Guatemala, el retorno de los mayas. Reflexiones sobre el largo camino de recuperación de un pueblo sometido a Genocidio


Es extraño como los olores pueden ordenar la memoria y los afectos.
En el centro clandestino La Cuarta, un compañero se salvó de otra paliza por el mal olor de sus zapatillas.
Resulta que como no lo dejaron ir al baño por varios días terminó defecando en una de sus zapatillas pensando en limpiarla la primera vez que accediera al agua; pero lo llamaron al rato para “interrogarlo” y por más que quisieran, los torturadores no soportaron el olor a mierda que él despedía y lo despacharon en mucho menos tiempo de lo que habían pensado. Y con ello se salvó de algunos cientos de kilovatios, patadas y otras delicias de la Inteligencia en acción.
Fue cuando el Mono me contó eso que caí en la cuenta que el olor es una categoría política. Hay olor a pobre, hay olor a indio, y también olor a viejo.
Hace unos años tuve un encuentro con estudiantes de un colegio secundario de la zona de Liniers, muy cerca de la cancha de Vélez Sarsfield. El tema era la diversidad cultural y yo les conté la historia de la dominación americana por parte de los españoles, los ingleses y los yankees, y de la construcción de la discriminación contra los que se busca doblegar, dominar. Costó bastante pero al final logré establecer un dialogo bastante sincero con los muchachos y muchachas. Reconocieron que les molestaban los migrantes de los países vecinos, particularmente los bolivianos. Y de los jóvenes bolivianos les molestaba el olor a ser humano. Es decir, el olor de las personas que no usan desodorante ni perfumes como la mayoría de los argentinos, sean pobres o ricos.
Por eso en nuestra memoria los olores ordenan imágenes y recuerdos, placeres y dolores y es que los olores no son neutrales. Como casi todo en la vida.

Hoy al salir de casa, en la verdulería del boliviano Andrés había un cajón de papayas maduras. Y para mi, desde hace unas semanas, el olor de la papaya me lleva a Guatemala. A su mercado frente a la catedral y a la mesa de Rosa en el desayuno. La papaya me hace pensar en esas mujeres vestidas con sus ropas, las que ellas mismas hilan y cosen, multicolores y hermosas. En la selva y la cultura maya. En la gloria de aquella civilización que en el siglo VII creó una ciudad de 80 mil habitantes, Tilkal, donde hoy solo hay selva y construyó un calendario más preciso que cualquier otro de la antigüedad.
Pero la papaya, dulce y cremosa, también me remite a la tragedia guatemalteca, esa que casi no conocemos por esa manía argentina de ser los mejores y los más grandes del mundo. En el futbol, en el teatro y hasta en el sufrimiento por el terrorismo de Estado. El justo orgullo por las conquistas en la lucha por la verdad, la memoria y la justicia a veces se transforman en un nacionalismo de pacotilla que puede llegar a ignorar los otros genocidios y que de tanto mirar al pasado no puede ver el presente.
Digo, no ven a los más de 9500 presos políticos colombianos ni a los perseguidos/estigmatizados/asesinados de Paraguay, Honduras o Guatemala.
Los procesos genocidas que se perpetraron con la complacencia imperial todavía gozan de impunidad y se continúan en el asesinato selectivo y constante de los dirigentes populares que pretenden cuestionar el dominio omnímodo de un bloque social que contiene a los viejos oligarcas y las más modernas empresas transnacionales junto a los militares e intelectuales que sostuvieron aquellos años del lobo.

