La otra historia de Acindar


Publicado en la revista Zoom, política y sociedad en foco.
Siento que debo empezar a explicar el porqué de esta segunda edición de “Tito Martín, el Villazo y la verdadera historia de Acindar” con una confesión: en el otoño de 1995, cuando Tito me preguntó como iba el libro de memorias que él me había dictado, yo estaba totalmente perdido entre casetes y papeles con apuntes.

Como siempre me ocurre con lo que quiero escribir se me había enredado todo y por momentos parecía que jamás lo podríamos concluir.

Le expliqué lo mejor que pude esto a Tito pero él, sin hacerme mucho caso, prendió otro cigarrillo y me dijo: “Hay que terminarlo como sea, yo siento que me estoy yendo y no me quiero morir sin dejar mi legado a la juventud. Tengo necesidad de contar lo que viví”

Y así fue, apuramos la marcha, dejamos de lado esa obsesión perfeccionista que siempre acosa a los escritores y terminamos el trabajo a tiempo. Para la primavera del ’95 el libro estaba terminado y empezó la odisea de conseguir quien lo imprima. Fracasados todos los intentos, a Carlos Sosa se le ocurrió hacer el libro como había hecho todo en la vida: con sus propias manos, apelando a la solidaridad del pueblo, superando las adversidades.

Una licenciada de historia y un metalúrgico desocupado hicieron las correcciones, dos viejos ferroviarios lo pegaron y un médico de pueblo prestó unos cheques que un imprentero solidario transformó en primorosos quinientos ejemplares que presentamos con éxito inesperado en Villa Constitución y Rosario.

En el Club Riberas del Paraná, en Villa Constitución, para presentar el libro hubo una gran fiesta popular con mesa redonda, una ternera deshuesada asada, mucho vino, poetas y cantores. Nos acompañó Patricio Echegaray, secretario general del Partido Comunista, quién calificó el evento como un extraordinario acto de cultura popular, nacional, democrática y revolucionaria.

“Este acontecimiento es un verdadero hecho de cultura popular, que es la cultura vinculada a las luchas. Los grandes hombres se dan en medio de las luchas populares, brindo por la hermosa vida de Tito Martín, porque es parte de nuestro pueblo, y porque las luchas de Villa Constitución han sido y son parte de la cultura popular. Brindemos entonces por los obreros de Villa a los cuales homenajeamos en la figura de este Hombre Nuevo que es Tito Martín”. Y no exageraba una palabra.

En Rosario estuvieron presentes el Obispo emérito Federico Pagura, el periodista Carlos del Frade y el querido Osvaldo Bayer quien dijo de Tito que era un verdadero “héroe popular” equiparable a esos personajes de Balzac: éticos, épicos, valientes, majestuosos en su dignidad.

Y así aquellos primeros quinientos ejemplares se vendieron en pocas semanas, algo poco común para un libro humilde, rebelde como su personaje.

Pero debo hacer aquí una acusación: lo de Tito fue una verdadera traición.

El, que había hecho del cumplimiento de su palabra una cuestión de principios, se fue apenas habíamos publicado la primera edición de la historia de su vida, es decir de Villa Constitución, de Acindar y del Villazo, aquella gesta obrera y popular que todavía da que hablar y espanta a los poderosos.

Tito había prometido que iba a recorrer el país presentando el libro, su postrer sueño de contar a los jóvenes las razones de la lucha y de la derrota, porque era muy consciente que las derrotas traen eso: el olvido de las causas que llevan a los pueblos a la lucha. Y que esa es la verdadera derrota.

Pero, por primera vez en su vida no cumplió y se fue a ese sitio de la memoria donde lo esperaban los treinta mil compañeros desaparecidos y tantos militantes populares caídos en la larga lucha por la redención obrera.

En los bares del barrio Talleres se dice que salieron a recibirlo el Gringo Tosco, el Negro Segovia y aquel otro ferroviario, Víctor Vázquez, con quien se puso a hacer planes y planos para recuperar para el pueblo las vías por donde transitaron cincuenta años conduciendo locomotoras y enarbolando sueños de panes y de rosas para todos.

Después se sentó a tomar mate con los viejos compañeros de Villa.

Con su hermano, el Negro Segovia tomaron pavas de “dulce” hasta hartarse, recordando con picardía criolla los días de la toma de las fábricas y de la cárcel.

Con orgullo, Tito le contó al negro que “su” partido, el Partido Comunista, había cumplido con honor los deberes de solidaridad con los presos “de la Tablada”, como se conocen a los compañeros del Movimiento Todos por la Patria sobrevivientes al asalto al cuartel de la Tablada en que perdieran la vida el Negro Segovia y tantos otros en enero de 1988, a pesar de las diferencias políticas y de que muchos, acaso demasiados, compañeros del movimiento popular pretextaron dichas diferencias para sustraerse de la lucha por la libertad de todos los presos políticos.

