Los viajes de Mauricio


Para Mariana, Javier, Ernesto, Fidel, Julia,

Juan Pablo, Mauricio y  Nadia Schulman

que no conocieron a su abuelo Mauricio.

Estas hojas son la transcripción casi literal de los cuadernos manuscritos de mi padre, sólo he corregido (o agregado) la puntuación en aquellos casos en que la lectura se hacía confusa, por lo demás he tratado de dejar la versión original escritos en primera persona a modo de una autobiografía y con frases cortas y contundentes.

Habrá tiempo luego para trabajar sobre estos relatos y preparar algún ensayo o pequeña novela.

Pero eso será,  espero, obra de sus nietos o de quienes se sientan impactados de su pequeña gesta.

Introducción necesaria

El 24 de marzo de 1976 un grupo de tareas del Ejercito Argentino asaltó la casa donde la familia Schulman había vivido en el barrio Roma de Santa Fe, justo frente al viejo Mercado de Abasto,  por más de treinta años.

Antes, en la noche del 5 al 6 de diciembre la habían volado con una bomba de alto poder que destruyó todo el frente y afectó toda la estructura.

Fue parte del precio que mi familia pagó por mantenerse, cada  uno a su manera, fiel a las enseñanzas éticas y políticas de mi padre, Mauricio Schulman, fallecido en junio de 1974, militante sindical y comunista en los años treinta y cuarenta, activista del movimiento judeo progresista desde los cincuenta hasta  su muerte, hombre de principios toda la vida.

El cuaderno de Mauricio Schulman

Mi padre había llegado a la Argentina corrido por la hambruna que la guerra civil había abatido sobre la región rusa que limitaba con Polonia y que había pasado a su control con la paz de Brest con la que Lenín frenó la ofensiva alemana sobre la Revolución naciente, pero al costo de entregar territorios que habían pertenecido al Imperio Ruso por largo tiempo.

Ya en Buenos Aires aprendió a escribir y leer en las Academias Pitman y en 1944 escribió unos cuadernos autobiográficos que siempre me fascinaron por el estilo directo y las aventuras que él había vivido a una edad en que yo iba a la escuela y no imaginaba lo que vendría en los años del terrorismo de Estado.

Los presentes escritos están basados en esos papeles salvados milagrosamente de tanto allanamiento y tanta mudanza (de hecho,  durante años creí que estaban perdidos); por suerte no fueron nunca quemados ni tirados a la basura, fueron resguardados –como tantas otras cosas- por mi madre, verdadera “madre coraje” anónima, como tantas otras que no conocieron la fama, que recorrió las secciónales de Policía y las cárceles buscando sus hijos y que colaboró de los más diversos modos con la Federación Juvenil y el Partido Comunista en los años de clandestinidad y persecuciones sin dejar de actuar siempre al más puro estilo de una idishe mame, cocinando siempre como si siguiéramos estando en la casa de Santa Fe, cuando los domingos venían los estudiantes universitarios del interior a recordar cómo era la comida casera y si había canelones eran por bandejas y si era asado podían comer los que estaban y quedaba para picar frío a la noche.

Mi madre murió casi veinte años después que Mauricio con dificultades de movilidad pero la mente intacta hasta al final.

Celebró, con derecho propio, la destitución del Juez Torturador Brusa, como en su época había celebrado la libertad de sus hijos de la cárcel.

Había nacido en Rosario en la primera decada del siglo XX, en los cuarenta fue a vivir a Santa Fe acompañando a Mauricio y volvió a Rosario a finales del ´76 escapando del terrorismo de Estado que la acechaba.

Por el contrario Mauricio realizó en sus primeros años de vida toda clase de viajes: de Vilna a Smorgon y de allí a Kurenietz pasando por Kremenchug, Minsk y Elisavetgrad y otra vez para Vilna para luego emprender la aventura de viajar a París en tren y de allí cruzar el Océano y llegar a Buenos Aires donde años después volvería a subir a un barco para navegar hasta Comodoro Rivadavia y luego de retornar a Buenos Aires, irse a vivir primero a Rosario y luego a Santa Fe donde finalmente encontraría su lugar en el mundo..

José Ernesto Schulman

Nací en la ciudad de Vilna[1] en los nuevos edificios, como los llamaban, que eran una especie de casas municipales o conventillos.

Mi padre era peón de una casa de comestibles por mayor.

Parece que no le alcanzaban los cuarenta rublos que ganaba por mes y así fue que nos trasladamos a la ciudad de Smorgon[2], ciudad natal de mi madre, donde ella murió al tener yo un año escaso, de un ataque al corazón.

Ella estaba sola en la casa y cuando se sintió mal, me colocó sobre un sofá, me resguardó con unas sillas y murió tirada en el suelo.

Varias horas después recién se enteraron los vecinos, mi padre no apareció en todo el día…

Mis tíos maternos adoraban a mi madre.

En general, en la familia de mi madre eran exageradamente sentimentales

De mi madre me hablaban como de un ser de lo más perfecto.

Las dos familias, la de mi padre y la de mi madre, respectivamente, eran diferentes en todo.

La familia de mi madre y ella, eran morenos con las características semitas, sentimentales y llorones, exageradamente sensibles y los de mi padre eran rubios, criados en los bosques a orillas del Bilea, río que cruza nuestra comarca, brutales y simples como era mi padre.

Mi padre casó por segunda vez y cuando yo tenía cuatro años ya no quería estar con ella.

Era mi madrastra.

Era una campesina avinagrada de tanto esperar marido y a mi no me demostraba ningún cariño.

Yo me iba con cualquier pariente que quería llevarme pero lo que más ,me gustaba era vivir con mi abuelo materno.

Mi abuelo era maestro y director de una escuela de beneficencia, en idish se llama Talmud toyra.

Cuando vino la guerra del 14 yo tenía cinco años, mi padre fue de los primeros movilizados y yo me quedé con mi abuelo.

Llegaron los alemanes, estuvieron seis días, volvieron los rusos.

Antes de entrar, dos días seguidos atacaron con la artillería.

Yo me escapaba de casa para ver volar las balas de cañón, parecían pájaros negros.

Cuando ya entraban las tropas nacionales vi la primera muerte.

Yo estaba en la ventana, un alemán corría a pie.

Tenían muchas bicicletas cerca en la Plaza del Mercado, pero él corría a pie.

Un ruso a caballo, con la lanza larga lo ensartó a plena carrera.

Me produjo una impresión imborrable.

Entraron los rusos y se estableció el frente en nuestra ciudad.

Una mañana mis abuelos me despertaron.

En la casa había cosacos, llevaban sus nagaicas en sus manos (especie de látigo muy corto con un pedazo de plomo en el extremo).

Teníamos que salir de la ciudad inmediatamente, como todos los vecinos.

Mi abuelo se llevó la ropa de rezar.

A mi me dio para llevar un enorme libro de rezos que apreciaba mucho y que tenía desde muy chico.

Salimos de la ciudad, en el camino vimos muchos cascos alemanes y muertos.

Caminamos todo el día.

Mi abuelo me recordaba que no me pierda de vista porque si no me van a llevar en un carro como llevaban otros chicos perdidos que vimos.

A la tarde acampamos en un bosque.

Del frente cercano llegaron varios carros cocinas.

Los viejos hicieron consejo, discutieron si se puede comer la comida treef en tal emergencia.

Llegaron a un acuerdo: que las madres de pecho y las criaturas coman de la cocina y los demás la comida no cocida.

Yo me sentía muy cansado.

Sentía que habíamos caminado doce berse, unos trece kilómetros.