En Guatemala perpetraron un Genocidio.
Destruyeron varios grupos de modo tal que la sociedad toda perdió su identidad en formación. Esa que se intentó democrática y plural en el corto periodo que va desde la destitución del Dictador Ubico y el comienzo de la Revolución en Octubre de 1944 hasta el Golpe de Estado organizado y protagonizado por la CIA y los grupos fascistas en 1954 contra Jacobo Arbenz quien había intentado la Reforma Agraria, la legalización de los partidos políticos (incluido el comunista Partido Guatemalteco del Trabajo), el fin de la servidumbre y el trabajo obligatorio de los indios en las plantaciones de café, tabaco y banana, la autonomía de la Universidad San Carlos y algunas otras pocas reformas democráticas y anticolonialistas desde una mirada lejana y desde el siglo XXI.
Pero en los cincuenta, la combinación del racismo brutal heredado de la Inquisición Española y el predominio del pensamiento anticomunista en la versión patológica y paranoica que generó el Macartismo en los EE.UU. de los años del comienzo de la Guerra Fría, generó una mirada sobre Arbenz y sus pocos amigos comunistas desproporcionada y que disparó la preparación del segundo golpe en forma que preparó la CIA (el 1º fue en Irán en 1953 para voltear el Primer Ministro Mohamed Mossadeq) articulando todo tipo de medidas: económicas, diplomáticas, militares y de acción psicológica que contó con radios clandestinas (como la que luego montarían contra la Cuba revolucionaria) y una invasión armada de mercenarios sostenidos por la CIA en un formato que se consolidaría en un “clásico” para la CIA.
El primero en asumir el gobierno dictatorial fue el fascista Coronel Carlos Castillo Armas que volteó todas las reformas democráticas y lanzó la persecución contra comunistas y partidarios de Arbenz, gobernó desde julio de 1954 a julio de 1957 fecha en que fue asesinado para que el Coronel Luis Arturo González López asumiera el gobierno hasta octubre del mismo año en que asumió el Coronel Guillermo Flores Avendaño hasta marzo del siguiente año en que asumió un General, José Miguel Ramón Ydigoras Fuentes que duró hasta marzo de 1963 en que otro golpe lo desplazó por Alfredo Enrique Peralta Azurdia que solo gobernó hasta que en julio otro Golpe llamó a “elecciones” para que un civil Julio Cesar Méndez Montenegro, luego de firmar un Pacto Secreto de subordinación al Ejercito, asumiera hasta 1970 en que lo reemplazó otro General, Carlos Arana Osorio hasta 1974 para dejar paso al General Kjell Eugenio Laugerud García que duró hasta 1978 en que otro General, Fernando Romeo Lucas García lo hace hasta que en 1982 asume el más brutal de los genocidas, acaso el más conocido por sus masacres, el General Efraín Ríos Montt que aunque solo gobierna 16 meses ejecuta las más extendidas y masivas masacres contra la insurgencia y los pueblos mayas (20 mil asesinatos o desapariciones forzadas, 324 masacres, 600 comunidades de pueblos originarios destruidas y unos 90 mil refugiados internos que se suman al millón de desplazados.
Ríos Montt fue desplazado por otro golpe de estado que puso a Oscar Humberto Mejía Victores quien sancionó una nueva Constitución y llamó a elecciones para que ganara un democristiano, Virginio Cerezo en 1986 y diera comienzo a la “transición” hacia el convenio de paz que se firmaría en 1997.
Si pensamos que los españoles aplastaron la cultura maya y que la Independencia de 1821 agravaría las condiciones de vida de los pueblos originarios al abolir algunas “capitulaciones reales” que daban un mínimo pero real espacio de autonomía en los pueblos de indios; y si desde 1871 en adelante solo habrá gobiernos autoritarios, racistas hasta el paroxismo comprenderemos la extrema importancia que tienen esos diez años que los guatemaltecos llaman la Revolución: entre 1944 y 1954; y si pensamos que lo primero que hace Castillo Armas, el hombre de la CIA para el golpe es anular la Reforma Agraria que había afectado la United Fruit Company (cuyo presidente era hermano del vicepresidente de los EE.UU.), la autonomía de la Universidad San Carlos y anular el derecho al voto a los analfabetos que eran al menos dos tercios de los pueblos originarios, nos estaríamos acercándonos al meollo de la cuestión.

