Epilogo de “Tito Martín, el villazo y la verdadera historia de Acindar”. Testimonio de Carlos Sosa.


Un hasta siempre para Tito
Hoy existe una profunda necesidad de vincular el desarrollo histórico de las gestas, de las luchas de nuestro pueblo con la actualidad.
Si cedemos ante lo anecdótico tomará un valor retórico y meramente descriptivo.
Conociéndolo a Tito, a las luchas obreras y populares de Villa Constitución, con su epopeya del «Villazo», se nos impone que hagamos el esfuerzo de interrogarnos acerca de la demanda que nuestro presente hace de aquel pasado.
Quienes fuimos contemporáneos de esa etapa tan apasionante, de lo que genéricamente se denominan «las luchas de los años ´70», sabemos perfectamente que es verdad que la burguesía sintió por primera vez que no sólo cuestionaban su cuota de ganancia sino las bases de su sistema. «Le pisábamos el poncho», decían nuestros paisanos.
Con Tito, en muchas charlas informales, mate amargo de por medio, siempre abordábamos estos temas. Algunas conclusiones son incontrastables, por ejemplo que la burguesía llevó adelante su formidable plan de terrorismo de Estado, con las  tremendas secuelas de compañeros asesinados, desaparecidos, torturados, perseguidos, cesanteados por la intensa presión de la confrontación, parte esencial de la historia de lucha que se recupera en este libro.
Hasta el fin de sus días, Tito se preocupó en cómo salir de la encrucijada. El enfoque de construcción y recuperación de la voluntad de poder. Ahí justamente se producía una primera autocrítica. Por aquellos tiempos, carecíamos de un proyecto político propio de clase, pese al entusiasmo, a la actitud militante rayana con el sacrificio por la entrega cotidiana, casi total.
Nos habíamos subordinado, en lo estratégico, a la burguesía, por eso la concepción de «frente democrático nacional»,  «gobierno de amplia coalición», «gabinete cívico-militar» consigna de los finales: del gobierno de Isabel con que se quería evitar el golpe que finalmente llevaría a Videla al poder.
Recuerdo que el 12 de mayo de 1996, cuando acompañé a Tito al acto realizado en la sala de la Cooperación de la ciudad de Rosario, él llevaba algunos apuntes manuscritos que me hizo pasar en limpio y que fueron parte de su exposición.
Allí precisaba la visión de una alternativa política para derrotar al bloque dominante del neoliberalismo, cuyos nefastos resultados ya por esa fecha estaban a la vista.
Tito puntualizaba y llamaba a la unidad de las izquierdas, de los agredidos, para ir construyendo un movimiento de izquierda que tendría que ser democrático, participativo, de carácter asambleario, popular, antiimperialista y por ende anticapitalista. Creo que juntos, por distintos caminos, habíamos comprendido la razón de ser del viraje aprobado en el 16º Congreso del Partido Comunista.
Proponía recuperar la mística por concretar el ideal revolucionario en nuestra Argentina. Poner todo nuestro esfuerzo en el desarrollo de una fuerza cuya misión principal sería potenciar los conflictos y contribuir al fortalecimiento de un movimiento popular autónomo de los partidos del sistema, refractaria a la hegemonía dominante.
Es decir, un movimiento obrero, estudiantil, de los sin tierra, de los desocupados, de los sin techo, de los marginados, que se fuera desarrollando en un concepto de contra hegemonía, de autonomía y liberación, no sólo cultural sino política, contra el dominio del sistema capitalista. Propender a que esta fuerza, expresada por todo ese movimiento popular, se articule en un bloque político social con la forma, entendía Tito, de un frente de liberación nacional y social que pudiera constituirse en verdadero poder popular para abatir este modelo, este sistema de los monopolios y de las transnacionales, del F.M.I. y el Banco Mundial.
Y se detenía en señalar un nuevo tipo de sociedad, más humanista, más solidaria, donde no sólo haya otra distribución de la riqueza, sino se logre una sociedad con renovados valores, una sociedad libre de productores libres. Una sociedad donde no se privilegie el egoísmo, el consumismo, el cálculo mezquino de obtener prebendas o ventajas materiales a costa de otros, del triunfador «careta» que llega por «trepador», obsecuente, del «piola» sin principios.

