Historia para tus hijos (cuando sean grandes)


Crónica del testimonio en el juicio oral publicado en el periodico Propuesta, escrito por Matias Bustelo

José Schulman, responsable de Derechos Humanos del PCA, secretario de la Liga Argentina por los Derechos de Hombre, brindó testimonio de terrores sufridos en carne propia ante un estrado judicial santafesino, en un juicio por crímenes de lesa humanidad cuyos fundamentos nos duelen a todos.

José Schulman dejó al alcance de su mano el trípode metálico que acompaña y ayuda sus pasos y se sentó ante los jueces. Como no tiene fe religiosa, juró su verdad sobre la memoria de los 30000 compañeros desaparecidos. Atrás de su banca, la de un sicólogo vigiló que no quebrara mal, tan denso es el combo que debe repetir Schulman. Llevaba colgada al cuello una foto de Alicia López, desaparecida. El hombre hizo su comienzo fácil a los jueces: ratificó las denuncias del expediente (las de apremios ilegales y torturas, efectuadas en 1977 y las del testimonio ante el Consejo de la Magistratura, en 1999).

Pero el Juzgado exigió pormenores y, entonces, Schulman, confeso ateo, confesó que en 1975 salvó dos veces la vida “por milagro” (Él en esa época era pecador de tres pecados era joven, militaba y tenía libros en casa). Una, cuando una patota sindical de la UOM, lo arrinconó en un pasillo para gatillarle una 45 en la cabeza. Otra, cuando el 5 de diciembre de 1975, después de festejar el egreso universitario de la entonces compañera suya, una bomba estalló en su casa. En este punto recordó que al salir a la calle reconoció al oficial de la policía provincial Carlos Rebechi, jefe de una banda de inteligencia dedicada a secuestrar militantes sociales, quien ya lo había detenido en 1973. “Lo más difícil de describir es la sensación al estar en una casa en la que estalló una bomba; uno se despierta en una nube de polvo sin entender qué pasa, si está en este mundo o en otro”, memoró Schulman, rasgando la nube. “Yo seguí militando igual”, agregó el tozudo secretario de la Liga para luego agregar reflexivo: “dimos el cuerpo por una democracia que no nos defendía, que no era nuestra”.

Se salvó esa vez, pero a pocas horas del golpe militar del año siguiente, una patrulla llegó a su casa y se llevó todos los libros de su padre, obrero ilustrado. También a su hermano Pablo, quien permaneció preso hasta abril de 1976.

Como clandestino, se salvó. “Santa Fe era tiros y tiros entonces. Y bombas y patrulleros y la sensación de que llegarían por mí en cualquier momento”, nos dice de esa época injusta que lo buscaba. La noche del 11 de octubre (o en la madrugada del 12, contradicción que no importa, porque los represores, pobrecitos, no se toman los feriados) Schulman había organizado en su casa clandestina una reunión de las Juventudes Políticas. Golpearon la puerta. Por la mirilla corrediza se asomó la punta letal de una carabina. Pidieron los visitantes el documento de todos los presentes. Vieron que Schulman se llamaba Schulman. Entró el conocido Rebechi y se llevaron al resto de los importunados. Quedaron Schulman y los uniformes. “Empezó un interrogatorio feroz, con golpes y patadas. Yo tenía 24 años”, dijo el hombre a los jueces del estrado. Bajó la cabeza.

Pero las normas de la Justicia obligaron a enumerar que lo encapucharon y que lo llevaron a lo que después supo era la Comisaría Cuarta de la ciudad de Santa Fe: celda infecta de la que vale destacar que a la madrugada de haber llegado Schulman internaron a una mujer en la “tumba” vecina, quien traía consigo un bebé. “Traté de ayudarla emocionalmente como pude; el bebé se pasaba de una celda a otra por entre las rejas y yo jugaba con él”. Después se la llevaron con su hijo, escuché llantos y gritos y, cuando la devolvieron a la “tumba”, el bebé no estaba con ella. Después desapareció Alicia López, otra compañera de cárcel (la flor colgando del cuello del testigo) de la que aún no se ha vuelto a saber.
Cerca de la Comisaría Cuarta de Santa Fe, vivía un bandoneonista, que aún vive allí. Regalaba acordes, como lejanos, a los torturados de la cuadra.