En Guatemala hubo un Genocidio.
Doscientos mil muertos. Cuarenta y cinco mil desaparecidos.
Se exterminó la insurgencia en varias oleadas represivas cada vez más brutales y masivas. La primera oleada aplastó la sublevación armada de las Fuerzas Armadas Rebelde conformada por militares partidarios de la Revolución del 44 con apoyo comunista; luego se aplastó el movimiento social a finales de los 70 y la nueva ofensiva guerrillera de 1981/1982 del Ejercito Guerrillero de los Pobres y de la Organización Revolucionaria del Pueblo. También se aplastó casi hasta la desaparición del Partido Guatemalteco del Trabajo (comunistas), de la Organización Revolucionaria del Pueblo (ORPA) y del Ejercito Guerrillero de los Pobres quienes en 1982, en el momento de cénit de la lucha guerrillera se habían agrupado en la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca. Se aniquiló el movimiento sindical, estudiantil y campesino de modo tal que algunas organizaciones actuales como la Asociación de Estudiantes Universitario (AEU) portan el nombre de lo que fueran organizaciones de combate, cuyos dirigentes fueron asesinados como el caso más notorio de Oliverio Castañeda de León (1978), pero no tienen relación alguna con aquella lucha.
El método de de enfrentar el desafío revolucionario fue el del exterminio total.
En 1965, solo dos años después del comienzo de las acciones de resistencia armada impulsadas por las Fuerzas Armadas Rebeldes creadas en 1963 por oficiales partidarios de Arbenz en acuerdo con los comunistas, el Ejercito secuestró el Comité Central completo del PGT y lo asesinó: 28 compañeros. Ese fue el estilo hasta el final. Secuestro del Comité Central Confederal de la Central de los Trabajadores y todos asesinados. Ocho de los diez primeros organizadores de Famdegua (organismo similar a Madres o a Familiares de Argentina) asesinados de manera salvaje, todos torturados incluidos niños de tres años que aparecían con los dedos mutilados. La dimensión del exterminio de la izquierda no se puede separar de la subordinación económica, política y cultural de las elites guatemaltecas a los EE.UU. y de la visión anticomunista paranoica que prima allí en los cincuenta.
El Genocidio es incomprensible sin pensar el impacto del triunfo de la Revolución Cubana y el fracaso de la invasión de Playa Girón en los sesenta.
Y para nada es casualidad que Ríos Montt aparezca en 1982 ,solo tres años después del triunfo de la Revolución Sandinista en la cercana Nicaragua. Solo desde la dimensión continental de la Operación de Contrainsurgencia se puede entender el Genocidio en toda América Latina y también en Guatemala. Un genocidio que posiblemente comenzó justamente con el golpe contra Arbenz en 1954 y prosiguió hasta el fin del conflicto armado en la misma Guatemala en 1997 cuando los yankees se creen que la victoria en la Guerra Fría ha eliminado el comunismo, las ideologías y hasta el campo de las reformas socialdemócratas. Igual que el Paraguay de Stroessner, el máximo orgullo de los militares y las elites chapinas era proclamarse campeones del anticomunismo.
Valga pues, una mirada de reconocimiento y valoración hacia todos los que sostuvieron el ideal revolucionario en Guatemala en condiciones tan extremas pero valga un reconocimiento especial a esos pocos cientos de militantes del Partido Guatemalteco del Trabajo que mantuvieron la bandera del comunismo en alto a pesar de la histeria anticomunista. Recordemos por ahora al fundador del Partido del Trabajo Guatemalteco, José Manuel Fortuny y el nombrado Oliverio Castañeda de León, militante de la Juventud Patriótica Guatemalteca.

En Guatemala hubo un genocidio. Doscientos mil muertos y cuarenta y cinco mil desaparecidos. Pero de ellos, tres de cada cuatro pertenecían a los pueblos originarios.
En Guatemala hubo dos genocidios si se quiere decir de esta manera: uno, el mismo que se extendió hasta la Patagonia chilena y argentina en el sur del continente, contra todos aquellos que proponían superar el capitalismo y constituían un escollo serio al nuevo modelo de desarrollo capitalista que se buscaba imponer desde Washington y las oligarquías locales; y otro un Genocidio étnico, una limpieza racial que buscaba completar lo que el Español no terminó en el siglo XV: liquidar los pueblos mayas, borrarlos del mapa social y geográfico.
Porque molestaban para el despliegue de algunos emprendimientos mineros, energéticos o agrarios (molestia que persiste y explica el nivel de represión hacia los pueblos originarios de estos días), pero sobre todo por racismo, por la intolerancia hacia el llevada a la locura de asesinar miles y miles de mujeres, de partir las cabezas de los niños para que corra la sangre como agua hacia el mar, de esclavizar mujeres como esclavas sexuales por años o niños como sirvientes. Sin ese componente racista no se puede entender la decisión de exterminar toda comunidad que hubiera entrado o que ellos pensaran que había entrado en relación con la insurgencia.

