La vigencia de José Carlos Mariategui para pensar la Argentina.


Apuntes sobre el nacionalismo revolucionario y el populismo posibilista.    

Anexo:  “Punto de Vista  Antimperialista” 

un texto de 1929, central en su pensamiento

Uno.

En uno de los libros más poéticos de política revolucionaria, “Un libro rojo para Lenin”, el salvadoreño Roque Dalton –gran poeta y militante revolucionario – se interroga sobre el Lenin que necesitaba su generación.

Pensaba  que habiendo muchos Lenin al que acudir, y muchos usos  del legado leninista; en contradicción al criterio dominante en la mayoría de los partidos comunistas de la región que elegían al Lenin del “Dos Tácticas de la Socialdemocracia en la revolución democrática”, él convocaba a estudiar el de las “Tesis de Abril” y la preparación de la conquista del poder mediante una insurrección armada organizada por las asambleas obreras, campesinas y de soldados.

Contra el Lenin utilizado perversamente para justificar la concepción reformista de la “revolución por etapas” (primero la revolución democrática burguesa y luego la socialista) y aún, contra el empecinamiento en descartar la vía revolucionaria de conquista del poder, Roque convocaba al “otro” Lenin, al de la ofensiva revolucionaria contra el poder burgués corrompido y la implantación de la “dictadura del proletariado” como modo de acceso al inicio de  la revolución socialista.

El Lenin que va contra la corriente y desafía los límites de lo posible y al que con sentido de admiración recuerda  Mariategui: “A Lenin se le atribuye una frase que enaltece Unamuno en su “La agonía del cristianismo”: la que pronunciara una vez, contradiciendo a alguien que le observaba que su esfuerzo iba contra la realidad: Tanto peor para la realidad! El marxismo, donde se ha mostrado revolucionario –vale decir donde ha sido marxismo- no ha obedecido nunca a un determinismo pasivo y rígido”[1]

Y es que sacado de contexto histórico, despegado de las visiones y estrategias políticas, fragmentado a elección del consumidor, hasta Lenin puede ser transformado en un pacífico posibilista útil para cualquier dogmatización.

También José Carlos Mariategui, el genial peruano que se enfrentó con la hegemonía del Secretariado Latinoamericano de la Internacional Comunista en los debates de la Conferencia de Partidos Comunistas de Sudamérica realizada en junio de 1929 puede ser transformado en un pacífico indigenista o un romántico crítico literario, ocultando que desarrolló su obra teórica y práctica en frontal enfrentamiento con la oligarquía peruana, sus escribas y políticos integrados al gobierno del dictador Lerguía (gobernó entre 1919 y 1930, casi toda la vida política de José Carlos); y especialmente con una variante política hoy en extinción, el Aprismo de Haya de la Torre[2], pero que representó una corriente de pensamiento, el populismo posibilista, de plena vigencia aún en Nuestra América.

Porque si es cierto que la obra de Mariategui es vasta, intensa y fructífera, a pesar del corto periodo de producción teórica y política,  que va desde su regreso en marzo de 1923 de Europa, hasta la fecha de su deceso el 16 de abril de 1930; e incluye estudios históricos, económicos, literarios y hasta antropológicos, toda su producción debe ser interpretada y comprendida desde su cosmovisión marxista y proyecto político comunista, como él mismo afirma en sus ensayos sobre literatura: “Mi testimonio es convicta y confesamente un testimonio de parte.  Todo crítico, todo testigo, cumple consciente o inconscientemente, una misión….Mi crítica renuncia a ser imparcial o agnóstica…Declaro sin escrúpulo, que traigo a la exégesis literaria todas mis pasiones, e ideas políticas…”[3] y al final de las tesis antimperialistas que envía a la Conferencia Comunista de 1929 (Montevideo) dirá con admirable precisión que “…somos antimperialistas porque somos marxistas, porque somos revolucionarios, porque oponemos al capitalismo el socialismo como sistema antagónico, llamado a sucederlo, porque en la lucha contra los imperialismos extranjeros cumplimos nuestros deberes de solidaridad con las masas revolucionarias de Europa[4] contradiciendo al aprismo y toda la tradición nacional y popular que pensaban lo nacional primero y separado de la cuestión social,  definición esta que se puede pensar como el hilo conductor de sus estudios y polémicas tanto como de sus actos prácticos entre los que se incluyen la dirección de las revista “Amauta” y el quincenario obrero “Labor”, y sobre todo la fundación de la “Confederación General de los Trabajadores del Perú” y del “Partido Socialista del Perú”, matriz político/cultural de buena parte de la izquierda peruana del siglo XX y aún de la actual.

Dos

En el prologo que Aníbal Quijano escribe a los Siete Ensayos para Biblioteca Ayacucho dice que “Mariategui no fue ciertamente ni el primero ni el único que antes de 1930, contribuyó a la introducción del marxismo en América Latina, y a la educación y organización política de la clase obrera de estos países dentro del socialismo revolucionario.  En la misma época, actuaban Recabarren en Chile, Codovilla y Ponce en Argentina, Mella en Cuba, Pereyra en Brasil y las primeras ideas marxistas ya habían comenzado antes a circular en pequeños cenáculos en México, a través de Rhodakanaty y otros.  Inclusive, algunos de ellos, pudieron quizás, acceder a un conocimiento intelectual del marxismo más elaborado que el de Mariategui.  ¿Por qué, entonces, cuando todos los demás sólo pueden ser estudiados ante todo por razones históricas, Mariategui sigue vigente?  ¿Por qué, no obstante las insuficiencias y las incongruencias de su formación de pensador marxista, ocupa un lugar decisivo en nuestro actual debate?, pregunta que el mismo contesta más adelante: “al hecho de haber sido, entre todos los que contribuyeron a la implantación del marxismo en la América Latina de su tiempo, el que más profunda y certeramente logró apropiarse –y no importa si del modo más intuitivo que sistemático y elaborado o cruzado con preocupaciones metafísicas- aquello que, como Melis apunta “confiere un valor auténticamente científico al marxismo”. Esto es su calidad de marco y punto de partida para investigar, conocer, explicar, interpretar y cambiar una realidad histórica concreta, desde adentro de ella misma en lugar de ceñirse a la “aplicación” del aparato conceptual marxista como una plantilla clasificatoria y nominadora, adobada de retórica ideológica, sobre una realidad social determinada.”

Quisiera arrancar señalando algo obvio pero que demasiadas veces se deja de lado: Mariategui era un revolucionario marxista de principios del siglo XX impactado rotundamente por el triunfo de la primera revolución socialista y la hegemonía leninista en el movimiento comunista; el mismo que escribió para la declaración de principios del Partido Socialista: “La ideología que adoptamos es la del marxismo-leninismo militante y revolucionario, doctrina que aceptamos en todos sus aspectos: filosófico, político y económico social. Los métodos que sostenemos y propugnamos son los del socialismo revolucionario y ortodoxo”

Es por ello que los debates que mantiene con el Secretariado Sudamericano de la Internacional Comunista en el marco de la Primera Conferencia de Partidos Comunistas de junio de 1929, a la que no puede asistir por razones de salud, es un debate entre pares, entre revolucionarios que buscan los mejores caminos para abrir paso a la revolución socialista y no entre enemigos ideológicos algunos de los cuales serían marionetas a control remoto, como algunos se empeñan en presentar[5].

¿Qué es lo que se discute en la reunión de 1929?  El carácter de la revolución en América Latina, democrática burguesa o socialista; el rol de la burguesía nacional en el frente antimperialista; el sujeto social de la revolución en Latinoamérica, incluido el tema de la clase obrera, los campesinos y los pueblos originarios;  el modo de organización del partido de los revolucionarios y la política de alianzas que se debe desplegar, la relación entre los comunistas y los antimperialistas ante la formación del APRA de Víctor Haya de la Torre que comenzó siendo una alianza antimperialista y se había transformado en un partido antimperialista del tipo movimiento en una anticipación andina, específica si, pero esencialmente similar al peronismo de los sesenta. Casi todo lo que discutimos hoy y que algunos denominan, con poca precisión conceptual, “socialismo del siglo XXI”, como si no fueran los mismos debates de finales del siglo XIX y de todo el siglo XX.