Una nueva sociedad formada y apta para desarrollar ese tipo de mujeres y hombres nuevos. De la cual Tito era un paradigma,
un ejemplo que sin dudas debemos encargarnos hacer trascender y que sirva para educar a los nuevos militantes y cuadros
para encender los corazones de todos los que activan por la transformación.
Se dice que «el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra». Esta reflexión popular hay que tenerla muy en cuenta al analizar en particular el fenómeno de la construcción social- política que derivó en el Villazo, que no fue algo espontáneo, ni un estallido como hoy estamos acostumbrados a ver. Fue la culminación de un largo proceso de  acumulación que tuvo a la lucha por los derechos del pueblo de Villa como una cuestión de principios. Y que como toda disputa tuvo su flujo y reflujo.

Conocí a Tito, a finales del año 1961, en los días previos a la finalización de la gran huelga ferroviaria, que en Villa duró cuatro días más por la reincorporación de cuatro compañeros, entre ellos Tito.
En nuestra ciudad se había constituido por entonces una regional de la C.G.T. donde con la U.O.M., (hegemonizada por el vandorismo), cuyo representante era Roberto Nartallo, se había logrado un acuerdo, con un trabajo en común muy importante, para asegurar el éxito del paro nacional que posibilitó destrabar ese largo conflicto.
La relevancia del rol de Tito, la dirección y militancia del Partido Comunista que siempre tuvieron las antenas orientadas a lo que pasaba dentro de las grandes empresas metalúrgicas de nuestra ciudad, la tarea organizada, la difusión de la prensa partidaria, los aportes solidarios para que miles de volantes y materiales de propaganda aborden los distintos conflictos de los trabajadores metalúrgicos, dieron elocuente testimonio del logro de esas jornadas.
En el año 1962 cuando aconteció la crisis político-militar de «azules y colorados», en Villa a través del compañero Camacho (delegado de gran prestigio y audacia dentro de fábrica), se paralizaron todas las tareas y se estuvo a punto de sacar a todos los trabajadores a la calle. Hoy debemos reconocer que este hecho de gran repercusión, puso en evidencia, como es natural al darse un flujo alto de la lucha de clases, la concepción errónea de la línea estratégica, porque en lugar de plantearse – y aquí no le cabe al compañero Camacho y a otros que estaban dentro de fábrica ninguna responsabilidad de actuar de manera autónoma -, de haber salido sin esperar contar con el aval del secretario general de la U.O.M. Nartallo, que maniobró abortando la posibilidad de que los trabajadores metalúrgicos se convirtieran en poder real en la ciudad, en momentos
que había una confusión muy grande con dos bandos militares  dispuestos a enfrentarse, un gobierno civil debilitado y una base dispuesta a luchar. La resolución de la dirección del Partido Comunista era que había que movilizarse al paso de los tropas en este caso «los azules», para confraternizar, cosa que en Villa sucedió y casi todo el pueblo salió a la vera de la ex Ruta 9 para dar apoyo. Está claro aquí, que nuestra concepción y táctica de apoyar al mal menor, de creer que para el logro del «Frente Democrático» era necesario contar con un sector de los militares y en lo sindical, en nombre de mantener la unidad en una sola C:G.T. y lo que llevaba a confrontar con la burocracia sindical, nos condujo a que semejante experiencia realizada no se pudiera acumular políticamente.