En un texto clásico, Federico Engels dice que lo más terrible de las derrotas es que los pueblos olvidan las causas por las que lucharon. Lo hace en referencia a la Comuna de París de 1871 pero hoy sabemos que esa reacción no es “natural” sino una de las consecuencias buscadas y planificadas de un genocidio. Es la continuación del genocidio por otros medios y el modo de asegurar que la reorganización radical del país que la eliminación del grupo nacional ha consumado, se estabilice y mantenga en el tiempo.
Y si en algún lugar parecía que el objetivo se había conseguido era en Guatemala.
El modo en que terminó el conflicto armado, con un Acuerdo de Paz que era lo más parecido a una rendición incondicional y el asesinato del Obispo Gerardi a cielo abierto, como una clara represalia y advertencia de impunidad ante la publicación del informe de la verdad (casi el único acuerdo positivo del acuerdo de paz que se cumplió, y con ese costo terrible), condicionaron un largo periodo de supuesto pos conflicto que eternizó el conflicto profundo y más real que todos, ese que motivó la revolución del 44 e inspiró la acción democrática de Arbenz: el conflicto que genera el monopolio de la propiedad de la tierra, la discriminación racial y de clase contra la mayoría maya que siguió sin tierra y sin derechos, obligada a refugiarse lejos de la modernidad para poder conservar algo de su cultura y su identidad.
Como dijimos antes, el genocidio prácticamente exterminó la izquierda urbana y las poblaciones mayas no subordinadas a su mandato asesino.
Pero no del todo.
¿Cómo se conservó la pequeña brasa que sobreviviría tantos años casi apagada y que en estas últimas semanas volvió a arder en las movilizaciones populares contra la corrupción gubernamental que ya forzaron a dimitir a la vice presidenta de Guatemala, Roxana Baldetti y una larga lista de funcionarios, movilizaciones que según algunos historiadores casi no tiene antecedentes en la historia de Guatemala más que en dos o tres ocasiones, una previa a la Revolución del 44 y otras en los 80/90 pero de carácter estrictamente estudiantil?
Este movimiento, que ya se mantuvo por más de dos meses de movilizaciones -sobre todo en las plazas centrales de las principales ciudades del país-, como sabemos aparece a raíz del destape de casos de corrupción. Primero por el destape de defraudación aduanera que condujo a la renuncia de la ex vicepresidente Roxana Baldetti y su secretario privado, hoy prófugo de la justicia. Posteriormente el contrato anómalo con la empresa farmacéutica mexicana Pisa en el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social para la realización fraudulenta de diálisis que llevó a la muerte a 12 personas, incriminando al ex director de esa institución Juan de Dios Rodríguez, ex militar acusado de violación a los derechos humanos y cercano al presidente Otto Pérez Molina.
Las denuncias y la crisis política que provocó obligó a la renuncia importantes figuras del gabinete como el ex ministro de gobernación Mauricio Bonilla y el ex general José Anzueto a cargo de la Secretaria de Inteligencia del Estado, ex militares cercanos a OPM y el nombramiento de ex magistrado de la Corte de Constitucionalidad Alejandro Maldonado, viejo político al servicio de las clases dominantes, como vicepresidente.
Todo esto ha generado indignación en algunos sectores de la población, sobre todo capas medias urbanas pero que se amarra con otras indignaciones más estructurales de capas obreras, campesinas e indígenas. Esto puede dar al traste el régimen político post dictaduras o al menos debilitarlo haciéndole perder legitimidad al sistema de dominación. Pero las movilizaciones están en la encrucijada por el cauce institucional que los poderes fácticos le pretenden dar y a la ausencia de una alternativa de gobierno y/o de poder.
Las diversas crónicas periodísticas dan cuenta de que desde el 25 de abril hasta el 13 de junio hubo movilizaciones todos los sábados, siendo la primera el 25 de abril, que juntó a más de 30 mil personas; la del 16 mayo fue el pináculo con más de 60 mil personas concentradas en la plaza central y las diversas plazas de las principales ciudades; y la del sábado 13 con un poco más de 20 mil personas. Estas movilizaciones contaron con un fuerte componente de personas procedentes de capas medias y pequeña burguesía, que llegaron a título individual; fueron los contingentes, sobre todo con posterioridad al 25 de abril, de las universidades privadas y de la Universidad de San Carlos y representación de los pueblos mayas, los que le dieron un toque más clasista. Pero no se recompone la subjetividad política transformadora ni se crean fuerzas capaces de derrotar las sombras del genocidio en un día; pero se ha roto el largo periodo de quietud y silencio del pueblo. Eso preocupa a los genocidas y poderosos, y reclama mayor análisis de parte nuestra

