Crónicas de mi vida en La Habana
Mi ojo izquierdo es cubano.
Bueno, todo mi ojo no pero sí la córnea, sin la cual no podría ver.
En 1987, comencé a leer un discurso en un acto público grande, todavía en Rosario teníamos una fuerza propia apreciable y eran los tiempos felices del viraje comunista desde la espera eterna de “las condiciones subjetivas” a la decisión de ser protagonistas de la historia como estaba pasando en Cuba, en Nicaragua, en Colombia, en El Salvador y también en Guatemala.
Digo, comencé a leer porque el tiempo acordado eran pocos minutos y los discursos se aprobaban previamente en la dirección provincial del partido; comencé a leer y no pude. A pesar de que usaba lentes desde casi adolescente, no veía nada así que tuve que dejar el papel y hablar improvisando los pocos minutos que tenía.
Los oftalmólogos dijeron que tenía una enfermedad congénita (te dicen eso cuando no tienen ni idea de por qué ocurren esas cosas) llamada queratocono que más o menos anticipaba que la cornea se iría deformando como un globo que se levantara en un punto hasta estallar. Por un tiempo use unos lentes de contacto semi rígidos que aplanaban la córnea pero eran muy inestables y la córnea seguía deformándose.
La solución era un trasplante de córnea pero en la Argentina no se podían hacer porque no había ley de implantes y lo más común era importar corneas de Miami con un precio inaccesible y entonces tampoco tenía obra social, desde que salí de la cárcel en noviembre de 1977 era militante rentado, lo que equivalía a no tener casa, ni jubilación ni cobertura medica. Si algo no iba a ocurrir era que nos enriqueciéramos.
Pero teníamos un partido y el partido tenía a Cuba y Cuba era nuestro territorio libre para lo que sea. También para recuperar la vista.
Llegué a La Habana en julio de 1990 cuando la URSS estaba por implosionar y el mundo donde Cuba estaba inserto, como reacción al bloqueo yankee y la traición de América Latina, se hundía lenta pero irreversiblemente.
Desde mediados de los setenta, en Cuba se había ido asentando delegaciones permanentes de las fuerzas revolucionarias de toda América. No revelo ningún secreto si cuento que allí se producían los encuentros entre las insurgencias armadas de la Patria Grande y las embajadas de los países socialistas que colaboraban discretamente con la lucha popular de modo tal que se fue constituyendo una comunidad de representantes de diversas fuerzas lo que motivó a todas las otras a hacer lo mismo.
De hecho, el Partido Comunista de la Argentina tenía un espacio propio, muy cerca de la Plaza de la Revolución y del Palacio Presidencial que funcionaba como oficina y vivienda del representante, todavía recuerdo su ubicación: en un edificio construido por y para los trabajadores de la comunicación.
El departamento era tan cercano que desde una ventana se veía la propia Plaza de la Revolución, el memorial a Martí y las que se decía que eran las oficinas de Fidel; a la madrugada podías ver a las cuadrillas de seguridad revisar pulgada por pulgada las calles por donde circularía el jefe de la revolución, no eran locos, se dice que impidieron 346 intentos de asesinato.
Una de las vecinas del departamento había estado casada con un oficial del batallón de seguridad presidencial, que por la tensión solo estaban unos años en esa tarea y rotaban. En el edificio la compañera gozaba de un prestigio considerable.
Primero estuve asignado al hospital Pardo Ferrer, al que los cubanos con su humor caustico llamaban con el nombre de la primitiva fundación “de la ceguera” pero luego de unas semanas confesaron que la crisis de la URSS y el campo socialista los había dejado sin insumos quirúrgicos imprescindibles: bisturíes y anestesia específica; entonces Manolo (luego hablaré de él, un personaje de la revolución que fuera funcionario en la embajada cubana en Buenos Aires por muchos años) hizo esas gestiones secretas que tanto les gustaba y me trasladaron al Almeijeras.
La historia del Almeijeiras es guevarista. Por qué? Porque el maravilloso edificio había sido construido por los yankees para un banco y era de los mejores de La Habana. La revolución decidió que allí estuviera el Banco Central de Cuba pero tuvo la mala idea de designar al Che como su presidente. Cuando el nuevo presidente del Banco Central llegó al edificio estalló en gritos y exigió que semejante edificio sea para un hospital público y así fue
Llegue al Almeijeiras después del veinte de setiembre, me instalaron en una habitación doble muy bonita con ventana al Caribe y parecía que se habían olvidado de mi.
Hasta que en la noche del veintisiete para el veintiocho de setiembre, a eso de las tres de la madrugada vinieron a buscarme y me realizaron todo tipo de pruebas y estudios; a las siete cuando venía el desayuno el cirujano que me estaba visitando simplemente dijo: a José no porque ahora lo operamos y así fue.
Horas después despertaba de la anestesia total acostado en una camilla y entubado, junto con otros pacientes; con desesperación mis ojos buscaban ayuda hasta que una enfermera se acercó me dijo que todo había salido bien y que ya me sacaría el tubo.
Al rato paso el cirujano, me saco las vendas y comprobamos que veía de nuevo, pero que tendría unos meses de recuperación y cuidados para lo cual me quedaría en La Habana hasta fin de año. Pero de todo eso contaré en la próxima crónica
¿Por qué me acuerdo la fecha? Porque ese día, Fidel Castro explicaría al pueblo de Cuba que iniciaban el periodo especial en tiempos ´de paz, tan solo quince días después que el nuevo gobierno soviético (buehhh es un decir) de Gorbachov informara que cancelaba todos los acuerdos de colaboración incluidos los militares.
Durante unos tres meses, a pesar de que de un ojo ya no veía, había conocido la Cuba de los ochenta, casi en su máximo esplendor: había ido a comer helados a Coppelia, a escuchar el cañón de la fortaleza de San Carlos, tomado mojitos en La Habana vieja, recorrido el malecón mil veces y hasta trasladado en las guaguas, compraba en una proveeduría para técnicos extranjeros y conocido los pequeños negocios estatales que cubrían la cartilla gratuita, todo lo que en pocos días iría desapareciendo.
También había comenzado a conocer la revolución Cubana. Esa no se apagó y por ahora sigue viva. A pesar de todo

Deja un comentario