Un payasito de miga de pan escapó de la Esma.


 

Para Mirta

que se viste de  payasa

 para no olvidar a Teresa

 

Esto es el único recuerdo que tengo de mi papá, me lo regaló cuando yo nací, ¿lo ves? decía, mientras abría una bolsita de terciopelo verde y sacaba la cabeza de un payaso de no más de siete u ocho centímetros que parecía de arcilla o algo así. A mi papá lo secuestraron en setiembre, pero hasta que nací yo lo traían seguido a ver a mi mami e incluso me permitieron conocerlo –eso digo yo, aunque tenía unas pocas horas de vida cuando me besó por única vez- aunque no dejo de pensar que estuve más cerca de que me desaparecieran,  que de tener a mi papi  vivo.

La cita no le gustaba nada, eso de ir con su casi cuñado a encontrarse con los compañeros podía servir para despistar algún registro casual, pero si los venían a levantar caían dos de la familia de un solo manotazo. A las once de la mañana se encontró con Carlos y empezaron a caminar para el lugar del encuentro con el responsable político de los dos, pero a los treinta metros se dieron cuenta que tenían alguien pegado y se metieron en una heladería (luego, un siglo después, cuando sobrevivía apenas en una celda improvisada en la parte de arriba del Casino de Oficiales de la Esma, se percató de la ironía de que la puta heladería se llamaba Massera, lo que debió haber leído como un presagio, más que como una oportunidad) pero no llegaron a pedir el chocolate con frutilla que pensó, cuando la sombra que los seguía se transformó en una banda de ocho salvajes y fornidos jóvenes de vaquero, remeras bastante finas que antes de apresarlos ya les estaban pegando en la cabeza con la culata de la cuarenta y cinco. Los llevaron juntos, atadas las manos con sogas y una cinta adhesiva gruesa en la boca, en el fondo del baúl de un falcon verde, pero con baliza y patente blanca, y no les pusieron la capucha hasta llegar a la parte de atrás de un edificio imponente, con ventanales enormes que daban a un playón de hormigón tan grande como una plaza. Lo bajaron a las patadas del auto y los llevaron hacia abajo, eso pensó por las escaleras que bajaba pero no estaba seguro de nada porque apenas llegaron los desnudaron y empezaron a pegar en la cabeza y todo el cuerpo con los puños y las botas. Como de entrada se dio cuenta que sabían perfectamente quien era él, se concentró en la leyenda que tenían acordada con Carlos, tratando de convencerlos que su cuñado no tenía nada que ver y que si estaban juntos era porque su esposa estaba embarazada y habían salido a comprar algunas cosas que les habían indicados “las mujeres de la familia”. El alegato del embarazo de su mujer pareció convencerlos y hasta conmoverlos porque al rato de escucharlo, dejaron de pegarle, lo sacaron de la salita de torturas y lo tiraron en una especie de celdilla que habían improvisado con unos tabiques o algo así.   Pero lo más fantástico fue que a la noche, le dijeron que se vista que iban a salir y que a Carlos lo iban a largar por perejil.

Mi mamá siempre me contaba lo mismo cuando se ponía triste, agarraba el payasito y me volvía a contar con detalles la sorpresa que tuvo aquella noche, después que ya habían descontado que los habían secuestrado a mi papi y al tío Carlos, cuando tocaron el timbre y apareció mi papá con un tipo de civil, bien educado y con pinta de tipo normal, digo no de marino porque no tenía el pelo cortito ni nada de eso y le permitieron darle un beso a la mami mientras el milico que no parecía milico le decía que se quedara en el departamento sin moverse, que papi le iba a hablar por teléfono porque ellos eran muy católicos y que la maternidad era sagrada, más allá que el padre sea un terrorista, bueno, un comunista montonero que es lo mismo, dijo él, mientras acariciaba la panza de la mami y miraba fijo a mi papá. Y de verdad, en esos cuatro meses que pasaron hasta que nací yo, de vez en cuando la mami recibía una llamada y alguna vez una visita del mismo milico que no parecía milico, pero lo era. Y claro que se quedó en el departamento y claro que salvo la abuela nadie se enteró de nada, porque eso le decían cada vez que hablaban con ella, por teléfono o personalmente, que la vida de papi dependía de que ella se portara bien, y como todavía nadie tenía muy claro como funcionaba el tema de los secuestros, la mami y la abuela decidieron cumplir rigurosamente las indicaciones.

