Qué significaba ser de la Fede para el Ciego, para Danilo, para Alberto Cafaratti, para el Negro Quieto o para Osatinsky


marcha_indultosUn Periodista que trabaja para la BBC de Londres y la televisión inglesa, insiste en preguntar quien soy y le explico que yo soy un militante de la Juventud Comunista de la Argentina, de la Fede le digo aunque no se si el tipo podrá traducir lo que eso representa para mi. Y para las decenas de miles, decenas de miles de jovenes que pasaron por sus filas buscando el camino de la victoria

Para el Ciego, para Danilo, para Alberto Cafaratti, para el Negro Quieto o para Marcos Osatinsky.

Para el que volaba atado por los pies a un helicóptero en la base Belgrano y cuando lo bajaban seguía diciendo que él era de la Fede.

Para Teresa que miraba a los ojos de los torturadores hasta que los tipos bajaban la cabeza.

Para los que lloraban pateando la puerta del Comité Central la noche en que Alfonsín ganó las elecciones y se rompió -para bien y para siempre- el mito de la infalibilidad de la dirección y de la ineluctabilidad de la victoria.

El Ñato dice que la derrota y la victoria es más relativa de lo que parece.

-Que el general Humberto Ortega, jefe del ejército de Nicara­gua y custodio del gobierno neoliberal, es el símbolo de la derrota del Sandinismo; y que Raúl Sendic, saliendo del pozo en que lo quisieron destruir los militares uruguayos, para seguir siendo un militante revolucionario es nuestra victoria.

Y esta es mi victoria.

La de la memoria sobre la traición.

Pequeña, casi intrascendente.

Pero, ¿cuántas veces pude sentir la victoria en estos treinta años?

¿Acaso aquella mañana del ’69 en que los secundarios ocu­pamos Santa Fe?

¿O cuando todas las Juventudes Políticas amenazaban con cruzar la cordillera para pelear junto a los hermanos chilenos en aquella marcha multitudinaria?

¿En mayo del 2000 cuando la Izquierda Unida salió del ano­nimato y Patricio se hizo diputado?

¿O en diciembre del 2001 cuando miles, y miles, y miles, y miles de jóvenes arrasaron con la Alianza, con De la Rúa, con Ro­dríguez Saa, con los radicales, los peronistas, los conservadores y el Frepaso; y con todos los que nos robaron, tantas veces, nuestra lucha y nuestra sangre?

En Rosario, mejor dicho en una pequeña ciudad pegada a Rosario que se llama Villa Gobernador Gálvez mataron a una comunista en la pueblada de diciembre.

Se llamaba Graciela Acosta y vivía en una villa miseria sola con sus siete hijos. Era militante de una organización en defensa de los derechos humanos, y de un movimiento de des­ocupados.

Dicen que el tiro no era para ella, era para su amiga Mónica, su compañera, su hermana militante. Pero ella se movió para salvarla y se quedó con la bala que tenía otro destino.

Hicieron un acto frente a la Seccional de la que salieron los policías que la mataron. Jorge llamó y me preguntó si podía par­ticipar, le dije que sí y terminé siendo uno de los oradores.

Hablaron muchos compañeros, parados de espalda a los milicos que provocaban con las armas larga en las manos. El ambiente estaba tenso.

La última de la lista de oradores fue la que vive por Gracie­la.

Tiene tres meses de comunista, pero varias generaciones de pobreza y de luchar por la dignidad.

Nadie aprende tanta política en tres meses como lo que sabe esta mujer.

Lo que sabe lo aprendió en años de sufrir, y de pelear.

Levanta el dedo y los acusa. Dice que los conoce uno a uno, y que no se le van a escapar. Los tipos sienten el impacto. Si yo fuera uno de ellos, también tendría miedo.

Mónica sigue su discurso frente a los mismos que la habían querido matar hacía solo quince días. Y termina con una parte del alegato de Fidel en aquel Hospitalito que estaba al lado del cuartel Moncada en Santiago de Cuba.

¿Recuerdan?, el de La Historia me Absolverá.

Fue en 1953 después del fallido asalto al Cuartel, cuando Fidel parecía que estaba derrotado para siempre y lo juzgaban para escarmiento de todos los que se habían atrevido a seguir su ejemplo.

Y para que nadie se atreviera a intentarlo de nuevo.

Y Fidel dice, Mónica dice -que no quiere la sangre de los asesinos.

-Que no le hace falta la venganza. Que como la vida de su compañera no tiene precio, ni toda la sangre de los asesinos podrá pagar su muerte.

-Que para los caídos pide el triunfo de la lucha liberadora.

-Que no hay mejor venganza que para todos el pan, para todos la rosa, para todos la escuela y el hospital; para todos el trabajo y la dignidad.

-Para todos la felicidad.

Yo la miro asombrado, hace años que buscaba el final de este libro y no sabía que esta mujer, que vive por la generosidad de su hermana militante, sería quien me ayudaría, al fin, a encontrarlo.

Ahora sé que la memoria venció a la traición.

Que cruzamos el desierto, y llegamos enteros.

Pocos, pero enteros.

Y que del otro lado nos esperaban miles y miles que nunca oyeron hablar de la Cuarta, tampoco de la Guardia de Infantería Reforzada de Santa Fe o de la Casita de Santo Tomé, ni falta que les hacía saberlo para poder pelear y tumbar dos gobiernos.

Me doy cuenta que ya no es necesario seguir buscando como transmitir la memoria de un modo adecuado.

Que a esta gente, mujeres y hombres del pueblo, se les puede contar esta historia sin más vueltas, ellos sabrán que es la suya.

fragmento final de Los Laberintos de la Memoria, cuya tercera edición está disponible libremente en el blog

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