Pensar que Nartallo, obedeciendo órdenes de Vandor, iba a dar el visto bueno para el paro, (que igual se cumplió, no así la salida y la movilización prevista), era lo mismo que creer que el «olmo da peras ». La actividad de la izquierda se dio desde la llegada de Acindar a Villa. La única izquierda visualizada, la que militaba arduamente, era la del Partido Comunista, que siempre privilegió todos sus esfuerzos hacia la gran concentración de trabajadores industriales, con un importante costo de activistas detenidos, con cesantías, con compañeros en «listas negras» muchos de los cuales debieron emigrar. Camacho se consolidó en un gran referente, constituyendo la lista Verde de oposición al oficialismo de Nartallo. Lista que en su  conformación pasó por avatares muy duros que se relatan en el libro.
Lo de 1975 no fue casual. Acindar, cuna y seno de la represión, tenía un ex comisario retirado de Rosario oriundo de Arroyo Seco, el famoso sicario Martínez Bayo, el de la historia del recordado crimen de Ayerza, realizado por la mafia, que llamaba a cada obrero integrante de la Lista Verde a su oficina para intimidarlo, exhibiéndole su 45 reglamentaria.
Con esas entrevistas logró que algunos renunciaran, a otros los amenazaba en su domicilio y amedrentaba a los familiares. Pero, venciendo todas esas contingencias, la lista Verde consiguió los avales y candidatos necesarios. Nartallo maniobró con el aval de la U.O.M. nacional y la venia de Acindar. Cerraron el sindicato. La lista Verde no fue oficializada por la junta  Electoral. Tenia grandes posibilidades de triunfar. Hubo luego, un periodo sin grandes conflictos, de relativa calma, pero «la procesión iba por dentro», nuestra autosuficiencia, dada por considerarnos la única vanguardia de la clase obrera y el pueblo, hizo que no percibiéramos los cambios que se estaban produciendo, en las fábricas, en las bases.