Tenía seis años, me acosté al lado de un fogón, sobre una piedra muy plana.

Alrededor había muchos fogones, cuando me desperté no había nadie.

Yo empecé a correr desesperado y llegué al camino Real.

Venía un carro militar con varios soldados, me recogieron pero no pudieron entenderme.

Yo todavía no hablaba ruso.

Me llevaron a un campamento y ahí me colgaron una bolsa militar y me empezaron a dar regalos para que me calme.

Lo único que tenían era sujar (pan cortado en trozos y secado) y cuadraditos de azúcar.

A la mañana me llevaron donde estaban los inmigrantes con mis abuelos en unos enormes trenes de carga, es ahí donde los llevaron anoche y como todas las ordenes zaristas eran cumplidas a empujones no dieron tiempo ni permitieron a mi abuelo buscarme.

Antes de la salida del tren tuve otro percance, tenía que hacer una necesidad y el tren empezó a marchar, otra corrida para mi abuelo de 74 años.

Llegamos a la ciudad de Minsk[3], allí nos instalamos con otros miles de inmigrantes venidos hasta de Polonia en la casa de las Sinagogas donde había varios edificios.

Era un enorme gentío.

En nuestro edifico había muchos portones acostados sobre dos caballetes que era la cama mesa a que tenía derecho cada familia.

De las noches, me quedo grabado este espectáculo: cerca de nosotros un viejo estaba agonizando, sus familiares hacían un barullo enorme.

También cerca una mujer estaba por parir[4].

De otros tapchanes (así se llamaban estas camas todo uso) muchos se quejaban de dolor de estomago producido por el pan que no alcanzaba y se arrancaba medio crudo y caliente de las panaderías.

Entiéndase que el pan era negro de centeno muy  grande dos kilos o más cada uno.

Cada noche había peleas, una vez por una mujer otra porque se robaban.

Estuvimos en este infierno tres meses.

Empezó a cundir la peste del cólera.

La gente moría como moscas, quemaban los cadáveres.

Un día mi abuelo no volvió de la calle donde anduvo buscando lugar para sacarnos del infierno.

Quemaron su cadáver en la fosa común.

Estuve en un asilo para huérfanos.

Un día vino a recogerme un tío hermano de mi madre.

Mi tío era muy religioso y yo también me hice muy creyente.

Luego, el año 1916, llegaron los alemanes y con ellos el hambre.

Desapareció el pan y las papas en casa.

Lo único que teníamos era una bolsa de avena.

Todos los días mi tía agarraba un poco de avena lo ponía a secar y después lo machacaba en un mortero  de madera, con los granos hacía una especie de papilla………….

(falta una hoja)

Llegó la Revolución[5], mi tío venía a casa enojado.

Lo único que entendía era que la revolución va contra la religión.

Un día vio como un zapatero habló en un mitin que no necesitábamos más la vieja toyra (biblia), que ahora teníamos una nueva toyra, esto era lo más indignante para él

Pero un día atenuó su parecer sobre la revolución….a la hora de comer nos contó algo alegre: en la calle Del Gobernador vio con sus propios ojos barrer la calle a Lecert, el multimillonario dueño de todas las fabricas de cerveza de la zona.

Los chicos empezamos a percibir en la escuela un ambiente diferente.

Algo inexplicable para nosotros pero más agradable.

Me recuerdo: la sensación era la misma impresión que un chico percibe entre una persona simpática y una antipática.

Las nuevas autoridades bolcheviques nos eran simpáticas, nos empezaron a enseñar en idish todas las materias cosa que nos asombraba porque creíamos que el idish, como dialecto que era, solo se debía usar en casa.

Seguía el hambre pero ahora nos daban de comer en la escuela dos veces: a la mañana leche con pan y antes de ir a casa, almuerzo.

Un día hubo un alboroto tremendo: en cada plato de sopa era bien visible un pedazo de carne.

Tenía un aspecto diferente.

No tenía nada de grasa y era muy colorada.

El gusto era agradable un poco dulzón.

Después supimos que era carne de caballo.

En casa de mi tío, mis primos me dieron un apelativo –el comecaballo-; creo que era de envidia.

Vino mi padre.

Yo lo miraba como un hombre extraño.

Decía que hacía seis meses que volvió de Alemania donde fue prisionero de guerra y se instaló en Ucrania con mi madrastra, en la ciudad de Elisavetgrad[6], a mitad de camino entre Kremenchug y Ecaterinoslav (actual Voroshilovgrad[7]).

Me llevó consigo a otra casa donde él se hospedaba.

Le hizo un chiste acerca del cabello corto que usaba una muchacha, ella le contestó que vivimos en el siglo XX…

Era la primera vez  que empecé a pensar que vivíamos en una época nueva, el siglo XX.

Empezamos a viajar, mi papá traía una chica de mi misma edad, once años, que le habían pedido unos hermanos que se las llevara.

Nos metimos en un tren de carga lleno de viajeros.

Llegó la tarde, yo estaba lleno de emociones.

El que más me impresionaba era mi padre

Era la hora de rezar y en vez de rezar empezó a comer fiambre treef y nos convidó.

Yo lo miraba extrañado, no parecía un id (judio): rubio, con bigotes, afeitado, con saco corto (era verano).

Pasamos Rumen Gomel.

Al otro día en medio del campo el tren paró.

La orden era que tenían que apearse todos los pasajeros.

Tenían que subir soldados rojos en Kremenchug.

Estaban los bandidos de Gregoriev que se sublevaron contra el Poder Soviético.

Llegamos a la ciudad de Kremenchug.

En el tren ya percibimos la atmósfera de progrom[8].

Alguien contaba que echaban a los judíos de los trenes en marcha.

Nos alojamos en casa de conocidos de papá a dos o tres cuadras del Dnieper[9].

De nuestra casa se veía el enorme puente.

Los judíos estaban aterrorizados, esperaban un progrom.

Se decía que los judíos iban a hacer resistencia y que estaban armados.

El hecho es que progrom no hubo, pero todas las noches encontraban muertos a comunistas y judíos

Una mañana me mandaron  a comprar algo y vi un hombre asesinado en un enorme charco de sangre (nunca imaginé que un hombre tuviera tanta sangre) y con los pies desnudos.

Le robaron las botas.

Los pies estaban amarillos.

Lo que más me aterrorizo eran los pies amarillos.

No teníamos ni un centavo y queríamos comer[10], mi papá se decidió y fue a la estación a pedir trabajo a los bandidos, le dieron trabajo sin notar que es judio.

De paso diré que el lema de los bandidos ucranianos de Gregoriev, que eran nacionalistas, era “mata judíos” y cachaps ( cachap es el seudónimo de los habitantes de la Rusia central).

Así pasamos seis semanas.

Empezaron a atacar los rojos

El último día de la estadía de los bandidos ocurrió algo que despertó mi admiración hacia  mi padre

Se decía que los rojos ya están en los suburbios, y que a los bandidos los venían acorralando hacia el Dnieper.

Entonces apareció una señora llorando y llamando a mi papá

Gritaba que un bandido le estaba saqueando la casa

Mi papá entró en la pieza, yo detrás, el bandido estaba muy ocupado buscando en los cajones de una gran cómoda.

El fusil con la bayoneta calada lo había dejado como a dos metros; mi padre entró y agarró el fusil y le preguntó de sopetón ¿qué busca?, después le encerró en una pieza donde quedó hasta que los bolcheviques llegaron al río Dnieper, lo que recién fue a  la tarde.

Llegamos por fin a la ciudad donde estaba instalado mi padre, Elisavetgrad,

Nueve semanas nos duró el viaje: 6 semanas en Kremenchug y tres por los caminos.

