La irrupción del Ejercito Brasilero contra los huelguistas petroleros y el hundimiento del mito sobre los “progresismos de tercera vía”


cuenca

En una recuperación de atributos subjetivos que hacen a su condición de clase, los trabajadores petroleros brasileros realizan acciones de resistencia contra la privatización de una de las zonas petroleras más prometedoras de su país: Campo de Libra (frente a las Bahía de Santos) del que se calcula una producción de 1,4 millones de barriles diarios, equivalente a la mitad del total de la producción actual.

Como en los famosos y tan denostados noventa, estamos ante una acción clásica del neoliberalismo: entregar los recursos naturales con el pretexto de falta de capitales para explotarlos (Brasil, el gigante que aspira a ser potencia mundial dice no tener capitales para explotar sus recursos naturales; resulta difícil de creer) y la promesa de destinar una parte de lo obtenido para mejorar el estado de  la educación y la salud pública, objeto de las críticas más duras  por parte de las imponentes movilizaciones populares inmediatamente previas a la “milagrosa[1]” visita del Papa Francisco.

Ante la resistencia obrera en curso –como diría el “amigo” Moyano: resuelta por los “cuerpos orgánicos” de las instituciones sindicales brasileras -que no se distinguen por su irreverencia o excesivo celo en la defensa de los intereses obreros y populares- el gobierno de Dilma Rousseff ha ordenado la intervención de una tropa de elite, la Fuerza Nacional, creada para combatir al narcotráfico rompiendo una tradición política comenzada en el 2003 por Lula de no utilizar las Fuerzas Armadas tradicionales en el conflicto social (las Policías en Brasil, tienen de por sí destacamentos altamente preparados para el combate callejero y con una capacidad de fuego superior a la media de los ejércitos latinoamericanos).

La decisión de proteger la inversión del Capital Privado Extranjero (que sea de origen chino no altera nada a esta altura de la subordinación de toda China a las lógicas del capital globalizado) por medio de la última defensa del Estado: su núcleo armado, confirma el carácter de la experiencia del P.T. de Lula y Dilma mucho más que sus apuestas a la integración latinoamericana o sus firmes actitudes en el plano internacional a favor de la paz y contra el hegemonismo norteamericano (tal como se mostró en el incidente por el espionaje norteamericano sobre la región, precisamente buscando información sobre la cuenca de Campo de Libra que finalmente fue concedida a empresas chinas y no a las norteamericanas).

Lo estremecedor de la vuelta del Ejercito a su función de Fuerza de Ocupación Interna, confirmando la vigencia de la Doctrina de Seguridad Nacional (por más que no se la nombre o aún se la haya declarado obsoleta en más de un ámbito de debate regional) contribuye a revelar el mito del carácter “progresista” del gobierno de Dilma y de otros gobiernos supuestamente “progresistas” de la región, mito construido a partir de un silogismo[2] que se basa en dos premisas erróneas: a) la preeminencia de las políticas de integración latinoamericana por encima de las políticas internas de mantenimiento de la matriz de distribución de ingresos constituida en el largo periodo que va del golpe de Estado de 1964 hasta la asunción del primer gobierno de Lula en el 2003 en el Brasil y en general, en la llamada década perdida de los noventa en América Latina y  b) la confianza en que se puede arribar a una sociedad más justa y solidaria, digamos pos capitalista o algo así, por el camino de pequeñas reformas que “astutamente” se abren paso sin confrontar con el núcleo del Poder Dominante (los grupos económicos nacionales y trasnacionales, los agentes imperiales, las fuerzas armadas y el aparato de seguridad, los medios hegemónicos de comunicación y los intelectuales a su servicio).

Ambos debates son seculares. Experiencias de gobiernos con políticas autónomas en lo internacional pero “ortodoxos” en la defensa del orden burgués no faltan: citemos por ahora la larga etapa de gobierno del PRI en México que tanto hizo por Cuba o por los exiliados latinoamericanos que huían de las dictaduras o el mismo gobierno de De Gaulle que se atrevió a confrontar con los EE.UU. en cuestiones centrales en plena época de la Guerra Fría.

Que haya contradicciones entre un bloque de poder con dominio nacional y el Imperio Hegemónico de la época no es novedoso ni extraordinario.

Que esas contradicciones generan espacios para la acción política que se deben aprovechar con determinación, audacia e iniciativa política está fuera de discusión y todos jugamos fuerte para bloquear el Alca en Mar del Plata (2005) o apoyar la formación del Unasur, el Banco del Sur y tantas otras experiencias similares (algunas pendientes de concreción, por cierto).

