Un año de mentira verdad. La batalla por Santiago

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Desde la desaparición forzada de Santiago Maldonado, y mucho más desde que “apareció” su cadáver flotando en el río Chubut, casi casi donde lo habían visto por última vez los Gendarmes que reprimían la resistencia mapuche al despojo Benettoniano de sus tierras e  historia; desde entonces, una enconada batalla cultural se libra en la sociedad argentina por todos los medios de lucha imaginables. Incluidos los pacíficos y legales.

El gobierno de Cambiemos y quienes lo acompañan, sostienen y conducen desde la Embajada de los EE.UU., los medios hegemónicos de propaganda y manipulación mediática y el poder económico concentrado, pretenden que Santiago se “ahogó” solito en el río, acaso “traicionado” por sus recientes amigos mapuches; cierto que luego de haber afirmado por meses que “se fue a Chile, está en Entre Ríos, nunca estuvo en Cushamen, murió en una acción terroristas” y tantas otras mentiras que cuesta recordarlas a todas en este simple recuerdo de Santiago.

Eugenio Zaffaroni dice que no hay crimen de Estado que  no tenga su mentira justificatoria.  Y de ello se trata la batalla por Santiago que no cesa, ni cesará por un largo tiempo. Al crimen de Estado no le alcanza ocultar; requiere mentir, proponer un relato falso alternativo a la verdad pura.

Por eso su cuerpo desaparecido desapareció de su desaparición para aparecer flotando en el río.

Por eso su cuerpo desaparecido desapareció de su desaparición para aparecer flotando en el río.

Por eso se puede resumir la acción de la familia y amigos, de los organismos de derechos humanos y el movimiento popular en una única acción: militar la verdad.

El enfrentamiento entre el falso relato y la militancia de la verdad ha sido feroz y basta recordar las sobreactuaciones de Bullrich o Avruj para valorar lo conquistado en este año de enfrentamientos que tuvieron como uno de los centros de la disputa simbólica la interpretación de la autopsia de Santiago, la mochila que no devolvieron y el celular que se activa solo lejos de su cuerpo pero también desaparecidos.

Como al Che, las fotos de su rostro inconfundible era parte de clausurar la desaparición y comenzar el ahogo eterno de su cuerpo y nuestra memoria.

De un modo perverso, los falseadores de la verdad se apoyan en nuestras propias conquistas de la memoria: la percepción popular de que las dictaduras militares como las de Videla o Pinochet utilizaron la desaparición forzada de militantes como un recurso masivo, sistemático y planificado; es por eso que preguntan cínicamente: ¿cómo va a ser esto una desaparición forzada si esto no es una dictadura? y sobresalen en esa práctica algunas personas que fueron parte de la lucha por la verdad, como Graciela Meijide, devenida en la pitonisa de la derecha delirante o algunos intelectuales de buen aspecto progresista como el director de Le Monde Diplomatique, ese que nos sigue tratando de idiotas a cada uno que decimos Macri basura vos sos la dictadura. ¿Y vos qué sos?

Cierto es que el delito de desaparición forzada se sancionó como tal pensando en aquellas prácticas genocidas. Y fue mucho más tarde que se lo hizo, aunque el debate comenzó en 1980, y la Liga Argentina por los Derechos del Hombre fue una de las primeras en promover la Convención Internacional, recién se aprobó en 2006 y aún un poco más tarde se legisló entre nosotros; leyes 26.298 de 2006 y la 26.679 de modificación del Código Penal en 2011. Aunque allí nada se dice de la necesidad de un plan sistemático o de la forma de gobierno para constituir desaparición forzada, sin embargo, en el imaginario social existe una relación causal entre dictadura/violación de los derechos humanos/desaparición forzada y lo contrario democracia/vigencia de los derechos humanos/excesos policiales autónomos. En eso se basa la campaña de Cambiemos de encubrimiento de la desaparición forzada de Santiago, en sus mentiras y nuestras conquistas de memoria.

En eso se basa la campaña de Cambiemos de encubrimiento de la desaparición forzada de Santiago, en sus mentiras y nuestras conquistas de memoria.

Y por ello, junto con difundir los datos duros –Santiago estaba allí, la Gendarmería reprimió y lo capturó– es necesario explicar que no sólo la Argentina, casi toda América Latina y buena parte del mundo van mutando de formas democráticas formales, restringidas y muy limitadas al acto electivo, a otro régimen de gobierno y dominación que se adivina en los discursos de Trump, en el genocidio en la Colombia pacificada o en el Haitì, los femicidios de Ciudad Juárez y los 43 de Ayotzinapa, en los golpes de Estado en Honduras, Paraguay y Brasil; en el hundimiento de los acuerdos de Paz de Colombia y en el lugar que la Cárcel ocupa hoy en la escena política: Lula está en la Cárcel; Milagro está en la Cárcel, cincuenta mapuches chilenos, unos ciento cincuenta campesinos paraguayos, unos mil prisioneros y presos políticos colombianos, otros cincuenta hondureños y cerca de treinta en Argentina, .

No estamos en épocas de dictadura, pero ya no estamos en períodos de vigencia de las garantías constitucionales y el funcionamiento pleno de los espacios democráticos. Como una rana puesta en agua fría que se cocina lentamente sin darse cuenta, de la mano del encubrimiento de la desaparición forzada de Santiago han ido llevando la República Argentina  a un Estado Autoritario con Máscara Democrática. Que no es lo mismo que la democracia formal aunque se vote y por ahora –solo por ahora- los cuerpos armados del Estado no cazan militantes por la calle al modo del 76; pero el decreto Macrifascista sobre las FFAA pone rumbo a ese pasado sin vacilaciones ni dudas morales.

No estamos en épocas de dictadura, pero ya no estamos en períodos de vigencia de las garantías constitucionales y el funcionamiento pleno de los espacios democráticos.

Si ha habido una larga batalla, se podría pensar en algún resultado y ese resultado se verá el primero de agosto de 2018 cuando miles y miles de niñas y niños, de adolescentes y de adultos marchemos por las calles de la Argentina con nuestras verdades a cuello, de las cuales no han podido voltear  ninguna, ni siquiera con el ritual mágico de la autopsia “inteligente”, que sería aquella que dice lo que el proceso judicial no investiga.

Uno de los objetivos más obvios del asesinato de Santiago era, y es, amedrentar de tal modo que su nombre se asocie al miedo y su imaginen a la derrota; ya verán que por el contrario su nombre es bandera y su imagen convoca a la unidad de todas y todos los que quisieran mirar nuestras vidas con esos ojos llenos de luz, con esa mirada franca, con esa convicción invencible.

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