¿Qué nos dicen los juicios por delitos de lesa humanidad sobre la generación del 70?


De las muchas funciones que los juicios conquistados por la larga lucha popular contra la impunidad tienen (reparación para las víctimas y familiares, señalamiento de las responsabilidades sociales en la catástrofe que provocó el terrorismo de Estado, resignificacíón de la historia nacional reciente y del papel del Imperialismo yankee, las clases dominantes nativas, sus partidos políticos e intelectuales en los hechos juzgados, etc.), una que viene siendo subestimada por muchos intelectuales[i], es lo que nos dicen sobre la generación del 70. Sobre las razones que la llevaron a la lucha, sobre el modo en que asumió la frustración del sueño de conquistar una Patria Socialista y del modo como enfrentó la dura prueba de la represión desplegada por un sofisticado mecanismo de destrucción de subjetividades del cual conocía muy poco. Un mecanismo preparado durante décadas de represión al comunismo –entendido como el partido de todos los que resistían la dominación capitalista no importa que tuvieran identidad peronista, guevarista, maoísta o se pensara cristiano verdadero o heredero de Hipólito Yrigoyen- y que se nutrió de las últimas “novedades” de la Guerra de Argelia y de Vietnam para pegar un salto de calidad que lo convirtió en genocida.

Ya hemos dado cuenta de la dura lucha contra todas las formas de la impunidad: la biológica, que busca la clausura de las causas por el fallecimiento de los imputados por medio de sucesivas demoras que el Poder Judicial tolera; la del Poder, que preserva a los dueños de las empresas que prepararon, legitimaron y se beneficiaron del genocidio para que ni un solo empresario responda por sus crímenes (Carlos Blaquier, dueño de Ledesma, por solo ejemplo, declara por tele conferencia desde Buenos Aires y no lo exponen al repudio popular ) y la de los condenados que logran condiciones excepcionales de cumplimiento de la pena (casi la mitad en su casa o establecimiento especial), ahora deberíamos empezar por decir que un rol más que destacado jugaron y juegan en esta lucha los compañeros que fueron víctimas del terrorismo de Estado, que pasaron por los centros clandestinos y las cárceles, que fueron sometidos a todo tipo de torturas y penurias y que luego fueron tratados como escoria por la sociedad de los 80; este solo hecho, sumado a que más de dos mil quinientos compañeros han dado su testimonio oral en estos juicios, en un escenario difícil como es una sala donde tiene a pocos metros de él a quienes fueron sus torturadores y carceleros y a pesar de que estamos próximos al sexto aniversario de  la desaparición forzada de Julio López, todavía desaparecido y todavía impune, nos permiten trazar una primera imagen de la generación de los 70: sumada a la lucha en los 60, apresada y sometida a finales de los 70, ignorada rigurosamente hasta por el progresismo que solo hablaba de los que no están y de las Madres, se sostuvo o recuperó su identidad y su dignidad militante a impulso de la lucha popular que sepultó el ciclo neoliberal en la Argentina y se presentó como acusador (ya no como “víctima derrotada”), cuando la historia le dio la oportunidad que no tuvo en los 70.

“Por algo será ”decían y tenían razón. Porque entre los presos y secuestrados, entre los torturados y desaparecidos, entre los asesinados y exiliados no hubo “inocentes” ni “perejiles”; cada uno de los miles y miles de compañeros que fueron victimizados lo fueron por su compromiso con la causa de la transformación revolucionaria de la sociedad; porque no convalidaban el orden burgués de los 60/70 (esa sociedad del fifty/fifty que ahora nos pretenden imponer como horizonte cuando fue el muro que se quería derribar) y de un modo u otro trataron de cambiar. Algunos con las armas en las manos y otros no. Algunos, muchos pero no todos ni tantos como se quiere imponer desde la nueva “historia oficial”, desde una identidad peronistas que no reconocía al pejota ni liderazgos omnímodos y que por eso se  fue de la Plaza dándole la espalda a Perón y luchó codo a codo con el resto de la izquierda contra Isabel y la Triple A. Y otros desde las viejas y nuevas identidades de la izquierda marxista, desde las variadas formas de existencia de la cultura comunista y guevarista de la época pero también desde el compromiso con la Iglesia de los pobres o el nacionalismo democrático y popular revolucionario. Basta escuchar los testimonios en los juicios para convencerse que la Generación del 70 era plural en todos los sentidos: por identidad política y cultural, por practicar diversas formas de lucha y por pertenencia a diversas organizaciones políticas y sociales; cierto, pero de un pluralismo que se reconocía en la Revolución Cubana, Fidel y el Che, que se había vinculado con la Unidad Popular de Chile y su líder Salvador Allende; un pluralismo de izquierda que de un modo diverso pensaba en la Patria Socialista, no importa las múltiples caras que esa Patria asumía para cada quien. Conviene entonces anotar un primer mito que se derrumba en los juicios: que el golpe se hizo contra el peronismo, quien habría aportado la sangre derramada en exclusividad; nada más mentiroso que decir que el Golpe fue contra el gobierno de Isabel y su obra burguesa.

