De regreso a La Cuarta


De regreso a La Cuarta

A mis hijos,

para que vivan en un país sin torturas

Yo conocí La Cuarta cuando era La Sexta.  Cuando solo era una seccional policial de barrio, situada frente a mi escuela primaria, la número cinco López y Planes, justo a la vuelta de mi casa casi en la esquina de Primera Junta y Bv Zavalla, frente al Mercado de Abasto. En Santa Fe, capital. O sea Santa Fe, la capital de Santa Fe, la provincia.

El Mercado de Abasto no existe más.  Tampoco la talabartería de la esquina, donde un viejo judío hacía de talabartero para los quinteros que traían sus carros a tracción a sangre. O sea que venían con sus caballos a pararse frente a mi casa, muy tarde a la noche para estar muy temprano con sus verduras frescas en el Mercado. Y tampoco está la semillería con sus barriles gigantes llenos hasta el borde.

Aunque digamos todo, tampoco está mi casa porque le pusieron una bomba en diciembre de1975,  la allanaron en marzo de 1976 y se lo llevaron preso a mi hermano Pablo y como yo estaba fugado y Cacho estaba en Rosario, Flora, mi mamá no le quedó otra que irse de esa casa que terminó malvendiendo por centavos a un hijo de puto que coordinaba con los Servicios de Inteligencia para pagarle menos. 

A La Sexta la conocí porque jugábamos al futbol en la calle, en la cortada que está entre Tucumán y Rioja, entre Bv Zavalla y San José, porque allí vivía mi amigo Jorge y a veces un policía gordito y petiso, de bigotes, rubio y bueno, nos llevaba hasta La Sexta para que mi mamá y la de Jorge nos tuviera que ir a buscar y nos dieran un reto.  Era todo.  También porque el fondo de mi casa daba a un centro de manzana que daba a los fondos de la comisaría y entonces siempre estaba el mito de que por la parecita del fondo apareciera un ladrón fugado de La Sexta.

A La Cuarta la conocí en octubre de 1976.  Ya era el centro policial de operaciones del Ejército que lo había elegido para depósito de secuestrados, tortura, interrogatorios, calificación según su destino final.  Sin ánimo de alegorías simplotas. En la celda que daba al patio estuve cuarenta días en octubre de 1976.  Resumamos.  Sin ropa para cambiarse ni colchón, el banco de hormigón de ahora no estaba.  Pasaron muchos por ahí pero casi siempre éramos cuatro o cinco.  Comíamos una vez al día lo que nos tiraban. Para tomar agua o ir al baño había que rogar por horas. A veces nos daban bola, a veces no.  Para mediados de noviembre mataron a Alicia López y creo que para finales me llevaron a la Guardia de Infantería, luego a Coronda, luego me liberaron y luego me volvieron a secuestrar y de vuelta a La Cuarta.  Noviembre pero ya de 1977.  Los que me torturaron era Rebechi, Ramos, Cabrera y González.   Rebechi murió, Ramos está condenado desde el 2009, Cabrera va a juicio en pocos días y Gonzales espera su turno, al fin detenido. 

Tengo fecha de testimonio el cuatro de abril. Quieren que les vuelva a contar lo que pasó en octubre de 1976 y en noviembre de 1977. Ya lo conté.  En 1999 declaré ante el Juez Garzón en Madrid porque aquí había impunidad absoluta. En el mismo año declaré ante el Consejo de la Magistratura que terminó demoliendo a Brusa de su cargo de Juez Federal. En el 2002 declaré ante un empleado de Brusa que seguía siendo el secretario del nuevo Juez Rodríguez. En el 2009 declaré en el juicio Brusa.  En el 2010 declaré en el juicio por Alicia López.  En el 2015 declaré varias veces en Instrucción.  Dos o tres veces hicimos reconocimiento judicial a la Cuarta.  Ahora hay una pared entre mi celda y el patio.  También taparon por donde nos metían en La Cuarta desde el Garage y otra pared para tapar el pasadizo que nos llevaba a una casa vecina donde nos torturaban. Paredes de ladrillo, cemento, cal, pintura, humedad, bichos, mierda.  Mierda con las paredes.

Ayer volví a La Cuarta. Ya no están los policías. Por primera vez desde que era la Sexta y luego la Cuarta.  Por primera vez en tantos años de dictadura y tantos años de democracia no hay policías. Se fueron y un vecino pregunta por qué no están porque tiene miedo que le roben las plantas, o el televisor. Me da igual.  A nosotros nos robaron a Alicia y no nos quejamos.  Luchamos que no es lo mismo.  Luchamos en las brutales condiciones de La Cuarta cuando le celebramos el cumpleaños de Alicia y cantamos en silencio.  Luchamos cuando cayó la dictadura y entró la Conadep. Luchamos cuando íbamos a señalizar y la señorita directora de la Escuela Número Cinco, de la que soy ex alumno, nos prohibió conectar un equipo de sonido a un enchufe.  Pero  no nos quejamos.   Y ahora me saco una foto en la misma celda con el secretario de derechos humanos de la provincia de Santa Fe que para mi es el hijo de Alberto Molinas cuya casa volada por una bomba en 1975 anticipó la bomba que me iba a volar la mía.  Publio me hace escuchar en su teléfono un video, es su papá hablando luego de una entrevista con Perón, la famosa entrevista última de Montoneros con Perón, y me dice que recién ahora le dieron este video y que es la primera vez en su vida que escucha la voz de su papá que no es el papá de ningún funcionario sino de este hombre que sin llorar llora y se sienta a mi lado en mi celda y los dos miramos una cámara que saca la foto que ustedes ven.

No es mucho pero es el pedazo de felicidad que, por ahora, supimos conseguir.

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