Sin pretensión de analizar los hechos políticos que están en pleno desarrollo en este momento, me animo a proponer dos o tres ideas de interpretación.
Un modo de sobrevivencia de la subjetividad popular, democrática, antiimperialista y revolucionaria ha sido de la mano de los constructores de la memoria del genocidio. Los que no aceptaron la grosera impunidad decretada por el Poder y consentida a nivel internacional.
Porque la memoria no es lo “natural” y el olvido una partecita de ella sino que la memoria y el olvido son categorías relacionales, se construyen al mismo tiempo por acciones humanas, premeditadas cuando se trata de la memoria de las luchas sociales.
El olvido se construye con el horror transformado en terror e incorporado en los cuerpos humanos por la tortura y en el cuerpo social por el miedo. Y vaya si en Guatemala se torturó y se inculcó el miedo.
Pero hubo quienes buscaron sus familiares victimizados, los cuerpos de los desaparecidos, los rastros de la lucha de los revolucionarios, de los sindicalistas, de los dirigentes estudiantiles. La formación de HIJOS Guatemala podría ser el símbolo más potente de esa acción de memoria que tuvo en la recuperación del Archivo Histórico de la Policía Nacional Guatemalteca un punto de referencia y un estimulo importante.
Otro fue el movimiento resultante de la movilización de supervivencia indígena conocida como Comunidades de Población en Resistencia que comenzó como un intento de escapar del exterminio militar y resultó en un proceso de organización autónoma de miles de mayas que prolongaron la experiencia luego de finalizado el conflicto armado y aseguraron un territorio de fidelidades al pasado maya y algunas de las tradiciones democráticas que buscó eliminar el genocidio.
Y por último, de un modo sobresaliente, así como el golpe de 1954 y las sucesivas oleadas genocidas son inseparables de la operación continental de contrainsurgencia que impulsó la CIA y el Comando Sur del Ejercito de los EE.UU., el resurgir del movimiento popular en Guatemala es una de las consecuencias esperadas del retorno al gobierno del Sandinismo en Nicaragua y del Frente Farabundo Martí en El Salvador, hermanas de Guatemala que mantienen miles de invisibles lazos por los cuales ayer huían los revolucionarios perseguidos por el ejercito guatemalteco y hoy penetran nuevas ideas y ánimos renovados. O sea un nuevo olor, fresco como la papaya.

Digo, no puedo entender el genocidio guatemalteco sin pensar en el olor.
Eso que molesta a los estudiantes del colegio de Liniers de los compañeros bolivianos. Si en un barrio limítrofe de la Capital Federal, un grupo de estudiantes se molesta por el olor de los hermanos bolivianos, qué les pasaría a los ladinos guatemaltecos al ver las mujeres mayas con sus polleras de colores oliendo a maíz, a tierra mojada, a papaya fresca?
El genocidio sembró un olor fétido, a muerte mal enterrada en cementerios secretos y montañas peladas pero un nuevo viento cruza del Pacífico al Atlántico. Decían los antiguos que el tiempo es circular y que todo vuelve a empezar. Allí están de nuevo, los estudiantes en las calles y ahora, más que antes, las polleras coloridas de las mayas a su lado. Todavía está por verse quien escribe la última pagina de esta historia que en alguna pequeña medida la historia de mis hermanos de lucha, algunos de los cuales conocí hace cuarenta años. A uno de ellos, asesinado en 1984, le dediqué un poema de despedida que quiere ser mi canto de amor al pueblo chapino

En memoria de Pedrito.
Dicen que debajo de
esa roja bandera
dentro de ese pequeño cajón,
están los huesos de Pedro.

Dicen
que su hija menor,
que creció sin conocer la historia
tomó la bandera de su padre
y la puso sobre la caja de madera
donde reposan
los huesos de Pedro.

Dicen
que cuando lo atraparon
manoteo su 38 y opuso resistencia
cumpliendo con aquella promesa
de una tarde de nieve
cerca de la Plaza Roja
doce años antes de aquel instantes
Entonces,
gritó seremos como el Che
o al menos,
corregí yo, como el Che
quería que fuéramos

Dicen
que lo mataron
a los veinticuatro días:
o sea, el 29 de marzo
de 1984

Así escribieron los militares
guatemaltecos
tan prolijos como todo
militar latinoamericano
en eso de asesinar
militantes

Dicen y dicen
porque yo no lo vi más
desde aquella tarde de nieve

No lo vi
cuando cruzaba fronteras
con nombre falso
y bigote recortado

No lo vi
cuando entró a su
Guatemala
y se puso a pelear
justo cuando aquí
caían dictadores y volaban
Allendes por el cielo

No lo vi
cuando volvió a cambiar de nombre
tantas veces que ni él se acordaba quien era

Pero ahora recuerdo
que aquel 29 de marzo de 1984
me tomé un par de vinos
con el Tito, el Carlos y el Tato
que eran buenos
en eso de ponerle al pueblo
uniforme de pueblo,
y salir a pasear con las banderas
en alto.

Banderas como esas
que la niña de Guatemala
criada en el país de los gringos
dobló con amor
para poner sobre la caja
de los huesos de su padre

Mi amigo guatemalteco
perdido en la noche,
que recuerda la culpa de estar vivo
y no ser, como él,
un puñado de huesos
dentro de una caja
bajo una bandera
Buenos Aires, mayo del 2015.

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