Al Negro le dolió bastante aunque no lo sorprendió, ni mucho menos, que algunos de sus viejos amigos y compañeros de lucha se hubieran hecho los distraídos y, como dijo un entrerriano, que los vio tomando mate y se acercó a la ronda, se “hicieran los pelotudos como perro que pateó la olla”.

Con otros, algunos que ni conocía, comentó largamente lo que estaba pasando en Acindar y en toda Villa.

Como, una vez más, los feroces dueños del acero habían hecho punta imponiendo una flexibilización que no solo había terminado con el convenio colectivo de los metalúrgicos, también había abierto las puertas para reducir personal, aumentar la explotación y reconvertir la empresa para asegurar la más alta tasa de ganancia a costa de los trabajadores y que, en plena democracia, fueran perdiendo uno a uno sus derechos para regocijo de Alfredo Martínez de Hoz, del Gral. Alcídes López Aufranc y los eternos Acevedo.

Parece que Tito llevaba, en bolsillo del saco -vaya a saber para que lo guardaba- un recorte de Clarín del día 6 de agosto de 1995 en que “ellos” explicaban “Cómo Acindar salió del rojo” y se puso a leerles, igual que cuando llegaba un compañero de “afuera” a las cárceles y contaba las novedades, la hoja del diario que parecía más un parte de guerra de un general victorioso que un análisis económico de una empresa exitosa. El parte de una guerra que los había tenido como víctimas.

Tito leía lentamente porque ya la vista le fallaba un poco: “Los altibajos y las perdidas que muestran el balance jalonan el largo proceso de reorganización de Acindar que comenzó en la huelga desatada en marzo de 1991 y que tuvo la planta parada casi 40 días. “De ahí en más inauguramos una nueva relación con el gremio, de mayor comunicación sobre lo que había que hacer en la compañía para mantenerla competitiva e insertarse en la región” explicó Arturo Acevedo, nieto del fundador y actual titular de la empresa.

A partir de la nueva estrategia, Acindar consiguió aumentar la productividad de la mano de obra de los 57/58 mil dólares anuales de facturación por empleado vigentes en 1991 a los 125/128 mil actuales. “El objetivo inmediato consiste en elevar la productividad nuevamente el doble en el término de dos años y medio” destacó Carlos Leone, vicepresidente de Acindar” siguió leyendo Tito mientras prendía un negro y aspiraba profundo en medio de un silencio profundo.

Los miró fijo y siguió con el recorte del diario: “En el camino se achicó el número el número de trabajadores de la empresa que pasó de 6.300 a principios de 1991 a los 4.000 de hoy. En el ’96 jubilaciones anticipadas y retiros voluntarios mediante no quedarán más de 3.000” Y aquí me paro, dijo Tito, ¿o hace falta seguir leyendo para saber lo que pasa? preguntó en un gesto que más parecía un pensar en sí mismo que en una pregunta.

Un memorioso recordó que de 46,7 tonelada de acero por trabajador que se producían en 1975 se había pasado a 152,7 tonelada de acero por trabajador en 1992, con lo que los cálculos sobre la plusvalía hechos en 1985 (cada obrero de Acindar producía en una hora por un valor equivalente al salario diario o jornal) (1) se han quedado cortos.

Si bien es cierto que “la edad de oro” de la empresa coincide con la presencia de su ex director, Alfredo Martínez de Hoz, en el Ministerio de Economía del dictador Jorge Rafael Videla, no es menos cierto que su balance de casi 16 años de “democracia” no es menos interesante: es una de las dos grandes empresas (la otra es Siderca S.A. del grupo Techint) que controlan el negocio siderúrgico en la Argentina luego de la privatización de la ex Somiza, sigue siendo hegemónica en el renglón de laminados no planos (alambrón, hierro redondo, perfiles) y en todo los insumos siderúrgicos para la industria de la construcción habiendo pasado de producir un 58,5 % en 1985 a monopolizar el 84,5 % de la producción de hierro redondo para la construcción en 1992 ostentando también el 32% de la reducción total, el 35,2% de la aceración realizada en el país y el 33.6% de los laminados en caliente.

El Negro Segovia se acordó de aquella frase de Raúl Alfonsín: “A vos no te va tan mal, gordito”, pero no logró que nadie se riera.

Ninguno dijo nada, y Tito menos que ninguno, porque jamás salió de su boca un reproche a los compañeros que abandonan la lucha o se acomodan al viento adverso.

Tito criticaba de otro modo: con su ejemplo, con su ética, con su hombría de revolucionario inquebrantable.

Como un verdadero hombre nuevo respondía al agravio con la caricia y a la mentira con una propuesta ingeniosa y útil para el pueblo.