Pero nadie se hace libre por participar en formas de integración regional, por más progresistas que sean.

Desde el debate entre Rosa Luxemburgo y Eduardo Bernstein[3] que el movimiento popular y transformador se divide tajantemente en dos: los que creen que por el camino evolucionista de pequeñas reformas acumuladas se llega al socialismo y los que creemos que solo la ruptura revolucionaria con el orden capitalista (ruptura que requiere de acumulación previa de poder popular y se puede dar de diversas maneras,  incluso no armadas) se puede pasar a otra etapa del desarrollo social.

Para los que tenían dudas sobre el porqué de la persistencia de la Ley de Auto Amnistía vigente en Brasil para los delitos de lesa humanidad cometidos por el Estado en ejercicio del Terror (sancionada en 1979 bajo la dictadura de Joa Baptista Figueredo) tienen aquí la respuesta más obvia y contundente: porque un gobierno que propone mantener el capitalismo en su país, y para ello  garantizar la reproducción ampliada del capital, lo que implica disciplinar la masa laboral a las condiciones que el “mercado” requiere para garantizar la “cuota de ganancia media” para el conjunto de la clase propietaria y la “ganancia monopolista”[4] para los grupos más concentrados y potentes de la economía –nacionales o extranjeros- necesita mantener la capacidad de reprimir siempre a mano.

O dicho de otro modo: por si en algún momento los trabajadores petroleros se “atreven” a resistir la privatización de la principal cuenca petrolera a manos de un gobierno “progresista”.

Los gobiernos no son boyas que van adonde los lleve el viento de la historia, en este caso el viento que nace de los procesos de ruptura con el capitalismo que se intentan desde Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador –no importa aquí las obvias diferencias, ritmos y estrategias de cada cual- sino que tienen proyecto político que se define alrededor de lo decisivo en la vida cotidiana y concreta de los pueblos: la continuidad (que implica la ampliación continua del dominio del Capital[5]) del capitalismo o el inicio de un camino de ruptura con él. Reforma o Revolución como decía Rosa Luxemburgo certeramente al inicio del siglo XX.

 

 

A finales del ciclo mundial del neoliberalismo (digamos 1997/1998), de las entrañas mismas de los gobiernos centrales del capitalismo: Inglaterra, Italia y EE.UU. surgió una propuesta para “superar” el neoliberalismo con otro modelo, bautizado entonces como “tercera vía”.

“La idea de la “tercera vía” fue lanzada públicamente por Tony Blair, primer ministro del Reino Unido, en febrero de 1997 (aún antes de vencer electoralmente a los conservadores luego de 18 años de gobierno ininterrumpido).  Luego fue convalidándose en diversos eventos internacionales para gozar de un gran lanzamiento en el seminario sobre “La sociedad civil y el futuro de la democracia” realizado en la sede de la Universidad de Nueva York el 12 de  setiembre de 1998 con la presencia, entre otros, de Bill Clinton, Romano Prodi y el propio Tony Blair.”[6]

Por esos días, el propio Tony Blair lo explicaba de este modo: “La tercera vía supone una nueva línea dentro del centroizquierda.  La izquierda del siglo XX ha estado dominada por dos corrientes: una izquierda fundamentalista que veía el control del Estado como un fin en si mismo y una izquierda más moderada que aceptaba esa dirección básica pero estaba a favor del compromiso.  La Tercera vía es una reevaluación seria, que extrae su vitalidad de unir las dos grandes corrientes del pensamiento del centroizquierda (el socialismo democrático y el liberalismo) cuyo divorcio durante este siglo contribuyó  tan claramente a debilitar la política de signo progresista a lo largo y ancho de Occidente”.

Si hace falta “traducirlo”: la Tercera Vía era el intento de encontrar un camino propio, lejos del “socialismo estatalista” que había estallado para principios de los noventa en la U.R.S.S. y todo su área de influencia europea, pero también lejos del “capitalismo salvaje” que había brotado en las condiciones globales surgidas de la perdida del equilibrio estratégico entre EE.UU. y la U.R.S.S., entre el capitalismo y el socialismo como sistemas contrapuestos así sea en la arena internacional, nuevo orden mundial anticipado por el Terrorismo de Estado -que desde el golpe chileno de 1973- había devastado primero y reorganizado después a buena parte de América Latina (por cierto, con centralidad en los grades países como Brasil, México y Argentina).

