La palabra de los legos en los juicios. La impunidad se pone la toga de la “normalidad procesal”


A Fabiana

que me ayudó a salir

de los laberintos de la memoria…

o al menos lo intentó

Alicia López y su hijo Luis

En el alegato de la defensa pública del comisario Mario Facino (aquella que el Ministerio Público de Defensa, ente gemelo al de la Procuración General de la Nación y también autonomizado del Ministerio de Justicia por la Reforma Constitucional del Pacto de Olivos, organiza para los represores desde una unidad nacional especializada en elaborar doctrina en defensa de los terroristas de Estado) se descalificó el testimonio de una testigo de concepto, la licenciada Fabiana Rousseaux, ofrecida por la querella de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, por su condición de “lego”.

A pesar de que el diccionario de la Real Academia da cuatro acepciones del termino, a saber: 1) Que no tiene órdenes clericales y otras tres acepciones religiosas similares, presumimos que el Dr. Fabián Procajlo debió referirse a la segunda acepción que dice: “Falto de letras o noticias”; y aún más, ni siquiera a la única acepción del diccionario que se acerca a lo que él imputa a la testigo (discapacidad para discutir cuestiones jurídicas), sino el uso particular que la palabra tiene en el mundo judicial que divide a los seres humanos en dos: letrados, que vendrían a ser los graduados en Derecho y el resto de los mortales, no importa nuestra experiencia, lecturas o estudios, que seremos para siempre –si no tenemos titulo de abogado- legos, o iletrados, o discapacitados para discutir de Derecho.

La maniobra parece ingenua o solo soberbia, típica de un mediocre docente universitario que puesto a defender torturadores y asesinos perversos, busca con ahínco algún recurso que lo saque del lugar que él eligió: estar sentado al lado de Facino, como antes estuvo de Brusa, Ramos y el resto de genocidas condenados en diciembre de 2009 en la llamada causa Brusa, y hablar en su nombre en defensa de su “obra”..

Pero nos parece que vale la pena detenernos en el epíteto: si Fabiana Rousseaux, hija de desaparecidos, profesional de la sicología que lleva años asistiendo a víctimas del Terrorismos de Estado e intentando sistematizar las consecuencias sicológicas del horror en los sobrevivientes que pasaron por los centros clandestinos, tanto como de sus familiares y personas cercanas que no dejan de quedar “tocados” por la experiencia, no está habilitada para afirmar de que la permanencia de los presos políticos en los centros constituía de por sí tortura, más allá y al margen de que fueran objeto de otras prácticas perversas como de hecho ocurría con la mayoría de ellos, ¿quién puede hablar del tema?

En el juicio por el Negrito Avellaneda la defensa pública defendió una interpretación psicoanalítica prefreudiana según la cual el testimonio de las víctimas de un hecho traumático nunca podrá dar cuenta veraz del hecho (supuestamente por el impacto del horror en su conciencia) , y en todo caso la memoria, como si fuera un edificio de arena, se iría desmoronando con el paso del tiempo para concluir, bondadosamente, que no es que los testigos mientan sino que simplemente no pueden dar testimonio del horror sufrido, por definición de la experiencia vivida y por el paso del tiempo.

Si la teoría que defienden dice que sin prueba material no hay delito, sin testimonio creíble de los hechos probados, no hay culpables tal como afirmó una y cien veces Procajlo cuando, al borde del cinismo, decía que no dudaba que Alicia López pudo haber pasado por la Cuarta, pudo haber sido violada, pudo haber sido torturada, y es más pudo haber sido muerta a consecuencias de las torturas pero que al no haber testigos presenciales creíbles de los hechos, el crimen quedará sin castigo, sin que ello genere para el docto el triunfo de la impunidad, palabra que desconoce o tiene pudor en usar, sino simplemente el triunfo de la “normalidad procesal” que prohíbe condenar a alguien si existe el margen de duda necesario.

Pensado el alegato desde esta lógica interpretativa, adquiere otro sentido su ataque a toda (y cuando digo toda es toda) la jurisprudencia desde el juicio a la Junta de Comandantes en Jefe (causa 13 de 1984) para acá, especialmente su agresión a la anulación de las leyes de impunidad y el propio proceso judicial en curso.

Se entiende: fue en el Juicio a la Junta de Comandantes donde primero se reconoció en el país que dada la especial forma en que se perpetró el plan sistemático de exterminio: en la clandestinidad, ocultando sistemáticamente toda prueba del exterminio, buscando construir el olvido al tiempo que desaparecían a los compañeros, etc. el testimonio de los sobrevivientes tomaba una especial significación que le daba carácter de “necesario”, en el sentido jurídico, y por ello debían ser protegidos y resguardados dado que eran, y siguen siendo, el arma principal de una sociedad para establecer la verdad y lograr algún grado de castigo para algunos de los responsables.

En todos estos años, la convergencia de testimonios sobre el paso de un compañero por un centro o la responsabilidad de un represor en la acción directa de la tortura, ha sido considerada por los tribunales como prueba suficiente para condenar a los imputados; tal como aconteció en el propio juicio Brusa, a pesar de los esfuerzos patéticos de Procajlo y sus colegas defensores, y como seguramente ocurrirá en este juicio contra Facino (al margen de la calificación legal de los delitos y el monto de la pena, que la querella de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre calificó de Genocidio y solicitó Prisión perpetua en cárcel común) porque hemos ganado, no en el Tribunal Oral Federal Número Uno de Santa Fe sino en la sociedad, la batalla por la credibilidad de los dichos de los sobrevivientes, sus familiares y compañeros de lucha contra la impunidad.