Ni siquiera se quejó de que algunos lo pretendieran borrar de la historia del Villazo o que la vergüenza de verse reflejado en el espejo de su trayectoria les impidiera a otros acompañarlo en aquella fiesta de cultura nacional que fue la presentación del libro en el club Riveras del Paraná ante cientos de compañeros que no faltaron a la cita.

Y nos estamos aprovechando de su ausencia, seguro que él nos hubiera corregido, casi no hace falta decirlo, estas líneas; por temor de que los ofensores se ofendan, que los cobardes se enojen y que los conversos vuelvan a borrar con el codo lo que alguna vez escribieron con la mano. Pero nosotros no somos Tito.

Nosotros nos enojamos cuando falsean la historia, cuando se pretende descalificar la lucha de los compañeros diciendo que los que cayeron fueron el fruto de nuestros errores. ¡Mentira!. Los que cayeron son víctimas del odio y el terrorismo de los poderosos, de los que siempre han gobernado en la Argentina ya sea con dictaduras militares o con gobiernos civiles como el de Alfonsín o Menem.

De Tito aprendimos aquella lección que Carlos Marx nos legó cuando la Comuna de París: “La canalla burguesa de Versalles puso a los parisinos ante la alternativa de cesar la lucha o sucumbir sin combate. En el segundo caso, la desmoralización de la clase obrera hubiese sido una desgracia enormemente mayor que la caída de un número cualquiera de jefes” y que el gran Lenin aprovechó cuando la Revolución Rusa de 1905 cuando los pusilánimes lloriqueaban que no habría que haber combatido, y el revolucionario ruso les respondió que habría que haber sido más enérgico, estar mejor organizados, ser más audaces y ofensivos.

Con que dolor nos contaba Tito aquel acto en la Cátedra abierta de derechos humanos de Osvaldo Bayer en que algunos de los participantes del Villazo se lamentaban de haber luchado.

Por eso le emocionó tanto encontrarlo al Gringo Agustín Tosco caminando del brazo de un viejo amigo, el joven comunista y dirigente sindical de Luz y Fuerza de Córdoba Alberto Cafaratti a quienes había conocido en Villa Constitución cuando el Plenario Sindical Antiburocrático en abril de 1974 y no había vuelto a ver.

Agustín Tosco parecía estar al tanto de todo lo que pasaba, lo que le ahorró a Tito el bochorno de pasar revista a los quebrados y conversos. La conversación giró para otro lado, para el lado del estado del movimiento sindical. Entusiasmado con la bancarrota de la burocracia sindical, Tosco dijo que valía la pena apostar a crear un nuevo modelo sindical que recoja aquel desafío de su “sindicalismo de liberación” en un fin de siglo tan cruzado por la crisis del capitalismo y la ausencia de una alternativa revolucionaria verdadera.

Pero no era de política que hablaron Tito Martín, Alberto Cafaratti y Agustín Tosco sino de moral, de ética, de conductas cotidianas. Algo que los tres habían hecho siempre y que Agustín Tosco lo decía como solo él podía decir algunas cosas: “Las victorias más importantes y valiosas son las que se obtienen sobre las propias debilidades. A partir de allí todo es posible. Lo que va contra uno mismo, lo que choca contra el propio ser es lo que destruye. Por eso también Ulyses Mc Daniel se afirmaba a sí mismo al exclamar: “si alguna vez quebrara mis troncos. O claudicara junto a mis compañeros. Este juramento me matará…” El ser o no ser de Hamlet se plantea en todo momento. En cualquier circunstancia, en lo más sencillo y en lo más complejo en la vida del hombre”

Decía José Martí, el insigne poeta y patriota cubano, que hay ocasiones en la vida de los pueblos en que es como si el honor que falta en una gran parte de la sociedad se concentrara en otra, pequeñita.

Y creo que eso es lo que pasó con Tito los últimos veinte años de su vida. Le tocó cargar con la parte del honor y la dignidad, con la parte de la valentía y coherencia que faltó en la sociedad, en el movimiento obrero y también en su propio partido.

Uno podría pensar que Tito se preparó durante cuarenta años de militancia para actuar bien durante 1974 y 1975 y los años duros que vinieron luego; y que esos quince años durísimos lo prepararon para soportar el cimbronazo que causó en el mundo de los revolucionarios la caída del socialismo en la Unión Soviética, cuando parecía que el cielo se caía sobre nuestras cabezas.

Dirigente vecinal y de La Fraternidad le tocó encabezar la C.G.T. de Villa Constitución, en su corta pero efectiva vida de enero a marzo de 1975. Y cuando vino el Operativo Rocamora del 20 de marzo de 1975 con su carga de muerte y presos, Tito mostró la fibra de que estaba hecho: cuando preso es el más solidario de todos y el más activo promotor de la resistencia a la represión interna de las cárceles; cuando le toca salir es el primero en organizar la solidaridad con todos.