Si durante toda la experiencia soviética y de “socialismo de estado”, la socialdemocracia y la centro izquierda habían buscado un punto intermedio, una tercera vía, entre el socialismo y el capitalismo; ahora, desaparecido el “socialismo de estado”, la búsqueda debería ser entre el capitalismo “neoliberal”, “salvaje”, y el capitalismo “de bienestar” o “humanizado” construido por la Socialdemocracia en Europa y los gobiernos populistas de América Latina: el Peronismo y el PRI[7] de México por ejemplo. 

“Durante los años 1996 y 1997, convocados por Jorge Castañeda y Roberto Mangabeira Unger, un grupo de políticos progresistas de América Latina deliberó sobre las propuestas necesarias para superar el estancamiento del modelo neoliberal. Sus conclusiones fueron presentadas bajo el nombre del Consenso de Buenos Aires en diciembre de 1997 y publicadas como separata por el diario argentino Pagina 12 en su edición del martes 2 de diciembre del mismo año.[8]     Allí se informa que en las deliberaciones participaron los mexicanos Jorge Castañeda, Cuauhtémoc Cárdenas y Vicente Fox, los brasileños Roberto Mangabeira Unguer, Leonel Brizola, Marco Aurelio García, Luis Ignacio Lula da Silva, Vicentinho, José Dirceu, Itamar Franco, el nicaragüense Sergio Ramírez, los argentinos Carlos Álvarez, Graciela Fernández Meijide, Rodolfo Terragno, Federico Storani, Dante Caputo, José Bordón aunque se aclara que no todos participaron del mismo modo y que el documento elaborado no ha sido firmado por los participantes, sino que refleja los debates habidos.

En el documento bautizado como “Consenso de Buenos Aires”  arrancaban con una delimitación brutal de su horizonte: “El estrechamiento de los parámetros ideológicos aunado al imperativo de ceñirse a las exigencias del flujo de capitales, bienes y personas, ha reducido el margen de maniobra de cada nación, de cada gobierno, de cada partido o movimiento. Cegarse ante ello es además de inútil, pernicioso para todos: beneficiarios y víctimas del reparto de vicios y virtudes del fin del siglo”.

Luego hacían confesión del más crudo evolucionismo: “los cambios acontecen de manera puntual y acumulativa. ..lo que cuenta es la dirección y sus efectos sobre la comprensión por la gente…” Y pasaban a defender las políticas neoliberales, pero con “correcciones”. Y al momento de presentar las propuestas (en 1998!, pero fíjense que persistencia ideológica entre sus partidarios de los actuales gobiernos “progresistas”) decían[9]:

 

  • Economía de mercado: “El mercado debe ser el principal asignador de recursos, pero corresponde al Estado crear las condiciones para que las necesidades de los más pobres puedan convertirse en demandas solventes que puedan ser procesadas por éste”.  Casi todos los economistas coinciden en que “nuestra década ganada” se basó en el estimulo estatal al consumo popular por medio de subsidios, extensión de las jubilaciones y pensiones, la asignación universal por hijo y el apoyo a las cooperativas de trabajo y las empresas recuperadas. El aumento del consumo popular no afectó para nada los ingresos de las clases altas que por el contrario crecieron aún más que las subalternas ampliando las diferencias de clase en la distribución del ingreso y en la concentración de la riqueza en los grupos económicos extranjeros: 200 firmas representan la mitad del PIB argentino y las empresas extranjeras son el 70 % de la facturación de esas firmas.

 

  • ·         Impuestos generalizados: “La tributación indirecta del consumo, generalmente realizada a través del impuesto sobre el valor agregado, adecuadamente instrumentada puede permitir lograr ese objetivo…” La regresividad del sistema impositivo argentino está fuera de discusión  y –tal como pedía el Consenso de Buenos Aires- son los impuestos al consumo popular los que sostienen la recaudación fiscal

 

 