La ciudad tenía un aspecto siniestro, ahí los bandidos de Gregoriev habían hecho un progrom feroz.

Llegamos a casa, la gente recién salía de los escondites

En la casa mataron a dos, a un viejo y a un farmacéutico.

Al farmacéutico lo mataron después de conversar con él y arrebatarle comida, por miedo a que los denunciara después

En la casa de al lado, un borracho partió en dos a una criatura.

Los rojos duraron varios meses.

Llegaron los de Pleturia, después Majnó, después Denikin[11].

Denikin, extraoficialmente, prohibía los progroms, tenía que comportarse bien frente a sus amos, los aliados .

Permitió organizar autodefensas judías.

En nuestra cuadra se organizó un grupo, consiguieron armas, que se escondían durante el día.

Por fin llegaron otra vez los bolcheviques, pero antes tengo que recordar algo

Un día iba corriendo por la ciudad y llegué a una plaza que se llamaba la Plaza de los Junkers, ahí vi una escena que no recuerdo bien, porque no quería mirar bien.

Había muchas horcas donde estaban colgados los comunistas.

Los de Denikin colgaron muchos obreros comunistas por la delación de un cura que se llamaba el Pope negro, esto pasó y llegaron los rojos.

Todos los muchachos del conventillo donde yo vivía, salimos a la calle, nos atraían los rojos aunque ninguno sabía la diferencia.

La única diferencia para nosotros era que los rojos no son antisemitas.

En la calle encontramos…  (se interrumpe el manuscrito)

Venía el año 1920, yo tenía 12 años, cada vez había más hambre

De las provincias centrales venían hombres y mujeres escapando del hambre, estaban pegados a los trenes como moscas en los techos, en los paragolpes colgados por todos lados y como moscas, por más que los tiraban abajo se colgaban de nuevo.

Muchos campesinos, después de un viaje de meses (trenes de pasajeros no había, excepto los oficiales de propaganda o administración, que tampoco expendían boletos), llegaban a Odessa, juntaban una bolsa de sal y  después de otros meses de peripecias volvían a su tierra con la preciada carga.

Vivíamos en la casa de unos parientes obreros.

Los mirábamos con envidia. el hijo un obrero curtiembrero traía a casa los bonos para las raciones; además traía la parte que le correspondía por lo que conseguía el comité de fábrica que vigilaba a los especuladores..

Con el yerno de la familia, cargador en un molino y recién casado, hice un trato: me dio su tarjeta vale para una comida en un restaurante colectivo y yo le tenía que conseguir verduras.

Tenía mis huertos predilectos, especialmente al lado del riachuelo, ahí hurtaba todos las mañanas rabanitos, pepinos, a veces tomates.

Me turnaba con mi padre con la tarjeta.

Después intenté varios negocios: fabricaba cordones para zapatos, sacaba vidrios de las ventanas con cortaplumas a casas deshabitadas o habitadas, a veces me metía en techo ajeno y hurtaba alguna ropa y lo cambiaba en el mercado por repollo y pan. pan blanco como en los buenos tiempos de Ucrania

Un día vagando por azoteas y paredes descubrí un deposito de calzado de goma usado, los sacaba a través de la tabla desclavada, yo estaba tan flaco que pasaba por ahí.

Con las suelas en buen estado nos mantuvimos varias semanas.

Los campesinos evitaban vender sus mercaderías por dinero porque después no conseguían nada para comprar.

No había fósforos y hacían fuego con una piedra, ni vidrios, ni suelas para las botas, ni géneros para ropa, ni tabaco.

También anduve con un balde y voceaba si alguien quería darle de beber a su caballo porque nos apercibimos que los campesinos que tenían que cuidar, y a veces defender a los carros de los pequeños asaltantes, donde también a veces me encontraba,  no podían abandonar los carros.

También vendí cruces, unas crucesitas deslumbrantes.

Los campesinos nos miraban con sorna y nos invitaban para que vayamos a servirles de pastores en las aldeas.

Un día una campesina viendo la cara de hambre que yo tenía y los quesos[12] se me veían por todos lados se puso a llorar y a darme empanadas rellenas con queso.

Yo devoraba las empanadas y ella lloraba. Hubiera liquidado a todas las empanadas si no hubiera venido el marido..

Un día varios muchachos supimos que en Kremenchug, se podía comprar tabaco suelto barato, majorca se dice acá, la Hija del Toro. conseguimos unos pesos cada uno y nos fuimos.

Esperamos un tren más de 24 hs., por fin conseguimos un tren de soldados de caballería, digo caballería porque tenía caballos en el mismo vagón

A la vuelta tuvimos más dificultades. estaba muy lleno, viajamos unas 15 hs. en el paragolpes.

Suerte que en cada estación paraba y caminaba a lo sumo a 20 kms. por hora.

Así hice varios viajes hasta que al cuarto…mientras estaba esperando un tren que no venía ya el segundo día, después de dormir la noche anterior en un banco de estación, vino un hombre vestido con el famoso capote militar del Ejercito Rojo pero sin otras distinciones ni armas y me llamó.

Entramos a un pequeño despacho donde me hizo desvestir.  buscó prolijamente en todos los bordes de mi ropa y zapatos. miró si la suela estaba bien clavada y encontró lo único que yo dije que tenía, unos 25 rublos para comprar 10 libras de tabaco suelto.

No me gritó ni me reprochó nada, le dije que voy a Kremenchug a comprar tabaco para vender con un vasito en la feria de Elisabetgrad; me preguntó si tenía padre.

Mentí al principio y dije que no, después dije que si y le di mi dirección,

Vino otro hombre vestido de militar e hicieron algunos chistes. trajeron a mi padre, ahí empezaron los gritos. le gritaban que si no le daba vergüenza dejar ir por los trenes un chico solo y que si me ven otra vez por la estación, lo van a meter preso a él.

También mi padre emprendió varios negocios e industrias de paso en la guerra civil.

Todo el mundo fabricaba algo: un vecino nuestro fabricaba fósforos. cada fósforo tenía 20 cms. de largo por 10 milímetro de grosor. los campesinos compraban 5 fósforos y lo partían en 50 pedazos.

Mi padre fabricaba jabón que era muy malo.

Entonces se puso a curtir suela que también era muy mala, cuando llovía se hinchaba como si fuera viva.

Se hizo carnicero.

Los animales se compraban de noche.

Les estaba prohibido vender a los campesinos.

Los campesinos vendían porque no tenían que darles de comer.

Empezó el año de la sequía.

Todos estos negocios duraban poco.

Seguíamos teniendo hambre.

En verano era más fácil. yo me metía en quintas ajenas. en carros de campesinos.

Pero llegó el invierno de 1921. ya ni los campesinos venían a la ciudad.

El gobierno soviético firmó la paz con el Polaco y un intercambio de inmigrantes que querían volver a su región natal.  resolvimos volver a nuestra casa que estaba bajo Polonia.

Mi padre tenía deseos de volver a nuestra casa en la ciudad de Smorgon, con la ilusión de encontrar algo de lo que dejo la casa con una quinta de cincuenta mts. por veinte (la casa era heredad de mi madre)

El problema de volver era difícil.

No teníamos ni un centavo para la mantención.

El viaje era gratis.

De yapa mi madrastra tuvo una nena después de 10 años de casada.

Lo único que pudimos vender era un reloj de plata, con él compramos unos 10 kgs. de harina y 20 libras de maíz.

Mi madrastra hizo de la harina una especie de tortas.

Era lo único que llevábamos y la hermanita de seis semanas.

