirmar que el hombre de Estado debe operar sólo en el ámbito de la “realidad efectiva”, no interesarse por el “deber ser” sino únicamente por el “ser”. Lo cual significa que el hombre de Estado no debe tener perspectivas que estén más allá de su propia nariz”.

Es que al aniquilamiento material se sumó el aniquilamiento simbólico que buscaba “borrar” de la memoria popular que por años las clases subalternas habían mejorado las condiciones de vida por el camino la organización y la lucha, acciones populares que modificaban la correlación de fuerzas y hacían posible lo que parecía imposible. Una serie de teorías y doctrinas conceptualizaban la acción “educativa” por medio de las armas: el anticomunismo en la base de todas ellas, la subversión apartida, la teoría de los dos demonios y el olvido de los noventa.

Y si el posibilismo más vulgar ha dominado desde 1983 en adelante el pensamiento político de las fuerzas de centro izquierda y de izquierda moderada, para fines de los ochenta del siglo pasado, la derrota de los procesos de transición al socialismo modificaron la vieja Tercera Vía socialdemócrata que dejó de buscar un lugar intermedio entre el socialismo y el capitalismo para comenzar a imaginar un supuesto lugar intermedio entre el capitalismo neoliberal, “salvaje” y “financiarizado” y otro capitalismo nacional, “humano” y “productivo”, intentos vanos de ponerle apodos a un sistema que con su nombre define sin error posible a un modo de producción y dominación que funcionan de un modo inescindible y poco reformable.

Agotada la legitimidad del Kirchnerismo ante las clases dominantes, justificada en su capacidad de superar la crisis capitalista del 2001 y renovar el capitalismo de sus modos neoliberales ya gastados (alguna vez dijimos que Kirchner fue el De la Rúa que no fue); y eso se visualizó en la crisis por las retenciones a la especulación sojera con la resolución 125 (año 2008), todos los intentos de “profundizar” el proceso, de modo tal de recuperar legitimidad social y derrotar una derecha que pretendía recuperar a pleno el modelo de país que se fundó con la picana eléctrica y se configuró plenamente por el peronismo en su modo menemista, se frustraron una y otra vez por la hegemonía ideológica de esta combinación de posibilismo y Tercera Vía posmoderna. Posibilismo de Tercera Vía que esterilizó los esfuerzos militantes y aún los aciertos del gobierno en el terreno de la Memoria, la asistencia social focalizada en los más pobres y el acercamiento a los procesos de búsqueda de cambios en Latinoamérica (afectados también, en diverso grado, por el mismo virus cultural del posibilismo de Tercera Vía).

La otra consecuencia política del Genocidio fue la profundización del carácter delegativo del sistema democrático argentino donde si bien ya en el articulo 22 de la Constitución de 1853 se afirmaba que “El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete delito de sedición Nacional “ durante todo el siglo XX las luchas obreras, las movilizaciones estudiantiles, las rebeldías culturales, las iniciativas populares de autogestión en el terreno deportivo, cooperativo, etc. habían ido ampliando el estrecho margen liberal de una democracia minimalista para incorporar la movilización y la lucha social como un modo legitimo de conquistar derechos y resistir claudicaciones gubernamentales. Todo ello fue aplastado por el Golpe y estigmatizado como subversivo y “culpable” de las atrocidades sufridas por el pueblo.

La batalla por la memoria, la verdad y la justicia ha estado en el medio de los esfuerzos por dotar de sentido social la “democracia recuperada” y reconstruir/constituir un sujeto social diezmado y desarticulado culturalmente por el Terrorismo de Estado y las claudicaciones progresistas iniciadas por Alfonsín en la inolvidable Semana Santa de 1987. La vida confirmó que la impunidad era sostén del neoliberalismo así como la memoria fue una parte sustancial del proceso de luchas que recorrieron año a año cada 24 de marzo, desde el primero en libertad hasta el último del 2015 en el que pocos imaginaban el escenario en ciernes que obliga a repensar todas las tareas de la lucha por una democracia verdadera y el mismo sentido de los actos del 24 de Marzo.

El desprestigio de la política, provocado por una combinación de acciones espurias de los políticos llegados a la gestión, y una inteligente predica mediática reaccionaria, llevó primero al “que se vayan todos” del 2001 y ahora a la estigmatización de la militancia que encara el Pro con su modo de hacer política como si fuera una “no política” y la identificación de los militantes con los ñoquis que pueblan el aparato estatal desde siempre y que hoy son utilizados como justificación para una ronda de despidos casi inédita en democracia que remite a algo muy molesto para liberales y progresistas: lejos de ser un avance histórico y civilizatorio, el triunfo de la derecha explícita representa el retorno al gobierno del mismo bloque social que organizó y perpetró el golpe del 76.

Si bien su objetivo es muy parecido al de entonces, reorganizar radicalmente la sociedad para valorizar el capital (hacer más rentable la ya muy rentable producción capitalista argentina) los tiempos y las perspectivas son otras.
No solo porque los cambios de época y el desprestigio de los militares (en parte conquistado por el exitoso proceso de Memoria, verdad y justicia) impiden el despliegue de las formas más brutales de la represión política y social; sino porque también del lado del pueblo ha habido aprendizajes.

Cierto es que no alcanzaron para conquistar lo que no teníamos en 1976 (ni en 1955, ni en 1930, ni en 1921): una fuerza política alternativa popular antiimperialista verdadera y propia, pero cierto es también que tenemos la gran oportunidad de reflexionar sobre nuestras derrotas y frustraciones, sobre los porqué del golpe genocida y los porqué de la derrota electoral del 2015, y dotado de esos saberes, que conceptualicen nuestra propia práctica de organización y lucha, nuestro pueblo podrá pararse al fin sobre sus propios puntos de apoyo y enfrentar con éxito a los golpistas de ayer y sus herederos.
Una reflexión que para nada es similar a aquella que hacíamos en los tristes días posteriores al 76. No creo que las analogías históricas sean buenas. Ni este es el regreso a ninguna etapa histórica anterior ni el pueblo argentino está en la situación en que se encontraba tras el golpe del 55 o el 76, ni siquiera luego del triunfo de Menem.

Si como decía Foucault, el derecho genera verdad, hay una importante parte de la sociedad que aprendió a resignificar la historia de las luchas obreras y populares, supo de héroes y de villanos y de luchas americanas como pocas veces antes. Supo que la única lucha que se pierde es la que se abandona y sabe también que el Poder sabe que el pueblo puede. Y podrá.

Hasta ese momento seguiremos portando nuestros muertos y nuestros desaparecidos con nosotros. Para que nadie ni nada sea olvidado y al momento de la victoria, podamos pararnos sobre sus hombros para alcanzar, al fin, el cielo por asalto.

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