  • Privatizaciones: “….puede convenir la privatización de empresas públicas, a condición de utilizar las ganancias consiguientes para abatir la deuda pública interna y reducir los intereses pagados por el gobierno -y por los agentes privados- a niveles internacionales” . Lo de “abatir la deuda” en la Argentina pasó a llamarse “desendeudamiento” y combinó una fenomenal quita de la deuda externa con el pago puntilloso al Fondo Monetario Internacional de sus acreencias y la legitimación de toda la deuda contraída entre 1976 y 1983 de la cual se pagó más que nunca (aunque mucho menos de lo reclamado) sin llegar nunca a cancelarla, confirmando aquella advertencia de Fidel Castro de medidos de los ochenta: la deuda es incobrable por que es impagable: los intereses suman siempre más que los pagos. El nuevo episodio con el CIADI y los “fondos buitres” no son más que la confirmación de las tareas incumplidas que otros países como Ecuador si hicieron: investigar la parte ilegitima de la deuda y discutir solo el pago de la parte legitima. La bravuconada del “desendeudamiento”, presentada como un acto liberador (pagar la deuda externa es un acto de dependencia clásico, es más, es un modo de “realizar” el terrorismo de Estado que se hizo en su nombre) termina mal y abre un horizonte de nuevas concesiones al FMI, el Banco Mundial y los viejos conocidos de siempre

 

  • Educación: “Un sistema de responsabilidad múltiple, de  financiación múltiple, de orientación múltiple…..” Ni la tradición de la escuela pública estatal sostenían nuestros “progresistas” aggiornados y al cabo del ciclo kirchnerista la situación es altamente contradictoria y paradojal: ha crecido la inversión pública en educación pero también ha crecido la proporción del sistema educativo en manos privadas; o sea ““Un sistema de responsabilidad múltiple, de  financiación múltiple, de orientación múltiple…..” tal como se verifica en el siguiente cuadro sobre la Capital Federal:

 

 

 

Matrícula Primaria

2001

2010

Estatal

150.604     57.5%

143.319     53.1%

Privada

111.376     42.5%

126.687     46.9%

Total

261.980

270.006

Matrícula Media

2004

2010

Estatal

102.504     53.3%

92.933     51.1%

Privada

89.688     46.7%

88.895     48.9%

Total

192.192

181.828

 

  • Jubilaciones: “se combina un sistema de ahorro privado obligatorio con un mecanismo que redistribuye parte de las cuentas más ricas hacia las cuentas más pobres”  El fracaso de las Empresas de Jubilaciones privadas, y la amenaza de su estallido, han llevado al retorno de las jubilaciones públicas, amenazadas por el desfasaje entre la masa de jubilados y pensionados en crecimiento y el mantenimiento de casi dos tercios de los trabajadores en condiciones de precariedad laboral o formas de desempleo o subempleo, que de todas maneras los dejan fuera del mecanismo de aportes necesarios para dar sustentabilidad al sistema

 

  • ·                    Gasto público: “Ello solo es posible mediante un ajuste fiscal enriquecedor del Estado, que al aumentar la carga tributaria, reconcilie la elevación de los ingresos fiscales y la ampliación de su base con el fortalecimiento del ahorro y la inversión. Necesitamos un ajuste fiscal que enriquezca el Estado en lugar de empobrecerlo

 

Las recetas de la Tercera Vía no salvaron al modelo neoliberal de su colapso y para fines del siglo XX y comienzos del XXI surgió una esperanza de cambios profundos en América Latina.

En muchos países de la región se vivió una época de crecimiento macro económico alimentado por la irrupción de China e India en el mercado de comodotties que produce la región (por ejemplo, la Argentina se vio beneficiada por el fantástico aumento del precio de la soja transgénica, Venezuela del precio del petróleo, Chile del cobre y Colombia del oro) y por la utilización de la capacidad industrial instalada ociosa por el estallido de la crisis de fin del siglo XX, pero no cambiaron el rumbo, solo modificaron el modo de avanzar por él y al final de la década se encuentran con los mismos problemas que originaron el ciclo: la crisis capitalista estrangula toda posibilidad de desarrollo humano y trae implícita la represión, como bien lo muestra el regreso de los militares al control social en Brasil (tendencia que se repite aquí y allá impulsada por el Comando Sur del Ejercito de los EE.UU. que nunca dejó de estar en la región).

Ante la evidencia que una parte de la izquierda y el progresismo mide de diferente manera las acciones represivas o de devastación ambiental, o aún las llamadas “tragedias” originadas por choques de trenes o lluvias copiosas el periodista uruguayo Raúl Zibechi acota una reflexión muy importante en La Jornada de México del 7/09/13: “Entre los progresistas de la región se ha impuesto una lógica perversa: medir las cosas según beneficien a la derecha o al gobierno. Ese fue el argumento de algunos politólogos ante las masivas manifestaciones de junio en Brasil. La única brújula para no perderse es la ética. Hoy sus agujas enfilan contra la megaminería y el extractivismo, sin importarles quiénes estén en el gobierno.”