En un pueblo donde el cura echaba a volar las campanas en señal de alegría por los desaparecidos y la empresa principal, Acindar, servía de ámbito físico para los centros de tortura y exterminio, había que tener mucho huevo para pasearse con el periódico comunista bajo el brazo solo “para que los compañeros perdieran el miedo” como relata en su biografía.

Y también le tocó defender el honor de su partido, el Partido Comunista, pues cuando algunos gastaban alfombras en busca de entrevistas con los supuestos “militares progresistas”, Tito -como miles y miles de militantes comunistas- defendía el honor partidario en la mesa de torturas y las cárceles, en las peligrosas calles y plazas de Villa Constitución de esos años.

Pero aún le tocaba a Tito, pasada la dictadura y establecida la democracia política, dar no pocas batallas por el honor del movimiento obrero ante quienes pretendían transformar la memoria en lamento y los golpes recibidos en claudicación.

Su decisión de volcar los recuerdos y experiencias en un libro revelaba que ni una molécula de ese mal tan extendido del arrepentimiento lo había tocado.

Así que a Tito le tocó defender el honor de su ciudad y su pueblo en los años de la dictadura una ciudad que amó entrañablemente y a los que dedicó sus mejores esfuerzos e ideas y que hoy estaría convocando enérgicamente a defender en unidad.

¿Qué diría Tito si hoy se enterara que el Hospital tiene un déficit de 70 millones de dólares y que la Municipalidad, por resolución del Consejo Deliberante a propuesta de un supuesto Consejo Económico y Social aprueban pagar a una consultora extranjera la exorbitancia de 78 millones de dólares (¡!) por un estudio de “desarrollo estratégico”?

El, que no solo aportó soluciones orginales a los principales problemas urbanísticos de Villa Constitución: cordón cuneta y pavimento flexible, formación de cooperativas de obras y servicios, su proyecto de un Complejo Habitacional Deportivo utilizando las tierras a la vera del río, propuestas para un desarrollo integral de las cloacas, desagües, agua corriente, gas, etc.; sino que hizo gala de una confianza ilimitada en la capacidad popular de organizarce y conseguir sus objetivos por el camino de la lucha para lo cual apostó a las formas primarias de organización barrial y luchó siempre contra todo intento de subordinarlas al poder de turno. Su compromiso fue con un vecinalismo autónomo, antagónico al mamarracho corporativista de transformar las vecinales en brazo o rama de tal o cual partido político, en el gobierno o la oposición.

¿Y si se enterara del sueldo actual de los concejales y funcionarios municipales? El, que en 1995 escribió una carta abierta al pueblo de Villa Constitución en que les decía:

“Piense, todos los candidatos oficialistas y de la oposición, que son variantes para un mismo proyecto le hablan de promesas de obras, radicaciones, etc. ¿Y la vocación de servicios?: nadie quiere tocar este tema. Esto no depende de lo provincial o de lo nacional. Hago la siguiente propuesta concreta, sabiendo que esto no resuelve el problema de fondo, pero comencemos a darle el ejemplo a los vecinos. Que se reduzca drásticamente las dietas, viáticos y gastos de representación, se achique la plantilla de personal político del ejecutivo y del concejo mientras dure la actual crisis. Es una inmoralidad los sueldos y dietas de los que ocupan cargos políticos en nuestra ciudad, desde $3.500/ $2.100/ $1.500, el de un senador que percibe $11.000 y demás. Si le pedimos sacrificios, empecemos a dar el ejemplo” ¿Será por casualidad que esos mismos concejales “cajonearan” los pedidos de declararlo ciudadano ilustre hasta justo el día después de su muerte? ¿O que el secretario (2) de Cultura (?) de la Municipalidad se haya negado a colaborar con la reedición de este libro?

Acaso tenía razón el Obispo Metodista Emérito Federico Pagura, cuando al presentar la primera edición de este libro dijo que su lectura mostraba que al menos había en esta tierra un hombre nuevo, de esos que soñaban el Che y el Obispo Angelelli; y que si había uno, ¿por qué no soñar que algún día todos los hombres serán como Tito?

¿Y si después de tantas búsquedas y extravíos comprendemos que el socialismo no es otra cosa que un mundo de hombres nuevos; un mundo donde todos los hombres serán como Tito, como el Che, como Tito Messiez, como Alberto Caffarati, como Rodolfo Walsh, como el Negro Segovia, como cada uno de los treinta mil compañeros desaparecidos?

¿No serán estos hombres nuevos realmente existentes su mejor programa y atractivo?

A lo mejor sí, y entonces -como el Cid Campeador- Tito seguirá ganándole batallas a Alcídes López Aufranc y a Alfredo Martínez de Hoz, a López Rega y el Loro Miguel; seguirá ganándole batallas a la muerte.

Ojalá que esta segunda edición sirva para eso.

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