La centralidad del conflicto colombiano en la batalla por la dignidad latinoamericana


La estrategia imperial de revertir los cambios progresistas en América Latina ha dado un salto importante en estos días y es necesario percibir claramente por donde y cómo avanza la derecha fundamentalista nostálgica y neofascista.

 

El régimen de la oligarquía colombiana ha resuelto con la salida de Uribe de la presidencia y la aparición en escena de su jefe militar Santos, convertido en un presidente al que se lo presenta como estadista una serie de objetivos que no deberían ser subestimados ni por la izquierda ni por las fuerzas progresistas que al menos aspiran a niveles de autonomía en el desarrollo nacional dejando atrás lo más feroz del Terrorismo de Estado y lo más impresentable del modelo neoliberal.

 

Como la economía sigue siendo lo principal, hay que destacar la formación del Acuerdo del Pacífico entre México, Perú, Colombia y Chile; acuerdo basado en la reivindicación lisa y llana del libre mercado como solución a los problemas del desarrollo refrendado por gobiernos abiertamente de derecha, dóciles al Imperio y hostiles a la democracia, la lucha por la liberación y la igualdad social. Todos ellos han intentado y logrado grados diversos de acuerdos bilaterales con los EE.UU. una vez que la lucha de pueblos y gobiernos sepultó el Alca en Mar del Plata, aunque no las políticas neoliberales de integración subordinada al imperio.

 

Pero Santos ha logrado otros objetivos en el plano de la política internacional de no menor importancia: ha colocado a su canciller en la secretaría general de la Unasur y le impuso al gobierno de Venezuela su discurso sobre el conflicto interno al lograr que se trate a los luchadores por la salida política negociada como terroristas, sometidos al “derecho del enemigo”, y por lo tanto sin derecho a transitar libremente, ni ejercer la profesión de periodista alternativo u opinar sobre la situación del país donde el compañero Joaquín Becerra vivía hasta que asesinaron a su mujer y tuvo que exiliarse en Suecia.

 

No creo forzar la imaginación si digo que el episodio es como si en 1978, el gobierno de Cuba detuviera a Julio Cortázar a pedido de Videla por “sabotear” el Mundial de Futbol o cosa parecida.  Ofenden la cultura de izquierda quienes pretenden culpar a los exiliados colombianos de viajar a Venezuela, país al que todos creían amigo de los pueblos que luchan por la Paz y no de los genocidas como Santos.

 

Recordemos que no hace tanto, con motivo del asesinato del Comandante Raúl Reyes, encargado justamente de impulsar el intercambio humanitario y las tratativas para el dialogo, el jefe de Santos, el presidente Uribe estaba totalmente aislado en la asamblea del Unasur que condenaba el bombardeo “inteligente” sobre Sucumbios, en territorio ecuatoriano y auspiciaba el camino del dialogo para la paz.  No es poco lo logrado por Santos y su gente.

 

Hay en América Latina una multitud de procesos pero solo dos alternativas: una la marcó el Congreso del Partido Comunista de Cuba, recientemente finalizado, que es buscar una y otra vez el modo de construir una sociedad libre, por fuera y lejos de las lógicas capitalistas de relaciones comerciales y humanas, basada en la solidaridad y la cultura del pueblo; la otra es la que expresa del modo más cabal Colombia: el exterminio físico del distinto (más de treinta mil desaparecidos solo en los últimos tres años del conflicto, y la cifra de 30000 es para nosotros lo suficientemente simbólica para agregar algo más) y la reivindicación del neoliberalismo que hambrea al pueblo colombiano en tanto los paramilitares se robaron una superficie de tierras equivalente al total cultivado por medio de los ataques salvajes que llevaron a cinco millones de colombianos a abandonar su tierra y vagar por las ciudades o emigrar.

 

Hace cincuenta años, en la Conferencia de Argel, el Comandante Guevara lo advertía con claridad: no hay forma de salir del subdesarrollo de la mano del Imperio y sus aliados. Parecía que era el abc de la política de izquierda, aunque los últimos hechos obligan a repetir lo obvio.  La solidaridad no es solo la ternura de los pueblos, es la condición imprescindible para construir el camino hacia la Segunda y Definitiva Independencia de los Pueblos; sin ella, todo intento oportunista por “salvar” cualquier proceso estará condenado a repetir los trillados senderos de la derrota del llamado “socialismo real”.

 

El caso Joaquín Becerra, con toda su carga de dramatismo, tiene la virtud de poner sobre el tapete la discusión real que desafía a los pueblos de América, nos toca a todos nosotros hacernos cargo y superar el momento de tensión con más unidad de los que todavía quieren Patria y Libertad. Que son millones.

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