¿Hacia donde va el sistema político argentino?


Aunque ya pocos lo recuerden, Chacho Alvarez apareció en escena con una promesa que convirtió en su divisa: “vamos a instalar un nuevo modo de hacer política: con la gente, ética y progresista”.

¿Cómo interpretar entonces su participación en la Convención del histórico partido de Alem, Alvear, Irigoyen y Alfonsín sino como el cierre histórico de un debate, que para nosotros estuvo definido en setiembre de 1994 cuando resistimos la maniobra por subordinar el Partido Comunista a sus planes y fuimos expulsados del Frente Grande?

El Frente Grande inicial fue el resultado de confluencia de esfuerzos unitarios en los duros años de comienzos de la década, marcados por la caída del Muro y el inicio del menemismo, en las duras condiciones en que quedó la izquierda tras la disolución de la Izquierda Unida de entonces, la de las elecciones abiertas de 1988 y las dos Plazas del No al neoliberalismo.

La alianza del Frente del Sur y el Fredejuso había tenido un desempeño interesante en octubre de 1993 y sus posibilidades y expectativas crecieron exponencialmente con el Pacto de Olivos y la evidencia publica de que el compromiso de Alfonsín y los radicales con el modelo llegaba hasta el colmo de facilitar la continuidad de Menem en el gobierno.

Como mandan todos los manuales de ciencia política burguesa la dirigencia del Frente Grande emprendió una vertiginosa carrera hacia el poder en que fue liquidando una a una las banderas y principios fundacionales.  Del Frente Grande al Frepaso y de allí a la Alianza con el partido que había sido el principal objeto de las críticas cuando el Pacto de Olivos y las Constituyentes.

De Monseñor De Nevares a Bordón, y de allí a De La Rúa para marcar su recorrido en un código caro a los referentes frentistas.

De ser una fuerza política que amenazaba con romper el histórico bipartidismo de la democracia restringida a su transformación en una cuasi corriente interna (y no precisamente la más progresista) de la pata radical del sistema.

De la predica sobre un nuevo modo de hacer política a la brutal realidad de un partido político moldeado al gusto y paladar de los posmodernos neoliberales del imperio: sin programa, sin militancia, comunicadores de ideas ajenas y sin ninguna otra relación con “la gente” que las urnas y las encuestas.

He aquí el recorrido de la tercer oleada posibilista sufrida por el movimiento popular argentino desde la retirada de los milicos y la instauración de mecanismos electivos para la designación de los administradores públicos de un modelo capitalista de sociedad impuesto por la fuerza de las armas y jamás sometido a la voluntad popular.

Porque, es bueno recordarlo cuando se habla de la débil izquierda argentina, no solo hemos sufrido el genocidio de los ’70, también hemos sufrido tres oleadas de posibilismo y coptación de intelectuales y militantes para los proyectos de dominación.

Curiosamente esos mismos intelectuales y militantes pasados con armas y bagajes al enemigo son los primeros en preguntarse asombrados sobre el porqué de nuestra debilidad.  Por ustedes, traidores, cobardes, mercenarios, deberíamos comenzar por contestarles; por nosotros, por no aprender de nuestros errores y nuestra historia, corresponde decir luego.

Si hay un mito que ha hecho daño a la izquierda argentina ese ha sido el de la “burguesía progresista”, de las “fuerzas democráticas” que anidan en los partidos mayoritarios  con quienes hay que realizar acuerdos y alianzas.

Conviene entonces echar una mirada al modo en que se construyó el dominio político en la Argentina desde el comienzo mismo de la Nación.

Primero fue el genocidio de los aborígenes y la ocupación de sus tierras con la Conquista del Desierto por parte del naciente Ejercito de la Nación al que legitimaban partidos políticos de “notables” oligarcas que se reservaban para sí los derechos de elegir y de candidatearse ante un pueblo que resistía por carriles “no institucionales”

Luego vino la ampliación de los derechos electorales y la constitución de un partido político de la burguesía que golpea el monopolio del saber oligárquico con la Reforma Universitaria y ”pone en caja” el reclamo obrero con la Semana Trágica, la Patagonia Rebelde y otras matanzas.

Con el golpe del ’30 se pone en marcha un mecanismo de estabilidad del sistema que combinaría las experiencias anteriores: la alternancia de gobiernos surgidos de golpes de estado y de procesos electorales más o menos participativos.  El partido militar y los partidos políticos que mejor expresaran el “modelo de desarrollo capitalista” del momento: agro/exportador, preeminencia del mercado interno, sustitución de importaciones, etc. etc.

Claro que cada fracción política (y el partido militar no es más que eso, aunque cuente con la fuerza de las armas) aportaba su matiz originando las contradicciones secundarias que estremecían al bloque de poder con conatos y divisiones.  Pero todas las diferencias irían a desaparecer cuando los trabajadores consiguieron acumular fuerzas para no solo poner en cuestión la cuota de ganancia, sino la misma subsistencia del sistema.