Empezamos el viaje a principios del invierno y fines de 1920. era un vagón de carga con estantes que llaman en ruso, nari, en medio del vagón había un horno de hierro que su chimenea sobresalía por el techo.

La única leña o carbón que conseguíamos había que robarla donde se podía.

En las estaciones, de los cercos donde paraba el tren, porque a la locomotora de nuestro tren que nos llevaba hasta la frontera polaca, Robno, le pasaba lo que a la hornalla de nuestro vagón, falta de carbón y leña.

En el vagón todos más o menos se acomodaron menos yo, me quedé al lado del horno y cuando me dormía caía mi frente sobre la plancha del horno, de modo que la tenía llena de quemaduras.

El único tesoro que yo tenía era un par de botas más menos en condiciones que al lado del fuego se hacen daño.

Mi padre no veía mis quemaduras de la frente, sino que temía que arruine mis botas y siempre me gritaba cuidado con las botas.

El pobre tenía razón. pues, ¿que haría en invierno sin botas?.  la piel de la frente puede crecer de nuevo, pero las botas no crecen.

En el camino pasamos hambre.

Mi hermana sobrevivió de puro milagro, mi madrastra no tenía leche (como no comía)

No teníamos azúcar que era un articulo raro en tiempos de guerra civil, entonces agarraba una pastilla de sacarina -que es veneno lento- y lo ponía en un trapo mojado y la daba de chupar.

A veces nos bajábamos a un pueblo mi padre y yo.

Y mi padre golpeaba en la puerta y pedíamos comida.

Recuerdo dos casas, entramos en casa humilde, mi padre pide comida para mi, me dan una taza grande de sopa de arroz, que quedó grabado en mi memoria;. el otro recuerdo era una casa pudiente donde nos dieron de comer en la cocina  y nos dieron para el viaje arenque y un pan.  Teníamos una alegría inmensa.

Empezaba a apretar el frío, empieza a nevar, yo tenía cada más quemada la frente, de tanto caerme sobre la plancha de la hornalla.

Papá seguía recordándome que me cuide las botas.

Una mañana un viejo murió en el vagón.

El medico dijo que era de frío (no todos los días teníamos leña o carbón)

El viaje hasta la frontera duró unas seis semanas, normalmente debería durar unas 48 horas.

Los transportes en la Unión Soviética era algo como si estuviéramos en el desierto africano.

Los recuerdos de viajes durante la guerra civil que tengo es como diría Jack London algo ancestral.

Y el momento culminante era cuando el tren arranca y nunca estabamos seguros que si arranca para marchar o para maniobrar.

Por fin llegamos a nuestro destino, la ciudad de Vilna.  Otra vez nos alojaron en barracas de inmigrantes.  Acá ya nos daban de comer creo que instituciones norteamericanas.

Salí a la calle a vagar como siempre desde que estaba con mi padre, no estaba sujeto a las consabidas preguntas ¿adonde vas?

Recuerdo una temporada en Elisavetgrad, estaban los bolches, en el gran Teatro que se llamaba de Invierno.  Había una compañía ucraniana, para los soldados rojos y escolares era gratis el Paraíso del teatro.  Todas las noches iba a ver el maravilloso Teatro Ucraniano tan lleno de colorido, cuando volvía a casa saltaba la empalizada pero la puerta tenía que golpear, mi padre me abría rezongando pero al momento se olvidaba y me pedía que le cuente la obra y yo le contaba la obra de acuerdo a mi visión de 12 años.

En la calle, por una casualidad que antaño se clasificaba de milagro,  me encontraron mis primos, los mismo que en su casa en la ciudad de Minsk pase los tres años de la guerra, me llevaron otra vez a su casa.

Después de sacarme los piojos, que buen trabajo le costó a mi tía, mi tío empezó otra vez a encaminarme al buen camino.  Tenía que empezar a rezar dos veces por día y ponerme a la mañana los signos de la fe ya que cumplí los trece años.  Esos signos vienen en cajas de cuero que son dos y tienen tientos para poder atarse u no a la frente y el otro al brazo izquierdo, o derecho ya no me acuerdo bien.

Empecé a aprender oficio aparrador de zapatos, ahí recién me di cuenta que era muy débil.

Mi padre estuvo muy enfermo, lo supe después que estaba a punto de morir de tifus cuando se restableció. Quiso ir a la ciudad de  Smorgon, donde antes de la guerra vivíamos encontró montes y ruinas, entonces se estableció en su pueblo natal Kurenietz en camino a Minsk.

La ciudad de Vilna.

Yo nací en ella pero la conocía recién ahora a los treces años al volver.

Mi tío vivía cerca del río Vilna.

Detrás de la casa había un lago que estaba separado con un cerco.

Por las rendijas veía muchachos nadando en el lago.

La ciudad, en las afueras, está rodeada por un hondo hoyo.

Antiguamente era una ciudad fortificada.

Hay un parque público, el Terek, que está a la orilla del Vilna.

En el parque hay un museo con un mirador muy alto[13].

Cuesta 10 grosen, 10 centavos.

Es la antigua fortaleza y residencia del Rey de los Lituanos, cuando Vilna era capital de Lituania.

La universidad data de la edad media pero lo más maravillo son sus catedrales.

Había una que siempre iba a mirar, a escondidas se entiende.

Tenía un enorme reloj que decían que data de siglos y cuando tocaba empezaban a desfilar las figuras de la biblia.

Otra catedral muy sagrada que era tan grande que tenía una calle en el medio, por allí venían siempre arrastrándose los religiosos de rodillas y toda la gente y no podían pasar con la gorra puesta, de día el reflejo del sol deslumbra las maravillosas aplicaciones y adornos.

Mi padre venía a menudo a Vilna traía huevos y manteca para vender, con la ausencia se mostraba más cariñoso.

Yo andaba muy débil. me agarraba una especie de tembleque parece que eso me vino de nadar en el lago pero no me impedía vagar por el río.

Un día me encuentro con dos muchachos pendencieros, eran dos hermanos mayores que yo, aprendices panaderos, me empezaron a tirar piedras, en ese momento vino mi primo que tenía tres años más que yo, era un muchacho enfermo crónico.

Les replicó porque me tiraban piedras, ellos se abalanzaron sobre él; eran unos muchachos fornidos.

Yo en mi desesperación empezaba a gritar y a llorar.

Agarré una piedra grande y le golpeé en la cabeza a uno.

Le abrí la cabeza, quedó bañado en sangre.

El tonto de mi primo lo contó casa.

Ante mi asombro, mi tío y  mis primos mayores no me retaron.

Mi padre me llevó a un Hospital, el medico que me revisó le aconsejó que me lleve consigo al campo.

Nos fuimos al pueblo natal de mi padre, Kurenietz.

Ahí vivieron y murieron su padre, su abuelo y nuestros antepasados de muchas generaciones.

Para nombrar a la gente del pueblo, no lo hacían por el apellido, porque la mitad del pueblo tenía el mismo, sino con los nombres de su abuelo y bis abuelo.

El pueblo está en un bajo, circunscripto por sus ejidos. Cinco calles.

De cada casa empieza una porción de tierra de media a tres hectáreas.

La mayoría del pueblo son judíos, casi no había ninguno que no tenga su pedazo de tierra donde sembrar sus papas y sus legumbres.

En esta región no hay recuerdo de progroms y muy poco antisemitismo.

Cuentan que en la ciudad de Smorgon, de donde es mi madre, en 1905 organizaron un progrom las centurias negras, en esa ciudad que se dedicaba a la elaboración de cuero y era famosa por su movimiento obrero, las centurias negras querían a toda costa un progrom.

En un día de gran feria lo organizaron.