Tres

Mariategui presenta en dicho evento dos ponencias que, por la proximidad con su muerte (solo diez meses antes de ella) pueden considerarse  su pensamiento más maduro y complemento armónico de los ”Siete Ensayos de Interpretación de la realidad peruana”, su obra culmine sin dudas: uno es “El problema de las razas en América Latina” y el otro es “Punto de Vista Antimperialista”.

En la primera de ellas expone un balance lapidario sobre la colonización española y su supuesto progreso histórico: “La colonización de la América Latina por la raza blanca no ha tenido en tanto, como es fácil probarlo, sino efectos retardatarios y deprimentes en la vida de las razas indígenas.  La evolución natural de éstas ha sido interrumpida por al opresión envilecedora del blanco y del mestizo”[6]  para luego definir desde una visión clasista la dimensión económica/social de la cuestión: “Llamamos problema indígena a la explotación feudal de los nativos en la gran propiedad agraria”  y denunciar el rol de las clases propietarias: “Los elementos feudales o burgueses, en nuestros países, sienten por los indios, como por los negros y mulatos, el mismo desprecio que los imperialistas blancos.  El sentimiento racial actúa en esta clase dominante en un sentido absolutamente favorable a la penetración imperialista.  Entre el señor o el burgués criollo y sus peones de color, no hay nada de común.  La solidaridad de clase se suma a la solidaridad de raza o de prejuicio, para hacer de las burguesías nacionales instrumentos dóciles del imperialismo yanqui o británico.

Y lejos de cualquier idealización, aunque más lejos de la subestimación de las posibilidades de la liberación de los indios afirma: “Las posibilidades de que el indio se eleve material e intelectualmente dependen del cambio de las condiciones económico-sociales.  No están determinadas por la raza sino por la economía y la política.  La raza, por sí sola, no ha despertado ni despertaría al entendimiento de una idea emancipadora.  Sobre todo, no adquiriría nunca el poder de imponerla y realizarla” por lo que propugna la incorporación de los indios a la lucha revolucionaria a pesar de que “La barrera del idioma se interpone entre las masas campesina indias y los núcleos obreros revolucionarios de raza blanca o mestiza.  Pero a través de propagandistas indios, la doctrina socialista, por la naturaleza de sus reivindicaciones, arraigará prontamente en las masas indígenas” porque él piensa que “El realismo de una política socialista segura y precisa en la apreciación y utilización de los hechos sobre los cuales le toca actuar en estos países, puede y debe convertir el factor raza en factor revolucionario”

Y concluye la ponencia con un pronostico que hoy se pone a prueba en Bolivia, en Ecuador y en el mismo Perú: “Una conciencia revolucionaria indígena tardará quizás en formarse; pero una vez que el indio haya hecho suya la idea socialista, le servirá con una disciplina, una tenacidad y una fuerza, en la que pocos proletarios de otros medios podrán aventajarlo”

Por este enfoque sobre la cuestión indígena, y su valoración del comunismo primitivo de los incas, Mariategui va a ser acusado de romántico, en el sentido peyorativo de buscar en un pasado, imposible de retornar, la solución a los problemas actuales.

Lamentablemente, ese fue el enfoque que prevaleció entre nosotros a pesar de esfuerzos aislados. Alguno de los marxistas más importantes de la Argentina llegó a escribir, “por suerte, no hay entre nosotros población aborigen” dando por cierta la leyenda creada por la oligarquía que la inmigración europea ocupó aquí el lugar del vacio, cometiendo dos errores: a) “naturalizar” la colonización europea del país y b) ignorar que persistían importantes grupos de sobrevivientes de los pueblos originarios, que durante décadas se hicieron invisibles por razones de discriminación, ocultamiento y comprensibles estrategias de sobrevivencia.

Y no se piense que el problema afectó solo a la tradición marxista: ¿quién sabe de la rebelión de los mocovies santafecinos conocida como el “último Malón” ocurrida en la localidad de San Javier en 1904 o de la masacre de los Pilagas en 1947 (zona de Las Lomitas, Formosa) perpetrada por fuerzas represivas nacionales, cuando el propio Perón era presidente de la Nación y jefe de las Fuerzas Armadas?; los pueblos originarios han sido subestimados, borrados de la historia cultural y sobre todo, ocultadas sus luchas de resistencia hasta hoy mismo que el progresismo nacional y popular presta más atención a los esfuerzos igualitarios en Bolivia o Ecuador que a la lucha de la comunidad Qom por sobrevivir bajo un gobierno, el de Formosa a cargo de Gildo Insfran, que se proclama peronista y sostenido por el gobierno nacional.

Y es que si el pensamiento marxista estaba inficionado de eurocentrismo, positivismo y economicismo dogmático; el nacionalismo nativo nació en reacción al “aluvión inmigratorio” de principios del siglo XX y tuvo, casi por “lógica” consecuencia, una primera versión hispanista, defensora de los orígenes, sin percibir que esos “orígenes” incluían, nada menos que el genocidio de los pueblos originarios y la descalificación en bloque de las culturas de esos pueblos.

Prestemos atención a esta peculiaridad del nacionalismo argentino: no nace en lucha contra el imperialismo o el colonialismo, sino más bien en defensa del primero de los dominadores, el Estado Imperial Español, y será mucho después que de su seno surgirá una corriente antimperialista y revolucionaria, a la que costará mucho superar totalmente su origen ideológico; e aquí la base teórica de algunos procesos casi incomprensibles como el paso de militantes de una organización nacionalista de derechas como era Tacuara a las Juventudes Peronistas de las Regionales y los Montoneros; o viceversa, como vivimos dolorosamente con tantos ex militantes montoneros que “sirvieron” al menemismo[7].

Pero volvamos un momento al “romanticismo” de Mariategui. Michel Lowy en un estudio del marxismo romántico publicado en la revista “América Libre” de abril de 1993,  hace una defensa del carácter revolucionario de este romanticismo.

Caracteriza al romanticismo como la crítica de la sociedad burguesa moderna a partir de valores sociales, culturales, éticos, estéticos o religiosos precapitalistas y reconoce en él un amplio rango de variedades desde el conservador al revolucionario.  Afirma que los propios Marx y Engels son  parte de dicha tradición al concebir el comunismo moderno como el restablecimiento de ciertos rasgos de las comunidades primitivas, por supuesto que en las nuevas condiciones del desarrollo social y económico.

En una carta de Marx a Vera Zasúlich, en 1881, se afirma que la abolición del capitalismo significará el regreso de las sociedades modernas al tipo “arcaico” de propiedad comunal, …..un renacimiento del tipo de sociedad arcaico bajo una forma superior.

Lowy afirma que desde fines del siglo XIX hay dos tendencias en el marxismo: una es la corriente positivista y evolucionista de  Plejanov, Kautsky, la  IIº y la IIIº internacional bajo la hegemonía de Stalin, en la que se piensa al socialismo como continuación y coronamiento de la civilización industrial burguesa desde un determinismo que mucho tiene de positivismo.

La otra es la romántica revolucionaria que critica las ilusiones del progreso y formula una dialéctica utópica revolucionaria.  Mariategui y el Che, dos de los máximos exponentes del marxismo latinoamericano se inscriben nítidamente en dicha tradición.

