Hace falta un compromiso público de los condidatos electorales a terminar con el Lawfare, liberar los presos políticos y avanzar sobre la Violencia estatal como parte de una agenda de urgencias en dd.hh.


El diez de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín asumía la presidencia de la Nación. Formalmente había terminado la dictadura más feroz de las muchas que habíamos sufrido en el siglo XX.  Formalmente había comenzado un nuevo período democrático en la Argentina.  Formalmente. 

Un principio jurídico (filosófico en verdad) de la Corte Suprema en 1930 iba a fortalecer el carácter formal, minimalista, instrumental del sistema político argentino: el principio de la continuidad jurídica por el cual no importa cómo se había llegado al gobierno o no importan las garantías constitucionales que se hayan vulnerado, todo acto gubernamental es válido y duradero en el tiempo.  Desde entonces todas las acciones dictatoriales con forma de ley tienen vigencia salvo que se legisle expresamente en contra.  Se sabe que la actual ley de entidades financieras es de Videla, todos saben que el sistema penitenciario es de Lanusse, el último de los dictadores de los 60?

La Reforma Constitucional de 1994 se realizó, básicamente,  para legitimar la reelección de Menem y garantizar que los cambios regresivos neoliberales de su gobierno tengan estatura constitucional.  Pero lo más grave es la continuidad impoluta del artículo 22 que le quita al pueblo la soberanía, antes proclamada,  para decir que no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes y estos al ser electos no firman contrato programático alguno ni realizan promesa formal alguna.

En estos días ha comenzado la campaña electoral con la designación de los candidatos para las supuestas elecciones internas de cada partido, mediadas por el estado y con sus reglas.  En todo el país es espectáculo es casi el mismo: cero debate programático, roscas y más roscas, ausencia total en el debate del pueblo sobre quiénes serán sus “representantes”.  Que el presidente del Partido Justicialista, Alberto Fernández, haya dicho de los primeros candidatos de Caba y la provincia de Buenos Aires, del Frente de Todos que Santoro es su amigo radical y que Tolosa Paz administró correctamente la tarjeta Alimentar cómo únicos antecedentes y diplomas, nos exime de más comentarios.  La presencia aquí y allá de compañeros dignos y luchadores no modifica el cuadro general: la democracia argentina no solo que no cumple la promesa primigenia de Alfonsín: con la democracia se come, se cura y se educa sino que transforma en un mecanismo de elección de autoridades cada vez más alejados del pueblo que ni siquiera hablan del hambre que hoy asola a millones de argentinos en el país del trigo y el pan; ni de los más de cien mil muertos que sufrimos por Covid19, 2322 argentinos muertos por millón de habitantes, diez veces más que la agredida Cuba que no llega a los 220 cubanos muertos por millón de cubanos y tampoco hablan de la casi destrucción del sistema educativo público que consumó el macrismo y que aún espera su reconstrucción.

La transformación del artículo 22 de la Constitución Nacional en una especie de mandato bíblico es tal que ni siquiera se permite el mínimo recurso de pedir la consulta popular, mecanismo que requiere de un Defensor del pueblo que a su vez no se elige desde diciembre de 2008 por falta de acuerdos y voluntad de las dos fuerzas mayoritarias que se han alternado en el gobierno.  En una especie de burla elitista: los representantes del pueblo no eligen al defensor del pueblo y de ese modo no permiten un mecanismo de consulta popular elemental. Mínimo.

Valga repetir, para las y los que alguna vez lo dijeron y hoy lo niegan con sus actos y sus cuerpos, que con presos  políticos no hay democracia y el tema del lawfare, la reforma judicial y la libertad de los presos no aparece por ahora como parte de la agenda.  Luego nos dirán que no legislan porque no hay consenso popular.  La declinación ética asume características cínicas mientras Milagro y otros treinta compañeros siguen privados de la libertad y mientras ellos sigan presos los gestos formales se corren al grotesco del que no se vuelve.

La Liga como tal no respalda candidato alguno pero puede construir junto a otres un movimiento de exigencia a los candidatos de un compromiso público y por escrito de que pondrán su banca para terminar con la infamia de esta Corte Suprema y el lawfare que ya afecta a todos los argentinos.  Con la altura moral de haber luchado contra todas las dictaduras y contra Macri tanto como otras y otros, haremos de esta exigencia nuestro modo de participar en la lucha contra las derechas de ayer y de hoy, de afuera y de adentro.  Somos la Liga, no soltamos la mano de nadie por razón algu

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