En un poema monumental sobre Federico García Lorca, Gabriel Celaya clamaba contra el discurso franquista “Que no murió, le mataron”, reclamo que todavía hoy resuena en la sociedad española tan minada de la cultura fascista y de la claudicación socialista que consintió la impunidad impoluta de sus crímenes.

Es que la verdad no se impone por su propio peso, como se suele decir desde el sentido común, sino que se conquista en lucha contra las mentiras que el Poder construye para consolidar su dominio, que en este caso es el Olvido.

Antes que la sociedad santafecina acepte que Alicia López no murió, sino que la mataron, y que la mataron en el Centro Clandestino La Cuarta que dirigía el Comisario Mario Facino, tuvimos que vencer al menos cuatro discursos y cuatro políticas que se empeñaban en mantener el crimen de Alicia en el Olvido, haciéndola invisible a ella misma.

La dictadura afirmó que los desaparecidos, y entre ellos Alicia, se habrían fugado a algún lugar paradisíaco como las playas caribeñas o el lujo de las grandes ciudades europeas; y para consolidar su palabra primero construyó la niebla con que pretendió ocultar sus crímenes y luego dictó la auto amnistía para sus crímenes.

Con esa política y ese discurso, Alicia ni siquiera existía.

Alfonsín, luego de un corto periodo de promover juicio y castigo sólo para los máximos responsables del plan de exterminio, y de aclarar un puñado de casos (entre los que no se contaba Alicia) promovió la política de impunidad que se conoce bajo el nombre de las leyes de la impunidad y difundió una interpretación de los hechos basada en la Teoría de los Dos Demonios tal como el propio Ernesto Sábato estampó en el prologo del Nunca Más (al que defendió ardorosamente el mismo Mario Facino en sus palabras finales del juicio Brusa); y como Alicia no podía encajar ni en esa mínima política jurídica y mucho menos en ese cuadro interpretativo, tampoco tenía existencia jurídica o visibilidad social.

Menem promovió grosera y abiertamente la impunidad y el perdón para los genocidas; anuló las condenas (pocas) a los Jefes Militares y desplegó un discurso de reconciliación que colocaba el reclamo por Alicia en un lugar condenado: el de promover el enfrentamiento social en vez de apostar al encuentro entre todos los argentinos, Sarmiento y Rosas, Rojas y Perón, ni vencedores ni vencidos.  Alicia no tenía lugar en el monumento a la reconciliación nacional que Menem programaba en el terreno de la Esma (y al lado de algún coqueto emprendimiento inmobiliario, que siempre hay que hacer algún negocito)

Todo eso comenzó a caerse con las luchas indoblegables del movimiento de derechos humanos y popular que no dejaron un día de reclamar por todos los desaparecidos y victimas del Terrorismo de Estado, que forzaron la apertura de una causa por Genocidio en España y que mucho antes de la anulación de las leyes iban logrando que uno a uno los Juzgados Federales, entre ellos el de Santa Fe en 2002, declararan nulas las leyes de impunidad y habilitaran los juicios.

De hecho, el juicio a Brusa se origina en una causa abierta en mayo de 2002 por el Juez Rodriguez, quien la promueve y eleva a Juicio Oral para finales de 2005 pero inexplicablemente…..se olvida de Alicia y la deja fuera del requerimiento.  Es que a pesar de abrirse los juicios en el proceso político abierto con el gobierno de Néstor Kirchner, estos no tuvieron ni tienen aún una estrategia estatal que permita avanzar más rápido y de una manera más rigurosa en el juzgamiento del Genocidio.

Juicios había, pero Alicia seguía invisible y en el olvido.

Por ello es que valoramos que se haya llegado a este Juicio Oral a pesar de las notorias falencias(que parece una burla cruel a la memoria y la racionalidad: un juicio por una sola compañera y contra un solo represor; como si un solo policía hubiera podido organizar el plan de exterminio en la ciudad de Santa Fe, hubiera salido a cazar los compañeros, los hubiera llevado a torturar y violar a la Casita y luego los hubiera mantenido prisioneros en los fondos de la Comisaría Cuarta, en ese sector de calabozos que el represor Facino pretende que no estaba bajo su dominio como si se pudiera dirigir una comisaría sin controlar sus calabozos), porque con el juicio Alicia salió del olvido y de esa zona social de la invisibilidad al que la había condenado la dictadura y las democracias restringidas que le siguieron.

Pero a la hora de la condena, que todos sepan que si Alicia volvió es por la palabra de los legos, de los que no saben Derecho y por eso no pueden distinguir que cosa es y que cosa no es tortura según el Docto defensor de los genocidas.

De los compañeros de cautiverio que tuvimos la posibilidad de defender su recuerdo por treinta años y preservarlo de nuestro propio olvido; y de los que –aún después de la muerte de Silvia Suppo- no dudaron un instante en presentarse ante un Tribunal que poco los respetaba, para decir sencillamente que Alicia estaba allí.

Con nosotros.

Como ahora mismo, que vamos por la sentencia contra Mario Facino, para que vuelva y se haga escuela, hoja voladora o barrilete de luz en las manos de un niño moreno del norte santafesino o del Chaco profundo donde ella sembró tanta dignidad.

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