Aquí el Socialismo no es ya la continuación hasta el fin de la revolución burguesa prometida por los jacobinos franceses de 1789 y los patriotas americanos de 1810, y jamás cumplida sino el modo histórico concreto de alcanzar la liberación nacional, conquistar la dignidad humana y distribuir de un modo justo las riquezas que la sociedad produce.

No es un modo de producción sino una nueva civilización, su fuerza motriz fundamental no son las fuerzas productivas sino las subjetivas: el hombre nuevo en el Che y el mito revolucionario en Mariategui.

Lo que más neta y claramente diferencia en esta época a la burguesía y al proletariado es el mito. La burguesía no tiene ya mito alguno. Se ha vuelto incrédula, escéptica, nihilista. El mito liberal renacentista, ha envejecido demasiado. El proletariado tiene un mito: la revolución social. Hacia ese mito se mueve con una fe vehemente y activa. La burguesía niega; el proletariado afirma. La inteligencia burguesa se entretiene en una crítica racionalista del método, de la teoría, de la técnica de los revolucionarios. ¡Qué incomprensión! La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual. Es la fuerza del Mito. La emoción revolucionaria, como escribí en un artículo sobre Gandhi, es una emoción religiosa. Los motivos religiosos se han desplazado del cielo a la tierra. No son divinos; son humanos, son sociales[8]

En una tradición, el socialismo es punto de llegada, en la otra es punto de partida.  En una es la culminación natural de un proceso histórico basado en contradicciones económicas; en otra es el resultado de la voluntad organizada de los oprimidos y humillados o como decía Mariategui: “creación heroica de los pueblos”; al uno se lo “espera” pues “vendrá”, al otro se lo inventa con acciones audaces que casi siempre parece alocadas y condenadas al fracaso como el ataque al Moncada o el desembarco en Bahía de los Cochinos.

Si la derrota del “socialismo estatalista” en que devino la Revolución Rusa, paradigma de la primera tradición,  pone en crisis la concepción determinista; la crisis del capitalismo real del siglo XXI, la crisis de los vencedores en la guerra fría y la emergencia de un movimiento revolucionario latinoamericano con fuerte componente social de pobres y pueblos originarios, de identidad nacionalista y latinoamericano, antimperialista y anticapitalista, le da más vigencia que nunca a la segunda tradición, en la que se puede inscribir el pensamiento de Guevara y Mariategui como bien analiza el pensador cubano Fernando Martínez Heredia[9] al considerar que las dos tradiciones culturales del marxismo se corresponden con dos modelos prácticos de construir el socialismo desplegados en el siglo XX, con dos opciones que se abren ante los revolucionarios.

La primera es un socialismo que pretende cambiar totalmente el sistema de relaciones económicas, mediante la racionalización de los procesos de producción y de trabajo, la eliminación del lucro, el crecimiento sostenido de las riquezas y la satisfacción creciente de las necesidades de la población. Se propone eliminar el carácter contradictorio del progreso, cumplir el sentido de la historia, consumar la obra de la civilización y el ideal de la modernidad. Su material cultural previo han sido tres siglos de pensamiento avanzado europeo, que aportaron los conceptos, las ideas acerca de las instituciones guardianas de la libertad y la equidad, y la fuente de creencias cívicas de Occidente. Este socialismo propone consumar la promesa incumplida de la modernidad, introduciendo la justicia social y la armonía universal. Para lograrse, necesita un gran desarrollo económico y una gran liberación de los trabajadores, hasta el punto en que la economía deje de ser medida por el tiempo de trabajo. Bajo este socialismo la democracia sería puesta en práctica a un grado muy superior a lo logrado por el capitalismo, aun por sus proyectos más radicales.  Libertades individuales completas, garantizadas, instituciones intermedias, contrapesos, control ciudadano, extinción progresiva de los poderes. En una palabra, toda la democracia y toda la propuesta comunista de una asociación de productores libres. Su presupuesto es que al capitalismo no le es posible racionalmente la realización de aquellos fines tan altos: solo el socialismo puede hacerlos realidad.

La otra manera de entender el socialismo ha sido la de conquistar en un país la liberación nacional  y social, derrocando al poder establecido y creando un nuevo poder, ponerle fin al régimen de explotación capitalista y su sistema de propiedad, eliminar la opresión y abatir la miseria, y efectuar una gran redistribución de las riquezas y de la justicia. Sus prácticas tienen otros puntos de partida. Sus logros fundamentales son el respeto a la integridad y la dignidad humana, la garantía de alimentación, servicios de salud y educación, empleo y demás condiciones de una calidad de la vida decente para todos, y la implantación de la prioridad de los derechos de las mayorías y de las premisas de la igualdad efectiva de las personas, más allá de su ubicación social, género, raza y edad. Garantiza su orden social y cierto grado de desarrollo económico y social mediante un poder muy fuerte y una organización revolucionaria al servicio de la causa, honestidad administrativa, centralización de los recursos y su asignación a los fines económicos y sociales seleccionados o urgentes, búsqueda de relaciones económicas internacionales menos injustas y planes de desarrollo. Este socialismo debe recorrer un duro y largo camino en cuanto a garantizar la satisfacción de necesidades básicas, la resistencia eficaz frente a sus enemigos y a las agresiones y atractivos del capitalismo, y enfrentar las graves insuficiencias emergentes del llamado subdesarrollo y de los defectos de su propio régimen. Al mismo tiempo que realiza todas esas tareas y no después debe fundar instituciones y cultura democráticas, y un estado de derecho. En realidad está obligado a crear una nueva cultura diferente y opuesta a la del capitalismo.

En el ambiente del primer socialismo se privilegia la significación burguesa del Estado, la nación y el nacionalismo: se les condena como instituciones de la dominación y la manipulación. En el ambiente del segundo, la liberación nacional y la plena soberanía tienen un peso crucial porque la acción y el pensamiento socialistas han debido derrotar al binomio dominante nativo-extranjero, liberar las relaciones y las subjetividades de sus colonizaciones, y arrebatarle a la burguesía el control del nacionalismo y el patriotismo. Para el segundo socialismo es vital combinar con éxito las ansias de justicia social con las de libertad y autodeterminación nacional. El poder del Estado le es indispensable, sus funciones aumentan fuertemente y su imagen crece mucho, a veces hasta grados desmesurados.

Las profundas diferencias existentes entre el socialismo elaborado en regiones del mundo desarrollado y el producido en el mundo al que avasalló la expansión mundial del capitalismo han conducido durante el siglo XX a grandes desaciertos teóricos y políticos, y a graves desencuentros prácticos”[10].

Es que la cuestión nacional tuvo, y tiene, un significado para los países centrales y otro para los países periféricos (Rusia era el centro del Imperio Zarista, Uzbequistán era una región periferica y colonizada por los rusos; durante algún tiempo, de diversos modos, la cuestión se pudo manejar hasta que estalló como parte del derrumbe del modelo sovietico). Ese era uno de los debates del 29 y fue uno de los debates y motivo de desencuentros durante todo el siglo XX: la cuestión nacional por encima de la revolución socialista? la revolución socialista negando la cuestión nacional? las corrientes nacionalistas antimperialistas contra las socialistas?

Será la Revolución Cubana la que resuelve dialecticamente la contradicción al resolver la cuestión nacional desde una revolución socialista y logrando identificar la nación con el poder revolucionario; sin socialismo no hay cubanidad, dicen. Pero pocos entendieron el mensaje de la Revolución Cubana en el siglo XX, ni siquiera algunos de los que murieron en su nombre.

Mucho se ha escrito de la batalla de Mariategui contra el “positivismo”, que se fundamenta en que éste fue utilizado como discurso justificador –en nombre del progreso y la modernización- del sistema de dominación liberal burgués del dictador peruano Leguía (1919/1930) que él sufrió en carne propia durante casi toda su vida política activa, y en lucha contra quien apeló a todas las armas disponibles, incluidas algunas extraídas del “idealismo”[11] del mismo Bergson o de Sorel, pero nosotros queremos destacar el perfil anti  posibilista de su batalla contra el positivismo.