A Carlos lo largaron al otro día; se enteró por su mujer cuando habló con ella por teléfono. Algo no encajaba y no podía entender por qué. Torturar, lo torturaban sistemáticamente todas los medio días, pero a la tardecita, cuando el sol que no veía se escondía tras el río que tampoco veía, lo llevaban hasta un teléfono y lo hacían hablar con ella para que pregunte, día a día, cómo estaba ella y el bebé, como si les importara algo de la gente a esas bestias que –él lo había visto con sus propios ojos- podían violar a una mujer y comer una pizza a los dos segundos mientras escuchaban el partido de Boca por la radio. Y así todos los días, como si alguien llevara un estricto control del embarazo y el pánico le entró un día que escuchó voces de mujeres y llanto de bebé a dos metros de donde él estaba tirado, engrillado y encapuchado como todos los que no bajaban a trabajar como “esclavos inteligentes”. Al mes y medio, lo pusieron de ayudante de un compañero que hacía de fotógrafo y fue él, cuando los guardias se fueron a mear, que también mean aunque sea ese el único signo de humanidad que denoten, que le explicó que los marinos se robaban los bebés de las compañeras embarazadas, que las conservaban como incubadoras vivientes hasta el momento de parir y que después…Ahí se dio cuenta que también a su mujer, sin siquiera tomarse la molestia de haberla ido a buscar,  la habían transformado en una incubadora humana y que lo más probable fuera que al momento de nacer su hija,  robaran la beba y mataran la madre.  El era rehén de la Marina y su mujer, rehén de su cautiverio.  No le importaba lo que pudiera pasarle a él, porque después que se marchó Carlos, después de hablar con los compañeros que sobrevivían juntos en los altos del Casino, se había formado una idea bastante clara sobre las posibilidades que tenía de salvarse: eran muy pocas; pero lo demolió el pensar que se robarían su hija. No lo había pensado en su momento por pelotudo, se dijo pegando puñetazos en la pared, porque si lo hubiera imaginado jamás hubiera aceptado el embarazo que ya se acercaba a su desenlace. Javier le dijo que tenía buenas noticias para él, que si se portaba bien y lo ayudaba al José en el trabajo, lo llevarían  a visitar a su mujer cuando naciera su hija –porque ellos ya sabían que era una nena lo que se gestaba- para que viera que ellos eran muy humanos y que como él, pensaban que la familia era lo principal y que si él colaboraba en todo lo que le pedían, seguro que algún día, volvería a vivir con ellas.

La mami decía que la obligaron a quedarse en la casa de mi Abu, su mamá y que a eso de las cinco de la tarde ya se sentaba a esperar el llamado de papi, rogando que volviera a llamar, que siguiera vivo un día más. Y que unos días antes de que yo nazca, para finales de noviembre, el pelado que se hacía llamar Javier, la visitó y le indicó minuciosamente el sanatorio y la habitación, individual insistió, que tenía que reservar. El departamento de la Abu se fue achicando con los preparativos de mi nacimiento, pero sobre todo, se fue convirtiendo para ella en una jaula de lujo. Se sentía como esos pájaros de los emperadores chinos, encerrada en un lugar cómodo, con baño privado y el cuidado amoroso de la Abu, pero no por eso menos abrumada por el peso de ese poder que se había robado a papi, que la tenía a ella atada a la silla de la habitación donde estaba el teléfono y que, ella también lo pensó aunque tardó años en reconocerlo, podían robarle su hija. En esas condiciones, cuando los calores de diciembre empezaban a apretar, una madrugada comenzó el trabajo de parto y para las ocho de la mañana se fueron con la Abu al sanatorio que les habían dicho los marinos.