Trajeron agitadores y matones de otra región.

Justamente, por estos agitadores y las caras nuevas de los matones, lo supo toda la ciudad.

En las fabricas se organizaron grupos de defensa entre obreros judíos y rusos.

Prepararon armas, principalmente látigos cortos (nagayka) al estilo cosaco con pedazos de plomo o hierro cosidos en la punta plana y en el día designado para el progrom le dieron tal paliza a los agitadores del progrom (progromshiky) que se hizo famosa por toda la región.

Después de los ejidos empiezan los bosques.

Todo el pueblo está rodeado de bosques.

En verano me gustaba vagar por los bosques.

Le pedía a mi madrastra un pedazo de pan y me llevaba una cacerola y me iba al bosque.

El más cercano estaba a unos 1.500  metros, el más lejano a unos 3.000 metros.

En el bosque encontraba manzanas silvestres, frutillas y tres clases de una pequeña frutilla.

Depende de la estación del año, en primavera es rosada, en el verano es negra y en el otoño hay una colorada media ácida que tiene sabor delicioso.

Además hay hongos que hay que saber buscarlos porque se esconden.

Las mejores son dos clases.

Unos con cabeza colorada y los otros los reyes de los hongos, los que se venden para Norteamérica y se secan y se cuelgan de a uno como si fueran collares: son negros por fuera y blancos como la leche por dentro.

Los baranovik (que así se llamaban) eran mi obsesión.

A veces iba con mi abuela paterna.

Ella que nació allí y era ágil como una ardilla a pesar de sus 68 años y haber enterrado cinco maridos me enseñaba como buscar hongos baranoviki.

Cuando se podía, se compraba azúcar y entonces se hacían magnificas compotas y vinos que duraban todo el invierno

Adolescencia

Tenía catorce años; aquel invierno alguien me llevó a la biblioteca del pueblo, lo que aprendí hasta ahora era bien poco aunque múltiple, hasta los diez años cuando estaba bajo la tutela de mi tío, hombre muy religioso, aprendí la Biblia y el Talmud, un poco a leer y a escribir en idish, a leer y a escribir en hebreo, leer y escribir el  ruso y cuando llegaron los alemanes, algunos meses después, hasta garabatee alemán con letra gótica.

Cuando mi padre volvió y me llevó consigo a la ciudad ucraniana de Elisavetgrad, entramos de lleno en la peor época de la guerra civil, la ciudad donde vivíamos cambiaba cada mes de poderes,  la lucha por la existencia era una cosa terrible,  lo menos que se ocupaba al padre era mi ocupación, así que cuando llegué a los catorce años retenía muy poco lo que aprendí hasta los diez años.

Pero lo que no aprendí en la escuela, algo aprendí en la vida.

Ya tenía en mi haber el recuerdo de varias provincias, primero el  viaje con mi padre de Minsk a Elisavetgrad; después viajes con mi padre de comercio clandestino a Balta y otras ciudades cerca del Mar Negro; después hasta hice tres viajes a la ciudad de Kremenchug, después hicimos el viaje de vuelta a nuestros pagos con mi familia.

En la época de la Revolución los trenes eran un hervidero de gente de toda ralea, no había trenes de pasajeros, los trenes se descomponían en trenes militares de altos jefes o de propaganda, que generalmente se componía de vagones de pasajeros y trenes de vagones de carga, donde se metía a brazo partido todo aquel que tenía que viajar; el vagón era una mezcolanza de gente de toda calaña: funcionarios de gobierno, especuladores, soldados, campesinos, que hacían un viaje de tres mil kilómetros para traer una bolsa de sal de Odessa.

En este ambiente hice mi aprendizaje de la vida durante dos años.

Como dije al principio, poca educación tenía a los catorce años pero inquietud por conocer, sí.

Empecé a leer con gusto el primer libro, era la Isla Misteriosa de Julio Verne; después me gustaron muchos libros de historia y descripciones de territorios.

Un día me llevé para leer un libro: Historia de la Cultura de Felipe Aranc, describe con suma claridad la historia de las religiones y que significado tuvo el sentimiento religioso en el hombre primitivo, después de leer este libro sentí un gran alivio, me hice un ateo consciente.

Al pueblo empezaban a venir nuevas ideas,  era en pleno auge de del movimiento sionista, 1923/24; yo también me adherí al círculo juvenil lugareño, me gustaron los discursos o mejor dicho las ideas que traían los delegados de Vilna que en resumen eran “los cristianos nos desprecian porque estamos desparramados por todas partes y somos la mayoría improductivos…tenemos que reunirnos en una sola patria, Palestina” y ser productivos, aprender oficios, trabajar en la tierra, etc. – y ya que haremos una nueva patria, nosotros, que seremos los dueños y señores, haremos todo perfecto e ideal (ingenuo de mi) yo creí a pie juntilla todo esto.

Después de algún tiempo tuve mi primera desilusión, a tres kilómetros del pueblo había un establecimiento industrial  (Smoliarne en ruso)que extraía de los arboles resinosos del bosque circundante productos químicos diversos, los hijos de este industrial judíos eran los sionistas más entusiastas y a propuesta de ellos organizamos excursiones a este establecimiento los sábados, y para hacer ejercicios.

Pero para ir al bosque íbamos en grupo y mis amigos, hijos de tenderos  miserables, algunos otros de comerciantes más prósperos, se negaron a ir juntos y ser amigos de los hijos de los herreros, sastres, zapateros, ebanistas del pueblo que a su vez eran aprendices o ya trabajaban en los oficios de sus padres.

Yo que los tenía por predilectos teniendo en cuenta las palabras de los voceros sionistas un poco se me destartaló la fe en el sionismo a pesar de que el ideal no tenía culpa ni cargo.

Empiezo a ayudar a mi padre.

Mi padre aunque no se parece en lo físico a los demás judíos del pueblo, va siempre afeitado, usa saco americano, se lava todos los días medio cuerpo con agua fría  en invierno y verano en una palangana de madera, es de aspecto alegre principalmente después de una cena con carne, nuestra familia consume mucha carne, somos el comentario del pueblo, consumimos un kilo y medio de carne por semana.

Nuestros medios de vida son como los de la mayoría de los judíos del pueblo, consideramos los productos campesinos de acuerdo a la temporada: hongos, pelo de cerda y de caballo, pieles,  lino, paja de lino, etc.

Yo también voy solo al mercado y compro pelo de cerda y alguna piel varias veces me equivoco de calidad pero mi padre no se enoja y dice que nadie nace sabiendo, también compramos cuero de caballo y de vaca y de ternera, en verano hay que salarlos para que se mantengan bien entonces padre me cuida mucho para que no toque el ano o los ojos antes de lavarse las manos.

Las relaciones entre mi padre y yo son muy diferentes como entre los otros muchachos del pueblo con sus padres, mi padre no me regaña ni me grita, somos compañeros, tengo absoluta libertad hasta en el dinero porque ya llevo dinero para comerciar en el mercado del pueblo y en los pueblos vecinos donde voy a pie o en tren.

Los campesinos simpatizan conmigo porque soy rubio como sus hijos.

Con la única que no me llevo bien es con mi madrastra una mujer alta y seca como un palo, que por cualquier sandez peleaba conmigo, lo que más me irritaba eran las acusaciones injustas que me hacía, por ejemplo cuando jugaba con su hija de años y la chica se golpeaba, decía que yo lo hacía a propósito.