Merece destacarse que así como la izquierda marxista de principios de siglo estuvo fuertemente inficionada por el positivismo y el liberalismo, desde la derrota estratégica de 1976 la izquierda ha estado afectada fundamentalmente por el posibilismo que nos ha golpeado en cuatro oleadas: la del “Alfonsinismo” de 1983/89, la de la supuesta Renovación del peronismo de 1987, la del Chachismo de 1994/2001 y la de quienes hoy pretenden que los cambios logrados en el periodo de gobierno de los Kirchner, no son el piso para un proceso de cambios, sino el máximo horizonte de los cambios “posibles”.

El posibilismo, la reverencia hacia la correlación de fuerzas, el apego a la disputa al interior del Estado sin ambición de destruirlo para refundarlo como un nuevo estado/no estado, la creencia en que en algún lugar utópico existe un camino distinto al del socialismo y al del capitalismo sigue siendo la principal limitación política para los procesos de cambios en América Latina; para ese debate convocamos al peruano José Carlos Mariategui.[12]

Cuatro

Veamos: en su “Punto de Vista Antimperialista” afirma ”…las burguesías nacionales, que ven en la cooperación con el imperialismo la mejor fuente de provechos, se sienten lo bastante dueñas del poder político para no preocuparse seriamente de la soberanía nacional…y que por ello…no tienen ninguna predisposición a admitir la necesidad de luchar por la segunda independencia” como sostenían el A.P.R.A. de Haya de la Torre y la Internacional Comunista.

Se niega a aceptar el tratamiento de Nuestra América con el molde de las colonias asiáticas o africanas como propone el Secretariado Sudamericano por medio de Humbert Droz: “Los países de América Latina, a pesar de su independencia política formal, son países semi-coloniales los cuales deben ser examinados del punto de vista de nuestra táctica en los países coloniales y semi-coloniales ” por lo  que el “el movimiento revolucionario en América Latina puede ser caracterizado como una revolución campesina y antiimperialista ” y que en consecuencia “ entra en la categoría de lo que se ha convenido en llamar una revolución democrático burguesa ”.

Mariategui responde: “Pretender que en esta capa social prenda un sentimiento de nacionalismo revolucionario, parecido al que en condiciones distintas representa un factor de lucha antiimperialista en los países semi-coloniales avasallados por el imperialismo en los últimos decenios en Asia, sería un grave error”

“El antimperialismo, admitido que pudiese movilizar al lado de las masas obreras y campesinas, a la burguesía y pequeña burguesía nacionalistas (ya hemos negado terminantemente esa posibilidad) no anula el antagonismo entre las clases, no suprime su diferencia de intereses….El asalto del poder por el antimperialismo, como movimiento demagógico populista, si fuese posible, no representaría nunca la conquista del poder por las masas proletarias, por el socialismo”

Enfrenta decididamente la concepción de que hay que completar el desarrollo capitalista en América Latina que, por ejemplo, se defendía en el Partido Comunista Argentino todavía en 1942 del siguiente modo: “Nosotros, comunistas, estamos dispuestos a no plantear ninguna demanda política o social que trabe o impida el desarrollo libre y progresista del capitalismo.  Por desarrollo progresista entendemos un desarrollo que impulse y vivifique los recursos naturales del país y que tome en consideración sus intereses y, en particular los de su población laboriosa” en palabras de su secretario Gerónimo Arnedo Alvarez.

Por el contrario, en 1929 Mariategui piensa que  “La creación de la pequeña propiedad , la expropiación de los latifundios, la liquidación de los privilegios feudales, no son contrarios  a los intereses del imperialismo, de un modo inmediato.  Por el contrario, en la medida en que los rezagos de feudalidad entraban en el desenvolvimiento de una economía capitalista, ese movimiento de liquidación de la feudalidad, coincide con las exigencias del crecimiento capitalista, promovido por las inversiones y los técnicos del imperialismo: que desparezcan los grandes latifundios, que en su lugar se constituya una economía agraria basada en lo que la demagogia burguesa llama la “democratización” de la propiedad del suelo , que las viejas aristocracias se vean desplazadas por una burguesía y una pequeña burguesía más poderosa e influyente –y por lo mismo más apta para garantizar la paz social- nada de esto es contrario a los intereses del imperialismo”.

Y saca conclusiones política sobre todas estas diferencias teoricas, al analizar la ruptura del APRA: “La divergencia fundamental entre los elementos que en el Perú aceptaron en principio el A.P.R.A. – como un plan de frente único, nunca como partido y ni siquiera como organización en marcha efectiva y los que fuera del Perú la definieron luego como un Kuo Min Tang latinoamericano, consiste en que los primeros permanecen fieles a la concepción económico-social revolucionaria del antimperialismo, mientras que los segundos explican así su posición: “Somos de izquierda (o socialistas) porque somos antimperialistas”. El antimperialismo resulta así elevado a la categoría de un programa, de una actitud política, de un movimiento que se basta a sí mismo y que conduce, espontáneamente, no sabemos en virtud de qué proceso, al socialismo, a la revolución social. Este concepto lleva a una desorbitada superestimación del movimiento antimperialista, a la exageración del mito de la lucha por la “segunda independencia”, al romanticismo de que estamos viviendo ya las jornadas de una nueva emancipación.

De aquí la tendencia a reemplazar las ligas antimperialistas con un organismo político. Del A.P.R.A., concebida inicialmente como frente único, como alianza popular, como bloque de clases oprimidas, se pasa al A.P.R.A. definida como el Kuo Min Tang latinoamericano”

En estos parrafos se plantean varios de los temas que han vuelto al debate de la izquierda latinoamericana: existe la burguesía nacional?, en caso de existir, tiene esta potencialidades revolucionarias o al menos reformistas, digo, es capaz de ser sujeto de un modelo de desarrollo autonomo como postulan los Kirchner? y finalmente, “at last but not least”, por último pero no menos importante, la cuestión de la forma organizativa que debería adoptar la lucha antimperialista, o reformista, o por espacios de autonomía regional, o para superar el neoliberalismo fundamentalista y la impunidad más grosera, que son cuestiones políticas no iguales pero asimilables en cuanto al tema en debate: frente de liberación nacional y social, u antimperialista o un partido político que resuma el proyecto nacional de liberación en sí mismo, cuestión esta que estuvo en el centro del debate entre la izquierda marxista y la izquierda peronista en los setenta, y que hoy vuelve en la discusión ante el Kirchnerismo y sus infinitas variantes así como de infinitas son las posiciones de la izquierda marxista ante la cuestión.

Empecemos por aclarar que el concepto de “burguesía nacional” es una categoría política y no económica, al menos no de la economía política fundada en la tradición marxista para quien la burguesía es una clase social que no se define por los límites nacionales del mercado (si hubiera límites nacionales al mercado, puesto que desde la misma conquista de América el mercado tiende a ser universal, globalizado como gustan decir los intelectuales del sistema).  La idea política es que pudiera haber o que hubo un sector de la burguesía enfrentado a la dominación extranjera que se suma a la lucha por la independencia nacional, cumpliendo funciones revolucionarias por un periodo. El mismo Mariategui, pensaba que tal posibilidad podría haber existido en la Argentina (ver en las tesis antimperialistas que reproducimos más abajo) pero que de ningún modo en el Perú y buena parte de América Latina. Pero los mismos argumentos que él utiliza para el Perú son perfectamente aplicables para la Argentina, como veremos.