A principios de los ´60, el triunfo de la Revolución Cubana tuvo gran impacto en los sectores obreros y populares. Villa no escapó a este influjo y militantes como Tito, trabajaron mucho en la conformación de un movimiento en solidaridad con Cuba. Todo esto trajo un gran debate, especialmente sobre las vías a seguir para la concreción de la Revolución Socialista en Argentina. Pero además como el rol del Estado, de la economía planificada, del par reforma-revolución. Estas eran grandes discusiones entre los trabajadores, estudiantes e intelectuales.
Por otra parte la ruptura y fractura del movimiento comunista internacional tras la crisis de la Unión Soviética con la China de Mao, el no haber procesado, estudiado y asimilado a fondo los aportes teóricos y prácticos del gran revolucionario Ernesto «Che» Guevara, fueron momentos que nos marcarían a fuego y tuvieron gran influencia en nuestra zona con el trabajo hacia la gran concentración de obreros industriales.
A mitad de la misma década hubo una gran renovación de los planteles de las empresas. Ingresaron jóvenes con instrucción media y superior, muchos eran hijos de los primeros obreros metalúrgicos de Acindar y Acinfer.
Se produjo entonces la renovación de los cuerpos de delegados que, a pesar de las leyes represivas y persecuciones  ideológicas, conocían las ideas comunistas y de izquierda. Se ingresaba la prensa partidaria y jamás faltaban los materiales de propaganda. Se debatía política en fábrica, en grupos pequeños, en el descanso para la merienda, al entrar y salir en los colectivos, tomando las precauciones y medidas de seguridad que correspondían al momento histórico. Afuera en reuniones sociales, en los clubes, en los asados o al término de algún partido de fútbol.
En 1966, al poco tiempo de asumir Onganía, un grupo de delegados de Acindar, Acinfer y otros talleres chicos, impulsa un movimiento para constituir un sindicato para salir de la U.O.M. Nartallo, el secretario general ya venido a menos, no actuó con la suficiente energía y Vandor lo destituyó.
La asamblea constitutiva de este sindicato, realizada en el Sindicato de Obreros de la Construcción, no prosperó. Nuestra presencia fue decisiva. Debo señalar que la participación de Tito, de muchos militantes y un conjunto de trabajadores amigos, acordó el propósito de abortarla y así sucedió. El cuestionamiento al tipo de organización como la U.O.M. viene de lejos, la cuestión era que los comunistas la defendíamos «a muerte» en función de tener una sola organización por rama, industria, servicios, para servir a la «unidad de la clase obrera» y no romper la «C.G.T. única».
Los años por venir en esa década, serían intensos y de alto despliegue.
Con mucho sacrificio conseguimos formar la «C.G.T. de los Argentinos» Departamento Constitución. Tito jugó un papel  preponderante para su gremio, La Fraternidad. Potenció todas las luchas, elevó el nivel del protagonismo obrero y popular. Colocó en el centro de la escena la posibilidad cierta de producir verdaderas transformaciones sociales y políticas a favor de
la clase obrera y el pueblo, ayudó a que se piense que era posible concretar la revolución.
Puso en crisis, sin que lo viéramos, a la izquierda y en especial al Partido Comunista, por nuestro dogmatismo, y no supimos, por ese entonces, darle más cauce y conducir generosamente las ansias de participación principalmente de los jóvenes  conmovidos por el «Mayo francés», el «Cordobazo», los logros de la «Revolución Cubana», luchas victoriosas en diversos países de América Latina, la lección que nos daban los vietnamitas en su guerra contra el imperialismo yanqui, todos  acontecimientos que marcaban un punto de inflexión y que no logramos acopiar suficientemente para las profundas y necesarias transformaciones en nuestro país.
Todo esto para quienes militaban en Villa, con Tito y otros compañeros, cuando algunas «piedras» nos golpeaban al inicio de los ´90, recorriendo retrospectivamente los acontecimientos políticogremiales generados por los trabajadores de Acindar y las otras empresas metalúrgicas de la zona. Se puede afirmar que allí encontraremos la clave para dar respuesta al  interrogante, del por qué tanta militancia heroica que lo dio todo hasta su propia vida, protagonistas de luchas grandiosas, heroicas como el «Villazo», y que no se haya logrado mayores frutos. El problema de la unidad de los revolucionarios,
de la unidad con todos los marginados y agredidos por este sistema opresor subsiste hasta nuestros días.
Desde finales de la década del ´60 con motivo de acontecimientos ya mencionados, hay un hilo conductor que nos marca a fuego, que nos obliga a un mayor desafío y compromiso para aportar a resolver el drama de la izquierda y el campo popular en Argentina, de tener grandeza para alcanzar la unidad en la diversidad y que las diferencias no signifiquen un obstáculo para enfrentar al enemigo común, por el contrario, que nos sirva para enriquecernos. Nosotros podemos decir que el movimiento de la Lista Marrón, su programa original y accionar concreto, tuvo un acierto principal en lograr la unidad y participación de todas las organizaciones de izquierda.
Hasta el 20 de marzo de 1975 se avanzó en esa dirección, posteriormente con la detención de la mayoría de los dirigentes y activistas, la segunda línea que quedó al frente del Comité de Lucha no pudo resolver, ni quiso mantener el proyecto de trabajo inicial.
Valoro el trabajo de toda la izquierda y de muchos militantes no orgánicos que sobre llevaron los 60 días de huelga y la heroica resistencia posterior. Este trabajo de investigación, de documentos históricos, además de dejarnos una semblanza de una personalidad como la de Tito Martín, nos indicó la riqueza de los acontecimientos históricos que han dejado huellas y que aún, muchos con intenso protagonismo, no quieren que se vaya a fondo y tratan que las nuevas generaciones no lo tengan en cuenta, procuran que se hable a media voz y se referencie al «Villazo» como «la época de los quilombos».
Felizmente este libro de José Ernesto Schulman, reivindica un hito, una gesta popular, como testimonio vivo de análisis y clave para dilucidar muchos interrogantes, que quienes todavía «soñamos con la utopía de la revolución» tengamos al  compañero Tito como ejemplo a seguir y su posta la llevemos a la victoria.

No quiero concluir, sin antes rendir un cálido homenaje a compañeros que nos acompañaron y se jugaron con todo en ese periodo tan apasionante, especialmente las mujeres que formaron la Comisión de Familiares, como Irene, María, Lilú y otras, a mis compañeros de la comisión Directiva de la Unión Ferroviaria local, Rubén Acuña, Rodolfo Graf, Lezcano, Rogelio  Martín, Luis Turco y su compañera Norma, la familia Panchiarela, Guillermo Correa, Timoteo Martín, el Dr. Luis Tomasevich, abogado en el periodo más arduo y tantos otros que trabajaron en las más difíciles condiciones de clandestinidad.
Para todos ellos ¡Hasta la victoria siempre!

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