Tengo un amigo; su familia es la más prospera del pueblo su casa parece una feria continua, compran cereales, todo el día los campesinos entran y salen de esta casa, por eso me gusta estar allí, además de vez en cuando trabajo para su padre seleccionando y acollarando hongos junto con varias chicas del pueblo

Hay una muy mentada por su belleza y sus flirts, es cristiana y tiene un hermano militar de alta graduación en el Ejercito Rojo, un día un grupo de muchachos cristianos, pueblo afuera, se disponían a darme una paliza, el pretexto era un perro que yo llevaba y les chumbeaba, mi suerte fue que pasó esta chica que se puso a defenderme y casi se agarra a piñas con tres o cuatro de mis atacantes.

Ahora trabajaba junto con esa muchacha sentado en círculo, es verano y  todos vamos descalzos, yo no se que hacer con mis piernas que siempre topan con los de la muchacha, la solución la da ella que me acomoda la pierna debajo o arriba de los de ella.

Un anochecer viene mi amigo a mi casa me llama afuera, al principio no comprendo, una muchacha que trabaja enfrente de la casa de él y se llama Malke (Rejina) quiere hacer de novio conmigo, al principio no quiero, pero el insiste como si tendría un interés especial en eso (y lo tenía); empezamos el noviazgo

Mi amigo es el  intermediario, al principio me transmite las citas donde también acude él, ella lo mira de mal modo y me incita para que lo eche.

Yo tengo quince años, tango ya la altura de ahora, un metro sesenta y cinco centímetros, soy muy delgado y fuerte, ella debe tener 16 años, es de cuerpo grande con senos muy desarrollados y le gusta que  yo los manosee.

El pueblo donde vivo con mi familia de donde es oriundo mi padre por muchas generaciones se llama Kurenietz o Kureniec, está en el camino Minsk – Vilna.

De Minsk estamos apenas a 70 kilómetros o menos,

La población es en su totalidad rusa blanca, la zona fue anexada a los polacos después del tratado de Brest Livstok

Los polacos nos tratan como pueblo conquistado, todos los funcionarios son polacos venidos de afuera.

En las oficinas solo se permite hablar el polaco que únicamente hablan los funcionarios dado que la población no lo sabe.

Las haciendas y tierras que fueron expropiadas por los bolcheviques y entregadas a los lugareños fueron otra vez quitadas y ahora las explotan colonos polacos ex legionarios, el monopolio del vodka, tabaco y otras productos que no recuerdo fueron adjudicados a funcionarios polacos, la zona se asfixiaba de inercia.

La juventud empezaba a huir.

La juventud campesina pasaba la frontera y se iba a trabajar  a Minsk (hasta el año 1923/24 se podía cruzar libremente); la juventud judía iba a Palestina y América (siempre hay excepciones, una familia parientes nuestros, obreros curtiembres pasaron también la frontera rusa) y se fueron a Minsk

Nosotros nos carteamos con el tío Abraham[14] de la Argentina, yo le escribo una carta si quiere mandarme plata para el pasaje, quiero irme a la Argentina, primero me manda una negativa y de repente, después de unos meses me llega un pasaje y además 23 dólares norteamericanos.

Tengo que hacerme los papeles en las oficinas polacas de cabeza de distrito, son puras dificultades, además no tengo fe de nacimiento, se quemó junto con la casa de Smorgon en tiempo de guerra y solo se permite salir del país hasta los 17 años.

Durante tres meses camino todos los días 9 kilómetros de ida y 9 kilómetros de vuelta a la cabeza del distrito Wileyka para gestionar los papeles hasta que por fin los consigo casi por milagro.

La cosa fue así, al pueblo llegó un millonario americano a visitar su hermana, cuyo hijo es amigo mío, jugamos juntos al fútbol en la plaza del mercado con una pelota que compramos entre ocho

El padre de este muchacho es el hazmerreír del pueblo por las hazañas que se adjudica;, la hazaña más famosa que contaba era que una vez viajando en tren, a orillas de un lago vio tantas nutrias que se armó de una bolsa y las cazaba a manotazos y cazó más de 20 que en idish se expresa así………..

Lo chistoso del asunto es que la nutria de nuestra región mide más de un metro a un metro y medio y a cazadores expertos le cuesta a veces una semana de acecho para cazar una o dos.

El millonario decide llevar a esta familia a Palestina y su secretario y sobrino hacen los tramites en la cabeza del distrito, Wileyka

Los consiguen en tres días, los dólares norteamericanos les abren las puertas de los funcionarios, ahí me ve este muchacho americano y yo le cuento que hace tres meses que voy todos los días a peticionar mis documentos, para el otro día tuve los papeles en orden.

Mientras hacía tramites para irme, seguía trabajando.

Mi padre hacía viajes de negocios por tren aquella temporada, salía los domingos de casa y  volvía los viernes

Por la desvalorización de la moneda polaca el viaje en tren costaba una insignificacia.

Como no  tenía dinero por la ausencia de mi padre y nuestro capital era ínfimo (en tiempo prospero no pasaba de 200  pesos argentinos) fui de un comerciante amigo mío que  me dio un poco de dinero con la condición de venderle a él la mercadería que yo consiguiera.

Yo me fui por tren a Molodechno, a unos 25 kms. de mi pueblo

En Molodechno paré en la hostería de unos parientes que nunca me habían visto y cuando supieron el hijo de quien soy, no sabían que hacer conmigo de alegría

A la mañana en la feria, en una hora gasté todo mi dinero, compré pieles de ardilla y pelo de cerdo y gané en la operación 23 zlotes.

Cuando mi padre lo supo, se puso muy contento; este episodio paso más o menos una semana antes de terminar los tramites para el viaje.

De repente le entró a la cabeza a mi padre la idea de que no me vaya, me decía: no me importan los gastos que hiciste, vamos a devolver la boleta del pasaje de 73 dólares y para reforzar sus argumentos movilizó a todos los parientes, vino mi tío abuelo Berel, un campesino con ocho hectáreas de tierra, tres vacas y caballos, hombre fuerte a sus 70 años y de haber enterrado tres mujeres

Decían que se tomaba todas las mañanas un samovar de té con una cacerolita de leche, tenía hijos de las tres mujeres desparramadas por todo el orbe, un hijo comisario famoso en la zona durante la ocupación de los rojos estaba ahora en Rusia, otros en Londres; el tío Berel me largó un sermón sobre el egoísmo del hombre americano y lo desamparado que voy a estar entre gente y país extraño.

Después vino el tío Hershl, un hombre muy nervioso, de él decían que cuando se enojaba les mordía el traste a los caballos, como lo hacía no se

Cuando m padre se convenció que nadie me quita el viaje de la cabeza hicimos los preparativos; tenía 16 años y estabamos a fines de 1924 en diciembre.

Ya hace varias semanas que cae nieve, los lagos y riachos ya están bien congelados

En vísperas de la noche de mi viaje, mis amigos me hacen una fiestita de despedida:  tomamos vodka de 45º y comemos arenques con pan semi-blanco, después nos vamos a deslizar con patines por la laguna helada del pueblo

Como no consigo más que un patín me doy muchos tumbos y muchos golpes, pero pienso que tal vez sea la última vez que patino sobre hielo y me resigno a los golpes.

El tren pasa a las 12 de la noche, la parada está a unos tres kilómetros del pueblo viene un trineo a llevarnos, poca ropa llevo

Me despido de antipática madrastra, mi abuela está sentada en su lugar predilecto sobre el horno, ahí también duerme y ahí me ha contado múltiples cuentos sobre mis abuelos y bis abuelos, todos hombres pegados a la tierra y los bosques de la región, judíos fuertes y respetados por los cristianos.

Partimos con el trineo; mi padre me acompaña, al arrancar el tren mi padre me abraza tan fuerte que casi me caigo junto con él de los escalones del tren.