La  “burguesía nacional” argentina, tiene su origen en la formación de un grupo social que se convierte en dominante desde su situación de privilegio en la relación con la propiedad de los medios de producción fundamentales, la tierra y el comercio al momento de la Colonia.  La tierra la obtuvieron del Rey que “repartía” lo que no era suyo, puesto que eran tierras arrebatadas a los pueblos originarios, operación que se repitió luego con la rapiña originada en la llamada Campaña del Desierto y con el comercio, que se ejercía transgrediendo el orden colonial que decretaba el monopolio español sobre nuestros mercados; se hacía en coordinación con los piratas que operaban por orden y a cuenta de los comerciantes ingleses.

Esa burguesía nacional apoya por mero interés económico las tareas de la primera Independencia Nacional para frustrarla consolidando su alianza con el Imperio Inglés (que reemplazó al español como poder global desde la batalla de Trafalgar en la que obtuvo la hegemonía naval y con ella el control del comercio mundial). Su único proyecto de país fue el país agro exportador, modelo exitoso para la burguesía y trágico para los pueblos originarios, asesinados en su beneficio, de los inmigrantes superexplotados por los dueños de la tierra y los burgueses urbanos que los encierran en conventillos y los someten a formas de trabajo cuasi esclavistas como lo revela el Ingeniero Bialet Masse en el primer informe social de la Argentina en 1904[13] y su idea de la “liberación nacional” se puede constatar en la famosa frase del sobrino del genocida General Roca al celebrar el pacto comercial con el reino de la Gran Bretaña: “La Argentina es la joya más preciada de su graciosa majestad” (1930).

La llamada burguesía nacional se ha adaptado funcionalmente a los cambios habidos en el capitalismo argentino según los modelos desplegados: agro exportador liberal de 1890 a 1930; el mismo modelo pero con intervención estatal hasta 1945 y de allí en adelante un modelo que privilegiaba el consumo por diversos modos de estimulo a la producción y el consumo: el distribucionista hasta 1955, el desarrollista con inversiones extranjeras en la industria liviana para finales de los 50, la extranjerización de la economía a mediados de los 60 y el neoliberal desplegado a pleno con Menem pero fundado por Videla y Martínez de Hoz. Así la burguesía fabricó bicicletas o los importó, aumentó salarios o los redujo cruelmente, se alió con los ingleses, los alemanes o los yanquis según sean las circunstancias.

No hace mucho que la propia presidente del país se quejaba amargamente de aquellos empresarios que ganan más que nunca con el proceso abierto en el 2002 y sin embargo siguen incólumes a cualquier convocatoria nacional y popular.  Acaso el “canto del cisne” de los proyectos basados en el protagonismo de la burguesía nacional haya sido la gestión Gelbard Perón de 1973/75 que terminó en el Plan de ajuste de Rodrigo, el accionar de la Triple A y la persecución implacable del mismo Gelbard y del grupo que sostenía la Confederación General Económica, el instrumento político de aquel esfuerzo.

La historia de la llamada burguesía nacional, más estrictamente los sectores medios de la burguesía urbana comercial e industrial y de la burguesía rural, explica en mucho el derrotero del “progresismo” argentino: de espacio de reserva y sostén de la izquierda en los años 60 y 70, pasó a ser base de apoyo del alfonsinismo, el menemismo y la Alianza en los 80 y 90 o sea de los dos procesos de ajuste y reconversión del capitalismo argentino en función de los intereses de los países centrales y los grandes grupos económicos trasnacionales que hace décadas son hegemónicos en la economía argentina..

Acaso la transformación de la Federación Agraria Argentina de una organización que peleaba por la Reforma Agraria en los albores del siglo XX a su lamentable papel de socio subalterno de la Sociedad Rural en el conflicto por la 125, grafique mejor que nada el cambio de una burguesía que dejó de pensar en la calidad de los alimentos que producía a jugar en la timba financiera especulando con el valor a término de la soja transgénica que se produce para exportar, casi sin valor agregado ni transformación industrial.

Y así de seguido con la burguesía industrial y la comercial (que no tiene reparo en vender la producción de los talleres “clandestinos” que funcionan a base de trabajo esclavo, sobre todo de mano de obra inmigrante de los países andinos y el Paraguay).

El peronismo no ha sido nunca otra cosa que el instrumento político de un proyecto de desarrollo capitalista,  y como la llamada burguesía nacional, ha asumido programas tan disimiles como el de la estatización y la privatización de las empresas de energía, transporte, comunicaciones, producción de acero y petróleo, etc. o el de la máxima intervención del Estado en la regulación de la economía y las relaciones laborales al neoliberalismo fundamentalista; es que más allá de su historia como cultura política (y por ello, con cierto espacio de autonomía que explican el surgimiento de corrientes antimperialistas y revolucionarias como la Juventud Peronista y Montoneros en los 70) termina prevaleciendo su función de instrumento político de la burguesía nacional para  sostener  el capitalismo argentino y su extraordinaria capacidad de funcionar como un Partido de Estado al que se acude en los momentos de crisis orgánica para relanzar el capitalismo en la Argentina: así fue en el 45, cuando se había agotado el modelo agro exportador y también la representación política de radicales y conservadores, y Perón tuvo la virtud de proponer un modelo de desarrollo capitalista basado en la ampliación de la demanda (aumento de salarios, beneficios sociales y gasto público) que fue la matriz del capitalismo hasta el mismo golpe de estado de 1976 (más allá de las “correcciones” de Frondizi, desarrollismo a base de ingresos de capitales extranjeros y políticas de sustitución de importaciones; las de Krieger Vasena y Onganía que produjeron un cambio de mano en la propiedad de los grandes medios de producción a favor de capitales yanquis y europeos); así fue en 1973, cuando la dictadura de Onganía, Levingston y Lanusse estaba acorralada por la lucha popular y Perón la reemplazó mediante el Gran Acuerdo Nacional que permitió un transito ordenado hacia un gobierno que intentó algunos retoques pero a su muerte derrapó en los primeros ajustes netamente neoliberales que la dictadura continuaría y que, luego de un interregno radical, sería Menem el encargado de llevar hasta sus últimas consecuencias el plan de Videla Martínez Hoz utilizando la “legitimidad” del peronismo, más allá de que el peronismo fundacional había sido casi todo lo contrario.

No se trata de negar la existencia de corrientes populares, democráticas y antimperialistas a lo largo de toda la historia del peronismo, aunque nunca alcanzaron la hegemonía política en el movimiento, sino de cuestionar que sea el peronismo en sí el instrumento de liberación nacional y mucho menos social del pueblo argentino.

Alianzas con los sectores populares y avanzados del peronismo, siempre; subordinación de la izquierda al peronismo como movimiento de liberación nacional, jamás; esta es mi conclusión fundamental sobre la vigencia del pensamiento de Mariategui para la lucha política en la Argentina combinando su visión sobre la burguesía nacional, el carácter de la revolución y la relación entre el frente antimperialista y el partido de la revolución socialista..

En la Argentina -que nunca tomamos el poder ni tuvieron lugar procesos de cambios revolucionarios- la fractura entre los que propiciaban una u otra formulación del sujeto político del cambio se expresó en los caminos divergentes, a veces en paralelo a veces en contradicción y hasta en penosos enfrentamientos entre los que privilegiaban la lucha por el cambio social, desdeñando la causa nacionalista y los que privilegiando el nacionalismo creían subsumido en ella la cuestión social y por ende reclamaban la disolución o al menos la perdida del rol autónomo de las fuerzas socialistas y comunistas  (que deberían ser su fuerza de apoyo, casi acrítica, por izquierda); dicho desencuentro estuvo y está en la base de la división de la izquierda que ha impedido hasta ahora la creación de una fuerza política revolucionaria capaz de conquistar la Segunda y Definitiva Independencia Nacional por medio de una revolución socialista, que por eso sólo puede ser si es al mismo tiempo socialista y de liberación nacional, su encuentro sería una base solida para esa unidad nacional patriota, antimperialista y anticapitalista que ha asomado en diversos periodos históricos, pero nunca termina de consolidarse[14].