Treinta años atrás, el Córdobazo marcaba el momento exacto en que como soñaba Lenin para su Rusia de comienzos de siglo, “los de arriba no pueden y los de abajo ya no quieren”.

Fueron años de desafío y de posibilidades desaprovechadas, acaso –entre otras cosas- porque nos faltó confianza en nuestras propias fuerzas y dimos aire a quienes irían a legitimar el genocidio con el discurso de Balbín de la “guerrilla fabril” idéntico al que justificaba la “orden de exterminio” de Isabel y Luder, el mismo que llamaríamos a votar solo siete años después.

Como se sabe, en el ’83 no ganó el peronismo sino la Unión Cívica Radical encabezada por el jefe de su movimiento “Renovación y Cambio”, supuesta “izquierda” del radicalismo.

Tras un breve intento de repetir las viejas políticas reformistas (inspiradas en el modelo de Estado de bienestar y ampliación del mercado interno), en abril de 1985 Alfonsín anunció la puesta en marcha de una economía de guerra.  El escenario elegido fue la Plaza de Mayo llena de gente convocada a “defender la democracia”.

Una parte de la columna del Partido Comunista, encabezada por Patricio Echegaray y otros dirigentes, rebelándose ante el seguidismo de quienes habían comprometido al partido con la “convergencia cívico militar” y el voto a Luder, abandona la Plaza y da el primer paso hacia el viraje del XVI Congreso.

En diciembre de 1985, el Presidente Alfonsín ataca duramente a los comunistas y explícita la nueva política: “no hablemos más de reformas o de revolución, discusión anacrónica;  situémonos en cambio en el camino acertado de la transformación racional y eficaz”

Un año más tarde, reflexionando sobre el rumbo del gobierno en “Hacia donde marcha el alfonsinismo” diría Patricio Echegaray: “La respuesta a la crisis, desde la U.C.R., asume la connotación de defensa e identificación con un determinado sistema.  Es decir se ha optado por el capitalismo dependiente.  Consideramos que en esta cuestión debe buscarse el nudo del proyecto radical, y en consecuencia revisar qué fuerzas, qué clases sociales le brindan su apoyo y por qué.  A nuestro entender, las mismas clases que generaron la profunda crisis en que está sumido el país apoyan y se apoyan en este proyecto, que defiende sus intereses.  Se trata de la oligarquía y sus enormes latifundios con los que se apropia del treinta por ciento del valor de la producción agropecuaria, mediante la renta.  Oligarquía entrelazada con inversiones en bancos, compañías de seguros e industrias a los monopolios extranjero y a un sector de la burguesía local que en los últimos años alcanzó un alto grado de concentración, llegando a integrar grupos económicos monopólicos.  Estos sectores, compartiendo intereses, rentabilizan su capital en el ámbito productivo o directamente en la especulación financiera, de acuerdo a la coyuntura.  Y conforman así el polo dominante, que retiene el poder en la Argentina.”[1]

Ese era el secreto, oculto tras la verborragia de matriz gramsciana que los intelectuales posibilistas prodigaban al nuevo líder de la democracia argentina.  Si la burguesía había construido la Unión Cívica Radical para afirmar un modelo de capitalismo, esa misma burguesía –ahora trasnacionalizada y tan cipaya como siempre, “de espinazo gelatinoso” las había denominado el Che 30 años atrás- utilizaba el mismo partido para afirmar el modelo neoliberal.

Así fue como Alfonsín no solo consolidó el rumbo económico insinuado por Martínez de Hoz, también resolvió la cuestión de la continuidad jurídica de la dictadura en “democracia” con la política de impunidad para los genocidas, sus políticos, jueces e intelectuales que se convirtieron por arte de magia en “demócratas de la primera hora”..

Frustradas las ilusiones “progresistas” en el Alfonsinismo, y junto con la resistencia obrera y popular fue surgiendo un nuevo fenómeno político en la Argentina de finales de los ’80: la renovación peronista alimentada con discurso renovado y militancia de los ’70 reciclada y descafeinada.  Ahora sí parecía que valía la pena ilusionarse ya que se juntaban “el sujeto social del cambio” con una propuesta de cambio democrático.

Una revista, “Unidos”,  hacía punta en el apoyo a Antonio Cafiero como precandidato presidencial por la “renovación”.  Su director, un ignoto historiador, Carlos Cacho Alvarez.  En julio de 1988, contra todos los pronósticos Carlos Menem les ganó la interna y se produjo una verdadera peregrinación hacia las listas menemistas, vale la pena recordar que “el diputado Alvarez” llegó a la Honorable Cámara de Diputados en una “lista sábana” encabezada por Carlos Menem.

¿No es acaso la figura de Antonio Cafiero transformado en ultramenemista candidato contra Duhalde, derrotado y vuelto a mudarse hacia el duhaldismo, la imagen misma de la decadencia de un pensamiento pretendidamente renovador?


[1] Utopía y Liberación, Patricio Echegaray,  Ddirple ediciones, 1996.  paginas 28 y 29.

 

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