En el camino a la estación casi no hablamos, no me dio ningún consejo, como hicieron las vecinas, sabe que tengo 16 años y me trata como a un hombre.

En los bolsillos tengo dentro de una enorme cartera de cuero, regalo de mi amigo, el pasaje y 12 dólares norteamericanos, el pasaje me da derecho al viaje en tren desde mi pueblo y comida desde Varsovia.

De paso por la ciudad de Vilna voy a saludar a mi tío materno hombre muy religioso y descubre que no llevo conmigo Tfilin[15] fue y me compró un par de Tfilin y un traje de confección.

El traje me queda grande porque yo estoy muy delgado, todo mi bagaje es una valija y un bulto de ropa.

Llego a Varsovia y voy directamente a la agencia de la compañía de transportes, ahí me indican alojamiento gratis, me oriento rápidamente en la ciudad con sus tranvías eléctricos y su vida tumultuosa de metrópoli

Mis doce dólares van desapareciendo como por encanto, tengo algunos gastos: revisación médica de la vista y otras revisaciones que no recuerdo; a pesar de eso le presto unos slots a un ucraniano con quien me hice amigo, en el tranvía le robaron todo la plata que tenía y escribió a su casa  pidiendo algún dinero

Tengo una pasión por el fiambre, todas las comidas constituyen variaciones del famoso fiambre polaco.

Por casualidad descubrí que el fiambre cristiano cuesta 3 o 4 veces menos que el idish y lo como hasta donde me da el bolsillo.

Por fin salimos de viaje un grupo de unos 200 personas; estuve dos semanas en Varsovia y me quedé gráficamente sin un centavo, a la noche llegamos a Berlín; nuestro tren corta calles céntricas, me deslumbran letreros luminosos; me da una impresión tremenda las calles con los letreros luminosos se me antojan un mundo de leyenda

Pasamos por Holanda, me llama la atención que todo el mundo va en bicicleta, acá estamos en pleno verano, veo por primera vez hielo artificial, ya nada me asombra, mis ojos y  mis sentidos se están acostumbrando a este mundo nuevo de Europa, llegamos a París, yo ya tengo nuevos amigos de los que ya no me separo en todo el viaje hasta Buenos Aires, son tres muchachos de mi misma edad y mi mismo nombre, los cuatro nos llamamos Moishe.

Parra no confundirnos nos numeramos; la iniciativa es del Moishe de Varsovia.

Es el más educado, tiene un diccionario polaco-castellano y dice que hizo un curso de la lengua castellana; después comprobamos la utilidad de su curso de castellano, es nuestro interprete con gallegos, portugueses y hasta con brasileros.

Caminamos los cuatro Moishes por París, por los boulevares nos paran varias elegantes parisinas y nos hablan, para nuestro asombro, en ruso y nos invitan a acompañarlas por unos pocos francos, son las hijas de los nobles monárquicos que huyeron de la Rusia Roja, y ahora se prostituyen por todo el mundo.

Después de un viaje de veinte días, llegamos con el ex-carguero inglés Desma a las aguas del Plata, así lo dice nuestro Moishe de Varsovia, y señala las aguas amarillentas.

Nosotros ni nadie se lo cree, pues donde se ha visto que un río no tenga orillas y nosotros no vemos ninguna orilla.

De noche, llegamos al puerto de Buenos Aires: es la madrugada del día 21 de enero de 1925

Me estoy civilizando

Lo primero que mi tío hizo conmigo fue civilizarme un poco.

Me enseña a ir al baño, a caminar, a lavar el piso.

El tenía la idea que los gringos no sabíamos trabajar, me dio unas monedas y me escribió en un papel cuándo tengo que preguntar por un tranvía y otras preguntas similares.

Leer en castellano sabía porque sabía leer el polaco que es también con letra latina, y me fue a buscar trabajo, encontré trabajo en un almacén idish en la calle Inclán al 3.000 a $15 y casa y comida.

El marido trabajaba fuera de pintor y la mujer, eran recién casados, no hacía comida para ella; por lo menos a mi me alimentaba con pan y arenque y bananas podridas (desde aquel tiempo tengo aversión a las bananas)

Dormía en el almacén porque al almacenero pintor le parecía que un vecino robaba, así que también era sereno.

Algo aprendí en este almacén, la dueña me dijo en su jeringa medio idish, medio castellano que cuando entre un cliente que la llame diciendo “hay gente”, yo creí que “hay gente” era el nombre de la señora y así la llamaba, hasta que se descubrió porque un día la llamé “hay gente” y no había nadie.

Después trabajé en una fabrica de tintas, después apretando corchos a los tinteros las manos se me hicieron llagas.

Entonces mi tío dijo que yo era para seguir un oficio: el de ebanista de muebles era bien pagado en aquella época.

Entré a trabajar de aprendiz en la fábrica de muebles Slinin por un peso cincuenta por día, el dueño me preguntó si tenía que ir lejos a comer y cuando supo donde vivía me dijo: vas a comer en mi casa.

Comía en la mesa con todos, ahí había una pareja, su cuñado y esposa.

El cuñado también trabajaba en el taller, la mujer una muchacha del campo se me arrimaba durante las comidas.

Un día se armó una escena, el marido le dijo: deja de provocar al chico, desde aquel día me dejó en paz.

Yo trabajaba como un animal el sábado.

Después de una semana de trabajo en vez de $9 me dieron $10; un sábado el patrón me dice que venga el domingo por medio día y me pagarán un peso entero; el tío se indignó “cómo que no le baste que un chico trabaja 6 días en la semana, todavía el domingo. No”.

Y el lunes me despidieron.

Después trabajé tres meses de un viejo que hacía mesas pintadas de cajones viejos, durmiendo y comiendo con el viejo.

Entré a trabajar en un taller importante J. Rossi Hermanos, hay unos quince muchachos ganan de $0.90 a $1.50; a mi me pagan $1.70 porque trabajo por dos, trabajan en mi sección dos idish, me enseñan el oficio: asentar una rasqueta, afilar el cepillo, etc.

El patrón me respeta, no me grita como a los demás chicos, un día abofeteó a un españolito porque me cachan[16] y me llaman ruso.

Voy al sindicato de mi oficio, empecé con el interés de la biblioteca porque el sindicato del mueble tiene una magnifica biblioteca y yo una gran pasión por la lectura.

Poco a poco me siento absorbido por la vida sindical y su sección idish, ahí conozco y me atraen viejos militantes obreros idish: Faerman, Malamud, Landón y otros que no recuerdo.

Al sionismo que dejé de lado como cosa vieja, ahora voy comprendiendo los sucesos vertiginosos de la guerra civil donde he sido actor; pero que no comprendí, como millones de otros rusos no comprendían.

Después de la huelga de la industria del mueble[17], me quedé sin casa fija donde trabajar.

Antes de la huelga yo era medio oficial mueblero y ganaba $5.40 por día, me hice práctico en la fabricación de juegos de aparadores de regular calidad; mis compañeros me regañaban diciendo que estoy haciendo el trabajo de un oficial y gano el salario de medio oficial.

después de la huelga conseguí trabajo de temporada en una cuadrilla de carpinteros en el frigorífico anexo al Mercado de Abasto Central, era un obrero judío entre unos 400 obreros italianos y argentinos que me miraban al principio como bicho raro porque estaban con la idea que todos los judíos son comerciantes.

A los varios días me hice amigo con mi escuadrilla, unos ocho personas la mayoría sicilianos; íbamos a comer juntos a una fonda italiana y ahí nos poníamos a discutir, era el tiempo de la dictadura de Uriburu, ganaba $6 y el trabajo era interesante reconstruíamos cámaras frías para huevos, frutos y aves; cámaras como heladeras comunes pero grandes como salones de baile.