Insisto, así entiendo yo que debería “traducirse”[15] la tesis de Mariategui del 29: alianza con el Apra, pero no disolución de la izquierda en su interior y sí a la creación de una fuerza revolucionaria autónoma, capaz de sostener la propuesta revolucionaria socialista y comunista al tiempo que hace acuerdos de todo tipo con los sectores avanzados del peronismo en la perspectiva de un frente de liberación nacional que como postulaba Mariategui y demostró la revolución cubana, solo puede avanzar por el camino de la revolución socialista desde el principio.

Los ochenta años transcurridos de historia política latinoamericana desde aquellos debates de 1929 han mostrado hasta el hartazgo que el capitalismo es un sistema de dominación/explotación integral e inescindible (no se puede cambiar de a pedacitos como postulaba Chacho Alvarez y sus acólitos del Frente Grande: primero terminar con la corrupción y luego…) y que tiene al Imperialismo norteamericano como fuerza hegemónica; la “civilización capitalista” para decirlo de otro modo, tiene una enorme capacidad para contener “reformas” y  todo tipo de cambios parciales (no hay en mi afirmación sentido peyorativo alguno) como los que hoy se conocen como “antineoliberales”, que termina asimilando, limando sus costados filosamente anticapitalistas hasta volver todo a la “normalidad” de la explotación social extendida y el dominio nacional pleno: no es esa la historia del fracaso y frustración de la Revolución Rusa y acaso de la misma Revolución China?.

Es que, como decía el Che, para construir el socialismo no se pueden usar las melladas herramientas del capitalismo como el interés personal, el consumismo o la exacerbación del individualismo, mucho menos el impulso puro y llano del capitalismo, así sea que se lo llame “nacional”, “serio”, “humanizado” o “andino”.

O como decía Mariategui “…nuestra misión es explicar y demostrar a las masas que sólo la revolución socialista opondrá al avance del imperialismo una valla definitiva y verdadera”…y concluye con una síntesis brillante “…somos antimperialistas porque somos marxistas, porque somos revolucionarios, porque oponemos al capitalismo el socialismo como sistema antagónico, llamado a sucederlo, porque en la lucha contra los imperialismos extranjeros cumplimos nuestros deberes de solidaridad con las masas revolucionarias de Europa”.

Ahora bien,  y volviendo una vez más al debate del 29 ¿cómo es que se llega a conclusiones contrapuestas sobre la misma realidad en discusión por parte de gente que tiene los mismos propósitos?

Porque Mariategui llega a las deducciones expuestas, después de estudiar apasionadamente la historia del Perú y la realidad económica, social y cultural de los explotados y humillados de su tierra (cuatro millones de indios sobre cinco millones de peruanos) y Humbert Droz, y  quienes lo apoyaban, recorren el camino inverso: trasladan un esquema supuestamente valido para los países asiáticos a un continente desconocido.

Para Mariategui el marxismo es una herramienta interpretativa, una guía para la acción; para Droz y el secretariado latinoamericano de la Tercera Internacional, una ideología “omnipotente” con respuestas para todo, aún para lo no estudiado.

Mariategui analiza el sistema de dominación vigente en la época desde una perspectiva histórica: así va a demostrar que la Republica (fruto de la Independencia) va a contener rasgos de continuidad del Virreinato y éste de la Conquista de América por la España colonialista: “La revolución americana, en vez del conflicto entre la nobleza terrateniente y la burguesía comerciante, produjo en muchos casos su colaboración, ya por la impregnación de ideas liberales que acusaba la aristocracia, ya porque ésta en muchos casos no veía en esa revolución sino un movimiento de emancipación de la corona de España.  La población campesina, que en el Perú era indígena, no tenía en la Revolución una presencia directa, activa.  El programa revolucionario no representaba sus reivindicaciones”

Es desde el análisis de la historia americana que Mariategui niega potencialidad revolucionaria a las capas nativas de la burguesía peruana y latinoamericana  que nació pactando con la oligarquía y creció del brazo del imperialismo, británico primero, yanqui después[16].

Es en la historia (en el comunismo primitivo de los Incas que perdura en las tradiciones de cooperación indígenas) que Mariategui encuentra razones para que el Socialismo tenga raíces americanas y por ello clamará “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia.  Debe ser creación heroica.  Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una generación nueva”

El Mariategui que nosotros vemos vigente es el de la lucha por el Socialismo que lleva adelante el pueblo Cubano, el de los procesos antineoliberales y antimperialistas de Venezuela, Ecuador y Bolivia, y el de la búsqueda de caminos propios para construir poder popular que tienen lugar en casi todo el continente, incluida la Argentina que Mariategui tanto amaba y ansiaba conocer personalmente.

                José Ernesto Schulman

Buenos Aires, abril de 2011

Punto de vista antimperialista

Tesis presentada a la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana (Montevideo, junio de 1929).

Primer Tesis

¿Hasta qué punto puede asimilarse la situación de las repúblicas latinoamericanas a la de los países semicoloniales? La condición económica de esas repúblicas es, sin duda, semicolonial, y, a medida que crezca su capitalismo y, en consecuencia, la penetración imperialista, tiene que acentuarse este carácter de su economía. Pero las burguesías nacionales, que ven en la cooperación con el imperialismo la mejor fuente de provechos, se sienten lo bastante dueñas del poder político para no preocuparse seriamente de la soberanía nacional. Estas burguesías, en Sudamérica, que no conoce todavía, salvo Panamá, la ocupación militar yanqui, no tienen ninguna predisposición a admitir la necesidad de luchar por la segunda independencia, como suponía ingenuamente la propaganda aprista. El estado, o mejor la clase dominante, no echa de menos un grado más amplio y cierto de autonomía nacional. La revolución de la independencia está relativamente demasiado próxima, sus mitos y símbolos demasiado vivos, en la conciencia de la burguesía y la pequeña burguesía. La ilusión de la soberanía nacional se conserva en sus principales efectos. Pretender que en esta capa social prenda un sentimiento de nacionalismo revolucionario, parecido al que en condiciones distintas representa un factor de la lucha antimperialista en los países semicoloniales avasallados por el imperialismo en los últimos decenios en Asia, sería un grave error.

Ya en nuestra discusión con los dirigentes del aprismo, reprobando su tendencia a proponer a la América Latina un Kuo Min Tang, como modo de evitar la imitación europeísta y acomodar la acción revolucionaria a una apreciación exacta de nuestra propia realidad, sosteníamos hace más de un año la siguiente tesis: “La colaboración con la burguesía, y aun de muchos elementos feudales, en la lucha antimperialista china, se explica por razones de raza, de civilización nacional que entre nosotros no existen. El chino noble o burgués se siente entrañablemente chino. Al desprecio del blanco por su cultura estratificada y decrépita, corresponde con el desprecio y el orgullo de su tradición milenaria. El antimperialismo en la China puede, por tanto, descansar en el sentimiento y en el factor nacionalista. En Indoamérica las circunstancias no son las mismas. La aristocracia y la burguesía criollas no se sienten solidarizadas con el pueblo por el lazo de una historia y de una cultura comunes.

En el Perú, el aristócrata y el burgués blancos, desprecian lo popular, lo nacional. Se sienten, ante todo, blancos.

