Raíces de Dignidad: Sangre, Patria y Soberanía
No es sólo el duelo lo que nos congrega. Es el rugido silencioso de la tierra cuando bebe la sangre de sus hijos más valientes. Es el estremecimiento de la historia al registrar, una vez más, que en esta Isla, frente al vientre del coloso, no hay sumisión que valga, no hay amenaza que doblegue, no hay luto que no se transforme en semilla de libertad.
Treinta y dos hogares cubanos amanecieron con un vacío que el universo no puede llenar. Treinta y dos sillas a las que ya no se sentará el hijo, el padre, el hermano, el compañero. No eran soldados anónimos en un campo lejano; eran guardianes de un principio sagrado, tallado a fuego en el alma de nuestros pueblos: la soberanía no se negocia, se defiende. Y la defendieron con el único acto irrevocable que existe, ofrendando sus vidas para impedir la más vil de las afrentas: el secuestro de la voluntad de un pueblo hermano, personificada en su presidente legítimo, Nicolás Maduro.
Esta no fue una operación militar cualquiera. Fue la “Operación Resolución Absoluta”, un nombre que pretende vestir de legalidad la más cruda expresión del imperialismo agonizante. Concebida en los despachos del poder en Washington y ejecutada por las fuerzas de élite de una nación que se cree dueña del mundo, esta acción no fue contra un hombre, sino contra la esencia misma de la autodeterminación. Fue una flecha envenenada lanzada contra el corazón de la Patria Grande, pensando que el miedo paralizaría nuestros corazones.
Se equivocaron.
Porque cada uno de esos treinta y dos combatientes era el fruto maduro de una familia cubana. En sus venas no corría sólo sangre; corría la memoria del Moncada, la tenacidad de Girón, la entereza de los años difíciles. En sus hogares se aprendió que la patria no es un mapa, es el abrazo solidario, es el compartir el pan escaso, es el defender al vecino como a uno mismo. Esa es la verdadera unidad, la que se forja no en la abundancia, sino en la resistencia. Esa unidad familiar, multiplicada por millones, es el muro de coral contra el que se estrellan todas las invasiones.
El patriotismo que ellos encarnaron no es un grito vano, ni una bandera para el espectáculo. Es el patriotismo del deber silencioso, del sacrificio consciente, del amor tan profundo por esta tierra que uno está dispuesto a morir por ella, para que otros puedan vivir en ella con dignidad. Su antimperialismo no es un eslogan, es una condición existencial. Es la consecuencia lógica de conocer al enemigo, de haber vivido bajo su bloqueo asfixiante, de haber visto sus promesas convertirse en miseria para los pueblos. Sabían, como lo sabemos todos, que el imperio no reconoce diálogos entre iguales; sólo entiende la firmeza inquebrantable y la dignidad erguida.
Hoy, su muerte no es derrota. Es una siembra. Su sangre, vertida en defensa de la soberanía de Venezuela —que es como decir en defensa de la soberanía de Cuba, de Nicaragua, de todos los que osamos pensar con cabeza propia—, riega las raíces del árbol de nuestra libertad. Esa libertad no es la que nos venden en paquetes de consumismo y olvido. Nuestra libertad es la de decidir nuestro destino, de construir nuestra justicia, de equivocarnos y levantarnos sin que una mano extranjera nos señale el camino. Es la libertad de ser, simplemente, dueños de nosotros mismos.
A las familias que lloran, el pueblo cubano les dice: no están solos. Su dolor es el nuestro. La caída de sus guerreros nos duele en el alma colectiva. Pero también les decimos: criaron héroes. En la modestia de sus casas, con el ejemplo diario de amor a la patria, forjaron el carácter de titanes. Esos treinta y dos nombres, que la historia grabará con letras de oro, son ahora la trinchera eterna desde la cual seguiremos combatiendo.
Que el mundo lo sepa, que lo oiga Washington: Cuba no tiembla. Cuba se enraíza. Cada acto de agresión, cada golpe bajo, cada vida arrebatada, no hace más que compactar nuestra unidad, afilar nuestra resolución y multiplicar nuestro compromiso con la lucha por un mundo multipolar donde la soberanía sea un derecho absoluto, no un privilegio del fuerte.
Desde la memoria luminosa de nuestros treinta y dos hermanos caídos, levantamos la bandera de la dignidad, manchada con su sangre sagrada, y juramos: ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!
Su sacrificio no será en vano. Porque mientras una familia cubana guarde en su altar la foto de un mártir, mientras un niño aprenda su nombre en la escuela, mientras el pueblo entero camine con la cabeza alta, la soberanía que defendieron estará a salvo. Y la libertad, esa por la que dieron todo, seguirá flameando, inquebrantable, en el horizonte de esta Isla invencible.
¡Honor y Gloria a nuestros mártires!
Gabriela García

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