Mi tía[18] me propone venir a Comodoro Rivadavia, territorio Chubut, me escribe que allí en las compañías petroleras necesitan carpinteros y como se me termina el trabajo en el frigorífico me decido a irme

El pasaje en tercera cuesta $80, tengo que tomar el vapor y como siempre me interesa más el viaje y lo nuevo que las consecuencias económicas; una mañana del mes de setiembre de 1930 tomé el vapor en la dársena sud y me fui rumbo a la Patagonia, tenía 22 años.

A bordo trabé relación con cuatro jóvenes rusos que iban a trabajar a los pozos petroleros, de noche yo les acompañaba cantando motivos populares rusos en la popa del barco (nos desgañitábamos cantando)

Después de 120 horas de viaje (6 días) llegamos a la madrugada a la playa de Comodoro Rivadavia.

La costa nos daba una impresión deprimente, en toda la tierra donde la vista alcanzaba no se veían ni árboles ni hierbas; el mar es muy azul y muy bravío y a las lanchas que nos llevaban a tierra les costó mucho arrimar a tierra.

Cuando por fin bajé o subí a tierra, porque la orilla estaba como a treinta metros, mi impresión cambió bruscamente, por las calles de Comodoro Rivadavia circulaba un trafico de vehículos……..  (aquí se interrumpe el manuscrito)


[1] Vilna es una ciudad muy  antigua.  En ella funciona una Universidad que tiene  más de mil años. Es la capital histórica de Lituania y está situada sobre el Mar Báltico.  Lituania fue dominada por Rusia en el Siglo XVIII.  Alemania la ocupó en 1915 y  tras el fin de la Guerra Mundial y la Revolución Socialista Rusa del 7 de noviembre de 1917, Lituania se proclamó república socialista y Rusia le devolvió la capital, Vilna.  Se separó de la Unión Sovietica en 1990 y hoy tiene unos 650 mil habitantes.  Al final del escrito hay un mapa de toda la región que situa todas las localidades nombradas y da una idea de los viajes de Mauricio que cruzó una y otra vez el continente europeo casi del Baltico al Mar Negro, a los doce años y en los trenes de la época.

[2] Smorgon es una pequeña ciudad de Belorusia o Bielorrusia,  cercana a la capital, Minsk, que supo ser reconocida en la historia del movimiento revolucionario ruso por  la fuerza del movimiento obrero y socialista.

[3] capital de Bielorusia.

[4] al final de su vida, en el Sanatorio Rawson donde agonizaba, se repetiría la escena: mi padre agonizaba y al lado una mujer hacía trabajo de parto.  La vida y la muerte en el mismo tiempo y espacio.

[5] con mayúsculas en el manuscrito. Se refiere al triunfo de la revolución socialista dirigida por los bolcheviques encabezados por Lenin.  Sus primeras medidas fueron decretar la Paz con Alemania y repartir la tierra entre los campesinos. La revolución sufrió una resistencia fenomenal del capitalismo mundial que alentó una guerra civil, organizó una invasión militar luego y construyó un muro alrededor de la Unión Soviética procurando ahogarla. Los primeros años, que es lo que cuenta Mauricio, fueron de guerra, hambruna y penurias incalculables, siquiera para quienes conocemos la crisis argentina.

[6] Elisavetgrad, ciudad del centro de Ucrania, en la orilla Este  del río Ingul, a 250 km al Sur Este  de Kiev; tiene hoy 237,000 habitantes y tuvo otros nombres: Kirovograd, en el periodo socialista y antes Zinovievsk.

´[7] se llamaba así  en el ¨44 cuando se escriben los cuadernos, la ciudad volvió a cambiar de nombre y a llamarse Kremenchug..

[8] los progrom eran actos de agresión a los judíos que vivían en el territorio del Imperio Ruso.  El nombre se generalizó para denominar a cualquier hecho discriminatorio de alta violencia.  Paradojicamente, trágicamnte es hoy el Estado de Israel quien organiza progroms contra la población palestina que resiste con piedras, igual que ayer los judios de Rusia resistían los progroms con autodefensas

[9] importante río ruso que cruza Bielorusia y Ucrania. Atravieza Kiev, la capital ucraniana

[10] notese la presencia del hambre en el relato. No un hambre temporal, que se calma con una comida, sino un hambre estructural que no se calma nunca.

[11] jefes militares contrarevolucionarios que se alzaron contra el gobierno revolucionario encabezado por Lenin con el apoyo militar y político de todo el “mundo occidental” que luego, al ser éstos jefecillos derrotados, invadiría Rusia con un Ejercito Multinacional compuesto por fuerzas de catorce países.

[12] los pies saliendo de los zapatos rotos

[13] En 1970 visité Lituania y estuve en el mismo Parque cuyo mirador era un “monumento histórico”.  Grande fue mi sorpresa cuando al leer los cuadernos en 1975 descubrí que habíamos estado en el mismo lugar. Pero mi padre ya había muerto en el 74.  Regresé a Lituania en 1985, pero no atiné a buscar antecedentes familiares.  Visitamos entonces un enorme cementerio donde estaban enterradas las víctimas del fascismo alemán, si sabía que estaban ahí casi toda los parientes por vía paterna.  Como diría Serrat, entre el fascismo y yo, hay algo personal, no solo conceptual.

[14] ya en la Argentina, el tío Abraham seguiría actuando como una especie de “ángel protector” amparándolo y dándole empleo en su fabrica de válvulas de radio “ByE” (buenas y económicas) y enviarlo a Santa Fe como encargado de su empresa “SyR” (Schulman y Rodofile).  En el primer periodo de obrero en ByE, Mauricio participó en la fundación del primer sindicato metalúrgico de la Capital Federal el que sería luego liquidado por Perón dando lugar a la histórica Unión Obrera Metalúrgica de la que salieron Timoteo Vandor, José Rucci y Lorenzo Miguel, algunos de los burócratas sindicales más tenebrosos del país.

[15] prenda de uso obligatorio para los judíos, según la religión.

[16] hoy diríamos “me cargan”

[17] puede referirse a la huelga de 1934, alguna vez me preguntó, extrañado, porqué se permitía que hubiera gente que no acatara la decisión de parar de los sindicatos y me contó que en esa huelga, siendo parte de piquete obrero, le partió la cabeza a un rompehuelga con una llave inglesa

[18] toda la vida, papá recordaba (idealizando) ese viaje a la Patagonia y en el verano del 68 al 69 hicimos un viaje familiar en un Peugeot 403 que manejaba Cacho ya que papá no manejaba.  El viaje fue epopéyico y la estadía en Comodoro formidable, pero él nunca encontró lo que buscaba: el recuerdo de su estadía en los treinta donde, muy posiblemente el viaje sirvió también para colaborar con Rufino Gómez y el Partido Comunista de Comodoro Rivadavia que habían dirigido una insurrección obrera en territorios de Y.P:F., entonces bajo control militar.    De ese viaje contaba una anécdota que lo divertía mucho: resulta que visitó un compañero comunista que estaba a cargo de un destacamento policial en medio del desierto patagonico y que la madre les sirvió la comida pero no les daba servilletas, el hijo reclamaba hasta que la mujer estalló con un “desde cuando los comunistas comen con servilletas” que es el mismo prejuicio de los que se asombran si un comunista está bien vestido y acicalado, como si las convicciones políticas requieren de la pobreza, la mugre y la falta de refinamiento en las costumbres.

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