Después lo llevaron a Coronda, en un grotesco operativo en el que una docena de hombres desarmados fue cortejado por tanquetas, helicópteros y camiones de soldados en una autopista a la que anularon ambas calzadas. Dijo de esta prisión Schulman: “Coronda era una máquina de destruir subjetividades. Nos dejaron vivos, justamente porque pensaron que habíamos perdido la voluntad, sin embargo, a tres años de la desaparición de Julio López, no hay un testigo que se haya acobardado”. Citó a Borges: “hay una dignidad que el vencedor no conoce”. Cuando se fue de Coronda, lo despidió el coronel Juan Rolón, quien le dijo ese día: “a vos en Chile te habrían fusilado, pero si seguís gritando en el Partido Comunista te voy a fusilar yo”.

Schulman quedó libre en abril de 1977, sin embargo, el 22 de noviembre de ese mismo año, reconoció en un bar a un grupo de inteligencia policial capitaneado por Eduardo Ramos. Huyó. Los represores lo siguieron en un Fiat, cuando lo interceptaron, Ramos le colocó su pistola en la nuca, profiriendo al momento una afrenta verbal. Lo encapucharon, lo metieron en el asiento trasero del automóvil y lo llevaron a un sitio no identificado en el que lo desnudaron y le golpearon salvaje y reiteradamente el abdomen. También le colocaron una madera con clavos atrás de la pierna y lo obligaron a hacer flexiones.

Después lo llevaron a su simulacro de fusilamiento, en el que sintió una ráfaga cerca de su rostro y luego la voz de Ramos quien, después de increpar a sus compañeros por su “falta de puntería”, pareció efectuar un disparo, que tampoco acertó. Lo tiraron en una celda y lo sacaron a la mañana. Le quisieron hacer firmar una confesión en la que se adjudicaba la autoría de un atentado con artefacto explosivo en la plaza España de la ciudad de Santa Fe. Se negó a firmarla argumentando que para la época en que se le adjudicaba el hecho, él estaba preso en Coronda. Quien le exigió esa firma era Víctor Brusa, luego juez Federal…

Todos los presentes en el juicio esperaron que Schulman condenara las vejaciones sufridas a su cuenta, pero el hombre, en cambio, prefirió denunciar que “el robo grande en Santa Fe lo hizo Acindar, no lo perejiles de la picana, que te robaban los libros y la licuadora”. Y sin temor de caer en el discurso (porque ya no teme), agregó: “es mentira que los torturadores eran locos o enfermos. No: son seres humanos”. Y, para que la última reflexión no desconcertara, explicó: “la estructura misma del terrorismo de Estado generó un aparato de burócratas del terror, que no necesitaban órdenes para tomar decisiones autónomas”.

Sus últimas palabras fueron dichas sin sentido declamatorio, pero invitamos a leerlas de pie: “es imposible considerar este juicio como un juicio cualquiera. ¿Qué cosa es un juicio? ¿Qué cosa la reparación? ¿Quién nos va a devolver a Alicia López? Yo tenía 24 años cuando me metieron preso. ¿Quién me devuelve la juventud? El golpe no apareció en un instante sino que se construyó largamente. Hubo que organizar un ejército que primero se entrenó matando indios en el desierto. Un ejército que dio un golpe de Estado en 1930, otro en 1943, otro en 1955, otro en 1962 y otro en 1966. Este juicio permite restablecer la verdad de que la dictadura fue cívico militar con los fines de reorganizar el país en función de los grandes grupos económicos, que aún son sus dueños. En nombre de mi generación, me siento con el derecho de exigir que nos devuelvan la tierra y los salarios de los trabajadores. En este juicio están mis compañeros, porque los compañeros que están en el corazón de sus compañeros no mueren nunca. Hay tres militares acusados que hoy están ausentes, por ejemplo Rolón, que tiene cáncer. Y nosotros decimos que podemos pelear contra la impunidad, pero no contra el cáncer. Nosotros no somos como ellos. Es más, les deseo larga vida a todos los genocidas. Algunos quieren que estos juicios sirvan para aterrorizar a la gente, pero si sólo se habla del horror de la tortura, el secuestro o la muerte, nunca habrá un juicio para Martínez de Hoz, cuyo legado es una patria de miseria inhumana”.

Schulman bajó una vez más la cabeza. Bebió largos sorbos de agua del vaso a su lado. Finalizó: “empecé con un juramento de verdad, pero juro ahora que seguiremos en la lucha para que haya en Argentina memoria, verdad y justicia”.

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