La segunda cuestión que surge de los testimonios es que si bien es cierto que nadie pensaba en la magnitud ni perversidad de la represión (¿quien imaginaba que se llevarían a los niños de los padres que no encontraran -nuestro Negrito Floreal- o que desaparecerían a las  madres que reclamaran por sus hijos -las compañeras de la Santa Cruz-) la generación del 70 resistió en los centros clandestinos y las cárceles. Resistió como se resiste siempre. Como pudo. Como supo. Con las herramientas culturales y políticas que tenía a su alcance. Con los valores que se construyeron por años y años de luchar contra la represión de gobiernos civiles y militares. Los comunistas aferrados al ejemplo de Ingalinella y los peronistas al de Felipe Vallese (uno en el 55 y el otro en el 62 pero los dos torturados hasta morir en sede policial y desaparecidos sus cadáveres, como presagio terrible de los “desaparecidos”) y los guevaristas inspirados en la fuga del Roby Santucho de la Cárcel de Trelew y los cristianos animados  por el ejemplo de Mujica. Cada cultura política había acumulado ejemplos éticos de lo que había que hacer frente al enemigo. Y en lo fundamental, lo hizo. Resistió. Sobrevivió. Preservó su identidad como un tesoro no negociable. Algunos de un modo que recuerda al Julius Fucik de “Reportaje al pie del patíbulo” y otros de un modo que recuerdan al Leopold Trepper de la “Orquesta Roja”.  ¿Recuerdan?  Julius Fucik es periodista y dirigente comunista checo, apresado por los nazis y condenado a muerte consigue escribir un diario donde relata la grandeza moral de los compañeros detenidos y la bajeza putrefacta de casi todos los carceleros. Pero incluso en esa obra “heroica”, Fucik cuenta que a él lo entregó un compañero que había sido héroe en la Guerra Civil española y que había sido preso y torturado varias veces. Pero esa vez no resistió. Y no  lo condena. Lo cuenta y lo comprende aunque convoca a resistir y resistir y termina llamando a que nunca la tristeza se asocie a su nombre.  Nosotros, los de la generación del Cordobazo que pasamos por los centros y las cárceles sabíamos ese libro casi de memoria. Lo recitábamos en la “radio/ventana” de la Cárcel de Coronda y nos dábamos animo. Pero también conocíamos la Orquesta Roja; de hecho la volví a leer en la GIR de Santa Fe al salir de cincuenta días de encierro en un centro clandestino, esperando ser llevado a Coronda.  Los protagonistas de la Orquesta Roja no son solo comunistas; son demócratas y humanistas de diverso signo pero complotados contra el dominio nazi, articulados con la Inteligencia soviética. Atrapado el jefe de la Orquesta, Leopold Trepper, que sí es comunista, decide fingir que colabora con el enemigo para engañarlo y preservar el “juego” de espionaje en el que está embarcado. Tiene éxito y sobrevive, pero al llegar a Moscú no le creen y pasa 10 años en una cárcel. El libro enseña que se puede engañar al enemigo pero no es fácil; y que aún así se corre el riesgo  de que te traten como traidor, o sea que hay que ser muy valiente para meterse en semejante juego con el enemigo. Y algunos lo asumieron.

En los juicios aparecen todas las formas de resistencia y todos los resultados. El que quiso preservar información y dijo algunas mentiras y el que no pudo resistir y le arrancaron algunos datos. Y esas conductas son transversales a todas las fuerzas, lo que nos lleva a superar las miradas inquisidoras de “negro o blanco” en el modo de resistir y se da de narices con el mito que se construyó en los 80: desaparecieron los mejores, lo que era un modo de decir que sobrevivieron los peores, “los que cantaron, los que compraron su vida entregando otra a cambio”, etc., pero la historia mostró que esos supuestos “quebrados” fueron los que sostuvieron más que nadie la lucha por el Juicio y Castigo y con sus testimonios permitieron lograr condenas jamás soñadas por nadie. Hubo diversas y contradictorias conductas, pero de modo alguno, la delación política y la claudicación fueron conductas extendidas en la generación del 70. Todo lo contrario, como generación resistieron y salvaron la llamita de la revolución de modo tal que pudo transmitirse de mano en mano hasta llegar a estos días en que miles y miles la asumen como propia y honran, entiendo que con justicia, a una generación que intentó, más que ninguna otra, tomar el cielo por asalto.