El pequeño burgués mestizo imita este ejemplo. La burguesía limeña fraterniza con los capitalistas yanquis, y aun con sus simples empleados, en el Country Club, en el Tennis y en las calles. El yanqui desposa sin inconveniente de raza ni de religión a la señorita criolla, y ésta no siente escrúpulos de nacionalidad ni de cultura en preferir el matrimonio con un individuo de la raza invasora. Tampoco tiene este escrúpulo la muchacha de la clase media. La “huchafita” que puede atrapar un yanqui empleado de Grace o de la Foundation lo hace con la satisfacción de quien siente elevarse su condición social. El factor nacionalista, por estas razones objetivas que a ninguno de ustedes escapa seguramente, no es decisivo ni fundamental en la lucha antimperialista en nuestro medio. Sólo en los países como la Argentina, donde existe una burguesía numerosa y rica, orgullosa del grado de riqueza y poder en su patria, y donde la personalidad nacional tiene por estas razones contornos más claros y netos que en estos países retardados, el antimperialismo puede (tal vez) penetrar fácilmente en los elementos burgueses; pero por razones de expansión y crecimiento capitalistas y no por razones de justicia social y doctrina socialista como es nuestro caso”.

La traición de la burguesía china, la quiebra del Kuo Min Tang, no eran todavía conocidas en toda su magnitud. Un conocimiento capitalista, y no por razones de justicia social y doctrinaria, demostró cuán poco se podía confiar, aun en países como la China, en el sentimiento nacionalista revolucionario de la burguesía.

Mientras la política imperialista logre “manéger” los sentimientos y formalidades de la soberanía nacional de estos estados, mientras no se vea obligada a recurrir a la intervención armada y a la ocupación militar, contará absolutamente con la colaboración de las burguesías. Aunque enfeudados a la economía imperialista, estos países, o más bien sus burguesías, se considerarán tan dueños de sus destinos como Rumania, Bulgaria, Polonia y demás países “dependientes” de Europa.

Este factor de la sicología política no debe ser descuidado en la estimación precisa de las posibilidades de la acción antimperialista en la América Latina. Su relegamiento, su olvido, ha sido una de las características de la teorización aprista.

Segunda Tesis

La divergencia fundamental entre los elementos que en el Perú aceptaron en principio el A.P.R.A. – como un plan de frente único, nunca como partido y ni siquiera como organización en marcha efectiva y los que fuera del Perú la definieron luego como un Kuo Min Tang latinoamericano, consiste en que los primeros permanecen fieles a la concepción económico-social revolucionaria del antimperialismo, mientras que los segundos explican así su posición: “Somos de izquierda (o socialistas) porque somos antimperialistas”. El antimperialismo resulta así elevado a la categoría de un programa, de una actitud política, de un movimiento que se basta a sí mismo y que conduce, espontáneamente, no sabemos en virtud de qué proceso, al socialismo, a la revolución social. Este concepto lleva a una desorbitada superestimación del movimiento antimperialista, a la exageración del mito de la lucha por la “segunda independencia”, al romanticismo de que estamos viviendo ya las jornadas de una nueva emancipación.

De aquí la tendencia a reemplazar las ligas antimperialistas con un organismo político. Del A.P.R.A., concebida inicialmente como frente único, como alianza popular, como bloque de clases oprimidas, se pasa al A.P.R.A. definida como el Kuo Min Tang latinoamericano.

El antimperialismo, para nosotros, no constituye ni puede constituir, por sí solo, un programa político, un movimiento de masas apto para la conquista del poder. El antimperialismo, admitido que pudiese movilizar al lado de las masas obreras y campesinas, a la burguesía y pequeña burguesía nacionalistas (ya hemos negado terminantemente esta posibilidad) no anula el antagonismo entre las clases, no suprime su diferencia de intereses.

Ni la burguesía, ni la pequeña burguesía en el poder pueden hacer una política antimperialista. Tenemos la experiencia de México, donde la pequeña burguesía ha acabado por pactar con el imperialismo yanqui. Un gobierno “nacionalista” puede usar, en sus relaciones en los Estados Unidos, un lenguaje distinto que el gobierno de Leguía en el Perú. Este gobierno es francamente, desenfadadamente panamericanista, monroísta; pero cualquier otro gobierno burgués haría, prácticamente, lo mismo que él, en materia de empréstitos y concesiones. Las inversiones del capital extranjero en el Perú crecen en estrecha y directa relación con el desarrollo económico del país, con la explotación de sus riquezas naturales, con la población de su territorio, con el aumento de las vías de comunicación. ¿Qué cosa puede oponer a la penetración capitalista la más demagógica pequeña burguesía? Nada, sino palabras. Nada, sino una temporal borrachera nacionalista. El asalto del poder por el antimperialismo, como movimiento demagógico populista, si fuese posible, no representaría nunca la conquista del poder por las masas proletarias, por el socialismo. La revolución socialista encontraría su más encarnizado y peligrosos enemigo -peligroso por su confusionismo, por la demagogia-, en la pequeña burguesía afirmada en el poder, ganado mediante sus voces de orden.

Sin prescindir del empleo de ningún elemento de agitación antimperialista, ni de ningún medio de movilización de los sectores sociales que eventualmente pueden concurrir a esta lucha, nuestra misión es explicar y demostrar a las masas que sólo la revolución socialista opondrá al avance del imperialismo una valla definitiva y verdadera.

 

Tercer Tesis

Estos hechos diferencias la situación de los países sudamericanos de la situación de los países centroamericanos, donde el imperialismo yanqui, recurriendo a la intervención armada sin ningún reparo, provoca una reacción patriótica que puede fácilmente ganar al antimperialismo a una parte de la burguesía y la pequeña burguesía.

La propaganda aprista, conducida personalmente por Haya de la Torre, no parece haber obtenido en ninguna otra parte de América mayores resultados. Sus prédicas confusionistas y mesiánicas, que, aunque pretenden situarse en el plano de la lucha económica, apelan, en realidad, particularmente a los factores raciales y sentimentales, reúnen las condiciones necesarias para impresionar a la pequeña burguesía intelectual. La formación de partidos de clase y poderosas organizaciones sindicales, con clara conciencia clasistas, no se presenta destinada en esos países al mismo desenvolvimiento inmediato que en Sud América. En nuestros países el factor clasista es más decisivo, está más desarrollado. No hay razón para recurrir a vagas fórmulas populistas tras de las cuales no pueden dejar de prosperar tendencias reaccionarias. Actualmente el aprismo, como propaganda, está circunscripto a Centro América; en Sud América, a consecuencia de la desviación populista, caudillista, pequeño-burguesa, que lo definía como Kuo Min Tang latinoamericano, está en una etapa de liquidación total. Lo que resuelva al respecto el próximo Congreso Antimperialista de París, cuyo voto tiene que definir la unificación de los organismos antimperialistas y establecer la distinción entre las plataformas y agitaciones antimperialistas y las tareas de la competencia de los partidos de clase y las organizaciones sindicales, pondrá término absolutamente a la cuestión.

Cuarta Tesis

¿Los intereses del capitalismo imperialista coinciden necesaria y fatalmente en nuestros países con los intereses feudales y semifeudales de la clase terrateniente? ¿La lucha contra la feudalidad se identifica forzosa y completamente con la lucha antimperialista? Ciertamente; el capitalismo imperialista utiliza el poder de la clase feudal, en tanto que la considera la clase políticamente dominante.  Pero, sus intereses económicos no son los mismos. La pequeña burguesía, sin exceptuar a la más demagógica, si atenúa en la práctica sus impulsos más marcadamente nacionalistas, puede llegar a la misma estrecha alianza con el capitalismo imperialista. El capital financiero se sentirá más seguro, si el poder está en manos de una clase social más numerosa, que, satisfaciendo ciertas reivindicaciones apremiosas y estorbando la orientación clasista de las masas, está en mejores condiciones que la vieja y odiada clase feudal de defender los intereses del capitalismo, de ser su custodio y su ujier. La creación de la pequeña propiedad, la expropiación de los latifundios, la liquidación de los privilegios feudales, no son contrarios a los intereses del imperialismo, de un modo inmediato. Por el contrario, en la medida en que los rezagos de feudalidad entraban el desenvolvimiento de una economía capitalista, ese movimiento de la liquidación de la feudalidad coincide con las exigencias del crecimiento capitalista, promovido por las inversiones y los técnicos del imperialismo; que desaparezcan los grandes latifundios, que en su lugar se construya una economía agraria basada en lo que la demagogia burguesa llama la “democratización” de la propiedad del suelo, que las viejas aristocracias se vean desplazadas por una burguesía más poderosa e influyentes – y por lo mismo más apta para garantizar la paz social-, nada de esto es contrario a los intereses del imperialismo.