Fue a José que se le ocurrió la idea. Y fue él mismo el que corrió los riesgos de hacerlo con sus propias manos. Llevarle un regalo a su hija para que tuviera un recuerdo de aquellos días si volvía o algo a que aferrarse si no volvía, porque nadie se engañaba y la conciencia de caminar sobre un delgado hilito colgado a cientos de metros sobre una cañada rocosa, era muy fuerte. Pan. Lo único que tenían para fabricar algo era el pan que podían guardar del poquito que le daban. La miga de pan, amasada con saliva y con unas gotas de algo acido como el vinagre, se transforma en una buena masilla le dijo el José mientras con sus manos de artesano iba transformando ese pedacito de hambre propia en un payasito precioso, casi un duende o un gnomo, para su hija. Pero fue a él que se le ocurrió donde esconderlo, no entre los huevos que es lo primero que se iban a fijar si lo sacaban de la Esma para ver su hija, sino en la botamanga del pantalón. Lo difícil era llevarlo desde el Salón Dorado del Casino, donde los ponían a trabajar, hasta el tercer piso, donde les habían armado cubículos para dormir como animales no solo enjaulados, sino esposados.  El peligro estaba en la escalera que atravesaba el primer piso y el segundo, que era donde dormían los oficiales y suboficiales de la Escuela, con los que se cruzaban en la escalera y que los veían subir pesadamente, arrastrando la cadena que unía el grillete, en una escena que a él se le ocurría más propia de un barco esclavista que de la guerra moderna que decían los marinos que estaban ganando. Pero se tomó todo el tiempo del mundo para preparar el embute del payasito en su propio pantalón de trabajo, el que le ponían para que parezca un oficinista y no un esclavo inteligente. Lo abrió un poquito, lo metió adentro y lo cerró con un poquito del pegamento que usaban para los sobres donde guardaban las fotos. Y así esperó el día que había sido el más soñado y ahora era el más temido. ¿Qué pasaría con su hija luego de que nazca?.  ¿Y con su mujer?. Lo único que tenía claro era lo que pasaría con él, ya se imaginaba que una vez llegada su heredera, ya nada bueno se podía esperar para él.

Cuando le dijeron que se cambiara para ir a conocer su hija, y que se lavara un poco que no querían que nadie pensara que no se preocupaban por su higiene, que no sea sucio che se dijeron entre si los guardias mientras se codeaban riéndose como hienas, él buscó el pantalón con el muñequito en la botamanga y se lo puso de una, casi echando todo a perder porque se le enredó el pie en la botamanga –la suerte fue que se enredó en la izquierda, y él había guardado el payasito en la derecha- y se cayó de cabeza, para desatar la risa de los tipos y así fue más fácil terminar de vestirse y ponerse en fila para que lo saquen. La sorpresa fue que al llegar a la puerta, había dos compañeros más esperando, todos lavaditos y planchados como si fueran a una fiesta de cumpleaños.  Resultó que los tres habían sido padres y los marinos habían decidido sacarlos a todos a conocer la familia, en un mismo operativo que resultó mucho más grande de lo que hubiera imaginado.  En cada casa, rodeaban toda la manzana con varios grupos de tareas y aunque solo subían el padre y Javier, todo el edificio y la manzana estaba bajo control del grupo de tareas.

De repente, abrieron la puerta y allí estaba su compañera con la beba en brazos, se tiró encima de ambas y se puso a llorar hasta que su mujer lo agarró de la cintura y lo fue llevando al dormitorio ante la mirada divertida y vigilante de Javier que no dijo nada aunque hizo con los dedos la señal de que tenía dos minutos. El aprovechó el primer minuto para manotear el payasito y ponérselo en el escote mientras la besaba con desesperación y le decía que pasara lo que pasara no creyera nada de lo que dijeran de él, pero nada le dijo, al tiempo que retrocedía y se iba yendo con el marino que ya había entrado al dormitorio y lo agarraba de un brazo y él no supo más que pasó después hasta que no estuvo amarrado a su cadena en la cucha que servía de dormitorio y que esa noche le resultó más insoportable que nunca.

Fue a la mañana que vino Javier y le dijo que se quedara tranquilo, que la nueva comandancia no quería más líos con bebes, que ellos no eran como los del Ejercito que se dedicaban a robar niños para los milicos impotentes, que ellos no necesitaban nada de nadie y que se quedara tranquilo que su situación se resolvería en un par de días, que estaban ordenando la lista y decidiendo el destino de cada uno; por eso no le extrañó cuando a los pocos días le dijeron que lo iban a llevar a la enfermería para curarlo un poco y hacerle una revisación en regla antes de largarlo; el enfermero con la jeringa en la mano fue lo último que vio, después fue el vacio que escondía el vuelo, que escondía la nada, que escondía la infamia, que escondía….

Y eso lo se porque los compañeros de mi papá me lo contaron.  La mala leche es que a los pocos días, decía la Petisa llorando casi mientras se colgaba de mi cuello,  cambiaron de política y fueron pasando algunos a la cárcel y a otros los largaron. Si hubiera seguido quince días más el juego de “recuperar” subversivos, se salvaba tu viejo. Pero papi no se salvó. El nunca fue un tipo de suerte, nunca ganó a la quinela ni se encontró guita en el colectivo; aunque en la desgracia me gusta pensar que en el último instante, él soñaba con que yo jugaba con un payasito de miga, él único que se fugó de la Esma y vivió para contarlo. Este  ves, que parece que todavía se ríe. O es idea mía?

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