La dignidad se aloja en el sótano del Penal paraguayo de Tacumbú


El lunes once y el martes doce de noviembre, en representación del Instituto Espacio para la Memoria de la ciudad autónoma de Buenos Aires, y como parte de una Misión de Observación internacional de la situación internacional de los derechos humanos en Paraguay, recorrí unos mil doscientos kilómetros de las regiones más  estigmatizadas del país, las que han sido “militarizadas” por el Presidente Cartes y donde se violan de manera masiva, sistemática y continua una larga lista de derechos humanos: el derecho a la vida, a la dignidad, a no ser torturado, a contar con las garantías mínimas al debido proceso y de la presunción de la inocencia.

El informe completo estará a disposición en pocos días y a él me remito.

Luego de esas 48 hs maratónicas por Curuguaty, donde se perpetró la masacre que desencadenó la operación golpista que terminó con el gobierno constitucional de Lugo; por Icataty, donde –so pretexto del secuestro primero y del asesinato después de un ganadero- una orgía persecutoria se ha desatado sobre las comunidades campesinas, por Orqueta y muchas otras localidades donde recibimos denuncias y testimonios volvimos a Asunción donde se mantuvieron entrevistas con diversos representantes del Estado Paraguayo que respondieron con evasivas o directas provocaciones.

Con la secretaria de Derechos Humanos del Paraguay mantuve un intenso debate donde yo le plantee que hay tres condiciones para que un país se considere del siglo XXI: que respete la tradición occidental y cristiana del Código Romano y el Código Napoleónico que consagran la presunción de inocencia y ciertas normas que hacen al debido proceso; y que todo indica que en Paraguay nada de ello se respeta; al momento de voltear a Lugo, en el “juicio político” se dijo que “como los hechos son de público conocimiento, no necesitan ser probados”, teoría básica del fascismo stronerista que vuelve de la mano de Cartes, segundo; que debían saber que hace doscientos años que nos declaramos independientes y que debe cesar el carácter colonial de la dominación brasilera y yankee sobre el territorio paraguayo y tercero: que para la región del ex Virreinato del Río de la Plata, la tortura y la esclavitud estaban prohibidas desde 1813 y que debían cesar los brutales ataques a la población, a los militantes y sobre todo (eso lo dije en voz muy alta: sobre todo) a los niños a los que se tortura, discrimina y hasta denigra al transformarlos en “luchadores contra el terrorismo” a los ocho años.

Pero de ese debate me ocuparé luego; prefiero ahora contarles que si por tres días (los dos de la gira por el Chaco y otras regiones y el de encuentros en el Congreso Nacional) había visto la indignidad y la miseria moral de la elite paraguaya; el jueves tuve la dicha de encontrarme con una de las expresiones más altas de la dignidad paraguaya.

Tacumbú es la cárcel paraguaya. Según su director, hay cuatro mil personas donde solo debería haber mil quinientas. Y las condiciones son catastróficas, casi inimaginables aún para alguien que conoció (así sea mínimamente) las cárceles de Videla.

Tacumbú es una máquina de destruir humanidad.

Una refinada y feroz maquinaria anti humana.

Y allí, en el centro de esa maquinaria feroz, que resume la indignidad, la miseria y el clima de terror de todo un país sometido a los sojeros, los narcos y los políticos serviles, resiste la dignidad paraguaya.

En el sótano de la Cárcel, en el periodo stronista, se torturaba y asesinaba. Luego el sótano quedó abandonado y en estos días, presionado por las circunstancias, fue recuperado y reacondicionado. Es uno de los pocos lugares seguros de la Cárcel, aunque no menos temible.

Allí nos encontramos con los seis campesinos que buscaron refugio en la Argentina y fueron traicionados, encerrados en Marcos Paz y luego entregados para una ejecución judicial que ya se cometió: 35 años de condena de promedio para ellos.

Y con los nuevos. Con los cinco de Curuguaty que esperan su juicio (que todo indica será otra ejecución judicial que marcará records de arbitrariedad judicial casi grotesca) para el año que viene.

Pero ninguno allí se quejó o arrepintió.

Ninguno dijo que eran inocentes puesto que ellos asumen la cárcel como parte de la larga lucha por la tierra que libra el campesino paraguayo.

Y ninguno negó su identidad política.

Rubén Villalba, el líder de Curuguaty, con el puño en alto se proclamó comunista y varios de los seis se asumieron como militantes de Patria Libre, el partido paraguayo devastado por la represión, sobre el cual ahora cargan todas las culpas del mundo.

Todos dijimos las palabras de rigor pero yo lloraba y reía por dentro.

 

Yo lloraba por estos hermanos, algunos de los cuales conozco desde hace ocho años cuando fueron encerrado en Marcos Paz como generosamente ellos lo recordaron al decir que la Liga Argentina por los Derechos del Hombre los había acompañado siempre; y yo lloraba porque imaginaba el calvario que les espera en estos años.

Y lloraba por dentro porque como ocurre muchas veces, antes estos casos límites es que se ponen de manifiesto los límites penosos de los gobiernos y fuerzas populares de la región.

Lloraba por los políticos progresistas que los entregaron y por los que se niegan a visitarlos en Tacumbú.

Lloraba por tantas y tantos militantes por los derechos humanos que no tienen problema en reivindicar luchadores populares de antaño, que eligieron el camino de la lucha armada; pero que hoy tratan como sarnosos a los compañeros acusados de ejercer la violencia popular.

Pero también reía.

Reía y me abrazaba a Rubén y a Agustín, a quienes los se mis hermanos entrañables, confiables para cualquier lucha y para cualquier emprendimiento popular.

Reía porque el enemigo cree que los está matando y ellos están más vivos que nunca.

Porque ellos creen que los quiebran y están más firmes y seguros del horizonte socialista que nunca.

Reía porque ellos creen que estigmatizándolos, los aíslan del pueblo y cada vez más, más dirigentes populares van a ese sótano de Tacumbú a visitar la dignidad y el futuro del Paraguay.

Porque ni Cartes ni los sojeros, ni los narcos  ni los yankee son el futuro del Paraguay.

Ellos y los que los continúen y mejoren, son el futuro.

Y por eso salí de ese sótano, de ese Penal, con las imágenes que más quiero dándome vuelta en las retinas. Porque  yo lo vi al Negrito correr por los asentamientos campesinos y lo vi a Anananias Maidana sentarse bajo un árbol a tomar tereré mientras volvía a explicar una y otra vez que el capitalismo es incompatible con los derechos humanos.

Les juro, que en el sótano de Tacumbú  yo vi el horizonte paraguayo; y en ese cielo no hay lugar para Stroessner, sino para todas y todos los que han luchado y lucharán para que el sueño independentista se haga realidad de una vez por todas

tacu

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