El Alberto…


El 15 de enero de 1976 Alberto Cafaratti, obrero de la Epec, dirigente sindical de LyF, compañero de luchas de Agustín Tosco y militante comunista era secuestrado en su Cordoba.  Poco despues lo fusilaron para que viva para siempre en la lucha de los pueblos

Dicen, que el Jefe del Tercer Cuerpo del Ejercito, el General de la Nación, Luciano Benjamín Menendez, pidió el privilegio de dar la orden a la tropa formada frente a un grupo de militantes populares: Preparados, gritó el General; Apunten, ordenó el Cachorro y Fuego disparó el Jefe de La Perla, de Córdoba y todo el Tercer Cuerpo del Ejercito, o sea quien mandaba sobre diez provincias argentinas.

Uno de los que cayó fulminado era el Alberto, militante de la Juventud Comunista de Córdoba, trabajador de la Empresa Provincial de Energía, miembro del sindicato de Luz y Fuerza desde su temprano ingreso a la empresa, integrante del Comité Central del Partido Comunista y uno de los colaboradores más cercanos de Agustín Tosco hasta su muerte (noviembre del 75) y uno de los que formaron el equipo clandestino de conducción del gremio desde la última intervención del Sindicato (octubre del 74) hasta su secuestro, exactamente a las 13.30hs. del quince de enero del 76, en la esquina de la Avda. Gral. Paz y la calle Santa Rosa de su querida Córdoba, muy cerquita de su trabajo al que seguía concurriendo día a día a pesar de todo.

A pesar de todo; digo, del Navarrazo que borró el gobierno constitucional de Obregón Cano y Atilio López en febrero del 74 y anticipó la dictadura del 76; de la ocupación por la Triple A del local del Partido Comunista que derivó en la muerte de Tita Clelia Hidalgo (octubre del 74); de la intervención de Luz y Fuerza y la muerte de Agustín Tosco; de los cientos de atentados terroristas, secuestros y asesinatos que sufrió Córdoba entre el Navarrazo y el fin de año del 75.

A pesar de todo, digo, el Alberto decidió seguir con sus tareas clandestinas en la Fede, en el Partido y en el Sindicato.

Si Julius Fucik decía que héroe es aquel que hace lo que debe hacer, en bien de la humanidad, no importa las condiciones; si Oesterheld, el autor de El Eternauta dirá que “el único héroe válido es el héroe en grupo, nunca el héroe individual, el héroe solo”, no hay dudas que el Alberto entra, por derecho propio, en la historia de los héroes populares argentinos.

Conocí al Alberto (entonces no sabía que se llamaba Juan Alberto Caffaratti) cuando él tenía 24 años y yo 18; ambos militábamos en la Fede y nos preparábamos para viajar a Moscú para estudiar en la Escuela del Komsomol, una de los tantos centros de formación de cuadros políticos que el movimiento revolucionario de entonces tenía en todo el mundo; claro que la elección de donde estudiar no era ni casual ni ingenua.

Nosotros íbamos a Moscú, como otros iban a Pekín y otros a Belgrado; aunque cierto es que también la Fede mandaba compañeros a La Habana, a Berlín, a Sofía y no hacía mucho que también íbamos a Pekín y otros lugares. Lo que quiero decir es que, sometido casi todo el Tercer Mundo a régimenes dictatoriales feroces, habiendo espacios de construcción de socialismo o al menos de intentos de ello, era natural para todos que una forma de solidaridad entre los pueblos era la creación de centros de formación política, mucho menos dogmáticos y conductistas de lo que hoy se puede imaginar.

Al Alberto lo conocí en una pieza de un hotel del Once en Buenos Aires en junio de 1970; yo había viajado desde mi Santa Fe a buscar el pasaporte y aprovechamos para conocernos entre los siete compañeros (cinco varones y dos muchachas) que nos aprestábamos a viajar.  Utilizamos la pieza del hotel donde paraba para reunirnos con los compañeros que organizaban el viaje, como anticipando una convivencia cercana que duraría casi un año.

Alberto había participado activamente en el Cordobazo (mayo de 1969) y todavía pendía sobre él una orden de captura emitida por el Tribunal Militar que había condenado a Agustín Tosco y a Alberto Canelles (dirigente comunista de la construcción) y fue elegido como jefe del grupo que iría a viajar de Buenos Aires a Estocolmo, legalmente y de allí seguir a Moscú ya con otra identidad, donde llegamos para alojarnos en una residencia estudiantil que mucho antes había alojado a los jóvenes comunistas que se preparaban para enfrentar la invasión alemana durante la segunda guerra mundial, incluida una muchacha que se haría mundialmente famosa, Tania la Guerrillera, la moscovita de la que una argentina alemana, compañera del Che en Bolivia, tomaría su nombre para hacerlo inmortal.