En el Perú, el régimen leguiísta, aunque tímido en la práctica ante los intereses de los latifundistas y gamonales, que en gran parte le prestan su apoyo, no tiene ningún inconveniente en recurrir a la demagogia, en reclamar contra la feudalidad y sus privilegios, en tronar contra las antiguas oligarquías, en promover la distribución del suelo que hará de cada peón agrícola un pequeño propietario.

De esta demagogia saca el leguiísmo, precisamente, sus mayores fuerzas. El leguiísmo no se atreve a tocar la gran propiedad. Pero el movimiento natural del desarrollo capitalista -obras de irrigación, explotación de nuevas minas, etcétera- va contra los intereses y privilegios de la feudalidad. Los latifundistas, a medida que crecen las áreas cultivables, que surgen nuevos focos de trabajo, pierden su principal fuerza: la disposición absoluta e incondicional de la mano de obra. En Lambayeque, donde se efectúan actualmente obras de regadío, la actividad capitalista de la comisión técnica que las dirige, y que preside un experto norteamericano, el ingeniero Sutton, ha entrado prontamente en conflicto con las conveniencias de los grandes terratenientes feudales. Estos grandes terratenientes son, principalmente, azucareros. La amenaza de que se les arrebate el monopolio de la tierra y del agua, y con él el medio de disponer a su antojo de la población de trabajadores saca de quicio a esta gente y la empuja a una actitud que el gobierno, aunque muy vinculado a muchos de sus elementos, califica de subversiva o antigobiernista.

Sutton tiene las características del hombre de empresa capitalista norteamericano. Su mentalidad, su trabajo, chocan al espíritu feudal de los latifundistas. Sutton ha establecido, por ejemplo, un sistema de distribución de las aguas, que reposa en el principio de que el dominio de ellas pertenece al estado; los latifundistas consideraban el derecho sobre las aguas anexo a su derecho sobre la tierra. Según su tesis, las aguas eran suyas; eran y son propiedad absoluta de sus fundos.

Quinta Tesis

¿Y la pequeña burguesía, cuyo papel en la lucha contra el imperialismo se superestima tanto, es como se dice, por razones de explotación económica, necesariamente opuesta a la penetración imperialista? La pequeña burguesía es, sin duda, la clase social más sensible al prestigio de los mitos nacionalistas. Pero el hecho económico que domina la cuestión, es el siguiente: en países de pauperismo español, donde la pequeña burguesía, por sus arraigados prejuicios de decencia, se resiste a la proletarización; donde ésta misma, por la miseria de los salarios no tiene fuerza económica para transformarla en parte en clase obrera; donde imperan la empleomanía, el recurso al pequeño puesto del estado, la caza del sueldo y del puesto “decente”; el establecimiento de grandes empresas que, aunque explotan enormemente a sus empleados nacionales, representan siempre para esta clase un trabajo mejor remunerado, es recibido y considerado favorablemente por la gente de clase media. La empresa yanqui representa mejor sueldo, posibilidad de ascención, emancipación de la empleomanía del estado, donde no hay porvenir sino para los especuladores. Este hecho actúa, con una fuerza decisiva, sobre la conciencia del pequeño burgués, en busca o en goce de un puesto. En estos países, de pauperismo español, repetimos, la situación de las clases medias no es la constatada en los países donde estas clases han pasado un período de libre concurrencia, de crecimiento capitalista propicio a la iniciativa y al éxito individuales, a la opresión de los grandes monopolios.

En conclusión, somos antimperialistas, porque somos marxistas, porque somos revolucionarios, porque oponemos al capitalismo el socialismo como sistema antagónico, llamado a sucederlo, porque en la lucha contra los imperialismos extranjeros cumplimos nuestros deberes de solidaridad con las masas revolucionarias de Europa

José Carlos Mariategui

Lima, 21 de mayo de 1929

 


[1] José Carlos Mariategui. Obras. Casa de las Américas.

[2] el actual presidente del Perú, Alán García, devenido en un cómplice vergonzoso de la estrategia imperialista para la región, es acaso uno de los últimos referentes de la decadente tradición que  supo de otros brillos

[3] ídem. Tomo 1. pagina 53.

[4] idem. tomo 2. pagina 193; la reproduzco a continuación del presente ensayo

[5] entre los argentinos, tanto Néstor Kohan como Horacio Tarkus, que tanto han hecho por difundir su pensamiento, se empecinan en pasar esos debates por el lente de la disputa Stalin/Trosky y de subestimar a los oponentes de Mariategui en el debate.  Al revisar las actas del debate, surge otra mirada, más compleja y llena de matices.  Una copia de las actas se encuentran en el Archivo del Partido Comunista de la Argentina.

[6] Mariategui, como el científico alemán radicado en Chile, Alejandro Lipschuts, utiliza la categoría raza, por motivos de época: todavía no se había descubierto el sentido clasista y el fraude científico de esta categoría conceptual arrebatada de la zoología por los colonialistas para justificar sus operaciones de dominación.

[7] ejemplo de una evolución “positiva” es la de Julio Troxler, sobreviviente de los fusilamientos de José León Suarez en 1956 para ser asesinado por la Triple A en 1974; ejemplo de lo segundo podría ser Susana Decibe, sobreviviente de la Esma y luego Ministra de Educación de Menem.

[8]El hombre y el Mito. Publicado en Mundial: Lima, 16 de Enero de 1925.

[9] “El corrimiento al rojo”. Editorial Letras Cubanas. La Habana.2001

[10] ídem. las negritas son mías (J.E.S.)

[11] en términos filosóficos, contrario al materialismo que supuestamente caracterizaba al marxismo. Para leer más sobre el tema puede apelarse a “Historia y método del Capital” de Néstor Kohan

[12]Derribar los límites de lo posible resulta un factor fundamental, y que se torne un fenómeno masivo la confianza en que no existen límites para la acción transformadora consciente y organizada. Dentro de lo posible se consiguen modernizaciones, pero la transición que se conforma con ellas solo obtiene al final modernizaciones de la dominación y nuevas integraciones al capitalismo mundial. Fernando Martínez Heredia

[13]  Se puede ver en Osvaldo Bayer sobre el informe Bialet Masse en Pagina12 del 20 de junio de 2006

[14] a riesgo de vulgarizar la reflexión diría que la confluencia en la acción antimperialista que se expresó en el rechazo de pueblos y gobiernos al Alca en Mar del Plata, puede servir de ejemplo de lo planteado

[15] en el sentido gramsciano de aplicar creadoramente un concepto teórico

[16] al contrario de lo que insinuaba Mariategui (ver sus (“Tesis Antimperialistas”), la burguesía argentina nada tenía de nacional. Había nacido del brazo de los piratas ingleses contrabandeando mercancías bajo el dominio español, se alió a ella en nombre del “libre comercio”, con Rivadavia se articuló financieramente cerrando el primer paso de una deuda externa que se constituyó en una gran cadena de dominación, reformuló el país de acuerdo a sus necesidades alimenticias (el famoso modelo agro exportador) y cambió de socio imperial a finales de los cincuenta cuando el declive de la Gran Bretaña posibilitó el ingreso, facilitado por Frondizi primero y las dictaduras del 66 y el 76 después, del capital norteamericano que quedó como hegemónico en el bloque de poder fundado por los invasores españoles a finales del siglo XV

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