Sobre este costado del debate reflexioné largamente en “La ética, la política, Gramsci, Guevara y los treintamil” que propongo leer como parte de este mismo texto[10] donde sostenía que la ética es fundamento de cualquier política liberadora, y que la “razón de estado” o las apelaciones al “realismo” en nombre de supuestas “correlaciones de fuerza” inmodificables funcionan como el gran discurso justificador de la claudicación política que viene limando y puede esterilizar el proceso de cambios abierto en América Latina.

Se podría decir, contrariando mis afirmaciones, que las medidas gubernamentales progresistas no han transitado exactamente por el recetario del Consenso de Buenos Aires, y les daríamos la razón; pero su apego al Consenso deviene de algo más profundo y gravoso: la ilusoria búsqueda de un lugar intermedio entre la revolución y el conformismo, entre la impunidad y la justicia; o para decirlo en términos más estrictos: entre un capitalismo “neoliberal” en su forma fundamentalista de los noventa y el capitalismo de “bienestar social” que acuñó Perón en el 45 y que anticipó todo tipo de experiencias reformistas en México, Brasil, Perú y aún en Chile.

El siglo XXI confirma de una manera precisa que no hay espacio de desarrollo humano dentro de los límites del capitalismo, que los derechos humanos son incompatibles con el capitalismo y que aún la liberación nacional postergada desde comienzos del siglo XIX, requiere romper con el cepo del capitalismo. Para los que siguen soñando con que los pequeños cambios terminen cambiando el mundo, el retorno del Ejercito de Brasil a reprimir huelguistas obreros los trae de regreso a la realidad. Bienvenidos!, ojalá que unamos fuerzas para luchar por su transformación radical para beneficio de los más, de los que siguen sufriendo privaciones y humillaciones, discriminaciones y represiones por su condición social y que con sus luchas y movilizaciones más de una vez han cambiado el rumbo de nuestra historia.


[1] Porque involuntariamente contribuyó al “apagón” de las movilizaciones populares

[2] Argumento que consta de tres proposiciones, la última de las cuales se deduce necesariamente de las otras dos, central en la lógica formal o aristotélica, contra la cual se rebeló Hegel quien fue completado por Marx y Engels con la creación de la lógica dialéctica, antagónica de la lógica formal dominante en el “sentido común”, pero inútil para comprender los procesos sociales y políticos.

[3] en 1899 Rosa escribe “Reforma o Revolución” contrariando la propuesta de integración que había triunfado en el Partido Socialdemocráta Alemán, argumentos que serían retomados  y desplegados por Vladimir Ilich Lenin en 1902 en el Que Hacer? dedicado al mismo objetivo de fundamentar la necesidad de la ruptura revolucionaria contra el camino evolucionista de las “pequeñas reformas acumuladas hasta su transformación automática en socialismo”

[4] ambos son conceptos constitutivos de la economía política crítica: la cuota de ganancia media surge tendencialmente de modo tal que la clase en su conjunto perciba por su capital una ganancia relativamente aproximada y la ganancia monopolista es la que –por encima de la media- perciben los grupos económicos más poderosos. En la Argentina las empresas privatizadas de las telefónicas  percibieron por años una ganancia monopolista aún más alta que en sus países matrices.

[5] para continuar la dominación capitalista debe completarse el ciclo de reproducción del capital, pero como este se queda con la parte no retribuida a los trabajadores por su trabajo (la plusvalía), obligatoriamente si hay reproducción esta es ampliada; el capital crece o se muere y es capaz de matar para asegurar su ciclo de reproducción ampliada para “valorizar” (aumentar) el capital o “ciclo de negocios”

[7] Partido Revolucionario Institucional, mantuvo el poder hegemónico entre 1929 y 1989 de un modo tan absoluto que dio origen al concepto de Partido de Estado; con las diferencias lógicas por el proceso histórico hay entre el PRI y el Peronismo demasiadas coincidencias para que sean casuales.

[9] transcribiré algunas de las propuestas programáticas del Consenso de Buenos Aires de 1998, y haré algunos comentarios sobre las políticas aplicadas en la Argentina en esta década como modo de mostrar las coincidencias entre el/Kirchnerismo y la Tercera Vía; los comentarios serán mínimos y seguramente sesgados y esquemáticos, pero –entiendo- representativos.

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