¿Y los comunistas? ¿Fueron tan “cómplices” de la dictadura como afirmaban los “sabios” y “sabias” de los derechos humanos, la academia y la política? ¿Cómplices como repiten cual loritos ignorantes, políticos y funcionarios que no sufrieron jamás persecución alguna de nadie y apoyaron casi todas las administraciones incluidas las de Menem y De la Rúa? ¿O por ser los “verdaderos” marxistas leninistas, tuvieron actitudes excepcionales, heroicas e incomparables con la del resto de los compañeros? Ni lo uno, ni lo otro.  Los testimonios confirman que fuimos parte de esa generación, aportando valores propios y sufriendo los límites de una cultura que hacía del sacrificio militante una constante y que no se permitía el derecho a equivocarse o a vacilar. El Che Guevara, al ser apresado, grita “No me maten, soy el Che” en una actitud poco guevarista dirán estos supuestos custodios de la pureza comunista. Es que el héroe perfecto no existe, por suerte. Existieron compañeros que cumplieron dignamente con sus deberes militantes e hicieron lo que debían hacer sin importar las circunstancias. Por eso los honramos pero no les faltamos el respeto transformándolos en Dios[ii]. Cada uno de ellos tenía valores, aún el que no estuvo a la altura del desafío y todos tenían limites y defectos, aún el más “heroico” de todos. Discutir quien “calló más tiempo” es una estupidez típica de la cultura de la autoproclamación de vanguardia que los comunistas abandonamos en el XVI Congreso. Sobre todo, cuando la practican quienes se apropian de la sangre derramada, como si fuera propiedad privada. No es esa la discusión necesaria. La discusión necesaria es cómo se forman los valores que hacen de una generación capaz de enfrentar y de derrotar, el miedo y la soledad de una detención o una sesión de tortura. Y aún más, como clamaba el Che, capaz de asaltar las posiciones de los que sostienen el Poder. Y eso no se resuelve haciendo gárgaras de comunismo invencible sino practicando la solidaridad con todos y cada uno de los compañeros que luchan y/o sufren represión. Sin importar la identidad política o lo que opinemos sobre su modo de actuar. Por eso, en su momento estuvimos con los compañeros de Taco Ralo y La Tablada y en estos años nos jugamos por Julio López, los Qom de Formosa, Mariano Ferreyra y con cada uno de los asesinados y represaliados por una democracia de tanta memoria y alguna justicia, pero que no liquidó la cultura represora de sus “fuerzas de seguridad”.  Por eso, repudiamos y despreciamos tanto a los que pretenden justificar por izquierda la ley antiterrorista, una ley que castiga con fruición imperialista la solidaridad. No solo porque le dieron el voto a Obama y los fascistas de acá y allá, sino porque con su voto apuñalaron por la espalda la cultura de la resistencia y ensuciaron la tradición revolucionaria. Porque para que una generación se transforme en protagonista de una revolución verdadera no basta con que adhiera a causas nobles, debe forjarse en la solidaridad militante con todas y todos los que sufren por el capitalismo, todos los días y por un largo periodo hasta que la solidaridad con los que luchan se incorpore al corazón y la identidad militante. Y aunque en la lucha política no hay garantías -como nos enseñaba Fucik-, es el camino más seguro para estar a la altura de la generación del 70 e ir aún más lejos. Llevar sus banderas a la victoria superando sus límites, que es lo que merecen con toda justicia. Incluidos los “nuestros” porque “Cierto es que no somos más que nadie, pero ¿desde cuando la sangre comunista vale menos que otras?”[iii]. Ni menos ni más, la misma sangre de todos los compañeros, la misma historia de luchas, victorias y frustraciones. Pueblo que lucha y sueña con la revolución. Eso fuimos, eso queremos ser y eso seremos.


[i] Hannah Arhendt escribió su obra cumbre observando un juicio contra un jerarca nazi: “ Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad  del mal”

[ii] del poema de Vicente Huidobro sobre el Che que termina con “desde hoy nuestro deber es defenderte de ser Dios”, citado por Roque Dalton, Vicente Feliu e innumerables ensayistas como clave de la actitud hacia los “héroes” revolucionarios.

[iii] dicho por una compañera correntina en un acto de homenaje a nuestros mártires, allá por el 2005.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. jorge pérez dice:

    Impresionante. Gracias.

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