Alberto era, a pesar de su corta edad, un cuadro formado y con opiniones propias sobre casi todos los asuntos y era uno de los pocos capaces de discutir con los profesores y hasta con los dirigentes nacionales de la Fede y del Partido que nos visitaban cada tanto.  Recuerdo dos debates que dan cuenta de su pensamiento y su conducta acerca de la unidad de la izquierda en un tiempo donde en el Pece y en casi todas las orgánicas de izquierda marxista y peronista, campeaban las ilusiones de ser vanguardia por autoproclamación: una fue con un compañero de la dirección nacional de la Fede que pretendía una disciplina acrítica y calificaba toda disidencia como conspiración y la otra con un dirigente nacional del partido que le reclamaba su identificación con las prácticas unitarias de Agustín Tosco al que el Alberto le dio una lección de la historia del movimiento obrero y de la izquierda en Córdoba, demostrando que, justamente, era la política de Tosco la que expresaba el camino de la unidad obrera y de la construcción frentista, y no el sectarismo seguidista que otros practicaban recubiertos con frases hechas.

Podía estudiarse en una sola noche lo que nosotros nos costaba una semana y podía derrotar con simpleza el discurso claudicante que se anunciaba en el llamado “eurocomunismo” que por entonces ya insinuaban los comunistas europeos.

Aunque, pensándolo bien, no eran sus aporte teóricos lo principal sino el compartir su experiencia de vida, de luchas y de organización en un lugar trascendente como era Córdoba, el sindicalismo clasista y el sindicato de Luz y Fuerza al lado de Tosco, puntualmente.

Alberto se había ido a vivir solo muy joven, creo recordar que a los quince años y su primera experiencia había sido en un grupo nacionalista que en 1965 (gobernaba el país el cordobés Arturo Illia) repudió la visita de Charles de Gaulle con algunos caños y algunas pintadas que anunciaban el antiimperialismo que incubaba en nuestro pueblo.

Pero fue cuando se afilió a la Fede, muy joven, que encontró su lugar para luchar por lo que quería, y para descubrir lo que se necesitaba para terminar con sus pesadillas que no eran otras que el sufrimiento del pueblo.

Dicen los que lo conocieron por entonces que volvió muy cambiado de aquella experiencia del 70, que había crecido como dirigente y que se transformó en uno de los más cercanos colaboradores de Agustín Tosco y en uno de los más jóvenes miembros del Comité Central del Partido Comunista.

Sin problemas, con Tosco y con identidad comunista.

En Moscú o en un plenario sindical clasista cordobés.

Tan cercano a Agustín, que cuando éste se vio obligado a tomar más medidas de seguridad y no pudo seguir durmiendo en el sindicato, fue el Alberto uno de sus contactos con el resto de la comisión directiva.

Tan cercano a Agustín que cuando éste enfermó mal y no le encontraban remedio en Córdoba, fue él mismo quien organizó el traslado a Buenos Aires, y él mismo lo acompañó hasta la clínica que había conseguido su partido y se quedó allí, casi hasta el final.

Tan cercano a Agustín que fue él uno de los que organizó esa maravillosa marcha de la resistencia que fue su entierro, acosados por las fuerzas represivas que ya eran dueñas de Córdoba desde el Navarrazo, y que para noviembre del 75 casi ni disimulaban que eran ellas las que mandaban, claro que con el acuerdo de Isabelita y su gabinete de fascistas o cuasi fascistas como Lambí, López Rega, Otero, Benítez y algunos otros de la misma calaña.

Tan cercano a Agustín que los compañeros lo nombraron, junto a Di Toffino como quienes debían asegurar que siga funcionando la conducción del sindicato, no importa las circunstancias y en eso estaba ese quince de enero.

Tan cercano a Agustín que seguía yendo al trabajo porque no entendía la función sindical si no era cerca de los compañeros, y para eso había que estar allí, donde los compañeros son explotados, humillados y allí se rebelan y resisten.

Y comunista.

Tan cercano a Agustín y tan Comunista.

Acaso porque más allá de los carnets y las organicas, Agustín como el Roby o como Paco o como Rodolfo o como el Watu eran comunistas en el sentido fundacional que le habían dado Carlos Marx y Federico Engels en El Manifiesto como el modo de nombrar a todos los que luchan contra el capitalismo.

Y en eso era inflexible, ortodoxo y contundente: la solución a los problemas naiconales estaba fuera del capítalismo, y no en alguna forma edulcorada o maquillada del capitalismo nacional, humano, serio o productivo.

Y desde esa firmeza en los principios era de los más flexibles en la táctica y de los más tolerantes en los debates con todos.

Sin problemas para discutir con el partido cuando era necesario o con Agustín cuando correspondía, que no practicaba ni la amistad ni el compañerismo ni la militancia organica como obsecuencia.

Difícil olvidarlo, difícil saber lo que hoy diría porque el pensar con cabeza propia era su condición; pero me gusta imaginarlo en algún lugar, con Agustín y el Negrito, con el Roby y Rodolfo, con el Paco y el Watu, gozosos de saber que no están olvidados, que no dejamos de luchar contra la impunidad y que aquel sueño que lo llevó a tirar una piedra contra el auto del mandatario francés que cruzaba La Cañada, hoy está más vivo que nunca en una Revolución latinoamericana que al triunfar, dará sentido a todas las muertes y todas las penas.

La del Alberto.

Y la nuestra por el Alberto.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Alberto te ricordamos y siempre lo haremos.
    En 1970 en Moscù yo tambien estaba y allà aprendì muco desde todos ustedes, companeros latinos.
    Mucho queda que hacer y intenteremos hacerlo.
    Un querido abrazo desde Italia a todos lo que leyen
    Marco

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